Los sueños1901-001/1922.es
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    VI

    Si al proceso de desplazamiento se debe principal-
    mente el que no se hallen o no se reconozcan en el
    contenido del sueño las ideas del mismo—sin que pue-
    da adivinarse el motivo de tal deformación—otra for-
    ma menos intensa de la transformación que sufren las
    ideas del sueño, nos conduce al descubrimiento de una
    nueva función más fácilmente comprensible de la ela-
    boración del mismo. Las primeras ideas latentes que el
    análisis revela suelen extrañar por su poco corriente
    apariencia. No parecen presentarse en las tímidas for-
    mas expresivas de las que se sirve preferentemente
    nuestro pensamiento, sino que se muestran representa-
    das simbólicamente por medio de comparaciones y
    metáforas, como en un lenguaje poético, rico en imá-
    genes. No es difícil hallar las causas que obligan a
    adoptar esta forma expresiva a las ideas del sueño.
    El contenido del mismo se compone casi siempre
    de situaciones visuales, y por lo tanto, las ideas del
    sueño tienen ante todo que adoptar una disposición
    que las haga utilizables para esta forma expositiva. Si
    intentamos sustituir las frases de un artículo político o
    de un informe forense, por una serie de dibujos, com-
    prenderemos fácilmente las transformaciones que la
    elaboración del sueño se ve obligada a llevar a cabo
    ante la necesidad de que el material dado pueda ser
    expuesto en el contenido.

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    Entre el material psíquico de las ideas latentes, se
    encuentran, regularmente, recuerdos de sucesos impre-
    sionantes, que con frecuencia datan de la más tempra-
    na niñez y han sido percibidos por el sujeto–dado su
    carácter de sucesos exteriores–como situaciones vi-
    suales en su mayor parte. Estos elementos de las
    ideas latentes, ejercen, siempre que les es posible, una
    influencia determinante sobre la conformación del con-
    tenido del sueño y actúan como núcleo de cristaliza-
    ción sobre el material de las ideas latentes. La situa-
    ción del sueño no es con frecuencia más que una re-
    petición de un tal suceso, modificada y complicada por
    numerosas intercalaciones. Solo raras veces nos trae
    en cambio el sueño reproducciones fieles y no mezcla-
    das, de escenas reales.

    Mas el contenido del sueño no consta exclusivamen-
    te de situaciones, sino que encierra fragmentos inco-
    nexos de cuadros visuales, discursos y hasta trozos
    de ideas no transformados. Será quizá muy interesan-
    te el exponer aquí, lo más rápidamente posible, los
    medios de representación de que dispone la elabora-
    ción del sueño para reproducir en la peculiar forma
    expresiva del mismo, las ideas latentes.

    Estas ideas que el análisis nos revela, se nos mues-
    tran como un complejo psíquico de una complicadísi-
    ma estructura, cuyos componentes se hallan unos con
    otros en las más diversas relaciones lógicas, consti-
    tuyendo el primero y el último término, las condicio-
    nes, las divagaciones, las aclaraciones y los impedi-
    mentos. Casi siempre aparece junto a una ruta men-
    tal su reflejo contradictorio. No falta a este material
    ninguno de los caracteres que nos son conocidos por
    pertenecer a nuestro pensamiento despierto. Si de todo
    ello ha de nacer un sueño, sufre este material psíquico

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    UNA TEORIA SEXUAL Y OTROS ENSAYOS

    una compresión que lo condensa, una fragmentación
    y un desplazamiento internos que crean nuevas super-
    ficies, y una influencia seleccionadora, ejercida por los
    componentes utilizables para la formación de la situa-
    ción. Dada la génesis de este material debe darse a un
    tal proceso el nombre de «regresión». Los la-
    zos lógicos que hasta ahora habían mantenido unido
    el material psíquico, se pierden en esta transformación,
    de la cual surge el contenido del sueño. La elabora-
    ción onírica no toma a su cargo más que el contenido
    objetivo de las ideas latentes. Al análisis incumbe lue-
    go restablecer la conexión destruída por la elabora-
    ción.

