S.
63
VI
«Se ha tomado usted el trabajo de explicarme qué cosa
es la psicoanálisis y cuáles son los conocimientos necesa-
rios para practicarla con probabilidades de éxito. Está
bien, y no me arrepiento de haberle escuchado. Pero lo
que no se me alcanza aún es la influencia que usted es-
pera haber ejercido sobre mis opiniones. Sigo viendo ante
mí un caso que no tiene nada de extraordinario. La neuro-
sis es una enfermedad especial y el análisis un método es-
pecial de tratarla, o sea una especialidad médica. Por otro
lado, es regla general que un médico que ha escogido un
sector especial de la medicina no se satisfaga con los co-
nocimientos de los que certifica su título oficial. Sobre
todo, cuando se propone ejercer en una gran ciudad,
donde sólo los especialistas pueden tener algún porvenir.
Aquel que quiere ejercer la cirugía, procurará practicar du-
rante algunos años en una clínica quirúrgica. Igual con-
ducta seguirán el oculista, el laringólogo, etc. Por lo que
respecta al psiquiatra, es muy probable que permanezca
toda su vida ligado a un establecimiento del Estado o a un
sanatorio. Pues bien; con el analítico sucederá lo mismo.
Aquel que se resuelva a dedicarse a esta nueva especiali-
dad, ingresará, al terminar sus estudios, en alguno de los
institutos psicoanalíticos de que antes hablamos y perma-
necerá en él los dos años que usted juzga necesarios para
iniciarse en la técnica del análisis. Luego, dándose cuenta
de las ventajas que puede ofrecerle el contacto con otros»S.
64
analíticos más experimentados, frecuentará las asociacio-
nes psicoanalíticas e irá así completando su formación.
Pero nada de esto se aparta de las normas generales y no
veo surgir por ningún lado el problema del análisis pro-
fano.»El médico que siga el camino trazado por usted será
acogido por nosotros con los brazos abiertos. Por otro
lado, las cuatro quintas partes de las personas a las que
reconozco como discípulos míos, pertenecen a dicha pro-
fesión. Pero me va usted a permitir exponerle cuál ha sido
hasta ahora la actitud de los médicos ante el análisis y qué
aspecto tomará probablemente tal actitud en lo futuro. Los
médicos no pueden alegar, en modo alguno, un derecho
histórico a la exclusividad en el ejercicio del análisis, pues
hasta hace muy poco han empleado contra ella toda clase
de armas, desde la leve ironía hasta las más graves calum-
nias. Me responderá usted, con razón, que todo eso per-
tenece al pasado y no tiene por qué influir en el porvenir.
De acuerdo, pero temo mucho que este porvenir ha de ser
muy distinto de lo que usted predice.Me va usted a permitir que dé a la palabra «curandero»
un sentido más exacto que el que le atribuye la ley. Para
ésta, «curandero» es todo aquel que trata enfermos sin ha-
llarse en posesión del título médico oficial. Para mí, sólo
puede llamarse curandero a quien emprende un tratamiento
sin poseer los conocimientos y la capacidad indispensables
para llevarlo a cabo. Basándome en esta definición, he de
atreverme a afirmar que, con referencia al análisis, y no
sólo en los países europeos, la mayoría de los médicos
merecen el dictado de curanderos. Practican, en efecto, el
tratamiento analítico sin haberlo estudiado ni comprenderlo.Será inútil objetarme que no cree usted capaces a los mé-
dicos de una conducta tan falta de conciencia y argüirme
que un médico sabe muy bien que su título no es una pa-
tente de corso, debiendo, por lo tanto, suponerse siempreS.
