• S.

    226

    berse decidido la noche anterior, tras de grandes vaci-
    laciones, a colocar precisamente este jarrón lleno de
    flores en la mesa ante sus convidados, y después de
    haber pensado en él poco antes de romperlo, haber
    lo echado de menos en su cuarto y haberlo traído des-
    de otra habitación por su propia mano.

    Después de la primera sorpresa comenzó a recoger
    del suelo los pedazos y en el momento en que, viendo
    que estos casaban perfectamente, se dió cuenta de que
    el jarrón podía reconstruirse sin defecto alguno, vol-
    vieron a escapársele de las manos dos de los pedazos
    más grandes, haciéndose añicos y quedando perdida
    toda esperanza de reconstitución.

    Sin disputa alguna, el acto fallido cometido poseía
    la tendencia actual de hacer posible al médico la per-
    secución de su derecho, libertándole de aquello que le
    retenía y le impedía en cierto modo reclamar lo que le
    era debido.

    Pero además de esta determinación directa, posee
    este rendimiento fallido, para todo psicoanalista, una
    más amplia, profunda e importante determinación
    simbólica, pues el jarrón es un indudable sím-
    bolo de la mujer.

    El héroe de esta historia había perdido de un modo
    trágico a su joven y bella mujer, a la que amaba ar-
    dientemente. Después de su desgracia, contrajo una
    neurosis, cuya nota predominante era creerse culpable
    de ella. («Haber roto un bello jarrón»).

    Así mismo, le era imposible entrar en relaciones con
    ninguna mujer, y repugnaba a casarse de nuevo o a
    emprender amores duraderos que en su inconsciente
    eran valorados como una infidelidad a su difunta mu-
    jer, pero que en su conciencia eran racionalizados
    como que él atraía la desdicha sobre las mujeres, que

  • S.

    227

    PSICOPATOLOGIA

    alguna podía matarse por su culpa, etc. («Siendo así
    no podía él conservar duraderamente el jarrón»).

    Dada su fuerte l í b i d o, no es de extrañar que
    se presentaran ante él, como las más adecuadas, las
    por su propia naturaleza pasageras relaciones con mu-
    jeres casadas. (Por ello conservó o retuvo el jarrón a
    otro perteneciente).

    Una preciosa confirmación de esta simbólica nos es
    dada por los datos siguientes: A consecuencia de la
    neurosis se sometió al tratamiento psicoanalítico.

    En el curso de la sesión en la que relató la rotura
    del jarrón «de tierra», volvió mucho después a hablar
    de sus relaciones con las mujeres, y expresó que era
    en ellas de una exigencia casi insensata y que pedía,
    por ejemplo, que aquéllas fueran de una «belleza extra-
    terrena». Esto constituye una muy clara acentuación
    de que aún se hallaba unido a su mujer (muerta, esto
    es, extraterrena), y que no quería saber nada de «be-
    llezas terrenales». De aquí la rotura del jarrón «de
    tierra».

    Precisamente en el tiempo en que en la declaración
    formaba la fantasía de casarse con la hija de su médi-
    co, regaló a éste un jarrón, indicando así en qué senti-
    do le era deseable la revancha.

    A priori se deja variar de varias maneras la signifi-
    cación simbólica del acto erróneo, por ejemplo, no
    querer llenar el vaso, etc. Mas lo que me parece inte-
    resante, es la consideración de que la existencia de va-
    rios, por lo menos de dos motivos actuantes, desde el
    preconsciente y el inconsciente y probablemente sepa-
    rados se refleje en la duplicación del acto erróneo—
    tirar al suelo el jarrón y luego los pedazos».

    e) El dejar caer algún objeto, tirarlo o romperlo,
    parece ser utilizado con gran frecuencia para la expre-

  • S.

    228

    sión de series de pensamientos inconscientes, cosa que
    se puede demostrar por medio del análisis, pero que
    también podría adivinarse casi siempre por las inter-
    pretaciones que a tales accidentes da, por burla o por
    superstición, el sentido popular. Conocida es la inter-
    pretación que se da a los actos de derramar la sal o el
    vino o de que un cuchillo que caiga al suelo quede cla-
    vado de punta en él, etc. Más adelante expondré el de-
    recho que, a ser tomadas en consideración, tienen tales
    interpretaciones snpersticiosas. Por ahora, sólo haré
    observar que una de tales torpezas no tiene, de ningún
    modo, un sentido constante, sino que, según las cir-
    cunstancias, se ofrece como medio de representación
    a intenciones en absoluto diferentes.

    Hace poco hubo en mi casa una temporada durante
    la cual se rompió en ella una extraordinaria cantidad
    de objetos de cristal y porcelana. Yo mismo contribuí
    a tal destrozo repetidas veces. Esta pequeña epidemia
    psíquica fué fácil de explicar. Eran aquellos los días
    que precedieron al matrimonio de mi hija mayor. En
    tales fiestas se suele romper intencionadamente un
    utensilio, haciendo al mismo tiempo un voto de felici-
    dad. Esta costumbre debe significar un sacrificio y ex-
    presar algún otro sentido simbólico.

    Cuando los criados destruyen objetos frágiles de-
    jándolos caer al suelo, nadie suele pensar, ante todo,
    en una explicación psicológica de ello y, sin embargo,
    no es improbable la existencia de oscuros motivos que
    coadyuven a tales actos. Nada más lejano a las per-
    sonas ineducadas que la apreciación del arte y de las
    obras de arte. Una sorda hostilidad contra estos pro-
    ductos domina a nuestros criados, sobre todo cuando
    tales objetos, cuyo valor no aprecian, constituyen un
    motivo de trabajo para ellos. En cambio, personas de

  • S.

    229

    PSICOPATOLOGIA

    igual grado de cultura y de igual origen que se hallan
    empleadas en alguna institución científica, se distin-
    guen por la gran destreza y seguridad con que mane-
    jan los más delicados objetos en cuanto comienzan a
    identificarse con sus amos y a contarse entre el perso-
    nal esencial del establecimiento.