    Así, pues, los medios de expresión del sueño, pue-
    den considerarse escasísimos en comparación con los
    que el idioma nos proporciona para la exteriorización
    de nuestro pensamiento, mas el sueño no tiene nece-
    sariamente que renunciar por completo a la reproduc-
    ción de las relaciones lógicas entre las ideas latentes.
    Con mucha frecuencia consigue, por lo contrario, sus-
    tituirlas por caracteres formales que le son propios.

    El sueño reconoce, en primer lugar, la innegable
    conexión entre todos los elementos de las ideas laten-
    tes, por el hecho mismo de reunir dicho material para
    formar una situación. Reproduce la conexión ló-
    gica como aproximación en el tiempo
    y en el espacio, de un modo análogo al pintor
    que reúne en un cuadro; que quiere representar el Par-
    naso, a todos los poetas, los cuales jamás se han ha-
    llado juntos en la cima de una montaña, pero no por
    ello dejan de constituir una comunidad. El sueño em-
    plea en todos sus detalles esta misma forma represen-
    tativa, y cuando muestra en su contenido dos elemen-
    tos próximos uno a otro, delata con esta aproximación

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    un enlace especialmente estrecho entre los correspon
    dientes elementos latentes. Obsérvase, además, que
    todos los sueños de una misma noche revelan, en el
    análisis, proceder del mismo ciclo de pensamientos.

    La relación causal entre las ideas, queda
    unas veces sin representación alguna o es sustituída
    por la sucesión inmediata de dos largos trozos
    del sueño, diferentes. A menudo, esta última represen-
    tación tiene lugar a la inversa, o sea que el primer
    trozo del sueño corresponde a la consecuencia, y el
    final del mismo, al antecedente. La transforma-
    ción directa de un objeto en otro, parece represen-
    tar en el sueño la relación de causa a efecto.

    La alternativa (esto o aquello) no es expre-
    sada jamás por el sueño, el cual toma en este caso
    los dos miembros de la misma como igualmente justi-
    ficados y los incluye en el mismo contexto. Ya indi-
    qué también, que cuando en el sueño aparece repro-
    ducida una alternativa (esto o aquello) debe traducirse
    por una agregación (esto y aquello).

    Las ideas contradictorias son representadas prefe-
    rentemente, en el sueño, por un mismo y único elemen-
    to 1). La oposición entre dos ideas, la relación
    de inversión, halla en el sueño una notabilísima
    forma representativa, consistente en que otro trozo del
    sueño es transformado–simultánea o sucesivamen-
    te–en su contrario. Más adelante hallaremos otra
    forma de expresar la contradicción. Tam-
    bién la sensación, tan frecuente en el sueño, de no


    1)Filólogos muy autorizados afirman, que los idiomas hu-
    manos más antiguos, empleaban la misma palabra para expre-
    sar las oposiciones contradictorias (fuerte-débil; dentro-fuera, et-
    cétera: «Sentido contradictorio de las palabras primitivas».)

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    UNA TEORIA SEXUAL Y OTROS ENSAYOS

    poder moverse libremente, sirve para
    representar una contradicción entre impulsos, un
    conflicto de la voluntad.

    Una sola de las relaciones lógicas, la de analo-
    gía, comunidad o coincidencia, es acep-
    tada francamente por el mecanismo de la elabo-
    ración del sueño, el cual se sirve de estos casos como
    puntos de apoyo para la condensación, reuniendo en
    una nueva unidad todo aquello que muestra tal
    coincidencia.