5
EL ANALISIS PROFANO
su buena fe, aunque haya incurrido en un error. Los
hechos confirman constantemente mi anterior afirmación,
y lo más que puedo concederle es que pueda encontrár-
seles una explicación conforme a sus juicios. Voy a inten-
tar de-
mostrarle cómo es posible que en las cuestiones referentes
a la psicoanálisis, se conduzca un médico de un modo que
evitaría cuidadosamente en cualquier otro terreno.A este respecto, ha de tenerse en cuenta que el mé-
dico recibe en las aulas una educación casi opuesta a lo
que exigiría una preparación a la psicoanálisis. Su aten-
ción es orientada hacia hechos anatómicos, físicos y quí-
micos objetivamente determinables, de cuya exacta com-
prensión e influenciación apropiada depende el éxito de la
intervención médica. Se aproxima a su círculo visual el
problema de la vida, en cuanto hasta ahora hemos llegado
a explicárnoslo por el juego de las fuerzas observables
también en la naturaleza anorgánica. En cambio, no se des-
pierta su interés por las facetas anímicas de los fenómenos
vitales. El estudio de las funciones psíquicas superiores no
interesa a la medicina. Es el objeto de otra distinta facul-
tad. La psiquiatría debería de ocuparse, por su parte, de
las perturbaciones de las funciones anímicas, pero ya sa-
bemos en qué forma y con qué intenciones lo hace. Busca
las condiciones físicas de las perturbaciones psíquicas y
las trata como otros motivos de enfermedad.La psiquiatría tiene razón al obrar así y la formación
médica es excelente. Al afirmar que es unilateral, es pre-
ciso antes fijar el punto de vista desde el cual se convier-
te esta característica en un reproche. En sí, toda ciencia es
unilateral, y tiene que serlo necesariamente, por cuanto ha
de limitarse a determinados contenidos, métodos y puntos
de vista. Constituiría un contrasentido en el cual no quie-
ro participar, rebajar una ciencia para ensalzar otra. La
física no quita valor a la química. No puede sustituirla ni
ser tampoco sustituída por ella. La psicoanálisis es tam-S.
66
bién, desde luego, especialmente unilateral, como ciencia
de lo psíquico inconsciente. Así, pues, no puede negarse
a las ciencias médicas el derecho a la unilateralidad.El punto de vista buscado se nos muestra cuando pa-
samos de la disciplina médica científica a la medicina prác-
tica. El hombre enfermo es un ser complicado y nos ad-
vierte que tampoco los fenómenos psíquicos, tan difícil-
mente aprehensibles, pueden ser borrados del cuadro de
la vida. El neurótico constituye una complicación inde-
seada, para la medicina, tanto como para los tribunales de
justicia o para el servicio militar. Pero existe, y compete,
muy especialmente, a la medicina. Ahora bien; la forma-
ción médica universitaria no proporciona medio ninguno
para su estudio, ni para su tratamiento. Dada la íntima
conexión entre las cosas que diferenciamos en físicas y
psíquicas, puede predecirse que llegará un día en que se
abrirán caminos de conocimiento, y es de esperar que tam-
bién de influjo, desde la biología de los órganos y la quí-
mica, hasta el campo de fenómenos de las neurosis. Este
día parece aún lejano, y por ahora, tales estados patoló-
gicos nos son inaccesibles desde el sector médico.La situación sería aún soportable si la formación aca-
démica de los médicos se limitase a impedirles orientarse
hacia el terreno de las neurosis. Pero es que además, les
sitúa en una posición falsa y perjudicial. Los médicos,
cuyo interés por los factores psíquicos de la vida no ha
sido despertado, resultan, así, predispuestos a no darles la
importancia debida y a motejarlos de ajenos a la ciencia.
De este modo, no llegan a tomar en serio su manejo ni se
dan cuenta de las obligaciones que de ellos se derivan.Caen en una profana falta de respeto a la investigación
psicológica y se facilitan, así, considerablemente, su labor.
Los neuróticos han de ser sometidos a tratamiento porque
son enfermos y porque acuden al médico. Con ellos, ha de
intentarse cada vez algo nuevo. ¿Mas para qué imponerseS.
67
el trabajo de una larga preparación? Probablemente sería
inútil, y además ¿quién sabe si las enseñanzas de los insti-
tutos psicoanalíticos tienen algún valor? De este modo,
cuanto más ignorantes son los médicos en esta materia, más
emprendedores se sienten. Sólo el que sabe de verdad, es
modesto, pues se da cuenta de lo insuficiente de su saber.Así, pues, la comparación de la especialidad analítica
con otros sectores médicos, opuesta por usted, como ar-
gumento contra mis alegaciones, cae completamente por
su base. Para la cirugía y otras especialidades, ofrece la
misma enseñanza académica la posibilidad de una más am-
plia formación. Los institutos analíticos son escasos en
número, jóvenes en años y carecen de autoridad. La es-
cuela médica no los ha reconocido ni se ocupa de ellos.
