La psicoanálisis1910-001/1929.es
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    I

    Constituye algo nuevo para mí, y que no deja de producir-
    me cierta turbación, el presentarme ante un auditorio del Con-
    tinente americano, integrado por personas amantes del saber,
    en calidad de conferenciante. Dando por hecho que sólo a la
    conexión de mi nombre con el tema de la psicoanálisis, debo
    el honor de hallarme en esta cátedra, mis conferencias ver-
    sarán sobre tal materia, y en ellas procuraré facilitaros, lo
    más sintéticamente posible, una visión total de la historia y
    desarrollo de dicho nuevo método investigativo y terapéutico.

    Si constituye un mérito haber dado vida a la psicoanáli-
    sis, no es a mí a quien corresponde atribuirlo, pues no tomé
    parte alguna en sus albores (1). No había yo terminado aún
    mis estudios y me hallaba preparando los últimos exámenes
    de la carrera, cuando otro médico vienés, el doctor José
    Breuer (2), empleó por vez primera este método en el trata-
    miento de una muchacha histérica (1880-1882). Vamos, pues,
    a ocuparnos en primer lugar, del historial clínico de esta en-
    ferma, el cual aparece expuesto con todo detalle en la obra
    que posteriormente y con el título de «Estudios sobre la his-
    teria», publicamos el doctor Breuer y yo (3).

    Réstame hacer una observación antes de entrar en mate-
     

    (1) Posteriormente he debido rectificar esta afirmación en el senti-
    do de reivindicar la exclusiva paternidad de la psicoanálisis. Véase el
    ensayo titulado «Historia del movimiento psicoanalítico», tomo XII de
    esta edición castellana.

    (2) Doctor José Breuer. Individuo correspondiente de la Real Aca-
    demia de Ciencias. Conocido por sus trabajos sobre la respiración y
    sobre la fisiología del equilibrio. Nació en 1842.

    (3) ¡Véase el tomo X de esta edición castellana.

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    ria. He sabido, no sin cierto agrado, que la mayoría de mis
    oyentes no pertenece a la carrera de Medicina, y quiero di-
    sipar en ellos un posible temor, haciéndoles saber que para
    seguirme en lo que aquí he de exponerles no es necesaria
    una especial cultura médica. Caminaremos algún espacio al
    lado de los médicos, pero pronto nos separaremos de ellos
    para acompañar tan sólo al doctor Breuer en su propia y pe-
    culiarísima ruta.

    La paciente del doctor Breuer, una muchacha de veintiún
    años y excelentes dotes intelectuales, presentó en el curso
    de su enfermedad, que duró más de dos años, una serie de
    perturbaciones físicas y psíquicas merecedoras de la mayor
    atención. Padecía una parálisis rígida de la pierna y brazo
    derechos, acompañada de anestesia de los mismos y que
    temporalmente atacaba también a los miembros correspon-
    dientes del lado contrario. A más, perturbaciones del movi-
    miento de los ojos y diversas alteraciones de la visión, di-
    ficultad de mantener erguida la cabeza, intensa «tussis
    nervosa», repugnancia a los alimentos, y una vez, durante
    varias semanas, incapacidad de beber a pesar de la ardiente
    sed que la atormentaba. Sufría, por último, una minoración
    de la facultad de expresión, que llegó hasta la pérdida de la
    capacidad de hablar y entender su lengua materna, añadién-
    dose a todo esto, estados de ausencia, enajenación, delirio y
    alteración de toda su personalidad, estados que más adelante
    examinaremos con todo detalle.

    Ante un tal cuadro patológico os sentiréis inclinados, aun
    no siendo médicos, a suponer que se trata de una grave do-
    lencia, probablemente cerebral, con pocas esperanzas de
    curación y conducente a un rápido y fatal desenlace. Mas
    dejad que un médico os diga que en una serie de casos con
    síntomas de igual gravedad, puede estar muy justificada una
    distinta opinión, más optimista. Cuando un tal cuadro pato-
    lógico se presenta en un individuo joven del sexo femenino,
    cuyos órganos vitales internos (corazón, riñón), no muestran
    anormalidad ninguna en el reconocimiento objetivo, pero que
    ha pasado en cambio por violentas conmociones aními-
     

