El anális profano1926-002/1928.es
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    3

    IV

    «Todo lo que hasta ahora me ha expuesto usted ha
    sido psicología. A veces ha resultado extraño, obscuro y
    espinoso, pero siempre, si me permite usted la palabra,
    limpio. Ahora bien; hasta hoy, sabía muy poco de psico-
    análisis, pero de todos modos, había llegado a mis oídos
    el rumor de que ustedes, los analíticos, se ocupaban pre-
    dominantemente de cosas a las que no podía, en modo al-
    guno, aplicarse el calificativo antes arriesgado. El que
    hasta ahora no haya tocado usted en su exposición, nada
    semejante, me parece obedecer quizá a un deliberado pro-
    pósito de abstención. Además, no puedo reprimir otra
    duda. Las neurosis son, como usted mismo dice, perturba-
    ciones de la vida anímica. ¿Será posible que factores tan
    importantes como nuestra ética, nuestra conciencia moral
    y nuestros ideales no desempeñen papel ninguno en tales
    hondas perturbaciones?»

    Me advierte usted, pues, que hasta ahora hemos omi-
    tido en nuestra conversación, tanto lo más alto como lo
    más bajo. Es cierto, y ello se debe a que todavía no he-
    mos empezado a ocuparnos de los contenidos de la vida
    anímica. Pero ahora me va usted a permitir que sea yo
    quien interrumpa y detenga el curso de nuestro diálogo.
    Le he expuesto tanta psicología, porque deseaba provocar
    en usted la impresión de que la labor analítica no es sino
    un sector de la psicología aplicada, si bien de una psicolo-
    gía desconocida fuera del análisis. Así, pues, el analítico


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    tiene, ante todo, que haber estudiado esta psicología, la
    psicología abysmal (Tiefenpsychologie) o psicología de lo
    inconsciente, o por lo menos, todo lo que de ella se cono-
    ce hasta el día. Retenga usted esta circunstancia, que ha
    de sernos necesaria para nuestras ulteriores conclusiones.
    Pero dígame ahora a qué se refería usted con su anterior
    alusión a la pureza.

    «Le diré; se cuenta generalmente que, en los análisis,
    llega a hablarse de las circunstancias más íntimas y repug-
    nantes de la vida sexual, sin perdonar un solo detalle. Si
    es así—y de sus explicaciones psicológicas no he podido
    deducir que así haya de ser—tendremos un argumento
    para no consentir sino a los médicos el ejercicio del análi-
    sis. ¿Cómo permitir a personas de cuya discreción no se
    está seguro y de cuyo carácter no tenemos garantía ningu-
    na, tamañas libertades?»

    Es cierto que los médicos gozan en el terreno sexual,
    de ciertas prerrogativas. Pueden incluso reconocer los ór-
    ganos genitales. Aunque todavía existe algún reformador
    idealista—ya sabe usted a quién me refiero—que ha com-
    batido tales privilegios. Pero usted quería saber, ante todo,
    si el análisis es así y por qué ha de tener este carácter ¿no
    es verdad? Pues bien; es así.

    Y tiene que ser así, en primer lugar, porque el análisis
    se halla basado en una completa sinceridad. Trátanse en
    él, por ejemplo, con igual franqueza, circunstancias econó-
    micas que el sujeto no acostumbra a comunicar a sus con-
    ciudadanos, aunque no sean concurrentes suyos ni inspec-
    tores del fisco. Claro es que esta absoluta sinceridad a
    que el paciente se obliga, echa sobre el analítico una grave
    responsabilidad moral. En segundo lugar, tiene que ser así,
    porque entre las causas de las enfermedades nerviosas,
    desempeñan los factores de la vida sexual un papel impor-
    tantísimo, quizá incluso específico. ¿Qué puede hacer el
    análisis sino adaptarse a su materia, esto es, al material