Así, el médico joven, que ha tenido que aceptar de sus
maestros, a ojos cerrados, tantas cosas, y no ha hallado
ocasiones de educar su juicio propio, acogerá con gusto la
ocasión de desempeñar por fin el papel de crítico en un
sector en el que no existe aún ninguna autoridad reconocida.Existen todavía otras circunstancias favorables a su
actuación como curandero analítico. Si intentara practicar
operaciones de la vista, sin la suficiente preparación, el
mal éxito de sus intervenciones alejaría pronto a los pa-
cientes de su clínica, poniendo así término a su atrevimien-
to. En cambio, el ejercicio del análisis le será mucho me-
nos peligroso. El público está acostumbrado a que las
operaciones de la vista tengan, en general, un resultado fe-
liz y espera siempre la curación. Por el contrario, nadie
extraña que el «neurólogo» no logre restablecer a sus pa-
cientes. Los resultados de la terapia de los enfermos ner-
viosos no han llegado aún a «acostumbrar mal» a la gente y
ésta se satisface con poder decir que el doctor «se ha toma-
do mucho trabajo» con el paciente. No cabía hacer más y
sólo la naturaleza o el tiempo pueden traer el remedio. Así,
cuando se trata de una enferma, se espera el remedio, pri-S.
68
mero de la menstruación, luego del matrimonio, y más
tarde, de la menopausia. Al fin, lo que verdaderamente
viene á poner remedio, es la muerte. Por otro lado, lo que
el analítico ha llevado á cabo con el enfermo nervioso es
tan discreto que no puede dar motivos de reproche. No ha
empleado con él instrumentos ni medicinas; no ha hecho
más que conversar con él y sugerirle algo ó disuadirle de
algo. Esto no puede perjudicar al enfermo, sobre todo
cuando en el diálogo se ha evitado tocar temas penosos ó
excitantes. El médico analítico que ha eludido una severa
enseñanza técnica no dejará, en cambio, de ceder á la ten-
tación de mejorar el método de la psicoanálisis limando
sus asperezas para hacerlo agradable al enfermo. Si limita
á esto su tentativa, todavía podrá considerarse dichoso,
pues si realmente ha osado despertar resistencias y no sabe
luego cómo combatirlas, podrá perder toda la simpatía del
paciente.La equidad nos obliga á confesar que la actividad del
analítico ignorante es también más inofensiva para el en-
fermo, que la del operador imperito. El daño producido se
limita á haber impulsado al enfermo á un esfuerzo inútil
con el que desaparecen ó disminuyen sus posibilidades de
curación, aparte del descrédito que el merecido fracaso
puede arrojar injustamente sobre la terapia analítica. Todo
ello es harto indeseable, pero no admite comparación con
los daños que puede causar el bisturí del cirujano inexper-
to. Tampoco es de temer, á mi juicio, que la práctica
ignorante del análisis produzca una agravación duradera
del estado patológico. Las reacciones perjudiciales provo-
cadas por inexperiencia del médico, desaparecen al cabo
de algún tiempo. Al lado de los traumas que la vida ha
ocasionado al sujeto y han motivado su enfermedad, nada
significa la torpeza médica. Sólo queda el hecho lamenta-
ble de haber sometido al paciente á un tratamiento inapro-
piado, que no ha podido serle beneficioso.S.
