El anális profano1926-002/1928.es
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    Una tal modificación de las leyes vigentes dependerá
    de personas que no están obligadas a conocer las particula-
    ridades del tratamiento analítico. A nosotros correspon-
    derá, pues, instruir sobre la materia a tales personas, a las
    que suponemos ajenas al análisis y totalmente imparciales.
    Lamentamos, desde luego, no poder hacerlas testigos de
    un tratamiento de este orden; pero la «situación analítica»
    no tolera la presencia de un tercero. Por otro lado, las dis-
    tintas sesiones de un tratamiento alcanzan valores muy di-
    ferentes, y un tal espectador imperito, que llegara a pre-
    senciar una sesión cualquiera, no recibiría impresión alguna
    ajustada, correría el peligro de no comprender de lo que se
    trataba entre el analítico y el paciente, o se aburriría. Habrá,
    pues, de contentarse con nuestra información, que tratare-
    mos de concretar en forma que inspire máximo crédito.

    Supongamos un enfermo aquejado de bruscos cambios
    de estado de ánimo, que no logra dominar, de una teme-
    rosa indecisión que paraliza sus energías, haciéndole ima-
    ginarse incapaz de realizar nada a derechas, o de una an-
    gustiosa sensación de embarazo ante personas extrañas.
    Siente, por ejemplo, aunque sin comprender la razón, que
    el ejercicio de su profesión se le hace cada vez más difí-
    cil, siéndole casi imposible tomar resoluciones o iniciati-
    vas de importancia. Un día, sin saber por qué, ha sufrido
    un penoso ataque de angustia, y desde entonces, no puede,
    sin gran esfuerzo, ir solo por la calle o viajar en ferrocarril,
    habiendo llegado quizá a renunciar en absoluto a ello.

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    O, cosa singular, sus ideas siguen caminos propios, sin de-
    jarse guiar por su voluntad, persiguen problemas que le
    son absolutamente indiferentes, pero de los cuales le es
    imposible apartar su pensamiento, y le plantean tareas ab-
    surdas y ridículas, tales como la de contar las ventanas de
    las casas. En actos sencillísimos–cerrar la llave del gas o
    echar una carta al buzón–le asalta, momentos después, la
    duda de si realmente los ha realizado o no. Estos trastor-
    nos son ya harto enfadosos, pero cuando el estado del
    sujeto llega a ser intolerable, es cuando, de repente, se en-
    cuentra con que no puede rechazar la idea de haber em-
    pujado a un niño bajo las ruedas de un carruaje, haber
    arrojado al agua a un desconocido o ser él el asesino que
    la policía busca como autor del crimen descubierto aquella
    mañana. Todo ello le parece insensato; sabe muy bien que
    jamás ha hecho daño a nadie, pero la sensación que le
    atormenta–el sentimiento de culpabilidad–no sería más
    intenso si realmente fuera él el asesino buscado.

    Las perturbaciones de este orden revisten muy diver-
    sas formas y atacan a los más diferentes órganos. Supon-
    gamos que se trata ahora de una mujer. Es una excelente
    pianista, pero sus dedos se contraen al ir a tocar y la
    rehusan sus servicios. Cuando piensa asistir a una reunión,
    siente en el acto una necesidad natural, cuya satisfacción
    le sería imposible realizar en público. Ha renunciado, pues,
    a asistir a reuniones, bailes, teatros y conciertos. En las
    ocasiones más inoportunas, se ve aquejada de violentas
    jaquecas y otras diversas sensaciones dolorosas. A veces,
    se le presentan vómitos incoercibles, que la impiden tomar
    el menor alimento, situación que, a la larga, puede tener
    graves consecuencias. Por último, aparece incapacitada-
    para resistir cualquier contrariedad de las que nunca faltan
    en la vida, pues pierde, en tales ocasiones, el conocimiento
    y sufre, muchas veces, convulsiones musculares, que re-
    cuerdan inquietantes estados patológicos.

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    En otros enfermos, la perturbación recae sobre un sec-
    tor en el que la vida sentimental exige al soma determinadas
    funciones. Los sujetos masculinos se encuentran incapaci-
    tados para dar expresión física a los tiernos sentimientos
    que les inspira una determinada persona de sexo contra-
    rio, disponiendo, en cambio, de todas sus reacciones,
    cuando se trata de personas menos queridas. O bien su
    sensualidad se enlaza exclusivamente a personas a las que
    desprecian y de quienes quisieran libertarse, o les impone
    condiciones cuyo cumplimiento les repugna. Los sujetos
    femeninos se ven vedada la satisfacción de las exigencias
    de la vida sensual, por sensaciones de angustia o repug-
    nancia o por obstáculos desconocidos, o cuando ceden al
    amor, no encuentran en él el placer que la naturaleza ofre-
    ce como premio a tal docilidad.

