S.
148
III
Como no siempre es fácil decir la verdad, sobre todo
cuando es preciso ser breve, me veo obligado hoy a rectifi-
car una inexactitud en la que incurrí en mi última conferencia.
Dije, que cuando habiendo renunciado al hipnotismo, apre-
miaba a mis enfermos para que me comunicasen lo que se
les ocurriera sobre la materia de que se trataba, indicándoles
que sabían todo lo que suponían haber olvidado y que la idea
que surgiese en ellos en aquel instante contendría segura-
mente lo buscado, había logrado, en efecto, que la primera
ocurrencia del enfermo trajera consigo el elemento deseado,
revelándose como la olvidada continuación del recuerdo, y
esto no es cierto por completo; si así lo expuse, fué en aras
de la brevedad. Realmente, sólo en los comienzos del trata-
miento pude conseguir, con un simple apremio por mi parte,
que se presentase el elemento olvidado. Al continuar con la
misma técnica, comenzaban siempre a aparecer ocurrencias
que por carecer de toda conexión con la materia tratada no
podían ser las buscadas y eran rechazadas como falsas por
los enfermos mismos. Una mayor presión por mi parte resul-
taba ya inútil en estos casos, y por lo tanto, parecía consti-
tuir un error el haber abandonado el hipnotismo.En esta perplejidad, me acogí a un prejuicio cuya verifi-
cación científica fué llevada a cabo años después en Zurich
por C. G. Jung y sus discípulos. Debo afirmar que a veces
es muy útil abrigar prejuicios. Creía yo firmemente en la ri-
gurosa determinación de los procesos anímicos y no me era
posible aceptar que una ocurrencia exteriorizada por el enfer-
mo hallándose intensamente fija su atención en un tema dado,
fuera por completo arbitraria y exenta de toda relación conS.
149
dicho tema, o sea con la idea olvidada que hallar procurába-
mos. Que la tal ocurrencia no fuera idéntica a la represe-
tación buscada, era cosa que podía explicarse satisfactoria-
mente por la situación psicológica supuesta. En los enfermos
sometidos al tratamiento, actuaban dos fuerzas contrarias:
por un lado, su aspiración consciente a traer a la conciencia
los elementos olvidados que existían en lo inconsciente; por
otro, la resistencia que ya conocemos y que luchaba para im-
pedir que lo reprimido, o sus productos, se hiciesen cons-
cientes. Cuando esta resistencia era nula o muy pequeña, lo
olvidado se hacía consciente sin deformación ninguna, hecho
que incitaba a sospechar que la desfiguración de lo buscado
sería tanto mayor cuanto más enérgica fuese la resistencia
opuesta a que lo olvidado se hiciese consciente. La ocurren-
cia del enfermo, que se presentaba en lugar de lo buscado,
habíase originado, pues, como un síntoma; era un nuevo y
efímero producto artificial sustitutivo de lo reprimido y tanto
menos análogo a ello cuanto mayor fuese la desfiguración que
bajo el influjo de la resistencia hubiese experimentado. Mas,
de todos modos, tendría que presentar una cierta semejanza
con lo buscado, en virtud de su naturaleza de síntoma; y dada
una resistencia no demasiado intensa, tenía que ser posible
adivinar el oculto elemento buscado, partiendo de la ocurren-
cia manifestada por el enfermo. Esta ocurrencia debía de ser,
con respecto al elemento reprimido, algo como una alusión,
como una expresión del mismo en lenguaje indirecto.En la vida anímica normal, conocemos casos en los que
situaciones análogas a la aquí supuesta por nosotros produ-
cen parecidos resultados. Uno de estos casos es el del
chiste. Los problemas de la técnica psicoanalítica me han
hecho ocuparme también de la técnica de la formación del
mismo. Expondré aquí un ejemplo de este género, relativo a
un chiste formulado en lengua inglesa.La anécdota es como sigue (1): Dos negociantes poco es-
(1) Véase «El chiste y su relación con lo inconsciente», tomo III de
esta edición castellana.S.
150
crupulosos, que habían conseguido reunir una gran fortuna
me.ced a una serie de osadas empresas, se esforzaban en
hacerse admitir en la buena sociedad, y para conseguirlo,
les pareció un buen medio el encargar sus retratos al pintor
más distinguido y caro de la ciudad, cada obra del cual se
consideraba como un acontecimiento, en el mundo elegante.
