La psicoanálisis1910-001/1929.es
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    IV

    Desearéis saber ahora qué es lo que con ayuda de los
    medios técnicos descritos hemos averiguado sobre los com-
    plejos patógenos y los deseos reprimidos de los neuróticos.

    Ante todo una cosa: La investigación psicoanalítica refie-
    re, con sorprendente regularidad, los síntomas patológicos
    del enfermo, a impresiones de su vida erótica; nos muestra
    que los deseos patógenos son de la naturaleza de los com-
    ponentes instintivos eróticos y nos obliga a aceptar que las
    perturbaciones del erotismo deben ser consideradas como las
    influencias más importantes de todas aquellas que conducen
    a la enfermedad. Y esto en ambos sexos.

    Sé que esta afirmación no se acepta fácilmente. Hasta
    aquellos investigadores que siguen con buena voluntad mis
    trabajos psicológicos, se hallan inclinados a opinar que exa-
    gero la participación etiológica de los factores sexuales y se
    dirigen a mí con la pregunta de por qué otros estímulos psí-
    quicos no han de dar también motivo a los fenómenos de la
    represión y la formación de sustitutivos. A ello puedo con-
    testar que ignoro por qué los estímulos no sexuales carecen
    de tales consecuencias y que no tendría nada que oponer a
    que su actuación produjese resultados análogos a los de ca-
    rácter sexual, pero que la experiencia demuestra que nunca
    adquieren tal significación e importancia y que lo más que
    hacen es secundar el efecto de los factores sexuales, sin ja-
    más poder sustituirse a ellos. Este estado de cosas no fué
    afirmado por mí teóricamente; en 1895, cuando publiqué los
    estudios sobre la histeria, en colaboración con el Dr. Breuer,
    no había yo llegado aún a este punto de vista, que he tenido

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    forzosamente que aceptar más tarde conforme mis experi-
    mentos iban haciéndose más numerosos y penetrando más
    en el corazón de la materia.

    Entre vosotros, los que habéis acudido a estas conferen-
    cias, se hallan algunos de mis más íntimos amigos y discípu-
    los, que me han acompañado en mi viaje hasta aquí. Interro-
    gadles, y oiréis de sus labios que también ellos acogieron al
    principio con absoluta incredulidad la afirmación de la decisi-
    va importancia de la etiología sexual; hasta que luego su
    propia labor analítica les obligó a aceptarla y hacerla suya.

    La conducta de los enfermos no facilita ciertamente la
    aceptación de mi discutida teoría. En lugar de ayudarnos,
    proporcionándonos de buena voluntad datos sobre su vida
    sexual, intentan ocultar ésta por todos los medios. Los hom-
    bres no son generalmente sinceros en las cuestiones sexua-
    les. No muestran a la luz su sexualidad, sino que la cubren
    con espesos mantos tejidos de mentiras, como si en el mundo
    de la sexualidad reinara un cruel temporal. Y no dejan de te-
    ner razón: en nuestro mundo civilizado, el sol y el viento no
    son nada favorables a la actividad sexual; ninguno de nos-
    otros puede realmente mostrar a los demás su erotismo, libre
    de todo disfraz. Mas cuando los pacientes se dan cuenta de
    que pueden librarse de toda coerción durante el tratamiento,
    arrojan aquella mentirosa envoltura, y entonces es cuando se
    halla uno en situación de formar juicio exacto sobre el discu-
    tido problema. Desgraciadamente, los médicos no ocupan
    con respecto a los demás hombres, un lugar de excepción en
    lo relativo a la conducta personal ante los problemas de la
    vida sexual, y aun muchos de ellos caen dentro de aquella
    mezcla de gazmoñería y concupiscencia que en las cuestiones
    sexuales rige la conducta de la mayoría de los «hombres ci-
    vilizados».

    Continuemos ahora la exposición de nuestros resultados.
    En otra serie de casos, la investigación psicoanalítica refiere
    los síntomas, no a acontecimientos sexuales, sino a vulgares
    sucesos traumáticos. Mas esta diferenciación pierde toda su
    importancia por otro hecho. La labor analítica necesaria para

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    PROF. S. FREUD

    la aclaración absoluta y la definitiva curación de un caso pa-
    tológico, no se detiene nunca en los sucesos del período de
    enfermedad, sino que llega, en todos los casos, hasta la pu-
    bertad y la temprana infancia del paciente, para tropezar allí
    con los sucesos e impresiones determinantes de la posterior
    enfermedad. Sólo los sucesos de la infancia explican la ex-
    tremada sensibilidad ante traumas posteriores, y únicamente
    por el descubrimiento y atracción a la conciencia de estas
    huellas de recuerdos, casi siempre olvidadas, adquirimos
    poder suficiente para hacer desaparecer los síntomas. Llega-
    mos aquí al mismo resultado que en la investigación de los
    sueños, esto es, que son deseos duraderos y reprimidos de
    la niñez los que para la formación de síntomas han suminis-
    trado su energía, sin la cual, la reacción a traumas posterio-
    res hubiera tenido lugar normalmente. Y estos poderosos de-
    seos de la niñez deben ser considerados siempre y con una
    absoluta generalidad, como sexuales.

