S.
S.
S.
S.
S.
S.
S.
S.
S.
S.
S.
261
PSICOPATOLOGIA
que padecía una grave histeria. Después de una larga
e infructuosa estancia en un establecimiento hidroterá-
pico, decidí someterle al tratamiento psicoanalítico. Su
ponía yo que el muchacho había hecho descubrimien-
tos sexuales y que, como correspondía a su edad, se
hallaba atormentado por interrogaciones de dicho or-
den, pero me guardé muy bien de acudir en su ayuda
con aclaraciones o explicaciones hasta haber puesto a
prueba mi hipótesis. Tenía, pues, gran curiosidad por
ver cómo y por qué manifestaciones se revelaba en él
lo que yo buscaba. En esto me llamó un día la aten-
ción el ver que amasaba algo entre los dedos de su
mano derecha, la metía luego con ello en el bolsillo y
seguía dentro de él su manejo, para volver luego a sa-
carla, etc. No le pregunté qué era aquello con que ju-
gaba, pero él mismo me lo mostró abriendo de repen-
te la mano, y ví que era un migote de pan todo soba-
do y aplastado. A la sesión siguiente volvió a traer su
migote, pero entonces se dedicó, mientras conversá-
bamos, a formar con trozos de él unas figuritas que
despertaron mi curiosidad y que él iba haciendo con
increíble rapidez y teniendo cerrados los ojos. Tales
figuritas eran indudablemente hombrecillos con su ca-
beza, dos brazos y dos piernas como los groseros
ídolos primitivos, pero tenían además entre las piernas
un apéndice al que el muchachito le hacía una larga
punta. Apenas había terminado ésta, volvía a amasar
el hombrecillo entre sus dedos. Más tarde lo dejó sub-
sistir, mas para ocultar la significación del primer
apéndice, agregó otro igual en la espalda y después
otros más en diversos sitios. Yo quise demostrarle
que le había comprendido, haciéndole imposible al
mismo tiempo la excusa de decir que en su actividad
creadora no llevaba idea ninguna. Con esta intenciónS.
262
Le pregunté de repente si se acordaba de la historia de
aquel rey romano que dió en su jardín a un enviado
de su hijo una respuesta mímica a la consulta que éste
le formulaba. El muchachito no quería acordarse de
tal cosa a pesar de que tenía que haberlo aprendido
hacía poco tiempo y, desde luego, mucho más recien-
temente que yo. Me preguntó si era esta la historia de
aquel esclavo emisario al que se le escribió la respues-
ta sobre el afeitado cráneo. Le dije que no, que esa era
otra anécdota perteneciente a la historia griega y le
relaté aquella a la que yo me refería. El Rey Tarquino,
el Soberbio, había inducido a su hijo Sexto a entrar
subrepticiamente en una ciudad latina enemiga. Ya en
ella, se había Sexto atraído algunos partidarios y en
este punto mandó a su padre un emisario para que le
preguntase qué más debía hacer. El Rey no dió al
principio respuesta alguna y llevando al emisario a su
jardín hizo que le repitiese su pregunta y abatió ante
él en silencio las más altas y bellas flores de adormi-
dera. El enviado no pudo hacer más que contar a Sex-
to la escena que había presenciado, y Sexto, compren-
diendo a su padre, hizo asesinar a los ciudadanos más
distinguidos de la plaza enemiga.Durante mi relato suspendió el muchachito su mane-
jo con la miga de pan, y cuando al llegar al momento
en que el Rey lleva al jardín al emisario de su hijo, pro-
nuncié las palabras «abatió en silencio», arrancó con
rapidísimo movimiento la cabeza del hombrecillo que
conservaba en la mano, demostrando haberme com-
prendido y darse cuenta de que también yo le había
comprendido a él. Podía, pues, interrogarle directa-
mente y así lo hice, dándole luego las informaciones
que deseaba y consiguiendo con ello poner pronto tér-
mino o su neurosis.S.
263
PSICOPATOLOGIA
Los actos sintomáticos que pueden observarse en
una casi inagotable abundancia, tanto en los indivi-
duos sanos como en los enfermos, merecen nuestro
interés por más de una razón. Para el médico consti-
tuyen inapreciables indicaciones que le marcan su
orientación en circunstancias nuevas o desconocidas
y el hombre observador verá reveladas por ellos to-
das las cosas y, a veces, muchas más de las que de-
seaba saber. Aquel que se halle familiarizado con su
interpretación, se sentirá en muchas ocasiones seme-
jante al Rey Salomón que, según la leyenda oriental,
comprendía el lenguaje de los animales. Un día tuve
yo que visitar en casa de una señora a un joven hijo
suyo al que yo desconocía totalmente. Al encontrarme
frente a él, me chocó ver en sus pantalones una gran
mancha que por sus bordes rígidos y como almidona-
dos reconocí enseguida ser de clara de huevo. El jo-
ven se disculpó, después de un momento de embara-
zo, diciéndome que por hallarse un poco ronco acaba-
ba de tomarse un huevo crudo, cuya resbaladiza albú-
mina se había vertido sobre su ropa. Para justificar tal
afirmación, me mostró un plato que había sobre un
mueble y que contenía aún una cáscara de huevo. Con
esto quedaba explicada la sospechosa mancha, pero
cuando la madre nos dejó solos, comencé a hablar al
joven dándole las gracias por haber facilitado de tal
modo mi diagnóstico y, sin dilación ninguna, tomé
como materia de nuestro diálogo su confesión de que
sufría bajo los efectos perturbadores de la masturba-
ción.Otra vez fui a visitar a una señora, tan rica como
avariciosa y extravagante, que acostumbraba a dar al
médico el trabajo de buscar su camino a través de un
embrollado cúmulo de lamentaciones antes de poderS.
