• S.

    91

    I

    Historial patológico

    El doctor Schreber escribe: «Dos veces he estado enfer-
    mo de los nervios y ambas a consecuencia de un exceso de
    trabajo intelectual. La primera siendo magistrado en Chem-
    nitz, a consecuencia de la actividad desplegada en unas elec-
    ciones al Parlamento, y la segunda a causa de la extraordi-
    naria labor que hube de desarrollar al hacerme cargo del
    puesto de presidente del Tribunal de Dresden».

    La primera enfermedad se inició en el otoño de 1884 y
    curó por completo a fines de 1885. Flechsig, en cuya clínica
    pasó el paciente seis meses, diagnosticó su enfermedad, en
    un certificado ulterior, como un grave acceso de hipocondria.
    El doctor Schreber asegura que esta enfermedad transcurrió
    «sin incidente alguno de carácter metafísico».

    Ni las memorias del sujeto ni los certificados de los mé-
    dicos en ellas transcritos nos informan suficientemente sobre
    su historia anterior ni sobre las circunstancias particulares de
    su vida. No me es siquiera posible indicar cuál era su edad
    al enfermar por primera vez, si bien el alto cargo que ya
    ocupaba en la magistratura antes de su segunda enfermedad
    puede servirnos para fijar aproximadamente un mínimum.
    Averiguamos que en la época de su «hipocondria» el doctor
    Schreber estaba casado hacía ya mucho tiempo. El mismo
    nos lo dice: «Más intensa aún fué la gratitud de mi mujer
    que veía en el profesor Flechsig al hombre que le había de-
    vuelto a su marido, y tuvo así, durante muchos años, su re-
    trato, encima de su mesa de trabajo». Y más adelante: «Una


  • S.

    92

    Prof. S. Freud

    vez curado de mi primera enfermedad viví al lado de mi mu-
    jer ocho años felicísimos, ricos también en distinciones ex-
    ternas, y sólo turbados por haberse malogrado repetidamente
    durante ellos nuestra esperanza de lograr descendencia».

    En Junio de 1893 le fué anunciado su próximo nombra-
    miento de presidente del Tribunal de Dresden, cargo que
    ocupó el día primero de Octubre del mismo año. En este in-
    tervalo 1) tuvo varios sueños a los que sólo ulteriormente
    hubo de conceder importancia. Soñó repetidas veces que su-
    fría una recaída en su antigua enfermedad neurótica, circuns-
    tancia que le apenaba tanto durante el sueño como luego al
    despertar le regocijaba verla desvanecida. Además, una ma-
    ñana, en estado de duermevela, tuvo «la idea de que debía
    de ser muy agradable ser una mujer en el momento del
    coito», idea que luego, con plena conciencia, rechazó indig-
    nado.

    Su segunda enfermedad se inició a finales de Octubre
    de 1893 con tenaces insomnios que le hicieron ingresar de
    nuevo en la clínica de Flechsig. Pero esta vez empeoró rápi-
    damente en ella. Un certificado ulterior expedido por el di-
    rector del sanatorio Sonnenstein describe el desarrollo de su
    dolencia: «Al principio de su estancia en la clínica del doctor
    Flechsig, el enfermo manifestaba, sobre todo, ideas hipocon-
    dríacas, quejándose, por ejemplo, de que padecía reblandeci-
    miento cerebral y afirmando que no tardaría en morir. Pero
    ya se mezclaban en el cuadro patológico algunas ideas de
    persecución fundadas en alucinaciones sensoriales que al
    principio parecieron emerger aisladas en tanto se presentaba
    en el sujeto una intensa hiperestesia y una gran sensibilidad
    a la luz y al ruido. Más tarde, se acumularon ya las alucina-
    ciones visuales y auditivas hasta dominar por completo toda
    su sensibilidad y todo su pensamiento. Se creía muerto y
    putrefacto, o enfermo de la peste, se lamentaba de que su
    cuerpo era sometido a repugnantes manipulaciones, y sufría,


    1)Antes, por lo tanto, del exceso de trabajo al que atribuye su
    enfermedad.

  • S.

    – 93 –

    HISTORIALES CLINICOS

    según manifiesta todavía actualmente, espantosos tormentos
    que soportaba por una causa sagrada. Las sugestiones pa-
    tológicas absorbían al enfermo tan por completo, que perma-
    necía horas enteras ensimismado e inmóvil (estupor aluci-
    natorio), inaccesible a toda otra impresión, y por otro lado,
    le atormentaban de tal modo, que deseaba la muerte; intentó
    ahogarse repetidamente en el baño y pedía de continuo «el
    ácido prúsico que le estaba destinado». Poco a poco, sus de-
    lirios fueron tomando un carácter místico y religioso; hablaba
    directamente con Dios, los demonios le hostigaban, veía
    «apariciones milagrosas», oía «música divina» y creía, por
    último, «vivir en otro mundo».

    Agregaremos que insultaba a diversas personas por las
    cuales se creía perseguido y perjudicado, pero, ante todo, a
    su médico anterior, Flechsig, al que calificaba de «asesino
    de almas» y del que se burlaba llamándole repetidamente «el
    pequeño Flechsig», acentuando intensamente la primera pa-
    labra. Se había trasladado desde Leipzig a la clínica Sonnens-
    tein, de Pirna, en Junio de 1894, y permaneció en ella hasta
    la estructuración definitiva de su estado. En el curso de los
    años siguientes se transformó el cuadro clínico en una forma
    que el doctor Weber, director del establecimiento, descri-
    be así:

    «Sin entrar más minuciosamente en los detalles del curso
    de la enfermedad, nos limitaremos a indicar cómo en el des-
    arrollo ulterior de la psicosis aguda inicial, que hubo de ser
    diagnosticada como una demencia alucinatoria, fué surgiendo
    cada vez más marcadamente o, por decirlo así, cristalizando,
    el cuadro clínico paranoico que hoy presenta el enfermo».
    Había edificado, en efecto, por un lado, un artificioso sistema
    de delirios que merece nuestro mayor interés, y por otro,
    había reconstruído su personalidad hasta el punto de mostrar
    se perfectamente capacitado para volver a la vida normal,
    presentando tan sólo algunos trastornos aislados.

