El Yo y el Ello1923-003/1924.es
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    IV.

    Las dos clases de instintos.

    Dijimos ya, que si nuestra división del ser anímico en
    un Ello, un Yo y un Super-Yo, significaba un progreso
    de nuestro conocimiento, habría de llevarnos a una más
    profunda inteligencia y a una más exacta descripción de
    las relaciones dinámicas de la vida anímica. Hemos visto
    ya, que el Yo se halla bajo la influencia especial de la
    percepción y que puede decirse en general, que las per-
    cepciones tienen, para el Yo, la misma significación que
    los instintos, para el Ello. Pero el Yo también queda so-
    metido, como el Ello, a la influencia de los instintos,
    pues sabemos que no es más que una parte especial-
    mente modificada del Ello.

    En nuestro estudio «Más allá del principio del placer»,
    desarrollamos una teoría que sostendremos y continua-
    remos en el presente trabajo. Era esta teoría, la de que
    es necesario distinguir dos clases de instintos, una de las
    cuales, los instintos sexuales, o el Eros, era la más visi-
    ble y accesible al conocimiento, e integraba no sólo el
    instinto sexual propiamente dicho, no coartado, sino tam-
    bién los impulsos instintivos coartados en su fin y subli-
    mados, derivados de él, y el instinto de conservación,
    que hemos de adscribir al Yo, y al que opusimos justifi-
    cadamente, al principio de la labor psicoanalítica, a los
    instintos objetivos sexuales. La determinación de la se-
    gunda clase de instintos nos opuso grandes dificultades,

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    pero acabamos por hallar, en el sadismo, su represen
    tante. Basándonos en reflexiones teóricas, apoyadas en
    la biología, supusimos la existencia de un instinto de
    muerte, cuya misión es hacer retornar todo lo orgánico
    animado al estado inanimado, en contraposición al Eros,
    cuyo fin es complicar la vida y conservarla así, por me
    dio de una síntesis cada vez más amplia, de la sustancia
    viva, dividida en partículas. Ambos instintos se condu
    cen en una forma estrictamente conservadora, tendiendo
    a la reconstitución de un estado perturbado por la géne
    sis de la vida, génesis que sería la causa, tanto de la
    continuación de la vida como de la tendencia a la muerte.
    A su vez, la vida sería un combate y una transacción
    entre ambas tendencias. La cuestión del origen de la
    vida sería, pues, de naturaleza cosmológica, y la refe
    rente al objeto y fin de la vida recibiría una respuesta
    dualista.

    A cada una de estas dos clases de instintos se halla
    ría subordinado un proceso fisiológico especial (creación
    y destrucción), y en cada fragmento de sustancia viva,
    actuarían, si bien en proporción distinta, instintos de las
    dos clases, debiendo así existir una sustancia que cons
    tituiría la representación principal del Eros.

    No nos es posible determinar todavía, de qué manera
    se enlazan, mezclan y alían entre sí, tales instintos, pero
    es indudable, que su combinación es un hecho regular.
    A consecuencia del enlace de los organismos unicelula
    res con seres vivos policelulares, se habría conseguido
    neutralizar el instinto de muerte de la célula aislada y
    derivar los impulsos destructores hacia el exterior, por
    mediación de un órgano especial. Este órgano sería el
    sistema muscular, y el instinto de muerte se manifestaría
    entonces, aunque sólo fragmentariamente, como instinto
    de destrucción orientado hacia el mundo exterior y hacia
    otros seres animados.

