La psicoanálisis1910-001/1929.es
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    Con el descubrimiento de la sexualidad infantil y la refe-
    rencia de los síntomas neuróticos a componentes instintivos
    eróticos, hemos llegado a establecer algunas inesperadas
    fórmulas sobre la esencia y las tendencias de las neurosis.
    Vemos que los hombres enferman cuando, a consecuencia
    de obstáculos exteriores o falta interna de adaptación, queda
    vedada para ellos la satisfacción de sus necesidades sexua-
    les en la realidad, y vemos que entonces se refu-
    gian en la enfermedad, para hallar con su ayuda
    una satisfacción sustitutiva de la que les ha sido negada. Re-
    conocemos que los síntomas patológicos contienen una parte
    de la actividad sexual del sujeto o, a veces, su entera vida
    sexual, y encontramos en el alejamiento de la realidad, la
    tendencia capital, pero también el daño principal de la enfer-
    medad. Sospechamos que la resistencia que nuestros enfer-
    mos oponen a su restablecimiento no es de constitución sim-
    ple, sino compuesta de varios motivos. No solamente se
    resiste el Yo del enfermo a levantar las represiones por
    medio de las cuales ha realizado su evolución, sino que tam-
    poco los instintos sexuales se resignan a prescindir de sus
    satisfacciones sustitutivas mientras permanezca aún inseguro
    si la realidad les ofrecerá o no algo mejor.

    La fuga en que el sujeto abandona la insatisfactoria reali-
    dad para refugiarse en aquello que por su nocividad bioló-
    gica denominamos enfermedad, pero que jamás deja de
    ofrecer al enfermo un inmediato placer, se lleva a cabo por
    el camino de la regresión, del retorno a fases tempra-
    nas.

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    nas de la vida sexual a las que en su época no faltó satisfac-
    ción. Esta regresión es aparentemente doble: temporal,
    en cuanto la libido, la necesidad erótica, retrocede a grados
    evolutivos temporalmente anteriores, y formal, en cuan-
    to para la manifestación de esta necesidad se emplean los
    originales y primitivos medios expresivos psíquicos, mas
    ambos géneros de regresión se hallan orientados hacia la
    niñez y se reunen para la constitución de un estado infantil
    de la vida sexual.

    Cuanto más se penetra en la patogénesis de la enferme-
    dad nerviosa más se descubre la conexión de las neurosis
    con otras producciones de la vida psíquica humana, aun con
    las de un más alto valor. Nosotros los hombres, con las
    grandes aspiraciones de nuestra civilización y bajo el peso de
    nuestras íntimas represiones, hallamos la realidad totalmente
    insatisfactoria y mantenemos, por lo tanto, una vida imagi-
    nativa, en la cual gustamos de compensar los defectos de la
    realidad por medio de la producción de realizaciones de de-
    seos. Estas fantasías entrañan mucho de la propia esencia
    constitucional de la personalidad y también de los impulsos
    en ella reprimidos para su adaptación a la realidad. El hom-
    bre que alcanza grandes éxitos en su vida es aquel que por
    medio del trabajo logra convertir en realidad sus fantasías
    optativas. Donde esto fracasa a consecuencia de las resis-
    tencias del mundo exterior y de la debilidad del individuo,
    surge el apartamiento de la realidad; el individuo se retira
    a su satisfactoria fantasía y, en el caso de enfermedad, con-
    vierte su contenido en síntomas. Bajo determinadas condi-
    ciones favorables, le será aún posible hallar otro camino,
    que, partiendo de dichas fantasías, le conduzca de nuevo a
    la realidad, salvándole de extrañarse de ella duraderamente
    por medio de la regresión a lo infantil. Cuando la persona
    enemistada con el mundo real posee aquello que llamamos
    dotes artísticos y cuya psicología permanece aún
    misteriosa para nosotros, puede transformar sus fantasías,
    no en síntomas, sino en creaciones artísticas, escapar así a
    la neurosis y volver a encontrar, por este camino indirecto,

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    la relación con la realidad1). En los casos en que a una per-
    sistente rebelión contra el mundo real se une la falta o la in-
    suficiencia de estas preciosas dotes, resulta inevitable que la
    libido, siguiendo el origen de la fantasía, llegue, por el cami-
    no de la regresión, a la resurrección de los deseos infantiles
    y con ella a la neurosis. Esta reemplaza en nuestros días el
    convento al cual acostumbraban antes a retirarse aquellas
    personas desengañadas de la vida o que se sentían demasia-
    do débiles para vivirla.

