S.
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II
Si hemos de hacernos comprender de usted—continua-
mos diciendo a nuestro interlocutor—habremos de expo-
nerle un fragmento de una teoría psicológica desconocida
o insuficientemente estimada fuera de los círculos analíti-
cos. De ella podremos deducir lo que nos proponemos
conseguir en beneficio de nuestros enfermos y cómo lo
alcanzamos. Vamos a exponerla dogmáticamente y como
si se tratara de una construcción ideológica terminada y
perfecta. Pero no vaya usted a creer que ha nacido ya así,
como un sistema filosófico. Por el contrario, la hemos
construído muy despacio, forjando laboriosamente cada
uno de sus elementos y modificándola de continuo en un
ininterrumpido contacto con la observación, hasta verla
adquirir por fin, una forma que nos parece bastar para
nuestros propósitos. Todavía hace algunos años hubiera
tenido que vestir esta teoría con distintos conceptos, sin
que tampoco pueda hoy asegurar que su actual expresión
haya de ser la última y definitiva. La ciencia no es revela-
ción, y aunque muy lejos ya de sus comienzos, carece
todavía de los caracteres de precisión, inmutabilidad e in-
falibilidad a los que aspira el pensamiento humano. Pero
así y todo, es lo único que poseemos. Si a ello, añade
usted, que nuestra disciplina es aún muy joven, habien-
do nacido casi con el siglo actual y que se ocupa de
una de las materias más arduas que pueden plante-
arse a la
investigación humana, no le será difícil adoptar la actitudS.
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justa para oirme. De todos modos, interrúmpame usted
siempre que no pueda seguirme o necesite más amplias
aclaraciones.«Voy a interrumpirle antes siquiera de empezar. Dice
usted que va a exponerme una nueva psicología. Ahora
bien, la psicología no es, ni con mucho, una ciencia nueva.
Ha habido muchos psicólogos y según recuerdo de mis
tiempos de estudiante, se han alcanzado ya en este sector
científico, rendimientos de gran importancia.»Rendimientos que no pienso, por mi parte, discutir.
Pero si los examina usted con algún detenimiento, verá
que deben ser adscritos más bien a la fisiología de los sen-
tidos. La psicología no ha podido desarrollarse porque se
lo ha impedido un error fundamental. ¿Qué comprende
hoy, tal y como es enseñada en los centros de cultura?
Aparte de los valiosos conocimientos antes mencionados,
pertenecientes a la fisiología de los sentidos, una cierta
cantidad de divisiones y definiciones de nuestros procesos
anímicos, que los usos del lenguaje han convertido en pro-
piedad común a todos los hombres cultos. Y esto no basta,
desde luego, para la concepción de nuestra vida psíquica.
¿No ha observado usted que cada filósofo, cada poeta,
cada historiador y cada biógrafo crean para su uso particu-
lar una teoría psicológica, y forjan hipótesis personales,
más o menos atractivas, pero siempre inconsistentes,
sobre la cohesión y los fines de los actos psíquicos? Falta
a todo ello un fundamento común. De aquí, también, que
en el terreno psicológico, no existan, por decirlo así, res-
peto ni autoridad algunos. Todo el mundo se considera
con derecho a opinar. Si plantea usted una cuestión de
física o de química, callarán todos los no especializados
en tales materias. En cambio, si arriesgamos una afirma-
ción psicológica, podemos estar seguros de que nadie de-
jará de emitir su juicio, favorable o adverso. Por lo visto,
no existen en este sector «conocimientos especiales».S.
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Todo el mundo tiene su vida anímica y se cree, por ello,
psicólogo. Pero a nuestro juicio, a título bien precario, re-
cordándonos la respuesta de aquella mujer, que fué a ofre-
cerse como aya, y al ser preguntada si tenía nociones de
cómo se debía tratar a los niños pequeños, exclamó un
tanto extrañada: ¡Naturalmente! También yo he sido niña
alguna vez.«¿Y ese «fundamento común» de la vida anímica, hasta
ahora desatendido por los psicólogos, cree usted haberlo
descubierto por medio de la observación de sus enfer-
mos?»No creo que tal origen quite valor a nuestros descubri-
mientos. La embriología, por ejemplo, no nos merecería
confianza alguna si no pudiese explicar satisfactoriamente
la génesis de las deformidades innatas. En cambio, le he
hablado a usted antes de casos en los que el pensamiento
sigue caminos independientes de la voluntad del sujeto,
obligándole a meditar sin descanso sobre problemas que le
son totalmente indiferentes: ¿Cree usted que la psicología
oficial ha podido jamás aportar algo a la explicación de
tales anomalías? Por último, todos podemos comprobar
que, mientras dormimos, sigue nuestro pensamiento cami-
nos propios y crea cosas que luego no comprendemos, y
que recuerdan ciertos productos patológicos. El vulgo ha
mantenido siempre la creencia de que los sueños significa-
ban algo y tenían un sentido y un valor propios. Pero la
psicología oficial no ha podido nunca indicar tal sentido de
los sueños. No ha sabido qué hacer con ellos, y cuando ha
intentado darles alguna explicación, ha sido siempre fuera
de todo carácter psicológico, refiriéndolos a estímulos sen-
soriales, a una distinta profundidad del reposo de las di-
versas partes del cerebro, etc. Ahora bien; una psicología
que no ha conseguido explicar los sueños, no ha de poder
tampoco proporcionarnos una explicación de la vida aní-
mica normal, ni tiene derecho alguno al nombre de ciencia.S.
