S.
175
VII
Olvido de impresiones y propósitos
Si alguien mostrase inclinación a valorar exagera-
damente nuestro conocimiento actual de la vida psí-
quica, bastaría, para obligarle a volver a la humildad,
hacerle fijarse en la función de la memoria. Ninguna
teoría psicológica ha logrado hasta el día explicar con-
juntamente los fenómenos fundamentales del olvido y
del recuerdo, y ni siquiera se ha llevado a cabo el aná-
lisis completo de aquello que nos es dado observar en
la realidad actual. El olvido ha llegado a ser hoy para
nosotros quizá más misterioso que el recuerdo, sobre
todo desde que el estudio de los sueños y de los fenó-
menos patológicos nos ha enseñado que aquello que
creíamos haber olvidado por mucho tiempo puede vol-
ver de repente a surgir en la conciencia.Poseemos, sin embargo, algunos datos cuya exac-
titud esperamos será generalmente reconocida. Acep-
tamos que el olvido es un proceso espontáneo al que
se puede atribuir un determinado término temporal;
hacemos resaltar el hecho de que en el olvido se veri-
fica una cierta selección entre las impresiones existen-
tes e igualmente entre las particularidades de cada im-
presión o suceso, y conocemos algunas de las condi-
ciones necesarias para la conservación en la memoria
y emergencia en la misma de aquello que, sin su cum-
S.
176
plimiento, sería olvidado. Pero no obstante, en innu-
merables ocasiones de la vida cotidiana, podemos ob-
servar cuán incompleto y poco satisfactorio es nues-
tro conocimiento. Escuchando a dos personas cambiar
sus recuerdos de impresiones recibidas conjuntamente
del exterior, por ejemplo, de las recibidas durante un
viaje hecho en compañía, se verá siempre que mucho
de aquello que ha permanecido fijo en la memoria de
una de ellas ha sido olvidado por la otra, a pesar de
que no exista razón alguna para afirmar que la impre-
sión haya sido más importante psíquicamente para una
que para la otra. Es indudable que una gran cantidad
de los factores que determinan la selección verificada
por la memoria escapa a nuestro conocimiento.Con el propósito de aportar al conocimiento de las
condiciones del olvido una pequeña contribución, acos-
tumbro a someter a un análisis psicológico aquellos
casos en que soy yo el sujeto del olvido. Regularmen-
te no me ocupo más que de un cierto grupo de tales
casos, esto es, de aquellos en los cuales el olvido me
causa sorpresa, por creer que debía recordar por en-
tero aquello que ha desaparecido de mi memoria.
Quiero así mismo hacer constar que en general no soy
propenso a olvidar (las cosas vividas, no las aprendi-
das) y que durante un corto período de juventud me
fué posible dar algunas poco ordinarias pruebas de
memoria. En mis años de colegial no hallaba dificul-
tad alguna en recitar de memoria la página que aca-
baba de leer, y poco antes de ingresar en la Universi-
dad me era dado transcribir casi a la letra, inmediata-
mente después de oirlas, conferencias enteras de vul-
garización de un asunto científico. En mi tensión de
espíritu ante el examen final de la carrera de Medicina,
debí hacer aún uso de un resto de esta facultad, puesS.
177
PSICOPATOLOGIA
en algunos temas, dí a los examinadores, respuestas
que parecían automáticas y que demostraron coincidir
exactamente con las explicaciones del libro de texto,
el cual no había hecho yo más que hojear a toda prisa.Desde entonces ha ido disminuyendo cada vez más
mi dominio sobre mi memoria; pero en los últimos
tiempos me he convencido de que, con ayuda de un
determinado artificio, puedo conseguir recordar más
de lo que en general espero me sea posible. Cuando,
por ejemplo, me hace observar en la consulta algún
paciente que ya le he visto anteriormente y no puedo
recordar ni el hecho ni la fecha, me pongo a adivinar,
esto es, dejo acudir a mi conciencia rápidamente un
número arbitrario de años y lo resto de aquel en que
me hallo. En aquellos casos en que indicaciones o una
definida afirmación del paciente hacen posible una
comprobación de mi ocurrencia, se ha demostrado que
en lapsos superiores a diez años no me había equivo-
cado al adivinar en más de seis meses 1). Análoga-
mente procedo cuando me encuentro a algún lejano
conocido y quiero, por cortesía, preguntarle por sus
hijos. Si me habla de ellos, refiriéndome sus progre-
sos, trato de adivinar qué edad tendrán en la actuali-
dad y, comprobada mi espontánea ocurrencia con los
datos que el padre me ha proporcionado en el curso
de la conversación, he hallado que, cuando más, me
he equivocado en tres meses, a pesar de que no po-
dría decir en qué he apoyado mi afirmación. Por últi-
mo, he llegado a confiar tanto en mi acierto, que ya
exteriorizo siempre osadamente mis hipótesis, sin co-
rrer el peligro de equivocarme y herir al padre con mi
1)En general acuden después a la conciencia, en el curso de
la consulta, todos los detalles de la primera visita olvidada.S.
178
desconocimiento de lo referente a su retoño. De este
modo amplío mi memoria consciente, invocando la
ayuda de mi memoria inconsciente, desde luego, mu-
cho más rica en contenido.Relataré aquí varios interesantes casos de olvido,
observados en su mayor parte en mí propio. Distingo
entre casos de olvido de impresiones y de sucesos vi-
vidos, esto es, de conocimientos, y casos de olvido de
intenciones y propósitos, o sea omisiones. El resulta-
do uniforme de toda esta serie de observaciones pue-
de formularse como sigue: En todos los casos
queda probado que el olvido está fun-
dado en un motivo de disgusto.A.—Olvido de impresiones y conocimientos.
a) Hallándome veraneando con mi mujer me cau-
só su conducta, en una determinada ocasión, un vio-
lento enfado, aunque el motivo era en sí harto nimio.
Estábamos sentados a la mesa redonda de un restau-
rant y frente a nosotros se hallaba un caballero de
Viena, al que yo conocía, y que tenía también que re-
conocerme a primera vista, pero con el que yo no que-
ría trabar conversación, pues tenía mis razones para
rehuir su trato. Mi mujer, que no le conocía más que
de oídas y sabía que era persona distinguida, demos-
tró con su actitud estar escuchando la conversación
que dicho señor mantenía con sus vecinos de mesa, y
de cuando en cuando se dirigía a mí con preguntas
que recogían el hilo del diálogo que aquellos mante-
nían. Esta conducta me impacientó y acabó por irri-
tarme. Pocas semanas después quise hablar, en casa
de un pariente mío, del enfado que me había causado
la inoportunidad de mi mujer y, al hacerlo, me fué im-
S.
179
PSICOPATOLOGIA
posible recordar ni una sola palabra de lo que el caba-
llero citado había dicho en la mesa. Como soy más
bien rencoroso y, de costumbre, incapaz de olvi-
dar los menores detalles de un suceso que me haya
irritado, mi amnesia tenía, en este caso, que estar mo-
tivada por respeto hacia mi mujer.–Algo análogo me
sucedió de nuevo hace poco tiempo. Hablando con un
íntimo amigo quise divertirme a costa de mi mujer re-
latando una cosa que ésta había dicho hacía pocas ho-
ras, pero me encontré detenido en mi intención por
haber olvidado por completo de lo que se trataba, y
tuve que pedir a mi misma mujer que me lo recordase.
Es fácil de comprender que mi olvido debe ser consi-
derado, en este caso, como análogo a la típica pertur-
bación del juicio, a la que sucumbimos cuando se tra-
ta de nuestros próximos familiares.b) En una ocasión me había comprometido por cor-
tesía hacia una señora extrangera recién llegada a
Viena, a proporcionarla una pequeña cajita de hierro,
en la que pudiera guardar sus documentos y su dinero.