    El doctor Weber manifiesta en un certificado expedido en
    el año de 1889:

    «En la actualidad, el doctor Schreber, aparte de algunos

  • S.

    94

    síntomas psicomotores que incluso el observador más super-
    ficial ha de reconocer patológicos, no muestra signo alguno
    de demencia ni de inhibición psíquica y tampoco su inteligen-
    cia aparece visiblemente disminuída. Reflexiona bien, su me-
    moria es excelente, dispone de un considerable acervo de
    conocimientos, no sólo en cuestiones jurídicas, sino también
    en muchos otros sectores, y puede exponerlos en procesos
    mentales perfectamente ordenados. Se interesa por la políti-
    ca, la ciencia, el arte, etc. y se ocupa continuamente de tales
    materias, sin que el observador ignorante de su enfermedad
    pueda reconocer en sus palabras sobre tales temas signo al-
    guno de perturbación. Pero, con todo, el paciente se halla
    invadido por representaciones patológicamente condiciona-
    das que han formado un sistema total, se hallan más o menos
    fijadas y no parecen accesibles a una rectificación por la
    aprehensión objetiva y el enjuiciamiento de las circunstancias
    reales.»

    El enfermo, aliviado hasta este punto, se consideraba ya
    capaz de volver a la vida activa e inició las gestiones nece-
    sarias para anular la declaración de su incapacidad y poder
    salir de la clínica. El doctor Weber se oponía a estos deseos
    y certificaba en contra de ellos, pero en su informe de 1900
    no pudo ya por menos de describir favorablemente la con-
    ducta y el estado de su paciente: «El que suscribe ha tenido,
    durante nueve meses, ocasión continuada de conversar dia-
    riamente, durante el almuerzo en la mesa redonda de la clíni-
    ca, con el doctor Schreber, sobre toda clase de cuestiones.
    Cualquiera que sea el tema de la conversación y aparte,
    claro está, de sus ideas delirantes, el doctor Schreber revela,
    tanto en cuestiones políticas como en las referentes a la ad-
    ministración de justicia, al arte y a la literatura, un intenso
    interés, profundos conocimientos, buena memoria, excelen-
    te juicio y sanas ideas morales. También en la conversación
    superficial con las señoras presentes se muestra amable y
    cortés e incluso al tratar en forma humorística ciertas cues-
    tiones revela siempre exquisito tacto, sin que jamás haya lle-
    vado a la conversación de la mesa cuestiones más bien pro-
     

  • S.

    95

    HISTORIALES CLINICOS

    pias de la visita médica». Incluso en un asunto de orden eco-
    nómico que atañía a los intereses de toda su familia intervino
    por entonces con pericia profesional y de un modo perfecta-
    mente adecuado.

    En los repetidos escritos que el doctor Schreber dirigió
    en esta época a los tribunales en demanda de su libertad, no
    negaba en absoluto su perturbación ni ocultaba su intención
    de dar a la publicidad sus memorias. Muy al contrario, acen-
    tuaba el valor de sus meditaciones en cuanto a la vida reli-
    giosa y la imposibilidad de sustituirla por las doctrinas cien-
    tíficas modernas. Pero al mismo tiempo, aducía la absoluta
    inocuidad de todos aquellos actos a los cuales se veía obliga-
    do por el contenido de su delirio. El ingenio y la extremada
    lógica de aquel hombre, sobre el cual pesaba un diagnóstico
    de paranoia, acabaron por darle la victoria. En Julio de 1902
    fué anulada su incapacitación, y al año siguiente aparecieron
    sus memorias, si bien previamente sometidas a la censura
    oficial y con lamentables mutilaciones.

    En la sentencia que devolvió al doctor Schreber la liber-
    tad aparece sintetizado en breves frases el contenido de su
    sistema delirante: «Se consideraba llamado a redimir al
    mundo y devolverle la bienaventuranza perdida. Pero sólo
    podría conseguirlo después de haberse transformado en
    mujer».

    El certificado expedido por el doctor Weber en 1899 in-
    tegra una minuciosa descripción del delirio en su forma defi-
    nitiva: «El sistema delirante del paciente culmina en la con-
    vicción de hallarse llamado a redimir al mundo y devolver a
    la humanidad la bienaventuranza perdida. Afirma haber teni-
    do conocimiento de tal destino por revelación divina, como
    las que recibían los profetas. Precisamente los nervios sobre-
    excitados, como los suyos lo habían estado durante tanto
    tiempo, tenían la cualidad de atraer a Dios; pero sus revela-
    ciones entrañaban cosas que no era posible expresar, o solo
    muy difícilmente, en el lenguaje humano, porque se hallaban
    fuera de toda experiencia humana, y sólo a él le habían sido
    comunicadas. El detalle más importante de su misión reden-
     

  • S.

    96

    tora era que había de convertirse primeramente
    en mujer. No era que él quisiese transformarse en mujer;
    se trataba de algo más coercitivo, de una «necesidad» funda-
    da en el orden universal, y a la cual no podía él escapar aun-
    que personalmente le hubiera sido mucho más grato seguir
    siendo hombre y poder conservar así su elevada posición so-
    cial. Pero la única manera de volver a conquistar el más allá
    para él mismo y para la humanidad entera, era por medio de
    su transformación en mujer, transformación que se realizaría
    en él por un milagro divino, y al cabo de varios años o in-
    cluso decenios. Tenía la convicción de ser objeto exclusivo
    de milagros divinos, y con ello el hombre más singular que
    nunca había vivido sobre la tierra. Desde hacía muchos años
    experimentaba a cada hora y a cada minuto tales milagros en
    su propio cuerpo, y los comprobaba también por las voces
    que con él hablaban. En los primeros años de su enfermedad
    había sufrido, en distintos órganos de su cuerpo, modifica-
    ciones que habrían acarreado la muerte a cualquier otro indi-
    viduo. Había vivido mucho tiempo sin estómago, sin intesti-
    nos, casi sin pulmones, con el tubo digestivo desgarrado, sin
    vejiga o con las costillas destrozadas, y algunas veces, al
    comer, se había tragado su propia laringe, etc. Pero divinos
    milagros («rayos») habían reconstruído, siempre de nuevo, lo
    destruído, razón por la cual, mientras siguiera siendo un hom-
    bre, sería inmortal. Tales fenómenos amenazadores habían
    desaparecido tiempo atrás, surgiendo, en cambio, en primer
    término, su «feminidad», resultado de un proceso evolutivo
    que había de precisar decenios enteros, si no siglos, para
    llegar a su definitivo perfeccionamiento, y cuyo fin no pre-
    senciaría seguramente ninguno de los hombres actualmente
    en vida. Experimentaba la sensación de que su cuerpo inte-
    graba ya «nervios femeninos», de los cuales surgirían, por
    medio de la fecundación inmediata de Dios, nuevos hombres.
    Sólo entonces podría morir de muerte natural, después de
    haber conquistado de nuevo para sí y para todos los demás
    hombres la bienaventuranza. A veces, le hablaban, además
    del sol, los árboles y los pájaros, que eran algo como «res-
     

  • S.