    Incluyo aquí la comunicación de un joven técnico
    que nos permite penetrar en el mecanismo del desper-
    fecto de objetos.

    «Hace algún tiempo trabajaba yo con varios cole-
    gas en el laboratorio de la Escuela Superior, en una
    serie de complicados experimentos de elasticidad, la-
    bor que, aunque la habíamos emprendido voluntaria-
    mente, comenzaba a ocuparnos más tiempo de lo que
    hubiésemos deseado. Yendo un día hacia el laborato-
    rio en compañía de mi colega el señor F., expresó éste
    lo desagradable que era para él, aquel día, verse obli-
    gado a perder tanto tiempo, teniendo mucho trabajo en
    su casa. Yo asentí a sus palabras y añadí, medio en
    broma, aludiendo a un incidente de la pasada semana:
    «Por fortuna es de esperar que la máquina falle otra
    vez y tengamos que interrumpir el experimento. Así
    podremos marcharnos pronto».

    En la distribución del trabajo, tocó a F. regular la
    válvula de la prensa, esto es, irla abriendo con pru-
    dencia para dejar pasar poco a poco el líquido presio-
    nador desde los acumuladores al cilindro de la prensa
    hidráulica. El director del experimento se hallaba ob-
    servando el manómetro, y cuando éste marcó la pre-
    sión deseada, gritó: «¡Alto!». Al oir esta voz de man-
    do, F. cogió la válvula y la dió vuelta con toda su
    fuerza hacia la izquierda. (Todas las válvulas, sin ex-
    cepción, se cierran hacia la derecha). Esta falsa ma-
    niobra hizo que la presión del acumulador actuara

  • S.

    230

    Prof. S. Freud

    de golpe sobre la prensa, cosa para lo cual no estaba
    preparada la tubería, y que hizo estallar una unión de
    ésta, accidente nada grave para la máquina, pero que
    nos obligó a abandonar el trabajo por aquel día y re-
    gresar a nuestras casas.

    Aparte de esto, es muy característico el hecho de
    que algún tiempo después, hablando de este incidente,
    no pudo F. recordar las palabras que le dije al dirigir-
    nos juntos al laboratorio, palabras que yo recordaba
    con toda seguridad».

    Caerse, tropezar o resbalar, son actos que no deben
    ser interpretados siempre como un fallo puramente ca-
    sual de una función motora. El doble sentido lingüís-
    tico de estas expresiones indica ya la clase de ocultas
    fantasías que pueden hallar una representación en ta-
    les perturbaciones del equilibrio corporal. Recuerdo un
    gran número de ligeras enfermedades nerviosas de
    mujeres y muchachas, que aparecieron después de una
    caída en la que aquéllas no sufrieron herida alguna, y
    fueron consideradas como histerias traumáticas subsi-
    guientes al susto sufrido. Ya estos casos me dieron la
    impresión de que la relación de causa a efecto era dis-
    tinta de la que se suponía y de que la caída era un
    anuncio de la neurosis y una expresión de las fanta-
    sías inconscientes de contenido sexual de la misma,
    fantasías que deben considerarse como fuerzas actuan-
    tes detrás de los síntomas. ¿Acaso no quiere decir
    esto mismo el proverbio que dice: «Cuando una mu-
    chacha cae, cae siempre de espaldas»?

    Entre los actos de término erróneo puede incluirse
    el de dar a un mendigo una moneda de oro por una de
    cobre o de plata. La explicación de tales errores es
    muy sencilla. Son actos de sacrificio destinados a apa-
    ciguar al destino, desviar una desgracia, etc. Si antes

  • S.

    231

    PSICOPATOLOGIA

    de salir a paseo se ha oído hablar a una madre o pa-
    riente amorosa de su preocupación por la salud de un
    hijo o allegado, y luego se las vé proceder con la cita-
    da involuntaria generosidad no se podrá dudar del sen-
    tido del aparentemente indeseado incidente. De esta
    manera hacen posible nuestros actos erróneos el ejer-
    cicio de aquellas piadosas y supersticiosas costum-
    bres que a causa de la resistencia de nuestra razón,
    que se ha hecho descreída, tienen que rehuir la luz de
    la conciencia.

    f) El que nuestras acciones casuales sean en reali-
    dad intencionadas es cosa que nunca hallará más pronta
    aceptación que cuando se refiere a la esfera de la acti-
    vidad sexual en la que el límite entre lo casual y lo in-
    tencionado parece borrarse por completo. Yo mismo
    he vivido hace algunos años un ejemplo de cómo un
    movimiento torpe en apariencia puede ser utilizado
    para un fin sexual, de la más refinada de las maneras.

    En una casa amiga hallé en una ocasión a una mucha-
    cha que también estaba en ella en calidad de invitada,
    y que despertó en mí un antiguo afecto amoroso que
    yo consideraba ya extinguido, haciéndome mostrarme
    jovial, locuaz y complaciente. También me preocupó
    en esta ocasión el hallar el por qué experimentaba yo
    aquella impresión, pues un año antes la misma mu-
    chacha me había dejado completamente frío. Al entrar
    el tío de la muchacha, persona muy anciana, en la ha-
    bitación en que nos hallábamos, nos levantamos ella
    y yo para acercarle una silla que en un rincón había.
    Más ágil ella y también más cercana a la silla, la co-
    gió antes que yo y la trajo ante sí, teniéndola con el
    respaldo hacia atrás y ambas manos en los lados del
    asiento. Al llegar yo a su lado y no renunciar a mi
    propósito de coger la silla, me hallé de repente pegado

  • S.

    232

    por detrás a la muchacha, abrazándola con ambos
    brazos, y mis manos se encontraron un momento so-
    bre su pecho. Como es natural, puse término a esta
    situación con la misma rapidez con que se había cons-
    tituído, y nadie pareció darse cuenta de lo hábilmente
    que yo había aprovechado mi torpe movimiento.

