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226
berse decidido la noche anterior, tras de grandes vaci-
laciones, a colocar precisamente este jarrón lleno de
flores en la mesa ante sus convidados, y después de
haber pensado en él poco antes de romperlo, haber
lo echado de menos en su cuarto y haberlo traído des-
de otra habitación por su propia mano.Después de la primera sorpresa comenzó a recoger
del suelo los pedazos y en el momento en que, viendo
que estos casaban perfectamente, se dió cuenta de que
el jarrón podía reconstruirse sin defecto alguno, vol-
vieron a escapársele de las manos dos de los pedazos
más grandes, haciéndose añicos y quedando perdida
toda esperanza de reconstitución.Sin disputa alguna, el acto fallido cometido poseía
la tendencia actual de hacer posible al médico la per-
secución de su derecho, libertándole de aquello que le
retenía y le impedía en cierto modo reclamar lo que le
era debido.Pero además de esta determinación directa, posee
este rendimiento fallido, para todo psicoanalista, una
más amplia, profunda e importante determinación
simbólica, pues el jarrón es un indudable sím-
bolo de la mujer.El héroe de esta historia había perdido de un modo
trágico a su joven y bella mujer, a la que amaba ar-
dientemente. Después de su desgracia, contrajo una
neurosis, cuya nota predominante era creerse culpable
de ella. («Haber roto un bello jarrón»).Así mismo, le era imposible entrar en relaciones con
ninguna mujer, y repugnaba a casarse de nuevo o a
emprender amores duraderos que en su inconsciente
eran valorados como una infidelidad a su difunta mu-
jer, pero que en su conciencia eran racionalizados
como que él atraía la desdicha sobre las mujeres, queS.
227
PSICOPATOLOGIA
alguna podía matarse por su culpa, etc. («Siendo así
no podía él conservar duraderamente el jarrón»).Dada su fuerte l í b i d o, no es de extrañar que
se presentaran ante él, como las más adecuadas, las
por su propia naturaleza pasageras relaciones con mu-
jeres casadas. (Por ello conservó o retuvo el jarrón a
otro perteneciente).Una preciosa confirmación de esta simbólica nos es
dada por los datos siguientes: A consecuencia de la
neurosis se sometió al tratamiento psicoanalítico.En el curso de la sesión en la que relató la rotura
del jarrón «de tierra», volvió mucho después a hablar
de sus relaciones con las mujeres, y expresó que era
en ellas de una exigencia casi insensata y que pedía,
por ejemplo, que aquéllas fueran de una «belleza extra-
terrena». Esto constituye una muy clara acentuación
de que aún se hallaba unido a su mujer (muerta, esto
es, extraterrena), y que no quería saber nada de «be-
llezas terrenales». De aquí la rotura del jarrón «de
tierra».Precisamente en el tiempo en que en la declaración
formaba la fantasía de casarse con la hija de su médi-
co, regaló a éste un jarrón, indicando así en qué senti-
do le era deseable la revancha.A priori se deja variar de varias maneras la signifi-
cación simbólica del acto erróneo, por ejemplo, no
querer llenar el vaso, etc. Mas lo que me parece inte-
resante, es la consideración de que la existencia de va-
rios, por lo menos de dos motivos actuantes, desde el
preconsciente y el inconsciente y probablemente sepa-
rados se refleje en la duplicación del acto erróneo—
tirar al suelo el jarrón y luego los pedazos».e) El dejar caer algún objeto, tirarlo o romperlo,
parece ser utilizado con gran frecuencia para la expre-S.
