• S.

    156

    Apéndice

    En el estudio del historial clínico de Schreber me he limi-
    tado, de propósito, a un mínimum de interpretación y confío
    en que todo lector familiarizado con la psicoanálisis habrá
    extraído del material comunicado más de lo que sobre él
    aparece dicho, no habiéndole sido difícil llegar a conclusiones
    que yo me he limitado a indicar. Una afortunada casualidad
    que ha atraído la atención de otros autores sobre la autobio-
    grafía de Schreber deja adivinar cuánto puede extraerse aún
    del contenido simbólico de las fantasías y las ideas delirantes
    del inteligente paranoico.

    Un incremento casual de mis conocimiento, posterior a la
    publicación de mi trabajo sobre Schreber, me ha permitido
    penetrar mejor en una de sus afirmaciones delirantes y reco-
    nocer en ella multitud de relaciones mitológicas. Vimos ya las
    singulares relaciones que el enfermo mantenía con el sol y
    las explicamos como un símbolo sublimado del padre 1). El
    sol habla con él en lenguaje humano y se le da así a conocer
    como un ser vivo. El enfermo le injuria y le amenaza y ase-
    gura que sus rayos palidecen ante él cuando habla en voz
    alta vuelto hacia ellos. Después de su curación se vanagloria
    de que puede mirar al sol sin ser deslumbrado por él, cosa
    que naturalmente no le hubiera sido posible antes.

    A este privilegio delirante de poder mirar al sol sin ser
    deslumbrado se enlaza el interés mitológico. En su obra


    1)Cf. Jung, Wandlungen und Symbole der Libido, Jahrbuch f. psy-
    choanalyt. u. psychopathol. Forschungen III (1911) y Spielrein, Über den
    psychischen Inhalt eines Falles von Schizophrenie, ibd.

  • S.

    157

    «Cultos, mitos y religiones» escribe S. Reinach que los anti-
    guos naturalistas atribuían únicamente una tal facultad a las
    águilas, las cuales, como habitantes de las más altas capas
    atmosféricas, se hallaban íntimamente relacionadas con el
    cielo, el sol y el rayo. Y las mismas fuentes nos informan
    también de que el águila somete a sus crías a una prueba
    antes de reconocerlas como legítimas. Si no consiguen mirar
    al sol sin parpadear son expulsadas del nido.

    Sobre la significación de este mito zoológico no podemos
    abrigar la menor duda. Queda atribuída en él a los animales
    una costumbre humana. Lo que el águila hace así con sus
    crías es una ordalía, una prueba de legitimidad, tal y como
    las llevaban a cabo los más distintos pueblos antiguos. Así,
    los celtas que vivían en las márgenes del Rin, confiaban a
    sus hijos recién nacidos a las aguas del río para convencerse
    de que eran realmente de su sangre, y los psylos, antiguos
    pobladores de Trípoli, que se jactaban de descender de una
    pareja de serpientes, ponían en contacto a sus hijos con tales
    reptiles. Los legítimos no eran mordidos o se reponían rápi-
    damente de las consecuencias de la mordedura. La premisa
    de estas pruebas nos adentra profundamente en el pensa-
    miento totémico de los pueblos primitivos. El totem, el
    animal o la fuerza natural pensada en forma animista, de los
    que la tribu cree descender, respetan a los pertenecientes a
    ella como a hijos suyos, y son adorados, y eventualmente
    respetados, por ellos, como sus antepasados. Hallamos aquí
    muchas cosas extraordinariamente apropiadas, a mi juicio,
    para facilitarnos una comprensión psicoanalítica de los oríge-
    nes de la religión.

    El águila, que obliga a sus hijos a mirar al sol y exige que
    no se muestren deslumbrados por su luz, se conduce, pues,
    como un descendiente del sol que somete a sus hijos a una
    prueba de su legitimidad. Y cuando Schreber se jacta de que
    puede mirar al sol sin ser castigado ni deslumbrado, vuelve
    a descubrir con ello la expresión mitológica de su relación
    filial con el sol y nos confirma de nuevo en nuestra opinión
    de que su sol es un símbolo del padre. Recordando que

  • S.

    158

    Schreber expresa libremente en su enfermedad el orgullo de
    su raza: («Los Schreber pertenecen a la más alta nobleza ce-
    lestial»), y que hemos hallado en su carencia de hijos un mo-
    tivo humano de su fantasía optativa femenina, veremos ya
    claramente la relación de su privilegio delirante con los fun-
    damentos de su enfermedad.

    Este breve apéndice al análisis de un paranoico, puede
    contribuir a demostrar cuán fundada es la afirmación de Jung
    de que las fuerzas productoras de mitos, de la humanidad, no
    se han extinguido, sino que crean hoy, en las neurosis, los
    mismos productos psíquicos que en las épocas más antiguas.
    Retornaré aquí sobre una alusión ya hecha en otro lugar in-
    sistiendo en que lo mismo puede decirse de las energías pro-
    ductoras de las religiones. A mi juicio, no puede tardar en
    llegar el momento de ampliar un principio que nosotros los
    psicoanalíticos hemos sentado hace ya largo tiempo, agre-
    gando a su contenido individual ontogénico su complemento
    antropológico filogénico. Hemos dicho que en el sueño y en
    la neurosis volvemos a hallar al niño con todas las peculiari-
    dades de su pensamiento y su vida afectiva. Agregaremos
    ahora que también encontramos en él al salvaje, al hombre
    primitivo, tal y como se nos muestra a la luz de la arqueolo-
    gía y la etnología.