El anális profano1926-002/1928.es
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    III

    «Ahora, espero que me deduzca usted de las teorías psí-
    coanalíticas la forma en que podemos representarnos la gé-
    nesis de un padecimiento nervioso.»

    Voy a intentarlo. Mas para ello, habremos de estudiar
    nuestro Yo y nuestro Ello desde un nuevo punto de vista,
    desde el punto de vista dinámico, o sea teniendo en
    cuenta las fuerzas que actúan en y entre ambas instancias.
    Antes nos hemos limitado a la descripción del aparato
    anímico.

    «Supongo que será usted ya menos obscuro.»
    Así lo espero; y creo que no ha de serle tan penoso
    seguirme. Suponemos, pues, que las fuerzas que mueven
    el aparato psíquico nacen en los órganos del soma, como
    expresión de las grandes necesidades físicas. Recuerde
    usted la frase de nuestro filósofo poeta: Hambre y amor.
    Una respetabilísima pareja de fuerzas. Damos a estas nece-
    sidades físicas, en cuanto representan estímulos de la acti-
    vidad psíquica, el nombre de instintos. Tales ins-
    tintos llenan el Ello, pudiendo afirmarse, sintéticamente,
    que toda la energía del Ello procede de los mismos. Tam-
    bién las fuerzas del Yo tienen igual origen, siendo deriva-
    ción de las del Ello. ¿Qué demandan los instintos? Satis-
    facción, esto es, la constitución de situaciones en las que
    puedan quedar apaciguadas las necesidades somáticas.
    El descenso de la tensión de la necesidad genera en nues-
    tra conciencia una sensación de placer. En cambio, su in-
    cremento genera en el acto sensaciones de displacer. Estas

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    EL ANALISIS PROFANO

    oscilaciones dan origen a la serie de sensaciones de pla-
    cer-displacer, con arreglo a la cual regula su actividad el
    aparato anímico. Hablamos aquí de un «dominio del
    principio del placer».

    Cuando las aspiraciones instintivas del Ello no encuen-
    tran satisfacción, surgen estados intolerables. La experien-
    cia muestra pronto que tales situaciones de satisfacción
    sólo pueden ser constituídas con ayuda del mundo exte-
    rior, y entonces, entra en funciones la parte del Ello vuelta
    hacia dicho mundo exterior, o sea el Yo. La fuerza que
    impulsa al navío corresponde toda al Ello, pero el Yo es el
    timonel, sin el cual nunca se llegaría a puerto. Los instin-
    tos del Ello tienden a una satisfacción ciega e inmediata,
    mas por sí solos no la alcanzarían jamás, dando, en cam-
    bio, ocasión a graves daños. Al Yo corresponde evitar un
    tal fracaso, actuando de mediador entre las exigencias del
    Ello y las del mundo exterior real. Su actuación se orienta
    en dos direcciones. Por un lado observa, con ayuda de su
    órgano sensorial del sistema de la conciencia, el mundo
    exterior, para aprovechar el momento favorable a una sa-
    tisfacción exenta de peligro, y por otro, actúa sobre el
    Ello, refrenando sus «pasiones» y obligando a los instin-
    tos a aplazar su satisfacción, e incluso, en caso necesario,
    a modificar sus fines o a abandonarlos, contra una indem-
    nización. Al domar así los impulsos del Ello, sustituye el
    principio del placer, único antes dominante, por el llamado
    principio de la realidad, que si bien persigue
    iguales fines, lo hace atendiendo a las condiciones impues-
    tas por el mundo exterior. Más tarde, averigua el Yo que
    para el logro de la satisfacción existe aún otro camino dis-
    tinto de esta adaptación al mundo exterior. Puede
    también actuar directamente sobre el mundo exterior,
    modificándolo, y establecer en él, intencionada-
    mente, aquellas condiciones que han de hacer posible la
    satisfacción. En esta actividad hemos de ver la más ele-

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    vada función del Yo. La decisión de cuándo es más ade-
    cuado dominar las pasiones y doblegarse ante la realidad,
    y cuándo se debe atacar directamente al mundo exterior,
    constituye la clave de la sabiduría.
    “Y siendo el Ello la instancia más fuerte ¿se deja real-
    mente dominar por el Yo?”

    Sí; cuando el Yo se encuentra plenamente organizado y
    dispone de toda su capacidad funcional, teniendo acceso a
    todas las partes del Ello y pudiendo ejercer su influjo
    sobre ellas. Entre el Yo y el Ello no existe oposición natu-
    ral ninguna; son partes de un mismo todo, y en los casos
    de salud normal, resultan prácticamente indiferenciables.
    “Todo eso está muy bien, pero no veo en esta rela-
    ción ideal, lugar alguno para la enfermedad.”