264
llegar a darse cuenta de los más sencillos fundamen-
tos de su estado. Al entrar en su casa la hallé sentada
delante de una mesita y dedicada a hacer pequeñas pi-
las de monedas de plata. Cuando me vió se levantó y
tiró al suelo algunas monedas. La ayudé a recogerlas
y luego corté pronto sus acostumbradas lamentacio-
nes con la pregunta: –«¿Le gasta a usted ahora mu-
cho dinero su hijo político?». La señora me respondió
con una irritada negativa, pero poco después se con-
tradijo, relatándome la lamentable historia de la conti-
nua excitación en que la tenían las prodigalidades de
su yerno. Después no ha vuelto a llamarme. No puedo
afirmar que siempre se gane uno amistades entre aque-
llas personas a las que se comunica la significación de
sus actos sintomáticos.El doctor J. E. G. van Emden (La Haya), comunica
el siguiente caso de «confesión involuntaria por medio
de un acto fallido»:«Al pagar mi cuenta en un pequeño restaurant de
Berlín, me afirmó el camarero que el precio de un de-
terminado plato había subido diez céntimos a causa de
la guerra, a lo cual yo observé que dicha elevación no
constaba en la lista de precios. El camarero me con-
testó que ello se debía, sin duda, a una omisión, pero
que estaba seguro de que lo que me había dicho era
cierto. Inmediatamente, y al hacerse cargo del impor-
te de la cuenta, dejó caer por descuido ante mí y sobre
la mesa, una moneda de diez céntimos.–Ahora es cuando estoy seguro–le dije–que me
ha cobrado usted de más. ¿Quiere usted que vaya a
comprobarlo a la caja?–Permítame… un momento…–y desapareció pre-
suroso.Como es natural, no le impedí aquella retirada, y
S.
265
PSICOPATOLOGÍA
cuando dos minutos después volvió disculpándose con
que había confundido aquel plato con otro, le dí los
diez céntimos discutidos en pago de su contribución a
la psicopatología de la vida cotidiana».Aquel que se dedique a fijar su atención en la con-
ducta de sus congéneres durante las comidas, descu-
brirá en ellos los más interesantes e instructivos actos
sintomáticos.El doctor Hans Sachs, relata lo siguiente:
«En una ocasión me hallé durante la comida en casa
de unos parientes míos, que llevaban muchos años de
matrimonio. La mujer padecía del estómago y tenía
que observar un régimen muy severo. El marido se
acababa de servir el asado y pidió a su mujer, la cual
no podía comer de dicho plato, que le alcanzara la
mostaza. La señora se dirigió al aparador, lo abrió, y
volviendo a la mesa puso ante su marido... la botellita
de las gotas medicinales que ella tomaba. Entre el
bote en forma de tonel que contenía la mostaza y la
pequeña botellita del medicamento no existía la menor
semejanza que pudiera explicar el error. Sin embar-
go, la mujer no notó su equivocación hasta que su ma-
rido, riendo, la llamó la atención sobre ella.
El sentido de este acto sintomático no necesita ex-
plicación».El doctor Bernh. Dattner (Viena), comunica un pre-
cioso ejemplo de este género muy hábilmente investi-
gado por el observador:
«Un día me hallaba almorzando en un restaurant
con mi colega H., doctor en filosofía. Hablándome
este de las injusticias que se cometían en los exáme-
nes, indicó de pasada que en la época en que estaba
finalizando su carrera había desempeñado el cargo de
secretario del embajador y ministro plenipotenciario deS.
266
Chile. «Después—prosiguió—fué trasladado aquel mi-
nistro y yo no me presenté al que vino a sustituirle».Mientras pronunciaba esta última frase se llevó a la
boca un pedazo de pastel con la punta del cuchillo,
pero con un movimiento desmañado, hizo caer el pe-
dazo al suelo. Yo percibí enseguida el oculto sentido
de aquel acto sintomático y exclamé, dirigiéndome a
mi colega, nada familiarizado con las cuestiones psi-
coanalíticas: —«Ahí ha dejado usted perderse un buen
bocado». Mas él no cayó en que mis palabras podían
aplicarse a su acto sintomático y repitió con vivacidad
sorprendente las mismas palabras que yo acababa de
pronunciar: «Sí, era realmente un buen bocado el que
ha dejado perderse». A continuación se desahogó re-
latándome con todo detalle las circunstancias de la tor-
pe conducta que le había hecho perder un puesto tan
bien retribuído.El sentido de este simbólico acto sintomático queda
aclarado teniendo en cuenta que no siendo yo perso-
na de su intimidad, sentía mi colega cierto escrúpulo
en ponerme al corriente de su precaria situación eco-
nómica, y entonces el pensamiento que le ocupaba,
pero que no quería expresar, se disfrazó en un acto
sintomático que expresaba simbólicamente lo que tenía
que ser ocultado, desahogando así el sujeto su incons-
ciente».Los ejemplos que siguen, muestran cuán significati-
vo puede ser el acto de llevarnos, sin intención apa-
rente, pequeños objetos que no nos pertenecen.1. Doctor B. Dattner:
«Uno de mis colegas fué a hacer su primera visita
después de su matrimonio, a una amiga de su juven-
tud, a la que profesaba un gran afecto. Relatándome
las circunstancias de esta visita, me expresó su sor-
S.