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«Observo ahora en usted una cierta agresividad, indi
cio de que llegamos a un punto delicado. He oído, en efec
to, que el análisis da gran valor a los sueños, los interpre
ta, busca tras ellos recuerdos de sucesos reales, etc. Pero
también, que la interpretación de los sueños queda aban
donada al arbitrio del analítico y que éstos últimos no han
llegado todavía a un acuerdo sobre el modo de interpretar
los sueños, ni sobre la justificación de deducir de ellos
conclusiones. Si ello es así, no debe usted subrayar con
tanta energía la ventaja que el análisis ha alcanzado sobre
la psicología oficial.»Hay mucho de verdad en lo que acaba usted de de
cir. Es cierto que la interpretación de los sueños ha adqui
rido, tanto para la teoría como para la práctica del análisis,
una extraordinaria importancia. Si parezco agresivo es tan
sólo como medio de defensa. Pero si pienso en los des
trozos que algunos analíticos han causado con la inter
pretación de los sueños, me torno tímido y casi doy la ra
zón a nuestro gran satírico Nestroy cuando afirma que
todo progreso no es sino la mitad de lo que en un principio
se creyó. Ahora bien; ¿no es cosa sabida que los hombres
no hacen sino embrollar y destrozar todo lo que cae en sus
manos? Con un poco de prudencia y de disciplina pueden
evitarse la mayoría de los peligros de la interpretación
onírica. ¿Pero no cree usted que si continuamos divagando
como hasta ahora, no llegaré nunca a exponerle la teoría
anunciada?«Es cierto. Si no comprendí mal, se proponía usted ha
blarme de la hipótesis fundamental de la nueva psicología.»No era por ese punto por el que precisamente quería
comenzar. Antes me propongo exponerle la idea que en el
curso de nuestros estudios analíticos nos hemos formado
de la estructura del aparato anímico.«¿A qué da usted el nombre de aparato anímico y cuál
es su composición?»S.
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Pronto verá usted claramente lo que es el aparato aní
mico. En cambio, le ruego no me pregunte cuáles son los
materiales que lo componen.Es ésta una cuestión tan indiferente para la psicología
como puede serlo para la óptica el que las paredes de un
anteojo sean de metal o de cartón. Dejaremos, por lo tanto,
a un lado, el punto de vista material. No así, en cam-
bio, el espacial, que ha de sernos muy útil. Nos re-
presentamos, en efecto, el desconocido aparato dedicado a
las funciones anímicas, como un instrumento compuesto
de varias partes, a las que denominamos instancias, cada
una de las cuales cumple una función particular, teniendo
todas, entre sí, una relación espacial fija. Esta relación es-
pacial, o sea la determinada por los conceptos de «delan-
te», «detrás», «superficial» y «profundo», no tiene en un
principio, para nosotros, más sentido que el de una repre-
sentación de la sucesión regular de las funciones. ¿Me
hago entender todavía?«Apenas. Quizá luego vaya viendo más claro; pero de
todos modos, he de observarle que me presenta usted aquí
una singular anatomía del alma, inusitada ya entre los in-
vestigadores físicos.»¡Qué quiere usted! Se trata de una representación
auxiliar como tantas otras usadas en las ciencias. Las pri-
meras han sido siempre algo groseras. «Open to revision»,
hay que decir en estos casos. Pero no creo siquiera nece-
sario acogerme al ya popular «como si». El valor de una
tal ficción—como la denominaría el filoso Vahinger—de-
pende de la utilidad que nos reporte.Continuemos: Reconocemos en el hombre una organi-
zación anímica interpolada entre sus estímulos sensoriales
y la percepción de sus necesidades físicas, de un lado, y
de otro, sus actos motores, sirviendo, con un propósito
determinado, de mediadora entre tales dos sectores. A esta
organización psíquica que reconocemos en el hombre, laS.
