S.
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V
Con el descubrimiento de la sexualidad infantil y la refe-
rencia de los síntomas neuróticos a componentes instintivos
eróticos, hemos llegado a establecer algunas inesperadas
fórmulas sobre la esencia y las tendencias de las neurosis.
Vemos que los hombres enferman cuando, a consecuencia
de obstáculos exteriores o falta interna de adaptación, queda
vedada para ellos la satisfacción de sus necesidades sexua-
les en la realidad, y vemos que entonces se refu-
gian en la enfermedad, para hallar con su ayuda
una satisfacción sustitutiva de la que les ha sido negada. Re-
conocemos que los síntomas patológicos contienen una parte
de la actividad sexual del sujeto o, a veces, su entera vida
sexual, y encontramos en el alejamiento de la realidad, la
tendencia capital, pero también el daño principal de la enfer-
medad. Sospechamos que la resistencia que nuestros enfer-
mos oponen a su restablecimiento no es de constitución sim-
ple, sino compuesta de varios motivos. No solamente se
resiste el Yo del enfermo a levantar las represiones por
medio de las cuales ha realizado su evolución, sino que tam-
poco los instintos sexuales se resignan a prescindir de sus
satisfacciones sustitutivas mientras permanezca aún inseguro
si la realidad les ofrecerá o no algo mejor.La fuga en que el sujeto abandona la insatisfactoria reali-
dad para refugiarse en aquello que por su nocividad bioló-
gica denominamos enfermedad, pero que jamás deja de
ofrecer al enfermo un inmediato placer, se lleva a cabo por
el camino de la regresión, del retorno a fases tempra-
nas.S.
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nas de la vida sexual a las que en su época no faltó satisfac-
ción. Esta regresión es aparentemente doble: temporal,
en cuanto la libido, la necesidad erótica, retrocede a grados
evolutivos temporalmente anteriores, y formal, en cuan-
to para la manifestación de esta necesidad se emplean los
originales y primitivos medios expresivos psíquicos, mas
ambos géneros de regresión se hallan orientados hacia la
niñez y se reunen para la constitución de un estado infantil
de la vida sexual.Cuanto más se penetra en la patogénesis de la enferme-
dad nerviosa más se descubre la conexión de las neurosis
con otras producciones de la vida psíquica humana, aun con
las de un más alto valor. Nosotros los hombres, con las
grandes aspiraciones de nuestra civilización y bajo el peso de
nuestras íntimas represiones, hallamos la realidad totalmente
insatisfactoria y mantenemos, por lo tanto, una vida imagi-
nativa, en la cual gustamos de compensar los defectos de la
realidad por medio de la producción de realizaciones de de-
seos. Estas fantasías entrañan mucho de la propia esencia
constitucional de la personalidad y también de los impulsos
en ella reprimidos para su adaptación a la realidad. El hom-
bre que alcanza grandes éxitos en su vida es aquel que por
medio del trabajo logra convertir en realidad sus fantasías
optativas. Donde esto fracasa a consecuencia de las resis-
tencias del mundo exterior y de la debilidad del individuo,
surge el apartamiento de la realidad; el individuo se retira
a su satisfactoria fantasía y, en el caso de enfermedad, con-
vierte su contenido en síntomas. Bajo determinadas condi-
ciones favorables, le será aún posible hallar otro camino,
que, partiendo de dichas fantasías, le conduzca de nuevo a
la realidad, salvándole de extrañarse de ella duraderamente
por medio de la regresión a lo infantil. Cuando la persona
enemistada con el mundo real posee aquello que llamamos
dotes artísticos y cuya psicología permanece aún
misteriosa para nosotros, puede transformar sus fantasías,
no en síntomas, sino en creaciones artísticas, escapar así a
la neurosis y volver a encontrar, por este camino indirecto,S.