69
«He escuchado su descripción del curandero titulado
en el ejercicio del análisis, sin interrumpirle, pero no sin
experimentar la impresión de que se halla usted dominado
por una intensa hostilidad contra la clase médica, hostili-
dad para cuya explicación histórica ya me mostró usted
antes el camino. De todos modos, he de concederle que si
han de hacerse análisis habrá de ser por personas funda-
mentalmente preparadas para ello. Ahora bien ¿no cree
usted que los médicos que en lo futuro decidan dedicarse
a esta especialidad, harán todo lo posible para incorporar-
se tal preparación?»Temo que no. Mientras las relaciones entre la enseñan-
za académica y los institutos analíticos no varíen, la tenta-
ción de facilitarse el trabajo continuará haciendo sucumbir
a los médicos.«Lo que veo, es que hasta este momento va eludiendo
usted consecuentemente toda manifestación directa sobre
la cuestión del análisis profano. ¿He de entender ahora,
que vista la imposibilidad de ejercer un control sobre los
médicos que quieran practicar el análisis propone usted,
en venganza y para castigarlos, que se les despoje del
monopolio del análisis, abriendo también esta actividad
médica a los profanos?»No sé si ha llegado usted a darse perfecta cuenta de
mis motivos. Quizá más adelante pueda presentarle el tes-
timonio de que mi verdadera actitud es mucho menos par-
cial. Lo que exijo es que no pueda ejercer el
análisis nadie que no haya conquista-
do, por medio de una determinada pre-
paración, el derecho a una tal activi-
dad. El que tales personas sean o no médicos, me
parece secundario.«¿Cuáles serían entonces, con precisión, las condicio-
nes exigidas?»Es esta una cuestión que no he precisado aún, ni sé si
S.
70
llegaré a determinar. Por ahora, quisiera tratar con usted
otro tema distinto, para lo cual he de comenzar tocando un
determinado punto. Se dice que las autoridades competen-
tes van a prohibir en general, a los profanos, obedeciendo
a excitaciones de la clase médica, el ejercicio del análisis.
Esta prohibición alcanzaría también a los miembros no
médicos de la Asociación psicoanalítica, personas que po-
seen una excelente preparación, perfeccionada ya por la
práctica. Si tal prohibición se lleva a efecto, resultará que
se impide el ejercicio de una actividad a personas de las
que se está convencido que la pueden ejercer a la perfec-
ción, dejando, en cambio, libre, el camino, a otras que ca-
recen en absoluto de garantías. No es éste, ciertamente,
el resultado que una ley puede proponerse conseguir.
Además, el especial problema planteado por el análisis pro-
fano, no es ni tan urgente ni tan difícil de resolver. Tráta-
se de un puñado de personas a quienes la prohibición no
habría de causar graves daños. Probablemente emigra-
rían a Alemania, donde libres de toda traba legal encon-
trarían pronto el reconocimiento de su valía. Pero si se
quiere ahorrarles todo esto y suavizar en su favor la dure-
za de la ley, no será difícil hacerlo apoyándose en cono-
cidos precedentes. En el Austria monárquica se han dado
repetidos casos de concederse a curanderos notorios, auto-
rización para ejercer la actividad médica, por constar evi-
dentemente su perfecta capacidad. En estos casos, se
trataba generalmente de personas residentes en pueblos y
aldeas, y la petición era siempre apoyada y garantizada
por alguna de las muchas archiduquesas que existían en-
tonces. Nada se opone a que se haga ahora lo mismo con
respecto a personas avecindadas en las ciudades y que
pueden presentar garantías, si no tan aristocráticas, mucho
más peritas en la materia. La prohibición de que hablamos
tendría harto mayor importancia que para los actuales
analíticos no médicos, para el instituto analítico de Viena,S.
