• S.

    8

    II

    Tentativas de interpretación

    Por dos lados podemos intentar aproximarnos a la com-
    prensión de este historial patológico paranoico y descubrir en
    él los complejos y las fuerzas instintivas de la vida anímica
    que nos son ya familiares: partiendo de las manifestaciones
    delirantes del sujeto mismo y de los motivos de su enfer-
    medad.

    El primer camino nos tentaría, una vez que C. G. Jung
    nos ha dado el brillante ejemplo de la interpretación de un
    caso grave de demencia precoz con manifestaciones sinto-
    máticas extraordinariamente apartadas de lo normal 1). Tam-
    bién la inteligencia y la franqueza del paciente habrían de
    hacernos más fácil la solución por este camino. No pocas
    veces nos proporciona él mismo la clave agregando, como
    incidentalmente, a una manifestación delirante, una explica-
    ción, una cita o un ejemplo, o rebatiendo una analogía en él
    mismo emergente. En este último caso nos bastará prescindir
    del disfraz negativo, como estamos habituados a hacerlo en
    la técnica psicoanalítica, y considerar el ejemplo como lo
    auténtico y la cita o la confirmación como su fuente de origen,
    para tener ante nosotros la traducción deseada del lenguaje
    paranoico al vulgar. Expondremos detalladamente un acaba-
    do ejemplo de esta técnica. Schreber se lamenta de las mo-
    lestias que le causan los «pájaros encantados» o «pájaros
    parlantes», a los que adscribe toda una serie de singulares


    1)C. G. Jung: «Ueber die Psychologie der Dementia praecox. 1907.
    – 113 –

  • S.

    114

    PROF. S. FREUD

    cualidades (págs. 208-214). Según él, están constituidos por
    restos de antiguas «antesalas del cielo», esto es, de hombres
    que fueron bienaventurados, y son hostigados contra él, car-
    gados de cadaverina. Poseen la facultad de recitar «frases
    aprendidas de memoria, pero cuyo sentido no comprenden».
    Cada vez que descargan sobre él la cadaverina de que vienen
    cargados, esto es, cada vez que le recitan las frases que les
    han enseñado, se desvanecen en su alma con las palabras
    «¡Maldito bribón!» o «Maldito», únicas cuyo sentido les es
    conocido. No comprenden el sentido de las palabras que
    pronuncian, pero poseen una sensibilidad natural para la
    homofonía de los sonidos, que tampoco necesita ser com-
    pleta. Para ellos es indiferente que se diga:

    Santiago o Cartago,

    Crepúsculo o corpúsculo,

    Ariman o agreman, etc. (pág. 210).

    Al leer esta descripción no podemos por menos de pensar
    que con ella se alude a las muchachitas adolescentes, a las
    cuales se suele calificar, sin la menor galantería, de «gansi-
    tas» o atribuir «cabecitas de pájaro» y de las que se afirma
    que sólo saben repetir lo que a otros oyen, descubriendo,
    además, su incultura con el empleo equivocado de palabras
    extranjeras homófonas. El «¡Maldito bribón!» única cosa que
    dicen en serio significaría entonces el comentario puesto por
    ellas al triunfo del joven que ha logrado impresionarlas. Y en
    efecto, varias páginas más allá tropezamos con unas cuantas
    frases de Schreber que confirman nuestra interpretación. «A
    muchas de estas almas de pájaros les di, humorísticamente,
    para diferenciarlas, nombres de muchachas, ya que por su
    curiosidad y su tendencia a la voluptuosidad podían ser com-
    paradas a muchachitas apenas adolescentes. Tales nombres
    femeninos fueron luego aceptados en parte por los rayos di-
    vinos y empleados por ellos para designar a las almas de pá-
    jaros correspondientes». Esta fácil interpretación de los «pá-
    jaros encantados» nos procura además un valioso apoyo para
    la explicación de las enigmáticas «antesalas del cielo».

  • S.

    115

    HISTORIALES CLINICOS

    No se me oculta que al extender nuestra labor psicoana-
    lítica más allá de los casos típicos de interpretación nos es
    preciso usar de tacto exquisito y gran prudencia y que el lec-
    tor sólo nos acompaña en cuanto se lo permite la familiari-
    dad que ha llegado a adquirir con la técnica analítica. Hemos,
    pues, de procurar que a nuestro mayor esfuerzo de penetra-
    ción no corresponda una disminución de la seguridad y la
    credibilidad de nuestras interpretaciones. En esta situación,
    unos investigadores extremarán la prudencia, y otros la osa-
    día, y sólo después de muchos tanteos y de un profundo co-
    nocimiento del sujeto se hará posible fijar los límites del
    derecho a interpretar. En la investigación del caso de Schre-
    ber se me impone la mayor prudencia por el hecho de que la
    resistencia desarrollada contra la publicación de las «Memo-
    rias» logró, por lo menos, sustraer a nuestro conocimiento
    una parte harto considerable del material y seguramente la
    más importante para su inteligencia. Así, el capítulo tercero
    del libro comienza con un anuncio prometedor: «Me pro-
    pongo exponer aquí algunos sucesos acaecidos a otros
    miembros de mi familia, los cuales sucesos se re-
    lacionan probablemente con el proyectado asesinato de mi
    alma y presentan todos ellos un sello más o menos enigmá-
    tico, siendo difícilmente explicables con la sola ayuda de la
    experiencia humana». Pero poco después, queda cortado
    con la frase siguiente: «La continuación del capítulo ha sido
    tachada por la censura, por considerarla impublicable».
    Habré, pues, de declararme satisfecho si consigo referir, con
    alguna seguridad, el nódulo del delirio a un origen en moti-
    vos conocidos y humanos.

    Con tal propósito expondremos ahora un detalle del his-
    torial patológico, del que no se hace mención alguna en los
    certificados médicos aunque el paciente hubo de presentarlo
    siempre en primer término. Me refiero a las relaciones de
    Schreber con su primer médico, el profesor Flechsig, de
    Leipzig.

    Sabemos ya que el caso de Schreber mostró al principio
    el sello peculiar de la manía persecutoria, conservándolo

  • S.

    116

    hasta el primer viraje de la enfermedad, cuando el sujeto se
    reconcilió ya con la idea de su transformación en mujer. A
    partir de este momento, las persecuciones van haciéndose
    cada vez más soportables, y el hecho de que la transforma-
    ción en mujer responda a un fin obediente a las normas del
    orden universal mitiga el ultraje que en sí encierra. Pero el
    autor de todas las persecuciones es Flechsig, el cual conti-
    núa siendo luego su instigador durante todo el curso de la
    enfermedad 1).