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EL ANÁLISIS PROFANO
denominamos su Yo. No es esto ninguna novedad. Todos
los hombres cultos aceptan esta hipótesis, aunque no sean
filósofos, y algunos, a pesar de serlo. Pero con esto no
creemos haber agotado la descripción del aparato anímico.
Además de la existencia de este Yo, reconocemos la de otro
sector psíquico, más amplio, importante y obscuro que
el Yo, sector al que denominamos el Ello. Vamos, ante
todo, a ocuparnos de la relación entre ambos.En psicología, sólo por medio de comparaciones nos es
posible describir, circunstancia nada singular, pues se da
igualmente en otros sectores. Pero también hemos de cam-
biar constantemente de comparaciones; ninguna nos dura
mucho. Así, pues, si he de hacer suficientemente clara la
relación entre el Yo y el Ello, le ruego se represente al Yo
como una especie de fachada del Ello, esto es, como un
primer plano, un estrato exterior o una corteza del mismo.
Conservemos esta última comparación. Sabido es que las
capas corticales deben sus cualidades particulares a la
influencia modificativa del medio exterior con el que están
en contacto. Nos representamos, pues, al Yo, como la capa
exterior del aparato anímico, del Ello, modificada por la
influencia del mundo exterior (de la realidad). Irá usted
viendo ya cuán seriamente utilizamos en la psicoanálisis
los conceptos espaciales. El Yo es realmente, para nos-
otros, lo superficial, y el Ello lo profundo, claro es que
considerados desde fuera. El Yo se encuentra entre la rea-
lidad y el Ello, lo propiamente anímico.«No quiero preguntarle todavía cómo puede saberse
todo eso. Pero dígame qué le obliga a usted establecer esa
distinción de un Yo y un Ello.»Su pregunta me indica el camino por el que debo se-
guir. Lo importante es, en efecto, saber que el Yo y el Ello
se diferencian considerablemente en varios puntos. En el
Yo, el curso de los actos psíquicos es regido por reglas
distintas que en el Ello; y además el Yo persigue otrosS.
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fines y con distintos medios. Sobre esto habría mucho que
decir, pero creo que bastarán una nueva comparación y un
ejemplo. Piense usted en la diferencia entre el frente de
combate y el resto del país, durante la guerra. No nos ex
trañaba entonces que, en el frente, llevase todo un ritmo
distinto, ni que en la retaguardia se permitiesen muchas
cosas que en el frente habían de ser prohibidas. La influen
cia determinante era, naturalmente, la proximidad del ene
migo. Para el alma, tal influjo es la proximidad del mundo
exterior. Exterior, extranjero y enemigo, fueron un día
conceptos idénticos. Ahora el ejemplo: En el Ello, no hay
conflictos. Las contradicciones y las antítesis subsisten im
pertérritas lado a lado y se resuelven, con frecuencia, por
medio de transacciones. El Yo experimenta en tales casos
un conflicto que ha de ser resuelto, y la solución consiste
en abandonar una tendencia en obsequio a la otra. El Yo
es una organización que se caracteriza por una singular
aspiración a la unidad, a la síntesis, carácter que falta en
absoluto al Ello, el cual carece, por decirlo así, de coheren
cia; sus distintas tendencias persiguen sus fines indepen
dientemente unas de otras y sin atenderse entre sí.«¿Pero si realmente existe un «hinterland» psíquico tan
importante, cómo se explica que haya permanecido incóg
nito hasta la época del análisis?»Con esto volvemos a una de sus preguntas anteriores.
La psicología se había cerrado el acceso al sector del Ello,
manteniendo una hipótesis que, en un principio, parece
aceptable, pero que resulta insostenible. Es esta hipótesis,
la de que todos los actos anímicos son conscientes, siendo
la conciencia la característica de lo psíquico, y que si exis
ten en nuestro cerebro procesos no conscientes, no mere
cen el nombre de actos psíquicos ni interesan para nada a
la psicología.«A mi juicio es ésta la posición más lógica.»
Así opinan también los psicólogos. Pero no es difícil
S.
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demostrar que es absolutamente falsa, constituyendo una
diferenciación por completo inadecuada. La auto-
observación más superficial nos enseña que podemos tener ocu-
rrencias que no pueden haber surgido sin una previa pre-
paración. Ahora bien; de estos grados primarios de
nuestro propio pensamiento que, desde luego, han debido
ser también de naturaleza psíquica, no tenemos la menor
noticia, y en nuestra conciencia aparece sólo el resultado.
A veces, logramos hacer conscientes, a posteriori, tales
productos mentales preparatorios.«Lo más probable es que la atención se hallase desvia-
da y no advirtiésemos así dichos preparativos.»Evasivas con las que no se logra eludir el hecho de que
puedan desarrollarse en nosotros, actos de naturaleza psí-
quica, a veces muy complicados, de los que ninguna noti-
cia tiene nuestra conciencia ni llegamos a saber nada. ¿O
está usted dispuesto a aceptar que un poco más o un poco
menos de «atención» basta para transformar un acto no
psíquico en un acto psíquico? ¿Mas para qué discutir?