71
que no podría ya admitir a sus enseñanzas candidatos aje-
nos al círculo de la medicina. Con ello, quedaría nuevamen-
te suprimida en nuestra patria, una orientación de la acti-
vidad espiritual, que en otros países puede desarrollarse
libremente. Soy, ciertamente, el último en aspirar a una
especial competencia en la exégesis de leyes y reglamen-
tos. Pero sí llego a ver, que una acentuación de nuestras
disposiciones legales contra el curanderismo sería contraria
a la tendencia hoy dominante de adaptarnos a las circuns-
tancias alemanas. Además, la aplicación de dicha ley al
caso de la psicoanálisis, tendría algo de anacrónico, pues
en la época de su promulgación no existía aún nuestra
disciplina, ni era conocida la especial naturaleza de las en-
fermedades neuróticas.Llego ahora al problema cuya discusión me parece más
importante. El ejercicio de la psicoanálisis ¿debe ser ob-
jeto de una intervención oficial, o, por el contrario, es más
adecuado abandonarlo a su natural desarrollo? No me toca
a mí resolver esta cuestión, pero sí he de permitirme ro-
garle que reflexione sobre ella. En nuestra patria reina de
muy antiguo un verdadero «furor prohibendi», una tenden-
cia a dirigir, intervenir y prohibir que, como todos sabemos,
no ha dado precisamente buenos frutos. La nueva Austria
republicana no ha cambiado mucho en cuanto a esto. Sos-
pecho que en la resolución del caso de la psicoanáli-
sis, que ahora nos ocupa, podrá usted hacer pesar ya su fun-
damentada opinión, pero ignoro si tendrá usted ganas de
oponerse a las tendencias burocráticas e influencia para
ello. De todos modos, no quiero ahorrarle la exposición de
mis ideas sobre el caso, por poco autorizadas que
sean. A mi juicio, el exceso de órdenes y prohibiciones
perjudica la autoridad de la ley. Puede observarse, que allí
donde sólo existen escasas prohibiciones, son éstas rigu-
rosamente observadas. En cambio, cuando a cada paso
tropezamos con alguna, acabamos por sentir la tentaciónS.
72
de infringirlas todas. Además, no creo que se sea un anar-
quista por opinar que las leyes y reglamentos no pueden
aspirar, por su origen, a ser considerados sagrados e in-
tangibles; que son con frecuencia de contenido insuficiente
y contrarias a nuestro sentimiento de la justicia o llegan a
tomar este carácter al cabo del tiempo; y por último, que
dada la torpeza de las personas que dirigen nuestra socie-
dad, el mejor medio de corregir tales leyes inadecuadas es
infringirlas valientemente. También es aconsejable, cuando
se quiere mantener el respeto a las leyes y reglamentos,
no promulgar aquéllas cuyo cumplimiento o infracción sea
difícil de vigilar. Algo de lo que hemos dicho sobre el ejer-
cicio del análisis por los médicos, podríamos repetirlo aquí,
con respecto al análisis profano, que la ley quiere repri-
mir. El método analítico es muy discreto; no emplea medi-
cinas ni instrumentos y consiste tan sólo en el intercambio
de ideas. No ha de ser nada fácil probar a un profano el
ejercicio del «análisis» cuando el acusado afirme que se
limita a oír a las personas que a él acuden, aconsejarlas y
ejercer una benéfica influencia, puramente humana, sobre
individuos precisados de ayuda espiritual. Es esto algo
que nadie le puede prohibir fundándose solamente en que
también los médicos lo hacen alguna vez. En los pueblos
de habla inglesa, han alcanzado gran difusión las prácticas
de la llamada «ciencia cristiana», una especie de negación
dialéctica de la existencia del mal en la vida, basada en las
doctrinas de la religión cristiana. No tengo por qué supo-
ner que estas prácticas representen una lamentable pertur-
bación del espíritu humano, pero aunque así fuese ¿quién
pensaría en América o en Inglaterra prohibirlas bajo ame-
naza de castigo? ¿O es que nuestras altas autoridades aus-
tríacas están tan seguras del camino que conduce a la
bienaventuranza, que pueden permitirse impedir que cada
uno intente llegar a ella a su manera? Aun concediendo
que muchos individuos, abandonados a sí mismos, se pon-S.
