El anális profano1926-002/1928.es
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    VI

    «Se ha tomado usted el trabajo de explicarme qué cosa
    es la psicoanálisis y cuáles son los conocimientos necesa-
    rios para practicarla con probabilidades de éxito. Está
    bien, y no me arrepiento de haberle escuchado. Pero lo
    que no se me alcanza aún es la influencia que usted es-
    pera haber ejercido sobre mis opiniones. Sigo viendo ante
    mí un caso que no tiene nada de extraordinario. La neuro-
    sis es una enfermedad especial y el análisis un método es-
    pecial de tratarla, o sea una especialidad médica. Por otro
    lado, es regla general que un médico que ha escogido un
    sector especial de la medicina no se satisfaga con los co-
    nocimientos de los que certifica su título oficial. Sobre
    todo, cuando se propone ejercer en una gran ciudad,
    donde sólo los especialistas pueden tener algún porvenir.
    Aquel que quiere ejercer la cirugía, procurará practicar du-
    rante algunos años en una clínica quirúrgica. Igual con-
    ducta seguirán el oculista, el laringólogo, etc. Por lo que
    respecta al psiquiatra, es muy probable que permanezca
    toda su vida ligado a un establecimiento del Estado o a un
    sanatorio. Pues bien; con el analítico sucederá lo mismo.
    Aquel que se resuelva a dedicarse a esta nueva especiali-
    dad, ingresará, al terminar sus estudios, en alguno de los
    institutos psicoanalíticos de que antes hablamos y perma-
    necerá en él los dos años que usted juzga necesarios para
    iniciarse en la técnica del análisis. Luego, dándose cuenta
    de las ventajas que puede ofrecerle el contacto con otros»

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    analíticos más experimentados, frecuentará las asociacio-
    nes psicoanalíticas e irá así completando su formación.
    Pero nada de esto se aparta de las normas generales y no
    veo surgir por ningún lado el problema del análisis pro-
    fano.»

    El médico que siga el camino trazado por usted será
    acogido por nosotros con los brazos abiertos. Por otro
    lado, las cuatro quintas partes de las personas a las que
    reconozco como discípulos míos, pertenecen a dicha pro-
    fesión. Pero me va usted a permitir exponerle cuál ha sido
    hasta ahora la actitud de los médicos ante el análisis y qué
    aspecto tomará probablemente tal actitud en lo futuro. Los
    médicos no pueden alegar, en modo alguno, un derecho
    histórico a la exclusividad en el ejercicio del análisis, pues
    hasta hace muy poco han empleado contra ella toda clase
    de armas, desde la leve ironía hasta las más graves calum-
    nias. Me responderá usted, con razón, que todo eso per-
    tenece al pasado y no tiene por qué influir en el porvenir.
    De acuerdo, pero temo mucho que este porvenir ha de ser
    muy distinto de lo que usted predice.

    Me va usted a permitir que dé a la palabra «curandero»
    un sentido más exacto que el que le atribuye la ley. Para
    ésta, «curandero» es todo aquel que trata enfermos sin ha-
    llarse en posesión del título médico oficial. Para mí, sólo
    puede llamarse curandero a quien emprende un tratamiento
    sin poseer los conocimientos y la capacidad indispensables
    para llevarlo a cabo. Basándome en esta definición, he de
    atreverme a afirmar que, con referencia al análisis, y no
    sólo en los países europeos, la mayoría de los médicos
    merecen el dictado de curanderos. Practican, en efecto, el
    tratamiento analítico sin haberlo estudiado ni comprenderlo.

    Será inútil objetarme que no cree usted capaces a los mé-
    dicos de una conducta tan falta de conciencia y argüirme
    que un médico sabe muy bien que su título no es una pa-
    tente de corso, debiendo, por lo tanto, suponerse siempre

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    EL ANALISIS PROFANO

    su buena fe, aunque haya incurrido en un error. Los
    hechos confirman constantemente mi anterior afirmación,
    y lo más que puedo concederle es que pueda encontrár-
    seles una explicación conforme a sus juicios. Voy a inten-
    tar de-
    mostrarle cómo es posible que en las cuestiones referentes
    a la psicoanálisis, se conduzca un médico de un modo que
    evitaría cuidadosamente en cualquier otro terreno.