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    cas, y cuando los síntomas aislados se diferencian en cier-
    tos sutiles caracteres, de la forma que generalmente presen-
    tan en las afecciones a que parecen corresponder, entonces
    los médicos no atribuyen una extrema gravedad al caso y
    afirman que no se trata de una dolencia cerebral orgánica,
    sino de aquel misterioso estado conocido desde el tiempo de
    los griegos con el nombre de histeria, y que puede fin-
    gir toda una serie de síntomas de una grave enfermedad. En
    estos casos, no considera el médico amenazada la vida del
    paciente y hasta supone muy probable una completa cura-
    ción. Pero no siempre es fácil distinguir una tal histeria de
    una grave dolencia orgánica. No creemos necesario explicar
    aquí cómo puede llevarse a cabo un diagnóstico diferencial
    de este género; bástenos la seguridad de que el caso de la
    paciente de Breuer era uno de aquellos en los que ningún
    médico experimentado puede dejar de diagnosticar la histe-
    ria, enfermedad que, según consta en el historial clínico,
    atacó a la joven en ocasión de hallarse cuidando a su padre,
    al que amaba tiernamente, en la grave dolencia que le llevó
    al sepulcro. A causa de su propio padecimiento tuvo la hija
    que separarse de la cabecera del querido enfermo.

    Hasta aquí nos ha sido provechoso caminar al lado de los
    médicos, mas pronto nos separaremos de ellos. No debéis
    creer que la esperanza de un enfermo en la eficacia del auxi-
    lio facultativo pueda aumentar considerablemente al diagnos-
    ticarse la histeria en lugar de una grave afección cerebral
    orgánica. Nuestra ciencia, que permanece aún hasta cierto
    punto impotente ante las graves dolencias cerebrales, no
    facilita tampoco grandes medios para combatir la histeria, y
    el médico tiene que abandonar a la bondadosa naturaleza la
    determinación de la forma y momento en que ha de cumplir-
    se su esperanzada prognosis (1).

    (1) Sé que esta afirmación no es ya cierta hoy en día; mas, en mi
    conferencia, me retrotraía yo y retrotraía a mis oyentes a los años an-
    teriores al de 1880. Si las cosas han variado desde entonces, ello se
    debe en gran parte a los esfuerzos cuya historia trato de exponer aquí
    esquemáticamente.

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    Así, pues, con el diagnóstico de la histeria varía muy poco
    la situación del enfermo; mas en cambio se transforma esen-
    cialmente la del médico. Es fácil observar que éste se sitúa
    ante el histérico en una actitud por completo diferente de la
    que adopta ante el atacado de una dolencia orgánica, pues se
    niega a conceder al primero igual interés que al segundo,
    fundándose en que su enfermedad es mucho menos grave
    aunque parezca aspirar a que se le atribuya una igual impor-
    tancia. El médico, al que sus estudios han dado a conocer
    tantas cosas que permanecen ocultas a los ojos de los profa-
    nos, ha podido formarse, de las causas de las enfermedades
    y de las alteraciones que éstas ocasionan, por ejemplo, las
    producidas en el cerebro de un enfermo por la apoplejía o
    por un tumor, ideas que hasta un cierto grado tienen que ser
    exactas puesto que le permiten llegar a la comprensión de
    los detalles del cuadro patológico. Mas ante las singularida-
    des de los fenómenos histéricos, toda su ciencia y toda su
    cultura anatómico-fisiológica y patológica le dejan en la esta-
    cada. No llega a comprender la histeria y se halla ante ella
    en la misma situación que un profano, cosas todas que no
    pueden agradar a nadie que tenga en algún aprecio su saber.
    Los histéricos pierden, por lo tanto, la simpatía del médico,
    que llega a considerarlos como personas que han transgre-
    dido las leyes de su ciencia y adopta ante ellos la posición
    del creyente ante el hereje. Así, les supone capaces de todo
    lo malo, les acusa de exageración, engaño voluntario y simu-
    lación, y les castiga retirándoles su interés.

    No mereció por cierto el doctor Breuer este reproche en
    el caso que nos ocupa. Aun cuando no halló al principio ali-
    vio alguno para su paciente, le dedicó, no obstante, todo su
    interés y toda su simpatía. A ello contribuyeron en gran ma-
    nera las excelentes cualidades espirituales y de carácter de
    la paciente misma, de las que Breuer testimonia en su histo-
    rial. Mas la cuidadosa observación del médico halló pronto
    el camino por el que se hizo posible prestar a la enferma una
    primera ayuda.