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    EL ANALISIS PROFANO

    que el enfermo le proporciona? El analítico no atrae jamás
    al paciente al terreno sexual, ni siquiera le advierte que
    habrá de tratarse en el análisis, de tales intimidades. Deja
    que comience sus comunicaciones donde quiera, y espera
    tranquilamente a que toque por sí mismo los temas sexua-
    les. Por mi parte, acostumbro a hacer a mis discípulos la
    siguiente advertencia: Nuestros adversarios nos han anun-
    ciado que encontraremos casos en los que el factor sexual
    no desempeña papel ninguno. Guardémonos, pues, muy
    bien, de introducir nosotros en los análisis, tales factores,
    para no destruir la posibilidad de hallar un tal caso. Pero
    hasta ahora, ninguno de nosotros ha tenido la suerte de
    encontrarlo.

    Sé, naturalmente, que nuestro reconocimiento de la
    sexualidad constituye el principal motivo—confesado o
    no—de la hostilidad contra el análisis. Pero esta circuns-
    tancia no puede inducirnos en error, mostrándonos tan sólo
    cuán neurótica es nuestra sociedad civilizada, ya que su-
    jetos aparentemente normales se conducen como enfermos
    nerviosos. En los tiempos en que la psicoanálisis era so- lemnemente enjuiciada en los círculos intelectuales de
    Alemania—de entonces a acá han variado mucho las co-
    sas—hubo un orador que se consideraba con autoridad
    excepcional en la materia, por el hecho de seguir también
    el método de dejar a los enfermos exteriorizar sus pensa-
    mientos, suponemos que con un propósito diagnóstico y
    para poner a prueba las afirmaciones analíticas. Pero—aña-
    día—en cuanto comienzan a hablarme de cosas sexua-
    les cierro la boca. ¿Qué opina usted de un tal procedimien-
    to de prueba? El docto auditorio aplaudió entusiasmado al
    orador en lugar de avergonzarse de su ligereza, como hu-
    biera sido lógico. Sólo la triunfante seguridad que presta
    el saber compartida toda una serie de prejuicios puede ex-
    plicar la desaprensión lógica de este orador. Años después,
    algunos de mis alumnos de entonces, cedieron a la necesi-

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    dad de libertar a la sociedad humana, del yugo de la se-
    xualidad que le había impuesto la psicoanálisis. Uno de
    ellos ha declarado que lo sexual no era la sexualidad sino
    algo distinto, abstracto y místico; y otro ha llegado a pre-
    tender que la vida sexual no es sino uno de los sectores
    en los que el hombre quiere satisfacer la necesidad de po-
    derío y dominio que le mueve.

    «Alto ahí. Sobre esto último ya me atrevo yo a opinar.
    Me parece, en efecto, muy arriesgado afirmar que la sexua-
    lidad no es una necesidad natural y primitiva del ser vivo,
    sino la expresión de algo distinto. Basta con observar el
    ejemplo de los animales.»

    No importa. No hay mixtura alguna, por absurda que
    sea, que la sociedad no trague gustosa, si se le presenta
    como un filtro contra el temido poder de la sexualidad.

    Pero además, he de confesarle, que su repugnancia a
    atribuir al factor sexual un papel tan preponderante en la
    causación de las neurosis, no me parece muy compatible
    con su imparcialidad. ¿No teme usted que una tal antipatía
    influya de una manera injusta en su juicio?

    «Siento mucho que pueda usted pensar semejante cosa.
    Parece usted haber perdido su confianza en mí. ¿Por qué
    no ha escogido usted entonces a otra persona como inter-
    locutor imparcial?»