    97

    tos encantados de antiguas almas humanas». Le hablaban en
    lenguaje humano, y por todas partes sucedían cosas maravi-
    llosas en torno suyo.»

    El interés del psiquiatra práctico en cuanto a tales pro-
    ductos delirantes, queda generalmente agotado una vez que
    logra determinar la función del delirio y su influencia sobre
    la vida del paciente. Su asombro no constituye el principio
    de su comprensión. El psicoanalítico, en cambio, aporta de
    su conocimiento de las psiconeurosis la sospecha de que tam-
    bién tales productos mentales, tan apartados del pensamien-
    to habitual de los hombres y tan singulares, tienen su punto
    de partida en los impulsos más comprensibles y corrientes de
    la vida anímica, y quisiera llegar a conocer los motivos de
    semejante transformación y los caminos por los que la misma
    ha sido llevada a cabo. Guiado por esta intención, profundi-
    zará de buen grado en la historia evolutiva y en los detalles
    del delirio.

    a) El certificado médico señala como los dos puntos ca-
    pitales la misión redentora y la transforma-
    ción en mujer. El delirio de redención es una fantasía
    con la cual estamos ya familiarizados, pues constituye fre-br>cuentemente el nódulo de la paranoia religiosa. Pero el com-
    plemento de que la redención ha de tener como premisa la
    transformación del sujeto en una mujer, es inhabitual y harto
    extraño en sí, pues se aparta considerablemente del mito
    histórico que la fantasía del enfermo quiere reproducir. Nos
    inclinaremos quizá a suponer, con el certificado médico, que
    la ambición de desempeñar el papel de redentor es el único
    móvil del complejo de delirios, no siendo la transformación
    en mujer más que un medio para tal fin. Aunque así se nos
    presenta luego en la forma definitiva del delirio, el estudio
    de las «Memorias» nos impone una interpretación distinta.
    Averiguamos, en efecto, que la transformación en mujer
    fué el delirio primario, siendo juzgada en un principio como
    una persecución y un grave daño, y que sólo de un modo
    secundario quedó enlazada con la misión redentora. Vemos
    también, indudablemente, que al principio había de tener

  • S.

    98

    Prof. S. Freud

    lugar para un fin sexual y no al servicio de elevados pro-
    pósitos. Nos hallamos, pues, ante una manía persecutoria
    sexual transformada ulteriormente en una manía religiosa
    de grandezas. El perseguidor era primero el médico del
    sujeto, el doctor Flechsig, substituído luego por el mismo
    Dios.

    Transcribiré aquí, en toda su extensión, los pasajes de
    las «Memorias» que así lo prueban:

    «De este modo, se tejió
    contra mí una conspiración (aproximadamente en Marzo o
    Abril de 1894) que se proponía, una vez reconocida o su-
    puesta la incurabilidad de mi enfermedad nerviosa, entregar-
    me a un hombre de manera que mi alma quedara esclavizada
    al mismo y mi cuerpo–interpretando erróneamente la ten-
    dencia antes mencionada en la que reposa el orden univer-
    sal–quedase transformado en un cuerpo femenino, sometido
    a aquel hombre 1) para que lo gozase sexualmente y aban-
    donado luego a la muerte y a la putrefacción».

    «En todo ello, y desde el punto de vista humano, que por
    entonces me dominaba aun preferentemente, era natural que
    yo viese siempre y únicamente mi verdadero enemigo en el
    profesor Flechsig o en su alma (más tarde se agregó a ella
    el alma de v. W., de la que más adelante trataremos) y con-
    siderase la omnipotencia divina como mi aliada natural, a
    la que recurrí en situación desesperada contra el profesor
    Flechsig y a la que por lo tanto creía deber apoyar con todos
    los medios imaginables y hasta con el sacrificio de mi propio
    ser. El hecho de que el mismo Dios pudiera ser cómplice
    cuando no instigador del asesinato de mi alma y de la entre-
    ga de mi cuerpo prostituído, es una idea que se me ocurrió
    mucho más tarde, pues, en realidad, sólo emergió claramente
    en mi conciencia al escribir las presentes líneas.»

    «Todas las tentativas de asesinar mi alma, despojarme de
    mi virilidad para fines contrarios al orden universal (esto es,
    para la satisfacción de los deseos sexuales de un hombre) y


    1)De este y otros pasajes de las «Memorias» resulta que tal indi-
    viduo no era otro que el mismo doctor Flechsig.

  • S.

    99

    arruinar mi inteligencia, han fracasado. Del combate, tan des-
    igual en apariencia, de un hombre solo y débil con Dios
    mismo, he salido vencedor, aunque al cabo de amargos su-
    frimientos y privaciones, y he vencido porque tenía a mi
    favor el orden universal.»

    En una nota describe luego la modificación ulterior del
    delirio de la transformación en mujer y de sus relaciones con
    Dios: «Más tarde explicaremos cómo mi transformación en
    mujer puede servir también para un fin conforme con el
    orden universal e incluso contener quizá la verdadera solu-
    ción del conflicto».