    Habíase observado que en sus estados de ausencia y al-
     

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    siduos o precipitados de sucesos saturados de afecto o,
    según los denominamos posteriormente, «traumas psíquicos»,
    y el carácter particular de cada uno se hallaba en relación
    directa con el de la escena traumática a la que debía su ori-
    gen. Empleando la terminología técnica, diremos que los sín-
    tomas se hallaban determinados por aquellas escenas
    cuyos restos en la memoria representaban, no debiendo, por
    lo tanto, ser considerados como rendimientos arbitrarios o
    misteriosos de la neurosis. Algo se presentó, sin embargo,
    con lo que Breuer no contaba. No siempre era un único su-
    ceso el que dejaba tras de sí el síntoma; en la mayoría de
    los casos, se trataba de numerosos y análogos traumas repe-
    tidos, que se unían para producir tal efecto. Toda esta cade-
    na de recuerdos patógenos tenía entonces que ser reprodu-
    cida en orden cronológico y precisamente inverso, esto es,
    comenzando por los últimos y siendo imprescindible para
    llegar al primer trauma, con frecuencia el de más poderoso
    efecto, recorrer, en el orden indicado, todos los demás.

    Seguramente esperaréis oir de mis labios otros ejemplos
    de motivación de síntomas histéricos a más del ya expuesto
    de horror al agua producido por haber visto a un perro be-
    biendo en un vaso. Mas si he de circunscribirme a mi pro-
    grama, tendré que limitarme a escasas pruebas. Así, relata
    Breuer que las perturbaciones ópticas de la paciente prove-
    nían de situaciones tales como la de que «hallándose con los
    ojos anegados en lágrimas, junto al lecho de su padre, le
    preguntó éste de repente, qué hora era, y para poder verlo,
    forzó la vista acercando mucho a sus ojos el reloj, cuya esfe-
    ra le apareció entonces de un tamaño extraordinario (ma-
    cropsia y estrabismo convergente), o se esforzó en reprimir
    sus lágrimas para que el enfermo no las viera»(1). Todas
    las impresiones patógenas provenían desde luego de la épo-
    ca durante la cual tuvo que dedicarse a cuidar a su padre.
    «Una vez, despertó durante la noche, llena de angustia por
    la alta fiebre que presentaba el enfermo y presa de impacien-
     

    (1)«Studien über Hysterie», 3.a edición, pág. 31.

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    te excitación por la espera de un cirujano que para operarle
    había de llegar desde Viena. La madre se había ausentado
    algunos instantes y Ana se hallaba sentada junto a la cama,
    con el brazo derecho apoyado en el respaldo de la silla.
    Cayó en un estado de sueño despierto y vió cómo por la
    pared avanzaba una negra serpiente, que se disponía a mor-
    der al enfermo. (Es muy probable que en la pradera que se
    extendía tras la casa existieran algunas culebras de este gé-
    nero, cuya vista hubiera asustado a la muchacha en ocasio-
    nes anteriores y suministrase ahora el material de la alucina-
    ción.) Ana quiso rechazar al reptil, pero se sintió paralizada;
    su brazo derecho, que colgaba por encima del respaldo de la
    silla, había quedado totalmente «dormido», anestesiado y
    parético, y cuando fijó sus ojos en él, se transformaron
    los dedos en pequeñas serpientes cuyas cabezas eran cala-
    veras (las uñas). Probablemente intentó rechazar al reptil
    con su mano derecha paralizada y con ello entró la aneste-
    sia y parálisis de la misma en asociación con la alucina-
    ción de la serpiente. Cuando ésta hubo desaparecido, quiso
    Ana, llena de espanto, ponerse a rezar, pero no le fué posi-
    ble hallar palabras en ningún idioma, hasta que recordó una
    oración infantil que en inglés la habían enseñado, quedan-
    do desde este momento imposibilitada de pensar o hablar
    sino en tal idioma» (1). Con el recuerdo de esta escena en
    una de las sesiones de hipnotismo, cesó por completo la pa-
    rálisis rígida del brazo derecho, que se mantenía desde el
    comienzo de la enfermedad, y quedó conseguida la total
    curación.

    Cuando, bastantes años después, comencé yo a emplear
    el método investigativo y terapéutico de Breuer con mis pro-
    pios enfermos, obtuve resultados que coincidieron en un todo
    con los suyos. Una señora de unos cuarenta años padecía un
    tic consistente en producir un ruido singular, castañeteando
    la lengua, siempre que se hallaba excitada y aun sin causa


    (1) l. c. pág. 30.