    En efecto. Mientras el Yo y sus relaciones con el Ello
    se mantienen en estas condiciones ideales, no surge per-
    turbación nerviosa alguna. El portillo que se abre a la en-
    fermedad aparece en un lugar inesperado, si bien un perito
    en patología general no extrañará ver también confirmado
    en este caso, que precisamente los desarrollos y las dife-
    renciaciones más importantes llevan en sí el germen de la
    enfermedad y de la inhibición de las funciones.
    “Me resulta usted ahora demasiado técnico
    y no sé si
    le comprendo bien.”

    Voy a explicarme. Ante el formidable mundo exterior,
    plagado de fuerzas destruc-
    toras, el hombre no es sino una
    mísera criatura, insignifi-
    cante e inerme. Un ser primitivo,
    que no ha desarrollado aún una organiza-
    ción, un Yo, sufi-
    ciente, se halla expuesto a infinitos “traumas”. Vive la sa-
    tisfacción “ciega” de sus deseos instintivos y sucumbe
    arrastrado por ella. La diferencia-
    ción en la que surge el Yo,
    es, ante todo, un progreso para la conservación de la vida.
    El sucumbir no enseña nada, pero cuando se ha resis-
    tido felizmente un trauma, se vigila la aproximación de situa-
    ciones análogas y se señala el peligro por medio de una

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    reproducción abreviada de las impresiones experimentadas
    durante el trauma, o sea por medio de un afecto de
    angustia. Esta reacción a la percepción del peligro
    inicia la tentativa de fuga, la cual salva la vida hasta que se
    es suficientemente fuerte para afrontar de un modo activo,
    e incluso con la agresión, los peligros del mundo exterior.

    «Todo esto se aparta mucho del tema que me prome-
    tió tratar.»

    No sospecha usted cuán cerca llegamos ya del cumpli-
    miento de mi promesa. También en los seres que más
    tarde presentan una organización del Yo perfectamente
    capaz de rendimiento, es este Yo, al principio, durante los
    años infantiles, muy débil y se halla muy poco diferencia-
    do del Ello. Imagine usted ahora lo que sucederá al expe-
    rimentar este Yo, impotente, la presión de una exigencia
    instintiva procedente del Ello, exigencia a la que quisiera
    ya resistirse, porque adivina que su satisfacción es peli-
    grosa y habrá de provocar una situación traumática, un
    choque con el mundo exterior, pero que no puede dominar,
    por carecer aún de fuerzas para ello. El Yo se comporta
    entonces, ante el peligro instintivo, como si se tratara de
    un peligro exterior; emprende una tentativa de fuga, se
    retira de aquella parte del Ello y la deja abandonada a su
    suerte, después de negarle todos los auxilios que, en los
    demás casos, pone al servicio de los impulsos instintivos.
    Decimos entonces, que el Yo lleva a cabo una repre-
    sión del impulso instintivo de que se trate. De momen-
    to, tiene esta maniobra el resultado de alejar el peligro,
    pero no se puede confundir impunemente el exterior y el
    interior. Es imposible huir de sí mismo. En la represión,
    sigue el Yo el principio del placer, que de costumbre sue-
    le corregir, y esta inconsecuencia le acarrea un daño, con-
    sistente en limitar ya duraderamente, su esfera de acción.
    El impulso instintivo reprimido queda ahora aislado, aban-
    donado a sí mismo, inaccesible y sustraído a toda influen-
    cia.

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    cia. Sigue, pues, en ade-
    lante, caminos propios. El Yo no
    puede ya, por lo general, aun llegado después a su pleni-
    tud, deshacer la represión, quedando así perturbada su
    síntesis y permaneciéndole ve-
    dado el acceso a una parte
    del Ello. Pero además, el impulso instintivo aislado no
    permanece ocioso; encuentra medios de indemnizar-
    se
    de la satisfacción normal que le ha sido prohibida; genera ra-
    mificaciones psíquicas que le representan; se enlaza a otros
    procesos que su influencia sustrae también al Yo y emerge,
    por fin, en el Yo y en la conciencia, bajo la forma de un
    producto sustitutivo, irrecono-
    ciblemente disfrazado o de-
    formado, creando aquello que conocemos con el nombre
    de síntoma. He aquí ya, ante nosotros, el estado de cosas
    de una perturbación nerviosa: Por una parte, un Yo coar-
    tado en su síntesis, carente de influencia sobre partes del
    Ello, obligado a renunciar a algunas de sus actividades,
    para evitar un nuevo choque con lo reprimido, y agotán-
    dose en actos defensivos, casi siempre vanos, contra los
    síntomas, ramificaciones de los impulsos reprimidos. Por
    otra, un Ello en el que ciertos instintos se han hecho inde-
    pendientes y persiguen, sin tener en cuenta los intereses
    de la personalidad total, sus fines particula-
    res, obedientes
    tan sólo a las leyes de la primitiva psicología que rei-
    na en
    las profundidades del Ello. Considerando la situación en
    conjunto, hallamos la siguiente sencilla fór-
    mula de la gé-
    nesis de la neurosis: El Yo ha intentado someter en for-
    ma inadecuada, determinadas partes del Ello, fraca-
    sando en su empeño y teniendo que sufrir ahora la ven-
    ganza del Ello. Así, pues, la neurosis es la consecuen-
    cia
    de un conflicto entre el Yo y el Ello, conflicto que provo-
    ca
    el Yo por mantener, a toda costa, su docili-
    dad para con el
    mundo exterior. El conflicto surge entre el mundo exterior
    y el Ello, y porque el Yo, fiel a su más íntima esencia, toma par-
    tido por el mundo exterior, entra en conflic-
    to con
    su Ello. Pero observe usted bien que no es este conflicto