267
PSICOPATOLOGIA
presa por no haber podido cumplir su deliberado pro-
pósito de emplear en ella muy pocos momentos. A
continuación me contó un extraño acto fallido que en
tal ocasión había ejecutado.El marido de su amiga, que se hallaba presente,
buscó en un momento determinado una caja de cerillas
que estaba seguro de haber dejado poco antes sobre la
mesa. Mi colega había también registrado sus bolsi-
llos para ver si por casualidad «la» había guardado en
ellos. Por el momento no la encontró, pero algún tiem-
po después halló, en efecto, que se la había «metido»
en un bolsillo y al sacarla le chocó la circunstancia de
que no contenía más que una sola cerilla.Un sueño que tuvo dos días después y cuyo conte-
nido mostraba la simbólica de la caja en relación con
la referida amiga, confirmó mi explicación de que mi
colega reclamaba con su acto sintomático sus dere-
chos de prioridad y quería representar la exclusividad
de su posesión (una sola cerilla dentro)».2. Doctor Hans Sachs:
«A nuestra criada le gusta muchísimo un pastel que
solemos comer de postre. Esta preferencia es induda-
ble, pues es el único plato que le sale bien sin excep-
ción alguna todas las veces que lo prepara. Un do-
mingo, al servírnoslo a la mesa, lo dejó sobre el trin-
chero, retiró luego los platos y cubiertos del servicio
anterior, colocándolos para llevárselos en la bandeja
en que había traído el pastel, y a continuación, en vez
de poner éste sobre la mesa, lo colocó encima de la
pila de platos que en la bandeja llevaba y salió con
todo ello hacia la cocina. Al principio creímos que ha-
bía encontrado algo que rectificar en el postre, mas al
ver que no volvía, llamó mi mujer y la preguntó:
«Betty, ¿qué pasa con el pastel?». La muchacha con-
S.
268
testó sin comprender; «¿Cómo?», y tuvimos que expli-
carla que se había llevado el postre sin servirlo. Lo
había puesto en la bandeja, trasladado a la cocina y
dejado en ella «sin darse cuenta».Al día siguiente, cuando nos disponíamos a comer
lo que del pastel había sobrado la víspera, observó mi
mujer que quedaba igual cantidad que nosotros había-
mos dejado y que por lo tanto la muchacha había des-
preciado la parte que de su manjar preferido la corres-
pondía. Preguntada que por qué razón no había pro-
bado el pastel, respondió con algún embarazo que no
había tenido gana.La actitud infantil de la criada es muy clara en am-
bas ocasiones. Primero la pueril glotonería que no
quiere compartir con nadie el objeto de sus deseos y
luego la reacción despechada, igualmente pueril: «Si
no me lo dáis podéis guardarlo todo para vosotros;
ahora ya no lo quiero».Los actos casuales o actos sintomáticos que apare-
cen en la vida conyugal, tienen con frecuencia grave
significación y podrían inducir a aquellos que no quie-
ren ocuparse de la psicología de lo inconsciente, a
creer en los presagios. El que una recién casada pier-
da, aunque sea para volver a encontrarlo enseguida,
su anillo de bodas, será siempre un mal augurio para
el porvenir del matrimonio. Conozco a una señora,
hoy separada de su marido, que en varias ocasiones
firmó documentos relativos a la administración de su
fortuna con su nombre de soltera y esto muchos años
antes de que la separación la hiciera volver a tener
que adoptarlo de nuevo. –Una vez me hallaba yo
en casa de un matrimonio recién casado y la mu-
jer me contó riendo que, al día siguiente a su re-
greso del viaje de novios, había ido a buscar a suS.
269
hermana soltera para, mientras su marido se hallaba
ocupado en sus negocios, salir con ella de compras
como antes de casarse acostumbraba a hacerlo. De re-
pente había visto venir a un señor por la acera opues-
ta y, llamando la atención a su hermana, la había di-
cho: –«Mira; ahí va el señor L.», olvidando que el tal
señor era desde hacía algunas semanas su marido. Al
oír esto sentí un escalofrío, pero por entonces no sos-
peché que pudiera constituir un dato sobre el porvenir
de los cónyuges. Años después recordé esta pequeña
historia cuando supe que el tal matrimonio había teni-
do un desdichadísimo fin.De los notables trabajos de A. Maeder (Zuerich) 1),
publicados en lengua francesa, transcribo la siguiente
observación que también hubiera podido ser incluída
entre los «olvidos»:«Una señora nos contaba recientemente que cuando
se fué a casar había olvidado probarse el traje de no-
via y que no se acordó de que tenía que hacerlo hasta
las ocho de la noche anterior a la ceremonia nupcial,
cuando la costurera desesperaba ya de que fuera a la
prueba. Este detalle muestra suficientemente que la no-
via no cifraba mucha felicidad en ponerse el traje de
boda y que trataba de olvidar una representación que
le resultaba penosa. Hoy en día se halla divorcia-
da» 2).Un amigo mío que ha aprendido a atender a los pe-
queños signos, me contó que la gran actriz, Eleonora
Duse, introducía en la interpretación de uno de los ti-
pos por ella creados un acto sintomático, lo cual prue-
ba
1)Alph. Maeder.–Contributions a la Psychopathologie de la
vie quotidienne.–Archives de Psychologie, t. VI, 1906.2)N. DEL T.–En francés en el original.
S.
270
ba lo por entero que se entregaba a su papel. Se tra-
taba de un drama de adulterio. La mujer, después de
una violenta escena con su marido, se halla sola,
abstraída en sus pensamientos, y el seductor no ha
llegado todavía. En este corto intervalo jugaba la Duse
con el anillo nupcial que llevaba al dedo, quitándo-
selo y poniéndoselo. Con este acto revelaba estar pronta a
caer en los brazos del otro.Aquí viene bien lo que Th. Reik comunica sobre
otros actos sintomáticos en que el anillo desempeña
un principal papel. (Internat. Zeitschrift f. Psychoana-
lyse. III-1915):«Conocemos los actos sintomáticos que llevan a
cabo las personas casadas quitándose y poniéndose el
anillo de matrimonio. Mi colega M. ejecutó en una oca-
sión una serie de actos sintomáticos análogos. Una
muchacha a quien él quería, le había regalado un ani-
llo diciéndole que no lo perdiera, pues si así sucedía lo
consideraría ella como signo de que ya no la amaba.
