La psicoanálisis1910-001/1929.es
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    Al mismo tiempo que Breuer ensayaba con su paciente la
    «talking cure», comenzaba Charcot en París, con las histéri-
    cas de la Salpêtrière, aquellas investigaciones de las que ha-
    bía de surgir una nueva comprensión de esta enfermedad.
    Sus resultados no podían ser todavía conocidos en Viena
    por aquellos días. Mas cuando aproximadamente diez años
    después, publicamos Breuer y yo una comunicación provisio-
    nal sobre el mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos,
    fundada en los resultados obtenidos en la primera paciente
    que Breuer trató por el método catártico, nos hallamos por
    completo dentro de las investigaciones de Charcot. Nosotros
    considerábamos los sucesos patógenos vividos por nuestros
    enfermos, o sea los traumas psíquicos, como equivalentes a
    aquellos traumas físicos cuya influencia en las parálisis histé-
    ricas había fijado Charcot, y la teoría de Breuer de los esta-
    dos hipnoides no es otra cosa que un reflejo del hecho de ha-
    ber reproducido Charcot artificialmente, en la hipnosis, tales
    parálisis traumáticas.

    El gran investigador francés, del que fuí discípulo en los
    años de 1885 y 86, no se hallaba inclinado a las teorías psi-
    cológicas. Su discípulo P. Janet fué el primero que intentó
    penetrar más profundamente en los singulares procesos psí-
    quicos de la histeria, y nosotros seguimos su ejemplo, toman-
    do como punto central de nuestra teoría el desdoblamiento
    psíquico y la pérdida de la personalidad. Según la teoría de
    P. Janet–muy influída por las doctrinas dominantes en Fran-
    cia sobre la herencia y la degeneración–la histeria es una
    forma de la alteración degenerativa del sistema nervioso,

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    alteración que se manifiesta en una innata debilidad de la
    síntesis psíquica. Los enfermos histéricos serían incapaces,
    desde un principio, de mantener formando una unidad la di-
    versidad de los procesos anímicos, siendo ésta la causa de su
    tendencia a la disociación psíquica. Si me permitís una com-
    paración trivial, pero muy precisa, diré que el histérico de
    Janet recuerda a una mujer débil, que ha salido de compras y
    vuelve a su casa cargada de infinidad de paquetes que ape-
    nas puede sujetar con sus dos brazos. En esto, se le escapa
    uno de los paquetes y cae al suelo. Al inclinarse para reco-
    gerlo, deja caer otro, y así sucesivamente. Mas no está muy
    de acuerdo con esta supuesta debilidad anímica de los histé-
    ricos el hecho de que al lado de los fenómenos de debilita-
    ción de las funciones, se observen en ellos, a modo de com-
    pensación, elevaciones parciales de la capacidad funcional.
    Durante el tiempo en que la paciente de Breuer había olvi-
    dado su lengua materna y todas las demás que poseía, ex-
    cepto el inglés, alcanzó su dominio sobre este idioma un
    grado tal, que la era posible, teniendo delante un libro ale-
    mán, ir traduciéndolo al inglés con igual rapidez, corrección
    y facilidad que si se tratase de una lectura directa.

    Cuando posteriormente emprendí yo la tarea de continuar
    por mi cuenta las investigaciones comenzadas por Breuer,
    llegué muy pronto a una idea muy distinta sobre la génesis
    de la disociación histérica (desdoblamiento de la conciencia).
    Dado que yo no partía de experimentos de laboratorio, como
    P. Janet, sino de una labor terapéutica, tenía que surgir ne-
    cesariamente una tal divergencia, decisiva para todo resul-
    tado.