    Sobre el crimen de Flechsig y sobre los motivos que le
    impulsaron a cometerlo, el sujeto se expresa siempre con una
    indeterminación y una inaprehensibilidad que consideraremos
    testimonios de una elaboración delirante especialmente in-
    tensa, si se nos permite juzgar la paranoia conforme al mo-
    delo del sueño, infinitamente mejor conocido. Flechsig ha
    asesinado el alma del enfermo o ha intentado un acto equi-
    valente a los esfuerzos realizados por los demonios para
    apoderarse de la misma, acto que tenía, quizá, sus preceden-
    tes en sucesos acaecidos entre miembros ya difuntos de las
    familias de Flechsig y de Schreber. Nos complacería averi-
    guar algo más sobre el sentido de este asesinato del alma,
    pero de nuevo hallamos vedado el acceso a las fuentes.
    (Página 28): «No me es posible decir más sobre la naturale-
    za peculiar del asesinato del alma ni tampoco sobre la técni-
    ca del mismo. Únicamente podría añadir (sigue un pasaje
    impublicable)». A consecuencia de esta omisión no llegamos
    a averiguar a qué se alude realmente bajo el nombre de «ase-
    sinato del alma». Más adelante citaremos la única indicación
    que ha logrado escapar a la censura.

    Sea como fuere, no tardó en iniciarse una evolución del
    delirio, que transformó las relaciones del enfermo con Dios


    1)Prólogo, pág. 8: «Todavía actualmente las voces que hablan
    conmigo pronuncian todos los días su nombre, acusándole especialmen-
    te de aquellos daños, aunque las relaciones personales que durante
    algún tiempo mantuvimos han pasado para mí, hace ya mucho tiempo,
    a un último término y no veo por qué había de recordarle constante-
    mente y sobre todo con desagrado».

  • S.

    117

    sin modificar para nada las que mantenía con Flechsig. Si
    hasta entonces sólo en Flechsig había visto a su verdadero
    enemigo y había considerado a la omnipotencia divina como
    su más fiel aliada, a partir de este punto no pudo rechazar la
    idea de que el mismo Dios era cómplice, si no instigador, de
    la conspiración urdida contra él (pág. 59). Pero Flechsig con-
    tinuó siendo el tentador a cuya influencia había sucumbido
    Dios (pág. 60). Había sabido escalar el cielo con toda su
    alma o, por lo menos, con una parte de la misma, y erigirse
    allí, sin haber tenido que pasar antes por la muerte y la puri-
    ficación, en «jefe de los rayos» (pág. 56) 1). El alma de
    Flechsig conservó tal categoría incluso cuando el enfermo se
    había trasladado ya de la clínica de Leipzig al sanatorio de
    Pierson. La influencia del nuevo ambiente se manifestó luego
    en el hecho de que el alma de v. W. 2); enfermero jefe de
    aquel sanatorio, fué a unirse a la del doctor Flechsig en los
    delirios del enfermo. El alma de Flechsig pasó entonces por
    una «disociación» que alcanzó extraordinaria importancia,
    pues durante un cierto período llegó a dividirse en cuarenta
    o cincuenta almas parciales, dos de las cuales, las más im-
    portantes, eran designadas por el sujeto como el «Flechsig
    superior» y el «Flechsig medio» (pág. 111). Idéntica conducta
    siguió el alma de v. W. (El enfermero jefe). El enfermo se
    divertía mucho a veces viendo cómo tales dos almas dispu-
    taban entre sí a pesar de su alianza, pues el orgullo aristo-
    crático de la de v. W. chocaba con la pedantería universita-
    ria de la de Flechsig (pág. 113). En las primeras semanas de


    1)Según otra versión muy significativa, pero que el sujeto recha-
    zó pronto, el profesor Flechsig se habría suicidado de un tiro, en
    Weissenburg (Alsacia) o en la cárcel de Leipzig. El paciente habría visto
    su entierro, advirtiendo, con extrañeza, que no avanzaba en la direc-
    ción que hubiera sido natural dada la situación de la clínica de la Uni-
    versidad con respecto al cementerio. Otras veces se le apareció Flechsig
    acompañado por un policía o dialogando con su mujer, de la que se hacía
    llamar «El dios Flechsig», por lo cual su interlocutora le creía loco.

    2)De este v. W. le decían las voces que había declarado falsa-
    mente sobre él, en una investigación, acusándole de onanismo. Como
    castigo le había sido impuesto ahora servir al paciente.

  • S.

    118

    su estancia en el sanatorio Sonnenstein (verano de 1894),
    entró también en acción el alma del nuevo médico, el doctor
    Weber, y poco después se inició aquella evolución del delirio
    en la que el sujeto llegó a reconciliarse con la idea de su
    transformación en mujer.

    Durante esta enfermedad, diagnosticada de hipocondría y
    que al parecer se mantuvo dentro de los límites de una neuro-
    sis, fué Flechsig el médico del sujeto. Schreber pasó, por en-
    tonces, seis meses en el sanatorio de la Universidad de Leip-
    zig. Averiguamos que una vez restablecido conservó un exce-
    lente recuerdo de su médico: «Lo principal fué que al fin y al
    cabo curé por completo, después de un largo viaje de conva-
    lecencia, quedando muy agradecido al profesor Flechsig, al
    cual manifesté después mi gratitud satisfaciéndole cumplidos
    honorarios y haciéndole una visita». Es cierto que luego, en
    sus «Memorias», no alaba ya Schreber sino con grandes res- tricciones su primer tratamiento por Flechsig, pero ello se
    explica fácilmente por el cambio ulterior de su actitud con
    respecto a él. La intensidad de su agradecimiento inicial al
    médico que le había curado se deduce claramente de la ob-
    servación que continúa las palabras anteriormente transcritas:
    «Más cordial aún fué el agradecimiento de mi mujer que veía
    en el profesor Flechsig al hombre que le había devuelto a su
    marido y tuvo, por tal razón, durante muchos años, su retrato,
    encima de su mesa de escritorio» (pág. 36).