En una gran «soirée», expusieron después los cuadros y con-
dujeron al salón en el que se hallaban colgados, uno junto a
otro, al crítico de arte más influyente y conocido, con objeto
de hacerle pronunciar un juicio admirativo. El crítico contem-
pló largo rato los retratos, movió después la cabeza como si
echase algo de menos, e indicando con la mirada el espacio
libre comprendido entre las dos obras de arte, se limitó a
preguntar: «And where is the Saviour?» (1). Veo que os ha
hecho reir este excelente chiste en cuya inteligencia penetra-
remos ahora. Comprendemos que el crítico quiere decir:
«Sois un par de bribones semejantes a aquellos entre los
cuales se crucificó al Redentor». Mas no lo dice así, sino que
sustituye esta frase por algo que al principio parece singu-
larmente incongruente e inapropiado a las circunstancias,
pero que en seguida reconocemos como una alusión a
la injuria que tenía propósito de exteriorizar y como un sus-
titutivo de la misma, que no aminora en nada su valor. No
podemos esperar que en el chiste aparezcan todas aquellas
circunstancias que sospechamos existen en la génesis de la
ocurrencia espontánea de nuestros pacientes, pero sí quere-
mos hacer resaltar la identidad de motivación entre el chiste
y la ocurrencia. ¿Por qué no dice el crítico directamente a los
dos bribones lo que desea decirles? Pues porque junto a su
antojo de decírselo con toda claridad en su propia cara,
actúan en él muy buenos motivos contrarios. No deja de
tener sus peligros el ofender a personas cuyo huésped se es
y que disponen de los forzudos puños de una numerosa ser-
vidumbre. Puede correrse aquella suerte que en mi anterior
conferencia me sirvió de símil para aclarar el concepto de la
(1) «¿Y el Redentor, dónde está?»
S.
151
«represión». Por este motivo, no exterioriza el crítico direc-
tamente la injuria que se proponía expresar, sino que la lanza
disfrazada y deformada como una alusión y un desahogo con
el cual burla la coerción que pesa sobre su propósito. A la
misma constelación se debe, a nuestro juicio, el hecho de que
el paciente produzca, en lugar del elemento olvidado que de
hallar se trata, una ocurrencia sustitutiva (Er-
satzeinfall) más o menos deformada.Es muy apropiado dar, siguiendo el ejemplo de la escuela
de Zurich (Bleuler, Jung y otros), el nombre de «com-
plejo» a una agrupación de elementos ideológicos conju-
gados y saturados de afecto. Vemos, pues, que cuando par-
timos, en el tratamiento de un enfermo, de lo último que
recuerda sobre un punto determinado, para buscar un com-
plejo reprimido, tenemos todas las probabilidades de inferirlo
si el sujeto pone a nuestra disposición una cantidad suficiente
de sus espontáneas ocurrencias. Dejamos, por lo tanto, ha-
blar al enfermo lo que quiera y nos atenemos firmemente a
la presuposición de que no puede ocurrírsele cosa alguna que
no dependa indirectamente del complejo buscado. Si este ca-
mino de hallar lo reprimido os parece demasiado prolijo,
puedo por lo menos aseguraros que es el único practicable.Al emplear esta técnica encontramos aún el obstáculo de
que el paciente se detiene con frecuencia, comienza a vaci-
lar y afirma que no sabe qué decir, ni se le ocurre cosa al-
guna. Si esto fuera exacto y tuviera razón el enfermo, nues-
tro procedimiento probaría ser insuficiente. Pero una más
sutil observación, muestra que una tal falta de ocurrencias
no aparece jamás en la práctica, produciéndose tan sólo su
apariencia por el hecho de que el enfermo, influído por las
resistencias, disfrazadas bajo la forma de diversos juicios
críticos sobre el valor de la idea que en él ha surgido, la re-
tiene sin exteriorizarla o la rechaza. Contra esto, hay el re-
medio de ponerle desde luego al tanto de que ha de sentirse
inclinado a observar tal conducta durante el tratamiento y
pedirle que no se ocupe de ejercer crítica alguna sobre sus
ocurrencias. Debe manifestar, renunciando en absoluto a unaS.