Al ofrecerme a ello flotaba ante mí, con extraordinaria
intensidad visual, la imagen de un escaparate situado
en el centro de la ciudad, en el que estaba convencido
de haber visto unas cajas del modelo deseado. En
cambio no me era dado recordar el nombre de la calle
en que se hallaba la tienda a que el tal escaparate per-
tenecía, pero estaba seguro de encontrarla dando un
paseo por las calles centrales, pues mi memoria me
decía que yo había pasado innumerables veces ante
ella. Para desesperación mía, me fué imposible hallar
el escaparate en que antes había visto tales cajas, a
pesar de haber cruzado el centro en todas direcciones.
Entonces pensé que no me quedaba más recurso que
consultar en una guía comercial las señas de todos losS.
180
fabricantes del objeto deseado y comenzar de nuevo
con estos datos mis paseos en busca del dichoso es-
caparate. Afortunadamente esto no llegó a ser necesa-
rio; entre las señas contenidas en la guía, había unas
que se me revelaron enseguida como las olvidadas.
En efecto, había yo pasado innumerables veces ante
la tienda a que correspondían, y precisamente siempre
que había ido a visitar a una familia que vivía en la
misma casa. Después de que a mi íntimo trato con
esta familia había sucedido un total apartamiento, acos-
tumbraba yo, sin darme cuenta de por qué lo hacía, a
evitar el pasar por aquellos lugares y ante aquella
casa. En mi paseo por la ciudad en busca del escapa-
rate en que recordaba haber visto las cajas que desea-
ba, había visitado todas las calles de los alrededores
pero no había entrado en aquella otra, como si ello me
estuviera prohibido. El motivo de disgusto responsa-
ble de mi desorientación, se muestra aquí con gran
claridad. En cambio, el mecanismo del olvido no es
tan sencillo como en el ejemplo anterior. Mi aversión
no iba dirigida, como es natural, hacia el fabricante de
cajas de caudales, sino hacia otra persona, de la que
no quería tener noticia alguna, pero se trasladó de
ésta al incidente en el cual produjo el olvido. Análoga-
gamente, en el caso «Burckhardt», mi rencor
contra una persona motivó la comisión de un error al
escribir el nombre de otra. Lo que entonces llevó a
cabo la semejanza de los nombres, estableciendo una
conexión entre dos grupos de ideas esencialmente di-
ferentes, fué ejecutado en el ejemplo presente por la
contigüidad en el espacio y la inseparable vecindad.
Además, en este último caso existía aún una segunda
conexión de los contenidos, pues entre las razones
que motivaron mi apartamiento de la familia que vivíaS.
181
en la misma casa en que se hallaba la tienda olvida-
da, había desempeñado el dinero un principal papel.
c) De las oficinas de B. R. y C.ª me avisaron un
día para que fuera a prestar asistencia médica a uno
de sus empleados. En mi camino hacia la casa donde
éste vivía, se me ocurrió la idea de que yo había esta-
do ya repetidas veces en el edificio en que se hallaban
instaladas las oficinas de la citada firma. Me parecía
haber visto en un piso bajo la muestra con el título de
la Compañía, en ocasión de haber ido a hacer una vi-
sita profesional en otro más alto de la misma casa.
Mas no conseguí recordar la casa de que se trataba,
ni a quién había visitado en ella. Aunque toda esta
cuestión era indiferente y carecía de importancia, no
desprecié el seguir ocupándome de ella, y llegué a
averiguar por el usual método indirecto, esto es, re-
uniendo todas las ideas que en conexión con el asunto
se me ocurrían, que en el piso inmediato superior a las
oficinas de B. R. y C.ª se hallaba la pensión Fischer en
la que había tenido con frecuencia pacientes que visi-
tar. Al recordar esto, recordé también cuál era la casa
en que se hallaban instaladas la pensión y las ofici-
nas. Pero lo que seguía para mí en el misterio, era el
motivo que había intervenido en el olvido. Ni en la
C.ª B. R., ni en la pensión Fischer o en los pacientes
que en ella habían habitado, encontraba nada desagra-
dable para mí que pudiera haber dificultado el recuer-
do de la casa y del paciente en ella visitado. De todos
modos, supuse que no se podía tratar de nada muy
penoso, pues de ser así no me hubiera sido factible
apoderarme de nuevo de lo olvidado, por un medio
indirecto y sin recurrir, como en el ejemplo anterior, a
ayudas exteriores. Por último se me ocurrió que inme-
diatamente antes, al emprender el camino hacia laS.
182
casa del enfermo, en cuyo auxilio había sido llamado,
había encontrado y saludado a un señor al que me
costó trabajo reconocer. Se trataba de una persona a
la que había yo visitado meses antes, hallándola en
un estado aparentemente grave, y cuya enfermedad
había yo diagnosticado de parálisis progresiva. Tiem-
po después llegó a mí la noticia de su restablecimiento
y, por lo tanto, de mi equivocación en el diagnóstico,
a menos de que se tratase de una de aquellas remisio-
nes que suelen aparecer en la Dementia paralytica. De
este encuentro emanó la influencia que me hizo olvidar
cuál era la vecindad de B. R. y C.fa Mi interés en ha-
llar lo olvidado se había trasladado a ello desde el dis-
cutido diagnóstico. La conexión asociativa entre am-
bos alejados temas, quedó establecida por una seme-
janza en los nombres de los dos pacientes y, además,
por el hecho de que el individuo restablecido contra mi
esperanza era asimismo empleado de unas grandes
oficinas que también acostumbraban a hacer que yo
visitase a sus dependientes enfermos. El doctor que
reconoció conmigo al supuesto atacado de parálisis
progresiva, se llamaba Fischer, igual que la pensión
olvidada.d) Extraviar un objeto no significa en muchas oca-
siones más que olvidar dónde se ha colocado. Como
la mayoría de las personas que escriben mucho y uti-
lizan gran número de libros, sé orientarme muy bien
en mi mesa de trabajo y encontrar enseguida en ella
lo que deseo. Lo que a los demás les parece desorden
es para mí un orden conocido e histórico. ¿Por qué,
pues, extravié hace poco un catálogo de librería y lo
extravié de tal modo que no me ha sido posible hallar-
lo, a pesar de haber tenido el propósito de encargar
un libro en él anunciado? Era el tal libro, tituladoS.
183
«Sobre el idioma», obra de un autor cuyo ingenioso
y vivo estilo es muy de mi gusto, y cuyas opiniones
sobre psicología y conocimientos en Historia de la Ci-
vilización estimo altamente. Tengo la costumbre de
prestar a mis amigos obras de este autor para su pro-
vecho intelectual, y en una ocasión me dijo uno de
ellos, al devolverme el libro prestado: «El estilo me
recuerda mucho el de usted, y también la manera de
pensar es la misma en ambos». El que me dijo esto no
sabía la cuerda sensible que removía en mí con su ob-
servación. Años antes, siendo yo aún joven y estando
necesitado de apoyo moral, uno de mis colegas, de
más edad que yo, me había dicho idénticas palabras
al oírme alabar las obras de un conocido escritor so-
bre cuestiones de Medicina: «Su estilo y su manera de
pensar, son idénticos a los de usted». Influido por esta
observación, escribí a dicho autor una carta, en la que
solicitaba entrar en una relación más íntima con él,
pero una fría contestación me hizo volver a mi puesto.
Quizá detrás de esta experiencia se escondiesen otras
anteriores igualmente desalentadoras, pues no he po-
dido llegar a encontrar el catálogo extraviado y ello
me ha hecho no encargar el libro anunciado, a pesar
de que con el extravío no ha surgido ningún obstáculo
real, dado que he conservado en la memoria el nom-
bre del libro y el del autor.e) Otro caso de extravío, que merece nuestro inte-
rés por las condiciones en las que se volvió a encon-
trar lo perdido es el siguiente: Un joven me contaba
un día: «Hace varios años tuve algún disgusto con mi
mujer, a la que encontraba demasiado indiferente y,
aunque reconocía sus otras excelentes cualidades, vi-
víamos sin recíproca ternura. Un día, al volver de pa-
seo, me trajo un libro que había comprado por creerS.