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la relación con la realidad1). En los casos en que a una per-
sistente rebelión contra el mundo real se une la falta o la in-
suficiencia de estas preciosas dotes, resulta inevitable que la
libido, siguiendo el origen de la fantasía, llegue, por el cami-
no de la regresión, a la resurrección de los deseos infantiles
y con ella a la neurosis. Esta reemplaza en nuestros días el
convento al cual acostumbraban antes a retirarse aquellas
personas desengañadas de la vida o que se sentían demasia-
do débiles para vivirla.Permitidme que en este punto exponga el resultado ca-
pital conseguido por la investigación psicoanalítica de los
neuróticos y que es el de que las neurosis no tienen un es-
pecial contenido psíquico que no pueda hallarse también en
los individuos sanos, o como lo ha expresado C. G. Jung,
que los neuróticos enferman a causa de los mismos comple-
jos con los que luchamos los sanos. De circunstancias cuan-
titativas y de las relaciones de las fuerzas que combaten
entre sí, depende que la lucha conduzca a la salud, a la neu-
rosis o a sublimaciones compensadoras.Os he ocultado, hasta ahora, algo que constituye la más
importante confirmación de nuestra hipótesis de las fuerzas
instintivas sexuales de la neurosis. Siempre que sometemos
a un nervioso al tratamiento psicoanalítico, aparece en él
el extraño fenómeno llamado «transferencia» (Ueber-
tragung), consistente en que el enfermo dirige hacia el mé-
dico una serie de tiernos sentimientos mezclados frecuente-
mente con otros hostiles, conducta sin fundamento alguno
real y que según todos los detalles de su aparición tiene que
ser derivada de los antiguos deseos imaginativos devenidos
inconscientes. Así, pues, el enfermo vive, en su relación con
el médico, aquella parte de su vida sentimental que ya no
puede hacer volver a su memoria, y por medio de este vivir
de nuevó en la «transferencia», es como queda convencido,
tanto de la existencia como del poder de tales impulsos se-1)Véase la obra de O. Rank titulada «Der Künstler», A. Heller,
Viena, 1907.S.
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xuales inconscientes. Los síntomas, que para emplear una
comparación tomada de los dominios de la Química, son los
precipitados de anteriores sucesos eróticos (en el más am-
plio sentido), no pueden disolverse y ser transformados en
otros productos psíquicos más que a la elevada temperatura
de la transferencia. El médico desempeña en esta reacción,
según la acertadísima frase de J. Ferenczi 1), el papel de un
fermento catalítico que atrae temporalmente los
afectos que en el proceso van quedando libres. El estudio de
la transferencia nos proporciona también la clave para la in-
teligencia de la sugestión hipnótica que en un principio em-
pleamos con nuestros enfermos como medio técnico para la
investigación de lo inconsciente. El hipnotismo se reveló en-
tonces como un auxiliar terapéutico, pero en cambio como un
obstáculo para el conocimiento científico de la cuestión, pues
si hacía desaparecer las resistencias en un determinado
campo, no evitaba que se alzasen de nuevo en los límites del
mismo, formando impenetrables murallas que impedían todo
nuevo avance. No hay que creer que el fenómeno de la trans-
ferencia, sobre el cual no puedo extenderme aquí mucho,
desgraciadamente, sea un producto de la influenciación psi-
coanalítica. La transferencia surge espontáneamente en todas
las relaciones humanas, lo mismo que en la del enfermo y el
médico; es, en general, el verdadero substrato de la influen-
ciación terapéutica y actúa con tanta mayor energía cuanto
menos se sospecha su existencia. Así, pues, no es la psico-
análisis la que la crea, sino que se limita a revelarla a la con-
ciencia y se apodera de ella para dirigir los procesos psíqui-
cos hacia el fin deseado. No puedo abandonar el tema de la
transferencia sin hacer resaltar que este fenómeno es decisi-
vo, no sólo para la convicción del enfermo, sino también para
la del médico. Sé que todos mis partidarios han llegado a
convencerse de la exactitud de mis afirmaciones sobre la pa-
togénesis de las neurosis precisamente por sus experiencias1)S. Ferenczi. Introjektion und Übertragung. Jahrb. f. psychoa-
nal. u. psychopath. Forschungen, 1. 2. 1909.