228
sión de series de pensamientos inconscientes, cosa que
se puede demostrar por medio del análisis, pero que
también podría adivinarse casi siempre por las inter-
pretaciones que a tales accidentes da, por burla o por
superstición, el sentido popular. Conocida es la inter-
pretación que se da a los actos de derramar la sal o el
vino o de que un cuchillo que caiga al suelo quede cla-
vado de punta en él, etc. Más adelante expondré el de-
recho que, a ser tomadas en consideración, tienen tales
interpretaciones snpersticiosas. Por ahora, sólo haré
observar que una de tales torpezas no tiene, de ningún
modo, un sentido constante, sino que, según las cir-
cunstancias, se ofrece como medio de representación
a intenciones en absoluto diferentes.Hace poco hubo en mi casa una temporada durante
la cual se rompió en ella una extraordinaria cantidad
de objetos de cristal y porcelana. Yo mismo contribuí
a tal destrozo repetidas veces. Esta pequeña epidemia
psíquica fué fácil de explicar. Eran aquellos los días
que precedieron al matrimonio de mi hija mayor. En
tales fiestas se suele romper intencionadamente un
utensilio, haciendo al mismo tiempo un voto de felici-
dad. Esta costumbre debe significar un sacrificio y ex-
presar algún otro sentido simbólico.Cuando los criados destruyen objetos frágiles de-
jándolos caer al suelo, nadie suele pensar, ante todo,
en una explicación psicológica de ello y, sin embargo,
no es improbable la existencia de oscuros motivos que
coadyuven a tales actos. Nada más lejano a las per-
sonas ineducadas que la apreciación del arte y de las
obras de arte. Una sorda hostilidad contra estos pro-
ductos domina a nuestros criados, sobre todo cuando
tales objetos, cuyo valor no aprecian, constituyen un
motivo de trabajo para ellos. En cambio, personas deS.
229
PSICOPATOLOGIA
igual grado de cultura y de igual origen que se hallan
empleadas en alguna institución científica, se distin-
guen por la gran destreza y seguridad con que mane-
jan los más delicados objetos en cuanto comienzan a
identificarse con sus amos y a contarse entre el perso-
nal esencial del establecimiento.Incluyo aquí la comunicación de un joven técnico
que nos permite penetrar en el mecanismo del desper-
fecto de objetos.«Hace algún tiempo trabajaba yo con varios cole-
gas en el laboratorio de la Escuela Superior, en una
serie de complicados experimentos de elasticidad, la-
bor que, aunque la habíamos emprendido voluntaria-
mente, comenzaba a ocuparnos más tiempo de lo que
hubiésemos deseado. Yendo un día hacia el laborato-
rio en compañía de mi colega el señor F., expresó éste
lo desagradable que era para él, aquel día, verse obli-
gado a perder tanto tiempo, teniendo mucho trabajo en
su casa. Yo asentí a sus palabras y añadí, medio en
broma, aludiendo a un incidente de la pasada semana:
«Por fortuna es de esperar que la máquina falle otra
vez y tengamos que interrumpir el experimento. Así
podremos marcharnos pronto».En la distribución del trabajo, tocó a F. regular la
válvula de la prensa, esto es, irla abriendo con pru-
dencia para dejar pasar poco a poco el líquido presio-
nador desde los acumuladores al cilindro de la prensa
hidráulica. El director del experimento se hallaba ob-
servando el manómetro, y cuando éste marcó la pre-
sión deseada, gritó: «¡Alto!». Al oir esta voz de man-
do, F. cogió la válvula y la dió vuelta con toda su
fuerza hacia la izquierda. (Todas las válvulas, sin ex-
cepción, se cierran hacia la derecha). Esta falsa ma-
niobra hizo que la presión del acumulador actuaraS.
230
Prof. S. Freud
de golpe sobre la prensa, cosa para lo cual no estaba
preparada la tubería, y que hizo estallar una unión de
ésta, accidente nada grave para la máquina, pero que
nos obligó a abandonar el trabajo por aquel día y re-
gresar a nuestras casas.Aparte de esto, es muy característico el hecho de
que algún tiempo después, hablando de este incidente,
no pudo F. recordar las palabras que le dije al dirigir-
nos juntos al laboratorio, palabras que yo recordaba
con toda seguridad».Caerse, tropezar o resbalar, son actos que no deben
ser interpretados siempre como un fallo puramente ca-
sual de una función motora. El doble sentido lingüís-
tico de estas expresiones indica ya la clase de ocultas
fantasías que pueden hallar una representación en ta-
les perturbaciones del equilibrio corporal. Recuerdo un
gran número de ligeras enfermedades nerviosas de
mujeres y muchachas, que aparecieron después de una
caída en la que aquéllas no sufrieron herida alguna, y
fueron consideradas como histerias traumáticas subsi-
guientes al susto sufrido. Ya estos casos me dieron la
impresión de que la relación de causa a efecto era dis-
tinta de la que se suponía y de que la caída era un
anuncio de la neurosis y una expresión de las fanta-
sías inconscientes de contenido sexual de la misma,
fantasías que deben considerarse como fuerzas actuan-
tes detrás de los síntomas. ¿Acaso no quiere decir
esto mismo el proverbio que dice: «Cuando una mu-
chacha cae, cae siempre de espaldas»?Entre los actos de término erróneo puede incluirse
el de dar a un mendigo una moneda de oro por una de
cobre o de plata. La explicación de tales errores es
muy sencilla. Son actos de sacrificio destinados a apa-
ciguar al destino, desviar una desgracia, etc. Si antesS.