    Debe admitirse asimismo que nuestros torpes y en-
    fadosos regates cuando, al encontrarnos ante una per-
    sona en la calle empezamos a dar pasos a uno y otro
    lado, pero siempre en igual dirección que el otro o la
    otra, hasta quedar ambos inmóviles frente a fren-
    te, acto que resulta como «cerrar el camino a alguien»,
    renueva una incorrecta y provocativa costumbre de
    los años juveniles y persigue intenciones sexuales bajo
    el disfraz de una torpeza. Mis psicoanálisis de neuró-
    ticos me han enseñado que lo que consideramos como
    ingenuidad en los adolescentes y en los niños, no es
    con frecuencia más que un disfraz bajo el cual les es
    posible hacer o decir sin avergonzarse algo indeco-
    roso.

    W. Stekel ha comunicado varias auto-observacio-
    nes análogas: «Al entrar en una casa alargué mi mano
    a la señora de ella, y de extraño modo desaté, al ha-
    cerlo, el lazo que sujetaba su suelta bata matinal. No
    abrigaba yo, conscientemente, ningún poco honrado
    propósito y, sin embargo, llevé a cabo dicho torpe
    movimiento con la habilidad de un prestidigitador».

    Repetidas veces he incluído aquí pruebas de que los
    poetas juzgan los rendimientos fallidos igual que nos-
    otros en este libro, esto es, como significativos y mo-
    tivados. No nos admirará, por lo tanto, ver en un nue-
    vo ejemplo, cómo un poeta da una intensa significa-
    ción a un movimiento equivocado y le hace ser un pre-
    sagio de ulteriores acontecimientos.

  • S.

    233

    En la novela de Theodor Fontane «L’Adultera» ha-
    llamos las siguientes líneas. (Tomo II, pág. 64 de la
    edición de las obras completas de Th. Fontane.–
    S. Fischer):

    «... y Melania se levantó y arrojó a su marido a ma-
    nera de saludo uno de los grandes balones. Pero apun-
    tó mal, y la pelota, volando hacia un lado, fué a parar
    a manos de Ruben». Al regreso de la excursión en que
    esto sucede tiene lugar un diálogo entre Melania y
    Ruben, en el cual comienza ya a surgir el brote
    de un naciente amor. Este amor crece luego hasta el
    apasionamiento, y Melania abandona por último a su
    marido para pertenecer por entero al hombre amado.
    (Comunicado por H. Sachs).

    g) Los efectos que producen los actos de aprehen-
    sión errónea de las personas normales son regular-
    mente en absoluto inofensivos. Por ello mismo es de
    un gran interés el investigar si errores de mayor im-
    portancia, por ejemplo, los de un médico o un farma-
    céutico, pueden ser también interpretados conforme
    a nuestro punto de vista.

    Dado que personalmente me hallo muy escasas ve-
    ces en situación de observar actos correspondientes a
    una actividad médica general no puedo comunicar
    aquí más que un solo caso de error médico observado
    en mí mismo. Desde hace algunos años vengo visi-
    tando dos veces al día a una señora anciana, y mi la-
    bor en la visita matinal se reduce a dos actos: echarla
    en los ojos un par de gotas de un colirio y ponerla una
    inyección de morfina. A estos efectos hay siempre pre-
    paradas dos botellitas, una azul para el colirio y otra
    blanca para la morfina. Mientras llevo a cabo los dos
    actos acostumbrados mis pensamientos suelen estar
    ocupados en otra cosa, pues he repetido tantas veces

  • S.

    234

    la misma faena que la atención necesaria para efec-
    tuarla se comporta ya como libre e independiente. Sin
    embargo, en una ocasión, trabajó el autómata equivo-
    cadamente. Introduje el cuenta gotas en la botellita
    blanca en lugar de en la azul, y lo que eché en los ojos
    de la enferma fué morfina y no colirio. Al darme cuenta
    quedé sobrecogido, tranquilizándome después con la
    reflexión de que unas gotas de una solución de morfina
    al dos por ciento, no podían causar ningún daño a la
    conjuntiva. Así, pues, la causa del miedo sentido de-
    bía ser distinta.
    En mi intento de analizar mi pequeño error, la pri-
    mera cosa que acudió a mi pensamiento fué la frase:
    «atentar contra la anciana» 1), la cual podía indicar-
    me un rápido camino hacia la solución. Me hallaba yo
    bajo la impresión de un sueño que me había sido rela-
    tado la noche anterior por un joven, sueño cuyo con-
    tenido no podía interpretarse más que como el comer-
    cio sexual del sujeto con su propia madre 2). La ra-
    reza de que la leyenda no tenga en cuenta la ancia-
    nidad de la reina Jocasta, me pareció confirmar la
    afirmación de que en el enamoramiento de la propia
    madre no se trata nunca de la persona actual, sino de
    su recuerdo juvenil procedente de los años infantiles.
    Tales incongruencias se muestran siempre cuando una


    1)N. DEL T.–En esta frase, el verbo reflexivo «sich ver-
    greifen», seguido de la preposición «bei» significa «equivocarse»,
    pero seguido de la preposición «an» significa «atentar, profanar,
    violar». Así se explica la conexión entre «equivocarse con la an-
    ciana» y «atentar contra la anciana».

    2)Este sueño ha sido denominado por mí «sueño de Edi-
    po», porque nos da la clave para la comprensión de la leyenda
    del rey Edipo. En el texto de Sófocles coloca éste en boca de
    Jocasta la relación de un tal sueño.

  • S.