En la época que siguió a este regalo padeció M. una
constante preocupación de no perderlo. Si por ejem-
plo se lo quitaba para lavarse las manos lo dejaba
casi siempre olvidado y a veces necesitaba estar bus-
cándolo mucho tiempo para volver a hacerse de él.
Cuando echaba alguna carta en un buzón no podía
nunca reprimir un ligero miedo de que sus dedos tro-
pezasen contra los bordes de aquél y se le cayera den-
tro la sortija. Una de estas veces obró, en efecto, tan
desmañadamente que el anillo cayó al fondo del buzón.
La carta que echaba cuando esto le ocurrió contenía
una despedida a una anterior amada suya hacia la que
se sentía culpable. Al mismo tiempo despertó en él una
añoranza de esta mujer que fué a ponerse en conflicto
con su inclinación por el actual objeto de su amor».S.
271
En este tema del «anillo» se ve de nuevo cuán difí-
cil es para el psicoanalista hallar algo nuevo, algo que
un poeta no haya sabido antes que él. En la novela
«Ante la tormenta», de Fontane, dice el consejero de
justicia Turgany, presenciando un juego de prendas:
«¿Querrán ustedes creer, señoras mías, que en este
juego se revelan al entregar las prendas los más pro-
fundos secretos de la naturaleza?» Entre los ejemplos
con que ratifica su afirmación hay uno que merece es-
pecialmente nuestro interés: «Recuerdo –dice– que
una señora ya jamona, mujer de un profesor, se quitó
una vez el anillo de boda para darlo como prenda.
Háganme ustedes el favor de figurarse la felicidad
conyugal que debía reinar en aquella casa». Más ade-
lante continúa diciendo: –«En la misma reunión se
hallaba un señor que no se cansaba de depositar su
navaja inglesa–diez hojas, sacacorchos y eslabón–
en el regazo de la señora encargada de recoger las
prendas, hasta que el tal monstruo de diez hojas, des-
pués de haber enganchado y desgarrado varios vesti-
dos de seda, tuvo que desaparecer ante un clamor de
indignación general».No ha de extrañarnos que un objeto de tan rica sig-
nificación simbólica como un anillo sea utilizado en
significativos actos fallidos también cuando no tiene el
carácter de anillo nupcial o esponsalicio y no repre-
senta por tanto un lazo erótico. El doctor M. Kardos
ha puesto a mi disposición el siguiente ejemplo de un
incidente de esta clase:Un acto fallido que constituye una confesión
«Hace varios años que mantengo un ininterrumpido
trato con un individuo mucho más joven que yo, el cualS.
272
participa de mis empeños espirituales y se halla con
respecto a mí en la relación de discípulo a maestro. Un
día le regalé un anillo que le ha dado ya ocasión de
ejecutar varios actos sintomáticos, los cuales han sur-
gido cada vez que en nuestras relaciones ha aparecido
alguna circunstancia que ha despertado su disconfor-
midad. Hace poco me comunicó el siguiente caso es-
pecialmente transparente. Había dejado de venir a ver- me en el día que semanalmente teníamos señalado
para ello, excusándose con un pretexto cualquiera y
siendo la verdadera causa una cita que le había dado
una muchacha para aquel mismo día. A la mañana si- guiente se dió cuenta, estando ya lejos de su casa, de
que no llevaba el anillo que yo le había regalado, pero
no se inquietó por ello suponiendo que lo habría deja- do olvidado sobre la mesilla de noche donde acostum- braba a colocarlo al acostarse, y que lo encontraría a
su regreso. Mas al volver a casa vió que tampoco se
hallaba el anillo en el sitio indicado y empezó entonces
a buscarlo por todas partes, con igual resultado nega- tivo. Por último, se le ocurrió que como solía dejar to- das las noches, desde hacía más de un año, el anillo y
una navajita en el mismo lugar, podía haber cogido
ambas cosas juntas por la mañana y haberse metido
también «por distracción» la sortija en el mismo bolsi- llo que la navaja. En efecto, esto era lo que había su- cedido.«El anillo en el bolsillo del chaleco» es el proverbia
manejo de todo hombre que se propone engañar a la
mujer que se lo regaló. El sentimiento de culpabilidad
que surgió en mi discípulo le indujo primero a un auto- castigo («No eres ya digno de llevar esa sortija») y en
segundo lugar, a la confesión de la pequeña infidelidad
cometida, confesión que surgió al relatarme su actoS.