    Ahora sí que estoy cierto de haber excitado vuestro asom-
    bro. ¿Hay, pues, una sexualidad infantil?, preguntaréis. ¿No
    es más bien la infancia una edad caracterizada por la ausen-
    cia del instinto sexual? Nada de eso; el instinto sexual no
    entra de repente en los niños al llegar la pubertad, como nos
    cuenta el Evangelio que el demonio entró en los cuerpos de
    los cerdos. El niño posee, desde un principio, sus instintos y
    actividades sexuales; los trae consigo al mundo, y de ellos
    se forma, a través de las numerosas etapas de una importan-
    tísima evolución, la llamada sexualidad normal del adulto. Ni
    siquiera es difícil observar las manifestaciones de esta activi-
    dad sexual infantil; por lo contrario, más bien es necesario
    poseer un cierto arte para dejarlas pasar desapercibidas o
    interpretarlas erróneamente.

    Un favorable destino me ha puesto en situación de aco-
    germe al testimonio de un compatriota vuestro. Indicaré aquí
    un trabajo del doctor Sanford Bell, publicado en 1902, en el
    «American Journal of Psychology». Su autor es un antiguo
    discípulo de la Clark University, la misma institución en una
    de cuyas aulas nos hallamos hoy reunidos. En este trabajo,

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    titulado «A preliminary study of the emotion of love between
    the sexes», y aparecido tres años antes de mi «Teoría se-
    xual», dice el autor la misma cosa que yo acabo de expone-
    ros: «La emoción del amor sexual no surge por vez primera
    en el período de la adolescencia, como se ha pensado hasta
    ahora» (1). El doctor Sanford Bell ha trabajado, en esta cues-
    tión, muy a la americana, como diríamos en Europa, re-
    uniendo, en el transcurso de quince años, nada menos que
    2.500 observaciones positivas, entre ellas 800 realizadas por
    él mismo. De los signos por los que se revelan tales enamo-
    ramientos infantiles, dice en su trabajo: «Observando sin
    prejuicio alguno estas manifestaciones en cientos de parejas
    de niños, no puede eludirse el atribuirlas un origen sexual.
    El ánimo más deseoso de exactitud tiene que quedar satisfe-
    cho cuando a estas observaciones se agrega la confesión de
    aquellas personas que en su niñez han experimentado tal
    emoción con una elevada intensidad y cuyos recuerdos in-
    fantiles son relativamente precisos» (2). Mas cuando el asom-
    bro de aquellos de entre vosotros que no quieren creer en la
    sexualidad infantil llegará a su grado máximo, será al oir que
    muchos de estos niños tempranamente enamorados no han
    pasado de la tierna edad de tres, cuatro y cinco años.

    No me admiraría que estas observaciones de un compa-
    triota vuestro consiguieran vuestro asentimiento con mayor
    facilidad que las mías. Por mi parte, he logrado, hace poco,
    deducir del análisis de un niño de cinco años, que padecía
    una neurosis de angustia–análisis llevada a cabo por su
    mismo padre, conforme a las reglas psicoanalíticas–un cua-
    dro casi completo de las manifestaciones instintivas somáti-
    cas y de las producciones anímicas en un temprano estadio
    de la vida erótica infantil. Debo también haceros recordar
    que mi amigo el doctor C. G. Jung, os leía hace pocas horas
    en esta misma sala las observaciones verificadas en el caso
    de una niña aún menor, que por el mismo motivo que mi pa-
    ciente–el nacimiento de un hermanito–reveló emociones


    (1)N. DEL T.–En inglés en el original.

    (2)Idem, íd. íd.

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    sensuales y formaciones de deseos y complejos, totalmente
    análogas. No desespero, pues, de que lleguéis á familiariza-
    ros con la idea, extraña al principio, de la sexualidad infantil,
    y quiero presentaros todavía el honroso ejemplo del psiquia-
    tra de Zurich, E. Bleuler, que, aún no hace muchos años,
    manifestaba «que no lograba comprender mis teorías sexua-
    les» y que posteriormente ha confirmado en su totalidad, por
    observaciones propias, mi concepción de la sexualidad infan-
    til1).