    Porque en esta cuestión, hubiera opinado lo mismo.
    Y de no ser así y tratarse de alguien dispuesto desde un
    principio, a reconocer la importancia de la vida sexual,
    todo el mundo me hubiera acusado de no haber elegido
    como interlocutor a un sujeto imparcial, sino a un partida-
    rio de mis doctrinas. Así, pues, no piense usted que haya
    perdido la esperanza de lograr alguna influencia sobre sus
    opiniones. En cambio, he de reconocer, que mi posición
    con respecto a usted ha variado algo. Antes, al desarrollar
    mi exposición psicológica, me era indiferente que diese
    usted o no crédito a mis palabras; me bastaba con que obtu-

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    – 37 –

    viese usted la impresión de que se trataba de problemas
    puramente psicológicos. Ahora, ante el tema de la sexuali-
    dad, quisiera hacerle reconocer que el motivo más pode-
    roso de su oposición a nuestras teorías era precisamente
    aquella preconcebida hostilidad que con tantos otros com-
    parte usted.

    «Ha de tener usted en cuenta que me falta la experien-
    cia que ha creado en usted una tan inconmovible segu-
    ridad.»

    Bien. Proseguiré ahora mi exposición. La vida sexual
    no es sólo un tema picante, sino también un grave proble-
    ma científico. Hay en ella mucho que descubrir y que
    aclarar. Ya dijimos que el análisis había de retroceder
    hasta la más temprana infancia del paciente, por ser en
    esta época, y durante el período de debilidad del Yo, cuan-
    do han tenido efecto las represiones decisivas. Es creencia
    general que en la infancia no hay vida sexual, empezando
    ésta con la pubertad. Por el contrario, descubrimos nos-
    otros que los impulsos instintivos sexuales acompañan a
    la vida desde el nacimiento mismo, y que las represiones
    son precisamente el arma defensiva empleada por el Yo,
    contra tales instintos. Singular coincidencia ésta de que ya
    el niño pequeño se rebele contra el poder de la sexualidad,
    lo mismo que el conferenciante al que antes aludimos o
    aquellos de mis discípulos que luego construyen teorías
    propias. ¿A qué se debe esto? La explicación más general
    sería la de que nuestra civilización se forma a costa de la
    sexualidad, pero esta explicación no agota, ni con mucho,
    el tema.

    El descubrimiento de la sexualidad infantil pertenece a
    aquellos que tornan en vergüenza y confusión de los des-
    cubridores. Según parece, para algunos pediatras y algu-
    nas «nurses», no era ya nada nuevo. Pero sujetos muy in-
    teligentes, que se titulan especialistas en psicología infantil,
    pusieron el grito en el cielo, acusándonos de haber «des-

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    38

    pojado a la niñez de su inocencia». ¡Siempre sentimenta
    lismos en lugar de argumentos! En nuestras instituciones
    políticas sucede todos los días algo semejante. Un miem
    bro cualquiera de la oposición se levanta y denuncia actos
    punibles cometidos en la Administración, el Ejército o los
    Tribunales de Justicia. Acto seguido pide la palabra otro
    parlamentario, generalmente miembro del Gobierno, y de
    clara que tales acusaciones ofenden el sentimiento del
    honor militar, dinástico o incluso el nacional, y deben, por
    lo tanto, ser rechazadas sin formación de causa.

    La vida sexual del niño es, naturalmente, distinta de la
    del adulto. La función sexual recorre, desde sus comien
    zos hasta su conformación final, tan familiar ya para nos
    otros, un complicado desarrollo. Nace de numerosos ins
    tintos parciales, con fines diferentes y atraviesa varias
    fases de organización, hasta entrar, finalmente, al servicio
    de la reproducción. De los diferentes instintos parciales, no
    todos son igualmente utilizables para el resultado final y
    tienen, por lo tanto, que ser desviados, modificados, y en
    parte, reprimidos. Una evolución tan complicada no se
    desarrolla siempre impecablemente; sobrevienen detencio
    nes, fijaciones parciales a fases evolutivas tempranas, y
    más tarde, cuando el ejercicio de la función sexual tropieza
    con algún obstáculo, la tendencia sexual—la libido, como
    nosotros decimos—vuelve con facilidad a tales puntos tem
    pranos de fijación. El estudio de la sexualidad infantil y de
    sus transformaciones hasta la madurez, nos ha dado la
    clave de las llamadas perversiones sexuales, descritas
    antes con todas las demostraciones de horror exigidas por
    las conveniencias, pero cuya génesis nadie podía explicar.