    A este respecto, ha de tenerse en cuenta que el mé-
    dico recibe en las aulas una educación casi opuesta a lo
    que exigiría una preparación a la psicoanálisis. Su aten-
    ción es orientada hacia hechos anatómicos, físicos y quí-
    micos objetivamente determinables, de cuya exacta com-
    prensión e influenciación apropiada depende el éxito de la
    intervención médica. Se aproxima a su círculo visual el
    problema de la vida, en cuanto hasta ahora hemos llegado
    a explicárnoslo por el juego de las fuerzas observables
    también en la naturaleza anorgánica. En cambio, no se des-
    pierta su interés por las facetas anímicas de los fenómenos
    vitales. El estudio de las funciones psíquicas superiores no
    interesa a la medicina. Es el objeto de otra distinta facul-
    tad. La psiquiatría debería de ocuparse, por su parte, de
    las perturbaciones de las funciones anímicas, pero ya sa-
    bemos en qué forma y con qué intenciones lo hace. Busca
    las condiciones físicas de las perturbaciones psíquicas y
    las trata como otros motivos de enfermedad.

    La psiquiatría tiene razón al obrar así y la formación
    médica es excelente. Al afirmar que es unilateral, es pre-
    ciso antes fijar el punto de vista desde el cual se convier-
    te esta característica en un reproche. En sí, toda ciencia es
    unilateral, y tiene que serlo necesariamente, por cuanto ha
    de limitarse a determinados contenidos, métodos y puntos
    de vista. Constituiría un contrasentido en el cual no quie-
    ro participar, rebajar una ciencia para ensalzar otra. La
    física no quita valor a la química. No puede sustituirla ni
    ser tampoco sustituída por ella. La psicoanálisis es tam-

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    bién, desde luego, especialmente unilateral, como ciencia
    de lo psíquico inconsciente. Así, pues, no puede negarse
    a las ciencias médicas el derecho a la unilateralidad.

    El punto de vista buscado se nos muestra cuando pa-
    samos de la disciplina médica científica a la medicina prác-
    tica. El hombre enfermo es un ser complicado y nos ad-
    vierte que tampoco los fenómenos psíquicos, tan difícil-
    mente aprehensibles, pueden ser borrados del cuadro de
    la vida. El neurótico constituye una complicación inde-
    seada, para la medicina, tanto como para los tribunales de
    justicia o para el servicio militar. Pero existe, y compete,
    muy especialmente, a la medicina. Ahora bien; la forma-
    ción médica universitaria no proporciona medio ninguno
    para su estudio, ni para su tratamiento. Dada la íntima
    conexión entre las cosas que diferenciamos en físicas y
    psíquicas, puede predecirse que llegará un día en que se
    abrirán caminos de conocimiento, y es de esperar que tam-
    bién de influjo, desde la biología de los órganos y la quí-
    mica, hasta el campo de fenómenos de las neurosis. Este
    día parece aún lejano, y por ahora, tales estados patoló-
    gicos nos son inaccesibles desde el sector médico.

    La situación sería aún soportable si la formación aca-
    démica de los médicos se limitase a impedirles orientarse
    hacia el terreno de las neurosis. Pero es que además, les
    sitúa en una posición falsa y perjudicial. Los médicos,
    cuyo interés por los factores psíquicos de la vida no ha
    sido despertado, resultan, así, predispuestos a no darles la
    importancia debida y a motejarlos de ajenos a la ciencia.
    De este modo, no llegan a tomar en serio su manejo ni se
    dan cuenta de las obligaciones que de ellos se derivan.

    Caen en una profana falta de respeto a la investigación
    psicológica y se facilitan, así, considerablemente, su labor.
    Los neuróticos han de ser sometidos a tratamiento porque
    son enfermos y porque acuden al médico. Con ellos, ha de
    intentarse cada vez algo nuevo. ¿Mas para qué imponerse

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    el trabajo de una larga preparación? Probablemente sería
    inútil, y además ¿quién sabe si las enseñanzas de los insti-
    tutos psicoanalíticos tienen algún valor? De este modo,
    cuanto más ignorantes son los médicos en esta materia, más
    emprendedores se sienten. Sólo el que sabe de verdad, es
    modesto, pues se da cuenta de lo insuficiente de su saber.