231
PSICOPATOLOGIA
de salir a paseo se ha oído hablar a una madre o pa-
riente amorosa de su preocupación por la salud de un
hijo o allegado, y luego se las vé proceder con la cita-
da involuntaria generosidad no se podrá dudar del sen-
tido del aparentemente indeseado incidente. De esta
manera hacen posible nuestros actos erróneos el ejer-
cicio de aquellas piadosas y supersticiosas costum-
bres que a causa de la resistencia de nuestra razón,
que se ha hecho descreída, tienen que rehuir la luz de
la conciencia.f) El que nuestras acciones casuales sean en reali-
dad intencionadas es cosa que nunca hallará más pronta
aceptación que cuando se refiere a la esfera de la acti-
vidad sexual en la que el límite entre lo casual y lo in-
tencionado parece borrarse por completo. Yo mismo
he vivido hace algunos años un ejemplo de cómo un
movimiento torpe en apariencia puede ser utilizado
para un fin sexual, de la más refinada de las maneras.En una casa amiga hallé en una ocasión a una mucha-
cha que también estaba en ella en calidad de invitada,
y que despertó en mí un antiguo afecto amoroso que
yo consideraba ya extinguido, haciéndome mostrarme
jovial, locuaz y complaciente. También me preocupó
en esta ocasión el hallar el por qué experimentaba yo
aquella impresión, pues un año antes la misma mu-
chacha me había dejado completamente frío. Al entrar
el tío de la muchacha, persona muy anciana, en la ha-
bitación en que nos hallábamos, nos levantamos ella
y yo para acercarle una silla que en un rincón había.
Más ágil ella y también más cercana a la silla, la co-
gió antes que yo y la trajo ante sí, teniéndola con el
respaldo hacia atrás y ambas manos en los lados del
asiento. Al llegar yo a su lado y no renunciar a mi
propósito de coger la silla, me hallé de repente pegadoS.
232
por detrás a la muchacha, abrazándola con ambos
brazos, y mis manos se encontraron un momento so-
bre su pecho. Como es natural, puse término a esta
situación con la misma rapidez con que se había cons-
tituído, y nadie pareció darse cuenta de lo hábilmente
que yo había aprovechado mi torpe movimiento.Debe admitirse asimismo que nuestros torpes y en-
fadosos regates cuando, al encontrarnos ante una per-
sona en la calle empezamos a dar pasos a uno y otro
lado, pero siempre en igual dirección que el otro o la
otra, hasta quedar ambos inmóviles frente a fren-
te, acto que resulta como «cerrar el camino a alguien»,
renueva una incorrecta y provocativa costumbre de
los años juveniles y persigue intenciones sexuales bajo
el disfraz de una torpeza. Mis psicoanálisis de neuró-
ticos me han enseñado que lo que consideramos como
ingenuidad en los adolescentes y en los niños, no es
con frecuencia más que un disfraz bajo el cual les es
posible hacer o decir sin avergonzarse algo indeco-
roso.W. Stekel ha comunicado varias auto-observacio-
nes análogas: «Al entrar en una casa alargué mi mano
a la señora de ella, y de extraño modo desaté, al ha-
cerlo, el lazo que sujetaba su suelta bata matinal. No
abrigaba yo, conscientemente, ningún poco honrado
propósito y, sin embargo, llevé a cabo dicho torpe
movimiento con la habilidad de un prestidigitador».Repetidas veces he incluído aquí pruebas de que los
poetas juzgan los rendimientos fallidos igual que nos-
otros en este libro, esto es, como significativos y mo-
tivados. No nos admirará, por lo tanto, ver en un nue-
vo ejemplo, cómo un poeta da una intensa significa-
ción a un movimiento equivocado y le hace ser un pre-
sagio de ulteriores acontecimientos.S.
