S.
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Una tal modificación de las leyes vigentes dependerá
de personas que no están obligadas a conocer las particula-
ridades del tratamiento analítico. A nosotros correspon-
derá, pues, instruir sobre la materia a tales personas, a las
que suponemos ajenas al análisis y totalmente imparciales.
Lamentamos, desde luego, no poder hacerlas testigos de
un tratamiento de este orden; pero la «situación analítica»
no tolera la presencia de un tercero. Por otro lado, las dis-
tintas sesiones de un tratamiento alcanzan valores muy di-
ferentes, y un tal espectador imperito, que llegara a pre-
senciar una sesión cualquiera, no recibiría impresión alguna
ajustada, correría el peligro de no comprender de lo que se
trataba entre el analítico y el paciente, o se aburriría. Habrá,
pues, de contentarse con nuestra información, que tratare-
mos de concretar en forma que inspire máximo crédito.Supongamos un enfermo aquejado de bruscos cambios
de estado de ánimo, que no logra dominar, de una teme-
rosa indecisión que paraliza sus energías, haciéndole ima-
ginarse incapaz de realizar nada a derechas, o de una an-
gustiosa sensación de embarazo ante personas extrañas.
Siente, por ejemplo, aunque sin comprender la razón, que
el ejercicio de su profesión se le hace cada vez más difí-
cil, siéndole casi imposible tomar resoluciones o iniciati-
vas de importancia. Un día, sin saber por qué, ha sufrido
un penoso ataque de angustia, y desde entonces, no puede,
sin gran esfuerzo, ir solo por la calle o viajar en ferrocarril,
habiendo llegado quizá a renunciar en absoluto a ello.S.
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O, cosa singular, sus ideas siguen caminos propios, sin de-
jarse guiar por su voluntad, persiguen problemas que le
son absolutamente indiferentes, pero de los cuales le es
imposible apartar su pensamiento, y le plantean tareas ab-
surdas y ridículas, tales como la de contar las ventanas de
las casas. En actos sencillísimos–cerrar la llave del gas o
echar una carta al buzón–le asalta, momentos después, la
duda de si realmente los ha realizado o no. Estos trastor-
nos son ya harto enfadosos, pero cuando el estado del
sujeto llega a ser intolerable, es cuando, de repente, se en-
cuentra con que no puede rechazar la idea de haber em-
pujado a un niño bajo las ruedas de un carruaje, haber
arrojado al agua a un desconocido o ser él el asesino que
la policía busca como autor del crimen descubierto aquella
mañana. Todo ello le parece insensato; sabe muy bien que
jamás ha hecho daño a nadie, pero la sensación que le
atormenta–el sentimiento de culpabilidad–no sería más
intenso si realmente fuera él el asesino buscado.Las perturbaciones de este orden revisten muy diver-
sas formas y atacan a los más diferentes órganos. Supon-
gamos que se trata ahora de una mujer. Es una excelente
pianista, pero sus dedos se contraen al ir a tocar y la
rehusan sus servicios. Cuando piensa asistir a una reunión,
siente en el acto una necesidad natural, cuya satisfacción
le sería imposible realizar en público. Ha renunciado, pues,
a asistir a reuniones, bailes, teatros y conciertos. En las
ocasiones más inoportunas, se ve aquejada de violentas
jaquecas y otras diversas sensaciones dolorosas. A veces,
se le presentan vómitos incoercibles, que la impiden tomar
el menor alimento, situación que, a la larga, puede tener
graves consecuencias. Por último, aparece incapacitada-
para resistir cualquier contrariedad de las que nunca faltan
en la vida, pues pierde, en tales ocasiones, el conocimiento
y sufre, muchas veces, convulsiones musculares, que re-
cuerdan inquietantes estados patológicos.S.