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    L A P S I C O A N A L I S I S

    teración psíquica, acostumbraba la paciente a murmurar
    algunas palabras que hacían el efecto de ser fragmentos
    arrancados de un contexto que ocupaba su pensamiento. El
    médico se hizo comunicar estas palabras, y sumiendo a la
    enferma en una especie de hipnosis, se las repitió, para inci-
    tarla a asociar algo a ellas. Así sucedió, en efecto, y la suje-
    to reprodujo ante el médico las creaciones psíquicas que la
    habían dominado en los estados de ausencia y se habían re-
    velado fragmentariamente en las palabras pronunciadas.
    Tratábase de fantasías hondamente tristes y a veces de una
    poética belleza–sueños diurnos, podríamos llamarlas–que
    tomaban, en general, su punto de partida, de la situación de
    una muchacha junto al lecho en que yacía su padre enfermo.
    Cuando la paciente había relatado de este modo un cierto
    número de tales fantasías, quedaba como libertada de algo
    que la oprimía y retornaba a la vida psíquica normal. Este
    bienestar, que duraba varias horas, desaparecía, de costum-
    bre, al día siguiente, para dar paso a una nueva ausencia,
    que podía hacerse cesar de igual manera, o sea, provocando
    el relato de las fantasías nuevamente formadas. No había,
    pues, posibilidad de sustraerse a la idea de que la alteración
    psíquica que se revelaba en las ausencias no era sino una
    secuela de la excitación emanada de estas fantasías satura-
    das de afecto. La misma paciente, que en este período de su
    enfermedad presentaba la singularidad de no hablar ni enten-
    der su propio idioma, sino únicamente el inglés, dió al nuevo
    tratamiento el nombre de «talking cure» (1) y lo calificó, en
    broma, de «chimney sweeping» (2).

    Pronto pudo verse–y como casualmente–que por medio
    de este «barrido» del alma podía conseguirse algo más que
    una desaparición temporal de las perturbaciones psíquicas,
    pues se logró hacer cesar determinados síntomas siempre
    que en la hipnosis recordaba la sujeto, entre manifestaciones
    afectivas, con qué motivo y en qué situación habían los mis-


    (1) Cura de charla.

    (2) Limpiar la chimenea, deshollinar.

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    mos aparecido por vez primera. «Había habido, durante el
    verano, una época de un intensísimo calor y la enferma había
    padecido ardiente sed, pues, sin que pudiera dar razón algu-
    na para ello, se había visto de repente imposibilitada de
    beber. Tomaba en su mano el ansiado vaso de agua y en
    cuanto lo tocaba con los labios lo apartaba de sí, como ata-
    cada de hidrofobia, viéndose además claramente, que duran
    te los segundos en que llevaba a cabo este manejo, se
    hallaba en estado de ausencia. Para mitigar la sed que la
    atormentaba no vivía más que de frutas acuosas, melones,
    etcétera. Cuando ya llevaba unas seis semanas en tal estado,
    comenzó a hablar un día, en la hipnosis, de su institutriz in-
    glesa, a la que no tenía gran afecto, y contó, con extremadas
    muestras de asco, que un día había entrado ella en su cuarto
    y había visto que el perrito de la inglesa, un repugnante ani
    malucho, estaba bebiendo agua en un vaso; mas no querien-
    do que la tacharan de descortés o impertinente, no había
    hecho observación ninguna. Después de exteriorizar enérgi-
    camente, en este relato, aquel enfado que en el momento en
    que fué motivado tuvo que reprimir, demandó agua, bebió
    sin dificultad una gran cantidad y despertó de la hipnosis con
    el vaso en los labios. Desde este momento desapareció por
    completo la perturbación que le impedía beber» (1).

    Permitidme que me detenga unos momentos ante esta
    experiencia. Nadie había aún hecho cesar por tal medio un
    síntoma histérico ni penetrado tan profundamente en la inte-
    ligencia de su motivación. Tenía, pues, que ser éste un des-
    cubrimiento de importantísimas consecuencias si se confir-
    maba la esperanza de que otros síntomas, quizá la mayoría,
    hubiesen surgido del mismo modo en la paciente y pudieran
    hacerse desaparecer por igual camino. No rehuyó Breuer la
    labor necesaria para convencerse de ello e investigó, confor-
    me a un ordenado plan, la patogénesis de los otros más gra-
    ves síntomas, confirmándose por completo sus esperanzas.
    En efecto, casi todos ellos se habían originado así, como re-
     


    (1) «Studien über Hysterie», 3.a edición, pág. 26.