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    Una vez admitida la idea de una mezcla de instintos
    de ambas clases, surge la posibilidad de una disocia-
    ción más o menos completa de los mismos. En el com-
    ponente sádico del instinto sexual tendríamos un ejem-
    plo clásico de una mezcla adecuada de instintos, y en
    el sadismo devenido independiente, como perversión
    el prototipo de una disociación, aunque no llevada a su
    último extremo. Se ofrecen después, a nuestra observa-
    ción, numerosos hechos no examinados aún a esta luz.
    Reconocemos que el instinto de destrucción entra regu-
    larmente al servicio del Eros para los fines de descarga,
    y nos damos cuenta de que entre los resultados de algu-
    nas neurosis de carácter grave, por ejemplo, las neuro-
    sis obsesivas, merecen un estudio especial la disociación
    de los instintos y la aparición del instinto de muerte.
    Sospechamos, por último, que el ataque epiléptico es un
    producto y un signo de una disociación de los instintos.
    Generalizando rápidamente, supondremos que la esen-
    cia de una regresión de la libido, por ejemplo, desde la
    fase genital a la sádico-anal, está integrada por una di-
    sociación de los instintos. Inversamente, el progreso
    desde una fase primitiva hasta la fase genital definitiva
    tendría por condición una agregación de componentes
    eróticos. Surge aquí la cuestión de si la ambivalencia
    regular, que con tanta frecuencia hallamos intensificada
    en la predisposición constitucional a la neurosis, puede
    o no ser considerada como el resultado de una disocia-
    ción; pero, en caso afirmativo, se trataría de una diso-
    ciación tan primitiva, que habríamos de considerarla más
    bien, como una mezcla imperfecta de instintos.
    Nuestro interés se orientará ahora hacia la cuestión
    de si existen o no relaciones importantes entre el Yo, el
    Super-Yo y el Ello, por un lado, y las dos clases de ins-
    tintos, por otro, y si habrá de sernos posible adscribir
    al principio del placer, que rige los procesos psíquicos,

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    PROF. S. FREUD

    una situación fija con respecto a ambas clases de instin-
    tos y a las citadas diferenciaciones anímicas. Pero antes
    de entrar en esta discusión, hemos de resolver una duda
    que se alza contra su planteamiento mismo. En lo que
    respecta al principio del placer, no abrigamos duda al-
    guna, y la división del Yo reposa en pruebas clínicas,
    pero la existencia de dos clases de instintos no parece
    todavía suficientemente demostrada, y es muy posible
    que determinados hechos del análisis clínico, resulten
    contrarios a ella.

    Parece existir, por lo menos, uno de tales hechos. La
    antítesis de las dos clases de instintos puede ser susti-
    tuída por la polarización del amor y el odio. No nos es
    difícil hallar representantes del Eros. En cambio, como
    representante del instinto de muerte, difícilmente conce-
    bible, sólo podemos indicar el instinto de destrucción, al
    cual muestra el odio su camino. Ahora bien, la observa-
    ción clínica nos muestra no sólo que el odio es el com-
    pañero inesperado y constante del amor (ambivalencia) y
    muchas veces su precursor en las relaciones humanas,
    sino también, que bajo muy diversas condiciones puede
    transformarse en amor y éste en odio. Si esta transfor-
    mación es algo más que una simple sucesión temporal,
    faltará toda base para establecer una diferenciación tan
    fundamental como la de instintos eróticos e instintos de
    muerte, diferenciación que supone la existencia de pro-
    cesos fisiológicos de curso opuesto.

    El caso de que una persona ame a otra y la odie des-
    pués, o viceversa, habiéndole dado esta última motivos
    para ello, cae fuera de los límites de nuestro problema.
    Igualmente, aquel en el que un enamoramiento aún no
    manifestado se exterioriza en un principio, por hostilidad
    y tendencia a la agresión, pues lo que en él sucede es
    que los componentes destructivos se han adelantado a
    los eróticos en la carga de objeto. Pero la psicología de

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    EL YO Y EL ELLO

    las neurosis nos descubre otros casos en los que sí pue-
    de hablarse de transformación. En la paranoia persecu-
    toria se defiende el enfermo contra un ligamen homose-
    xual intensísimo a una persona determinada, y el resul-
    tado es que esta persona amadísima se convierte, para el
    enfermo, en su perseguidor, contra el cual orientará su
    agresión, tan peligrosa a veces. Hemos de suponer, que
    en una fase anterior quedó transformado el amor en
    odio. Tanto en la génesis de la homosexualidad como en
    la del sentido social desexualizado nos ha descubierto la
    investigación psicoanalítica la existencia de intensos sen-
    timientos de rivalidad, que conducen a la tendencia a la
    agresión, y cuyo vencimiento es condición indispensable
    para que el objeto antes odiado pase a ser amado o que
    de integrado en una identificación. Surge aquí el proble-
    ma de si podemos o no admitir en estos casos, una
    transformación directa del odio en amor, pues se trata en
    ellos, de modificaciones puramente interiores, en las que
    no interviene para nada un cambio de conducta del ob-
    jeto.