233
En la novela de Theodor Fontane «L’Adultera» ha-
llamos las siguientes líneas. (Tomo II, pág. 64 de la
edición de las obras completas de Th. Fontane.–
S. Fischer):«... y Melania se levantó y arrojó a su marido a ma-
nera de saludo uno de los grandes balones. Pero apun-
tó mal, y la pelota, volando hacia un lado, fué a parar
a manos de Ruben». Al regreso de la excursión en que
esto sucede tiene lugar un diálogo entre Melania y
Ruben, en el cual comienza ya a surgir el brote
de un naciente amor. Este amor crece luego hasta el
apasionamiento, y Melania abandona por último a su
marido para pertenecer por entero al hombre amado.
(Comunicado por H. Sachs).g) Los efectos que producen los actos de aprehen-
sión errónea de las personas normales son regular-
mente en absoluto inofensivos. Por ello mismo es de
un gran interés el investigar si errores de mayor im-
portancia, por ejemplo, los de un médico o un farma-
céutico, pueden ser también interpretados conforme
a nuestro punto de vista.Dado que personalmente me hallo muy escasas ve-
ces en situación de observar actos correspondientes a
una actividad médica general no puedo comunicar
aquí más que un solo caso de error médico observado
en mí mismo. Desde hace algunos años vengo visi-
tando dos veces al día a una señora anciana, y mi la-
bor en la visita matinal se reduce a dos actos: echarla
en los ojos un par de gotas de un colirio y ponerla una
inyección de morfina. A estos efectos hay siempre pre-
paradas dos botellitas, una azul para el colirio y otra
blanca para la morfina. Mientras llevo a cabo los dos
actos acostumbrados mis pensamientos suelen estar
ocupados en otra cosa, pues he repetido tantas vecesS.
234
la misma faena que la atención necesaria para efec-
tuarla se comporta ya como libre e independiente. Sin
embargo, en una ocasión, trabajó el autómata equivo-
cadamente. Introduje el cuenta gotas en la botellita
blanca en lugar de en la azul, y lo que eché en los ojos
de la enferma fué morfina y no colirio. Al darme cuenta
quedé sobrecogido, tranquilizándome después con la
reflexión de que unas gotas de una solución de morfina
al dos por ciento, no podían causar ningún daño a la
conjuntiva. Así, pues, la causa del miedo sentido de-
bía ser distinta.
En mi intento de analizar mi pequeño error, la pri-
mera cosa que acudió a mi pensamiento fué la frase:
«atentar contra la anciana» 1), la cual podía indicar-
me un rápido camino hacia la solución. Me hallaba yo
bajo la impresión de un sueño que me había sido rela-
tado la noche anterior por un joven, sueño cuyo con-
tenido no podía interpretarse más que como el comer-
cio sexual del sujeto con su propia madre 2). La ra-
reza de que la leyenda no tenga en cuenta la ancia-
nidad de la reina Jocasta, me pareció confirmar la
afirmación de que en el enamoramiento de la propia
madre no se trata nunca de la persona actual, sino de
su recuerdo juvenil procedente de los años infantiles.
Tales incongruencias se muestran siempre cuando una
1)N. DEL T.–En esta frase, el verbo reflexivo «sich ver-
greifen», seguido de la preposición «bei» significa «equivocarse»,
pero seguido de la preposición «an» significa «atentar, profanar,
violar». Así se explica la conexión entre «equivocarse con la an-
ciana» y «atentar contra la anciana».2)Este sueño ha sido denominado por mí «sueño de Edi-
po», porque nos da la clave para la comprensión de la leyenda
del rey Edipo. En el texto de Sófocles coloca éste en boca de
Jocasta la relación de un tal sueño.S.