273
fallido, o sea la pérdida temporal del objeto por mí re-
galado».Conozco también el caso de un señor ya de edad
madura que se casó con una muchacha muy joven y
decidió no salir de viaje en el mismo día, sino pasar la
noche de bodas en un hotel de la ciudad. Apenas llegó
a éste, advirtió asustado que no llevaba la cartera, en
la que había metido el dinero destinado al viaje de bo-
das, y que, por lo tanto, la debía haber perdido o de-
jado olvidada en algún lado. Por fortuna, pudo aún
telefonear a su criado, el cual halló la cartera en un
bolsillo del traje que había llevado el novio en la cere-
monia y cambiado luego por uno de viaje, y fué ense-
guida al hotel, entregándosela al recién casado que
tan «desprovisto de medios» entraba en la vida matri-
monial. En la noche de bodas permaneció también,
como él ya lo temía, «desprovisto de medios» (impo-
tente).Es consolador el pensar que «la pérdida de obje-
tos» constituye una insospechada extensión de un
acto sintomático y que, por lo tanto, tiene que resultar
en último término, vista con agrado por una secreta
intención del perdidoso. Con frecuencia, la pérdida no
es más que una expresión de lo poco que se aprecia
el objeto perdido o una secreta repugnancia hacia el
mismo o hacia la persona de quien proviene. Sucede
también que la tendencia a la pérdida se transfiere al
objeto perdido desde otros objetos de mayor impor-
tancia y por medio de una asociación simbólica. La
pérdida de objetos valiosos sirve de expresión a muy
diversas sensaciones y puede representar simbólica-
mente un pensamiento reprimido–esto es, recordarnos
algo que preferiríamos quedase olvidado–o, y esto
ante todo, representar un sacrificio a las oscuras po-
– 273 –S.
274
P R O F . S . F R E U D
tencias del destino, cuyo culto no se ha extinguido to-
davía entre nosotros1).Los siguientes ejemplos ilustrarán estas considera-
ciones sobre la «pérdida de objetos».Doctor B. Dattner.—«Un colega me comunicó que
había perdido un lapicero metálico de un modelo espe-
cial que poseía hacía ya dos años y al que por su có-
modo uso y excelente calidad había tomado cariño.
Sometido el caso al análisis se revelaron los hechos
siguientes: El día anterior había recibido mi colega
una carta extraordinariamente desagradable de su cu-
ñado, carta que terminaba con esta frase: «Por ahora
no tengo ganas ni tiempo de apoyar tu ligereza y tu
holgazanería». La poderosa reacción emotiva que esta
carta produjo en mi colega le hizo apresurarse a sa-
crificar al día siguiente el cómodo lapicero – r e g a l o
d e s u c u ñ a d o – para no tener que deberle favor
ninguno».Una señora, conocida mía, se abstuvo, como es
1)He aquí aún una pequeña colección de diversos actos sin-
tomáticos observados, tanto en individuos sanos, como neuróti-
cos: Un colega mío ya de edad avanzada y al que disgusta mucho
perder en los juegos carteados, perdió una noche una crecida
suma, que pagó sin lamentarse, pero dejando transparentar un
particular estado de ánimo. Después de su marcha se descubrió
que había dejado sobre la mesa casi todo lo que llevaba en los
bolsillos: los lentes, la petaca y el pañuelo. Este olvido debe ser
traducido en la forma siguiente: –«¡Bandidos! Me habéis despo-
jado por completo»–. Un sujeto que padecía de impotencia se-
xual en algunas ocasiones, pero no crónicamente, impotencia
que tenía su origen en la intimidad de sus relaciones infantiles
con su madre, me comunicó que tenía la costumbre de ornar al-
gunos escritos y notas con una S., letra inicial del nombre de
aquélla y que no podía tolerar que las cartas que recibía de su
casa anduviesen revueltas sobre su mesa con otra clase de co-
rrespondencia n o n s a n c t a, sintiéndose forzado a con-
servar las primeras en sitio aparte. Una señora joven abrió deS.
275
PSICOPATOLOGIA
comprensible, de ir al teatro durante su luto por la
muerte de su anciana madre. Al faltar ya muy pocos
repente un día la puerta del cuarto en que recibo a mis pacientes,
antes de que saliera de él la enferma que la precedía. En el acto
se excusó diciendo lo había hecho «sin pensar», pero pronto se
descubrió que la había impulsado a ello la misma curiosidad que
en su infancia la llevaba a penetrar repentinamente en la alcoba
de sus padres. Aquellas muchachas que están orgullosas de su
bella cabellera, saben siempre manipular tan hábilmente con sus
horquillas y peinetas, que consiguen que en medio de la conver-
sación se les suelte el pelo. Muchos individuos que durante un
reconocimiento o tratamiento médicos tienen que permanecer
echados, suelen desparramar por el suelo una cantidad mayor o
menor del dinero que llevan en el bolsillo del pantalón, pegando
así, según en lo que lo estiman, el trabajo del médico. Aquel que
olvida en casa del médico algún objeto, lentes, guantes, bolsillo,
etcétera, manifiesta con ello un sentimiento de gratitud o simpa-
tía y su deseo de volver nuevamente. E. Jones. dice: «Se puede
medir el éxito con que un médico practica la psicoterapia, por la
colección que en un mes pueda hacer de sombrillas y paraguas,
pañuelos y bolsillos olvidados en su casa por los clientes. Los
más pequeños actos habituales y llevados a cabo con un míni-
mum de atención, tales como dar cuerda al reloj antes de acos-
tarse, apagar la luz al salir de una habitación, etc., están some-
tidos ocasionalmente a perturbaciones que demuestran la influen-
cia de los complejos inconscientes sobre aquellas «costumbres»
que se tienen por más arraigadas. Maeder relata en la revista
«Coenobium», el caso de un médico interno de un hospital, que
estando de guardia y no debiendo abandonar su puesto, tuvo
que hacerlo, sin embargo, por reclamarle en otro lado un asunto
de importancia. Cuando volvió, notó con sorpresa que había luz
en su cuarto. Al salir se le había olvidado apagarla, cosa que ja-
más le había ocurrido antes. Reflexionando sobre el caso, halló
enseguida el motivo a que obedecía su olvido. El director del
hospital, que residía en él, debía deducir de la iluminación del
cuarto de su interno la presencia de éste. Un individuo, abruma-
do de preocupaciones y sujeto a temporales depresiones de áni-
mo, me aseguró que cuando por la noche se acostaba cansado
de lo duro y penoso de su vida, hallaba siempre al despertarse
por la mañana, que se le había parado el reloj por haberse olvi-
S.