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    155

    LA PSICOANALISIS

    recuerdo del fallecido padre, tan poco tiempo después de su
    muerte, no puede considerarse como algo patológico sino
    que constituye un sentimiento normal en absoluto. Así, pues,
    concedo que tendréis razón en pensar que la fijación a los
    traumas no es en la paciente de Breuer nada extraordinario.
    Mas en otros casos como el del tic por mí tratado, cuyos mo-
    tivos de origen tuvieron lugar quince y diez años atrás, se
    muestra con toda claridad este carácter de adherencia anor-
    mal al pasado, y en el caso de Breuer se hubiera también
    desarrollado probablemente tal carácter si la paciente no se
    hubiera sometido, tan poco tiempo después de haber experi-
    mentado los traumas y surgido los síntomas, al tratamiento
    catártico.

    No hemos expuesto hasta ahora más que la relación de
    los síntomas histéricos con los sucesos de la vida del enfer-
    mo. Mas también de las observaciones de Breuer podemos
    deducir cuál ha de ser la idea que debemos formarnos del
    proceso de la patogénesis y del de la curación. Respecto al
    primero, hay que hacer resaltar el hecho de que la enferma de
    Breuer tuvo que reprimir, en casi todas las situaciones pató-
    genas, una fuerte excitación, en lugar de procurarla su normal
    exutorio por medio de la correspondiente exteriorización afec-
    tiva en actos y palabras. En el trivial suceso del perro de su
    institutriz, reprimió, por consideración a ésta, las manifestacio-
    nes de su intensa repugnancia, y mientras se hallaba velando
    a su enfermo padre cuidó constantemente de no dejarle darse
    cuenta de su angustia y sus dolorosos temores. Al reproducir
    después ante el médico estas escenas, se exteriorizó con sin-
    gular violencia, como si hasta aquel momento hubiese estado
    reservando y aumentando su intensidad, el afecto en ellas in-
    hibido. Se observó, además, que el síntoma que había quedado
    como resto de los traumas psíquicos, llegaba a su máxima
    intensidad durante el período del tratamiento dedicado a des-
    cubrir su origen, logrado lo cual, desaparecía para siempre y
    por completo. Por último, se comprobó que el recuerdo de la
    escena traumática provocado en el tratamiento, resultaba in-
    eficaz cuando por cualquier razón tenía lugar sin exterioriza-
     

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    186

    ciones afectivas. El destino de estos afectos, que pueden
    considerarse como magnitudes desplazables, era, por lo tan-
    to, lo que regía, así la patogénesis como la curación. Todas
    estas observaciones nos obligaban a suponer que la enfer-
    medad se originaba por el hecho de encontrar impedida su
    normal exteriorización los afectos desarrollados en las situa-
    ciones patógenas, y que la esencia de dicho origen consistía
    en que tales afectos «aprisionados» eran objeto de una utili-
    zación anormal, perdurando en parte como duradera carga
    de la vida psíquica y fuentes de continua excitación de la
    misma, y en parte sufriendo una transformación en iner-
    vaciones e inhibiciones somáticas anormales,
    que vienen a constituir los síntomas físicos del caso. Este úl-
    timo proceso ha sido denominado por nosotros «conver-
    sión histérica». Cierta parte de nuestra excitación
    anímica deriva ya normalmente por los caminos de la inerva-
    ción física, dando lugar a lo que con el nombre de «expresión
    de las emociones» conocemos. La conversión histérica exa-
    gera esta parte de la derivación de un proceso anímico satu-
    rado de afecto, y corresponde a una nueva expresión de las
    emociones, mucho más intensa y dirigida por nuevos cami-
    nos. Cuando una corriente afluye a dos canales tendrá siem-
    pre lugar una elevación de nivel en uno de ellos, en cuanto
    en el otro tropiecen las aguas con algún obstáculo.