    235

    PSICOPATOLOGIA

    fantasía vacilante entre dos épocas se hace consciente,
    y queda por ello ligada a una época definida. Abstraí-
    do en estos pensamientos, llegué a casa de mi paciente,
    que frisaba en los noventa años, y debía hallarme en
    camino de considerar el general carácter humano de
    la fábula de Edipo, como la correlación de la fatal pro-
    fecía expresada por el oráculo, pues «me equivoqué
    con» o «atenté contra la anciana». Mas mi acto erró-
    neo fué también en este caso inofensivo. De los dos
    errores posibles: usar la morfina para echarla en los
    ojos o el colirio para la inyección, había escogido el
    más inocente. Queda aún la cuestión de si en errores
    que puedan ocasionar graves daños, puede suponerse
    la existencia de una intención inconsciente, como su-
    cede en los hasta aquí examinados.

    Aquí se agota, como era de esperar, el material de
    que podía disponer, y quedo reducido a exponer apro-
    ximaciones e hipótesis. Conocido es que en los casos
    graves de psiconeurosis aparecen a veces auto-muti-
    laciones, como síntomas de la enfermedad y que no se
    puede considerar en tales casos excluído el suicidio
    como final del conflicto psíquico. Sé por experiencia, y
    lo expondré algún día con ejemplos convincentes, que
    muchos daños que, aparentemente por casualidad, su-
    ceden a tales enfermos, son en realidad maltratos que
    los pacientes se inflingen a sí mismos. Estos casos
    son producidos por una tendencia constantemente vi-
    gilante al auto-castigo, tendencia que de ordinario se
    manifiesta como auto-reproche, o coadyuva a la for-
    mación de síntomas y utiliza diestramente una situa-
    ción exterior que se ofrezca casualmente o la ayuda
    hasta conducirla a la consecución del efecto dañoso
    deseado. Tales sucesos no son tampoco raros en los
    casos de moderada gravedad y revelan la participa-
     

  • S.

    236

    ción de la intención inconsciente por una serie de sig-
    nos especiales; por ejemplo, por la extraña presencia
    de espíritu que manifiestan los enfermos durante los
    pretendidos accidentes 1).

    En vez de muchos ejemplos relataré, pero con todo
    detalle, uno solo que he podido observar en mi activi-
    dad médica: Una joven casada se rompió una pierna
    en un accidente de coche, teniendo que guardar cama
    durante varias semanas y, al asistirla, me extrañó la
    falta de manifestaciones de dolor y la tranquilidad con
    que conllevaba su desgracia. El accidente hizo apare-
    cer una larga y grave neurosis que, por último, se curó
    por el tratamiento psicoanalítico. En el curso de este
    último, averigüé las circunstancias que rodearon el
    accidente, así como determinadas impresiones que le
    precedieron. La joven mujer se hallaba con su marido,
    hombre muy celoso, pasando una temporada en la fin-
    ca de una hermana suya, en compañía de sus numero-
    sos hermanos y hermanas y sus respectivos cónyu-
    ges. Una noche dió en este íntimo círculo una repre-
    sentación de una de sus habilidades, bailando un
    cancán conforme a todas las reglas del arte, y obte-
    niendo gran éxito con todos los parientes, pero descon-
    tentando a su marido que la murmuró después al oído:
    «Te has vuelto a conducir como una prostituta». La
    palabra hizo su efecto, y queremos dejar indeciso si
    precisamente por el baile. Aquella noche durmió mal,
    y a la mañana quiso dar un paseo en coche. Por sí

    1)El auto-maltrato que no se propone una completa auto-
    anulación, no tiene en nuestro estado de civilización actual más
    remedio que ocultarse detrás de la casualidad o manifestarse
    como simulación de una enfermedad espontánea. Antiguamente
    era un signo usual de duelo y podía ser expresión de ideas
    de piedad y renunciamiento al mundo.

  • S.

    237

    PSICOPATOLOGIA

    misma escogió los caballos, rehusando un tronco y
    eligiendo otro. La más joven de sus hermanas quiso
    que fuera en el coche un hijo suyo de pecho con el ama,
    pero ella se opuso enérgicamente. Durante el paseo se
    mostró nerviosa, advirtió al cochero que los caballos
    iban a espantarse, y cuando los inquietos animales
    tuvieron en realidad un momento de indisciplina se
    levantó sobrecogida y se arrojó del coche, rompiéndo-
    se una pierna, mientras que los que permanecieron
    dentro no sufrieron daño alguno. Después de descu-
    brir estos detalles no se puede dudar que el accidente
    estaba preparado, y no debemos dejar de admirar la
    habilidad que obligó a la casualidad a distribuir un
    castigo tan correlativo a la falta cometida, pues en
    efecto ya no podría ella bailar el cancán en mucho
    tiempo.

    No me es posible relatar casos en que me haya in-
    flingido daños a mí mismo en épocas de tranquilidad,
    pero no me creo incapaz de cometer tales actos bajo
    condiciones extraordinarias. Cuando un miembro de
    mi familia se queja de haberse mordido la lengua,
    aplastado un dedo, etc., lo primero que hago, en lugar
    de compadecerle, es preguntarle: –¿Por qué has he-
    cho eso?–Yo mismo me cogí un dedo muy dolorosa-
    mente, después de haber oído a un joven paciente ex-
    presar en la consulta su deseo (que como es natural no
    había que tomar en serio) de contraer matrimonio con
    mi hija mayor, la cual sabía yo que se hallaba a la sa-
    zón en un sanatorio y en peligro de muerte.

    Uno de mis hijos, cuyo vivo temperamento dificultaba
    mucho la tarea de cuidarle cuando se hallaba enfermo,
    tuvo una mañana un fuerte acceso de cólera porque se
    le ordenó que permaneciera en el lecho durante toda
    la tarde y amenazó con suicidarse, amenaza que le ha-

  • S.

    – 238 –

    bía sido sugerida por la lectura de los periódicos.
    Aquella misma tarde me enseñó un cardenal que se ha-
    bía hecho en un lado de la caja torácica al chocar con-
    tra una puerta y darse un fuerte golpe con el saliente
    del picaporte. Le pregunté irónicamente por qué había
    hecho aquello y el niño, que no tenía más que once
    años, me contestó como iluminado: –«Eso ha sido el
    intento de suicidio con que os amenacé esta mañana».