    Todo este sector es extraordinariamente interesante, mas,
    para los fines de nuestra conversación, no tiene objeto que
    sigamos ocupándonos de él. Es preciso poseer, para no
    extraviarse en su recinto, conocimientos anatómicos y fisio
    lógicos que, desgraciadamente, no se adquieren todos en


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    EL ANALISIS PROFANO

    las aulas de Medicina, pero además, resulta indispensable
    una cierta familiaridad con la Historia de la Civilización y
    la Mitología.

    «Con todo, no me formo aún idea de lo que pueda ser
    la vida sexual del niño.»

    Entonces permaneceremos aún en este tema. Así como
    así, no me es fácil abandonarlo. Escuche: Lo más singular
    de la vida sexual del niño me parece ser la circunstancia
    de recorrer toda su evolución, muy amplia, en los cinco
    primeros años; desde este punto, hasta la pubertad, se ex-
    tiende el llamado período de latencia, durante el cual no
    realiza la sexualidad —normalmente— progreso ninguno,
    perdiendo, por lo contrario, fuerza las tendencias sexuales
    y siendo abandonadas y olvidadas muchas cosas que el
    niño realizaba y sabía ya. En este período vital, marchita
    la primera flor de la vida sexual, se constituyen ciertas ac-
    titudes del Yo—el pudor, la repugnancia, la moralidad—
    destinadas a resistir el posterior ataque sexual de la puber-
    tad y a mostrar sus caminos a los impulsos sexuales nue-
    vamente despiertos. Esta constitución, en dos tiempos, de
    la sexualidad, tiene gran relación con la génesis de las en-
    fermedades nerviosas y parece privativa del hombre,
    siendo quizá una de las determinantes del privilegio hu-
    mano de enfermar de neurosis. La prehistoria de la vida
    sexual ha sido tan descuidada antes de la psicoanálisis,
    como, en otro sector, el último fondo de la vida anímica
    consciente. Ambos extremos se hallan, como con razón
    sospechará usted, íntimamente enlazados.

    De los contenidos, manifestaciones y funciones de esta
    época temprana de la sexualidad, se podrían decir muchas
    cosas, totalmente inesperadas. Por ejemplo: Le asombrará
    a usted oir que el niño sufre en muchos casos el miedo de
    ser devorado por su padre. (¿No le admira también verme
    situar este miedo entre las expresiones de la vida sexual?)
    Pero he de permitirme recordarle el mito de los hijos del


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    dios Cronos, devorados por su padre, horrorosa fábula que
    tan singular impresión hubo de causarnos en nuestros años
    escolares, aunque no nos moviera por entonces a reflexio-
    nar sobre su sentido íntimo. A este mito, podemos agregar
    hoy varias fábulas en las que interviene un animal devora-
    dor, el lobo, por ejemplo, en el cual reconocemos una per-
    sonificación disfrazada de la figura paterna. Aprovecharé
    la ocasión, para asegurarle que el conocimiento de la vida
    sexual del niño nos ha dado, secundariamente, la clave de
    la mitología y del mundo de la fábula. Es ésta una de las
    múltiples ventajas accesorias de los estudios analíticos.