    Observaréis que nos hallamos en camino de llegar a una
    teoría puramente psicológica de la histeria, teoría en la cual
    colocamos en primer término los procesos afectivos. Una se-
    gunda observación de Breuer nos fuerza a conceder una gran
    importancia a los estados de conciencia en la característica
    del proceso patológico. La enferma de Breuer mostraba muy
    diversas disposiciones anímicas, estados de ausencia, enaje-
    nación, y transformación del carácter, al lado de su estado
    normal. En este último, no sabía nada de las escenas pa-
    tógenas ni de su relación con sus síntomas, habiendo olvi-
    dado las primeras o, en todo caso, destruído la conexión
    patógena. Durante la hipnosis, se conseguía, no sin conside-
    rable trabajo, hacer volver a su memoria tales escenas, y

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    155

    ninguna determinante. Tenía este tic su origen en dos suce-
    sos que poseían un carácter común: el de haberse propuesto
    la paciente no hacer ruido alguno en un determinado momen-
    to, viendo burlado su propósito e interrumpido el silencio,
    como si sobre ella actuara una voluntad contraria, por aquel
    mismo castañeteo. La primera vez fué cuando habiendo lo-
    grado dormir con gran trabajo a un hijo suyo que se hallaba
    enfermo, hizo intención de no producir ruido alguno que le
    despertara. La segunda tuvo lugar dando con sus dos hijos
    un paseo en coche durante el cual estalló una tormenta que
    espantó a los caballos. En esta situación, pensó también la
    señora, que debía evitar todo ruido que excitase aún más a
    los asustados animales(1). Sirva este ejemplo como muestra
    de los muchos contenidos en nuestros «Estudios sobre la his-
    teria».

    Si me permitís una generalización, por otra parte inevita-
    ble en una exposición tan sintética como ésta, podremos re-
    sumir los conocimientos adquiridos hasta ahora, en la si-
    guiente fórmula: Los enfermos histéricos su-
    fren de reminiscencias. Sus síntomas son residuos
    y símbolos conmemorativos de determinados sucesos (trau-
    máticos). Quizá una comparación con otros símbolos conme-
    morativos, de un orden diferente, nos permita llegar a una
    más profunda inteligencia de este simbolismo. También las
    estatuas y monumentos con los que ornamos nuestras gran-
    des ciudades son símbolos de esta clase. Si dais un paseo
    por Londres, hallaréis, ante una de sus mayores estaciones
    ferroviarias, una columna gótica ricamente ornamentada a la
    que se da el nombre de Charing Cross. En el siglo XIII, uno
    de los reyes de la dinastía de Plantagenet mandó erigir cru-
    ces góticas en los lugares en que había reposado el ataúd en
    que eran conducidos a Westminster los restos de su amada
    esposa, la reina Eleanor. Charing Cross fué el último de estos
    monumentos que debían perpetuar la memoria del fúnebre

    (1)1. c. 2.ª edición, págs. 43 y 46.

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    cortejo (1). En otro lugar de la ciudad, no lejos del Puente
    de Londres, existe otra columna más moderna, llamada sim
    plemente «the monument» por los londinenses y que fué eri
    gida en memoria del gran incendio que estalló el año de 1666
    en aquel punto y destruyó una gran parte de la ciudad. Estos
    monumentos son símbolos conmemorativos al igual que los
    síntomas histéricos; hasta aquí parece justificada la compara
    ción. ¿Mas qué diríais de un londinense que en la actualidad
    se detuviera lleno de tristeza ante el monumento erigido en
    memoria del entierro de la reina Eleanor, en lugar de prose
    guir su camino hacia sus ocupaciones, con la premura exigi
    da por las presentes condiciones del trabajo, o de seguir pen
    sando con alegría en la joven reina de su corazón? ¿Y qué
    pensaríais del que se parara a llorar ante el «monumento» la
    destrucción de su amada ciudad, reconstruída después con
    cien veces más esplendor? Pues igual a la de estos poco
    prácticos londinenses es la conducta de todos los histéricos
    y neuróticos: no sólo recuerdan dolorosos sucesos ha largo
    tiempo acaecidos, sino que siguen experimentando una inten
    sa reacción emotiva ante ellos; les es imposible libertarse del
    pasado y descuidan por él la realidad y el presente. Tal fija
    ción de la vida psíquica a los traumas patógenos es uno de
    los caracteres principales y más importantes, prácticamente,
    de la neurosis.