    –No creo que mis opiniones sobre los daños inflingi-
    dos por una persona a sí misma fueran por entonces
    accesibles a mis hijos.

    Aquellos que crean en la existencia de estos auto-
    maltratos semi-intencionales–si se me permite em-
    plear esta poco diestra expresión–se hallarán prepa-
    rados a admitir también el hecho de que, además del
    suicidio conscientemente intencionado, hay otra clase
    de suicidio con intención inconsciente, el cual es capaz
    de utilizar con destreza un peligro de muerte y disfra-
    zarlo de desgracia casual. En efecto, la tendencia a la
    auto-destrucción existe con una cierta intensidad en un
    número de individuos mucho mayor del de aquellos en
    que llega a manifestarse victoriosa. Los daños auto-
    inflingidos son regularmente una transacción entre este
    impulso y las fuerzas que aún actúan contra él. Tam-
    bién en los casos en que se llega al suicidio ha existi-
    do anteriormente, durante largo tiempo, dicha inclina-
    ción con fuerza menor o como tendencia inconsciente
    y reprimida.

    También la intención consciente de suicidarse esco-
    ge su tiempo, sus medios y su ocasión. Paralelamente
    obra la intención inconsciente, al esperar la aparición
    de un motivo que pueda tomar sobre sí una parte de la
    responsabilidad y, acaparando las fuerzas defensivas
    de la persona, la libere de la presión que sobre ella

  • S.

    239

    ejercen 1). No son bajo ningún concepto ociosas es-
    tas discusiones; he conocido más de un caso de des-
    gracia aparentemente casual (accidentes de caballo o
    de coche) cuyas circunstancias justifican una sospecha
    de suicidio inconscientemente tolerado. Tal es el caso
    de un oficial que durante una carrera de caballos cayó
    del que montaba, hiriéndose tan gravemente que mu-
    rió varios días después. Su conducta al volver en sí
    después del accidente fué un tanto singular por varios
    conceptos. Pero más aún lo fué la que había observa-
    do anteriormente. Hallándose muy entristecido por la
    muerte de su madre a la que quería mucho, se echaba
    a llorar estando con sus camaradas y expresó varias
    veces a sus íntimos su cansancio de la vida y su deseo
    de abandonar el servicio para ir a África a tomar parte
    en una campaña que allí se desarrollaba y que no de-


    1)El caso es entonces idéntico al atentado sexual contra una
    mujer en el que el ataque del hombre no puede ser rechazado por
    la total fuerza muscular de la mujer porque a él coadyuva, acep-
    tándolo, una parte de las sensaciones inconscientes de la ataca-
    da. Ya se suele decir que tal situación paraliza las fuerzas
    de la mujer y no se necesita añadir las razones de esta paraliza-
    ción. Desde este punto de vista aparece injusta, psicológicamen-
    te, una de las ingeniosas sentencias dictadas por Sancho Panza
    en su ínsula. (Don Quijote. Parte II. Cap. XLV). Una mujer acu-
    sa a un hombre de haberla forzado. Sancho la indemniza con
    una repleta bolsa que hace entregarla al acusado y da a éste, una
    vez partida la mujer, permiso para correr tras ella y arrancarla
    la bolsa. Al poco tiempo aparecen de nuevo los litigantes y la
    mujer se vanagloria de que el malvado supuesto violador no
    haya tenido fuerzas para arrancarla el dinero. Al oir esto dice
    Sancho: –«Si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para
    defender esta bolsa, lo mostrárais, y aun la mitad menos, para
    defender vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran
    fuerza».

  • S.

    240

    Prof. S. Freud

    bía ofrecer ningún interés para él 1). Siendo un va-
    liente jinete, evitaba en aquellos días montar a caballo,
    siempre que podía. Por último antes de la carrera, en
    la que no podía excusarse de tomar parte, expresó un
    triste presentimiento. Nuestra concepción de estos ca-
    sos hace que no podamos extrañarnos de que el pre-
    sentimiento se realizara. Se me opondrá que en un es-
    tado tal de depresión nerviosa no le es posible a un
    hombre dominar al caballo con igual maestría que en
    época de plena salud. Convengo en ello, pero creo
    más acertado buscar el mecanismo de tal inhibición
    motora por «nerviosidad», en la intención auto-des-
    tructora aquí acentuada.

    S. C. Ferenczi, de Budapest, me ha autorizado a
    publicar el siguiente análisis verificado por él de un
    caso de herida por arma de fuego, pretendidamente
    casual, y que él explica como un intento inconsciente
    de suicidio, explicación con la que estoy en un todo
    conforme:

    «J. Ad., de veintidos años de edad, oficial de car-
    pintero, vino a mi consulta el 18 de Enero de 1908.
    Quería que yo le dijese si le debía y podía ser extraída
    una bala que tenía alojada en la sien izquierda desde
    el 20 de Marzo de 1902. Aparte de algunos dolores de
    cabeza, no demasiado violentos, que le atacan de
    cuando en cuando, se siente completamente sano. El
    reconocimiento objetivo no descubrió nada importante
    fuera de la cicatriz característica del disparo, y enne-
     


    2)Es evidente que la situación de un campo de batalla es
    precisamente la requerida por la intención consciente de suicidar-
    se que sin embargo rehuye el camino directo. Véase en el «Wa-
    llenstein» las palabras del capitán sueco sobre la muerte de Max
    Piccolomini: «Dícese que quería morir».

  • S.