    A mí me impulsaba sobre todo la necesidad práctica. El
    tratamiento catártico, tal y como lo había empleado Breuer,
    tenía por condición el sumir al enfermo en una profunda hip-
    nosis, pues únicamente en estado hipnótico podía el paciente
    llegar al conocimiento de los sucesos patógenos relacionados
    con sus síntomas, conocimiento que se le escapaba en estado
    normal. Mas el hipnotismo se me hizo pronto enfadoso, por
    constituir un medio auxiliar en extremo inseguro y, por de-

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    L A P S I C O A N A L I S I S

    cirlo así, místico. Una vez experimentado que a pesar de
    grandes esfuerzos no lograba sumir en estado hipnótico más
    que a una mínima parte de mis enfermos, decidí prescindir
    del hipnotismo y hacer independiente de él el tratamiento
    catártico. No pudiendo variar a mi arbitrio el estado psíquico
    de la mayoría de mis pacientes, me propuse trabajar hallán-
    dose éstos en estado normal, empresa que en un principio
    parecía por completo insensata y carente de toda probabili-
    dad de éxito. Se planteaba el problema de averiguar por
    boca del paciente algo que uno no sabía y que el enfermo
    mismo ignoraba. ¿Cómo podía conseguirse esto? Vino aquí
    en mi auxilio el recuerdo de un experimento singularísimo y
    muy instructivo que había yo presenciado en la clínica de
    Bernheim, en Nancy. Nos enseñaba Bernheim entonces, que
    las personas a las que había sumido en un sonambulismo hip-
    nótico y hecho ejecutar diversos actos, sólo aparentemente
    perdían, al despertar, el recuerdo de lo sucedido, siendo po-
    sible reavivar en ellas tal recuerdo hallándose en estado nor-
    mal. Cuando se interrogaba al sujeto por los sucesos acaeci-
    dos durante su estado de sonambulismo, afirmaba al principio
    no saber nada, pero al no contentarse Bernheim con tal afir-
    mación y apremiarle, asegurándole que no tenía más remedio
    que saberlo, lograba siempre que volvieran a su conciencia los
    recuerdos olvidados.

    Este mismo procedimiento utilicé yo con mis pacientes.
    Cuando llegaba con alguno de ellos a un punto en que me
    manifestaba no saber ya más, le aseguraba yo que lo sabía
    y que no tenía más que tomarse el trabajo de decirlo, llegando
    hasta afirmarle que el recuerdo deseado sería el que acudiera
    a su memoria en el momento en que yo colocase mi mano
    sobre su frente. De este modo, conseguí, sin recurrir al hip-
    notismo, que los enfermos me revelasen todo lo necesario
    para la reconstitución del enlace entre las olvidadas escenas
    patógenas y los síntomas que quedaban como residuo de las
    mismas. Mas era éste un penosísimo procedimiento, que lle-
    gaba a ser agotador y no podía adoptarse como técnica defi-
    nitiva.

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    No lo abandoné, sin embargo, antes de deducir de las ob-
    servaciones hechas en su empleo, conclusiones definitivas.
    Había logrado, en efecto, confirmar, que los recuerdos olvi-
    dados no se habían perdido. Se hallaban a merced del enfer-
    mo y dispuestos a surgir por asociación con sus otros recuer-
    dos no olvidados, pero una fuerza indeterminada se lo impe-
    día, obligándolos a permanecer inconscientes. La existencia
    de esta fuerza era indudable, pues se sentía su actuación al
    intentar, contrariándola, hacer retornar a la conciencia del
    enfermo los recuerdos inconscientes. Esta fuerza que mante-
    nía el estado patológico se hacía, pues, notar como una re-
    sistencia del enfermo.

    En esta idea de la resistencia he fundado mi concepción
    de los procesos psíquicos en la histeria. Demostrado que para
    el restablecimiento del enfermo era necesario suprimir tales
    resistencias, este mecanismo de la curación suministraba da-
    tos suficientes para formarse una idea muy precisa del proce-
    so patógeno. Las fuerzas que en el tratamiento se oponían, en
    calidad de resistencia, a que lo olvidado se hiciese de nuevo
    consciente, tenían que ser también las que anteriormente ha-
    bían producido tal olvido y expulsado de la conciencia a los
    sucesos patógenos correspondientes. A este proceso por mí
    supuesto le di el nombre de represión, considerán-
    dolo demostrado por la innegable aparición de la resis-
    tencia.