    No menos grande habrá de ser su extrañeza al oir que
    el niño padece el miedo a ser despojado, por su padre, de
    sus órganos sexuales, y de tal manera, que este miedo a
    la castración ejerce poderosísima influencia sobre el des-
    arrollo de su carácter y la decisión de su orientación se-
    xual. También aquí le ayudará la mitología a dar crédito a
    la psicoanálisis. El mismo Cronos, que devora a sus hijos,
    castró antes a su padre Urano y fué a su vez castrado por
    su hijo Zeus, a quien la astucia de la madre salvó de morir
    como sus hermanos. Si se ha sentido usted inclinado a su-
    poner que todo lo que la psicoanálisis cuenta de la tem-
    prana sexualidad de los niños procede de la florida fantasía
    de los analíticos, habrá de reconocer, por lo menos, que
    esta fantasía ha creado los mismos productos que la acti-
    vidad imaginativa de la humanidad primitiva, de la cual son
    residuos los mitos y las fábulas. Otra posible actitud de
    usted, más benévola y probablemente más acertada, sería
    la de opinar que en la vida anímica del niño aparecen aún
    visibles, hoy en día, aquellos mismos factores arcaicos que
    reinaron generalmente en las épocas primitivas de la civi-
    lización humana. El niño repetiría, así, abreviada, en su
    desarrollo psíquico, la historia de la especie, como ya la
    embriología lo ha reconocido ha tiempo, con respecto al
    desarrollo físico.

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    Otro carácter de la temprana sexualidad infantil es el
    de no desempeñar en ella papel ninguno el órgano sexual
    femenino—que el niño no ha descubierto aún—. Todo el
    acento recae sobre el miembro masculino, y todo el interés
    se concentra sobre su existencia o inexistencia. De la vida
    sexual de la niña sabemos menos que de la del niño. Pero
    no tenemos por qué avergonzarnos de esta diferencia,
    pues también la vida sexual de la mujer adulta continúa
    siendo un «dark continent» para la psicología. Sin-
    bargo, hemos descubierto que la niña lamenta grandemente
    la falta de un miembro sexual equivalente al masculino, se
    considera disminuída por esta carencia y experimenta una
    «envidia del pene» que da origen a toda una serie de reac-
    ciones femeninas características.

    También es peculiar al niño el hecho de revestir de in-
    terés sexual las dos necesidades excrementicias. La edu-
    cación eleva luego entre ambos sectores una barrera, que
    el chiste derriba más tarde. El niño necesita, en efecto,
    bastante tiempo para llegar a experimentar repugnancias.
    Y esto no lo han negado tampoco aquellos que defienden
    en todo otro punto la seráfica pureza del alma infantil.

    Pero el hecho que en más alto grado merece nuestra
    consideración, es el de que el sujeto infantil proyecta re-
    gularmente sus deseos sexuales sobre las personas más
    próximamente afines a él, o sea, en primer lugar, sobre su
    padre o su madre, y después, sobre sus hermanos o her-
    manas. Para el niño, el primer objeto amoroso es la ma-
    dre, y para la niña, el padre, en cuanto una disposición
    bisexual no favorece también, simultáneamente, la acti-
    tud contraria. El otro elemento de la pareja padre-madre
    es visto como un rival perturbador y llega a ser, con fre-
    cuencia, objeto de una intensa hostilidad. Entiéndame
    usted bien; no quiero decir que el niño o la niña deseen
    por parte de la madre o del padre, respectivamente, aquella
    clase de ternura en la que nos place a los adultos ver la

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    – 42 –

    esencia de las relaciones entre padres e hijos. No; el aná-
    lisis no permite dudar de que los deseos del sujeto infantil
    van más allá de esta ternura y aspiran a todo aquello que
    consideramos como satisfacción sensual, aunque claro está
    que dentro de los límites de la facultad imaginativa infantil.
    Naturalmente, el niño no adivina nunca el verdadero aspec-
    to de la unión sexual y lo sustituye con representaciones
    deducidas de sus experiencias y sensaciones propias. Por
    lo común, culminan sus deseos en la intención de dar a
    luz, a su vez, un niño o de engendrarlo de una manera
    vaga e indeterminada. De este deseo de parir un hijo no
    queda excluído–en su ignorancia–el sujeto infantil mas-
    culino. A toda esta construcción psíquica es a lo que damos
    el nombre de complejo de Edipo, según la conocida leyen-
    da griega. Normalmente, debe sufrir este complejo, al ter-
    minar la primera época sexual, una transformación funda-
    mental, cuyos resultados están llamados a influir decisiva-
    mente en la vida psíquica ulterior. Mas, por lo regular, no
    es dicha transformación suficientemente fundamental y la
    pubertad viene a provocar una resurrección del complejo,
    que puede acarrear graves consecuencias.