    Esta corta serie de fugaces observaciones no agota,
    naturalmente, la exposición de la plenitud de medios
    representativos formales que el sueño posee para ex-
    poner las relaciones lógicas de las ideas latentes. Los
    distintos sueños se hallan respecto a este punto más
    sutil o descuidadamente elaborados, se ciñen más o
    menos al texto dado y hacen un mayor o menor uso de
    los medios auxiliares de la elaboración. En el último
    caso resultan oscuros, confusos e incoherentes. Mas
    cuando el sueño aparece claramente absurdo, ence-
    rrando en su contenido un franco contrasentido, es que
    se ha formado así intencionadamente y expresa, por
    medio de su aparente negligencia, de todas las reglas
    lógicas, un trozo del contenido intelectual de las ideas
    latentes. El absurdo en el sueño, significa contra-
    dicción, injuria o burla en las ideas laten-
    tes. Dado que esta explicación nos proporciona la ob-
    jeción más fuerte contra la teoría que hace surgir al
    sueño de una actividad psíquica disociada y exenta de
    crítica, la apoyaremos con la exposición de un ejem-
    plo:

    «Uno de mis conocimientos, el señor M., ha sido
    atacado en un artículo, nada menos que por el propio
    Goethe. Todos reconocemos que la violencia del ata-
    que

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    PROF. S. FREUD

    que es injustificada, pero cómo es natural, dada la
    personalidad del atacante, M. ha quedado totalmente
    hundido, y se lamenta amargamente de la injusticia
    sufrida, ante varias personas reunidas alrededor de
    una mesa. Sin embargo, no ha disminuído su venera-
    ción por Goethe. Intento aclarar las circunstancias de
    tiempo, que me parecen inverosímiles. Goethe murió
    en 1832. Dado que su ataque contra M. tuvo que tener
    lugar antes de esta fecha, M. debía ser entonces muy
    joven. Me parece plausible que tuviera unos diez y
    ocho años. Mas no sé con seguridad el año en que
    nos hallamos actualmente y de este modo todo mi cál-
    culo se hunde en las tinieblas. El ataque a M. se halla
    contenido en el artículo de Goethe, titulado «Natura-
    leza».

    La falta de sentido de este sueño aparece aún con
    mayor precisión, sabiendo que M. es un hombre de ne-
    gocios, muy apartado de todo interés poético o lite-
    rario. Mas, al penetrar en el análisis, puede demos-
    trarse cuánto «método» se oculta detrás de tal falta
    de sentido. El sueño extrae su material de tres fuentes:
    1. M., al que conocí en una comida, me pidió
    un día que reconociera a su hermano mayor, que pre-
    sentaba señales de perturbación mental. En mi diálo-
    go con el enfermo, tuvo lugar una penosa escena en
    la cual me reveló, sin que yo diese motivo ni oca-
    sión para ello, las faltas de su hermano, aludiendo a
    su disipada juventud. En este reconocimien-
    to hube de preguntar al paciente la fecha de su
    nacimiento (año de la muerte, en el
    sueño), haciéndole verificar diversos cálculos con
    objeto de investigar el grado de debilidad de su me-
    moria.
    2. Una revista médica, en la que figuraba yo como

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    UNA TEORIA SEXUAL Y OTROS ENSAYOS

    cráneo de oveja en el Lido veneciano, inspiró a Goethe
    la idea primera de la constitución vertebral del crá-
    neo. Mi amigo se jacta de haber desencadenado,
    siendo estudiante, una protesta contra un anciano
    profesor, que muy competente en años anteriores (so-
    bre todo en esta parte de la anatomía comparada), ha-
    bía llegado a ser, a causa de su ancianidad, totalmen-
    te inepto para continuar dando su clase. La agitación
    promovida por este caso, puso remedio a la equivoca-
    ción que supone el hecho de no existir en Alemania
    limitación alguna de edad para el ejercicio de la acti-
    vidad académica. La edad no protege con-
    tra la tontería. En el hospital de Viena tuve el
    honor de prestar mis servicios, durante muchos años,
    bajo las órdenes de un director fosilizado, que
    notoriamente chocho, hacía varios decenios, seguía
    ejerciendo un cargo lleno de responsabilidades. Una
    característica correspondiente al hallazgo del Lido,
    acude a mi pensamiento en este punto. Con referen-
    cia a este individuo compusieron mis jóvenes colegas
    del hospital una variante de unos chistosos versos,
    populares por entonces: «Eso no lo ha escrito ningún
    Goethe, ni lo ha compuesto ningún Schiller...»

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    ¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