    Mas aún podía plantearse el problema de cuáles eran es-
    tas fuerzas y cuáles las condiciones de la represión en la
    cual reconocemos ya el mecanismo patógeno de la histeria.
    Una investigación comparativa de las situaciones patógenas
    llegadas a conocer en el tratamiento catártico permitía resol-
    ver el problema. En todos estos casos, se trataba del naci-
    miento de una optación contraria a los demás deseos del in-
    dividuo y que, por lo tanto, resultaba intolerable para las
    aspiraciones éticas y estéticas de su personalidad. Originába-
    se así un conflicto, una lucha interior, cuyo final era que la
    representación que aparecía en la conciencia llevando en sí
    el deseo inconciliable, sucumbía a la represión, siendo expul-
     

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    sada de la conciencia y olvidada junto con los recuerdos a
    ella correspondientes. La incompatibilidad de dicha idea con
    el Yo del enfermo era, pues, el motivo de la represión, y las
    aspiraciones éticas o de otro género del individuo, las fuer-
    zas represoras. La aceptación del deseo intolerable o la per-
    duración del conflicto hubieran hecho surgir un intenso dis-
    placer que la represión ahorraba, revelándose así como uno de
    los dispositivos protectores de la personalidad anímica.

    No expondré aquí más que uno solo de los muchos casos
    por mí observados, mas en él pueden verse claramente las
    condiciones y ventajas de la represión, aunque, para no tras-
    pasar los límites que me he impuesto en estas conferencias,
    tenga también que reducir considerablemente la historia clí-
    nica y dejar a un lado importantes hipótesis. Una muchacha
    que poco tiempo antes había perdido a su padre al que ama-
    ba tiernamente y al que había asistido con todo cariño duran-
    te su enfermedad–situación análoga a la de la paciente de
    Breuer–sintió germinar en ella, al casarse su hermana ma-
    yor, una especial simpatía hacia su cuñado, sentimiento que
    pudo fácilmente ocultar y disfrazar detrás del natural cariño
    familiar. La hermana enfermó y murió poco después, en oca-
    sión en que su madre y nuestra enferma se hallaban ausentes.
    Llamadas con toda urgencia, acudieron sin tener aún noticia
    exacta de la desgracia, cuya magnitud se les ocultó al princi-
    pio. Cuando la muchacha se aproximó al lecho en que yacía
    muerta su hermana, surgió en ella, durante un instante, una
    idea que podría quizá expresarse con las siguientes palabras:
    Ahora ya está él libre y puede casarse
    conmigo. Debemos aceptar, sin duda alguna, que esta
    idea que reveló a la conciencia de la muchacha su intenso
    amor hacia su cuñado, amor que hasta entonces no había sido
    en ella claramente consciente, fué entregada en el acto a la
    represión por la repulsa indignada de sus otros sentimientos.
    La muchacha enfermó, presentando graves síntomas histéri-
    cos, y al someterla a tratamiento, pudo verse que había ol-
    vidado en absoluto la escena que tuvo lugar ante el lecho
    mortuorio de su hermana y la perversa idea egoísta que en

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    su imaginación surgió en aquellos instantes. Luego, en el
    curso del tratamiento, volvió a recordarla, reprodujo el mo-
    mento patógeno, dando muestras de una intensa emoción, y
    quedó curada por completo.