    Permitidme que en este punto exponga el resultado ca-
    pital conseguido por la investigación psicoanalítica de los
    neuróticos y que es el de que las neurosis no tienen un es-
    pecial contenido psíquico que no pueda hallarse también en
    los individuos sanos, o como lo ha expresado C. G. Jung,
    que los neuróticos enferman a causa de los mismos comple-
    jos con los que luchamos los sanos. De circunstancias cuan-
    titativas y de las relaciones de las fuerzas que combaten
    entre sí, depende que la lucha conduzca a la salud, a la neu-
    rosis o a sublimaciones compensadoras.

    Os he ocultado, hasta ahora, algo que constituye la más
    importante confirmación de nuestra hipótesis de las fuerzas
    instintivas sexuales de la neurosis. Siempre que sometemos
    a un nervioso al tratamiento psicoanalítico, aparece en él
    el extraño fenómeno llamado «transferencia» (Ueber-
    tragung), consistente en que el enfermo dirige hacia el mé-
    dico una serie de tiernos sentimientos mezclados frecuente-
    mente con otros hostiles, conducta sin fundamento alguno
    real y que según todos los detalles de su aparición tiene que
    ser derivada de los antiguos deseos imaginativos devenidos
    inconscientes. Así, pues, el enfermo vive, en su relación con
    el médico, aquella parte de su vida sentimental que ya no
    puede hacer volver a su memoria, y por medio de este vivir
    de nuevó en la «transferencia», es como queda convencido,
    tanto de la existencia como del poder de tales impulsos se-

    1)Véase la obra de O. Rank titulada «Der Künstler», A. Heller,
    Viena, 1907.

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    xuales inconscientes. Los síntomas, que para emplear una
    comparación tomada de los dominios de la Química, son los
    precipitados de anteriores sucesos eróticos (en el más am-
    plio sentido), no pueden disolverse y ser transformados en
    otros productos psíquicos más que a la elevada temperatura
    de la transferencia. El médico desempeña en esta reacción,
    según la acertadísima frase de J. Ferenczi 1), el papel de un
    fermento catalítico que atrae temporalmente los
    afectos que en el proceso van quedando libres. El estudio de
    la transferencia nos proporciona también la clave para la in-
    teligencia de la sugestión hipnótica que en un principio em-
    pleamos con nuestros enfermos como medio técnico para la
    investigación de lo inconsciente. El hipnotismo se reveló en-
    tonces como un auxiliar terapéutico, pero en cambio como un
    obstáculo para el conocimiento científico de la cuestión, pues
    si hacía desaparecer las resistencias en un determinado
    campo, no evitaba que se alzasen de nuevo en los límites del
    mismo, formando impenetrables murallas que impedían todo
    nuevo avance. No hay que creer que el fenómeno de la trans-
    ferencia, sobre el cual no puedo extenderme aquí mucho,
    desgraciadamente, sea un producto de la influenciación psi-
    coanalítica. La transferencia surge espontáneamente en todas
    las relaciones humanas, lo mismo que en la del enfermo y el
    médico; es, en general, el verdadero substrato de la influen-
    ciación terapéutica y actúa con tanta mayor energía cuanto
    menos se sospecha su existencia. Así, pues, no es la psico-
    análisis la que la crea, sino que se limita a revelarla a la con-
    ciencia y se apodera de ella para dirigir los procesos psíqui-
    cos hacia el fin deseado. No puedo abandonar el tema de la
    transferencia sin hacer resaltar que este fenómeno es decisi-
    vo, no sólo para la convicción del enfermo, sino también para
    la del médico. Sé que todos mis partidarios han llegado a
    convencerse de la exactitud de mis afirmaciones sobre la pa-
    togénesis de las neurosis precisamente por sus experiencias

    1)S. Ferenczi. Introjektion und Übertragung. Jahrb. f. psychoa-
    nal. u. psychopath. Forschungen, 1. 2. 1909.