152
selección crítica, todo aquello que a su imaginación acuda,
aunque lo considere inexacto, sin conexión alguna con la
cuestión tratada o falto de sentido. Sobre todo, no deberá
ocultar nada de aquello que se le ocurra y con lo que le sea
desagradable ocupar su pensamiento. La obediencia a estos
preceptos asegura la consecución del material que ha de po-
nernos sobre las huellas de los complejos reprimidos.Este material de ocurrencias, que el enfermo rechaza
despreciativamente cuando se halla bajo el influjo de la re-
sistencia en lugar de bajo el del médico, constituye para el
investigador psicoanalítico el mineral del que, con ayuda de
sencillas artes interpretativas, extrae su total contenido de
valioso metal. Si queréis haceros con un rápido y provisional
conocimiento de los complejos reprimidos de un enfermo,
aunque sin penetrar en su ordenación ni en su enlace, podéis
serviros del experimento de asociación tal y
como ha sido perfeccionado por Jung (1) y sus discípulos.
Este procedimiento procura al investigador psicoanalítico
iguales medios que el análisis cualitativo a los químicos; en
la terapia de los enfermos neuróticos puede prescindirse de
él, pero es, en cambio, totalmente indispensable para la de-
mostración objetiva de los complejos y para la investigación
de las psicosis, con tanto éxito emprendida por la escuela de
Zurich.La interpretación de las ocurrencias que exterioriza el
paciente, cuando se somete a los preceptos psicoanalíticos
capitales, no es el único de nuestros medios técnicos para el
descubrimiento de lo inconsciente. Al mismo fin conducen
dos otros procedimientos: la interpretación de sus sueños y
la evaluación de sus actos fallidos (Fehlhandlungen)
y actos casuales (Zufallshandlungen).Confieso a mi distinguido auditorio que he vacilado largo
tiempo pensando si no sería mejor ofrecer aquí, en lugar de
esta rápida y sintética visión sobre todo el campo de la psi-
coanálisis, una detallada exposición de la interpreta-
(1) C. G. Jung. Diagnostische Assoziationsstudien, 1906.
S.
155
L A P S I C O A N A L I S I S
ción de los sueños (1). Un motivo en apariencia se-
cundario y puramente subjetivo me ha hecho desistir de ello.
Parecíame inadecuado y casi escandaloso presentarme en
calidad de «onirocrítico» ante personas de esta nación, orien-
tada hacia fines prácticos, sin previamente hacerlas saber la
importancia a que puede aspirar tal anticuado y ridiculizado
arte. La interpretación de los sueños es, en realidad, la Vía
Regia para llegar al conocimiento de lo inconsciente y la
base más firme de la psicoanálisis, constituyendo, al mismo
tiempo, un campo de experimentación en el que todos pode-
mos penetrar y adquirir nuevas e interesantísimas ideas.
Cuando se me pregunta cómo se puede llegar a practicar la
psicoanálisis, respondo siempre que por el estudio de los pro-
pios sueños. Con justo tacto, han eludido hasta ahora los ad-
versarios de nuestras teorías, penetrar en la crítica de la in-
terpretación de los sueños o han pasado rápidamente sobre
ella con las objeciones más superficiales. Mas si, por el con-
trario, llegáis a aceptar las soluciones que la psicoanálisis da
al problema de la vida onírica, no presentarán ya dificultad
ninguna a vuestros ojos las novedades que pensáis encierra
nuestra disciplina.Al estudiar los sueños no hay que olvidar que si nuestras
producciones oníricas nocturnas presentan, por un lado, la
mayor analogía exterior y el más grande parentesco íntimo
con las creaciones de la perturbación mental, por otro, en
cambio, son compatibles con una total salud en la vida des-
pierta. No constituye ninguna paradoja afirmar que quien se
limite a mirar con asombro, sin intentar llegar a su compren-
sión, estas alucinaciones, delirios y modificaciones del carác-
ter, que pudiéramos llamar «normales», no puede tampoco
tener la menor probabilidad de comprender, más que de un
modo totalmente profano, las formaciones anormales de los
estados anímicos patológicos. Entre estos profanos podéis
contar a casi todos los psiquiatras actuales. Seguidme ahora(1) Véase «La interpretación de los sueños», tomos VI y VII de esta
edición castellana.S.