    Creo muy justa la objeción que, sin duda, está surgiendo
    en vuestro espíritu al comparar mis últimas palabras con la
    historia clínica de la paciente de Breuer. En ésta, todos los
    traumas provenían de la época en que tuvo que prestar sus
    cuidados a su enfermo padre, y sus síntomas no pueden ser
    considerados sino como signos conmemorativos de la enfer
    medad y muerte del mismo. Corresponden, por lo tanto, a
    un gran dolor experimentado por la paciente, y la fijación al

    (1) El monumento actual no es el primitivo, aunque sí se halle co
    locado en el mismo lugar en que éste se alzaba. El nombre de Cha
    ring, según me comunicó el doctor Jones, es una derivación de las
    palabras «chère reine».

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    155

    LA PSICOANALISIS

    recuerdo del fallecido padre, tan poco tiempo después de su
    muerte, no puede considerarse como algo patológico sino
    que constituye un sentimiento normal en absoluto. Así, pues,
    concedo que tendréis razón en pensar que la fijación a los
    traumas no es en la paciente de Breuer nada extraordinario.
    Mas en otros casos como el del tic por mí tratado, cuyos mo-
    tivos de origen tuvieron lugar quince y diez años atrás, se
    muestra con toda claridad este carácter de adherencia anor-
    mal al pasado, y en el caso de Breuer se hubiera también
    desarrollado probablemente tal carácter si la paciente no se
    hubiera sometido, tan poco tiempo después de haber experi-
    mentado los traumas y surgido los síntomas, al tratamiento
    catártico.

    No hemos expuesto hasta ahora más que la relación de
    los síntomas histéricos con los sucesos de la vida del enfer-
    mo. Mas también de las observaciones de Breuer podemos
    deducir cuál ha de ser la idea que debemos formarnos del
    proceso de la patogénesis y del de la curación. Respecto al
    primero, hay que hacer resaltar el hecho de que la enferma de
    Breuer tuvo que reprimir, en casi todas las situaciones pató-
    genas, una fuerte excitación, en lugar de procurarla su normal
    exutorio por medio de la correspondiente exteriorización afec-
    tiva en actos y palabras. En el trivial suceso del perro de su
    institutriz, reprimió, por consideración a ésta, las manifestacio-
    nes de su intensa repugnancia, y mientras se hallaba velando
    a su enfermo padre cuidó constantemente de no dejarle darse
    cuenta de su angustia y sus dolorosos temores. Al reproducir
    después ante el médico estas escenas, se exteriorizó con sin-
    gular violencia, como si hasta aquel momento hubiese estado
    reservando y aumentando su intensidad, el afecto en ellas in-
    hibido. Se observó, además, que el síntoma que había quedado
    como resto de los traumas psíquicos, llegaba a su máxima
    intensidad durante el período del tratamiento dedicado a des-
    cubrir su origen, logrado lo cual, desaparecía para siempre y
    por completo. Por último, se comprobó que el recuerdo de la
    escena traumática provocado en el tratamiento, resultaba in-
    eficaz cuando por cualquier razón tenía lugar sin exterioriza-
     

  • S.

    136

    ciones afectivas. El destino de estos afectos, que pueden
    considerarse como magnitudes desplazables, era, por lo tan-
    to, lo que regía, así la patogénesis como la curación. Todas
    estas observaciones nos obligaban a suponer que la enfer-
    medad se originaba por el hecho de encontrar impedida su
    normal exteriorización los afectos desarrollados en las situa-
    ciones patógenas, y que la esencia de dicho origen consistía
    en que tales afectos «aprisionados» eran objeto de una utili-
    zación anormal, perdurando en parte como duradera carga
    de la vida psíquica y fuentes de continua excitación de la
    misma, y en parte sufriendo una transformación en iner-
    vaciones e inhibiciones somáticas anormales,
    que vienen a constituir los síntomas físicos del caso. Este úl-
    timo proceso ha sido denominado por nosotros «conver-
    sión histérica». Cierta parte de nuestra excitación
    anímica deriva ya normalmente por los caminos de la inerva-
    ción física, dando lugar a lo que con el nombre de «expresión
    de las emociones» conocemos. La conversión histérica exa-
    gera esta parte de la derivación de un proceso anímico satu-
    rado de afecto, y corresponde a una nueva expresión de las
    emociones, mucho más intensa y dirigida por nuevos cami-
    nos. Cuando una corriente afluye a dos canales tendrá siem-
    pre lugar una elevación de nivel en uno de ellos, en cuanto
    en el otro tropiecen las aguas con algún obstáculo.