    Todas estas personas se reconocen enfermas y buscan
    a aquellos médicos de quienes puede esperarse la supre-
    sión de tales trastornos nerviosos. Los médicos saben tam-
    bién las categorías en las que se incluyen estos padeci-
    mientos y los diagnostican, según sus respectivos puntos
    de vista, con diversos nombres: neurastenia, psicastenia,
    fobias, neurosis obsesiva o histeria. Reconocen los órga-
    nos que manifiestan los síntomas: el corazón, el estómago,
    el intestino y los genitales, y los encuentran sanos. Acon-
    sejan la interrupción de la vida habitual del paciente, curas
    de reposo, tónicos, etc., y sólo consiguen con ello, cuando
    más, un alivio pasajero. Por último, oyen los enfermos,
    que hay personas dedicadas especialmente al tratamiento
    de tales dolencias, y, buscando una de ellas, se someten al
    análisis.

    Nuestro sujeto imparcial, al que suponemos presente,
    ha dado muestras de impaciencia mientras desarrollábamos
    la relación que antecede, de los síntomas patológicos de
    los nerviosos. Mas, ahora, redobla su atención y se expre-
    sa en la siguiente forma: «Vamos a ver, por fin, qué es lo

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    que el analítico emprende con el paciente al que el médico
    no ha podido auxiliar».

    Pues bien; el analítico no hace más que entablar un
    diálogo con el paciente.

    No usa instrumentos, ni siquiera para reconocer, ni re-
    ceta medicamento alguno, e incluso, si las circunstancias
    lo permiten, deja al paciente dentro de su círculo y medio
    familiares mientras dura el tratamiento, sin que ello sea,
    desde luego, condición precisa, ni tampoco posible en to-
    dos los casos. El analítico recibe al paciente a una hora
    determinada, le deja hablar, le escucha, le habla a su vez,
    y le deja escucharle.

    La fisonomía de nuestro interlocutor imparcial toma aquí
    una expresión de curiosidad satisfecha a la que se mezcla
    algo de desprecio, como si pensara: —¿Nada más que eso?
    Palabras, palabras y palabras, como dice Hamlet—, y re-
    cuerda seguramente la irónica tirada en que Mefistófeles
    habla de cuán fácilmente se arregla todo con palabras, ver-
    sos que jamás olvidará ya ningún alemán. Luego añade:
    «Se trata, pues, de una especie de conjuro mágico.
    Ante las palabras del analítico desaparece el mal.»

    Sería efectivamente cosa de magia y tendría así plena
    razón nuestro interlocutor, si el efecto fuese rápido. La
    magia tiene por condición la rapidez, o mejor dicho aún,
    la instantaneidad del efecto. Pero los tratamientos psico-
    analíticos precisan meses y hasta años. Una magia tan len-
    ta pierde todo carácter maravilloso. Por lo demás, no de-
    bemos desdeñar la palabra, poderoso instrumento,
    por medio del cual podemos comunicar nuestros sentimien-
    tos a los demás y adquirir influencia sobre ellos. Al prin-
    cipio fué, ciertamente, el acto; el verbo—la palabra—vino
    después y ya fué, en cierto modo, un progreso cultural el
    que el acto se amortiguara, haciéndose palabra. Pero la
    palabra fué primitivamente un conjuro, un acto mágico, y
    conserva aún mucho de su antigua fuerza.

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    Nuestro interlocutor continúa: «Supongamos que le
    paciente está tan poco preparado como yo para la com-
    prensión del tratamiento psicoanalítico; ¿cómo puede usted
    hacerle creer en la fuerza mágica de las palabras, que ha
    de librarle de su enfermedad?»

    Naturalmente, hay que prepararle, y para ello se nos
    ofrece un camino sencillísimo. Le pedimos que sea total y
    absolutamente sincero con su analítico, sin retener, inten-
    cionadamente, nada de lo que surja en su pensamiento, y
    más adelante, que se sobreponga a todas aquellas conside-
    raciones que le impulsen a excluir de la comunicación de-
    terminados pensamientos o recuerdos. Todo hombre tiene
    perfecta conciencia de encerrar en su pensamiento cosas
    que nunca, o sólo a disgusto, comunicaría a otros. Son
    éstas, sus «intimidades». Sospecha también, cosa que
    constituye un gran progreso en el conocimiento psicoló-
    gico de sí mismo, que existen otras cosas que no quisiera
    uno confesarse a sí mismo, que se oculta uno a sí
    propio y que expulsa de su pensamiento en cuanto, por
    acaso, emergen. Quizá llega incluso a observar el princi-
    pio de un singular problema psicológico en el hecho de
    tener que ocultar a su mismo Yo, un pensamiento propio.
    Resulta así, como si su Yo no fuera la unidad que él siem-
    pre ha creído y hubiera en él, algo distinto, que pudiera
    oponerse a tal Yo, y de este modo, se le anuncia obscura-
    mente, algo como una contradicción entre el Yo y una vida
    anímica más amplia. Cuando ahora acepta la demanda
    analítica de decirlo todo, se hace fácilmente accesible a la
    esperanza de que un intercambio de ideas, desarrollado
    bajo premisas tan desusadas, puede muy bien provocar
    efectos singulares.