    Quizá pueda presentaros más vivamente el proceso de la
    represión y su necesaria relación con la resistencia, por me-
    dio de un sencillo símil, que tomaré de las circunstancias en
    las que en este mismo momento nos hallamos. Suponed que
    en esta sala y entre el público que me escucha, cuyo ejem-
    plar silencio y atención nunca elogiaré bastante, se encontra-
    ra un individuo que se condujese perturbadoramente y que
    con sus risas, exclamaciones y movimientos, distrajese mi
    atención del desempeño de mi cometido, hasta el punto de
    verme obligado a manifestar que me era imposible continuar
    así mi conferencia. Al oirme, pónense en pie varios especta-
    dores, y después de una breve lucha, arrojan del salón al
    perturbador, el cual queda, de este modo, expulsado o «repri-
    mido», pudiendo yo reanudar mi discurso. Mas para que la
    perturbación no se repita en caso de que el expulsado inten-
    te volver a penetrar aquí, varios de los señores que han eje-
    cutado mis deseos quedan montando una guardia junto a la
    puerta y se constituyen así en una «resistencia» subsiguiente
    a la represión llevada a cabo. Si denomináis lo «consciente»
    a esta sala y lo «inconsciente» a lo que tras de sus puertas
    queda, tendréis una imagen bastante precisa del proceso de
    la represión.

    Vemos ahora claramente en qué consiste la diferencia en-
    tre nuestras concepciones y las de Janet. Nosotros no deri-
    vamos el desdoblamiento psíquico de una insuficiencia innata
    del aparato anímico para la síntesis, sino que lo explicamos
    dinámicamente por el conflicto de fuerzas psíquicas encontra-
    das y reconocemos en él el resultado de una lucha activa
    entre ambas agrupaciones psíquicas. De nuestra teoría surgen
    numerosos nuevos problemas. En todo individuo se originan
    conflictos psíquicos y existe un esfuerzo del Yo para defen-
    derse de los recuerdos penosos, sin que, generalmente, se
    produzca el desdoblamiento psíquico. No puede, por lo tanto,

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    rechazarse la idea de que para que el conflicto tenga la
    disociación por consecuencia, son necesarias otras condicio-
    nantes, y hemos de reconocer que con nuestra hipótesis de
    la represión no nos hallamos al final, sino muy al principio,
    de una teoría psicológica. Mas tened en cuenta que en estas
    materias no es posible avanzar sino paso a paso, debiéndose
    esperar que una más amplia y penetrante labor perfeccione
    en lo futuro los conocimientos adquiridos.

    No debe intentarse examinar el caso de la paciente de
    Breuer desde el punto de vista de la represión. Su historia
    clínica no se presta a ello, por haberse logrado los datos que
    la componen, por medio del hipnotismo, y sólo prescindiendo
    de éste es como podemos observar las resistencias y repre-
    siones y adquirir una idea exacta del verdadero proceso pa-
    tógeno. El hipnotismo encubre la resistencia y proporciona
    acceso a un determinado sector psíquico, pero, en cambio,
    hace que la resistencia se acumule en los límites de este sec-
    tor, formando una impenetrable muralla que impide una más
    profunda penetración.

    El más valioso resultado de las observaciones de Breuer
    fué el descubrimiento de la conexión de los síntomas con los
    sucesos patógenos o traumas, resultado que no debemos
    dejar ahora de considerar desde el punto de vista de la teoría
    de la represión. Al principio, no se ve realmente cómo puede
    llegarse a la formación de síntomas partiendo de la represión.
    En lugar de exponer aquí una complicada serie de deduccio-
    nes teóricas, volveré a hacer uso del símil que antes apliqué
    a dicho proceso. Suponed que con la expulsión del perturba-
    dor y la guardia situada a las puertas de la sala no terminara
    el incidente, pues pudiera muy bien suceder que el expulsado,
    lleno de ira y habiendo perdido toda clase de consideracio-
    nes, siguiera dándonos que hacer. No se encuentra ya entre
    nosotros y nos hemos librado de su presencia, de sus burlo-
    nas risas y de sus observaciones a media voz, pero la repre-
    sión ha sido vana hasta cierto punto, pues el perturbador
    arma, desde fuera, un intolerable barullo y sus gritos y puñe-
    tazos contra la puerta estorban mi conferencia más que su