184
debía interesarme. La dí las gracias por esta muestra
de «atención», prometiendo leerlo, y lo guardé, sién-
dome después imposible encontrarlo. Así pasaron va-
rios meses, durante los cuales recordé de cuando en
cuando el perdido libro y lo busqué inútilmente. Cerca
de seis meses después, enfermó mi madre, a la que yo
quería muchísimo, y que vivía en una casa aparte de
la nuestra. Mi mujer fué a su domicilio a cuidarla. El
estado de la enferma se agravó y dió ocasión de que
mi mujer demostrase lo mejor de sí misma. Agradeci-
do y entusiasmado por su conducta, regresé una no-
che a mi casa, y sin intención determinada, pero con
seguridad de sonámbulo, fuí a mi mesa de trabajo y
abrí uno de sus cajones, encontrando encima de todo
lo que contenía, el extraviado y tan buscado libro».
J. Staercke, relata (l. c.), un caso de extravío que
coincide con el anterior en su carácter final, esto es,
en la maravillosa seguridad del hallazgo una vez des-
aparecido el motivo de la pérdida.
«Una muchachita había echado a perder un trozo
de tela al querer cortarlo para hacerse de él un cuello,
y tuvo que llamar a una costurera para que intentase
arreglar el entuerto. Cuando aquélla hubo llegado y
quiso la muchacha sacar el estropeado cuello de la có-
moda, en la que creía haberlo metido, no consiguió
encontrarlo. En vano lo revolvió todo de arriba abajo.
Al renunciar, encolerizada, a buscarlo por más tiempo,
se preguntó a sí misma por qué habría desaparecido
aquello tan de repente y si sería que en realidad n o
quería ella encontrarlo. Meditando sobre esto cayó
en la cuenta de que lo que la sucedía era que se aver-
gonzaba de que la costurera viera que no había sabido
hacer una cosa tan sencilla como cortar un cuello, y
en cuanto hubo pensado ésto, fué derecha a otro ar-
S.
185
PSICOPATOLOGIA
mario y al primer intento sacó el cuello extraviado».
f) El siguiente ejemplo de extravío corresponde a
un tipo que ha llegado a ser familiar a todo psicoana-
lista. Debo hacer constar que el mismo sujeto que fué
víctima de él, halló por sí mismo su explicación.«Un paciente, sometido al tratamiento psicoanalítico
y que durante la interrupción veraniega de la cura cayó
en un período de resistencia y malestar, dejó o creyó
dejar al desnudarse, sus llaves en el sitio de costum-
bre. Después recordó que para el día siguiente, último
del tratamiento y en el que, antes de partir, debía sa-
tisfacer los honorarios devengados, tenía que sacar
algunas cosas de una mesa de escritorio en la que
guardaba también su dinero; más al ir a efectuarlo,
halló que las llaves habían desaparecido. Entonces
comenzó a registrar sistemáticamente, pero con cre-
ciente irritación, su pequeña vivienda. Todo fué inútil.
Reconociendo el extravío de las llaves como un «acto
sintomático», esto es, intencionado, despertó a su cria-
do para seguir buscando con la ayuda de una persona
«libre de prejuicios». Al cabo de una hora abandonó la
busca, temiendo ya haber perdido las llaves, y al si-
guiente día encargó unas nuevas que debían serle en-
tregadas a toda prisa. Dos amigos suyos que el día
anterior le habían acompañado en coche hasta su
casa, quisieron recordar haber oído sonar algo contra
el suelo cuando bajó del coche, y con todo esto quedó
nuestro individuo convencido de que las llaves se le
habían caído del bolsillo. Mas por la noche, al llegar a
su casa se las presentó el criado, con aire de triunfo.
Las había hallado entre un grueso libro y un delgado
folleto (un trabajo de uno de mis discípulos), que el pa-
ciente había apartado para leerlos durante las vacacio-
nes de verano, y habían sido tan hábilmente disimula-S.
186
Prof. S. Freud
das en aquel lugar, que nadie hubiera sospechado es-
tuvieran en él. Después fué imposible volver a colocar-
las en el mismo sitio de manera que permanecieran tan
invisibles como antes. La inconsciente habilidad con
la que se «extravía» un objeto bajo la influencia de mo-
tivos secretos, pero vigorosos, recuerda por completo
la «seguridad del sonámbulo». En este caso, el moti-
vo era, naturalmente, el disgusto por la interrupción
del tratamiento y la secreta cólera por tener que pa-
gar, hallándose aún en mal estado, honorarios ele-
vados».g) «Un individuo–relata A. A. Brill–fué un día
apremiado por su mujer para asistir a una reunión que
carecía de atractivo para él. Por último, se rindió a
sus ruegos y comenzó a sacar de un baúl que no ne-
cesitaba llave para quedar cerrado, pero sí para ser
abierto, su traje de etiqueta, mas se interrumpió en esta
operación, decidiendo afeitarse antes. Cuando hubo
terminado de hacerlo volvió a dirigirse al baúl, encon-
trándolo cerrado y no logrando hallar la llave. Siendo
domingo, y ya de noche, no era posible hacer venir a
un cerrajero, y tuvo el matrimonio que renunciar a
asistir a la fiesta. A la mañana siguiente, abierto el
baúl, se encontró la llave dentro de él. El marido, dis-
traído, la había arrojado en él, dejando caer después
la tapa. Al relatarme el caso, me aseguró haberlo he-
cho sin darse cuenta y sin intención ninguna, pero sa-
bemos que no quería ir a la fiesta y que, por lo tanto,
el extravío de la llave no careció de motivo».E. Jones observó en sí mismo que acostumbraba a
extraviar su pipa siempre que por haber fumado ya mu-
cho sentía algún malestar. En estos casos, la pipa se
encontraba luego en los sitios más inverosímiles.h) Dora Mueller relata un caso inofensivo con mo-
tivoS.
187
tivos confesados. (Internationale Zeitschrift fuer Psy
choanalyse, III–1915).
«La señorita Erna A., me contó, dos días antes de
la Nochebuena, lo que sigue:
«Anoche, al sacar un paquete de galletas para co
mer unas cuantas, pensé que cuando viniese a darme
las buenas noches la señorita S., tendría que ofrecer
le algunas, y me propuse no dejar de hacerlo a pesar
de que hubiera preferido guardar las galletas para mí
sola. Cuando llegó el momento extendí la mano hacia
mi mesita para coger el paquete que creía haber deja
do allí, pero me encontré con que había desaparecido.
Me puse a buscarlo y lo hallé dentro de mi armario,
donde sin darme cuenta lo había encerrado». No había
necesidad de someter este caso al análisis, pues el su
jeto se daba perfecta cuenta de su significación. El re
cién reprimido deseo de conservar las galletas para
ella sola, se había abierto paso en un acto automático,
bien que para frustrarse de nuevo por la acción cons
ciente que vino a continuación.
i) H. Sachs describe cómo escapó en una ocasión
por uno de estos «extravíos» a la obligación de tra
bajar.«El domingo pasado por la tarde estuve dudando
un rato entre ponerme a trabajar o salir de paseo y ha
cer después algunas visitas, decidiéndome por lo pri
mero después de luchar un poco conmigo mismo. Mas
al cabo de una hora observé que se me había acabado
el papel. Sabía que en un cajón tenía guardado hacía
ya años un fajo de cuartillas, pero fué en vano que lo
buscara en mi mesa de trabajo y en otros lugares en
los que esperaba hallarlo, tomándome mucho trabajo
y revolviendo una gran cantidad de libros, folletos y
documentos antiguos. De este modo tuve que abando-
narS.
188
nar el trabajo y salir a la calle. Cuando a la noche re-
gresé a casa, me senté en un sofá, mirando distraída-
mente la biblioteca que ante mí tenía. Mis ojos se fija-
ron en uno de sus cajones, y recordé que hacía mucho
tiempo que no había revisado su contenido. Me levan-
té, y dirigiéndome a él lo abrí. Encima de todo había
una cartera de cuero y en ella papel blanco intacto.