    Estas manifestaciones son decisivas para la interpretación
    del delirio de transformación en mujer y para la inteligencia
    general del caso. Añadiremos que las voces que el paciente
    oía no interpretaban nunca sino como una afrenta sexual la
    transformación en mujer y se burlaban del enfermo por ella.
    «Los rayos de Dios creían poder burlarse de mí por la inmi-
    nente pérdida de mi virilidad y mi transformación en «Miss
    Schreber»: «¡Vaya un señor magistrado que se deja j...!»
    «¿No le dará a usted vergüenza presentarse luego ante su
    mujer?»

    La naturaleza primaria de la fantasía de transformación
    en mujer y su independencia inicial de la idea de redención
    quedan testimoniadas además por la «idea» antes menciona-
    da, emergida en estado de duermevela, según la cual debía
    ser muy hermoso ser una mujer en el momento del coito.
    Esta fantasía se hizo consciente en el período de incubación
    de la enfermedad y todavía antes de los efectos del exceso
    de trabajo en Dresden.

    El mismo Schreber señala el mes de Noviembre de 1895
    como el período durante el cual se estableció la relación de
    la fantasía de transformación con la idea de redención, ini-
    ciándose así una reconciliación del sujeto con aquella primer
    idea. «Se me hizo ahora claramente consciente que el orden
    universal exigía, me placiese o no, mi «desvirilización» y que
    razonablemente no me quedaba otro camino que familiarizar-
    me con la idea de mi transformación en mujer. Como conse

  • S.

    100

    P R O F. S. F R E U D

    cuencia de la «desvirilización» sólo podía pensarse en una
    fecundación por los rayos divinos, encaminada a la creación
    de nuevos hombres».

    La transformación en una mujer fué el germen primero
    del producto delirante y resultó también el único elemento
    que sobrevivió al restablecimiento del sujeto y el único que
    supo conservar su puesto en la actividad real del restablecido.
    «Lo único que a los ojos de otros hombres puede pasar por
    irrazonable es el hecho, ya mencionado por los señores pe-
    ritos, de que a veces se me encuentra ante el espejo, o en
    algún otro lugar, adornado con preseas femeninas (lazos,
    cadenas, etc.) y semidesnudo el torso. Pero esto sucede úni-
    camente hallándome solo, y nunca, siempre que me es posi-
    ble evitarlo, a la vista de otras personas.» El señor magistra-
    do confesaba tales jugueteos en una época (Julio 1901) en la
    que encontraba la siguiente acertada expresión para definir
    su salud, prácticamente recobrada: «Ahora ya sé que las per-
    sonas que veo ante mí no son «hombres hechos a la ligera»,
    sino verdaderos hombres, y que, por lo tanto, debo condu-
    cirme con ellos como un hombre razonable ha de conducirse
    en su trato con los demás.» En contraste con esta perdura-
    ción de su fantasía de «desvirilización», el enfermo no llevó
    a cabo en favor del reconocimiento de su misión redentora
    más que la publicación de sus «Memorias».

    b) La actitud de nuestro paciente con respecto a Dios
    es tan singular y tan llena de circunstancias contradictorias
    que hace falta gran confianza para conservar la esperanza
    de hallar aún, en su «demencia», un «método». Habremos,
    pues, de intentar orientarnos, con ayuda de sus «Memorias»,
    sobre su sistema teológico-psicológico y exponer, en su rela-
    ción aparente (delirante), sus opiniones sobre l o s n e r-
    v i o s, l a b i e n a v e n t u r a n z a, l a j e r a r q u í a d i-
    v i n a y l a s c u a l i d a d e s d e D i o s. En todos los
    trozos de su teoría hallamos una mezcla singular de ingenio
    y vulgaridad y de elementos originales y prestados.

    El alma humana está contenida en los n e r v i o s del
    cuerpo, que debemos representarnos como elementos de ex-


  • S.

    101

    traordinaria sutileza, comparables a finas hebras de seda. Al-
    gunos de estos nervios son adecuados para la recepción de
    las percepciones sensoriales, otros (los nervios del
    entendimiento) producen todo lo psíquico; cada uno
    de ellos representa la total individualidad
    espiritual del hombre, y su mayor o menor núme-
    ro influye tan sólo en el período de tiempo durante el cual
    pueden ser retenidas las impresiones.

    En tanto que los hombres se componen de cuerpo y ner-
    vios, Dios es, desde un principio, sólo nervio. El número de
    los nervios divinos no es, como el de los nervios humanos,
    limitado, sino infinito o eterno. Los nervios divinos poseen
    todas las propiedades de los humanos, pero en grado enor-
    memente más intenso. En su capacidad de crear, esto es, de
    transformarse en todas las cosas posibles del mundo creado,
    se llaman rayos. Entre Dios y el cielo estrellado o el sol
    existe una íntima relación.

    Después de la Creación, Dios se retiró a inmensa distan-
    cia del mundo y lo abandonó en general a sus leyes propias,
    limitándose a elevar hasta sí las almas de los muertos. Sólo
    excepcionalmente condescendía a ponerse en relación con
    algunos hombres de suprema inteligencia o intervenir con un
    milagro en los destinos del mundo. Conforme al orden uni-
    versal, sólo después de la muerte se establece una relación
    regular entre Dios y las almas de los hombres. Cuando un
    hombre muere, las partes de su alma (nervios) son some-
    tidas a un procedimiento de purificación para ser luego in-
    corporadas nuevamente a Dios como «antesalas del cielo».
    Fórmase así un giro eterno de las cosas conforme en un
    todo al orden universal. Cuando Dios crea algo, se despoja
    de una parte de sí mismo, pues da a una parte de sus nervios
    una forma distinta. Pero la pérdida que así experimenta
    en apariencia queda compensada cuando, al cabo de siglos
    y milenios, los nervios, bienaventurados ya, de los hombres
    muertos, le son de nuevo incorporados como «antesalas del
    cielo».

    Las almas, acendradas por el proceso de purificación, go-
     

  • S.