    Me asombra no oirle presentar a todo esto objeción
    ninguna, aunque no me atrevo a interpretar su silencio
    como aquiescencia. Al afirmar el análisis que la primera
    elección de objeto del sujeto infantil es incestuosa
    –para emplear ya el nombre técnico–volvía indudable-
    mente a irritar los más sagrados sentimientos de la huma-
    nidad y debía estar preparada a tropezar con la increduli-
    dad, la contradicción y los más duros reproches. Así ha
    sucedido, en efecto. Nada le ha sido tan desfavorable en
    el ánimo de sus contemporáneos, como esta presentación
    del complejo de Edipo como una formación generalmente
    humana y fatal. El mito griego tuvo, sin duda, esta misma
    significación, pero la inmensa mayoría de los hombres de
    hoy, cultos o incultos, prefiere creer que la Naturaleza

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    43

    EL ANALISIS PROFANO

    nos ha dotado de un horror innato al incesto, como protec
    ción contra tan repugnante posibilidad.

    Llamaremos a la historia en nuestro auxilio. Cuando
    Julio César llegó a Egipto, encontró a la joven reina
    Cleopatra casada con Ptolomeo, su hermano menor, unión
    nada extraña en la dinastía egipcia. Los Ptolomeos, de ori
    gen griego, no habían hecho sino continuar una costum
    bre, puesta en práctica, durante milenios enteros, por sus
    predecesores los antiguos faraones. Pero en este caso, se
    trata de un incesto entre hermanos, que aun hoy en día,
    es juzgado menos monstruoso. Volvamos, pues, la vista a
    la mitología, testimonio el más importante que poseemos
    de las circunstancias de la humanidad primitiva. Vemos,
    por ella, que los mitos de todos los pueblos, y no sólo los
    griegos, abundan en relaciones amorosas entre padre e
    hija e incluso entre madre e hijo. Tanto la cosmología
    como las genealogías de las casas reales, aparecen basadas
    en el incesto. ¿A qué intención puede suponerse obediente
    la creación de estas leyendas? ¿Acaso para imponer a dio
    ses y reyes la marca infamante de los criminales y echar
    sobre ellos el oprobio de la humanidad? No; sino porque
    los deseos incestuosos son una primitiva herencia humana,
    y no habiendo sido nunca totalmente dominados, se con
    cedía aún su satisfacción a los dioses y a sus descendien
    tes, cuando ya la mayoría de los humanos vulgares se veía
    forzada a renunciar a ellos. De completo acuerdo con estas
    enseñanzas de la historia y de la mitología, hallamos aún
    vivo y eficiente el deseo incestuoso en la infancia individual.

    «Le podía reprochar ahora, haber querido, al principio,
    silenciar todo lo que acaba de exponerme sobre la sexua
    lidad infantil. Me parece interesantísimo, precisamente por
    sus relaciones con la prehistoria de la humanidad.»

    Temía apartarme demasiado de nuestro fin principal.
    Aunque, bien pensado, creo que la digresión ha de repor
    tarnos sus ventajas.

  • S.

    44

    «Dígame ahora. ¿Qué garantía puede usted ofrecerme
    en apoyo de sus conclusiones analíticas sobre la vida se-
    xual de los niños? Su firme convicción ¿reposa tan sólo
    sobre la coincidencia de tales conclusiones con los datos
    históricos y mitológicos?»