Pero hasta que no lo hube sacado de la cartera y esta-
ba a punto de guardarlo en la mesa de trabajo, no re-
cordé que aquél era el papel que había buscado inútil-
mente por la tarde. Debo añadir aquí que, aunque
para otras cosas no soy ahorrativo, acostumbro a
aprovechar el papel lo más que puedo y guardo todo
trozo de él que me parezca utilizable. Esta costumbre,
alimentada por una inclinación instintiva, es la que sin
duda, me llevó enseguida a la rectificación de mi olvido
en cuanto desapareció la actualidad de su motivo».Un ligero examen de los casos de extravío hace muy
difícil aceptar el que ninguno se produzca jamás de
modo distinto a como consecuencia de una intención
inconsciente.j) En el verano de 1901 dije en una ocasión a un
amigo mío, con el que mantenía por entonces un acti-
vo cambio de ideas sobre cuestiones científicas, las si-
guientes palabras: «Estos problemas neuróticos no
tienen solución posible sino aceptando ante todo y por
completo una bisexualidad original en todo individuo».
Mi amigo me respondió: «Eso ya te lo dije yo hace
dos años y medio en Br. una noche que paseamos
juntos. Entonces no me quisiste hacer el menor caso».
Es muy desagradable verse invitado de esta manera a
renunciar a lo que uno se figura una originalidad pro-
pia y, por lo tanto, me fué imposible recordar la con-
versación que mi amigo me citaba, ni lo que en ellaS.
189
afirmaba haber dicho». Uno de nosotros tenía que en-
gañarse y según el principio de ¿cui prodest?
debía ser yo el equivocado. En efecto, durante el cur-
so de la semana siguiente recordé toda la cuestión tal
y como mi interlocutor había querido despertarla en mi
memoria y hasta la respuesta que dí a sus palabras y
que era: «No he llegado a eso aún y no quiero meter-
me a discutirlo por ahora». Desde entonces me he he-
cho algo más tolerante cuando en algún trozo de lite-
ratura médica hallo algunas de las pocas ideas a las
que puede ir unido mi nombre y veo que este no ha
sido citado al lado de ellas.Censuras a la propia mujer-
amistad que se vuelve todo lo contrario—error en un diagnóstico—repulsas
de colegas interesados en iguales cuestiones científi-
cas que uno—apropiación de ideas ajenas; no puede
considerarse como meramente accidental el que una
serie de casos de olvido, expuestos sin verificar la me-
nor selección, necesiten todos, para ser explicados, su
referencia a tales temas penosos para la víctima del
olvido. A mi juicio, toda persona que quiera someter
los olvidos en que incurre a un examen encaminado a
descubrir los motivos de los mismos, reunirá siempre
un parecido muestrario de contrariedades o vejacío-
nes. La propensión a olvidar lo desagradable me pa-
rece ser general, siendo la capacidad para olvidarlo lo
que está diferentemente desarrollada en las diversas
personas. Determinadas falsas negativas que
solemos encontrar en nuestra actividad médica, deben
ser atribuídas a olvidos1).1)Al inquirir de un paciente si ha padecido diez o quince
años atrás alguna infección luética se olvida con demasiada fra-
cuencia que el interrogado suele haber considerado psíquicamen-
te dicha enfermedad como otra distinta en absoluto, por ejemplo,S.
190
Nuestra concepción de tales olvidos limita la dife-
rencia entre ellos y las falsas negativas a relaciones
como un reumatismo agudo. –En las informaciones que los pa-
dres dan al médico sobre sus hijas enfermas de neurosis, pue-
de apenas distinguirse lo que olvidan de lo que con toda inten-
ción ocultan, pues dan de lado, esto es, reprimen sistemática-
mente, todos aquellos datos que suponen puedan perjudicar un
ulterior matrimonio de las hijas. –Un individuo que había per-
dido a su muy querida mujer, víctima de una afección pulmonar,
me comunicó el siguiente caso de engaño al médico que la visi-
taba, engaño que no puede explicarse más que por un olvido:
«Al ver que después de muchas semanas de tratamiento no cedía
la pleuritis de mi pobre mujer, llamamos en consulta al doctor P.
Al hacer éste el historial de los antecedentes de la enferma, pre-
guntó, entre otras cosas, si en la familia de mi mujer había ha-
bido algún caso de enfermedad del pulmón. Mi mujer lo negó y
tampoco yo recordé nada en contrario de su negación. Al des-
pedirse el doctor P. comenzamos a hablar, como casualmente,
de viajes y excursiones y mi mujer dijo: «Sí; el viaje hasta Lan-
gersdorf, donde está enterrado mi pobre her-
mano, es bastante largo». Este hermano había muerto hacía
unos quince años, después de una larga tuberculosis. Mi mujer
le había querido mucho y me había hablado de él en muchas
ocasiones. Al oír la frase anterior recordé también que mi mujer,
cuando su enfermedad quedó diagnosticada como pleuritis, se
asustó mucho y dijo con tristeza: «También mi herma-
no murió de una enfermedad del pulmón».
Mas su recuerdo de esto se hallaba de tal modo reprimido que
ni aun después de su frase sobre el sitio donde se hallaba ente-
rrado su hermano encontró mi mujer ocasión de corregir la in-
formación que había dado sobre sus antecedentes familiares. A
mí mismo no se me presentó tal recuerdo hasta el momento en
que ella aludió al hermano.– E. Jones relata un caso análogo al
anterior, en la obra que ya hemos citado varias veces. Un médi-
co, cuya mujer padecía una no bien definida enfermedad abdomi-
nal, la dijo queriendo alentarla: «Lo bueno es que en tu familia
no ha habido ningún caso de tuberculosis». La mujer le respon-
dió con gran sorpresa: «¿Pero has olvidado que mi madre mu-
rió de ella y que mi hermana también la padeció, curándose des-
pués de estar desahuciada por los médicos?»S.
191
Psicopatologia
puramente psicológicas y nos permite ver en ambas
formas de reacción la expresión de los mismos moti-
vos. De todos los numerosos ejemplos de negativa a
recordar temas desagradables que he observado en los
allegados de los enfermos ha quedado uno impreso en
mi memoria como especialmente singular.Una madre me informaba sobre los años infantiles
de su hijo, ya púber y enfermo de los nervios, y me
decía que tanto él como sus hermanas, habían padeci-
do hasta muy mayores incontinencia nocturna de la
orina, cosa que para el historial de un neurótico no ca-
rece de importancia. Semanas después, queriendo en-
terarse la madre de la marcha del tratamiento, tuve
ocasión de hacerla notar los signos de predisposición
mórbida constitucional que presentaba el muchacho y
al hacerlo me referí a la incontinencia de que ella me
había hablado. Para mi sorpresa negó entonces la ma-
dre tal hecho, tanto respecto al hijo enfermo como a
los demás hermanos, preguntándome de dónde había
sacado aquello hasta que, por último, tuve que decirla
que había sido ella misma quien me lo había referido,
olvidándolo después 1).
1)En los días en que me hallaba escribiendo estas páginas,
me sucedió el siguiente caso de olvido que me pareció casi in-
creíble: El día primero de Enero acostumbro a revisar mi libro
de notas para enviar a mis clientes la cuenta de los honorarios
devengados. En los apuntes correspondientes al mes de Junio
hallé un nombre M...l y me fué imposible acordarme de la perso-
na a la que correspondía. Mi extrañeza subió de punto al seguir
hojeando el libro y ver que se trataba de un enfermo instalado en
un sanatorio y al que había visitado a diario durante varias se-
manas. No es natural que un médico se olvide, al cabo de seis
meses, de un enfermo al que ha asistido en tales circunstan-
cias. –¿Sería algún individuo paralítico; un caso sin interés?–
me preguntaba a mí mismo. No. Por fin la nota de los honorarios re-S.