    102

    zan de bienaventuranza. «Su conciencia de sí mismas se ha
    debilitado entretanto y quedan fundidas, con otras almas, en
    unidades superiores. Almas importantes, como la de un Goe
    the o un Bismarck, conservan la conciencia de su identidad a
    través de muchos siglos hasta que pueden desintegrarse en
    complejos de almas superiores (tales como los «rayos de
    Jehová» en la antigua religión judía y los «rayos de Zoroas-
    tro» en la religión persa). Durante la purificación, las almas
    aprenden el lenguaje en el que Dios mismo habla, el «len-
    guaje fundamental», que es «un alemán algo anticuado, pero
    muy expresivo y caracterizado por una gran riqueza en eufe-
    mismos».
    Dios mismo no es un ser simple. «Por encima de las «an-
    tesalas del cielo» flotaba Dios, el cual, para distinguirlo de
    estos «reinos anteriores de Dios» es llamado también el «rei-
    no posterior de Dios». Los reinos posteriores de Dios se ha-
    llaban sometidos (y se hallan aún actualmente) a una singular
    división en dos partes, según la cual se distinguía un Dios
    inferior (Ariman) y un Dios superior (Ormuzd)». Sobre la
    significación de esta división en dos partes Schreber nos
    dice tan sólo que el Dios inferior favorecía preferentemente
    a los pueblos de raza morena (a los semitas) y el superior a
    los pueblos rubios (a los arios). Pero tampoco es posible
    exigir a un hombre un conocimiento más detallado de tan
    elevadas cuestiones. Sin embargo, todavía averiguamos «que
    el Dios inferior y el superior, no obstante la unidad de la
    omnipotencia divina, han de ser considerados como seres
    distintos, cada uno de los cuales, y también en su relación
    entre sí, posee su egoísmo particular y su particular instinto
    de conservación, e intenta, por lo tanto, de continuo, despla-
    zar al otro». Los dos seres divinos se condujeron efectiva-
    mente de muy distinto modo con el desgraciado Schreber
    durante el período agudo de su enfermedad.

    Schreber había sido, durante su época de salud, un escép-
    tico en materia religiosa y nunca había llegado a creer firme-
    mente en la existencia de un Dios personal, circunstancia de
    la que él mismo extrae luego un argumento favorable a la

  • S.

    103

    HISTORIALES CLÍNICOS

    plena realidad de su delirio 1). Pero cuando averiguamos lo
    que sigue sobre las cualidades de carácter del Dios de nues-
    tro paciente, no podemos por menos de pensar que la evolu-
    ción en él provocada a este respecto por la enfermedad para-
    noica no fué ciertamente nada fundamental y que en el nuevo
    redentor perdura gran parte del antiguo escéptico.

    El orden universal presenta, en efecto, una falla, a con-
    secuencia de la cual queda amenazada incluso la existencia
    misma de Dios. Por circunstancias que permanecen inexpli-
    cadas, cuando los nervios de los hombres vi-
    vos llegan a un alto grado de excitación, ejer-
    cen tan intensa atracción sobre los nervios divinos, que al
    mismo Dios le es imposible substraerse a ella, quedando así
    amenazada su propia existencia. Este caso, extraordinaria-
    mente raro, se dió con Schreber y le ocasionó terribles sufri-
    mientos, pues la imperiosa atracción que sus nervios sobre-
    excitados ejercían sobre los divinos despertó el instinto de-
    conservación de Dios, y resultó que Dios se hallaba muy lejos
    de la perfección que las religiones le atribuyen. A través de
    todo el libro de Schreber resuena, así, la amarga acusación
    de que Dios, habituado tan sólo al trato con los muertos, no
    comprende a los vivos.

    (Pág. 55): «Domina aquí un error fundamental que desde
    entonces se extiende a través de toda mi vida, y consiste en
    que, según las normas del orden universal, Dios no conoce
    a los hombres vivos ni necesita realmente conocerlos, ya que,
    conforme a tales normas, sólo con los cadáveres ha de tra-
    tar».–(Pág. 141): «Este hecho… depende nuevamente de
    que Dios no sabe tratar con los vivos, hallándose acostum-
    brado tan sólo a tratar con los cadáveres o, en todo caso, con


    1)«La hipótesis de que pudiera tratarse de meras alucinaciones
    sensoriales me parece psicológicamente imposible. Pues la alucinación
    de hallarse en relaciones con Dios o con las almas de los difuntos
    puede sólo surgir en hombres que han llevado ya a su estado de ner-
    viosidad patológica una firme creencia en Dios y en la inmortalidad del
    alma, y según queda expuesto al principio de este capítulo, no ha sido
    tal mi caso.»

    – 103 –

  • S.

    104

    los hombres dormidos y mientras sueñan».–(Pág. 246): «I-
    ncredibile scriptu, nos inclinaríamos a añadir y, sin
    embargo, todo ello es exacto, aunque los hombres hallarán
    incomprensible la idea de una tan absoluta incapacidad de
    Dios para juzgar acertadamente a los vivos. Yo mismo he
    necesitado mucho tiempo para acostumbrarme a ella, aun
    después de haberla comprobado en innumerables observacio-
    nes directas.»

    Sólo a consecuencia de este desconocimiento divino de
    los hombres vivos pudo suceder que Dios mismo fuera el
    instigador de la conspiración urdida contra Schreber y que le
    creyera loco y le impusiera las más penosas pruebas. Para
    escapar a aquel juicio condenatorio de Dios, se sometió el
    sujeto a una penosa «obligación de pensar». «Cada vez que
    suspendía mi actividad mental, Dios creía extinguidas instan-
    táneamente mis facultades intelectuales, iniciada la esperada
    ruina de mi razón (la locura) y conseguida así la deseada po-
    sibilidad de alejarse.»

    Una de las cosas que más indignación despiertan en nues-
    tro paciente es la conducta de Dios en la cuestión de la ne-
    cesidad o las ganas de defecar. El pasaje es tan característico
    que habremos de citarlo íntegro. Para su mejor comprensión,
    adelantaremos que tanto los milagros como las voces emanan
    de Dios, esto es, de los rayos divinos.

    (Pág. 225): «A causa de su significación característica,
    habré de dedicar aún a la interrogación antes citada: «¿Por
    qué no c… usted?» algunas observaciones, por indecente que
    sea el tema. Como todas las demás funciones de mi cuerpo,
    también las ganas de defecar son estimuladas en mí por un
    milagro. Ello sucede siendo impulsados los excrementos hacia
    adelante, y luego, a veces, nuevamente hacia atrás, en los
    intestinos, o cuando ya he realizado el acto de la defecación
    y no queda material suficiente, ensuciando, los escasos res-
    tos del contenido intestinal aún subsistente, los bordes de mi
    orificio anal. Trátase, en todo ello, de un milagro del Dios
    superior, milagro que se repite cotidianamente varias doce-
    nas de veces cuando menos y con el cual se enlaza la idea,

  • S.