    De ningún modo. Se basa en la observación más inme-
    diata y directa. Su proceso es el siguiente: Comenzamos
    por deducir, del análisis de adultos, o sea a una distancia
    de veinte a cuarenta años, el contenido de la infancia se-
    xual. Más tarde, hemos emprendido el análisis de sujetos
    infantiles, y no fué un triunfo despreciable el hallar confir-
    mado en ellos, todo lo que en los adultos habíamos adivi-
    nado, a pesar de las superposiciones y deformaciones so-
    brevenidas en el largo intervalo.

    «¡Cómo! ¿Han sometido ustedes al análisis a niños de
    seis años? No lo hubiera creído posible, y además, me pa-
    rece peligroso para el tierno sujeto.»

    Pues no ofrece dificultades especiales. Es casi increí-
    ble lo mucho que sucede ya en un niño de cuatro a cinco
    años. Los niños presentan en esta edad una gran activi-
    dad espiritual; la temprana época sexual es también para
    ellos un período de florecimiento intelectual. Tengo la
    impresión de que al iniciarse el período de latencia, se
    embota un tanto su intelecto. Muchos niños pierden tam-
    bién, a partir de este momento, su atractivo físico. Ahora,
    por lo que respecta a los peligros del análisis infantil, pue-
    do decirle que el primer niño con quien se arriesgó, hace
    ya cerca de veinte años, este experimento, es hoy un joven
    sano de cuerpo y de espíritu, que ha atravesado de un
    modo perfectamente normal, el período de la pubertad, no
    obstante haber sufrido en su transcurso, graves traumas
    psíquicos. Espero que así suceda con todas las demás
    «víctimas» del análisis infantil. En estos análisis de niños
    confluyen intereses muy varios y es muy posible que en lo
    futuro adquieran una importancia aún mayor. Su valor

  • S.

    45

    para la teoría es indiscutible; proporcionan datos inequívo-
    cos sobre cuestiones que los análisis de adultos dejan in-
    decisas y evitan así, al analítico, errores de graves conse-
    cuencias para su teoría. Sorprendemos en plena actividad,
    en estos análisis, a aquellos factores que conforman la
    neurosis. Ahora bien; en interés del niño, debe ser amal-
    gamado el influjo analítico con medidas de carácter peda-
    gógico. Esta técnica está aún por fijar. Por otro lado, la
    observación de que muchos niños atraviesan en su des-
    arrollo una fase claramente neurótica, da a la cuestión un
    vital interés práctico. Desde que hemos aprendido a ver
    con más penetra-
    ción, nos inclinamos a afirmar que la neu-
    rosis infantil no es la excepción, sino la regla, como si fuera
    un accidente inevitable en el camino que va de la disposi-
    ción infantil a la civilización social. En la mayoría de los
    casos, este acceso neurótico de los años infantiles es do-
    minado espontáneamente. Sin embargo, no puede asegu-
    rarse que no deje siempre sus huellas incluso en el adulto
    de salud normal. Lo que sí es indudable, es que ningún
    neuró-
    tico adulto deja de mostrarnos un enlace de su enfer-
    medad actual con una neurosis infantil que en su época,
    pudo no presentar signos muy visibles. De un modo total-
    mente análogo, afirman hoy, según creo, los internistas,
    que todo individuo ha pade-
    cido en su infancia, una infec-
    ción tuberculosa. Claro es que, con respecto a las neurosis,
    no puede hablarse de infección y sí solamente de predis-
    posición.

    Vuelvo ahora sobre su demanda de garantías. Le he
    indica-
    do ya, que la observación analítica directa de los
    niños nos ha demostrado, en todos los casos, haber inter-
    pretado acertadamente las manifestaciones de los adultos
    sobre su pasada infancia. Pero además nos ha sido dable
    dispo-
    ner, con alguna frecuencia, de un distinto medio de
    prueba. Con auxilio del material del análisis, había-
    mos
    reconstruido determinados sucesos exteriores, aconteci-

  • S.

