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    Los médicos que no ejercemos nuestra profesión en esta-
    blecimientos de carácter público tropezamos con grandes di-
    ficultades para la investigación analítica de la paranoia. No
    podemos admitir en nuestra consulta a tales enfermos ni, en
    todo caso, retenerlos por mucho tiempo, pues no aplicamos
    nuestro tratamiento sino cuando esperamos obtener con él
    algún efecto terapéutico. En consecuencia, sólo en casos ex-
    cepcionales he podido lograr una visión algo profunda de la
    estructura de la paranoia, bien porque la inseguridad del
    diagnóstico, no siempre fácil, justificara una tentativa analíti-
    ca, o porque los mismos familiares del enfermo hubieron de
    pedirme que lo sometiera a tratamiento durante algún tiem-
    po, a pesar de la seguridad del diagnóstico. Por lo demás,
    veo, naturalmente, numerosos enfermos paranoicos y demen-
    tes que me ilustran sobre su enfermedad tanto como a los
    demás psiquiatras. Pero ello no basta, en general, para de-
    ducir conclusiones psicoanalíticas.
    La investigación psicoanalítica de la paranoia sería total-
    mente imposible si los enfermos no presentaran la peculiari-
    dad de revelar espontáneamente, aunque alterado por la de-
    formación, aquello que los demás neuróticos ocultan como
    su más íntimo secreto. Dado que los paranoicos no pueden
    ser obligados a vencer sus resistencias internas y sólo dicen
    lo que quieren decir, resulta factible sustituir en esta enfer-
    medad el conocimiento personal del enfermo por la descrip-
    ción escrita o impresa de su historial patológico. No creo,
    por lo tanto, inadecuado, enlazar interpretaciones analíticas
    al historial patológico de un paranoico (dementia paranoides)
    al que jamás he visto, pero que ha escrito y publicado la his-
    toria de su enfermedad.

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    Trátase del doctor en Derecho Daniel Pablo Schreber,
    magistrado de los Tribunales de Sajonia, cuyas «Memorias
    de un neurótico» aparecieron en 1903, despertando, si mis
    informes son exactos, gran interés entre los psiquiatras. Es
    posible que el doctor Schreber viva todavía, y encontrán-
    dose ya muy alejado de los delirios que en 1903 describía,
    no le sean gratas estas observaciones sobre su libro. Pero en
    cuanto su personalidad actual se conserve idéntica a la ante-
    rior ha de serme lícito invocar aquellos argumentos que él
    mismo, «hombre de inteligencia superior, entendimiento sin-
    gularmente agudo y precisas dotes de observación» 1), opo-
    nía a los esfuerzos realizados para hacerle desistir de la pu-
    blicación de sus memorias: «No se me ocultan los inconve-
    nientes que parecen oponerse a la publicación de mi libro.
    El mayor de ellos estriba en la consideración debida a per-
    sonas que viven todavía. Mas, por otro lado, creo muy con-
    veniente para la ciencia y para el conocimiento de ciertas
    verdades religiosas hacer posible aún durante mi vida la
    observación de mi cuerpo y de mis destinos por personas
    peritas. Ante esta reflexión se desvanecen todas las conside-
    raciones personales». En otro lugar de su libro manifiesta
    haberse decidido a publicarlo aun cuando su médico, el doc-
    tor Flechsig, de Leipzig, le llevara ante los tribunales. En
    este punto atribuye a Flechsig una serena comprensividad
    que ahora puedo yo atribuirle a él: «Espero – escribe – que
    el interés científico de mis memorias venza en el doctor
    Flechsig posibles susceptibilidades personales».

    Aunque en las páginas que siguen citaré textualmente
    aquellos pasajes de las «Memorias» que apoyan mis inter-
    pretaciones, ruego, sin embargo, al lector, que repase prime-
    ro, siquiera sea ligeramente, el libro de Schreber.


    1)Tal es la descripción, no del todo injustificada seguramente,
    que el propio Schreber hace de su personalidad intelectual en sus
    «Memorias» (pág. 35).