    Es muy explicable que, sean o no investigadores médi-
    cos, no quieran los hombres saber nada de la vida sexual
    del niño. Han olvidado su propia actividad sexual infantil,
    bajo la presión de la educación civilizadora, y no quieren que
    se les recuerde lo que han reprimido. Muy distintas serían
    las convicciones a que llegarían si comenzaran sus investiga-
    ciones con un autoanálisis, una revisión y una interpretación
    de sus recuerdos infantiles.

    Rechazad vuestras dudas y seguidme en la aceptación de
    la existencia de una sexualidad infantil desde los primeros
    años. El instinto sexual del niño se nos revela como muy
    complejo, y es susceptible de una descomposición en nume-
    rosos elementos de muy diverso origen. Ante todo, es aún
    independiente de la procreación, a cuyo servicio entrará más
    tarde, y sirve, por lo pronto, para la consecución de sensa-
    ciones de placer, de muy diversos géneros, a las que por sus
    analogías y conexiones reunimos bajo la común consideración
    de placer sexual. La fuente principal del placer sexual infantil
    es el estímulo apropiado de determinadas partes del cuerpo
    especialmente excitables, esto es, además de los genitales, la
    boca, el ano, la abertura del meato, y también la piel y otras
    superficies sensoriales. Dado que en esta primera fase de la
    vida sexual infantil, la satisfacción es conseguida en el propio
    cuerpo y aparte de todo objeto exterior, la denominamos,
    conforme al término implantado por Havelock Ellis, fase del

    1)Bleuler. «Sexuelle Abnormitäten der Kinder». Jahrbuch der
    schweiz. Gesellschaft für Schulgesundheitspflege, IX, 1908.

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    autoerotismo, y llamaremos zonas erógenas
    a las partes del cuerpo que intervienen en la consecución de
    placer. El «chupeteo» o succión productora de placer obser
    vable en los niños más pequeños, es un buen ejemplo de una
    tal satisfacción autoerótica conseguida en una zona erógena.
    El primer observador científico de este fenómeno, un pediatra
    de Budapest llamado Lindner, lo interpretó ya como una sa
    tisfacción sexual y ha descrito minuciosamente su transición
    a otras más elevadas formas de la actividad sexual 1). Otra
    satisfacción sexual de esta edad infantil es aquel estímulo
    masturbatorio de los genitales que tan gran importancia con
    serva para la vida posterior y que muchos individuos no lo
    gran jamás dominar. Junto a estas y otras actividades auto
    eróticas, se manifiestan muy tempranamente en el niño,
    aquellos componentes instintivos del placer sexual, o como
    nosotros acostumbramos a decir, de la libido, que presuponen
    una persona exterior al sujeto. Estos instintos aparecen en
    dos formas, activa y pasiva, constituyendo pares antitéticos.
    Citaré entre ellos, como los de mayor importancia en este
    grupo, el placer de causar dolor (sadismo), con su contrario,
    pasivo (masoquismo), y el placer visual, de cuyas formas ac
    tiva y pasiva surgen posteriormente el afán de saber y la
    tendencia a la exposición artística o teatral. Otras actividades
    sexuales del niño caen ya dentro de la elección de
    objeto, en la cual se convierte en elemento principal una
    segunda persona, que debe originariamente su importancia a
    consideraciones relativas al instinto de conservación. Sin em
    bargo, la diferencia de sexos no desempeña aún en este pe
    ríodo infantil, un papel decisivo, y sin cometer injusticia algu
    na puede atribuirse a todo niño una parte de disposición
    homosexual.

    Esta desordenada vida sexual del niño, muy rica en con
    tenido, pero disociada y en la cual cada instinto busca por
    cuenta propia, independientemente de todos los demás, la
    consecución de placer, experimenta una síntesis y una orga
     


    1)Jahrbuch für Kinderheilkunde, 1879.