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    EL ANALISIS PROFANO

    mismo el que crea la condición de la enfermedad—pues
    tales oposiciones entre la realidad y el Ello son inevita-
    bles, y una de las funciones constantemente encomendadas
    al Yo es la de actuar en ellas de mediador—sino la circuns-
    tancia de haberse servido el Yo, para resolver el conflicto,
    de un medio—la represión—totalmente insuficiente, cir-
    cunstancia debida a que el Yo, en la época en que le fué
    planteada esta labor, no había aún llegado a su pleno des-
    arrollo y total potencia. Todas las represiones decisivas
    tienen lugar, efectivamente, en la más temprana infancia.

    «¡Singularísima trayectoria! Sigo su consejo de no cri-
    ticar, ya que sólo se propone usted mostrarme la opinión
    de la psicoanálisis sobre la génesis de la neurosis, para en-
    lazar a ella la exposición de su acción contra tales pertur-
    baciones. Se me ocurren, desde luego, varias objeciones,
    que dejo para más adelante. Por ahora, sólo quiero adver-
    tirle que siento la tentación de seguir construyendo sobre
    la base de sus propios pensamientos y arriesgar, por mi
    cuenta, una teoría. Ha desarrollado usted la relación entre
    el mundo exterior, el Yo y el Ello y establecido, como con-
    dición de la neurosis, la de que el Yo, fiel a su dependencia
    del mundo exterior, combata al Ello. ¿No puede también
    imaginarse el caso contrario, o sea el de que el Yo se deje
    arrastrar por el Ello y haga traición al mundo exterior?
    Según mi profana idea de la naturaleza de las enfermeda-
    des mentales, pudiera muy bien ser esta decisión del Yo la
    condición de una enfermedad de este género, toda vez que
    un tal apartamiento de la realidad parece ser el carácter
    esencial de las mismas.»

    También yo he pensado en ello y me parece muy ve-
    rosímil, si bien la prueba de esta sospecha exigiría una dis-
    cusión harto complicada. La neurosis y la psicosis, pertur-
    baciones íntimamente afines desde luego, difieren en un
    punto decisivo, que puede depender muy bien de la resolu-
    ción que tome el Yo en un tal conflicto. En cambio, el Ello,

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    conservaría siempre su carácter de ciega independencia.
    «Continúe usted. ¿Qué medios les sugiere la teoría,
    para el tratamiento de las enfermedades neuróticas?»
    Resulta ya fácil diseñar nuestro fin terapéutico. Quere-
    mos reconstituir el Yo, libertarlo de sus limitaciones y de-
    volverle el dominio sobre el Ello, perdido a consecuencia
    de sus pasadas represiones. Este y sólo éste es el fin del
    análisis, y toda nuestra técnica se halla orientada hacia él.
    Hemos de buscar las represiones efectuadas y mover al Yo
    a corregirlas con nuestra ayuda, resolviendo los conflictos
    en una forma más adecuada que el intento de fuga. Como
    tales represiones tuvieron efecto en años infantiles muy
    tempranos, la labor analítica nos hace retroceder a esta
    época de la vida del sujeto. El camino que conduce hasta
    aquellas situaciones de conflicto, olvidadas en su mayoría,
    que queremos reanimar en la memoria del enfermo, nos es
    indicado por los síntomas, los sueños y las ocurrencias es-
    pontáneas del sujeto, material que ha de ser previamente
    objeto de una interpretación o traducción, pues bajo la in-
    fluencia de la psicología del Ello, ha llegado a tomar for-
    mas expresivas que dificultan su comprensión. De los re-
    cuerdos, ideas y ocurrencias que el paciente nos comunica,
    no sin resistencia interior, hemos de suponer que se hallan
    enlazados, en algún modo, con lo reprimido, o son incluso
    ramificaciones suyas. Al llevar al paciente a vencer su re-
    sistencia a comunicar este material, enseñamos a su Yo a
    dominar su tendencia a los intentos de fuga y a soportar
    la aproximación de lo reprimido. Al fin, cuando se ha con-
    seguido reproducir en su recuerdo la situación en la que
    tuvo lugar la represión, queda brillantemente recompen-
    sada su docilidad. La diferencia entre la época de la repre-
    sión y la actual le es favorable y el conflicto ante el cual
    recurrió su Yo a la fuga, no es hoy, para el Yo adulto y
    robustecido, más que un juego infantil.