Los sueños1901-001/1922.es
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    VIII

    Tras del estudio que de la elaboración del sueño he-
    mos llevado a cabo en los capítulos que anteceden, nos
    hallaremos inclinados a considerarla como un proceso
    psíquico especial, sin precedente alguno en nuestro
    conocimiento. De este modo recae ahora sobre la ela-
    boración del sueño la extrañeza que solía antes des-
    pertar en nosotros su producto, o sea, el sueño mis-
    mo. De toda una serie de procesos psíquicos a los que
    debe atribuirse la formación de los síntomas histéricos
    y de las ideas angustiosas, obsedentes y delirantes,
    es la elaboración del sueño el primero a cuyo conoci-
    miento nos ha sido dado llegar. La condensación, y
    sobre todo el desplazamiento, son caracteres que nun-
    ca faltan en estos otros procesos. En cambio, la con-
    versión de ideas en imágenes visuales es privativa
    de la elaboración del sueño. Si de nuestras investiga-
    ciones resultase la posibilidad de incluir los fenóme-
    nos oníricos entre aquellos que deben su origen a la
    enfermedad psíquica, tanto más importante sería para
    nosotros averiguar las condiciones esenciales de pro-
    cesos como el de la formación de los sueños. Pero
    aunque parezca extraño y casi increíble, ni el dormir
    ni la enfermedad pertenecen a estas indispensables
    condiciones. Una gran cantidad de fenómenos de la
    vida cotidiana de los sanos, el olvido, las equivoca-
    ciones orales, los actos de aprehensión errónea y una

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    determinada clase de errores, deben su génesis a un
    mecanismo psíquico análogo al sueño y a los demás
    procesos que constituyen la serie antes citada.
    El corazón del problema se halla en el desplaza-
    miento, la más singular de las funciones de la elabo-
    ración del sueño. Cuando se penetra suficientemente
    en la materia, se ve que la condición esencial del des-
    plazamiento es puramente psicológica y de la natura-
    leza de una motivación, cuyas huellas aparecen
    en cuanto se presta atención a ciertos resultados del
    análisis de los sueños, que no pueden pasar desaper-
    cibidos. En el primero de los análisis expuestos, tuve
    que interrumpirme en la comunicación de las ideas
    latentes, por el hecho de que entre ellas había algu-
    nas, de tal género, que prefería mantenerlas secretas
    y que no podía revelar sin herir importantes con-
    sideraciones. Añadí luego, que no traería ventaja
    ninguna elegir otro ejemplo para comunicar su análi-
    sis, pues en todo sueño de contenido oscuro y embro-
    llado llegaría a tropezar con pensamientos que exigi-
    rían el secreto. Pero, prosiguiendo para mí mismo
    el análisis, llego a ideas que no conocía existieran en
    mí y que no sólo me parecen extrañas sino que
    me son desagradables y quisiera negarme a mí
    mismo, rechazando el análisis, cuya inexorable con-
    catenación me fuerza, bien a pesar mío, a admitirlas.
    No puedo explicarme este estado de cosas sino acep-
    tando que tales ideas existían realmente en mi vida
    psíquica y poseían una cierta intensidad o energía,
    pero se encontraban en una peculiar situación psicoló-
    gica, a consecuencia de la cual no podían hacérse-
    me conscientes. Este especial estado es el que
    denomino, de represión. No puedo entonces por
    menos de admitir una relación causal entre la oscuri-
     

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    UNA TEORIA SEXUAL Y OTROS ENSAYOS

    dad del contenido del sueño y el estado de represión,
    o sea la incapacidad de devenir conscientes, de algu-
    nas de las ideas del sueño, y me veo obligado a con-
    cluir que el sueño tiene que ser oscuro para no
    revelar las prohibidas ideas laten-
    tes. De este modo llego al concepto de la defor-
    mación del sueño, obra de la elaboración del
    mismo, puesta al servicio de la ocultación de di-
    chas ideas, esto es, del propósito de mantenerlas se-
    cretas.

    Haré la prueba en el ejemplo de sueño antes some-
    tido al análisis, intentando descubrir cuál es en él la
    idea que aparece deformada y que sin el disfraz adop-
    tado, despertaría mi más enérgica repulsa. Recuerdo
    que mi gratuito paseo en coche trajo a mi memoria
    otros, no gratuitos, en que me acompañaba una perso-
    na de mi familia, que la interpretación de mi sueño era
    la de que yo abrigaba el deseo de gozar alguna vez
    de un afecto desinteresado, y que poco tiempo antes
    había tenido que desembolsar una crecida cantidad en
    favor de la referida persona. Ante estos datos que el
    análisis me proporciona, no puedo rechazar la idea de
    que me duele el desembolso realiza-
    do. Sólo al darme cuenta de este sentimiento, ad-
    quiere un sentido el hecho de desearme en sueños el
    goce de un afecto que no me ocasione gasto alguno.
    Y sin embargo, puedo afirmar honradamente que al
    decidir desprenderme de aquella suma, no experimen-
    té la menor vacilación. El impulso contrario, mi senti-
    miento por el gasto efectuado, no se hizo consciente
    en mí. La razón de que permaneciese inconsciente
    constituye una nueva cuestión que nos llevaría muy
    lejos y cuya solución, que me es conocida, pertenece
    a otro orden de cosas.

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    Prof. S. Freud

    Al someter al análisis, no un sueño propio, sino el
    de una persona extraña, el resultado es idéntico, pero
    varían los motivos de convicción. Si se trata del sue-
    ño de un individuo sano, no me queda otro medio de
    forzarle a la aceptación de la idea reprimida hallada,
    que mostrarle el perfecto enlace de las ideas latentes y
    dejarle que se resista en vano contra la evidencia. Mas
    si se trata de un neurótico, por ejemplo de un histéri-
    co, la aceptación de la idea reprimida se hace forzosa
    para él por su conexión con los síntomas de su enfer-
    medad y por la mejoría que experimenta en el cambio
    de síntomas por ideas reprimidas. Así, con relación a
    la paciente que tuvo el sueño, antes expuesto, de los
    tres billetes de teatro por un florín cincuenta céntimos,
    tiene el análisis que aceptar que estima en poco a su
    marido, que lamenta haberse casado con él y que le
    cambiaría gustosa por otro. Ella afirma, ciertamente,
    que ama a su marido y que en su vida sentimental no
    existe desprecio alguno para él (¡otro cien veces me-
    jor!), pero todos sus síntomas conducen a la misma
    solución que el sueño, y después de hacer resurgir en
    ella el recuerdo reprimido de una época durante la cual
    experimentó hacia su marido un desamor totalmente
    consciente, quedaron suprimidos tales síntomas y des-
    apareció la resistencia que se oponía en ella a la inter-
    pretación del sueño.