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personales en lo referente a la transferencia y comprendo
muy bien que no se llegue a tal seguridad de juicio en tanto
no haya efectuado uno, por sí mismo, psicoanálisis, y haya
tenido ocasión de observar directamente los efectos de dicho
fenómeno.A mi juicio, existen, por parte del intelecto, dos obstácu-
los opuestos al reconocimiento de las ideas psicoanalíticas:
En primer lugar, lo desacostumbrado de contar con una es-
trictra y absoluta determinación de la vida psíquica y, en se-
gundo, el desconocimiento de las peculiaridades que consti-
tuyen la diferencia entre los procesos anímicos inconscientes
y los conscientes, que nos son familiares. Una de las más ex-
tendidas resistencias contra la labor psicoanalítica–tanto en
los sanos como en los enfermos–se refiere al último de di-
chos dos factores. Se teme causar un daño con la psicoanáli-
sis y se siente miedo de atraer a la conciencia del enfermo los
instintos sexuales reprimidos, como si ello trajese consigo el
peligro de que dominasen en él las aspiraciones éticas más
elevadas y le despojasen de sus conquistas culturales. Se ob-
serva que el paciente presenta heridas en su vida anímica,
pero se evita tocar a ellas, para no aumentar sus sufrimien-
tos. Podemos aceptar y proseguir esta analogía. Es induda-
blemente más piadoso no rozar las partes enfermas, cuando
con ello no se ha de saber más que causar dolor. Pero el ci-
rujano no prescinde de investigar el foco de la enfermedad
cuando intenta una operación que ha de producir un restable-
cimiento duradero, y nadie pensará en culparle de los inevi-
tables sufrimientos que el reconocimiento haya de causar ni
de los fenómenos de reacción que surgen en el operado, si
con la intervención quirúrgica alcanza su propósito y consi-
gue que después de una temporal agravación de su estado,
llegue el enfermo a una definitiva curación. Análogas son las
circunstancias de la psicoanálisis, y ésta puede aspirar a ser
considerada al igual de la cirugía. El aumento de dolor que
pueda producir al enfermo durante el tratamiento, es–dada
una acertada técnica–infinitamente menor que el producido
en una intervención quirúrgica, y considerando la gravedadS.
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del mal que de curar se trata, aparece como un elemento nada
merecedor de tenerse en cuenta. El temido resultado final de
una destrucción del carácter civilizado, por los instintos libe-
rados de la represión, es totalmente imposible, pues este
temor no tiene en cuenta algo que nuestra experiencia nos ha
enseñado con toda seguridad, y es que el poder anímico y
somático de un deseo, cuando su represión ha fracasado, es
mucho mayor siendo inconsciente, que siendo consciente, de
manera que con su atracción a la conciencia no se hace sino
debilitarlo. El deseo inconsciente no es susceptible de ser in-
fluido y permanece independiente de toda circunstancia, mien-
tras que el consciente es refrenado por todo lo igualmente
consciente contrario a él. La labor psicoanalítica entra así,
como un ventajoso sustitutivo de la fracasada represión, al
servicio de las aspiraciones civilizadoras más elevadas y va-
liosas.¿Cuáles son, pues, los destinos de los deseos inconscien-
tes libertados por la psicoanálisis, y cuáles los caminos que
seguimos para impedir que dañen la vida del paciente? Exis-
ten varias soluciones. El resultado más frecuente es el de que
tales deseos quedan ya dominados, durante el tratamiento,
por la actividad anímica correcta de los sentimientos más ele-
vados, a ellos contrarios. La represión es sustituída
por una condenación llevada a cabo con los medios
más eficaces. Esto se hace posible por el hecho de que lo que
se trata de hacer desaparecer son sólo consecuencias de an-
teriores estadios evolutivos del Yo. El individuo no llevó a
cabo anteriormente más que una represión del instinto inuti-
lizable, porque en dicho momento no se hallaba él mismo
sino imperfectamente organizado, y era débil; mas en su
actual madurez y fuerza puede quizá dominar a la perfección
lo que le es hostil. Un segundo término de la labor psicoana-
lítica es el de que los instintos inconscientes descubiertos,
pueden ser dirigidos a aquella utilización que en un desarrollo
no perturbado hubieran debido hallar anteriormente. La extir-
pación de los deseos infantiles no es, de ningún modo, el fin
ideal del desarrollo. El neurótico ha perdido, por sus repre-S.