    Observaréis que nos hallamos en camino de llegar a una
    teoría puramente psicológica de la histeria, teoría en la cual
    colocamos en primer término los procesos afectivos. Una se-
    gunda observación de Breuer nos fuerza a conceder una gran
    importancia a los estados de conciencia en la característica
    del proceso patológico. La enferma de Breuer mostraba muy
    diversas disposiciones anímicas, estados de ausencia, enaje-
    nación, y transformación del carácter, al lado de su estado
    normal. En este último, no sabía nada de las escenas pa-
    tógenas ni de su relación con sus síntomas, habiendo olvi-
    dado las primeras o, en todo caso, destruído la conexión
    patógena. Durante la hipnosis, se conseguía, no sin conside-
    rable trabajo, hacer volver a su memoria tales escenas, y

  • S.

    137

    por medio de esta labor de hacerla recordar de nuevo, se lo-
    graba la desaparición de los síntomas. Muy difícil sería ha-
    llar la justa interpretación de este hecho si las enseñanzas y
    experimentos del hipnotismo no nos facilitasen el camino.

    Por el estudio de los fenómenos hipnóticos, nos hemos acos-
    tumbrado a la idea, extraña en un principio, de que en el
    mismo individuo son posibles varias agrupaciones anímicas
    que pueden permanecer hasta cierto punto independientes
    entre sí, que no «saben nada» unas de otras y que atraen al-
    ternativamente a la conciencia. Tales casos, a los que se ha
    dado el nombre de «double conscience», suelen aparecer
    también espontáneamente. Cuando en este desdoblamiento
    de la personalidad, permanece constantemente ligada la con-
    ciencia a uno de los dos estados, se da a éste el nombre de
    estado psíquico consciente, y el de inconscien-
    te al que resta separado de él. En los conocidos fenómenos
    de la llamada sugestión post-hipnótica, en la cual el sujeto,
    impulsado por una incoercible fuerza, lleva a cabo, durante
    el estado normal posterior a la hipnosis, un mandato recibido
    en ella, se tiene un excelente ejemplo de las influencias que
    sobre el estado consciente puede ejercer el inconsciente,
    desconocido para él, y conforme a este modelo puede expli-
    carse perfectamente el proceso de la histeria. Breuer se de-
    cidió a aceptar la hipótesis de que los síntomas histéricos
    surgían en tales estados anímicos, que denominó estados
    hipnoides. Aquellas excitaciones que se producen ha-
    llándose el sujeto en estos estados hipnoides, se hacen fácil-
    mente patógenas, dado que en ellas no existen condiciones
    favorables a una derivación normal de los procesos excitan-
    tes. Originan éstos entonces un inusitado producto–el sín-
    toma–que se incrusta como un cuerpo extraño, en el estado
    normal, al que en cambio escapa el conocimiento de la situa-
    ción patógena hipnoide. Allí donde perdura un síntoma hálla-
    se también una amnesia, una laguna del recuerdo, y el hecho
    de cegar esta laguna lleva consigo la desaparición de las
    condiciones de origen del síntoma.

    Temo que esta parte de mi exposición no os haya pare-
     

  • S.

    158

    cido muy transparente. Pero habréis de tener en cuenta, que
    se trata de difíciles concepciones que quizá no se puedan ha-
    cer mucho más claras, lo cual constituye una prueba de
    que nuestro conocimiento no ha avanzado aún mucho. La
    teoría de Breuer, de los estados hipnoides, ha resul-
    tado superflua y embarazosa, habiendo sido abandonada por
    la psicoanálisis actual. Más adelante veréis, aunque en estas
    conferencias no pueda insistir sobre ello y tenga que ceñirme
    a simples indicaciones, qué influencias y procesos había por
    descubrir tras de los límites, trazados por Breuer, de los es-
    tados hipnoides. Después de lo hasta ahora expuesto estará
    muy justificada en vosotros la impresión de que las investi-
    gaciones de Breuer no han podido daros más que una teoría
    muy poco completa y una insatisfactoria explicación de los
    fenómenos observados; pero las teorías completas no caen
    llovidas del cielo y hay que desconfiar más justificadamente
    aún, cuando alguien nos presenta, desde los comienzos de
    sus investigaciones, una teoría sin fallo ninguno y bien redon-
    deada. Una tal teoría no podrá ser nunca más que hija de la
    especulación y no fruto de una investigación de la realidad,
    exenta totalmente de prejuicios.