235
PSICOPATOLOGIA
fantasía vacilante entre dos épocas se hace consciente,
y queda por ello ligada a una época definida. Abstraí-
do en estos pensamientos, llegué a casa de mi paciente,
que frisaba en los noventa años, y debía hallarme en
camino de considerar el general carácter humano de
la fábula de Edipo, como la correlación de la fatal pro-
fecía expresada por el oráculo, pues «me equivoqué
con» o «atenté contra la anciana». Mas mi acto erró-
neo fué también en este caso inofensivo. De los dos
errores posibles: usar la morfina para echarla en los
ojos o el colirio para la inyección, había escogido el
más inocente. Queda aún la cuestión de si en errores
que puedan ocasionar graves daños, puede suponerse
la existencia de una intención inconsciente, como su-
cede en los hasta aquí examinados.Aquí se agota, como era de esperar, el material de
que podía disponer, y quedo reducido a exponer apro-
ximaciones e hipótesis. Conocido es que en los casos
graves de psiconeurosis aparecen a veces auto-muti-
laciones, como síntomas de la enfermedad y que no se
puede considerar en tales casos excluído el suicidio
como final del conflicto psíquico. Sé por experiencia, y
lo expondré algún día con ejemplos convincentes, que
muchos daños que, aparentemente por casualidad, su-
ceden a tales enfermos, son en realidad maltratos que
los pacientes se inflingen a sí mismos. Estos casos
son producidos por una tendencia constantemente vi-
gilante al auto-castigo, tendencia que de ordinario se
manifiesta como auto-reproche, o coadyuva a la for-
mación de síntomas y utiliza diestramente una situa-
ción exterior que se ofrezca casualmente o la ayuda
hasta conducirla a la consecución del efecto dañoso
deseado. Tales sucesos no son tampoco raros en los
casos de moderada gravedad y revelan la participa-
S.
236
ción de la intención inconsciente por una serie de sig-
nos especiales; por ejemplo, por la extraña presencia
de espíritu que manifiestan los enfermos durante los
pretendidos accidentes 1).En vez de muchos ejemplos relataré, pero con todo
detalle, uno solo que he podido observar en mi activi-
dad médica: Una joven casada se rompió una pierna
en un accidente de coche, teniendo que guardar cama
durante varias semanas y, al asistirla, me extrañó la
falta de manifestaciones de dolor y la tranquilidad con
que conllevaba su desgracia. El accidente hizo apare-
cer una larga y grave neurosis que, por último, se curó
por el tratamiento psicoanalítico. En el curso de este
último, averigüé las circunstancias que rodearon el
accidente, así como determinadas impresiones que le
precedieron. La joven mujer se hallaba con su marido,
hombre muy celoso, pasando una temporada en la fin-
ca de una hermana suya, en compañía de sus numero-
sos hermanos y hermanas y sus respectivos cónyu-
ges. Una noche dió en este íntimo círculo una repre-
sentación de una de sus habilidades, bailando un
cancán conforme a todas las reglas del arte, y obte-
niendo gran éxito con todos los parientes, pero descon-
tentando a su marido que la murmuró después al oído:
«Te has vuelto a conducir como una prostituta». La
palabra hizo su efecto, y queremos dejar indeciso si
precisamente por el baile. Aquella noche durmió mal,
y a la mañana quiso dar un paseo en coche. Por sí1)El auto-maltrato que no se propone una completa auto-
anulación, no tiene en nuestro estado de civilización actual más
remedio que ocultarse detrás de la casualidad o manifestarse
como simulación de una enfermedad espontánea. Antiguamente
era un signo usual de duelo y podía ser expresión de ideas
de piedad y renunciamiento al mundo.S.
237
PSICOPATOLOGIA
misma escogió los caballos, rehusando un tronco y
eligiendo otro. La más joven de sus hermanas quiso
que fuera en el coche un hijo suyo de pecho con el ama,
pero ella se opuso enérgicamente. Durante el paseo se
mostró nerviosa, advirtió al cochero que los caballos
iban a espantarse, y cuando los inquietos animales
tuvieron en realidad un momento de indisciplina se
levantó sobrecogida y se arrojó del coche, rompiéndo-
se una pierna, mientras que los que permanecieron
dentro no sufrieron daño alguno. Después de descu-
brir estos detalles no se puede dudar que el accidente
estaba preparado, y no debemos dejar de admirar la
habilidad que obligó a la casualidad a distribuir un
castigo tan correlativo a la falta cometida, pues en
efecto ya no podría ella bailar el cancán en mucho
tiempo.No me es posible relatar casos en que me haya in-
flingido daños a mí mismo en épocas de tranquilidad,
pero no me creo incapaz de cometer tales actos bajo
condiciones extraordinarias. Cuando un miembro de
mi familia se queja de haberse mordido la lengua,
aplastado un dedo, etc., lo primero que hago, en lugar
de compadecerle, es preguntarle: –¿Por qué has he-
cho eso?–Yo mismo me cogí un dedo muy dolorosa-
mente, después de haber oído a un joven paciente ex-
presar en la consulta su deseo (que como es natural no
había que tomar en serio) de contraer matrimonio con
mi hija mayor, la cual sabía yo que se hallaba a la sa-
zón en un sanatorio y en peligro de muerte.Uno de mis hijos, cuyo vivo temperamento dificultaba
mucho la tarea de cuidarle cuando se hallaba enfermo,
tuvo una mañana un fuerte acceso de cólera porque se
le ordenó que permaneciera en el lecho durante toda
la tarde y amenazó con suicidarse, amenaza que le ha-S.