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En otros enfermos, la perturbación recae sobre un sec-
tor en el que la vida sentimental exige al soma determinadas
funciones. Los sujetos masculinos se encuentran incapaci-
tados para dar expresión física a los tiernos sentimientos
que les inspira una determinada persona de sexo contra-
rio, disponiendo, en cambio, de todas sus reacciones,
cuando se trata de personas menos queridas. O bien su
sensualidad se enlaza exclusivamente a personas a las que
desprecian y de quienes quisieran libertarse, o les impone
condiciones cuyo cumplimiento les repugna. Los sujetos
femeninos se ven vedada la satisfacción de las exigencias
de la vida sensual, por sensaciones de angustia o repug-
nancia o por obstáculos desconocidos, o cuando ceden al
amor, no encuentran en él el placer que la naturaleza ofre-
ce como premio a tal docilidad.Todas estas personas se reconocen enfermas y buscan
a aquellos médicos de quienes puede esperarse la supre-
sión de tales trastornos nerviosos. Los médicos saben tam-
bién las categorías en las que se incluyen estos padeci-
mientos y los diagnostican, según sus respectivos puntos
de vista, con diversos nombres: neurastenia, psicastenia,
fobias, neurosis obsesiva o histeria. Reconocen los órga-
nos que manifiestan los síntomas: el corazón, el estómago,
el intestino y los genitales, y los encuentran sanos. Acon-
sejan la interrupción de la vida habitual del paciente, curas
de reposo, tónicos, etc., y sólo consiguen con ello, cuando
más, un alivio pasajero. Por último, oyen los enfermos,
que hay personas dedicadas especialmente al tratamiento
de tales dolencias, y, buscando una de ellas, se someten al
análisis.Nuestro sujeto imparcial, al que suponemos presente,
ha dado muestras de impaciencia mientras desarrollábamos
la relación que antecede, de los síntomas patológicos de
los nerviosos. Mas, ahora, redobla su atención y se expre-
sa en la siguiente forma: «Vamos a ver, por fin, qué es loS.
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que el analítico emprende con el paciente al que el médico
no ha podido auxiliar».Pues bien; el analítico no hace más que entablar un
diálogo con el paciente.No usa instrumentos, ni siquiera para reconocer, ni re-
ceta medicamento alguno, e incluso, si las circunstancias
lo permiten, deja al paciente dentro de su círculo y medio
familiares mientras dura el tratamiento, sin que ello sea,
desde luego, condición precisa, ni tampoco posible en to-
dos los casos. El analítico recibe al paciente a una hora
determinada, le deja hablar, le escucha, le habla a su vez,
y le deja escucharle.La fisonomía de nuestro interlocutor imparcial toma aquí
una expresión de curiosidad satisfecha a la que se mezcla
algo de desprecio, como si pensara: —¿Nada más que eso?
Palabras, palabras y palabras, como dice Hamlet—, y re-
cuerda seguramente la irónica tirada en que Mefistófeles
habla de cuán fácilmente se arregla todo con palabras, ver-
sos que jamás olvidará ya ningún alemán. Luego añade:
«Se trata, pues, de una especie de conjuro mágico.
Ante las palabras del analítico desaparece el mal.»Sería efectivamente cosa de magia y tendría así plena
razón nuestro interlocutor, si el efecto fuese rápido. La
magia tiene por condición la rapidez, o mejor dicho aún,
la instantaneidad del efecto. Pero los tratamientos psico-
analíticos precisan meses y hasta años. Una magia tan len-
ta pierde todo carácter maravilloso. Por lo demás, no de-
bemos desdeñar la palabra, poderoso instrumento,
por medio del cual podemos comunicar nuestros sentimien-
tos a los demás y adquirir influencia sobre ellos. Al prin-
cipio fué, ciertamente, el acto; el verbo—la palabra—vino
después y ya fué, en cierto modo, un progreso cultural el
que el acto se amortiguara, haciéndose palabra. Pero la
palabra fué primitivamente un conjuro, un acto mágico, y
conserva aún mucho de su antigua fuerza.S.
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Nuestro interlocutor continúa: «Supongamos que le
paciente está tan poco preparado como yo para la com-
prensión del tratamiento psicoanalítico; ¿cómo puede usted
hacerle creer en la fuerza mágica de las palabras, que ha
de librarle de su enfermedad?»Naturalmente, hay que prepararle, y para ello se nos
ofrece un camino sencillísimo. Le pedimos que sea total y
absolutamente sincero con su analítico, sin retener, inten-
cionadamente, nada de lo que surja en su pensamiento, y
más adelante, que se sobreponga a todas aquellas conside-
raciones que le impulsen a excluir de la comunicación de-
terminados pensamientos o recuerdos. Todo hombre tiene
perfecta conciencia de encerrar en su pensamiento cosas
que nunca, o sólo a disgusto, comunicaría a otros. Son
éstas, sus «intimidades». Sospecha también, cosa que
constituye un gran progreso en el conocimiento psicoló-
gico de sí mismo, que existen otras cosas que no quisiera
uno confesarse a sí mismo, que se oculta uno a sí
propio y que expulsa de su pensamiento en cuanto, por
acaso, emergen. Quizá llega incluso a observar el princi-
pio de un singular problema psicológico en el hecho de
tener que ocultar a su mismo Yo, un pensamiento propio.