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    anterior grosera conducta. En estas circunstancias, veríamos
    con gran alegría que, por ejemplo, nuestro digno presidente,
    el doctor Stanley Hall, tomando a su cargo el papel de me
    diador y pacificador, saliera a hablar con el intratable indivi-
    duo y volviera a la sala pidiéndonos que le permitiésemos de
    nuevo entrar en ella y garantizándonos su mejor conducta.
    Confiados en la autoridad del doctor Hall nos decidimos a
    levantar la represión, restableciéndose de este modo la paz y
    la tranquilidad. Es esta una exacta imagen de la misión del
    médico en la terapia psicoanalítica de las neurosis.

    Para expresarlo más directamente: Por medio de la inves-
    tigación de los histéricos y otros enfermos neuróticos, llega-
    mos al convencimiento de que en ellos ha fracasado la
    represión de la idea que entraña el deseo intolerable. Han
    llegado a expulsarla de la conciencia y de la memoria, aho-
    rrándose así aparentemente una gran cantidad de dolor, pero
    el deseo reprimido perdura en lo inconsciente, espiando una
    ocasión de ser activado, y cuando ésta se presenta, sabe en-
    viar a la conciencia una disfrazada e irreconocible forma-
    ción sustitutiva (Ersatzbildung) de lo repri-
    mido, a la que pronto se enlazan las mismas sensaciones
    displacientes que se creía ahorradas por la represión. Este
    producto sustitutivo de la idea reprimida–el síntoma–queda
    protegido de subsiguientes ataques de las fuerzas defensivas
    del Yo, y en lugar de un poco duradero conflicto, aparece
    ahora un interminable padecimiento. En el síntoma, puede
    hallarse, junto a los rasgos de deformación, un resto de ana-
    logía con la idea primitivamente reprimida; los caminos se-
    guidos por la génesis del producto sustitutivo se revelan du-
    rante el tratamiento psicoanalítico del enfermo, y para la
    curación, es necesario que el síntoma sea conducido de nue-
    vo y por los mismos caminos, hasta la idea reprimida. Una
    vez reintegrado lo reprimido a la actividad anímica cons-
    ciente, labor que supone el vencimiento de considerables re-
    sistencias, el conflicto psíquico que así queda establecido y
    que el enfermo quiso evitarse con la represión, puede hallar,
    bajo la guía del médico, una mejor solución, que la ofrecida

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    por el proceso represor. Existen varias de estas apropiadas
    soluciones que ponen un feliz término al conflicto y a la neu-
    rosis y que, en casos individuales, pueden muy bien ser
    combinadas unas con otras. Puede convencerse a la perso-
    nalidad del enfermo de que ha rechazado injustificadamente
    el deseo patógeno y hacerla aceptarlo en todo o en parte;
    puede también dirigirse este deseo hacia un fin más elevado
    y por tanto irreprochable (sublimación de dicho
    deseo), y puede, por último, reconocerse totalmente justifi-
    cada su reprobación, pero sustituyendo el mecanismo–auto-
    mático y por lo tanto insuficiente–de la represión, por una
    condenación ejecutada con ayuda de las más altas funciones
    espirituales humanas, esto es, conseguir su dominio cons-
    ciente.

    Perdonadme si no he conseguido exponeros con mayor
    claridad estos capitales puntos de vista del método terapéuti-
    co llamado psicoanálisis. Las dificultades no estri-
    ban tan sólo en la novedad de la materia. Sobre la naturaleza
    de los deseos intolerables que a pesar de la represión logran
    hacerse notar desde lo inconsciente y sobre las condiciones
    subjetivas o constitucionales que tienen que aparecer con-
    juntamente en una persona para que tengan lugar un tal fra-
    caso de la represión y una formación sustitutiva o de sínto-
    mas, trataremos en conferencias sucesivas.