    La investigación analítica del proceso de la transfor-
    mación paranoica nos revela la posibilidad de otro dis-
    tinto mecanismo. Aparece dada desde un principio una
    conducta ambivalente, y la transformación queda llevada
    a efecto por medio de un desplazamiento reactivo de la
    carga psíquica, siendo sustraída energía al impulso eró-
    tico y acumulada a la energía hostil.

    En el vencimiento de la rivalidad hostil que conduce
    a la homosexualidad, sucede algo análogo. La actitud
    hostil no tiene probabilidad ninguna de conseguir una sa-
    tisfacción, y en consecuencia, esto es, por motivos eco-
    nómicos, es sustituída por la actitud erótica, que ofrece
    más posibilidades de satisfacción, o sea de descarga.
    Así, pues, no necesitamos suponer en ninguno de estos
    dos casos, una transformación directa del odio en amor,

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    inconciliable con la diferencia cualitativa de las dos cla-
    ses de instintos.

    Pero observamos, que al discutir este otro mecanis-
    mo de la transformación del amor en odio, hemos intro-
    ducido, calladamente, una nueva hipótesis, que merece
    ser expresamente acentuada. Hemos obrado como si en
    la vida anímica existiese una energía desplazable, indi-
    ferente en sí, pero susceptible de agregarse a un impulso
    erótico o destructor, cualitativamente diferenciado, e in-
    tensificar su carga general. Sin esta hipótesis nos sería
    imposible seguir adelante. Habremos, pues, de pregun-
    tarnos, de dónde procede tal energía, a qué pertenece y
    cuál es su significación.

    El problema de la cualidad de los impulsos instinti-
    vos y de su conservación en los diversos destinos de los
    instintos, permanece muy obscuro, no habiendo sido aún
    intentada seriamente su solución. En los instintos sexua-
    les parciales, especialmente accesibles a la observación,
    se nos muestran algunos procesos del mismo género.
    Vemos, en efecto, que los instintos parciales se comuni-
    can entre sí, que un instinto procedente de una fuente
    erógena especial puede ceder su intensidad para incre-
    mentar la de otro instinto parcial procedente de una
    fuente distinta, que la satisfacción de un instinto puede
    ser sustituída por la de otro, etc. El descubrimiento de
    estos procesos nos anima a construir varias hipótesis de
    un género particular.

    Pero lo que aquí me propongo ofrecer no es una
    prueba, sino simplemente una hipótesis. Declararé, pues,
    que dicha energía desplazable e indiferente, que actúa
    probablemente tanto en el Yo como en el Ello, procede,
    a mi juicio, de la provisión de libido narcisista, siendo,
    por lo tanto, Eros desexualizado. Los instintos eróticos
    nos parecen en general, más plásticos, desviables y des-
    plazables que los de destrucción. Podemos, pues, con-

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    cluir, sin dificultad, que esta libido desplazable labora al
    servicio del principio del placer, para evitar los estanca-
    mientos y facilitar las descargas. Reconocemos además,
    que en esta labor es el hecho mismo de la descarga lo
    principal, siendo indiferente el camino por el cual es lle-
    vada a cabo.

    Ahora bien, esta circunstancia es característica, como
    ya sabemos, de los procesos de carga que tienen efecto
    en el Ello, y la encontramos, tanto en las cargas eróticas,
    en las cuales resulta indiferente el objeto, como en las
    transferencias que surgen durante el análisis, transferen-
    cias que han de ser establecidas obligadamente, siendo
    indiferente la persona sobre la que recaigan. Rank ha ex-
    puesto hace poco, acabados ejemplos de actos neuróti-
    cos de venganza, dirigidos contra personas inocentes.
    Ante esta conducta de lo inconsciente, no podemos por
    menos de pensar en la conocida anécdota de aquel juez
    aldeano, que propuso ahorcar a uno de los tres sastres
    del pueblo en sustitución del único herrero en él estable-
    cido y verdadero culpable del delito de castigar se
    trataba. El caso es ejecutar el castigo, aunque éste no
    recaiga sobre el culpable. Igual laxitud observamos ya
    en los desplazamientos del proceso primario de la elabo-
    ración onírica. En este caso, son los objetos, y en el
    nuestro actual, los caminos de la acción de descarga, lo
    que resulta relegado a un segundo término.