    Así, pues, la comparación de la especialidad analítica
    con otros sectores médicos, opuesta por usted, como ar-
    gumento contra mis alegaciones, cae completamente por
    su base. Para la cirugía y otras especialidades, ofrece la
    misma enseñanza académica la posibilidad de una más am-
    plia formación. Los institutos analíticos son escasos en
    número, jóvenes en años y carecen de autoridad. La es-
    cuela médica no los ha reconocido ni se ocupa de ellos.
    Así, el médico joven, que ha tenido que aceptar de sus
    maestros, a ojos cerrados, tantas cosas, y no ha hallado
    ocasiones de educar su juicio propio, acogerá con gusto la
    ocasión de desempeñar por fin el papel de crítico en un
    sector en el que no existe aún ninguna autoridad reconocida.

    Existen todavía otras circunstancias favorables a su
    actuación como curandero analítico. Si intentara practicar
    operaciones de la vista, sin la suficiente preparación, el
    mal éxito de sus intervenciones alejaría pronto a los pa-
    cientes de su clínica, poniendo así término a su atrevimien-
    to. En cambio, el ejercicio del análisis le será mucho me-
    nos peligroso. El público está acostumbrado a que las
    operaciones de la vista tengan, en general, un resultado fe-
    liz y espera siempre la curación. Por el contrario, nadie
    extraña que el «neurólogo» no logre restablecer a sus pa-
    cientes. Los resultados de la terapia de los enfermos ner-
    viosos no han llegado aún a «acostumbrar mal» a la gente y
    ésta se satisface con poder decir que el doctor «se ha toma-
    do mucho trabajo» con el paciente. No cabía hacer más y
    sólo la naturaleza o el tiempo pueden traer el remedio. Así,
    cuando se trata de una enferma, se espera el remedio, pri-

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    mero de la menstruación, luego del matrimonio, y más
    tarde, de la menopausia. Al fin, lo que verdaderamente
    viene á poner remedio, es la muerte. Por otro lado, lo que
    el analítico ha llevado á cabo con el enfermo nervioso es
    tan discreto que no puede dar motivos de reproche. No ha
    empleado con él instrumentos ni medicinas; no ha hecho
    más que conversar con él y sugerirle algo ó disuadirle de
    algo. Esto no puede perjudicar al enfermo, sobre todo
    cuando en el diálogo se ha evitado tocar temas penosos ó
    excitantes. El médico analítico que ha eludido una severa
    enseñanza técnica no dejará, en cambio, de ceder á la ten-
    tación de mejorar el método de la psicoanálisis limando
    sus asperezas para hacerlo agradable al enfermo. Si limita
    á esto su tentativa, todavía podrá considerarse dichoso,
    pues si realmente ha osado despertar resistencias y no sabe
    luego cómo combatirlas, podrá perder toda la simpatía del
    paciente.

    La equidad nos obliga á confesar que la actividad del
    analítico ignorante es también más inofensiva para el en-
    fermo, que la del operador imperito. El daño producido se
    limita á haber impulsado al enfermo á un esfuerzo inútil
    con el que desaparecen ó disminuyen sus posibilidades de
    curación, aparte del descrédito que el merecido fracaso
    puede arrojar injustamente sobre la terapia analítica. Todo
    ello es harto indeseable, pero no admite comparación con
    los daños que puede causar el bisturí del cirujano inexper-
    to. Tampoco es de temer, á mi juicio, que la práctica
    ignorante del análisis produzca una agravación duradera
    del estado patológico. Las reacciones perjudiciales provo-
    cadas por inexperiencia del médico, desaparecen al cabo
    de algún tiempo. Al lado de los traumas que la vida ha
    ocasionado al sujeto y han motivado su enfermedad, nada
    significa la torpeza médica. Sólo queda el hecho lamenta-
    ble de haber sometido al paciente á un tratamiento inapro-
    piado, que no ha podido serle beneficioso.

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    «He escuchado su descripción del curandero titulado
    en el ejercicio del análisis, sin interrumpirle, pero no sin
    experimentar la impresión de que se halla usted dominado
    por una intensa hostilidad contra la clase médica, hostili-
    dad para cuya explicación histórica ya me mostró usted
    antes el camino. De todos modos, he de concederle que si
    han de hacerse análisis habrá de ser por personas funda-
    mentalmente preparadas para ello. Ahora bien ¿no cree
    usted que los médicos que en lo futuro decidan dedicarse
    a esta especialidad, harán todo lo posible para incorporar-
    se tal preparación?»