276
días para el término del año de luto riguroso se dejó
convencer por las reiteradas instancias de sus amigos
dado de darle cuerda. Con tal olvido simbolizaba su indiferencia
de vivir o no al día siguiente. Otro sujeto, al que no conozco
personalmente, me escribió: «Habiéndome ocurrido una doloro-
sa desgracia, se me apareció la vida tan penosa y desagradable
que me imaginaba no hallar fuerza suficiente para mantenerme
vivo al siguiente día, y en esta época me dí cuenta que casi a
diario me olvidaba de dar cuerda al reloj, cosa que nunca había
omitido y que llevaba a cabo casi mecánicamente al acostarme.
Sólo me acordaba de hacerlo cuando al siguiente día tenía algu-
na ocupación importante o de gran interés para mí. ¿Será esto
también un acto sintomático? No podría yo no explicármelo».
Aquel que como Jung (Sobre la Psicología de la Demen-
tia praecox, 1902, pág. 62), o como Maeder (Une voie nouvelle en psy-
chologie—Freud et son école. «Coenobium». Lugano, 1909) quie-
ra tomarse el trabajo de prestar atención a las melodías que se ta-
rarean al descuido y sin intención, hallará regularmente la rela-
ción existente entre el texto de la melodía y un tema que ocupa el
pensamiento de la persona que la canta.
También la sutil determinación de la expresión del pensamien-
to en el discurso o en la escritura, merece una observación cui-
dadosa. En general, se cree poder elegir las palabras con qué
revestir nuestro pensamiento o la imagen que ha de representar-
lo. Una más cuidadosa observación muestra, tanto la existencia
de otras consideraciones que deciden tal elección, como también
que en la forma en que se traduce el pensamiento se transparen-
ta a veces un sentido más profundo y que el orador o escritor no
se ha propuesto expresar. Las imágenes y modos de expresión
de que una persona hace uso preferente, no son, en la mayoría
de los casos, indiferentes para la formación de un juicio sobre
ella y, en ocasiones, se muestran como alusiones a un tema que
por el momento se retiene en último término, pero que ha impre-
sionado hondamente al orador. En una determinada época oí
usar varias veces a un sujeto, en el curso de conversaciones teó-
ricas, la expresión: «Cuando le pasa a uno algo de repente por
la cabeza». No me extrañó ver esta locución repetidas veces en
boca del referido sujeto, pues sabía que poco tiempo antes había
recibido la noticia de que un proyectil ruso había atravesado de
parte a parte el gorro de campaña de su hijo.S.
277
PSICOPATOLOGIA
y adquirió una localidad para una representación de
extraordinario interés, pero luego, al llegar al teatro,
descubrió que había perdido su billete. Después supuso
que lo había tirado en unión del billete del tranvía al
bajar de éste. Esta señora se precia de ordinario de
no perder nunca nada por descuido o distracción y,
por lo tanto, debe aceptarse la existencia de un motivo
en otro caso de «pérdida» que le sucedió y que es el
siguiente:
Habiendo llegado a un balneario decidió hospedarse
en una pensión en la que ya había estado otra vez.
Recibida como antigua conocida de la casa, fué bien
hospedada, y cuando quiso satisfacer el importe de su
estancia se le dijo que debía considerarse como invi-
tada, no teniendo, por tanto, nada que pagar, cosa que
no la agradó mucho. Sólo se la consintió que dejase
una propina destinada a la camarera que la había ser-
vido. Para hacerlo así abrió su bolso y extrajo de él
un billete que dejó sobre la mesa de su cuarto. Por la
noche, el criado de la pensión fué a llevarla otro billete
de cinco marcos que había hallado debajo de la mesa
y que según creía la dueña de la pensión debía perte-
necerla. Este billete tuvo que caer al suelo al sacar del
bolso el otro para la camarera. La señora no quería,
pues, dejar de pagar su cuenta.
En un largo estudio (La «pérdida de objetos» como
acto sintomático. – Zentralblatt fuer Psychoanalyse.
I–10–11), ha aclarado Otto Rank, con ayuda de análisis
de sueños, la profunda motivación de estos actos y la
tendencia sacrificadora que constituye su fundamento.
(En la Zentralblatt fuer Psychoanalyse–II, y en la Inter-
nat. Zeitschrift fuer Psychoanalyse–I–1913, pueden ha-
llarse otras comunicaciones sobre la misma cuestión).
Es muy interesante, en el referido trabajo de Rank, suS.
— 278 —
afirmación de que no sólo el perder objetos aparece
determinado, sino también el encontrarlos. La obser-
vación de Rank que a continuación transcribo, nos da
el sentido en que su hipótesis debe comprenderse. Es
claro que en los casos de «pérdida» se conoce el objeto,
y, por el contrario, en los de «hallazgo» es aquel el
que tiene que ser buscado. (Internat. Zeitschrift fuer
Psychoanalyse–III–1915).
«Una muchacha, que dependía económicamente de
sus padres, deseaba comprarse un objeto de adorno.
Al preguntar en una tienda por el precio del objeto de-
seado, se enteró con tristeza de que sobrepasaba la
cantidad a que ascendían sus ahorros. Tan sólo dos
coronas eran las que le faltaban, privándola de aque-
lla pequeña alegría. Melancólicamente regresó a su
casa a través de las calles de la ciudad llenas de ani-
mación en aquella hora crepuscular. En una de las
plazas más frecuentadas fijó de pronto su atención–
a pesar de que, según ella decía al relatar el suceso,
iba abstraída en sus pensamientos–en un pequeño pa-
pel que había en el suelo y sobre el cual acababa de
pasar sin haberlo visto antes. Se volvió y lo recogió,
viendo con sorpresa que era un billete de dos coronas
doblado por la mitad. Su primer pensamiento fué el de
que aquel billete se lo había deparado el destino para
que pudiese comprarse el ansiado adorno y emprendió
de nuevo el camino hacia la tienda para seguir aque-
lla indicación de la fortuna. Mas en el mismo momento
cambió de intención, pensando que el dinero encon-
trado es un dinero de buena suerte que no debe gas-
tarse.