    Siéndonos imposible averiguar la motivación de esta pri-
    mera enfermedad, motivación cuyo conocimiento habría de
    sernos indispensable para la explicación de la segunda,
    mucho más grave, nos vemos obligados a penetrar ahora a
    la ventura en un terreno que nos es desconocido. Sabemos
    que en el período de incubación de la enfermedad (entre su
    nombramiento para Dresden y su toma de posesión, o sea de
    Junio a Octubre de 1893) tuvo el sujeto varios sueños cuyo
    contenido era la recaída en su antigua enfermedad nerviosa.
    Además, hallándose una mañana en estado de duermevela,
    tuvo la sensación de que debía ser muy hermoso ser una
    mujer en el momento del coito. Si relacionamos el contenido

  • S.

    119

    de aquellos sueños con el de esta fantasía habremos de dedu-
    cir que con el recuerdo de la enfermedad despertó también
    el del médico y que la actitud femenina de la fantasía se refi-
    rió desde un principio al mismo. O quizá el sueño del retorno
    de la enfermedad tuviese en general el sentido de un deseo
    nostálgico: «Quisiera volver a ver a Flechsig». Nuestra igno-
    rancia del contenido psíquico de la primera enfermedad nos
    impide avanzar por este camino. Es muy posible que de
    aquel estado subsistiese aún una adhesión cariñosa al médico
    la cual experimentase ahora, por razones desconocidas, una
    intensificación que la elevara a la categoría de inclinación
    erótica. Surgió en el acto, desde luego, una indignada repul-
    sa de la fantasía femenina, impersonal aún—una verdadera
    «protesta viril», según el término, aunque no en el sentido,
    de Alfredo Adler—, pero en la grave psicosis que no tardó en
    emerger, tal fantasía femenina se impuso por completo, y
    basta rectificar un poco la indeterminación paranoica de las
    manifestaciones de Schreber para adivinar que el enfermo
    temía ser objeto de abusos sexuales por parte del médico
    mismo. La motivación de esta enfermedad fué, pues, un
    avance de la libido homosexual orientada, probablemente
    desde un principio, hacia el doctor Flechsig como objeto, y la
    resistencia contra este impulso libidinoso creó el conflicto del
    que surgieron los fenómenos patológicos.
    Durante su última estancia en el sanatorio Sonnenstein,
    cuando Dios empezó a guardar mayores consideraciones al
    enfermo, tuvo efecto una razzia de aquellas almas tan des-
    agradablemente multiplicadas, a consecuencia de la cual la
    de Flechsig subsistió sólo en dos formas y la de v. W. en
    una. Esta última no tardó luego en desaparecer y los dos
    fragmentos subsistentes del alma de Flechsig, que iban per-
    diendo lentamente su inteligencia y su poder, fueron enton-
    ces designados por el enfermo como el «Flechsig posterior»
    y «el partido del según como sea». Por el prólogo de las
    «Memorias»: la «Carta abierta al doctor Flechsig», sabemos
    que el alma de este último conservó hasta el final toda su
    importancia.

  • S.

    120

    PROF. S. FREUD

    En esta singularísima carta, el sujeto expresa la convicción
    de que el médico que le trataba había tenido también las
    mismas visiones que él, habiendo sido objeto de iguales re-
    velaciones sobre cosas metafísicas, y añade la advertencia
    de que, por su parte, no tiene la menor intención de poner
    en tela de juicio la honorabilidad del mismo. Idéntica de-
    claración es repetida luego, con toda seriedad y máximo in-
    terés, en páginas ulteriores. Se ve claramente que el enfermo
    se esfuerza en separar el «alma Flechsig», del individuo vivo
    de igual nombre, esto es, en separar el Flechsig verdadero
    del que aparece en los delirios 1).

    Del estudio de una serie de casos de manía persecutoria
    he extraído, y han extraído otros investigadores, la impresión
    de que la relación del enfermo con su perseguidor puede
    quedar explicada por medio de una sencilla fórmula. La per-
    sona a la que la manía atribuye tan gran poder y tanta influen-
    cia y en cuyas manos convergen todos los hilos de la cons-
    piración, es siempre aquella misma que antes de la enferme-
    dad integraba análoga importancia para la vida sentimental
    del enfermo, o una sustitución de ella, fácilmente reconocible
    como tal. La importancia sentimental es proyectada como
    poder exterior y en cambio el tono sentimental queda trans-
    formado en su contrario. La persona odiada y temida ahora
    por su persecución es siempre una persona amada o respe-
    tada antes por el enfermo. La persecución estatuída por el
    delirio serviría, ante todo, para justificar la mutación de los
    sentimientos del sujeto.

    Observemos ahora desde este punto de vista las relacio-
    nes anteriores del enfermo con su médico y ulterior persegui-
    dor, el doctor Flechsig. Sabemos ya, que entre 1884 y 1885
    padeció Schreber una primera enfermedad nerviosa, «que

    1)«En consecuencia, he de reconocer posible que todo lo
    dicho en los primeros capítulos de mis memorias con respecto a suce-
    sos relacionados con el nombre de Flechsig sólo se refiere al
    «alma Flechsig» que ha de distinguirse por entero del hombre del
    mismo nombre y cuya existencia aislada no es posible explicar natural-
    mente» (pág. 342).

  • S.

    121

    transcurrió sin incidente ninguno de carácter metafísico».
    Haremos alto en este punto ante una poderosa ola de re-
    proches y objeciones que nos amenaza. Todos aquellos que
    conocen la psiquiatría actual, esperarían ya verla aparecer
    de un momento a otro.

    ¿No es acaso una ligereza, una indiscreción y una calum-
    nia acusar de homosexualidad a un hombre de tan relevan-
    tes cualidades morales como el magistrado Schreber? No; el
    enfermo ha comunicado a sus contemporáneos la fantasía de
    su transformación en una mujer, sobreponiéndose, por altos
    intereses científicos, a toda consideración personal. Nos ha
    dado así pleno derecho a ocuparnos de tal fantasía, y su tra-
    ducción al lenguaje médico no ha añadido cosa alguna al con-
    tenido de la misma.–Sí; pero al obrar así estaba enfermo y
    su delirio de irse transformando en mujer era una idea mor-
    bosa.–No lo hemos olvidado. Precisamente lo único de que
    hemos de ocuparnos es de la significación y el origen de tal
    idea morbosa. Nos remitiremos a su propia diferenciación
    entre el hombre Flechsig y el «alma Flechsig». Nada le re-
    prochamos: ni que entrañara impulsos homosexuales ni que
    se esforzara en reprimirlos. Los psiquiatras podían aprender
    mucho de este enfermo viendo cómo dentro de su delirio
    mismo se esfuerza en no confundir el mundo de lo incons-
    ciente con el de la realidad.