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siones, muchas fuentes de energía anímica, cuyo caudal le
hubiese sido muy valioso para la formación de su carácter y
para su actividad en la vida. Conocemos otro más apropiado
proceso de la evolución, la llamada sublimación, por
la cual no queda perdida la energía de los deseos infantiles,
sino que se hace utilizable dirigiendo cada uno de los impul-
sos hacia un fin más elevado que el inutilizable y que puede
carecer de todo carácter sexual. Precisamente los componen-
tes del instinto sexual se caracterizan por esta capacidad de
sublimación, de cambiar su fin sexual por otro más lejano y
de un mayor valor social. A las aportaciones de energía con
seguidas de este modo para nuestras funciones anímicas, de
bemos probablemente los más altos éxitos civilizadores. Una
temprana represión excluye la sublimación del instinto repri-
mido. Mas, una vez levantada la primera, queda libre de
nuevo el camino para efectuar la segunda.
No debemos, por último, omitir el tercero de los resulta-
dos posibles de la labor psicoanalítica. Una cierta parte de
los impulsos libidinosos reprimidos tiene derecho a una satis-
facción directa, y debe hallarla en la vida. Nuestras aspira-
ciones civilizadoras hacen demasiado difícil la existencia a la
mayoría de las organizaciones humanas, coadyuvando así al
apartamiento de la realidad y a la formación de la neurosis sin
conseguir un aumento de civilización por esta exagerada re-
presión sexual. No debíamos engreirnos tanto como para
descuidar por completo lo originariamente animal de nuestra
naturaleza, ni debemos tampoco olvidar que la felicidad del
individuo no puede ser borrada de entre los fines de nuestra
civilización. La plasticidad de los componentes sexuales, que
se manifiesta en su capacidad de sublimación, puede consti-
tuir una gran tentación de perseguir, por medio de una subli-
mación progresiva, efectos civilizadores cada vez más gran-
des. Pero así como no contamos con transformar en nuestras
máquinas más de una parte del calor empleado, en trabajo
mecánico útil, así tampoco debíamos aspirar a apartar de sus
fines propios toda la energía del instinto sexual. No es posi-
ble conseguir tal cosa, y si la limitación de la sexualidad haS.
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PROF. S. FREUD
de llevarse demasiado lejos, traerá consigo todos los daños
de una exagerada e irregular explotación.No sé si consideraréis esta última observación como una
genialidad mía. Para daros una exacta representación indirec-
ta de este mi convencimiento, recurriré á relataros una histo-
rieta de cuya moraleja podéis encargaros. La literatura ale-
mana nombra una ciudad, la de Schilda, á cuyos moradores
se atribuye toda clase de astutas ideas. Cuéntase que po-
seían un caballo con cuyo trabajo y fuerza se hallaban muy
contentos, pero que, según ellos, tenía el caro defecto de
consumir demasiada avena en sus piensos. En vista de
ello, decidieron quitarle poco á poco tan mala costumbre,
disminuyendo diariamente su ración en una pequeña canti-
dad, hasta acostumbrarle á la abstinencia completa. Durante
algún tiempo, la cosa marchó admirablemente; llegó un día
en que el caballo no comió más que una brizna, y al siguien-
te, debía ya trabajar sin pienso alguno. Mas he aquí que en
la mañana de dicho día, el perverso animal fué hallado muer-
to, sin que los ciudadanos de Schilda pudieran explicarse
por qué.Nosotros nos inclinaríamos á creer que el pobre caballo
había muerto de hambre, y que sin una cierta ración de ave-
na, no puede esperarse que ningún animal rinda trabajo al-
guno.
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La psicoanálisis1910-001/1929.es