    Temo que no. Mientras las relaciones entre la enseñan-
    za académica y los institutos analíticos no varíen, la tenta-
    ción de facilitarse el trabajo continuará haciendo sucumbir
    a los médicos.

    «Lo que veo, es que hasta este momento va eludiendo
    usted consecuentemente toda manifestación directa sobre
    la cuestión del análisis profano. ¿He de entender ahora,
    que vista la imposibilidad de ejercer un control sobre los
    médicos que quieran practicar el análisis propone usted,
    en venganza y para castigarlos, que se les despoje del
    monopolio del análisis, abriendo también esta actividad
    médica a los profanos?»

    No sé si ha llegado usted a darse perfecta cuenta de
    mis motivos. Quizá más adelante pueda presentarle el tes-
    timonio de que mi verdadera actitud es mucho menos par-
    cial. Lo que exijo es que no pueda ejercer el
    análisis nadie que no haya conquista-
    do, por medio de una determinada pre-
    paración, el derecho a una tal activi-
    dad. El que tales personas sean o no médicos, me
    parece secundario.

    «¿Cuáles serían entonces, con precisión, las condicio-
    nes exigidas?»

    Es esta una cuestión que no he precisado aún, ni sé si

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    llegaré a determinar. Por ahora, quisiera tratar con usted
    otro tema distinto, para lo cual he de comenzar tocando un
    determinado punto. Se dice que las autoridades competen-
    tes van a prohibir en general, a los profanos, obedeciendo
    a excitaciones de la clase médica, el ejercicio del análisis.
    Esta prohibición alcanzaría también a los miembros no
    médicos de la Asociación psicoanalítica, personas que po-
    seen una excelente preparación, perfeccionada ya por la
    práctica. Si tal prohibición se lleva a efecto, resultará que
    se impide el ejercicio de una actividad a personas de las
    que se está convencido que la pueden ejercer a la perfec-
    ción, dejando, en cambio, libre, el camino, a otras que ca-
    recen en absoluto de garantías. No es éste, ciertamente,
    el resultado que una ley puede proponerse conseguir.
    Además, el especial problema planteado por el análisis pro-
    fano, no es ni tan urgente ni tan difícil de resolver. Tráta-
    se de un puñado de personas a quienes la prohibición no
    habría de causar graves daños. Probablemente emigra-
    rían a Alemania, donde libres de toda traba legal encon-
    trarían pronto el reconocimiento de su valía. Pero si se
    quiere ahorrarles todo esto y suavizar en su favor la dure-
    za de la ley, no será difícil hacerlo apoyándose en cono-
    cidos precedentes. En el Austria monárquica se han dado
    repetidos casos de concederse a curanderos notorios, auto-
    rización para ejercer la actividad médica, por constar evi-
    dentemente su perfecta capacidad. En estos casos, se
    trataba generalmente de personas residentes en pueblos y
    aldeas, y la petición era siempre apoyada y garantizada
    por alguna de las muchas archiduquesas que existían en-
    tonces. Nada se opone a que se haga ahora lo mismo con
    respecto a personas avecindadas en las ciudades y que
    pueden presentar garantías, si no tan aristocráticas, mucho
    más peritas en la materia. La prohibición de que hablamos
    tendría harto mayor importancia que para los actuales
    analíticos no médicos, para el instituto analítico de Viena,

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    que no podría ya admitir a sus enseñanzas candidatos aje-
    nos al círculo de la medicina. Con ello, quedaría nuevamen-
    te suprimida en nuestra patria, una orientación de la acti-
    vidad espiritual, que en otros países puede desarrollarse
    libremente. Soy, ciertamente, el último en aspirar a una
    especial competencia en la exégesis de leyes y reglamen-
    tos. Pero sí llego a ver, que una acentuación de nuestras
    disposiciones legales contra el curanderismo sería contraria
    a la tendencia hoy dominante de adaptarnos a las circuns-
    tancias alemanas. Además, la aplicación de dicha ley al
    caso de la psicoanálisis, tendría algo de anacrónico, pues
    en la época de su promulgación no existía aún nuestra
    disciplina, ni era conocida la especial naturaleza de las en-
    fermedades neuróticas.