154
P R O F . S . F R E U D
en una rápida excursión a través del campo de los problemas
oníricos.Cuando nos hallamos despiertos, acostumbramos a consi-
derar tan despreciativamente nuestros sueños como el pa-
ciente las ideas que el investigador psicoanalítico le hace ma-
nifestar. Rechazándolos de nuestro pensamiento, los olvida-
mos generalmente en el acto y por completo. Nuestro
desprecio se funda en el extraño carácter que presentan aun
aquellos sueños que no son confusos ni descabellados y en
el evidente absurdo e insensatez de otros, y nuestra repulsa
se basa en las desenfrenadas tendencias, inmorales y des-
vergonzadas, que en algunos sueños se manifiestan clara-
mente. En cambio, el mundo antiguo no participó de este
nuestro desprecio de los sueños, y en la actualidad, tampo-
co las capas inferiores de nuestro pueblo se dejan engañar
con respecto a la estimación que a los mismos debe conce-
derse, y esperan de ellos, como los antiguos, la revelación
del porvenir.Por mi parte, confieso que no hallo necesidad de hipóte-
sis mística ninguna para cegar las lagunas de nuestro actual
conocimiento y que, por lo tanto, no he podido hallar jamás
nada que confirmara una naturaleza profética de los sueños.
Hay muchas cosas de otro género, y también harto maravi-
llosas, que decir sobre ellos.En primer lugar, no todos los sueños son esencialmente
extraños al sujeto que los ha tenido, ni confusos e incompren-
sibles para él. Examinando los sueños de los niños más pe-
queños, desde el año y medio de edad, se halla que son gran-
demente sencillos y fáciles de explicar. El niño pequeño sue-
ña siempre la realización de deseos que han surgido en él el
día anterior y que no ha satisfecho. No es necesaria ningún
arte interpretativa para hallar esta sencilla solución, sino úni-
camente averiguar lo que el niño hizo o dijo durante el día
anterior al sueño. La más satisfactoria solución del proble-
ma sería, ciertamente, que también los sueños de los adul-
tos fueran, como los de los niños, realizaciones de senti-
mientos optativos provocados durante el día del sueño. Y asíS.
155
LA PSICOANALISIS
es en realidad. Las dificultades que es necesario vencer para
llegar a esta solución van desapareciendo poco a poco con-
forme se va haciendo más penetrante el análisis de los
sueños.La primera y más importante de las objeciones es la de
que los sueños de los adultos presentan, en general, un con-
tenido ininteligible que no deja reconocer el más mínimo in-
dicio de una realización de deseos. La respuesta a tal obje-
ción es la siguiente: Dichos sueños han sufrido una deforma-
ción; el proceso psíquico que entrañan hubiera debido hallar
originariamente una muy diferente traducción verbal. Hay
que diferenciar el contenido manifiesto del sue-
ño, tal y como se recuerda con extrema vaguedad por la ma-
ñana y se reviste penosamente y con aparente arbitrarie-
dad, de palabras, de las ideas latentes del sueño,
que permanecen en lo inconsciente. Esta deformación del
sueño es el mismo proceso que expuse antes en la investi-
gación de la formación de los síntomas histéricos, e indica
que tanto en la formación de los sueños como en la de los
síntomas, actúa el mismo juego de fuerzas anímicas encon-
tradas. El contenido manifiesto del sueño es el sustitutivo
deformado de las ideas inconscientes del mismo y esta de-
formación es obra de fuerzas defensivas del Yo, resisten-
cias que durante el estado de vigilia impiden por completo el
acceso a la conciencia, a los deseos reprimidos de lo in-
consciente, y que debilitadas cuando el sujeto duerme, con-
servan, sin embargo, energía suficiente para obligar a dichos
deseos a envolverse en un disfraz. De este modo, resulta
tan difícil, para el sujeto, reconocer el sentido de sus sueños,
como para el histérico, la relación y el significado de sus
síntomas.Que existen ideas latentes del sueño y que entre ellas y
el contenido manifiesto del mismo se mantiene, en efecto, la
relación antes descrita, son extremos de los que nos conven-
ce el análisis de los sueños, análisis cuya técnica es idéntica
a la psicoanalítica. Se prescinde por completo de la aparente
conexión de los elementos en el sueño manifiesto y se reunenS.