    241

    PSICOPATOLOGIA

    grecida por la pólvora, en la sien izquierda. En vista
    de ello me mostré contrario a toda operación. Pregunta-
    do por las circunstancias del caso contestó haberse he-
    rido casualmente. Jugaba con un revólver de su her-
    mano, creyendo que no estaba carga-
    do, se lo apoyó con la mano izquierda en la sien
    izquierda (no es zurdo), colocó el dedo en el ga-
    tillo y el tiro salió. En el arma, que era de
    seis tiros, había tres cartuchos. Le
    pregunté luego cómo había llegado a la idea de coger
    el revólver y me contestó que por entonces era el tiem-
    po de su entrada en quintas y que la noche antes había
    cogido el revólver para ir a una taberna, temiendo que
    en ella se promoviera alguna pelea. En el reconoci-
    miento médico militar fué declarado inútil por padecer
    varices, cosa que le avergonzó sobremanera. Al regre-
    sar a su casa se puso a jugar con el revólver, no te-
    niendo intención de causarse ningún daño y entonces
    fué cuando surgió el accidente. Interrogado sobre si en
    general estaba contento con su suerte, me relató sus-
    pirando, su historia amorosa con una muchacha que le
    quería, pero que, sin embargo, le abandonó para emi-
    grar a América, empujada por el deseo de hacer for-
    tuna. El quiso seguirla, pero se lo impidieron sus pa-
    dres. Su amada había partido el 20 de Enero de 1907,
    esto es, dos meses antes del suceso. A pesar de todos
    estos elementos sospechosos, sostuvo el paciente que
    el disparo había sido un «accidente desgraciado». Sin
    embargo, yo estoy firmemente convencido de que la
    negligencia de no haber comprobado si el revólver es-
    taba o no cargado antes de ponerse a jugar con él, así
    como el daño auto-inflingido, se hallaban determinados
    psíquicamente. El individuo en cuestión se encontraba
    aún bajo la impresión deprimente de su desdichado amor

  • S.

    242

    PROF. S. FREUD

    y se ve muy claro que quería «olvidar» en el servicio de
    las armas. Cuando también le fué arrancada esta es-
    peranza, fué cuando llegó a jugar con el revólver, esto
    es, a un inconsciente intento de suicidio. El hecho de
    tomar el arma con la mano izquierda y no con la de-
    recha, es una prueba decisiva de que en realidad no
    hacía más que jugar, o sea, que no quería, consciente-
    mente, suicidarse».

    Otro caso de daño auto-inflingido, de apariencia ca-
    sual, cuya publicación me ha sido autorizada por la
    persona que lo observó directamente, nos recuerda el
    proverbio que dice: «Aquel que cava una fosa para
    otros, cae él mismo en ella»1).

    «La señora de X., perteneciente a una familia de la
    clase media, está casada y tiene tres hijos. Es algo ner-
    viosa, mas nunca necesitó someterse a un tratamiento
    enérgico, pues posee firmeza suficiente para adaptarse
    a la vida. Un día se produjo una considerable, pero
    pasajera desfiguración de su rostro en la siguiente
    forma:

    Al atravesar una calle en la que estaban arreglando
    el pavimento, tropezó con un montón de piedras y fué
    a dar de cara contra el muro de una casa, quedando
    con el rostro todo arañado y magullado. Los párpados
    se le pusieron azules y edematosos, y llamó al médico
    temiendo que también hubieran sufrido los ojos algún
    daño. Después de tranquilizarla respecto a esta cues-
    tión, la pregunté: «¿Pero cómo se ha caído usted de
    ese modo...? La señora repuso que precisamente antes
    del accidente había recomendado a su marido, el cual


    1)Auto-castigo por un aborto, observado por el Dr. J. E. G.
    van Emdem. La Haya (Holanda).–Zentralblatt fuer Psychoana-
    lyse, II–12.

  • S.

    243

    PSICOPATOLOGIA

    padecía desde hacía algunos meses una afección arti-
    cular que le dificultaba la deambulación, que tuviese
    cuidado al pasar por dicha calle, y que sabía por repe-
    tidas experiencias que en casos como éste le ocurría
    sufrir aquellos mismos accidentes, contra los que pre-
    venía a los demás.

    Yo no me contenté con esta determinación del suce-
    so y la pregunté si no tenía alguna cosa más que rela-
    tarme. En efecto, me dijo que en el momento que pre-
    cedió a la caída había visto en una tienda de la acera
    opuesta un lindo cuadrito y que, de repente, le entra-
    ron deseos de comprarlo para adorno del cuarto de
    sus hijos. Entonces se dirigió derechamente hacia la
    tienda sin cuidarse del estado de la calle, tropezó con
    el montón de piedras y fué a dar con la cara contra
    el muro de una casa, sin hacer siquiera el menor inten-
    to de librarse del golpe con las manos. El propósito
    de comprar el cuadro quedó olvidado en el acto y la
    señora regresó a toda prisa a su domicilio.

    –¿Pero, cómo no miró usted con más cuidado dón-
    de pisaba?–seguí preguntándola.

    –¡Ay!–me respondió–. Ha sido quizás un cas-
    tigo por la historia que ya confié a usted!

    –¿La sigue atormentando esa historia?

    –Sí; después he sentido mucho haber hecho lo que
    hice. Me he encontrado perversa, criminal e inmoral.
    Pero en equellos días mis nervios me tenían casi loca.

    Se trataba de un aborto que ella, de acuerdo con su
    marido, y queriendo ambos evitar por razones econó-
    micas el nacimiento de más hijos, había hecho provo-
    car por una curandera y en cuyo desenlace fué asis-
    tida por un especialista.

    –Con frecuencia me he reprochado el haber dejado
    matar a mi hijo–siguió diciendo–y he tenido miedo

  • S.

    244

    de que una cosa de tal género no podía quedar sin cas-
    tigo. Ahora que me ha asegurado usted que no me pasa-
    rá nada en los ojos, me quedo ya tranquila. Así como
    así, estoy ya suficientemente castigada.

    Salta, pues, a la vista que el accidente había sido un
    auto-castigo inflingido no sólo en penitencia de la mala
    acción cometida, sino también para escapar a otro des-
    conocido castigo mucho mayor, cuyo advenimiento
    venía la señora temiendo hacía ya varios meses.