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    nización en dos direcciones principales, de tal manera, que
    con el término de la pubertad, queda, en la mayoría de los ca-
    sos, completamente desarrollado el definitivo carácter sexual
    del individuo. Por un lado, se subordinan los diversos instin-
    tos a la primacía de la zona genital, con lo que toda la vida
    sexual entra al servicio de la procreación, y la satisfacción
    de dichos instintos queda reducida a la preparación y favore-
    cimiento del acto sexual propiamente dicho. Por otro, la elec-
    ción de objeto anula el autoerotismo, haciendo que en la vida
    erótica no quieran ser satisfechos sino en la persona amada,
    todos los componentes del instinto sexual. Mas no todos los
    componentes intintivos originales son admitidos a esta defini-
    tiva fijación de la vida sexual. Ya antes de la pubertad han
    sido sometidos determinados instintos, bajo la influencia de
    la educación, a represiones extraordinariamente enérgicas y
    han aparecido potencias anímicas tales como el pudor, la re-
    pugnancia y la moral, que mantienen, como vigilantes guar-
    dianes, dichas represiones. Cuando luego, en la época de la
    pubertad, llega la marea alta de la necesidad sexual, encuen-
    tra en las citadas reacciones o resistencias, diques que la
    marcan su entrada en los caminos llamados normales y la ha-
    cen imposible vivificar de nuevo los instintos sometidos a la
    represión. Esta recae especialmente sobre los placeres infan-
    tiles coprófilos, o sea los relacionados con los excrementos
    y, además, sobre la fijación a las personas de la primitiva
    elección de objeto.

    Un principio de Patología general expresa que cada pro-
    ceso evolutivo trae consigo los gérmenes de la disposición
    patológica, en cuanto puede ser obstaculizado o retrasado o
    no tener lugar sino incompletamente. Esto mismo es aplica-
    ble al tan complicado desarrollo de la función sexual, el cual
    no en todos los individuos se lleva a cabo sin tropiezo algu-
    no, dejando, en estos casos, tras de sí, ora anormalidades,
    ora una disposición a la posterior adquisición de enfermeda-
    des por el camino de la regresión. Puede suceder que no to-
    dos los instintos parciales se sometan a la primacía de la zona
    genital, y entonces el instinto que ha quedado independiente

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    constituye lo que llamamos una perver-
    sión y algo que
    puede sustituir el fin sexual normal por el suyo propio. Suce-
    de muy frecuentemente, como ya hemos indicado, que el au-
    toerotismo no es dominado por completo, defecto del cual
    dan testimonio, en tiempos posteriores, las más diversas per-
    turbaciones. La original equivalencia de ambos sexos como
    objetos sexuales puede también mantenerse, y resultar de
    ella una tendencia a la actividad homosexua-
    lidad en la vida adul-
    ta, tendencia que puede llegar, en determinadas circunstan-
    cias, a la homosexualidad exclusiva. Esta serie de perturba-
    ciones corresponde a las inhibiciones directas del desarrollo
    de la función sexual y comprende las perversiones y
    el nada raro infantilis-
    mo general de la vida sexual.

    La disposición a las neurosis debe derivarse también,
    pero por un camino distinto, de una perturbación del desarro-
    llo sexual. Las neurosis son a las perversiones lo que en fo-
    tografía el negativo a la positiva. En ellas aparecen como
    sustentadores de los complejos y origen de los síntomas, los
    mismos componentes instintivos que en las perversiones,
    pero en este caso actúan desde lo inconsciente. Han experi-
    mentado, pues, una represión, mas a pesar de la misma, pu-
    dieron afirmarse en lo inconsciente. La psicoanálisis nos per-
    mite reconocer que una manifestación extremadamente enér-
    gica de estos instintos en épocas muy tempranas, conduce a
    una especie de fija-
    ción parcial, que constituye un punto
    débil en el conjunto de la función sexual. Si el ejercicio de la
    función sexual normal encuentra luego algún obstácu-
    lo en la
    madurez, la represión de la época evoluti-
    va queda rota pre-
    cisamente en aquellos puntos en los que han tenido lugar fija-
    ciones infantiles.

    Me objetaréis quizás, ahora, que nada de esto es sexua-
    lidad. Confieso que he usado esta palabra en un sentido mu-
    cho más amplio del que estáis acostumbrados a atribuir-
    la.
    Pero es muy discutible si no sois vosotros los que la empleáis
    en un sentido demasiado estrecho cuando la limitáis a los do-
    minios de la procreación. Haciéndolo así, sacrificáis la inteli-
    gencia de las perversiones y la conexión entre la perversión,


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    la neurosis y la vida sexual normal, quedando imposibilitados
    de reconocer, según su verdadera importancia, los comienzos,
    fácilmente observables, de la vida erótica–somática y psí-
    quica–de los niños. Pero os decidáis o no a dar un más am-
    plio sentido de la palabra discutida, debéis tener siempre en
    cuenta que el investigador psicoanalítico concibe la sexuali-
    dad en aquel amplio sentido al que nos conduce la aceptación
    de la sexualidad infantil.