    ¿Pero acaso consta expresamente en alguna parte que la
    temida transformación en mujer hubiera de ser en beneficio
    de Flechsig?–Claro que no, pero no es difícil comprender
    que en unas «Memorias» destinadas a la publicidad y en las
    que no se quería ofender al hombre «Flechsig», había de elu-
    dirse una acusación directa. Ahora bien, los rodeos que se-
    mejante consideración impone, no logran encubrir el verda-
    dero sentido de la inculpación, la cual se transparenta con
    toda claridad repetidas veces. Por ejemplo, en el pasaje si-
    guiente: «De este modo se tramó contra mí un complot (apro-
    ximadamente en Marzo o Abril de 1894) encaminado, una vez
    reconocida o supuesta la incurabilidad de mi enfermedad ner-
    viosa, a entregarme a un hombre, de manera que mi alma

  • S.

    122

    quedase esclavizada por el mismo, y mi cuerpo, transformado
    antes en un cuerpo femenino, entregado como tal a dicho
    hombre para que lo gozase». Parece superfluo hacer constar
    que nunca se nombra a persona ninguna por la que pudiéra-
    mos sustituir a Flechsig. Al final de la estancia del sujeto en
    la clínica de Leipzig, surge en él el temor de ser «entregado
    a los enfermeros» para que abusen de él sexualmente. Su
    actitud femenina con respecto a Dios, abiertamente recono-
    cida en la evolución ulterior del delirio, desvanece toda posi-
    ble duda sobre el papel atribuido inicialmente al médico.
    Otro de los reproches dirigidos a Flechsig resuena distinta-
    mente a través de todo el libro. Flechsig habría intentado
    asesinar su alma. Hemos visto ya, que tampoco el enfermo
    sabe claramente en qué habría de consistir tal asesinato,
    pero también que se halla relacionado con detalles íntimos
    impublicables (capítulo tercero). Un único guión nos permite
    aquí seguir adelante: El sujeto intenta aclarar la idea del
    asesinato del alma, por medio de alusiones al «Fausto» de
    Goethe, al «Manfredo» de Byron y al «Freischütz» de Weber,
    y uno de estos ejemplos retorna luego en otro pasaje. En
    efecto, al tratar de la disociación de Dios en dos personas,
    Schreber identifica al Dios inferior y al Dios superior con
    Ariman y Ormuz, respectivamente (pág. 19), y poco después
    escribe la siguiente observación: «Además, el nombre de
    Ariman aparece relacionado, por ejemplo, en el «Manfredo»
    de Byron, con el asesinato de un alma». En el poema byro-
    niano no hay nada análogo al pacto de Fausto con el demo-
    nio, ni el concepto de asesinato de un alma aparece una sola
    vez en él, pero su nódulo y su secreto es un incesto fraternal.
    En este punto se rompe ya el hilo que nos guiaba 1).

    1)En apoyo de la observación que antecede, citaremos las pala-
    bras de Manfredo al demonio, que quiere arrebatarle de la vida (esce-
    na final):

    «... my past power
    was purchased by no compact with thy crew».

    No hay, pues, pacto ninguno con el demonio. Este error de Schre-
    ber es seguramente tendencioso. No es difícil relacionar este contenido


  • S.

    123

    HISTORIALES CLINICOS

    Reservándonos el derecho de volver, en el curso de este
    estudio, sobre otras posibles objeciones, consideraremos su-
    ficientemente justificada por ahora nuestra hipótesis de que
    la base de la enfermedad de Schreber fué la brusca emergen-
    cia de un impulso homosexual. Con esta hipótesis armoniza
    un detalle del historial patológico, inexplicable en otra forma:
    El sujeto sufrió una nueva «recaída nerviosa», decisiva para
    el curso de su enfermedad, en una ocasión en que su mujer
    había decidido ausentarse por breve plazo para atender al
    cuidado de su propia salud, pues hasta entonces había per-
    manecido a su lado todo el tiempo que el régimen interior del
    sanatorio lo permitía. A su vuelta, después de una ausencia
    de cuatro días, le encontró lamentablemente transformado,
    tanto, que él mismo no deseaba ya verla. «Pasé por entonces
    una noche decisiva para mi ruina espiritual, pues durante ella
    tuve un número extraordinario de poluciones (quizá media
    docena) (pág. 44). No es difícil adivinar que sólo de la presen-
    cia de su mujer podía extraer el sujeto influencias contrarias
    a la atracción de los hombres que le rodeaban, y teniendo en
    cuenta que las poluciones no son jamás posibles en el adulto
    sin una participación anímica, habremos de añadir a las de
    aquella noche toda una serie de fantasías homosexuales que
    permanecieron inconscientes.

    Ignorando todo detalle de la historia anterior a su enfer-
    medad no podemos adivinar por qué tal explosión de la libido
    homosexual surgió en el paciente precisamente en el interva-
    lo entre su nombramiento para Dresden y su traslado allí. En
    general, el hombre oscila durante toda su vida entre senti-
     


    del Manfredo con el supuesto amor incestuoso del poeta hacia su her-
    manastra, y resulta harto singular que el otro drama de Byron, el mag-
    nífico «Caín», se desarrolle dentro de la familia primordial, en la cual
    el incesto entre hermanos quedaba, naturalmente, exento de todo re-
    proche. No queremos tampoco abandonar el tema del «asesinato del
    alma» sin recordar el siguiente pasaje (pág. 23): «Al principio era men-
    cionado Flechsig como autor del asesinato del alma, pero ahora y desde
    hace ya algún tiempo se me quiere presentar a mí, invirtiendo los tér-
    minos, como el culpable de tal delito».

  • S.

    124

    mientos heterosexuales y homosexuales, y la privación o el
    desencanto en uno de tales sectores le impulsa hacia el otro.
    Nada de esto conocemos en cuanto a Schreber, pero no que-
    remos dejar de llamar la atención de nuestros lectores sobre
    un factor somático muy digno de tenerse en cuenta. Schre-
    ber tenía en esta época cincuenta y un años, encontrándose,
    por lo tanto, en aquella edad crítica para la vida sexual, en
    la cual, y después de una intensificación anterior, experimen-
    ta la función sexual de la mujer una regresión de cuya in-
    fluencia no parece tampoco estar excluido el hombre. Hay,
    pues, también, para el hombre, una edad climatérica, con su
    disposición consecutiva a la enfermedad 1).