Resulta así, como si su Yo no fuera la unidad que él siem-
pre ha creído y hubiera en él, algo distinto, que pudiera
oponerse a tal Yo, y de este modo, se le anuncia obscura-
mente, algo como una contradicción entre el Yo y una vida
anímica más amplia. Cuando ahora acepta la demanda
analítica de decirlo todo, se hace fácilmente accesible a la
esperanza de que un intercambio de ideas, desarrollado
bajo premisas tan desusadas, puede muy bien provocar
efectos singulares.«Comprendo», dice nuestro imparcial oyente, «supone
usted que todo nervioso oculta algo que pesa sobre él, un
secreto; y dándole ocasión de revelarlo, le descarga usted
de tal peso y alivia su mal. No se trata, pues, sino delS.
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principio de la confesión, utilizado de antiguo por la Iglesia
católica para asegurarse el dominio sobre los espíritus».Sí y no, hemos de replicar. La confesión forma parte
del análisis, pero sólo como su iniciación primera, sin que
tenga afinidad ninguna con su esencia, ni mucho menos
explique su efecto. En la confesión, dice el pecador lo que
sabe; en el análisis, el neurótico ha de decir algo más. Por
otra parte, tampoco sabemos que la confesión haya tenido
jamás el poder de suprimir síntomas patológicos directos.«Entonces no lo entiendo», se nos responde. «¿Qué
significa eso de decir más de lo que se sabe? Lo único
que puedo imaginarme es que el analítico adquiere sobre
el paciente una influencia más fuerte que el confesor sobre
el penitente, por ocuparse de él más larga, intensa e indi-
vidualmente, y que utiliza esta más enérgica influencia
para libertarle de sus ideas patológicas, disipar sus temo-
res, etc. Sería harto singular, que también se consiguiese
dominar por este medio, fenómenos puramente somáti-
cos, tales como vómitos, diarreas y convulsiones, pero ya
sé que también es posible conseguir este resultado en su-
jetos hipnotizados. Probablemente, y aunque sin preten-
derlo, consigue usted, en su labor analítica, establecer, con
el paciente, una semejante relación hipnótica, un enlace
sugestivo a su persona, y entonces, los milagros de su te-
rapia no son sino efectos de la sugestión hipnótica. Pero,
que yo sepa, la terapia hipnótica labora mucho más rápi-
damente que su análisis, el cual, como usted ha dicho,
dura meses enteros y hasta años.»Observamos que nuestro imparcial interlocutor no es
tan lego en la materia como al principio le supusimos. In-
dudablemente, se esfuerza en llegar a la comprensión de
la psicoanálisis con ayuda de sus conocimientos anterio-
res, enlazándola con algo que le es ya conocido. Se nos
plantea ahora la difícil labor de hacerle ver que tal intento
se halla condenado al fracaso, por ser el análisis un proce-S.
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dimiento sui generis, algo nuevo y singularísimo, a
cuya comprensión sólo puede llegarse con ayuda de cono-
cimientos–o si se quiere hipótesis–totalmente nuevos.
Mas ante todo, habremos de dar respuesta a su última ob-
servación:Es, ciertamente, muy digna de tenerse en cuenta su in-
dicación sobre la influencia personal del analítico. Tal in-
fluencia existe desde luego, y desempeña en el análisis un
papel muy importante, pero distinto en absoluto del que
desempeña en el hipnotismo. No sería difícil demostrar
que se trata de situaciones completamente diferentes. Bas-
tará hacer observar que en el análisis no utilizamos dicha
influencia personal–el factor «sugestivo»–, para vencer
los síntomas patológicos, como sucede en el hipnotismo, y
además, que sería erróneo creer que tal factor constituía la
base y el motor del tratamiento. Al principio, sí; pero más
tarde, lo que hace es oponerse a nuestras intenciones ana-
líticas, forzándonos a tomar amplias medidas defensivas.
También quisiéramos demostrar con un ejemplo cuán
lejos de nuestra técnica analítica se halla toda tentativa de
desviar las ideas del enfermo o convencerle de su false-
dad. Así, cuando nuestro paciente sufre de un sentimiento
de culpabilidad, como si hubiera cometido un crimen, no
le aconsejamos que se sobreponga a este tormento de su
conciencia acentuando su indudable inocencia, pues esto
ya lo ha intentado él sin resultado alguno. Lo que hace
mos es advertirle que una sensación tan intensa y resis-
tente ha de hallarse basada en algo real, que quizá pueda
ser descubierto.«Me asombrará», opina aquí nuestro imparcial inter-
locutor, «que con una tal confirmación de la realidad del
sentimiento de culpa consigan ustedes mitigarlo. ¿Pero
cuáles son sus intenciones analíticas, y qué emprenden us-
tedes con el paciente?»
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El anális profano1926-002/1928.es
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