– 238 –
bía sido sugerida por la lectura de los periódicos.
Aquella misma tarde me enseñó un cardenal que se ha-
bía hecho en un lado de la caja torácica al chocar con-
tra una puerta y darse un fuerte golpe con el saliente
del picaporte. Le pregunté irónicamente por qué había
hecho aquello y el niño, que no tenía más que once
años, me contestó como iluminado: –«Eso ha sido el
intento de suicidio con que os amenacé esta mañana».–No creo que mis opiniones sobre los daños inflingi-
dos por una persona a sí misma fueran por entonces
accesibles a mis hijos.Aquellos que crean en la existencia de estos auto-
maltratos semi-intencionales–si se me permite em-
plear esta poco diestra expresión–se hallarán prepa-
rados a admitir también el hecho de que, además del
suicidio conscientemente intencionado, hay otra clase
de suicidio con intención inconsciente, el cual es capaz
de utilizar con destreza un peligro de muerte y disfra-
zarlo de desgracia casual. En efecto, la tendencia a la
auto-destrucción existe con una cierta intensidad en un
número de individuos mucho mayor del de aquellos en
que llega a manifestarse victoriosa. Los daños auto-
inflingidos son regularmente una transacción entre este
impulso y las fuerzas que aún actúan contra él. Tam-
bién en los casos en que se llega al suicidio ha existi-
do anteriormente, durante largo tiempo, dicha inclina-
ción con fuerza menor o como tendencia inconsciente
y reprimida.También la intención consciente de suicidarse esco-
ge su tiempo, sus medios y su ocasión. Paralelamente
obra la intención inconsciente, al esperar la aparición
de un motivo que pueda tomar sobre sí una parte de la
responsabilidad y, acaparando las fuerzas defensivas
de la persona, la libere de la presión que sobre ellaS.
239
ejercen 1). No son bajo ningún concepto ociosas es-
tas discusiones; he conocido más de un caso de des-
gracia aparentemente casual (accidentes de caballo o
de coche) cuyas circunstancias justifican una sospecha
de suicidio inconscientemente tolerado. Tal es el caso
de un oficial que durante una carrera de caballos cayó
del que montaba, hiriéndose tan gravemente que mu-
rió varios días después. Su conducta al volver en sí
después del accidente fué un tanto singular por varios
conceptos. Pero más aún lo fué la que había observa-
do anteriormente. Hallándose muy entristecido por la
muerte de su madre a la que quería mucho, se echaba
a llorar estando con sus camaradas y expresó varias
veces a sus íntimos su cansancio de la vida y su deseo
de abandonar el servicio para ir a África a tomar parte
en una campaña que allí se desarrollaba y que no de-
1)El caso es entonces idéntico al atentado sexual contra una
mujer en el que el ataque del hombre no puede ser rechazado por
la total fuerza muscular de la mujer porque a él coadyuva, acep-
tándolo, una parte de las sensaciones inconscientes de la ataca-
da. Ya se suele decir que tal situación paraliza las fuerzas
de la mujer y no se necesita añadir las razones de esta paraliza-
ción. Desde este punto de vista aparece injusta, psicológicamen-
te, una de las ingeniosas sentencias dictadas por Sancho Panza
en su ínsula. (Don Quijote. Parte II. Cap. XLV). Una mujer acu-
sa a un hombre de haberla forzado. Sancho la indemniza con
una repleta bolsa que hace entregarla al acusado y da a éste, una
vez partida la mujer, permiso para correr tras ella y arrancarla
la bolsa. Al poco tiempo aparecen de nuevo los litigantes y la
mujer se vanagloria de que el malvado supuesto violador no
haya tenido fuerzas para arrancarla el dinero. Al oir esto dice
Sancho: –«Si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para
defender esta bolsa, lo mostrárais, y aun la mitad menos, para
defender vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran
fuerza».S.