    Imagino muy bien cuán aventurada ha de parecer la hipó-
    tesis de que un sentimiento de simpatía hacia un médico pue- da emerger de pronto, altamente intensificado, ocho años
    después, y provocar una perturbación anímica tan grave.

    Pero, a mi juicio, no tenemos derecho a rechazar una tal hipó-
    tesis sólo por su inverosimilitud interna y sin comprobar antes
    hasta dónde puede conducirnos. La inverosimilitud puede
    ser tan sólo provisional y proceder de que la hipótesis de que
    se trate no se halle aún integrada en proceso lógico ninguno,
    siendo tan sólo la primera con que nos acercamos al proble-
    ma. Para aquellos que no sepan mantener en suspenso su
    juicio y encuentren totalmente inaceptable nuestra hipótesis
    señalaremos una posibilidad que la despoja por completo de
    su carácter desconcertante. La simpatía hacia el médico pue-
    de proceder fácilmente de un «proceso de transferencia» por
    el cual haya quedado desplazada sobre la persona, indiferen-
    te en realidad, del médico, la carga de afecto dada en el en-
    fermo en cuanto a otra persona verdaderamente importante
    para él, de manera que el médico aparezca elegido como
    sustituto o subrogado de alguien más próximo al sujeto.

    1)Debo el conocimiento de la edad de Schreber al iniciarse su en-
    fermedad a una amable comunicación de uno de sus parientes, que me
    fué transmitida por el doctor Stegmann, de Dresden. Pero en el pre-
    sente estudio me he limitado a utilizar los datos que era posible extraer
    del texto mismo de las «Memorias».

  • S.

    125

    O más concretamente aún: La personalidad del médico hubo
    de recordar al enfermo la de su hermano o su padre, a los
    que de este modo volvió a encontrar en él, y entonces no
    tiene nada de extraño que en determina-
    das circunstancias
    vuelva luego a emerger en él la nostalgia de aquella persona
    sustitutiva y actúe con una violencia sólo explica-
    ble por su
    origen y por su significación primera.

    Para el mejor éxito de esta tentativa de explica-
    ción sería
    interesante saber si al enfermar el sujeto vivía aún su padre,
    si había tenido algún hermano y si el mismo se hallaba por
    entonces entre los vivos o entre los difuntos. Me satisfi-
    zo,
    pues, encontrar en las «Memorias», después de una larga re-
    busca, un pasaje en el cual el enfermo resuel-
    ve tales du-
    das (pág. 442): «La memoria de mi padre y mi hermano me
    es tan sagrada como...» Así, pues, ambos habían muerto ya
    en la época de la segunda enfermedad y acaso cuando la
    primera.

    No creo que debamos resistir-
    nos más contra la hipótesis
    de que el motivo de la enfermedad fué la emergen-
    cia de una
    fantasía optativa femenina (homose-
    xual pasiva) que tenía su
    objeto en la persona del médico. Contra tal fantasía se alzó,
    por parte de la personalidad de Schreber, una intensa resisten-
    cia, y la defensa, que quizá hubiera podido adoptar otras
    formas distintas, escogió, por razones que descono-
    cemos, la
    del delirio persecu-
    torio. El hombre añorado se convirtió en
    perseguidor y el contenido de la fantasía optativa en el de la
    persecu-
    ción. Sospechamos que también en cuanto a otros
    casos de delirio persecutorio ha de demostrarse aplicable
    esta interpretación esquemá-
    tica. Pero el de Schreber se dis-
    tin-
    gue de los demás en su evolución y en las transfor-
    maciones
    nes que durante ella experimenta.

    La primera de tales transfor-
    maciones consiste en la susti-
    tu-
    ción de Flechsig por la propia persona de Dios y, al princi-
    pio, parece suponer una agudiza-
    ción del conflicto y un incre-
    mento de la persecución, ya intole-
    rable, pero no tardamos
    en ver que, en realidad, prepara la segunda transfor-
    mación y
    con ella la solución del conflicto. Si era totalmente imposi-
    ble

  • S.

    126

    que el enfermo se reconciliara con la idea de verse converti-
    do en mujer y prostituído al médico, la misión de ofrecer a
    Dios la voluptuosidad que el mismo busca, no tropieza con
    la misma resistencia del yo. La transformación en mujer no
    es ya un ultraje, sino algo impuesto por la «ordenación del
    universo», entra en una magna continuidad cósmica y tiene
    por objeto una nueva creación de la humanidad desgraciada.
    «Hombres nuevos creados por el espíritu de Schreber» vene-
    rarán en aquel infeliz perseguido a su glorioso antepasado.
    Queda hallado así un expediente que satisface a las dos par-
    tes en conflicto. El yo es compensado por la manía de gran-
    dezas, y la fantasía optativa femenina se impone, habién-
    dose hecho aceptable. La lucha y la enfermedad pueden ya
    cesar. Sólo que la aprehensión de la realidad, robustecida
    entretanto, obliga a desplazar a un lejano futuro la solución,
    esto es, a satisfacerse con una realización que pudiéra-
    mos denominar «asintótica», del deseo 1). La transfor-
    mación en mujer tendrá efecto en épocas muy lejanas y la
    personalidad del doctor Schreber permanecerá indestructible hasta en-
    tonces.

    En los tratados de psiquiatría se habla frecuentemente de
    una transformación del delirio persecutorio en delirio de gran-
    dezas conforme a la trayectoria siguiente: El enfermo ataca-
    do primariamente por el delirio de ser perseguido por mag-
    nos poderes siente la necesidad de explicarse tal persecución
    y llega así a suponer que él mismo es una elevada persona-
    lidad digna de tanto interés. La emergencia del delirio de
    grandezas queda así atribuída a un proceso al cual damos
    nosotros el nombre de «racionalización», utilizando un acer-
    tado término de E. Jones. Pero, a nuestro juicio, no es nada
    psicológico atribuir a una racionalización consecuencias tan
    intensamente afectivas, y queremos hacer constar, por lo
    tanto, que nuestra opinión es muy distinta de esta que men-
    ciona.


    1)«Sólo a título de posibilidad mencionaré una futura transforma-
    ción en mujer, encaminada a hacer surgir de mi seno, fecundado por
    Dios, una numerosa descendencia» (pág. 230).

  • S.