El pequeño análisis necesario para la comprensión
de este «acto casual» puede llevarse a cabo sin la de-
claración personal de la interesada, y deducirse direc-S.
279
tamente de los hechos. Entre los pensamientos que
ocupaban a la muchacha al regresar a su casa, tuvo
que figurar en primer término el de su pobreza y es-
trechez material, pensamiento al que nos es lícito supo-
ner que acompañaría el deseo de ver llegado algo que
pusiese término a dicha situación. Por otro lado, la
idea de cómo podría llegar con mayor facilidad a la
obtención de la suma que le hacía falta para satisfa-
cer su pequeño capricho, tuvo que sugerirla la solución
más sencilla o sea la del «hallazgo». De este modo
quedó su inconsciente (o preconsciente) dispuesto a
«hallar» aun cuando tal pensamiento no se hizo por
completo consciente en ella, por estar ocupada su
atención en otras cosas («iba abstraída en sus pensa-
mientos»). Podemos, pues, afirmar, fundándonos en
análisis de otros casos semejantes, que la disposición
a buscar» inconsciente puede conducirnos has-
ta un resultado positivo mucho antes que una atención
conscientemente dirigida. Si no sería casi inexplicable
el que sólo esta persona, entre cientos de transeuntes, y
yendo además en condiciones desfavorables por la es-
casa luz crepuscular y la aglomeración, pudiese hacer
un hallazgo del que ella misma fué la primera en que
dar sorprendida. El extraño hecho de que después del
hallazgo del billete, y cuando, por lo tanto, su disposi-
ción había llegado a ser snpérflua y se había ya esca-
pado con toda seguridad a la atención consciente,
hiciese la muchacha un nuevo hallazgo, consistente en
un pañuelo, antes de llegar a su casa y en una oscura
y solitaria calle de las afueras de la ciudad, nos mues-
tra en qué alta medida existía en ella esta inconsciente
o preconsciente disposición a encontrar».Hay que convenir en que precisamente estos actos
sintomáticos nos dan a veces el mejor acceso al co-S.
280
nocimiento de la íntima vida psíquica del hombre.
Expondré ahora un ejemplo de acto casual que sin
necesidad de someterlo al análisis, mostró una profun-
da significación, ejemplo que aclara maravillosamente
las condiciones bajo las cuales pueden aparecer tales
síntomas sin llamar la atención y del que puede dedu-
cirse una observación de gran importancia práctica.
En el curso de un viaje veraniego tuve que pasar unos
cuantos días en una cierta localidad, en espera de que
vinieran a reunírseme en ella determinadas personas
con las que pensaba proseguir mi viaje. En tales días
hice conocimiento con un hombre joven que como yo
parecía sentirse allí solitario, y que se me agregó gus-
toso. Hallándonos en el mismo hotel se nos hizo fácil
comer juntos y salir juntos a paseo. El tercer día, des-
pués de almorzar, me comunicó de repente que aque-
lla tarde esperaba a su mujer que llegaría en el expreso.
Esto despertó mi interés psicológico, pues me ha-
bía ya chocado aquella mañana, que mi compañero
había rehusado emprender una excursión algo larga
y durante el corto paseo que habíamos dado se había
negado a subir por un camino, alegando que era de-
masiado pendiente y algo peligroso. Paseando luego
por la tarde afirmó de pronto que yo tenía que sentir
ya apetito y que no debía aplazar mi cena por causa
suya, pues él iba a esperar a su mujer y cenaría luego
con ella. Yo comprendí la indirecta y me senté a la
mesa mientras él se dirigía a la estación.
A la mañana siguiente nos volvimos a encontrar en
el hall del hotel. Me presentó a su mujer y añadió:
«Almorzará usted con nosotros ¿no?». Yo tenía que
hacer aún una pequeña comisión en una calle cercana
al hotel, pero aseguré que regresaría enseguida. Al en-
trar luego en el comedor ví que la pareja se había senta-S.
281
PSICOPATOLOGIA
do al mismo lado de una pequeña mesa colocada junto
a una ventana. Frente a ellos quedaba una única silla
sobre cuyo respaldo y cubriendo el asiento se hallaba
un grande y pesado abrigo perteneciente al marido.
Yo comprendí enseguida el sentido de esta colocación,
inconsciente, pero por lo mismo más expresiva. Que-
ría decir: «—Aquí no hay ya sitio para ti. Ya no me
haces falta». El marido no se dió cuenta de que yo
permanecía de pié ante la mesa sin poder sentarme.
La mujer, en cambio, sí lo notó y dándole con el codo,
murmuró: —«Has ocupado con tu abrigo el sitio del
señor».En este y otros casos análogos me he dicho siem-
pre que los actos inintencionadamente llevados a cabo
tienen que ser de continuo un manantial de malas inte-
ligencias en el trato entre los hombres. El que los eje-
cuta ignora en absoluto la intención a ellos ligada y no
teniéndola por tanto en cuenta, no se considera res-
ponsable de los mismos. En cambio el que los obser-
va, los utiliza igual que los demás de su interlocutor,
para deducir sus intenciones y propósitos y de este
modo llega a averiguar de sus procesos psíquicos más
de lo que aquel está dispuesto a comunicarle o cree
haberle comunicado. El adivinado se indigna cuando
se le muestran tales conclusiones deducidas de sus ac-
tos sintomáticos y las declara infundadas puesto que al
ejecutar dichos actos le ha faltado la conciencia de la
intención, quejándose de mala comprensión por parte
de los demás. Observada con detenimiento tal incom-
prensión se ve que reposa en el hecho de comprender
demasiado y demasiado sutilmente. Cuanto más «ner-
viosos» son dos hombres, tanto más pronto se darán
motivos uno a otro para diferencias que los separen y
cuyo fundamento negará cada cual con respecto a síS.