192
PROF. S. FREUD
También en individuos sanos, no neuróticos, se ha-
llan abundantes signos de una resistencia que se
opone al recuerdo de impresiones penosas y a la
representación de pensamientos desagradables 1).
La completa significación de este hecho, no puede,
sin embargo, estimarse más que penetrando en la
psicología de los neuróticos. Se ve uno forzado en-
tonces a hacer de dicho elemental esfuerzo
defensivo contra representaciones que puedencibidos hizo volver a mi memoria todo el conocimiento que que-
ría eludir el recuerdo. M…l era una muchacha de catorce años,
el caso más notable que se me presentó en los últimos tiempos
y cuyo desgraciado final me había proporcionado horas muy pe-
nosas, dándome una lección que no olvidaré nunca. Esta mu-
chacha padecía una inequívoca histeria que se mejoró rápida y
fundamentalmente bajo mis cuidados. Después de esta mejoría
fué retirada del sanatorio por sus padres aun cuando ella se
quejaba todavía de dolores abdominales, los cuales habían des-
empeñado un principal papel en el cuadro sintomático de la his-
teria. Dos meses después murió de un sarcoma de las glándulas
abdominales. La histeria, a la que la muchacha se hallaba muy
predispuesta, había aprovechado la formación del tumor como
agente provocador y yo, fascinado por las tumultuosas, pero ino-
fensivas manifestaciones de la histeria, había descuidado los pri-
meros signos de la otra insidiosa e incurable enfermedad.1)A. Pick ha reunido hace poco una serie de autores que
aceptan el valor de la influencia ejercida por factores afectivos
sobre la memoria y reconocen –más o menos expresamente– la
participación en los olvidos de una fuerza defensiva contra lo
penoso o desagradable. Ninguno de nosotros ha podido re-
presentar este fenómeno y su fundamento psicológico tan com-
pleta e impresionantemente como Nietzsche en uno de sus afo-
rismos (Más allá del Bien y del Mal. II-68): «Has hecho esto –me
dice mi memoria. Eso no puedo haberlo hecho–, dice mi orgu-
llo, y permanece inconmovible. Por último cede la memoria».
A. Pick: «Psicología del olvido en los enfermos mentales y
nerviosos». (Archivo de antropología criminal y criminología, de
H. Gross).S.
13
despertar sensaciones desagradables, esfuerzo sólo
comparable al reflejo de fuga ante los estímulos peno-
sos, uno de los pilares principales del mecanismo que
soporta los síntomas histéricos. No es posible oponer
contra esta tendencia defensiva el que, por lo contra-
rio, nos es con gran frecuencia imposible escapar a re-
cuerdos penosos que nos persiguen, y espantar emo-
ciones dolorosas, tales como remordimientos y repro-
ches de nuestra conciencia. Claro es que con esto no
se quiere tampoco decir que esta tendencia defensiva
venza siempre y que no pueda tropezar, en el juego
de las fuerzas psíquicas, con factores que persigan,
para fines distintos, lo contrario que ella y lo consigan
a pesar suyo. Como el principio arqui-
tectónico del aparato psíquico po-
demos conjeturar una cierta estrati-
ficación o estructura de instancias
colocadas unas sobre otras a mane-
ra de estratos; y es muy posible que este es-
fuerzo defensivo pertenezca a una instancia psíquica
inferior que se halle inhibida por instancias superiores.
De todos modos, el que podamos referir a esta tenden-
cia a la defensa, procesos como los que encontramos
en nuestros ejemplos de olvido, es algo que testimonia
en favor de la existencia y fuerza de la misma. Sabe-
mos que algunas cosas se olvidan por sí mismas; en
aquellas otras en que esto no es posible, la tendencia
defensiva desplaza su fin, y lleva al olvido algo dife-
rente y de menor importancia que ha llegado a ponerse
en conexión asociativa con el material efectivamente
penoso.El punto de vista aquí desarrollado de que los re-
cuerdos penosos sucumben con especial facilidad al
olvido motivado, merecía ser aplicado en varias esfe-
ras.S.
− 194 −
ras, en las cuales no ha sido aún tomado suficiente-
mente en consideración. Así, me parece que no se tie-
ne en cuenta la importancia que podía tener aplicado
a las declaraciones de los testigos ante los Tribuna-
les, en los cuales se concede al juramento del testi-
go una excesiva influencia purificadora sobre el juego
de fuerzas psíquicas del mismo. Universalmente se ad-
mite que en el origen de las tradiciones y de la histo-
ria legendaria de un pueblo hay que tener en cuenta la
existencia de un tal motivo que arranca del recuerdo
colectivo lo que resulta penoso para el sentimiento
nacional. Quizá continuando estas investigaciones cui-
dadosamente, llegaría a poderse establecer una per-
fecta analogía entre la manera en que se forman las tra-
diciones nacionales y aquella en que se forman los
recuerdos infantiles del individuo aislado. El gran Dar-
win, observando este motivo de desagrado en el olvi-
do, formuló una «regla dorada» para uso de los traba-
jadores científicos 1).Al igual de lo que sucede en el olvido de nombres,
pueden también aparecer, en el de impresiones, re-
cuerdos equivocados, los cuales, si son aceptados
como verdaderos, pueden ser designados como ilusio-
nes de la memoria. Tales ilusiones de la memoria en
1)«Opinión de Darwin sobre los olvidos» (E. Jones). En la
autobiografía de Darwin se halla el siguiente pasaje que refleja
su honradez científica y su agudeza psicológica:«Durante muchos años he seguido una «dorada regla». En
cuanto encontraba un hecho publicado, una nueva observación o
un pensamiento que contradecían mis resultados generales, to-
maba nota de ellos lo más exactamente posible, pues la experien-
cia me había enseñado que tales hechos y pensamientos escapan
más fácilmente de nuestra memoria que aquellos otros que nos
son favorables».S.
195
PSICOPATOLOGIA
los casos patológicos (en las paranoias desempeñan
precisamente el papel de un factor constitutivo en la
formación de delirios), han dado lugar a una extensa
literatura, en la cual echo de menos una indicación so-
bre sus motivos. Este tema, que pertenece ya a la
psicología de la neurosis, traspasa los límites, dentro
de los cuales nos hemos propuesto mantenernos en
este libro. En cambio, referiré aquí un extraordinario
caso de una ilusión de memoria sufrida por mí mismo,
en el cual la motivación por material inconsciente y
reprimido y la forma de la conexión con el mismo,
pueden verse muy claramente.Cuando estaba escribiendo los últimos capítulos de
mi libro sobre la interpretación de los sueños, me halla-
ba en período de vacaciones, veraneando en un lugar
lejano a toda biblioteca y en el que me era imposible
consultar los libros de los cuales deseaba extraer algu-
na cita para mi obra. Tuve, pues, que escribir tales ci-
tas y referencias de memoria, reservando para más
tarde el rectificarlas y corregirlas con los correspon-
dientes textos a la vista. En el capítulo de los sueños
diurnos o en estado de vigilia pensé incluir el intere-
sante tipo del pobre librero que aparece en el «Nabob»
de Alfonso Daudet, tipo al que el poeta quiso, sin duda,
atribuir sus propios ensueños. Me parecía recor-
dar con toda precisión una de las fantasías que este
personaje–al cual atribuía el nombre de Mr. Joce-
lyn–construye en sus paseos por las calles de Pa-
rís y comencé a reproducirla de memoria. En este en-
sueño se figura el pobre librero que, viendo un coche
cuyo caballo se ha desbocado, se arroja valerosamen-
te a detenerlo y cuando lo ha logrado ve abrirse la
portezuela del coche y descender de él una alta perso-
nalidad que le estrecha la mano, diciendo: «Me ha sal-
S.