    46

    mientos impresionantes de los años infantiles, de los cua
    les nada conservaba la memoria consciente de los enfer
    mos; mas una feliz casualidad nos permitió, consultando
    los recuerdos de los padres o guardadores del sujeto, lo
    grar pruebas irrecusables de que tales sucesos por nosotros
    deducidos, habían tenido plena realidad. Este medio de
    prueba no se nos ha ofrecido, como es natural, más que en
    un número limitado de casos, pero cuando por un feliz azar
    hemos dispuesto de él, nos ha dejado, al confirmar nues
    tras deducciones, una poderosísima impresión. Ha de saber
    usted, que la exacta reconstrucción de tales sucesos infan
    tiles olvidados produce siempre un gran efecto terapéutico,
    permita o no una confirmación objetiva. Dichos sucesos
    deben, naturalmente, su importancia al hecho de haber te
    nido efecto en una época temprana, en la que podían ejer
    cer sobre el Yo, todavía débil, un influjo traumático.

    «¿Y de qué género son estos sucesos que han de ser
    buscados por medio del análisis?»

    Son muy diversos. En primer lugar, impresiones que
    fueron susceptibles de influir duraderamente sobre la vida
    sexual en germen del niño, tales como la observación de ac
    tos sexuales entre adultos o experiencias sexuales propias
    con adultos o con otro sujeto infantil—casos más frecuen
    tes de lo que pudiera creerse—; la audición de conversa
    ciones que el niño entendió ya o sólo posteriormente, pero
    de las que creyó obtener la clave de cosas misteriosas o
    inquietantes; por último, expresiones o actos del propio
    niño que prueban una importante actitud tierna u hostil del
    mismo con respecto a otras personas. Es también de espe
    cial importancia hacer recordar al sujeto en el análisis, su
    propia actividad sexual infantil, olvidada ya, y determinar
    la intervención de las personas adultas que puso término a
    tal actividad.

    «Me ofrece usted ahora la ocasión de dirigirle una pre
    gunta que hace ya tiempo vengo reteniendo. ¿En qué con-
     

  • S.

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    siste la «actividad sexual» del niño durante esta temprana
    época, actividad inadvertida según me dijo antes, hasta el
    análisis?»

    Lo singular es que la forma más regular y esencial de
    esta actividad sexual no había pasado inadvertida. En rea-
    lidad, era imposible no verla. Los impulsos sexuales del
    sujeto infantil encuentran su expresión principal en la
    autosatisfacción por medio del estímulo de los propios ge-
    nitales, en realidad, de la parte masculina de los mismos.
    La extraordinaria difusión de este «vicio» infantil ha sido
    conocida siempre por los adultos, que la han considerado
    como un grave pecado, persiguiéndola severamente. No
    me pregunte usted cómo ha sido posible conciliar esta ob-
    servación de las inclinaciones inmorales del niño—pues los
    niños hacen esto, como ellos mismos dicen, porque «les da
    gusto»—con la teoría de su innata pureza. Es éste un
    misterio, cuya solución habrá usted de pedir a los cam-
    peones de la inocencia infantil. A nosotros se nos plantea
    un problema más importante; el de cómo hemos de condu-
    cirnos con respecto a la actividad sexual de la temprana
    infancia. Conocemos la responsabilidad que supone yugu-
    larla y tampoco nos decidimos a dejarla en completa liber-
    tad. En los pueblos de civilización más baja y en las capas
    inferiores de los civilizados, no parece ponerse obstáculo
    ninguno a la sexualidad infantil. Con ello se consigue, des-
    de luego, una fuerte protección contra la posterior adquisi-
    ción, por el adulto, de neurosis individuales, pero quizá
    también una extraordinaria pérdida de capacidad para ren-
    dimientos sociales. Todo nos dice que nos hallamos aquí
    ante unas nuevas Scylla y Charybdis.

    Dejo ya a su juicio, con toda confianza, la resolución
    de si puede afirmarse que el interés que despierta el estu-
    dio de la vida sexual de los neuróticos puede crear una at-
    mósfera favorable a la voluptuosidad.