    Volvamos de nuevo al desarrollo sexual del niño. Qué-
    dannos todavía por examinar en él algunos puntos, que an-
    tes, dedicada nuestra atención, más a las manifestaciones so-
    máticas que a las anímicas, de la vida sexual, dejamos esca-
    par. La primitiva elección infantil de objeto, cuya naturaleza
    obedece a la impotencia del niño para valerse por sí solo, re-
    clama todo nuestro interés. Dirígese, al principio, hacia los
    guardadores del infantil sujeto y luego, en seguida, hacia sus
    padres. Según me ha demostrado la observación directa de
    los niños, confirmada por la investigación analítica de los
    adultos, la relación del niño con sus padres no está en ningún
    modo exenta de elementos de excitación sexual. El niño toma
    a sus dos progenitores y especialmente a uno de ellos, como
    objeto de sus deseos eróticos, con lo cual no hace general-
    mente más que obedecer a un estímulo iniciado por sus mis-
    mos padres, cuya ternura posee los más claros caracteres de
    una actividad sexual, si bien desviada en sus fines. El padre
    prefiere en general a la hija y la madre al hijo, y el niño re-
    acciona a ello con el deseo, si es varón, de hallarse en el
    puesto de su padre, o en el de su madre, si es hembra. Los
    sentimientos despertados en estas relaciones entre padres e
    hijos y en las de los hermanos entre sí, no son sólo de natu-
    raleza tierna y positiva, sino también negativos y hostiles.
    El complejo que de este modo se forma, está destinado a
    una pronta represión, pero ejerce luego, desde lo inconscien-
    te, una magna y duradera influencia y debemos manifestar
    nuestra sospecha de que, con sus ramificaciones, constituye
    el complejo nódulo (Kernkomplex) de todas y cada
    una de las neurosis, hallándonos preparados a encontrarlo

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    con no menor eficacia en otros dominios de la vida psíquica.
    El mito del rey Edipo, que mata a su padre y toma a su ma-
    dre por mujer, es una exposición aún muy poco disfrazada
    del deseo infantil ante el cual se alzan después, rechazándo-
    lo, las barreras del incesto. El Hamlet shakespiriano reposa
    sobre la misma base, aunque más encubierta, del complejo
    de incesto.

    En la época en que el niño está todavía dominado por el
    complejo nódulo aún no reprimido, dedica una importantísi-
    ma parte de su actividad al servicio de los intereses sexuales;
    comienza a investigar de dónde vienen los niños, y utilizan-
    do los datos que a su observación se ofrecen, adivina, de las
    circunstancias reales, más de lo que los adultos pueden sos-
    pechar. Generalmente, lo que despierta su interés investiga-
    tivo es la amenaza material de la aparición de un nuevo niño,
    en el que al principio no ve más que un competidor. Bajo la
    influencia de los instintos parciales que en él actúan, llega a
    formular numerosas «teorías sexuales infanti-
    les», tales como las de que ambos sexos poseen iguales
    genitales masculinos, que los niños se conciben comiendo y
    son paridos por el recto y que el comercio sexual es un acto
    de carácter hostil, una especie de sojuzgamiento violento.
    Mas precisamente el incompleto desarrollo de su constitución
    sexual y la laguna que en sus conocimientos supone la igno-
    rancia de la forma del aparato genital femenino (vagina), obli-
    gan al infantil investigador a abandonar su labor, considerán-
    dola inútil. El hecho mismo de esta investigación infantil, así
    como las pueriles teorías sexuales a que da lugar, presenta
    gran importancia como determinante para la formación del
    carácter del niño y del contenido de la neurosis que puede
    adquirir posteriormente.

    Es inevitable y de todo punto normal, que el niño haga
    de sus padres los objetos de su primera elección erótica.
    Pero su libido no debe permanecer fija en estos primeros ob-
    jetos, sino tomarlos después únicamente como modelos y
    pasar de ellos a personas extrañas en la época de la definiti-
    va elección de objeto. El desligamiento del niño, de

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    sus padres, se convierte así en un indispensable deber edu-
    cativo, si el valor social del joven individuo no ha de correr
    un serio peligro. Durante la época en la que la represión lleva
    a cabo la selección entre los instintos parciales de la sexuali-
    dad, y después, cuando ha de debilitarse la influencia de los
    padres, la cual ha proporcionado la energía necesaria para
    estas represiones, recaen sobre la labor educativa importan-
    tes deberes, que actualmente no siempre son desempeñados
    de una manera comprensiva y libre de objeciones.

    No vayáis quizás a juzgar que con estas discusiones so-
    bre la vida sexual y la evolución psicosexual del niño nos
    hemos alejado mucho de la psicoanálisis y de la labor curati-
    va de las perturbaciones nerviosas. Si queréis, podéis des-
    cribir exclusivamente el tratamiento psicoanalítico, como una
    segunda educación dirigida al vencimiento de los restos de
    la infancia.