282
mismo con la misma seguridad con que lo afirmará
para el otro. Este es el castigo de la insinceridad inte-
rior a la que permiten los hombres manifestarse bajo
el disfraz de olvidos, actos de término erróneo y emo-
ciones inintencionadas que sería mejor que se confesa-
sen a sí mismos y confesasen a los demás cuando no
pudieran ya dominarlos. Se puede afirmar, en gene-
ral, que todos practicamos constantemente análisis
psíquicos de nuestros semejantes y que a consecuen-
cia de ello aprendemos a conocerlos mejor que cada
uno de ellos a sí mismo. El estudio de las propias ac-
ciones y omisiones aparentemente casuales es el me-
jor camino para llegar a conocerse a sí mismo.De todos los poetas que han escrito algo sobre los
pequeños actos sintomáticos y los rendimientos falli-
dos o los han utilizado en sus obras, ninguno ha reco-
nocido con tanta claridad su secreta naturaleza ni les
ha infundido una vida tan inquietante como Strindberg,
cuyo genio fué ciertamente ayudado en esta cuestión
por su profunda anormalidad psíquica.El doctor Karl Weiss (Viena), ha llamado la aten-
ción sobre el siguiente trozo de una de las obras de
Strindberg (Internat. Zeitschrift fuer Psychoanalyse.
tomo I. 1913, pág. 268):«Al cabo de algún tiempo llegó realmente el conde
y se acercó con serenidad a Esther como si la hubiera
dado cita.
—¿Has esperado mucho tiempo?—le preguntó con
su voz velada.
—Seis meses, ya lo sabes—respondió Esther—.
¿Me has visto hoy?
—Sí. En el tranvía. Y te miré a los ojos de tal ma-
nera que creí estar hablando contigo.
—Han pasado muchas cosas desde la última vez.S.
283
Psicopatologia
—Sí. Creí que todo había terminado entre nos-
otros.—¿Cómo?
—Todos los pequeños regalos que de ti había reci-
bido se fueron rompiendo y todos ellos de un modo
misterioso. Pero esto es una antigua advertencia.—¡Qué dices! Ahora recuerdo un gran número de
casos de esta clase que yo creí casualidades. Una
vez mi abuela me regalo unos lentes cuando aún está-
bamos en buenas relaciones. Eran de cristal de roca
y se veía con ellos divinamente; una verdadera mara-
villa que yo trataba con todo cuidado. Un día rom-
pí con la anciana y ésta me tomó odio…La primera vez que después de esto me puse los
lentes se cayeron los cristales sin causa ninguna. Creí
en un simple desperfecto y los mandé arreglar. Pero
no; siguieron rehusando prestar su servicio y tuve que
relegarlos a un cajón del que luego desaparecieron.—Es extraño que todo aquello que a los ojos se re-
fiere sea lo que muestra una más sensible naturaleza.
Un amigo me regaló una vez unos gemelos de teatro.
Se adaptaban tan bien a mi vista que era un placer
para mí el usarlos. Mi amigo y yo nos convertimos en
enemigos. Ya sabes tú que a esto se llega sin causa
visible, como si le pareciese a uno que ya no se debe
seguir unidos. Al querer utilizar después los gemelos
me fué imposible ver claramente con ellos. El eje
transversal resultaba corto y ante mis ojos aparecían
dos imágenes. No necesito decirte que ni el tal eje se
había acortado ni tampoco había crecido la distancia
entre mis ojos. Era un milagro que sucede todos los
días y que los malos observadores no notan. ¿Expli-
cación? La fuerza psíquica del odio es
mayor de lo que creemos. La sortija queS.
284
me diste ha perdido su piedra y no se deja reparar;
no se deja. ¿Quieres ahora separarte de mí?... («Las
habitaciones góticas». pág. 258).También en el campo de los actos sintomáticos tie-
ne que ceder la observación psíquica la prioridad a los
poetas y no puede hacer más que repetir lo que estos
han dicho ya hace mucho tiempo. El señor Wilhelm
Stross me llamó la atención sobre el siguiente trozo
del «Tristram Shandy» la conocida novela humorística
de Lawrence Sterne (VI parte, capítulo V).«Y no me extraña nada que Gregorio de Nazianzum,
al observar los gestos rápidos y fugitivos de Juliano,
predijese su apostasía. Ni que San Ambrosio despidie-
se a su amanuense por los incorrectos movimientos de
su cabeza que iba y venía como un látigo de trillar. Ni
que Demócrito notase en seguida que Protágoras era
un sabio por el hecho de ver cómo al hacer un haz de
leña ponía los sarmientos más finos en el medio. Hay
mil rendijas que pasan desapercibidas—continuó mi
padre— a través de las cuales una mirada penetrante
puede descubrir de una vez el alma, y yo afirmo—aña-
dió—que un hombre razonable no puede dejar su som-
brero al entrar en una habitación o cogerlo para mar-
charse sin que se le escape algo que nos revele su ín-
timo ser».
You are here
Psicopatologia de la vida cotidiana1901-002/1922.es
1901-002/1922.es/9