Existen experimentos hipnóticos en los cuales queda de-
mostrada irrebatiblemente la existencia de tales pensamien-
tos no conscientes.«No quiero negarlo. Pero creo que por fin llego a com-
prenderle. Lo que usted denomina el Yo, es la conciencia,
y su Ello es lo subconsciente, tan discutido en estos tiem-
pos. ¿Mas para qué ponerles nuevos motes?»No se trata de poner nuevos motes. Es que los otros nom-
bres son absolutamente inutilizables. Y no intente usted
venirme ahora con literatura en lugar de ciencia. Cuando
alguien me habla de lo subconsciente, no acierto a saber si
se refiere, tópicamente, a algo que se encuentra en el
alma, por debajo de la conciencia, o cualitativamente, a
otra conciencia, a una especie de conciencia subterránea.
Lo más probable es que el mismo que emplea tal palabra
no vea claramente su alcance. La única antítesis admisibleS.
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es la de lo consciente y lo inconsciente. Ahora bien; sería
un error de graves consecuencias creer que esta antítesis
coincide con la diferenciación de un Yo y un Ello. Por mi
parte, lo celebraría mucho, pues tal coincidencia facilitaría
en extremo el camino de nuestra teoría, pero no es así.
Todo lo que sucede en el Ello, es y permanece incons-
ciente y sólo los procesos desarrollados en el Yo pue-
den llegar a ser conscientes. Pero no todos, ni siempre,
ni necesariamente, pues partes muy considerables del Yo
pueden permanecer inconscientes duraderamente.El devenir consciente un proceso anímico es algo harto
complicado. No puedo por menos de exponerle—de nuevo
dogmáticamente—nuestras hipótesis sobre el caso. Recor-
dará usted mi anterior descripción del Yo como la capa ex-
terior, periférica del Ello. Suponemos, ahora, que en la
superficie más externa de este Yo, se encuentra una ins-
tancia especial, directamente vuelta hacia el mundo exte-
rior, un sistema, un órgano, cuyo estímulo produce el fe-
nómeno al que damos el nombre de conciencia. Este
órgano puede ser estimulado, tanto desde el exterior, por
los estímulos del mundo externo, que llegan a él con ayuda
de los órganos sensoriales, como desde el interior, por las
sensaciones surgidas en el Ello o los procesos desarrolla-
dos en el Yo.«Esto se hace cada vez más complicado y escapa cada
vez más a mi inteligencia. Me ha invitado usted a una con-
versación sobre el problema de si los profanos en medicina
pueden emprender un tratamiento analítico. Sobran, pues,
todas sus explicaciones de teorías obscuras y arriesgadas
de cuya justificación no logrará usted convencerme.»Sé que no me será posible convencerle. Está fuera de
toda posibilidad, y por lo tanto, fuera también de mis pro-
pósitos. Cuando damos a nuestros discípulos una clase
teórica de psicoanálisis, observamos la poca impresión
que en ellos hacen nuestras palabras. Escuchan las teoríasS.
25
EL ANALISIS PROFANO
analíticas con la misma frialdad que las demás abstraccio-
nes con que en su vida de estudiantes se les ha alimen-
tado. Por esta razón, exigimos que todo aquel que desea
practicar el análisis se someta antes, él mismo, a un aná-
lisis, y sólo en el curso del mismo, al experimentar en su
propia alma los procesos postulados por las teorías analíti-
cas, es cuando adquiere aquellas convicciones que han de
guiarle luego en su práctica analítica. ¿Cómo, pues, pu-
diera yo abrigar alguna esperanza de convencer a usted
de la exactitud de nuestras teorías, habiendo de limitarme
a su exposición incompleta, abreviada, y por lo tanto poco
transparente, sin reforzarla con sus propias experiencias
personales?Mi intención es muy otra. Entre nosotros, no se trata
de si el análisis es sabia o insensata, ni de si sus afirma-
ciones son exactas o groseramente erróneas. Desarrollo
ante usted nuestras teorías porque me parece el mejor
medio de mostrarle claramente el contenido ideológico del
análisis, las premisas de que parte con los enfermos y lo
que con ellos se propone. De este modo, lograremos ilu-
minar intensamente la cuestión del análisis profano. Por lo
demás, esté usted tranquilo. Siguiéndome hasta aquí, ha
recorrido usted ya el trozo más penoso del camino. Lo que
resta ha de serle más fácil. Pero déjeme usted tomar
aliento.
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El anális profano1926-002/1928.es
1926-002/1928.es/2