196
vado usted la-
vida. ¿Qué podría yo hacer en cambio
por usted?»Al transcribir así de memoria esta fantasía pensaba
que si en mi versión existía alguna inexactitud sería
luego fácil corregirla al regresar a mi casa y con el
texto del «Nabob» a la vista. Mas, cuando comencé a
hojear el «Nabob» para comparar el pasaje citado con
mis cuartillas y poder mandar ya estas a la imprenta,
quedé avergonzado y consternado al ver que en la no-
vela no existía nada de tal fantasía de Mr. Jocelyn y,
además, que el desdichado librero ni siquiera llevaba
este nombre sino el de Mr. Joyeuse. Este segun-
do error me dió pronto la clave del primero, o sea de
mi engaño en el recuerdo. El adjetivo joyeux (ale-
gre)–del cual constituye joyeuse (el verdadero
nombre del personaje de Daudet) la forma femenina,
es la traducción exacta al francés de mi propio nom-
bre: Freud. ¿De dónde pues procedía la fantasía
falsamente recordada que había yo atribuído a Dau-
det? No podía ser más que un producto personal,
un ensueño construído por mí mismo y que no ha-
bía llegado a ser consciente o que si lo fué algu-
na vez había sido olvidado después en absoluto.
Quizá esta mi fantasía proviniese del tiempo en
que me hallaba en París donde con harta frecuencia
paseé solitario por las calles, muy necesitado de al-
guien que me ayudase y protegiese hasta que Charcot
me admitió a su trato introduciéndome en su círculo.
Luego, en casa de Charcot, vi repetidas veces al autor
del «Nabob». Lo irritante del caso es que no hay idea
hacia la que yo abrigué mayor hostilidad que a la de
ser el «protegido» de alguien. Lo que en esta cuestión
se ve en nuestra patria le quita a uno todo deseo de
ello y además mi carácter es poco propicio a tales pro-
pósitos.S.
197
PSICOPATOLOGIA
tecciones, pues siempre he sentido una extraordinaria
inclinación a «valérmelas por mí mismo». ¡Y sin em-
bargo, me descubría haber construído tales fantasías,
nunca realizadas por cierto! Fuera de esto el incidente
relatado constituye un buen ejemplo de cómo la refe-
rencia inhibida al propio yo –relación que en las para-
noias se abre camino triunfalmente– nos perturba y
confunde en la apreciación objetiva de las cosas.Otro ejemplo de recuerdo erróneo, del que fué posi-
ble hallar una explicación satisfactoria, se aproxima a
la «fausse reconnaissance» de la que después trataré.
Había yo dicho a uno de mis pacientes, hombre ambi-
cioso y de gran capacidad, que un joven estudian-
te se había agregado recientemente al grupo de mis
discípulos con la presentación de un interesante traba-
jo titulado: «El artista. Intento de una psicología se-
xual». Cuando quince meses después vió impreso di-
cho trabajo, afirmó mi paciente recordar con seguri-
dad haber leído en alguna parte, quizá en una li-
brería, el anuncio de su publicación algún tiempo an-
tes (un mes o medio año) de que yo le hablase de él.
Recordaba también que ya, cuando le hablé, había él
pensado en que había visto el tal anuncio y, además,
hizo la observación de que el autor había cambiado el
título, pues no lo llamaba como antes «Intento de» sino
«Aportaciones a una psicología sexual». Una cuidado-
sa investigación con el autor y la comparación de fe-
chas, demostró que nunca había aparecido en ningún
lado anuncio alguno de la obra de referencia y mucho
menos quince meses antes de su impresión. Al em-
prender la busca de la solución de este recuerdo erró-
neo, expresó el sujeto una renovación de él equivalen-
te, diciéndome que recordaba haber visto hacía poco
tiempo en el escaparate de una librería un escrito sobreS.
198
«agorafobia» y que en la actualidad lo estaba buscan-
do, para adquirirlo, en todos los catálogos editoriales.
Al llegar a este punto me fué ya posible explicarle por
qué razón este trabajo tenía que ser completamente
vano. El escrito sobre agorafobia no existía más que
en su fantasía como una resolución inconsciente de
escribir él mismo una obra sobre tal materia. Su am-
bición de emular al joven estudiante, autor del otro
trabajo, e ingresar entre mis discípulos por medio de
un escrito científico le había llevado a ambos recuer-
dos erróneos. Meditando sobre esto recordó luego que
el anuncio visto en la librería que le había servido para
su falso reconocimiento se refería a una obra titulada:
«Génesis. La ley de la reproducción». La modificación
que había indicado en el título de la obra del joven es-
tudiante, había sido producida por mí, pues recordé
que, al citarle el título, había cometido yo la inexacti-
tud de decir: «Intento de...» en lugar de «Aportacio-
nes a...»B.– Olvido de propósitos o intenciones.
Ningún otro grupo de fenómenos es más apropiado
que el olvido de propósitos para la demostración de la
tesis de que la escasez de atención no basta por sí
sola a explicar los rendimientos fallidos. Un propósito
es un impulso a la acción que ha sido ya aprobado,
pero cuya ejecución ha sido aplazada hasta el momen-
to propicio para llevarla a cabo. Ahora bien; en el in-
tervalo creado de este modo pueden sufrir los moti-
vos del propósito una modificación que traiga consigo
la inejecución del mismo, pero entonces no puede de-
cirse que olvidamos el propósito formado, pues lo que
hacemos es revisarlo y omitirlo por el momento. ElS.
199
PSICOPATOLOGIA
olvido de propósitos, al cual sucumbimos cotidiana-
mente y en las más diversas situaciones, no acostum-
bramos a explicárnoslo por una modificación inmedia-
ta en el ajuste de los motivos, sino que lo dejamos en
general sin explicar o le buscamos una explicación
psicológica consistente en admitir que, al tiempo de
ejecutar el propósito, ha faltado la atención requerida
para la acción, la cual era condición indispensable
para la ejecución del propósito, y existía a nuestra dis-
posición cuando formamos aquél. La observación de
nuestra conducta normal ante nuestros propósitos nos
hace rechazar como arbitraria esta tentativa de expli-
cación. Cuando por la mañana formo un propósito
que debe ser llevado a cabo por la noche, puedo re-
cordarlo algunas veces durante el día, pero no es ne-
cesario que permanezca consciente a través de todo él.
Luego al acercarse el momento de su ejecución, sur-
ge de repente en mí y me induce a llevar a cabo la
preparación necesaria a la acción propuesta. Si al sa-
lir a paseo cojo una carta para echarla al correo, no
necesito, siendo un individuo normal y no nervioso,
llevarla todo el tiempo en la mano e ir mirando conti-
nuamente para descubrir un buzón, sino que meteré la
carta en un bolsillo y seguiré con toda libertad mi ca-
mino dejando vagar mi pensamiento y contando con
que uno de los buzones próximos que encuentre exci-
tará mi atención, induciéndome a sacar la carta y de-
positarla en él. La conducta normal ante un propósito
ya formado coincide exactamente con la experimental-
mente producida en las personas sometidas a la lla-
mada «sugestión post-hipnótica a largo plazo» 1).
1)Véase la obra de Bernheim: «Nuevos estudios sobre hip-
notismo, sugestión y psicoterapia», 1892.S.
200
Este fenómeno se acostumbra a describir en la forma
siguiente: El propósito sugerido dormita en las perso-
nas referidas hasta que se aproxima el tiempo de su
ejecución. Al llegar éste despierta el propósito en ellas
y las induce a la acción.En dos situaciones de la vida se da también el pro-
fano en estas cuestiones perfecta cuenta de que el ol-
vido de propósitos no puede considerarse como un fe-
nómeno elemental que queda reducido a sí mismo,
sino que en definitiva depende de motivos inconfesa-
dos. Estas dos situaciones son las relaciones amoro-
sas y el servicio militar. Un enamorado que haya de-
jado de acudir a una cita se disculpará en vano di-
ciendo haberla olvidado. A estas palabras contestará
ella siempre: «Hace un año no lo hubieras olvidado.