156
todas las ocurrencias que conforme a la regla psicoanalítica
de libre asociación vayan surgiendo ante cada uno de dichos
elementos considerados separadamente. Luego, por el exa-
men del material así reunido, podremos inferir las ideas la-
tentes del sueño, de igual manera que por las ocurrencias del
enfermo ante sus síntomas y recuerdos hemos adivinado sus
ocultos complejos. En las ideas latentes del sueño así descu-
biertas puede verse siempre cuán justificado está el igualar
los sueños del adulto a los de los niños. Lo que ahora se sus-
tituye, como verdadero sentido del sueño, al contenido ma-
nifiesto del mismo, es siempre claramente comprensible, apa-
rece ligado a las impresiones del día anterior y se revela
como realización de un deseo insatisfecho. El sueño manifies-
to, que es el que por nuestro recuerdo conocemos al desper-
tar, no puede describirse más que como una realización
disfrazada de deseos reprimidos.Por medio de una labor sintética puede llegarse también
al conocimiento del proceso de deformación que convierte las
ideas inconscientes del sueño en el contenido manifiesto del
mismo, proceso al que damos el nombre de elaboración
del sueño y que merece todo nuestro interés teorético,
porque en él podemos estudiar, mejor que en ningún otro,
qué insospechados procesos psíquicos son posibles en lo in-
consciente o, dicho con mayor precisión, entre dos siste-
mas psíquicos separados: la conciencia y lo inconsciente. En-
tre estos nuevos procesos psíquicos se destacan el de la
condensación y el del desplazamiento. La
elaboración del sueño es un caso especial de las influencias
recíprocas de diversas agrupaciones anímicas, esto es, de los
resultados del desdoblamiento anímico, y parece, en lo esen-
cial, idéntica a aquella labor de deformación que, dada una
represión fracasada, transforma en síntomas los complejos
reprimidos.En el análisis de los sueños descubriréis con admiración
la insospechada importancia del papel que desempeñan en el
desarrollo del hombre las impresiones y los sucesos de la
temprana infancia. En la vida onírica del hombre prolonga suS.
157
L A P S I C O A N A L I S I S.
existencia el niño, conservando todas sus peculiaridades y
deseos, aun aquellos que han llegado a ser inutilizables en la
vida adulta. Con poder incoercible, se presentarán ante nos-
otros las evoluciones, represiones, sublimaciones y reaccio-
nes por medio de las cuales ha surgido del niño, muy dife-
rentemente dispuesto, el hombre llamado normal, sujeto,
y en parte víctima, de la civilización tan penosamente al-
canzada.Quiero también llamaros la atención sobre el hecho de
que en el análisis de los sueños hemos hallado que lo incons-
ciente se servía, sobre todo para la representación de comple-
jos sexuales, de un determinado simbolismo, variable en
parte individualmente y en parte típicamente fijado, que pa-
rece coincidir con el simbolismo cuya existencia sospecha-
mos detrás de nuestros mitos y leyendas. No sería imposible
que estas últimas creaciones de los pueblos pudieran hallar
su explicación partiendo de los sueños.He de advertiros, por último, que no debéis dejaros extra-
viar por la objeción de que la existencia de pesadillas o sue-
ños de angustia contradice nuestra concepción de los sueños
como realización de deseos. Aparte de que también estos
sueños angustiosos necesitan ser interpretados antes de poder
pronunciarse sobre ellos, hay que hacer observar que, en
general, la angustia no depende tan sencillamente del con-
tenido del sueño, como suele creerse sin conocer ni tener
en cuenta las condiciones de la angustia neurótica. La an-
gustia es una de las reacciones defensivas del Yo contra
aquellos deseos reprimidos que han llegado a adquirir una
gran energía, y es por lo tanto muy explicable su existencia
en el sueño, cuando la formación del mismo se ha puesto ex-
cesivamente al servicio de la realización de tales deseos re-
primidos.Vemos, pues, que la investigación de los sueños estaría ya
justificada en sí por las conclusiones a que nos lleva sobre cues-
tiones que sin ella serían tan difíciles de conocer. Mas nos-
otros hemos llegado a ella en conexión con el tratamiento
psicoanalítico de los neuróticos. Por lo dicho hasta ahora,S.