    127

    cionan los tratados de psiquiatría. Ante todo, no afirmamos
    conocer la fuente del delirio de grandezas.
    Volviendo al caso de Schreber, hemos de confesar que la
    explicación de la transformación de su manía tropieza con
    extraordinarias dificultades. ¿Por qué caminos y con qué me-
    dios tiene efecto la ascensión desde Flechsig hasta Dios?
    ¿De dónde extrae el sujeto el delirio de grandezas que tan
    afortunadamente facilita su reconciliación con las persecucio-
    nes, y permite al análisis la hipótesis de la fantasía optativa
    que ha de ser reprimida? Las «Memorias» nos proporcionan
    aquí un punto de apoyo al mostrarnos que «Flechsig» y
    «Dios» se hallan para el enfermo en una misma serie. Una
    fantasía le hace sorprender un diálogo en el que Flechsig se
    presenta a su mujer como el «dios Flechsig», haciendo que
    su interlocutora le tenga por loco. Más adelante nos llama la
    atención otro rasgo de los delirios del enfermo: Lo mismo
    que el perseguidor se divide a través de todo el delirio en
    dos personalidades, Flechsig y Dios, también el propio
    Flechsig se divide luego en otras dos, el Flechsig «superior»
    y el «medio», y Dios en el Dios «superior» y el «inferior». Y
    con respecto a Flechsig, la disociación va aún más allá en
    ulteriores estadios de la enfermedad. Tales disociaciones son
    muy características de la paranoia. La paranoia disocia como
    la histeria condensa. O mejor dicho: la paranoia disocia de
    nuevo las condensaciones e identificaciones emprendidas en
    la fantasía inconsciente. Ahora bien, el hecho de que tal di-
    sociación se repita varias veces, como sucede en este caso,
    es, según C. G. Jung, un signo de la importancia de la per-
    sona de que se trata. Todas estas disociaciones de Flechsig
    y de Dios en varias personas significan, pues, lo mismo
    que la división del perseguidor en Flechsig y Dios. Son do-
    bletes de la misma circunstancia importante, tales como los
    que O. Rank ha descubierto en los mitos. Para la interpreta-
    ción de todos estos detalles podemos apoyarnos en el hecho
    de la disociación del perseguidor en Flechsig y Dios y en la
    interpretación de la misma como una reacción paranoica a
    una identificación previa de ambos o a su pertenencia a la
     


  • S.

    128

    misma serie. En consecuencia, si el perseguidor Flechsig era
    al principio una persona amada, Dios no será tampoco más
    que el retorno de otra, también amada, pero probablemente
    más importante.

    Continuando este proceso mental, que nos parece justifi-
    cado, habremos de decirnos que tal otra persona sólo puede
    ser el propio padre del sujeto, con lo cual correspondería
    claramente a Flechsig el papel de hermano (probablemente
    mayor) 1). La raíz de aquella fantasía femenina que tanta
    resistencia desencadenó en el enfermo sería, pues, la nostal-
    gia, eróticamente intensificada, de su padre y su hermano,
    nostalgia que, en cuanto a este último, quedó desplazada,
    por transferencia, sobre el médico Flechsig.

    La introducción del padre en el delirio de Schreber sólo
    habrá de parecernos justificada en cuanto nos facilite la com-
    prensión del caso y nos ayude a aclarar los detalles incom-
    prensibles del mismo. Recordamos cuán singulares rasgos
    hallamos en el Dios schreberiano y en la actitud del sujeto
    con respecto a él, mezcla singular de violenta rebeldía y res-
    petuosa veneración. Dios, sometido a la influencia maléfica
    de Flechsig, no era capaz de extraer enseñanza ninguna de
    la experiencia, no conocía a los hombres vivos, porque sólo
    sabía tratar con cadáveres, y exteriorizaba su poder en una
    serie de milagros harto singulares, pero estúpidos y pue-
    riles.

    Ahora bien, el padre del magistrado Schreber no había
    sido ningún hombre insignificante. La memoria del doctor
    Daniel Gottlieb Moritz Schreber es conservada aún hoy en
    día por numerosas sociedades sajonas que llevan su nombre.
    Médico muy competente y estimado, su labor en pro del des-
    arrollo armónico de la juventud, de la colaboración de la edu-
    cación familiar con la escolar y de la importancia de los cui-
    dados corporales y el ejercicio físico para la conservación de
    la salud, ejerció gran influencia sobre sus contemporáneos.


    1)Las «Memorias» no nos proporcionan dato alguno a este res-
    pecto.

  • S.

    9

    HISTORIALES CLINICOS

    De su fama como fundador de la gimnasia terapéutica en
    Alemania testimonia aún la difusión de las numerosas edicio-
    nes de su «Gimnasia médica».

    Nada tiene de extraño que un tal padre fuera elevado a
    la categoría de Dios en el cariñoso recuerdo de su hijo, al
    que fué arrancado tempranamente por la muerte. Para nues-
    tro sentir existe, desde luego, un abismo que no puede ser
    cegado, entre la personalidad de Dios y la de cualquier hom-
    bre, por extraordinario que sea. Pero hemos de recordar que
    no siempre fué así; los dioses de los antiguos pueblos se ha-
    llaban humanamente más cercanos a ellos. Entre los roma-
    nos, el emperador muerto era deificado en toda regla. Ves-
    pasiano, activo e inteligente, dijo al caer enfermo: «¡Ay de
    mí! Creo que voy a convertirme en Dios».

    La actitud infantil del niño con respecto a su padre, nos
    es ya conocida. Integra la misma reunión de sometimiento y
    rebeldía que hemos hallado en la relación de Schreber con
    su dios, y es el modelo indiscutible y fielmente copiado de
    ésta última. El hecho de que el padre de Schreber fuera un
    médico, muy estimado además, y venerado seguramente por
    sus pacientes, nos explica las singulares características que
    el sujeto hace resaltar críticamente en su dios.

    La más sangrienta burla de que puede hacerse objeto a
    un tal médico, es afirmar que desconoce en absoluto a los
    vivos y sólo sabe tratar con cadáveres. En la naturaleza
    misma de Dios está el hacer milagros, pero también un mé-
    dico los hace, en opinión de sus clientes, cuando lleva a cabo
    alguna curación extraordinaria. El hecho de que precisamen-
    te tales milagros, para los cuales ha proporcionado el mate-
    rial la hipocondría del enfermo, resulten luego tan inverosí-
    miles, absurdos y, en parte, estúpidos, ha de hacernos recor-
    dar aquel principio de la interpretación onírica, según el cual
    el absurdo aparente en los sueños significa burla y desprecio.
    Idéntico papel representaría, pues, en la paranoia. Para otros
    reproches, por ejemplo, el de que Dios no extrae de la expe-
    riencia enseñanza ninguna, podemos encontrar la explicación
    en aquella conducta infantil que devuelve en el acto y sin

  • S.