    En el momento en que se dirigió apresuradamente
    hacia la tienda para comprar el cuadrito, el recuerdo de
    su falta–ya bastante activo en su inconsciente cuando
    recomendó cuidado a su esposo–había llegado a ser
    dominante y se hubiera podido expresar con las si-
    guientes palabras:

    —¿Para qué quieres comprar ningún adorno para el
    cuarto de tus hijos si has dejado matar a uno de ellos?
    ¡Criminal! ¡El gran castigo está ya próximo!

    Este pensamiento no devino consciente pero, no
    obstante, la señora utilizó en aquel momento psicoló-
    gico la situación para aprovechar el montón de piedras
    en su auto-castigo. Por esta razón no extendió siquie-
    ra las manos al caerse ni experimentó tampoco un sus-
    to violento. La segunda, y probablemente menor, de
    terminación del accidente, fué otro auto-castigo por su
    inconsciente deseo de libertarse de su marido,
    cómplice en todo el penoso asunto del aborto. Este de-
    seo se revela en la recomendación totalmente supér-
    flua de que tuviera cuidado al atravesar la calle en re-
    forma, ya que el marido, precisamente por su enfer-
    medad, había de andar con gran prudencia1).


    1)Una persona me escribe sobre el tema: «Daños auto-in-
    flingidos como castigo». Si se observa la conducta de las perso-

  • S.

    245

    Considerando las circunstancias que rodean el caso
    siguiente de daño auto-
    inflingido de apariencia casual
    hay que dar la razón a J. Staerke (l. c.), el cual lo in-
    terpreta como un «acto de sacrificio».

    «Una señora, cuyo yerno tenía que partir para Ale-
    mania con el fin de cumplir allí sus deberes militares,
    se quemó un pié, vertiéndose sobre él un hirviente lí-
    quido, en las circunstancias siguientes: Su hija estaba
    próxima a alumbrar y el pensamiento de los peligros
    que en la guerra iba a correr el marido no eran, como
    es natural, para que el estado de ánimo de toda la fa-
    milia fuese muy alegre. El día antes de la partida de
    su yerno la señora había convidado a comer al matri-
    monio. Por sí misma preparaba la comida en la coci-
    na después de haber sustituído, cosa que no solía ha-
    cer, sus botas altas de cordones y sin tacones, con las
    que andaba muy cómodamente, por unas zapatillas de
    su marido, muy grandes y abiertas por arriba. Al co-
    ger del fuego una gran cazuela llena de sopa hirvien-
    do la dejó caer y se escaldó gravemente un pié, sobre
    todo el empeine, no protegido por la zapatilla. Claro
    es que el accidente se puso a cuenta de la «nerviosi-
    dad», comprensible, dada la situación de la familia. En
    los días siguientes a tal «acto de sacrificio», se condu-
    jo muy prudentemente en el manejo de objetos calien-
    tes, pero ello no impidió que días después se volviese
    a escaldar una muñeca».

    Si un tal furor contra la propia integridad y la pro-
    pia vida puede ocultarse así detrás de una torpeza apa-
    rente.

    nas en las calles, se tiene ocasión de ver con cuánta frecuen-
    cia les sucede algún pequeño accidente a aquellos hombres que-
    como es ya casi general costumbre– se vuelven a seguir a las
    mujeres con la vista. Tan pronto tropiezan, aun yendo por llano,
    como topan con un farol o se hieren de alguna otra forma.

  • S.

    246

    PROF. S. FREUD

    rentemente casual y de una insuficiencia motora, no
    queda ya más que un paso para hallar posible la trans-
    ferencia de igual concepción a aquellos actos erróneos
    que ponen en grave peligro la vida y la salud de
    otras personas. Los documentos que puedo alegar en
    favor de la exactitud de esta afirmación están tomados
    de mis experiencias en el tratamiento de neuróticos, y
    por lo tanto, no se adaptan por completo a lo que se
    trata de demostrar. De todos modos expondré aquí un
    caso, en el que, no precisamente un acto erróneo, sino
    lo que más bien puede denominarse un acto sintomá-
    tico o casual, me puso sobre una pista que me llevó a
    conseguir la solución del conflicto en que el paciente
    se hallaba. En una ocasión me propuse mejorar las re-
    laciones matrimoniales de un individuo muy inteligen-
    te, cuyas diferencias con su joven mujer, la cual le
    amaba con ternura, podían basarse en fundamentos
    reales, pero que, como él mismo confesaba, no que-
    daban, ni aun así, totalmente explicadas. Sin cesar se
    atormentaba el marido con el pensamiento de una se-
    paración, pensamiento que siempre rechazaba por su
    amor hacia sus dos tiernos hijos. A pesar de esto vol-
    vía siempre a la misma idea, y no intentaba ningún me-
    dio de hacerse tolerable la situación. Este no resolver
    nunca el conflicto me pareció una prueba de la existen-
    cia de motivos inconscientes y reprimidos que reforza-
    ban los motivos conscientes que mantenían la lucha.
    En estos casos, mi intervención consiste en dar fin al
    conflicto por medio del análisis psíquico. El marido me
    relató un día un pequeño incidente que le había asusta-
    do sobremanera. Jugaba con su hijo mayor, que era
    su preferido, subiéndolo y bajándolo en sus brazos, y
    una de las veces lo alzó tan alto y en tal punto de la
    habitación que la cabeza del niño estuvo a punto de

  • S.