    Llego ahora al problema cuya discusión me parece más
    importante. El ejercicio de la psicoanálisis ¿debe ser ob-
    jeto de una intervención oficial, o, por el contrario, es más
    adecuado abandonarlo a su natural desarrollo? No me toca
    a mí resolver esta cuestión, pero sí he de permitirme ro-
    garle que reflexione sobre ella. En nuestra patria reina de
    muy antiguo un verdadero «furor prohibendi», una tenden-
    cia a dirigir, intervenir y prohibir que, como todos sabemos,
    no ha dado precisamente buenos frutos. La nueva Austria
    republicana no ha cambiado mucho en cuanto a esto. Sos-
    pecho que en la resolución del caso de la psicoanáli-
    sis, que ahora nos ocupa, podrá usted hacer pesar ya su fun-
    damentada opinión, pero ignoro si tendrá usted ganas de
    oponerse a las tendencias burocráticas e influencia para
    ello. De todos modos, no quiero ahorrarle la exposición de
    mis ideas sobre el caso, por poco autorizadas que
    sean. A mi juicio, el exceso de órdenes y prohibiciones
    perjudica la autoridad de la ley. Puede observarse, que allí
    donde sólo existen escasas prohibiciones, son éstas rigu-
    rosamente observadas. En cambio, cuando a cada paso
    tropezamos con alguna, acabamos por sentir la tentación

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    de infringirlas todas. Además, no creo que se sea un anar-
    quista por opinar que las leyes y reglamentos no pueden
    aspirar, por su origen, a ser considerados sagrados e in-
    tangibles; que son con frecuencia de contenido insuficiente
    y contrarias a nuestro sentimiento de la justicia o llegan a
    tomar este carácter al cabo del tiempo; y por último, que
    dada la torpeza de las personas que dirigen nuestra socie-
    dad, el mejor medio de corregir tales leyes inadecuadas es
    infringirlas valientemente. También es aconsejable, cuando
    se quiere mantener el respeto a las leyes y reglamentos,
    no promulgar aquéllas cuyo cumplimiento o infracción sea
    difícil de vigilar. Algo de lo que hemos dicho sobre el ejer-
    cicio del análisis por los médicos, podríamos repetirlo aquí,
    con respecto al análisis profano, que la ley quiere repri-
    mir. El método analítico es muy discreto; no emplea medi-
    cinas ni instrumentos y consiste tan sólo en el intercambio
    de ideas. No ha de ser nada fácil probar a un profano el
    ejercicio del «análisis» cuando el acusado afirme que se
    limita a oír a las personas que a él acuden, aconsejarlas y
    ejercer una benéfica influencia, puramente humana, sobre
    individuos precisados de ayuda espiritual. Es esto algo
    que nadie le puede prohibir fundándose solamente en que
    también los médicos lo hacen alguna vez. En los pueblos
    de habla inglesa, han alcanzado gran difusión las prácticas
    de la llamada «ciencia cristiana», una especie de negación
    dialéctica de la existencia del mal en la vida, basada en las
    doctrinas de la religión cristiana. No tengo por qué supo-
    ner que estas prácticas representen una lamentable pertur-
    bación del espíritu humano, pero aunque así fuese ¿quién
    pensaría en América o en Inglaterra prohibirlas bajo ame-
    naza de castigo? ¿O es que nuestras altas autoridades aus-
    tríacas están tan seguras del camino que conduce a la
    bienaventuranza, que pueden permitirse impedir que cada
    uno intente llegar a ella a su manera? Aun concediendo
    que muchos individuos, abandonados a sí mismos, se pon-