    105

    HISTORIALES CLINICOS

    incomprensible para los hombres y sólo explicable por el
    absoluto desconocimiento en que Dios está de las circunstan-
    cias orgánicas de los vivos, de que el acto de defecar es, en
    cierto modo, lo último, esto es, que con el estímulo milagroso
    de las ganas de defecar queda conseguida la destrucción de
    la razón y lograda la posibilidad de una retirada definitiva de
    los rayos. A mi juicio, para llegar a comprender la génesis
    de esta idea, hemos de pensar en la existencia de una inter-
    pretación errónea de la significación simbólica del acto de la
    excreción, interpretación consistente en suponer que aquel
    que ha llegado a entrar, como yo, en íntima relación con los
    rayos divinos, tiene derecho, en cierto modo, a c... en el
    mundo entero.»

    «Se exterioriza aquí, además, toda la perfidia de la cons-
    piración urdida en contra mía 1). Cada vez que las ganas
    de defecar son milagrosamente estimuladas en mí, quedan
    estimulados, simultáneamente, los nervios de alguna de las
    personas que me rodean para obligarla a ocupar el retrete e
    impedirme realizar el acto de la excreción. Es este un fenó-
    meno que he observado regularmente innumerables veces
    (millares de veces) durante los últimos años, siendo, por lo
    tanto, imposible, que se trate de una mera coincidencia ca-
    sual. La pregunta que entonces se me dirige: «¿Por qué
    no c... usted?» es contestada en la forma siguiente: «Porque
    soy así de tonto». La pluma se resiste a transcribir el formi-
    dable disparate en que Dios incurre, llevado por su descono-
    cimiento de la naturaleza humana, al suponer que pueda haber
    un hombre que de puro tonto no pueda c..., cosa que hasta
    el último animal hace. Cuando, al fin y al cabo, realizo el
    acto de la defecación, para lo cual me sirvo generalmente de
    un cubo, ya que siempre encuentro ocupado el retrete, dicho
    acto me produce siempre una intensa voluptuosidad espiri-
    tual. El alivio de la presión provocada por los excrementos


    1)El paciente trata de mitigar en una nota la dureza de la palabra
    «perfidia», remitiendo al lector a una justificación de la conducta de
    Dios, de la que más adelante trataremos.

    — 105 —

  • S.

    106

    contenidos en los intestinos se refleja muy agradablemente
    en los nervios de la voluptuosidad e igualmente sucede en el
    acto de la micción. Por este motivo, siempre y sin excepción
    alguna hasta ahora, todos los rayos han estado unidos en los
    actos de la defecación y la micción, razón por la cual, cuando
    me dispongo a realizar tan naturales funciones, se intenta
    siempre, aunque inútilmente en la mayoría de los casos, im-
    pedírmelo con el milagro contrario 1).»

    El singularísimo Dios de Schreber es incapaz de extraer
    lección ninguna de la experiencia.–(Pág. 186): «Una cier-
    ta propiedad concomitante a la esencia de Dios parece impe-
    dir que el mismo extraiga de estos hechos enseñanza ninguna
    para lo futuro». Continúa, pues, imponiendo durante años
    enteros, sin la menor modificación, las mismas pruebas, los
    mismos milagros y las mismas voces, al individuo por él per-
    seguido, aunque el mismo acabe por aprender a eludirlos y
    burlarse de él».

    (Pág. 333): «De todo ello se deduce que una vez que sus
    milagros han dejado de ejercer sobre mí su anterior efecto,
    Dios ha llegado a parecerme ridículo e infantil. De este modo,
    mi propia y legítima defensa, me ha llevado alguna vez a
    burlarme de él en voz alta…»

    Esta rebelión contra Dios encuentra, sin embargo, en
    Schreber, una corriente antitética, expresada en muchos pa-
    sajes de sus memorias.–(Pág. 333): «Sin embargo, he de ha-
    cer constar que se trata tan sólo de un episodio aislado que
    terminará con mi muerte, y por lo tanto, sólo yo entre los
    hombres tengo derecho a burlarme de Dios. Para los demás,
    Dios ha de continuar siendo el Creador todopoderoso del
    cielo y de la tierra, la Causa primera de todas las cosas y el
    Salvador de su vida futura, y aunque algunas de las ideas re-
    ligiosas actuales precisan ser rectificadas, merece su adora-


    1)Compárese esta confesión del placer que el paciente encuentra
    en la excreción, placer que conocemos como uno de los componentes
    autoeróticos de la sexualidad infantil, con las manifestaciones de Juanito
    en el «Análisis de la fobia de un niño de cinco años». (Cf. el tomo XV
    de esta versión castellana.)

  • S.

    107

    ción y su mayor respeto». El sujeto intenta, pues, repetida-
    mente, una justificación de la conducta de Dios a su respec-
    to, basándola, tan ingeniosamente como en todas las teodi-
    ceas, bien en la naturaleza general de las almas, bien en la
    necesidad en que Dios se ve de defenderse o en la influencia
    maléfica del alma del doctor Flechsig. Pero, en general, la
    enfermedad es considerada como una lucha del hombre
    Schreber contra Dios, lucha en la cual alcanza el hombre la
    victoria por tener en favor suyo el orden universal.

    De los certificados médicos podría deducirse fácilmente
    que el caso de Schreber no era más que una forma corriente
    de la fantasía redentora. El interesado sería, así, el hijo de
    Dios, encargado de la misión de salvar al mundo de su mise-
    ria o de su inminente ruina, etc. No he querido, pues, dejar
    de exponer las peculiaridades de la relación del paciente con
    su Dios. La importancia que dicha relación integra para el
    resto de la humanidad sólo raras veces es mencionada en las
    memorias y únicamente al final de la cristalización del delirio.
    Consiste, sencillamente, en que ningún muerto podrá alcan-
    zar la bienaventuranza en tanto que la persona de Schreber
    continúe atrayendo la parte principal de los rayos divinos.
    Tampoco la evidente identificación del sujeto con Jesucristo
    surgió hasta muy tarde (págs. 338 y 431).