    130

    modificación alguna un reproche a la persona misma de
    quien emana, análogamente a como las voces citadas en las
    «Memorias» (pág. 23) hacen sospechar que la acusación del
    asesinato del alma, elevada contra Flechsig, fué, en un prin-
    cipio, una autoacusación.

    Animados por las facilidades que la profesión paterna nos
    procura para la explicación de las singulares cualidades del
    Dios de Schreber, nos aventuraremos ahora a interpretar la
    extraña disociación del ser divino. Como ya vimos, el mundo
    divino se compone de «los reinos anteriores de Dios», llama-
    dos también «antesalas del cielo», en los cuales moran las
    almas de los hombres muertos, y del Dios «superior» y el
    «inferior», que forman juntos «los reinos posteriores de Dios».
    Aunque sabemos que no ha de sernos posible solucionar una
    condensación aquí existente, aprovecharemos, de todos
    modos, el detalle antes descubierto de que los «pájaros en-
    cantados», símbolos de adolescentes femeninas, proceden de
    las «antesalas del cielo», para interpretar los «reinos anterio-
    res de Dios» y las «antesalas del cielo» como símbolos de la
    feminidad, y los «reinos posteriores de Dios» como símbolos
    de la virilidad. Si supiéramos seguramente que el difunto
    hermano de Schreber era mayor que él, podríamos ver en la
    disociación de Dios en un Dios inferior y otro superior la ex-
    presión del recuerdo de que después de la temprana muerte
    del padre ocupó, para el paciente, su puesto, el hermano
    mayor.

    Por último, queremos citar en este contexto al sol, que
    tanta importancia hubo de adquirir, por medio de sus rayos,
    en la expresión del delirio. Schreber mantiene con el sol re-
    laciones singularísimas. El sol habla con él en lenguaje hu-
    mano, dándosele a conocer así como un ser vivo o como ór-
    gano de un ser superior, oculto tras de él. Por uno de los
    certificados médicos averiguamos que el paciente le dirige,
    «a grandes gritos, insultos y amenazas» 1), ordenándole que
    se oculte ante él. El mismo paciente nos comunica que el sol


    1)«El sol es una prostituta» (pág. 384).

  • S.

    131

    palidece a su presencia 1). La participación del sol en sus
    destinos se manifiesta en el hecho de mostrar importantes
    modificaciones en cuanto el mismo Schreber sufre alguna
    alteración, como sucedió, por ejemplo, durante las primeras
    semanas de su estancia en el sanatorio de Sonnenstein. Una
    de sus manifestaciones nos facilita la interpretación de este
    mito solar, revelándonos que identifica al sol con Dios, y tan
    pronto con el Dios inferior (Ariman) 2) como con el supe-
    rior.–(Pág. 137): «Al día siguiente vi al Dios superior (Ormuz),
    pero esta vez no con mis ojos espirituales, sino con mis ojos
    físicos. Era el sol, pero no el sol en su apariencia habitual,
    familiar a todos los hombres, sino etc.». Obra, pues, lógica-
    mente, tratando al sol como si fuese Dios mismo.

    No puede hacérseme responsable de la monotonía de las
    soluciones psicoanalíticas si ahora afirmo que el sol no es,
    nuevamente, más que un símbolo sublimado del padre. El
    simbolismo se sobrepone aquí al género gramatical, por lo
    menos en alemán, pues en la mayoría de los demás idiomas
    el sol es del género masculino. Su compañera en este reflejo
    de la pareja parental es la «madre tierra». En la solución psi-
    coanalítica de las fantasías patógenas de sujetos neuróticos,
    hallamos constantemente comprobada esta interpretación.
    Solo una observación dedicaremos a su relación con los mitos
    cósmicos. Uno de mis pacientes, que había perdido tempra-
    namente a su padre e intentaba buscarlo en todos los ele-
    mentos elevados de la naturaleza, me hizo vislumbrar que el
    himno de Nietzsche, «A la aurora», daba expresión a igual
    nostalgia. Otro enfermo, que contrajo su neurosis inmediata-
     


    1)(Pág. 139, nota): «Por lo demás, también el sol presenta ahora
    para mí un aspecto distinto al que mostraba en los tiempos anteriores
    a mi enfermedad. Sus rayos palidecen ante mí cuando hablo en voz alta
    vuelto hacia ellos. Puedo fijar tranquilamente mis ojos en él y sólo en
    muy pequeña medida me deslumbra, mientras que antes, en mi época
    de salud, me hubiera sido tan imposible como a cualquier otra persona
    mirarlo directamente minutos enteros.»

    2)(Pág. 88): «Este es identificado ahora (desde Julio de 1894) con
    el sol por las voces que me hablan.»

  • S.

    – 132 –

    mente después de la muerte de su padre, y sufrió el primer
    acceso de angustia y vértigos en ocasión en que el sol le
    iluminó con sus rayos cuando se hallaba cavando en su jar-
    dín con una pala, interpretó espontáneamente su acceso di-
    ciéndome que se había asustado al ser sorprendido por su
    padre mientras hundía en el cuerpo de su madre un instru-
    mento agudo. Luego, al oponerle yo alguna tímida objeción,
    hizo más plausible su interpretación, comunicándome que ya
    en vida de su padre le había comparado con el sol, aunque
    entonces tan sólo en sentido humorístico. En este enfermo,
    la actitud infantil ante el padre se impuso en dos distintas
    fases. Mientras el padre vivió se mantuvo en franca y abier-
    ta rebeldía contra él, e inmediatamente después de su muer-
    te contrajo una neurosis basada en una total sumisión escla-
    vizada a su voluntad póstuma.
    Así, pues, también en el caso de Schreber nos encontra-
    mos en el terreno familiar del complejo del padre 1). Si la
    lucha con Flechsig se presenta ante los mismos ojos del en-
    fermo como un conflicto con Dios, nosotros habremos de ver
    en este último un conflicto con el padre amado, conflicto cu-
    yos detalles, que ignoramos, han determinado el contenido
    del delirio. No falta en él elemento ninguno del material que
    en tales casos es generalmente descubierto por el análisis.
    El padre aparece en estas vivencias infantiles como pertur-
    bador de la satisfacción sexual buscada por el niño, general-
    mente auto-erótica. En el desenlace del delirio de Schreber,
    la tendencia sexual infantil alcanza un triunfo definitivo; la
    voluptuosidad se hace piadosa y Dios mismo (el padre) la
    exige al enfermo. La amenaza paterna más temida, la de la
    castración, procuró el material de la primera fantasía optativa
    de la transformación en mujer, rechazada al principio y acep-
    tada luego. La alusión a una culpa, encubierta por el «asesi-
    nato del alma» como producto sustitutivo, resulta clarísima.
    El enfermero jefe es identificado con un antiguo vecino, el

    1)Del mismo modo que la «fantasía optativa femenina» de Schre-
    ber es tan sólo una de las formas típicas del complejo nódulo infantil.