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    gan en peligro y lleguen a perjudicarse, ¿no obrará mejor
    la autoridad, delimitando cuidadosamente los campos cuyo
    acceso debe estar vedado y abandonando por lo demás a
    las criaturas, dentro de lo posible, a su educación por
    medio de la experiencia y del mutuo influjo? La psicoaná-
    lisis es algo tan nuevo en el mundo, la inmensa mayoría
    se halla tan poco orientada con respecto a ella y la actitud
    de la ciencia oficial ante su existencia es aún tan vacilante,
    que me parece prematuro intervenir ya en su desarrollo,
    con prescripciones legales. Dejemos a los enfermos mis-
    mos hacer el descubrimiento de que es perjudicial para
    ellos buscar ayuda espiritual en personas que no han es-
    tudiado el modo de prestarla. Haciéndoles ver claramente
    tales perjuicios y previniéndoles contra ellos nos ahorrare-
    mos una prohibición. En las carreteras italianas, los postes
    sustentadores de las líneas de alta tensión muestran la si-
    guiente inscripción, tan breve como impresionante: «Chi
    tocca, muore», suficiente para regular la conducta de los
    transeuntes con respecto a los cables que una rotura pu-
    diera dejar colgantes. Las advertencias empleadas en Ale-
    mania para igual caso son de una amplitud superflua y ver-
    daderamente ofensiva: «Queda terminantemente prohibido
    tocar los cables, por existir peligro de muerte». ¿Para qué
    la prohibición? El que tiene cariño a la vida ya se dicta la
    prohibición a sí mismo, y el que quiere suicidarse por este
    medio no pregunta si está o no permitido hacer uso de él.

    «Pero existen casos que prejuzgan la cuestión del aná-
    lisis profano. Me refiero a la prohibición de practicar el
    hipnotismo, no siendo médico, y a otra recientemente pro-
    mulgada y relativa a las sesiones de ocultismo y a la fun-
    dación de asociaciones de este orden.»

    No soy, ciertamente, un admirador de esas medidas.
    La última citada constituye un indudable abuso de autori-
    dad en perjuicio de la libertad intelectual. Por mi parte, no
    soy sospechoso de prestar fe a los llamados fenómenos

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    ocultos, ni siquiera de anhelar su reconocimiento. Pero
    tales prohibiciones no conseguirán ahogar el interés de los
    hombres hacia este supuesto mundo secreto. Quizá sólo
    se ha realizado algo muy perjudicial despojando al interés
    científico imparcial de los medios necesarios para formar
    un juicio libertador sobre tan preocupadoras posibilidades.
    Pero esto tampoco sucede más que en Austria. En otros
    países, no encuentra la investigación «parapsíquica» obs-
    táculo legal ninguno. El caso de la hipnosis es algo dife-
    rente al de la psicoanálisis. La hipnosis consiste en la pro-
    vocación de un estado psíquico anormal y no es utilizada
    hoy en día, por los profanos, más que como espectáculo. Si
    la terapia hipnótica, tan prometedora al principio, hubiera
    mantenido sus promesas, se habrían establecido con su
    práctica circunstancias análogas a las del análisis. Bajo
    otro distinto aspecto, nos proporciona la historia de la hip-
    nosis un precedente de los destinos de la psicoanálisis.

    En mis jóvenes tiempos de «docente» de neuropato-
    logía, combatían los médicos, apasionadamente, el hipno-
    tismo, declarándolo una farsa, un engaño diabólico y
    considerándolo peligrosísimo. Actualmente lo han mono-
    polizado, sirviéndose de él sin temor como medio de in-
    vestigación, y para algunos neurólogos, continúa constitu-
    yendo aún el agente principal de su terapia.

    Pero como ya dije antes, no está en mi ánimo proponer
    nada referente a la conveniencia o inconveniencia de una
    intervención legal en los asuntos de la psicoanálisis. Sé
    que se trata de una cuestión de principios en cuya solu-
    ción pesaran más que los argumentos las tendencias de las
    personas llamadas a dar la pauta. Ya hube de exponerle
    todo lo que me parece aconsejar una política de «laisser
    faire». Ahora bien; si lo que se resuelve es, por el contra-
    rio, una intervención activa, entonces habrá de parecerme
    insuficiente la medida, injusta y desconsiderada, de prohi-
    bir a los no médicos el ejercicio del análisis. Será preciso

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    EL ANALISIS PROFANO

    atender a algo más, fijar las condiciones bajo las cuales ha
    de ser permitida la práctica analítica a todos aquellos que
    quieran ejercerla, nombrar una autoridad que pueda infor-
    mar de lo que es el análisis y qué preparación debe exi-
    girse para ella, y por último, fomentar las posibilidades de
    someterse a un tal tratamiento. En resumen, o dejar las
    cosas como están o crear orden y claridad perfectos, pero
    nunca intervenir en una situación harto complicada, con
    una prohibición aislada, derivada de una ley que ha per-
    dido toda adecuación.