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    personales en lo referente a la transferencia y comprendo
    muy bien que no se llegue a tal seguridad de juicio en tanto
    no haya efectuado uno, por sí mismo, psicoanálisis, y haya
    tenido ocasión de observar directamente los efectos de dicho
    fenómeno.

    A mi juicio, existen, por parte del intelecto, dos obstácu-
    los opuestos al reconocimiento de las ideas psicoanalíticas:
    En primer lugar, lo desacostumbrado de contar con una es-
    trictra y absoluta determinación de la vida psíquica y, en se-
    gundo, el desconocimiento de las peculiaridades que consti-
    tuyen la diferencia entre los procesos anímicos inconscientes
    y los conscientes, que nos son familiares. Una de las más ex-
    tendidas resistencias contra la labor psicoanalítica–tanto en
    los sanos como en los enfermos–se refiere al último de di-
    chos dos factores. Se teme causar un daño con la psicoanáli-
    sis y se siente miedo de atraer a la conciencia del enfermo los
    instintos sexuales reprimidos, como si ello trajese consigo el
    peligro de que dominasen en él las aspiraciones éticas más
    elevadas y le despojasen de sus conquistas culturales. Se ob-
    serva que el paciente presenta heridas en su vida anímica,
    pero se evita tocar a ellas, para no aumentar sus sufrimien-
    tos. Podemos aceptar y proseguir esta analogía. Es induda-
    blemente más piadoso no rozar las partes enfermas, cuando
    con ello no se ha de saber más que causar dolor. Pero el ci-
    rujano no prescinde de investigar el foco de la enfermedad
    cuando intenta una operación que ha de producir un restable-
    cimiento duradero, y nadie pensará en culparle de los inevi-
    tables sufrimientos que el reconocimiento haya de causar ni
    de los fenómenos de reacción que surgen en el operado, si
    con la intervención quirúrgica alcanza su propósito y consi-
    gue que después de una temporal agravación de su estado,
    llegue el enfermo a una definitiva curación. Análogas son las
    circunstancias de la psicoanálisis, y ésta puede aspirar a ser
    considerada al igual de la cirugía. El aumento de dolor que
    pueda producir al enfermo durante el tratamiento, es–dada
    una acertada técnica–infinitamente menor que el producido
    en una intervención quirúrgica, y considerando la gravedad

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    del mal que de curar se trata, aparece como un elemento nada
    merecedor de tenerse en cuenta. El temido resultado final de
    una destrucción del carácter civilizado, por los instintos libe-
    rados de la represión, es totalmente imposible, pues este
    temor no tiene en cuenta algo que nuestra experiencia nos ha
    enseñado con toda seguridad, y es que el poder anímico y
    somático de un deseo, cuando su represión ha fracasado, es
    mucho mayor siendo inconsciente, que siendo consciente, de
    manera que con su atracción a la conciencia no se hace sino
    debilitarlo. El deseo inconsciente no es susceptible de ser in-
    fluido y permanece independiente de toda circunstancia, mien-
    tras que el consciente es refrenado por todo lo igualmente
    consciente contrario a él. La labor psicoanalítica entra así,
    como un ventajoso sustitutivo de la fracasada represión, al
    servicio de las aspiraciones civilizadoras más elevadas y va-
    liosas.

    ¿Cuáles son, pues, los destinos de los deseos inconscien-
    tes libertados por la psicoanálisis, y cuáles los caminos que
    seguimos para impedir que dañen la vida del paciente? Exis-
    ten varias soluciones. El resultado más frecuente es el de que
    tales deseos quedan ya dominados, durante el tratamiento,
    por la actividad anímica correcta de los sentimientos más ele-
    vados, a ellos contrarios. La represión es sustituída
    por una condenación llevada a cabo con los medios
    más eficaces. Esto se hace posible por el hecho de que lo que
    se trata de hacer desaparecer son sólo consecuencias de an-
    teriores estadios evolutivos del Yo. El individuo no llevó a
    cabo anteriormente más que una represión del instinto inuti-
    lizable, porque en dicho momento no se hallaba él mismo
    sino imperfectamente organizado, y era débil; mas en su
    actual madurez y fuerza puede quizá dominar a la perfección
    lo que le es hostil. Un segundo término de la labor psicoana-
    lítica es el de que los instintos inconscientes descubiertos,
    pueden ser dirigidos a aquella utilización que en un desarrollo
    no perturbado hubieran debido hallar anteriormente. La extir-
    pación de los deseos infantiles no es, de ningún modo, el fin
    ideal del desarrollo. El neurótico ha perdido, por sus repre-