158
podéis comprender fácilmente cómo la interpretación de los
sueños, cuando no es dificultada en exceso por las resisten-
cias del enfermo, conduce al conocimiento de los deseos
ocultos y reprimidos del mismo y de los complejos que tales
deseos sustentan. Podemos, pues, pasar ahora al tercer gru-
po de fenómenos anímicos cuyo estudio ha llegado a ser un
medio técnico para la psicoanálisis.Son éstos los pequeños actos fallidos de los hom-
bres tanto normales como nerviosos, actos a los que no se
acostumbra en general a dar importancia ninguna: el olvido
de cosas que podían saberse y que en realidad se saben en
otros momentos (por ejemplo, el olvido temporal de los nom-
bres propios), las equivocaciones orales en las que con tanta
frecuencia se incurre, los análogos errores cometidos en la
escritura y en la lectura, los actos de aprehensión errónea y
la pérdida y rotura de objetos, etc., cosas todas a las que no
se suele buscar una determinación psicológica y que se dejan
pasar considerándolas como sucesos casuales y resultantes de
la distracción, falta de atención y otras condiciones análogas.
A todo ello se agregan los actos y gestos que los hombres
ejecutan sin darse cuenta, y por lo tanto, claro está que sin
atribuirles condición anímica alguna, tales como el juguetear
con los objetos, tararear melodías, andarse en los vestidos
o en alguna parte de la propia persona, y otros manejos seme-
jantes (1). Estas pequeñeces, actos fallidos, sin-
tomáticos y casuales, no se hallan tan desprovis-
tas de significación como parece aceptarse, en general, por
un tácito acuerdo; muy al contrario, son extraordinariamente
significativas y pueden ser fácil y seguramente interpretadas
examinando la situación en la que se ejecutan, examen del
que resulta que también constituyen manifestaciones de im-
pulsos e intenciones que deben ser sustraídas a la propia
conciencia o que proceden de los mismos complejos y deseos
que hemos estudiado como creadores de los síntomas y plas-
(1) Véase la «Psicopatología de la vida cotidiana», tomo I de esta
edición castellana.S.
159
madores de los sueños. Merecen, por tanto, estos actos, ser
reconocidos como síntomas, y su observación puede condu-
cir, como la de los sueños, al descubrimiento de los elemen-
tos ocultos de la vida anímica. Por ellos revela generalmente
el hombre sus más íntimos secretos, y si aparecen con espe-
ciales facilidad y frecuencia hasta en individuos sanos, que
han logrado llevar a cabo, con todo éxito, la represión de sus
tendencias inconscientes, ello se debe a su futilidad y nimia
apariencia. Mas no obstante, pueden aspirar tales actos a
una más alta valoración teórica, pues nos muestran que la
represión y la formación de sustitutivos tienen también lugar
en condiciones de salud normal.Observaréis que el investigador psicoanalítico se caracte-
riza por una estricta fe en el determinismo de la vida psíqui-
ca. Para él no existe nada pequeño, arbitrario ni casual en
las manifestaciones psíquicas, espera hallar siempre una moti-
vación suficiente hasta en aquellos casos en que no se suele
sospechar ni inquirir la existencia de la misma, y está inclu-
so preparado a encontrar una motivación múltiple
del mismo efecto psíquico, mientras que nuestra necesidad
causal, que suponemos innata, se declara satisfecha con
una única causa psíquica.Reunid ahora todos los medios que para el descubrimien-
to de lo escondido, olvidado y reprimido en la vida psíquica,
poseemos: el estudio de las ocurrencias del paciente provo-
cadas por libre asociación, el de sus sueños y el de sus actos
fallidos y sintomáticos; añadid a ello la valoración de otros
fenómenos que aparecen durante el tratamiento psicoanalítico
y sobre los que haré más adelante, al tratar de la «transfe-
rencia», algunas observaciones, y llegaréis conmigo a la con-
clusión de que nuestra técnica es suficientemente eficaz para
poder cumplir su cometido, atraer a la conciencia el material
psíquico patógeno y poner así término a la dolencia provoca-
da por la formación de síntomas sustitutivos. El que en el
curso de nuestros esfuerzos terapéuticos logremos enriquecer
y hacer más profundo nuestro conocimiento de la vida psíqui-
ca de los hombres, tanto normales como enfermos, no puedeS.
S.
161
La Psicoanalisis
za tan despreciativamente los sueños, pertenece a los más
enérgicos dispositivos protectores previstos en general en
todos nosotros contra la revelación de los complejos incons-
cientes, y tal es la causa de que sea tan difícil hacer llegar a
los hombres a la convicción de la realidad de lo inconsciente
y darles a conocer algo nuevo que contradice su conocimien-
to consciente.
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