    Si esta energía desplazable es libido desexualizada,
    podremos calificarla también de sublimada, pues man-
    tendrá siempre la intención principal del Eros. Si en un
    sentido más lato incluímos en estos desplazamientos, los
    procesos mentales, quedará excluída la labor intelectual
    por sublimación de energía instintiva erótica.

    Nos hallamos aquí, nuevamente, ante la posibili-
    dad ya indicada, de que la sublimación tenga efecto
    siempre por mediación del Yo y recordamos que este

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    Yo pone fin a las primeras cargas de objeto del Ello–
    y seguramente también a muchas de las ulteriores–
    acogiendo en sí la libido de las mismas y ligándola a
    la modificación del Yo producida por identificación. Con
    esta transformación en libido del Yo, se enlaza, natural-
    mente, un abandono de los fines sexuales, o sea una
    desexualización. De todos modos, se nos descubre aquí
    una importante función del Yo en su relación con el
    Eros. Apoderándose en la forma descrita, de la libido
    de las cargas de objeto, ofreciéndose como único objeto
    erótico y desexualizando o sublimando la libido del Ello,
    labora en contra de los propósitos del Eros y se sitúa
    al servicio de los sentimientos instintivos contrarios.
    En cambio, tiene que permitir otra parte de las cargas
    de objeto del Ello e incluso contribuir a ellas. Más tarde,
    trataremos de otra posible consecuencia de esta activi-
    dad del Yo.

    Se nos impone aquí una importante modificación
    de la teoría del narcisismo. Al principio, toda la libi-
    do se halla acumulada en el Ello, mientras el Yo es
    aún débil y está en período de formación. El Ello em-
    plea una parte de esta libido en cargas eróticas de ob-
    jeto, después de lo cual, el Yo, robustecido ya, inten-
    ta apoderarse de esta libido del objeto e imponerse al
    Ello como objeto erótico. El narcisismo del Yo es, de
    este modo, un narcisismo secundario, sustraído a los
    objetos.

    Comprobamos nuevamente, que todos aquellos im-
    pulsos instintivos cuya investigación nos es posible lle-
    var a cabo, se nos revelan como ramificaciones del Eros.
    Sin las consideraciones desarrolladas en «Más allá del
    principio del placer» y el descubrimiento de los elemen-
    tos sádicos del Eros nos sería difícil mantener nuestra
    concepción dualista fundamental. Pero se nos impo-
    ne la impresión de que los instintos de muerte son mu-
     

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    dos y que todo el fragor de la vida parte principalmente
    del Eros 1).

    Volvámonos ahora a la lucha contra el Eros. Es in-
    dudable que el principio del placer sirve al Ello de brú-
    jula en el combate contra la libido, que introduce pertur-
    baciones en el curso de la vida. Si es cierto que el prin-
    cipio de la constancia—en el sentido que le da Fechner-
    rige la vida, la cual sería entonces un resbalar hacia la
    muerte, serán las exigencias del Eros, o sea los instin-
    tos sexuales, los que detendrían, a título de necesida-
    des, la disminución del nivel, introduciendo nuevas tensiones.
    El Ello se defiende contra estas tensiones guiado por el
    principio del placer, esto es, por la percepción del dis-
    placer en muy diversas formas. Primeramente, por una
    rápida docilidad con respecto a las exigencias de la libi-
    do no desexualizada, o sea procurando la satisfacción de
    las tendencias directamente sexuales, y luego, más amplia-
    mente, desembarazándose en una de tales satisfac-
    ciones, en la cual se reunen todas las exigencias parcia-
    les, de las substancias sexuales, que integran, por decir-
    lo así, hasta la saturación, las tensiones eróticas. La ex-
    pulsión de las materias sexuales en el acto sexual, co-
    rresponde en cierto modo, a la separación del soma y el
    plasma germinativo. De aquí, la analogía del estado sub-
    siguiente a la completa satisfacción sexual, con la muer-
    te, y en los animales inferiores, la coincidencia de la muer
    te con el acto de la reproducción. Podemos decir que la
    reproducción causa la muerte de estos seres, en cuanto
    al ser separado el Eros, queda libre el instin-
    to de muerte
    para llevar a cabo sus intenciones. Por último, el Yo fa-
    cilita al Ello la labor de dominación, sublimando parte
    de la libido para sus fines propios.

    1)Según nuestra teoría, los instintos de destrucción orienta-
    dos hacia el exterior, han sido desviados de la propia persona del
    sujeto, por mediación del Eros.

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