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    siones, muchas fuentes de energía anímica, cuyo caudal le
    hubiese sido muy valioso para la formación de su carácter y
    para su actividad en la vida. Conocemos otro más apropiado
    proceso de la evolución, la llamada sublimación, por
    la cual no queda perdida la energía de los deseos infantiles,
    sino que se hace utilizable dirigiendo cada uno de los impul-
    sos hacia un fin más elevado que el inutilizable y que puede
    carecer de todo carácter sexual. Precisamente los componen-
    tes del instinto sexual se caracterizan por esta capacidad de
    sublimación, de cambiar su fin sexual por otro más lejano y
    de un mayor valor social. A las aportaciones de energía con
    seguidas de este modo para nuestras funciones anímicas, de
    bemos probablemente los más altos éxitos civilizadores. Una
    temprana represión excluye la sublimación del instinto repri-
    mido. Mas, una vez levantada la primera, queda libre de
    nuevo el camino para efectuar la segunda.
    No debemos, por último, omitir el tercero de los resulta-
    dos posibles de la labor psicoanalítica. Una cierta parte de
    los impulsos libidinosos reprimidos tiene derecho a una satis-
    facción directa, y debe hallarla en la vida. Nuestras aspira-
    ciones civilizadoras hacen demasiado difícil la existencia a la
    mayoría de las organizaciones humanas, coadyuvando así al
    apartamiento de la realidad y a la formación de la neurosis sin
    conseguir un aumento de civilización por esta exagerada re-
    presión sexual. No debíamos engreirnos tanto como para
    descuidar por completo lo originariamente animal de nuestra
    naturaleza, ni debemos tampoco olvidar que la felicidad del
    individuo no puede ser borrada de entre los fines de nuestra
    civilización. La plasticidad de los componentes sexuales, que
    se manifiesta en su capacidad de sublimación, puede consti-
    tuir una gran tentación de perseguir, por medio de una subli-
    mación progresiva, efectos civilizadores cada vez más gran-
    des. Pero así como no contamos con transformar en nuestras
    máquinas más de una parte del calor empleado, en trabajo
    mecánico útil, así tampoco debíamos aspirar a apartar de sus
    fines propios toda la energía del instinto sexual. No es posi-
    ble conseguir tal cosa, y si la limitación de la sexualidad ha

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    PROF. S. FREUD

    de llevarse demasiado lejos, traerá consigo todos los daños
    de una exagerada e irregular explotación.

    No sé si consideraréis esta última observación como una
    genialidad mía. Para daros una exacta representación indirec-
    ta de este mi convencimiento, recurriré á relataros una histo-
    rieta de cuya moraleja podéis encargaros. La literatura ale-
    mana nombra una ciudad, la de Schilda, á cuyos moradores
    se atribuye toda clase de astutas ideas. Cuéntase que po-
    seían un caballo con cuyo trabajo y fuerza se hallaban muy
    contentos, pero que, según ellos, tenía el caro defecto de
    consumir demasiada avena en sus piensos. En vista de
    ello, decidieron quitarle poco á poco tan mala costumbre,
    disminuyendo diariamente su ración en una pequeña canti-
    dad, hasta acostumbrarle á la abstinencia completa. Durante
    algún tiempo, la cosa marchó admirablemente; llegó un día
    en que el caballo no comió más que una brizna, y al siguien-
    te, debía ya trabajar sin pienso alguno. Mas he aquí que en
    la mañana de dicho día, el perverso animal fué hallado muer-
    to, sin que los ciudadanos de Schilda pudieran explicarse
    por qué.

    Nosotros nos inclinaríamos á creer que el pobre caballo
    había muerto de hambre, y que sin una cierta ración de ave-
    na, no puede esperarse que ningún animal rinda trabajo al-
    guno.