240
Prof. S. Freud
bía ofrecer ningún interés para él 1). Siendo un va-
liente jinete, evitaba en aquellos días montar a caballo,
siempre que podía. Por último antes de la carrera, en
la que no podía excusarse de tomar parte, expresó un
triste presentimiento. Nuestra concepción de estos ca-
sos hace que no podamos extrañarnos de que el pre-
sentimiento se realizara. Se me opondrá que en un es-
tado tal de depresión nerviosa no le es posible a un
hombre dominar al caballo con igual maestría que en
época de plena salud. Convengo en ello, pero creo
más acertado buscar el mecanismo de tal inhibición
motora por «nerviosidad», en la intención auto-des-
tructora aquí acentuada.S. C. Ferenczi, de Budapest, me ha autorizado a
publicar el siguiente análisis verificado por él de un
caso de herida por arma de fuego, pretendidamente
casual, y que él explica como un intento inconsciente
de suicidio, explicación con la que estoy en un todo
conforme:«J. Ad., de veintidos años de edad, oficial de car-
pintero, vino a mi consulta el 18 de Enero de 1908.
Quería que yo le dijese si le debía y podía ser extraída
una bala que tenía alojada en la sien izquierda desde
el 20 de Marzo de 1902. Aparte de algunos dolores de
cabeza, no demasiado violentos, que le atacan de
cuando en cuando, se siente completamente sano. El
reconocimiento objetivo no descubrió nada importante
fuera de la cicatriz característica del disparo, y enne-
2)Es evidente que la situación de un campo de batalla es
precisamente la requerida por la intención consciente de suicidar-
se que sin embargo rehuye el camino directo. Véase en el «Wa-
llenstein» las palabras del capitán sueco sobre la muerte de Max
Piccolomini: «Dícese que quería morir».S.
241
PSICOPATOLOGIA
grecida por la pólvora, en la sien izquierda. En vista
de ello me mostré contrario a toda operación. Pregunta-
do por las circunstancias del caso contestó haberse he-
rido casualmente. Jugaba con un revólver de su her-
mano, creyendo que no estaba carga-
do, se lo apoyó con la mano izquierda en la sien
izquierda (no es zurdo), colocó el dedo en el ga-
tillo y el tiro salió. En el arma, que era de
seis tiros, había tres cartuchos. Le
pregunté luego cómo había llegado a la idea de coger
el revólver y me contestó que por entonces era el tiem-
po de su entrada en quintas y que la noche antes había
cogido el revólver para ir a una taberna, temiendo que
en ella se promoviera alguna pelea. En el reconoci-
miento médico militar fué declarado inútil por padecer
varices, cosa que le avergonzó sobremanera. Al regre-
sar a su casa se puso a jugar con el revólver, no te-
niendo intención de causarse ningún daño y entonces
fué cuando surgió el accidente. Interrogado sobre si en
general estaba contento con su suerte, me relató sus-
pirando, su historia amorosa con una muchacha que le
quería, pero que, sin embargo, le abandonó para emi-
grar a América, empujada por el deseo de hacer for-
tuna. El quiso seguirla, pero se lo impidieron sus pa-
dres. Su amada había partido el 20 de Enero de 1907,
esto es, dos meses antes del suceso. A pesar de todos
estos elementos sospechosos, sostuvo el paciente que
el disparo había sido un «accidente desgraciado». Sin
embargo, yo estoy firmemente convencido de que la
negligencia de no haber comprobado si el revólver es-
taba o no cargado antes de ponerse a jugar con él, así
como el daño auto-inflingido, se hallaban determinados
psíquicamente. El individuo en cuestión se encontraba
aún bajo la impresión deprimente de su desdichado amorS.