Ya no soy para ti lo que antes.» Aun cuando hiciera
uso de la explicación psicológica antes citada querien-
do disculpar su olvido por la acumulación de ocupa-
ciones sólo conseguiría que la dama—con una pe-
netración análoga a la del médico en el psicoanálisis—
le respondiera: «Es curioso que antes no te perturba-
ran de esa manera tus asuntos.» Seguramente la dama
no quiere con esto rechazar la posibilidad de un olvi-
do, pero sí cree, y no sin razón, que del olvido ininten-
cionado hay que deducir, lo mismo que si se tratase
de un subterfugio consciente, una cierta desgana.Asimismo se niega, y muy fundadamente, en el ser-
vicio militar, la distinción entre las omisiones por ol-
vido y las intencionadas. El soldado no debe olvi-
dar nada de lo que de él exige el servicio. Si a pesar
de esto olvida algo de lo que sabe tiene que hacer,
ello es debido a que a los motivos que urgen el cumpli-
miento de los deberes militares se oponen otros mo-
tivos contrarios. El soldado que al pasar revista seS.
201
PSICOPATOLOGIA
disculpa diciendo que ha olvidado limpiar los bo-
tones de su uniforme, puede estar seguro de no esca-
par al castigo. Pero este castigo puede considerarse
insignificante en comparación de aquel otro a que se
expondría si se confesara a sí mismo y confesara a
sus superiores el motivo de su omisión: «Estoy harto
del maldito servicio.» En razón a este ahorro de cas-
tigo se sirve el soldado del olvido como excusa, o se
manifiesta aquel espontaneamiento como una transac-
ción.Tanto el servicio a las damas como el servicio mi-
litar tienen el privilegio de que todo lo que a ellos se
refiere debe sustraerse al olvido y, de este modo, su-
gieren la opinión de que el olvido es permisible en las
cosas triviales, al paso que en las importantes es sig-
no de que se las quisiera tratar como si no lo fuesen,
y por lo tanto de que se las discute su importancia 1).
En efecto, en esta cuestión no se puede negar el pun-
to de vista de la valoración psíquica. Ningún hombre
olvida ejecutar actos que le parecen importantes sin
exponerse a ser sospechado de perturbación mental.
Nuestra investigación no puede, por lo tanto, exten-
derse más que a propósitos más o menos secunda-
rios, no considerando ninguno como por completo in-
diferente, pues en este caso no se hubiera formado.Como lo hice con las anteriores perturbaciones fun-
ción.
1)En la comedia «César y Cleopatra», de B. Shaw, se ator-
menta César, al ir a partir de Egipto, con la idea de que se ha-
bía propuesto hacer algo antes de partir y había olvidado qué.
Por fin resulta que lo que ha olvidado es ¡despedirse de Cleopa-
tra! Este pequeño rasgo debe dar cuenta –por cierto en comple-
ta contradicción con la verdad histórica– de lo poco que César
se ocupaba de la pequeña princesa egipcia. (E. Jones, l. c., pá-
gina 488.)S.
202
cionales, he reunido e intentado explicar también los
casos de omisión por olvido observados en mí mismo
y he hallado que invariablemente podían ser achaca-
dos a una intervención de motivos desconocidos e in-
admitidos por el sujeto mismo o, como podríamos de-
cir, a un deseo contrario. En una serie de
casos de este género, me hallaba yo en una situación
similar al servicio, esto es, bajo una coacción contra
la cual no había dejado por completo de resistirme,
manifestando aún mi protesta por medio de olvidos.
A estos casos corresponde el hecho de que olvido con
especial facilidad el felicitar a las personas en sus
días, cumpleaños, bodas o ascensos. Continuamente
me propongo no dejar de hacerlo, pero cada vez me
convenzo más de que no conseguiré nunca verificarlo
con exactitud. En la actualidad, estoy a punto de re-
nunciar ya por completo y dar la razón a los motivos
que a ello se resisten. Una vez predije a un amigo mío,
que me rogó enviase en su nombre un telegrama de
felicitación en una determinada fecha en que yo debía
mandar otro, que con seguridad se me olvidarían am-
bos y, en efecto, se cumplió mi profecía, sin que ello
me extrañara lo más mínimo. Dolorosas experiencias
de mi vida, hacen que me sea imposible expresar inte-
rés o simpatía en ocasiones en que, obligadamente,
tengo que exagerar mis sentimientos al expresarlos,
dado que no podría emplear la expresión correspon-
diente a su poca intensidad. Desde que he visto que
muchas veces me he equivocado tomando como ver-
dadera la pretendida simpatía que hacia mí mostraban
otras personas, me he rebelado contra estas conven-
ciones de expresión de simpatía, cuya utilidad social,
por otra parte, reconozco. De esta conducta debo ex-
cluir los pésames en caso de muerte; cuando he resuel-
S.
203
to expresar a alguien mi condolencia por uno de estos
casos, no omito nunca el hacerlo. En aquellas ocasio-
nes en que mi participación emocional no tiene nada
que ver con los deberes sociales, su expresión no es
jamás inhibida por el olvido.El teniente T., nos relata el siguiente caso de un tal
olvido, en el que un primer propósito reprimido se
abrió camino en calidad de «deseo contrario», dando
origen a una situación desagradable.«Un caso de omisión»
«El más antiguo de los oficiales internados en un
campamento de prisioneros, fué ofendido por uno de
sus camaradas. Para evitarse posibles consecuencias,
quiso hacer uso del único medio coercitivo que en su
poder estaba, esto es, alejar al ofensor, haciéndole
trasladar a otro campamento, y fueron necesarios los
consejos de varios amigos suyos para contra su de-
seo, hacerle desistir de su propósito y emprender en
el acto el camino que el honor le marcaba, decisión
que tenía que traer consigo una multitud de consecuen-
cias desagradables.En la misma mañana que esto sucedió, tenía el co-
mandante que pasar lista bajo la comprobación de uno
de nuestros vigilantes. Conociendo ya a todos sus
compañeros de cautiverio por el largo tiempo que con
ellos llevaba, no había cometido hasta entonces error
ninguno en la lectura de la lista. Pero aquella mañana
omitió el nombre del ofensor haciendo que mientras
que los demás oficiales se retiraban una vez compro-
bada su presencia, tuviese aquél que permanecer allí,
solo, hasta que se deshizo el error. El nombre omitido
constaba claramente en el medio de una página de la
lista.S.
204
Este incidente fué considerado de un lado como mo
lestia intencionadamente inflingida y por el otro como
una desgraciada casualidad que con facilidad podía
ser erróneamente interpretada. El comandante que co
metió la omisión llegó luego a poder juzgar con acier
to lo sucedido, después de leer la Psicopatología de
Freud».Análogamente se explican por el antagonismo entre
un deber convencional y una poco favorable opinión
interior no confesada, aquellos casos en los que se ol
vida ejecutar determinados actos que se ha prometido
llevar a cabo en favor de otras personas. En estos ca
sos se demuestra siempre que es sólo el favorecedor
el que cree en el poder eximente del olvido, mientras
que el pretendiente se da a sí mismo, sin duda, la res
puesta justa: «No se ha tomado interés ninguno: si no,
no lo hubiera olvidado». Existen individuos a los que
todo el mundo califica de olvidadizos y a quienes por
ser así se les disculpan generalmente sus faltas como
se disculpa al corto de vista que no nos ha saludado
en la calle 1). Estas personas olvidan todas las pe
queñas promesas que han hecho, dejan incumplidos
todos los encargos que reciben y demuestran de este
modo ser indignos de confianza en las cosas peque
ñas, pero al mismo tiempo exigen que no se les tomen
a mal estas pequeñas faltas, esto es, que no se las ex-
1)Las mujeres, con su fina comprensión de los procesos
mentales inconscientes, se inclinan siempre más a considerar
como una ofensa el que no se las reconozca en la calle y, por lo
tanto, no se las salude, que a pensar en la explicación más in
mediata, esto es, en que el que ha cometido la omisión es corto
de vista o que, sumido en sus pensamientos, no ha reparado en
ellas. Así, pues, suelen concluir que se las habría visto si se sin-
tiese algún interés por ellas.S.