73
gan en peligro y lleguen a perjudicarse, ¿no obrará mejor
la autoridad, delimitando cuidadosamente los campos cuyo
acceso debe estar vedado y abandonando por lo demás a
las criaturas, dentro de lo posible, a su educación por
medio de la experiencia y del mutuo influjo? La psicoaná-
lisis es algo tan nuevo en el mundo, la inmensa mayoría
se halla tan poco orientada con respecto a ella y la actitud
de la ciencia oficial ante su existencia es aún tan vacilante,
que me parece prematuro intervenir ya en su desarrollo,
con prescripciones legales. Dejemos a los enfermos mis-
mos hacer el descubrimiento de que es perjudicial para
ellos buscar ayuda espiritual en personas que no han es-
tudiado el modo de prestarla. Haciéndoles ver claramente
tales perjuicios y previniéndoles contra ellos nos ahorrare-
mos una prohibición. En las carreteras italianas, los postes
sustentadores de las líneas de alta tensión muestran la si-
guiente inscripción, tan breve como impresionante: «Chi
tocca, muore», suficiente para regular la conducta de los
transeuntes con respecto a los cables que una rotura pu-
diera dejar colgantes. Las advertencias empleadas en Ale-
mania para igual caso son de una amplitud superflua y ver-
daderamente ofensiva: «Queda terminantemente prohibido
tocar los cables, por existir peligro de muerte». ¿Para qué
la prohibición? El que tiene cariño a la vida ya se dicta la
prohibición a sí mismo, y el que quiere suicidarse por este
medio no pregunta si está o no permitido hacer uso de él.«Pero existen casos que prejuzgan la cuestión del aná-
lisis profano. Me refiero a la prohibición de practicar el
hipnotismo, no siendo médico, y a otra recientemente pro-
mulgada y relativa a las sesiones de ocultismo y a la fun-
dación de asociaciones de este orden.»No soy, ciertamente, un admirador de esas medidas.
La última citada constituye un indudable abuso de autori-
dad en perjuicio de la libertad intelectual. Por mi parte, no
soy sospechoso de prestar fe a los llamados fenómenosS.
74
ocultos, ni siquiera de anhelar su reconocimiento. Pero
tales prohibiciones no conseguirán ahogar el interés de los
hombres hacia este supuesto mundo secreto. Quizá sólo
se ha realizado algo muy perjudicial despojando al interés
científico imparcial de los medios necesarios para formar
un juicio libertador sobre tan preocupadoras posibilidades.
Pero esto tampoco sucede más que en Austria. En otros
países, no encuentra la investigación «parapsíquica» obs-
táculo legal ninguno. El caso de la hipnosis es algo dife-
rente al de la psicoanálisis. La hipnosis consiste en la pro-
vocación de un estado psíquico anormal y no es utilizada
hoy en día, por los profanos, más que como espectáculo. Si
la terapia hipnótica, tan prometedora al principio, hubiera
mantenido sus promesas, se habrían establecido con su
práctica circunstancias análogas a las del análisis. Bajo
otro distinto aspecto, nos proporciona la historia de la hip-
nosis un precedente de los destinos de la psicoanálisis.En mis jóvenes tiempos de «docente» de neuropato-
logía, combatían los médicos, apasionadamente, el hipno-
tismo, declarándolo una farsa, un engaño diabólico y
considerándolo peligrosísimo. Actualmente lo han mono-
polizado, sirviéndose de él sin temor como medio de in-
vestigación, y para algunos neurólogos, continúa constitu-
yendo aún el agente principal de su terapia.Pero como ya dije antes, no está en mi ánimo proponer
nada referente a la conveniencia o inconveniencia de una
intervención legal en los asuntos de la psicoanálisis. Sé
que se trata de una cuestión de principios en cuya solu-
ción pesaran más que los argumentos las tendencias de las
personas llamadas a dar la pauta. Ya hube de exponerle
todo lo que me parece aconsejar una política de «laisser
faire». Ahora bien; si lo que se resuelve es, por el contra-
rio, una intervención activa, entonces habrá de parecerme
insuficiente la medida, injusta y desconsiderada, de prohi-
bir a los no médicos el ejercicio del análisis. Será precisoS.
75
EL ANALISIS PROFANO
atender a algo más, fijar las condiciones bajo las cuales ha
de ser permitida la práctica analítica a todos aquellos que
quieran ejercerla, nombrar una autoridad que pueda infor-
mar de lo que es el análisis y qué preparación debe exi-
girse para ella, y por último, fomentar las posibilidades de
someterse a un tal tratamiento. En resumen, o dejar las
cosas como están o crear orden y claridad perfectos, pero
nunca intervenir en una situación harto complicada, con
una prohibición aislada, derivada de una ley que ha per-
dido toda adecuación.
You are here
El anális profano1926-002/1928.es
1926-002/1928.es/6