  • S.

    133

    señor v. W., que, según las voces, le había acusado falsa-
    mente de onanismo. Las voces repiten el fundamento de la
    amenaza de castración, diciendo: «Será usted castigado por
    haberse entregado a la voluptuosidad» (1). Por último, la
    «obligación de pensar», a la que el enfermo se somete su-
    poniendo que en cuanto suspendiera su actividad mental,
    Dios le creería loco y se retiraría de él, es la reacción, que
    también nos es familiar por otros casos, contra la amenaza o
    el temor de que la actividad sexual y especialmente el ona-
    nismo, puedan llevar a la locura (2). Dada la enorme canti-
    dad de ideas delirantes hipocondríacas que el enfermo des-
    arrolla, no debemos acaso dar gran importancia al hecho de
    que algunas de ellas coincidan literalmente con los temores
    hipocondríacos de los onanistas (3).

    Alguien que desarrollara en la interpretación mayor osadía
    que yo o a quien sus relaciones con la familia de Schreber le
    hubieran proporcionado mayor número de datos sobre las
    personas que le rodearon, el ambiente en que vivió y los pe-
    queños sucesos de su vida, lograría fácilmente referir muchos
    de los detalles de su delirio a sus fuentes respectivas, descu-
    briendo así su sentido, a pesar de la censura a que fueron
    sometidas las «Memorias». Por nuestra parte, nos vemos

    (1) (Pág. 206): «El hecho de que no era otro el fin deseado, me fué
    confirmado abiertamente por la siguiente frase pronunciada por el Dios
    superior y oída por mí infinitas veces: «Queremos destruir su razón»».

    (2) Haremos constar que sólo nos inspirará confianza una teoría de
    la paranoia que consiga interpolar en el cuadro clínico total los sínto-
    mas concomitantes hipocondríacos. A mi juicio, la hipocondría es, en
    cuanto a la paranoia, lo que la neurosis de angustia en cuanto a la
    histeria.

    (3) (Pág. 154): «En consecuencia, se intentó extraerme la médula,
    lo cual se consiguió por medio de unos «homúnculos» que fueron colo-
    cados sobre mis pies. Sobre estos «homúnculos» que muestran cierta
    afinidad con la aparición mencionada en el capítulo IV, comunicaré más
    tarde algunos datos. Por lo general eran dos, un pequeño Flechsig y
    un pequeño v. W., cuyas voces oía yo a mis pies». – v. W. Es el mismo
    que le acusó de masturbarse. Schreber considera a los «homúnculos»
    como una de las apariciones más singulares y enigmáticas. Parecen ser
    el producto de una condensación de los niños con los espermatozoos.

  • S.

    134

    obligados a contentarnos con un vago esbozo del material
    infantil utilizado por la enfermedad paranoica para representar
    el conflicto actual.

    Agregaremos aún algunas observaciones en cuanto a las
    bases del conflicto surgido en derredor de la fantasía optativa
    femenina. Sabemos que hemos de llevar a cabo la tarea de
    relacionar la emergencia de una fantasía optativa con una
    privación sufrida en la vida real. Ahora bien, el mismo
    Schreber nos confiesa una tal privación. Su matrimonio, feliz
    en todos los demás aspectos, no le proporcionó descenden-
    cia, privándole del hijo que le hubiera consolado de la pérdida
    de su padre y de su hermano y sobre el cual hubiera podido
    derivar su insatisfecha ternura homosexual. Su raza iba a
    extinguirse y parece que el sujeto se hallaba orgulloso de su
    ascendencia y su familia (pág. 24): «Los Flechsig y los Schre-
    ber pertenecían ambos, según el término corriente, a «la más
    alta nobleza celestial». Los Schreber, especialmente, llevaban
    el título de «margraves de Turcia y de Tasmania», según una
    costumbre de las almas que las impulsa a adornarse con so-
    noros títulos mundanos 1), obedeciendo a una especie de
    vanidad personal. Napoleón el Grande se divorció de Josefi-
    na, después de dolorosas luchas internas, por mostrarse ella
    incapaz de darle un heredero que continuara la dinastía 2).
    El doctor Schreber podía haber acariciado la fantasía de que
    si fuera una mujer tendría seguramente hijos y encontró así
    el camino para retroceder hasta la actitud femenina infantil


    1)Luego de esta manifestación que conserva en el delirio el ama-
    ble humorismo de los días de salud, el sujeto persigue las relaciones
    habidas entre las familias Flechsig y Schreber en siglos pasados, como
    un novio que no puede comprender cómo ha vivido tantos años sin co-
    nocer a su amada y trata de convencerse de que la ha conocido ya en
    épocas anteriores.

    2)A este respecto, hemos de citar una rectificación del paciente a
    los datos del certificado médico (pág. 436): «No he abrigado jamás la
    idea de una separación ni me he mostrado nunca indiferente con res-
    pecto a la subsistencia de mis lazos conyugales, como pudiera supo-
    nerse por ciertas manifestaciones del certificado, según las cuales solía
    yo indicar que mi mujer podía pedir la separación cuando quisiera».

  • S.

    135

    con respecto al padre. El delirio, continuamente desplazado
    luego en el futuro, de que el mundo sería poblado por su
    transformación en mujer con «hombres nuevos creados por
    el espíritu de Schreber» estaba, pues, destinado a compensar
    su falta de hijos. Si los «homúnculos» que Schreber mismo
    encuentra tan enigmáticos, son niños, encontraremos ya muy
    comprensible que aparezcan reunidos en gran número en su
    cabeza, pues son realmente los «hijos de su espíritu» 1).


    1)Cf. nuestras observaciones sobre la representación de la des-
    cendencia del padre y sobre el nacimiento de Minerva en el historial
    clínico del «hombre de las ratas», incluído en el presente volumen.