    Ninguna tentativa de explicación que no tenga en cuenta
    estas peculiaridades de su idea de Dios y esta mezcla de ado-
    ración y rebelión puede aspirar a ser exacta. Examinaremos
    ahora un tema íntimamente relacionado con Dios: el de la
    bienaventuranza.

    La bienaventuranza es, para Schreber, «la vida ultrate-
    rrena» que las almas de los hombres alcanzan por su purifi-
    cación después de la muerte. El sujeto la describe como un
    goce ininterrumpido, enlazado a la visión de Dios. Tal con-
    cepción no entraña, ciertamente, nada original. En cambio,
    sí nos sorprende la distinción que hace Schreber entre una
    bienaventuranza masculina y otra femenina: «La bienaventu-
    ranza masculina es más elevada que la femenina, la cual con-
    siste, predominantemente, en una continua sensación de vo-

  • S.

    108

    luptuosi-
    dad». Otros pasajes proclaman la coincidencia de la
    bienaventuranza y la voluptuosidad sin hacer ya referencia
    alguna a las diferencias sexuales ni a la presencia de Dios
    como uno de los elementos de la bienaventuranza. Por ejem-
    plo (pág 51): «… con la naturaleza de los nervios de Dios,
    por efecto de los cuales la bienaventuranza consiste, si no
    exclusivamente, por lo menos en parte, en una intensa sen-
    sación de voluptuosidad…» Y más adelante (pág. 281): «La
    voluptuosidad debe ser interpretada como una parte de bien-
    aventuranza anticipada en cierto modo al hombre y a otras
    criaturas vivas». Así, pues, la bienaventuranza celestial con-
    sistiría esencialmente en una continuación y una intensifica-
    ción de la voluptuosidad terrena.

    Esta concepción de la bienaventuranza no es uno de los
    fragmentos del delirio de Schreber procedentes de los prime-
    ros estadios de su enfermedad y eliminados luego como in-
    compatibles. Todavía en sus escritos de 1901 acentúa el en-
    fermo, como uno de sus grandes descubrimientos, el de que
    «la voluptuosidad se halla en íntima relación, ignorada hasta
    ahora por los demás hombres, con la bienaventuranza de las
    almas de los muertos».

    Averiguaremos también que esta «íntima relación» es la
    base en la que el enfermo funda su esperanza de una recon-
    ciliación final con Dios y un término de sus padecimientos.
    Los rayos divinos pierden su ánimo hostil en cuanto logran
    la seguridad de hallar en su cuerpo una voluptuosidad espiri-
    tual. El mismo Dios exige hallar en él la voluptuosidad y
    amenaza con retirar sus rayos si el sujeto descuida su cultivo
    y no puede ofrecerle la que de él demanda (pág. 320).

    Tan sorprendente sexualización de la bienaventuranza ce-
    lestial nos produce la impresión de que el concepto schrebe-
    riano de la bienaventuranza ha nacido de la condensación de
    las dos significaciones capitales de la palabra alemana «selig»
    («difunto» y «sensualmente dichoso»), y nos procura además
    la ocasión de someter a una prueba la relación de nuestro pa-
    ciente con el erotismo en general y con las cuestiones del
    goce sexual, pues nosotros, los psicoanalíticos, sustentamos

  • S.

    109

    HISTORIALES CLINICOS

    hasta ahora la opinión de que las raíces de toda enfermedad
    nerviosa y psíquica se hallan predominantemente en la vida
    sexual, opinión a la que hemos llegado unos por experiencia
    empírica y otros, además, por especulaciones teóricas.

    Según las muestras del delirio de Schreber examinadas
    hasta ahora, podemos rechazar ya la posibilidad de que preci-
    samente esta enfermedad paranoica pudiera demostrarse como
    el caso negativo durante tanto tiempo buscado, en el cual la
    sexualidad desempeñaría tan sólo un papel insignificante. En
    efecto, el mismo Schreber se expresa innumerables veces
    como si compartiera nuestras teorías, pues habla siempre si-
    multáneamente de la «nerviosidad» y del erotismo, como si
    fuesen conceptos inseparables.

    Antes de su enfermedad, el magistrado Schreber era un
    hombre de severas costumbres.–(Pág. 281): «Pocos hombres
    habrá–afirma él mismo, y no vemos razón ninguna para
    desconfiar aquí de sus declaraciones–que hayan sido educa-
    dos en principios morales tan severos y hayan adaptado
    luego a ellos tan estrictamente su vida, sobre todo en cuan-
    to a la sexualidad, ni que se hayan refrenado tanto en este
    orden de cosas». Pero después de los graves conflictos
    anímicos que se exteriorizaron en los fenómenos de la enfer-
    medad, quedó totalmente modificada su actitud ante el ero-
    tismo. Llegó, en efecto, a descubrir que el cultivo de la vo-
    luptuosidad era para él un deber, y que sólo cumpliéndolo
    podía dar solución favorable al conflicto en él surgido. Según
    le aseguraban sus voces, la voluptuosidad se había hecho
    «temerosa de Dios», y por su parte sólo lamentaba no poder
    dedicarse durante todo el día a su cultivo 1).

    Tales fueron las modificaciones que la enfermedad impu-
    so a Schreber conforme a las dos direcciones principales de su


    1)(Pág. 179): «La atracción perdió su efecto doloroso para los
    nervios correspondientes en cuanto al penetrar en mi cuerpo hallaron
    en él la sensación de voluptuosidad anímica y participaron de ella. En-
    contraban así una compensación de la bienaventuranza celestial que
    habían perdido, y que consistía también en un goce de orden volup-
    tuoso».

  • S.

    110

    delirio. Partidario, antes, de la ascesis sexual, y escéptico en
    cuanto a la existencia de Dios, la enfermedad le convirtió en
    un hombre creyente y entregado a la voluptuosidad. Pero lo
    mismo que su nueva fe era harto singular, también la parte
    de goce sexual por él conquistada entrañaba un carácter to-
    talmente inhabitual. No era ya la libertad sexual masculina,
    sino un sentimiento sexual femenino, pues adoptaba una
    actitud femenina ante Dios, considerándose como su es-
    posa 1).