205
PSICOPATOLOGIA
plique por su carácter personal, sino que se las refiera
a una peculiaridad orgánica 1). Personalmente no
pertenezco yo a esta clase de individuos ni tampoco
he tenido ocasión de analizar los actos de ninguno de
ellos para descubrir en la selección verificada por el
olvido los motivos del mismo. Sin embargo, no puedo
dejar de formar per analogiam, la hipótesis
de que en estos casos es una gran cantidad de des-
precio hacia los demás el motivo que el factor consti-
tucional explota para sus fines 2).En otros casos, los motivos del olvido son menos
fáciles de descubrir, y cuando se descubren causan
una mayor extrañeza. Así observé yo años atrás que
de una gran cantidad de visitas profesionales que de-1) J. Ferenczi nos comunica de sí mismo que él ha sido uno
de tales «distraídos» y que sus conocidos se extrañaban de la
frecuencia y originalidad de sus errores. Pero los signos de esta
«distracción» han desaparecido casi por completo desde que co-
menzó a tratar a los enfermos por el método psicoanalítico y se
vió obligado a prestar también atención al análisis de su propio
yo. Se renuncia –opina Ferenczi– a los actos fallidos cuando se
aprende a extender considerablemente los límites de la propia
responsabilidad. Por esta razón, y con justicia, considera la dis-
tracción como un estado dependiente de complejos inconscientes
y curable por medio del psicoanálisis. Sin embargo, un día que
se reprochaba a sí mismo haber cometido un error técnico en el
psicoanálisis de una paciente, aparecieron de nuevo todas sus
distracciones. Tropezó varias veces andando por la calle (repre-
sentación del «faux pas» cometido en el tratamiento), olvidó su
cartera en casa, quiso pagar en el tranvía cinco céntimos de me-
nos, abrochó equivocadamente sus vestidos, etc., etc.2) E. Jones observa respecto a esta cuestión: «Frecuente-
mente, la resistencia es de un orden general. Así, un hombre
ocupado, olvida echar las cartas que le ha confiado su esposa –
comisión poco molesta– como podría olvidar otro encargo más
engorroso, traerle los encargos de las tiendas, por ejemplo».S.
S.
S.
S.
209
Psicopatologia
drían haberla motivado. Con facilidad encontré, des-
pués de meditar un poco, que el artículo deseado po-
día designarse con dos nombres sinónimos «Loesch-
papier» y «Fliesspapier», y que, si bien usaba
yo el primer término en la escritura, acostumbraba en
cambio a utilizar el segundo de palabra. «Fliess»
era el nombre de un amigo mío residente en Berlín, el
cual me había ocasionado por aquellos días dolorosas
preocupaciones. No me era posible escapar a dichos
penosos pensamientos, pero la tendencia de-
fensiva se exteriorizaba trasladándose, por medio
de la identidad de las palabras, al propósito indiferen-
te que, por ser así, presentaba escasa resistencia.Voluntad contraria directa y motivación lejana se
manifiestan unidas en el siguiente caso de aplazamien-
to: En la colección «Cuestiones de la vida nerviosa y
psíquica» había yo escrito un corto tratado que resu-
mía el contenido de mi «Interpretación de los sueños».
Bergmann, el editor de Wiesbaden, me había mandado
las pruebas, rogándome se las devolviese enseguida
corregidas, pues quería publicar el folleto antes de
Navidad. En aquella misma noche hice la corrección y
dejé las pruebas sobre mi mesa de trabajo para coger-
las a la mañana siguiente. Al llegar la mañana me ol-
vidé de ellas y no volví a acordarme hasta cuando por
la tarde las vi de nuevo en el sitio en que las había de-
jado. Sin embargo, allí volvieron a quedar olvidadas
aquella tarde, a la noche y a la mañana siguiente, has-
ta que por fin, en la tarde del segundo día, las cogí al
verlas y fui en el acto a depositarlas en un buzón,
asombrado de tan repetido aplazamiento y pensando
cuál sería su causa. Veía que no quería remitir las
pruebas al editor, pero no podía adivinar el por qué.
Después de depositar las pruebas en el correo, entréS.
210
en casa del editor de mis obras en Viena, el cual ha-
bía publicado también el libro sobre los sueños, le
hice algunas recomendaciones, y después, como lleva-
do por una súbita ocurrencia, le dije: «¿Sabe usted que
he escrito de nuevo mi libro de los sueños?»–«¡Ah
sí! Entonces–exclamó–tengo que rogarle a usted
que...»–«Tranquilícese–repuse—. No es el libro com-
pleto, sino tan sólo un pequeño resumen para la colec-
ción Loewenfeld-Kurella». De todos modos no queda-
ba muy satisfecho el editor, pues temía que el folleto
perjudicase la venta del libro. Discutimos y, por últi-
mo, le pregunté: «Si se lo hubiera dicho a usted antes
¿hubiera usted opuesto alguna objeción a la publica-
ción del folleto?» –«No; eso de ningún modo»–me
respondió. Personalmente creía haber obrado con
completo derecho y no haber hecho nada desacostum-
brado, pero, sin embargo, me parecía seguro que un
pensamiento similar al expresado por el editor era el
motivo de mi vacilación en enviar las pruebas corre-
gidas. Este pensamiento se apoyaba en una ocasión
anterior en la que otro editor puso dificultades a mi
obligada resolución de tomar algunas páginas de una
obra anterior sobre parálisis cerebral infantil para in-
cluirlas sin modificación alguna en una obra sobre el
mismo tema publicada en los «Manuales Nothnagel».
Tampoco en este caso podía hacérseme ningún repro-
che, pues también había advertido lealmente mi inten-
ción al primer editor, como lo hice en el caso de la
«Interpretación de los sueños». Persiguiendo aún más
atrás esta serie de recuerdos, encontré otra ocasión
análoga anterior en la que en una traducción del fran-
cés lesioné realmente los derechos de propiedad ane-
jos a la publicación de una obra. Sin el permiso del
autor hube de añadir algunas notas al texto y algunosS.
211
PSICOPATOLOGIA
años después pude ver que con mi acción arbitraria
había disgustado a dicho autor.Existe un proverbio que revela el conocimiento po-
pular de que el olvido de propósitos no es accidental.
Es el siguiente: «Lo que se olvida hacer una vez se
volverá a olvidar con frecuencia».En realidad no puede uno sustraerse a la sensación
de que cuanto se pueda decir sobre los olvidos y los
actos fallidos es ya cosa conocida y admitida por to-
dos como algo evidente y natural. Lo extraño es que
sea necesario todavía colocar a los hombres ante la
conciencia cosas tan conocidas. Cuántas veces he
oído decir: «No me encargues eso. Seguramente lo
olvidaré». La verificación de esta profecía no tiene
nada de místico. El que así habló percibía en sí mismo
el propósito de no cumplir el encargo y rehusaba con-
fesárselo.El olvido de propósitos recibe mucha luz de algo
que pudiéramos designar con el nombre de «forma-
ción de falsos propósitos». Una vez había yo prome-
tido a un joven autor escribir una revista de su peque-
ña obra pero, a causa de resistencias interiores que
no me eran desconocidas, iba aplazando el cumpli-
miento de mi promesa de un día para otro hasta que,
vencido por el insistente apremio del interesado, me
comprometí de nuevo un día a dejarle complacido
aquella misma noche. Tenía reales intenciones de ha-
cerlo así, pero después recordé que aquella noche de-
bía ocuparme, imprescindiblemente, en la redacción de
un informe de medicina legal. Al reconocer enton-
ces mi propósito como falso, cesé en mi lucha contra
mis resistencias interiores y rehusé en firme la revista
pedida.S.
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Psicopatologia de la vida cotidiana1901-002/1922.es
1901-002/1922.es/7