    «Comprendo», dice nuestro imparcial oyente, «supone
    usted que todo nervioso oculta algo que pesa sobre él, un
    secreto; y dándole ocasión de revelarlo, le descarga usted
    de tal peso y alivia su mal. No se trata, pues, sino del

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    principio de la confesión, utilizado de antiguo por la Iglesia
    católica para asegurarse el dominio sobre los espíritus».

    Sí y no, hemos de replicar. La confesión forma parte
    del análisis, pero sólo como su iniciación primera, sin que
    tenga afinidad ninguna con su esencia, ni mucho menos
    explique su efecto. En la confesión, dice el pecador lo que
    sabe; en el análisis, el neurótico ha de decir algo más. Por
    otra parte, tampoco sabemos que la confesión haya tenido
    jamás el poder de suprimir síntomas patológicos directos.

    «Entonces no lo entiendo», se nos responde. «¿Qué
    significa eso de decir más de lo que se sabe? Lo único
    que puedo imaginarme es que el analítico adquiere sobre
    el paciente una influencia más fuerte que el confesor sobre
    el penitente, por ocuparse de él más larga, intensa e indi-
    vidualmente, y que utiliza esta más enérgica influencia
    para libertarle de sus ideas patológicas, disipar sus temo-
    res, etc. Sería harto singular, que también se consiguiese
    dominar por este medio, fenómenos puramente somáti-
    cos, tales como vómitos, diarreas y convulsiones, pero ya
    sé que también es posible conseguir este resultado en su-
    jetos hipnotizados. Probablemente, y aunque sin preten-
    derlo, consigue usted, en su labor analítica, establecer, con
    el paciente, una semejante relación hipnótica, un enlace
    sugestivo a su persona, y entonces, los milagros de su te-
    rapia no son sino efectos de la sugestión hipnótica. Pero,
    que yo sepa, la terapia hipnótica labora mucho más rápi-
    damente que su análisis, el cual, como usted ha dicho,
    dura meses enteros y hasta años.»

    Observamos que nuestro imparcial interlocutor no es
    tan lego en la materia como al principio le supusimos. In-
    dudablemente, se esfuerza en llegar a la comprensión de
    la psicoanálisis con ayuda de sus conocimientos anterio-
    res, enlazándola con algo que le es ya conocido. Se nos
    plantea ahora la difícil labor de hacerle ver que tal intento
    se halla condenado al fracaso, por ser el análisis un proce-

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    dimiento sui generis, algo nuevo y singularísimo, a
    cuya comprensión sólo puede llegarse con ayuda de cono-
    cimientos–o si se quiere hipótesis–totalmente nuevos.
    Mas ante todo, habremos de dar respuesta a su última ob-
    servación:

    Es, ciertamente, muy digna de tenerse en cuenta su in-
    dicación sobre la influencia personal del analítico. Tal in-
    fluencia existe desde luego, y desempeña en el análisis un
    papel muy importante, pero distinto en absoluto del que
    desempeña en el hipnotismo. No sería difícil demostrar
    que se trata de situaciones completamente diferentes. Bas-
    tará hacer observar que en el análisis no utilizamos dicha
    influencia personal–el factor «sugestivo»–, para vencer
    los síntomas patológicos, como sucede en el hipnotismo, y
    además, que sería erróneo creer que tal factor constituía la
    base y el motor del tratamiento. Al principio, sí; pero más
    tarde, lo que hace es oponerse a nuestras intenciones ana-
    líticas, forzándonos a tomar amplias medidas defensivas.
    También quisiéramos demostrar con un ejemplo cuán
    lejos de nuestra técnica analítica se halla toda tentativa de
    desviar las ideas del enfermo o convencerle de su false-
    dad. Así, cuando nuestro paciente sufre de un sentimiento
    de culpabilidad, como si hubiera cometido un crimen, no
    le aconsejamos que se sobreponga a este tormento de su
    conciencia acentuando su indudable inocencia, pues esto
    ya lo ha intentado él sin resultado alguno. Lo que hace
    mos es advertirle que una sensación tan intensa y resis-
    tente ha de hallarse basada en algo real, que quizá pueda
    ser descubierto.

    «Me asombrará», opina aquí nuestro imparcial inter-
    locutor, «que con una tal confirmación de la realidad del
    sentimiento de culpa consigan ustedes mitigarlo. ¿Pero
    cuáles son sus intenciones analíticas, y qué emprenden us-
    tedes con el paciente?»