    Ningún otro fragmento de su delirio es tratado tan minu-
    ciosamente por el sujeto como su transformación en mujer.
    Los nervios por él aspirados adquieren en su cuerpo el ca-
    rácter de nervios femeninos de la voluptuosidad y le prestan
    un aspecto más o menos femenino, dando sobre todo a su
    piel la tersura y la suavidad peculiares del sexo femenino (pá-
    gina 87). Le basta ejercer una ligera presión en cualquier
    lugar de su cuerpo para sentir debajo de su piel dichos ner-
    vios como conjuntos de hebras o cuerdecillas sutilísimas, es-
    pecialmente en el pecho, o sea en el lugar correspondiente
    a los senos femeninos (pág. 277). «Por medio de una presión
    ejercida sobre tales nervios consigo proporcionarme, sobre
    todo cuando al mismo tiempo pienso en algo femenino, una
    sensación de voluptuosidad correspondiente a la femenina».
    Sabe seguramente que tales nervios son, por su origen, an-
    tiguos nervios divinos que al ser transferidos a su cuerpo no
    han perdido su calidad de tales (pág. 279). Por medio de la
    «imaginación visual» le es posible procurarse y procurar a
    los «rayos» la impresión de que su cuerpo se halla provisto
    de senos femeninos y órganos genitales del mismo sexo.


    1)Nota a la pág. 4 del prólogo: «En mi propio cuerpo sucedió
    algo como la encarnación de Jesucristo en el de una virgen; esto es,
    en el de una mujer a la que jamás había tenido acceso hombre ninguno.
    Durante la época que pasé en la clínica de Flechsig, se formó por dos
    veces en mi cuerpo un órgano sexual femenino, y sentí dentro de mí
    movimientos como los primeros del feto humano: Un milagro divino
    había hecho penetrar en mi cuerpo los nervios de Dios correspondien-
    tes a la semilla masculina, teniendo así efecto una fecundación».

  • S.

    111

    HISTORIALES CLINICOS

    «Tanto me he acostumbrado a imaginar que mi cuerpo posee
    un trasero femenino—honny soit qui mal y pense—que siem-
    pre experimento tal impresión al inclinarme para coger algo».
    Llega incluso a afirmar decididamente, que todo aquel que le
    viera desnudo de medio cuerpo arriba, sobre todo si la ilu-
    sión era auxiliada por algún adorno femenino, habría de ex-
    perimentar la impresión de tener ante sí un busto de
    mujer (pág. 280). Pide ser reconocido por los médicos
    para que comprueben cómo todo su cuerpo está provisto, de
    pies a cabeza, de nervios de la voluptuosidad, cosa que a su
    juicio sólo sucede en el cuerpo de la mujer, mientras que el
    hombre sólo posee tales nervios en los órganos genitales y
    en las regiones inmediatas a los mismos (pág. 274). La vo-
    luptuosidad anímica que la acumulación de tales nervios des-
    arrolla en él es tan intensa que, hallándose acostado, sólo
    precisa un pequeño esfuerzo de imaginación para obtener un
    goce sexual que le procura una idea muy precisa del placer
    sexual de la mujer en el coito (pág. 263).

    Recordando el sueño que el sujeto tuvo durante el perío-
    do de incubación de la enfermedad y antes de su traslado a
    Dresden, habremos de concluir que el delirio de su transfor-
    mación en mujer no es más que la realización del contenido
    de aquel sueño. Por entonces, el sujeto hubo de rechazar
    con viril indignación tal idea, y también luego, en su enfer-
    medad, se resistió al principio contra su realización, viendo
    en su transformación en mujer un atropello del que sus per-
    seguidores querían hacerle objeto. Pero luego llegó un perío-
    do (Noviembre de 1895) en el cual comenzó a reconciliarse
    con aquella transformación, relacionándola con elevados de-
    signios de Dios. «Desde entonces he incluido, con plena con-
    ciencia, en mi programa, el cultivo de la feminidad» (pá-
    ginas 177 y 178).

    Poco después llegó ya a la íntima convicción de que Dios
    mismo demandaba, para su propia satisfacción, su transfor-
    mación en mujer.

    (Pág. 281): «Pero en cuanto me hallo a solas con Dios
    —si me es permitido expresarme así—se me impone la nece-


  • S.

    112

    sidad de procurar, por todos los medios posibles y tanto con
    los mandatos de mi razón como con mis facultades imagina-
    tivas, que los rayos divinos reciban de mí, si no continua-
    mente, por ser ello imposible al hombre, por lo menos a de-
    terminadas horas del día, la impresión de una mujer arreba-
    tada por sensaciones voluptuosas.»

    «Por otro lado, Dios exige un goce continuo con-
    forme a las condiciones que el orden universal impone a las
    almas, y mi misión es ofrecérselo bajo la forma de un intenso
    desarrollo de voluptuosidad espiritual. Si ello me produce,
    además, un placer sexual, creo tener derecho a considerarlo
    como una pequeña compensación de los tremendos padeci-
    mientos y privaciones que desde hace muchos años vienen
    siéndome impuestos.»

    (Pág. 284): «Basándome en todos estos descubrimientos,
    creo poder afirmar que Dios no se decidiría nunca a retirarse
    de mí, lo cual empeoraría considerablemente mi estado físico
    y me haría, además, entregarme sin la menor resistencia a
    desempeñar el papel de una mujer que cohabitase conmigo
    mismo y a fijar de continuo mis ojos en el cuerpo de la mujer
    y contemplar constantemente imágenes femeninas, etc.»

    Los dos fragmentos capitales del delirio de Schreber, su
    transformación en mujer y su preferente situación ante Dios,
    aparecen enlazados en su sistema por su actitud femenina
    con respecto a Dios. Se nos impone, pues, la labor de esta-
    blecer entre ambos fragmentos una relación genética
    esencial, pues si no, habríamos llegado, con nuestras expli-
    caciones del delirio de Schreber, a la situación ridícula que
    Kant describe en su famosa comparación de la «Crítica de la
    razón pura», esto es, a la del hombre que sostiene la vasija
    mientras el otro ordeña al macho cabrío.