    247

    chocar con la pesada araña de gas que pendía del te-
    cho. Le faltó muy poco, pero no llegó.
    Aunque el niño no sufrió daño alguno, medio se des-
    mayó del susto. El padre permaneció quieto y espan-
    tado con él en brazos y la madre fué presa de un ata-
    que histérico. La especial destreza de tal movimiento
    imprudente y la violencia de la reacción en los padres,
    me hicieron buscar en esta casualidad un acto sinto-
    mático que debía expresar una perversa intención con-
    tra el tan querido hijo. La contradicción entre el acto
    sintomático y la ternura actual del padre hacia su niño
    podía salvarse retrotrayendo el impulso damnificante
    a la época en que este niño había sido hijo único, y
    tan pequeño que el padre no había llegado aún a inte-
    resarse tiernamente por él. Siendo así podía admitirse
    que el marido, poco satisfecho de su mujer, hubiera
    tenido por entonces el pensamiento o formulado el pro-
    pósito siguiente: –Si este pequeño ser, que nada me
    importa, muere, quedo libre y podré separarme de mi
    mujer–. Por lo tanto debía seguir existiendo incons-
    cientemente en él un deseo de muerte del ahora ya tan
    querido niño. Desde este punto era fácil encontrar el
    camino hacia la fijación inconsciente de este deseo.
    Una poderosa determinante del acto realizado estaba
    constituída por un recuerdo infantil del paciente, rela- tivo a la muerte de un hermano pequeño que la madre
    achacaba al abandono de su marido, y que había dado
    lugar a violentas explicaciones entre los cónyuges en
    las que había sonado una amenaza de separación. Mi
    hipótesis quedó confirmada por el éxito terapéutico del
    psicoanálisis y la modificación que sobrevino en las
    relaciones conyugales de mi paciente.
    J. Staerke (l. c.) nos da cuenta en un ejemplo, de
    cómo los poetas no vacilan en colocar un acto erróneo

  • S.

    248

    P R O F . S . P R E U D

    en lugar de otro intencionado, haciendo al primero
    causa de las más graves consecuencias.

    En uno de los «Apuntes» de Hayermans 1) aparece
    un ejemplo de acto erróneo utilizado por el autor como
    motivo dramático.

    El apunte se titula «Tom y Teddie».– En un teatro
    de varietés trabaja una pareja de buceadores, hombre
    y mujer, que permanecen bajo el agua largo tiempo,
    dentro de una piscina de paredes de cristal, y realizan,
    sumergidos, diferentes habilidades. La mujer es desde
    poco tiempo antes la amante de un «dresseur» que tra-
    baja en el mismo teatro, y el buceador los ha sorpren-
    dido en el vestuario minutos antes de tener que salir a
    escena, limitándose por esta causa a dirigirles una
    amenazadora mirada y murmurar: «Luego veremos».
    –La representación comienza–. El buzo va aquella
    noche a presentar su número más difícil, consistente
    en permanecer «bajo el agua y encerrado hermética-
    mente en un cajón, dos minutos y medio»–. Este nú-
    mero lo habían hecho ya varias veces. La caja queda-
    ba cerrada y Teddie enseñaba la llave mientras el pú-
    blico comprobaba reloj en mano el tiempo que trans-
    curría. Luego dejaba caer un par de veces la llave en
    la piscina y se tiraba al agua tras ella para no retra-
    sarse cuando llegaba el momento de abrir el cajón.

    En esta noche, la del 31 de Enero, fué Tom encerra-
    do como de costumbre por los pequeños dedos de la
    alegre y vivaracha mujercita. Tom sonreía detrás de la
    mirilla del cajón. Ella jugaba con la llave y esperaba la
    señal para abrir. Entre bastidores se hallaba el «dres-
    seur» con su frac impecable, su corbata blanca y su


    1)Hayermans. –Schetsen von Samuel Falkland–, Amster-
    dam. H. J. W. Becht–1914.

  • S.

    249

    látigo de montar. Para llamarla la atención dió un bre-
    ve silbido. Ella miró hacia él, sonrió, y con el gesto
    torpe de alguien cuya atención se ve distraída, arrojó
    la llave hacia lo alto con tal fuerza que cuando termina-
    ban los dos minutos y veinte segundos bien contados,
    cayó al lado de la piscina entre los pliegues de una ban-
    dera que disimulaba los pies de la misma. Nadie vió
    dónde había caído. Desde la sala, la ilusión óptica fué
    tal, que todos los espectadores vieron caer la llave a
    través del agua. Tampoco ninguno de los empleados
    del teatro se dió cuenta de la verdad, pues el paño de
    la bandera mitigó el sonido.

    Sonriendo y sin vacilar trepó Teddie por las pare-
    des de la piscina. Sonriendo –Tom aguantaba bien–
    volvió a bajar. Sonriendo desapareció bajo los pies
    de la piscina para buscar allí la llave y, al no encon-
    trarla enseguida, se inclinó hacia la parte anterior de
    la bandera con un gesto cansado, como si quisiera de-
    cir: «¡Ay, Dios mío!, cuánta molestia».

    Entretanto Tom seguía haciendo sus cómicos ges-
    tos detrás de la mirilla, como si también él se intran-
    quilizase. Se vió blanquear su dentadura postiza y mo-
    verse sus labios bajo el bigote recortado y aparecieron
    las mismas cómicas burbujillas de aire que antes,
    cuando comió una manzana bajo el agua. Se vió re-
    torcerse y engarabitarse sus pálidos dedos huesudos
    y el público rió como ya había reído con frecuencia
    aquella noche.

    Dos minutos y cincuenta y ocho segundos…
    Tres minutos y siete segundos… y doce segundos…
    ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo!

    En esto surgió cierta intranquilidad en la sala y el
    público comenzó a patear al ver que también los cria-
    dos del domador comenzaban a buscar la llave y que


  • S.

    250

    el telón caía antes de que la tapa de la caja fuese le-
    vantada.

    En el escenario aparecieron luego seis bailarinas
    inglesas. Después el hombre de los caballitos, los mo-
    nos y los perros, y así sucesivamente.

    Hasta la mañana siguiente no se enteró el público
    de que había sucedido una desgracia y que Teddie
    quedaba viuda en el mundo…»

    De lo citado se ve cuán excelentemente ha tenido
    que comprender el artista la naturaleza de la acción
    sintomática para presentarnos con tal acierto la pro-
    funda causa de la mortal torpeza.