242
PROF. S. FREUD
y se ve muy claro que quería «olvidar» en el servicio de
las armas. Cuando también le fué arrancada esta es-
peranza, fué cuando llegó a jugar con el revólver, esto
es, a un inconsciente intento de suicidio. El hecho de
tomar el arma con la mano izquierda y no con la de-
recha, es una prueba decisiva de que en realidad no
hacía más que jugar, o sea, que no quería, consciente-
mente, suicidarse».Otro caso de daño auto-inflingido, de apariencia ca-
sual, cuya publicación me ha sido autorizada por la
persona que lo observó directamente, nos recuerda el
proverbio que dice: «Aquel que cava una fosa para
otros, cae él mismo en ella»1).«La señora de X., perteneciente a una familia de la
clase media, está casada y tiene tres hijos. Es algo ner-
viosa, mas nunca necesitó someterse a un tratamiento
enérgico, pues posee firmeza suficiente para adaptarse
a la vida. Un día se produjo una considerable, pero
pasajera desfiguración de su rostro en la siguiente
forma:Al atravesar una calle en la que estaban arreglando
el pavimento, tropezó con un montón de piedras y fué
a dar de cara contra el muro de una casa, quedando
con el rostro todo arañado y magullado. Los párpados
se le pusieron azules y edematosos, y llamó al médico
temiendo que también hubieran sufrido los ojos algún
daño. Después de tranquilizarla respecto a esta cues-
tión, la pregunté: «¿Pero cómo se ha caído usted de
ese modo...? La señora repuso que precisamente antes
del accidente había recomendado a su marido, el cual
1)Auto-castigo por un aborto, observado por el Dr. J. E. G.
van Emdem. La Haya (Holanda).–Zentralblatt fuer Psychoana-
lyse, II–12.S.
243
PSICOPATOLOGIA
padecía desde hacía algunos meses una afección arti-
cular que le dificultaba la deambulación, que tuviese
cuidado al pasar por dicha calle, y que sabía por repe-
tidas experiencias que en casos como éste le ocurría
sufrir aquellos mismos accidentes, contra los que pre-
venía a los demás.Yo no me contenté con esta determinación del suce-
so y la pregunté si no tenía alguna cosa más que rela-
tarme. En efecto, me dijo que en el momento que pre-
cedió a la caída había visto en una tienda de la acera
opuesta un lindo cuadrito y que, de repente, le entra-
ron deseos de comprarlo para adorno del cuarto de
sus hijos. Entonces se dirigió derechamente hacia la
tienda sin cuidarse del estado de la calle, tropezó con
el montón de piedras y fué a dar con la cara contra
el muro de una casa, sin hacer siquiera el menor inten-
to de librarse del golpe con las manos. El propósito
de comprar el cuadro quedó olvidado en el acto y la
señora regresó a toda prisa a su domicilio.–¿Pero, cómo no miró usted con más cuidado dón-
de pisaba?–seguí preguntándola.–¡Ay!–me respondió–. Ha sido quizás un cas-
tigo por la historia que ya confié a usted!–¿La sigue atormentando esa historia?
–Sí; después he sentido mucho haber hecho lo que
hice. Me he encontrado perversa, criminal e inmoral.
Pero en equellos días mis nervios me tenían casi loca.Se trataba de un aborto que ella, de acuerdo con su
marido, y queriendo ambos evitar por razones econó-
micas el nacimiento de más hijos, había hecho provo-
car por una curandera y en cuyo desenlace fué asis-
tida por un especialista.–Con frecuencia me he reprochado el haber dejado
matar a mi hijo–siguió diciendo–y he tenido miedoS.
244
de que una cosa de tal género no podía quedar sin cas-
tigo. Ahora que me ha asegurado usted que no me pasa-
rá nada en los ojos, me quedo ya tranquila. Así como
así, estoy ya suficientemente castigada.Salta, pues, a la vista que el accidente había sido un
auto-castigo inflingido no sólo en penitencia de la mala
acción cometida, sino también para escapar a otro des-
conocido castigo mucho mayor, cuyo advenimiento
venía la señora temiendo hacía ya varios meses.En el momento en que se dirigió apresuradamente
hacia la tienda para comprar el cuadrito, el recuerdo de
su falta–ya bastante activo en su inconsciente cuando
recomendó cuidado a su esposo–había llegado a ser
dominante y se hubiera podido expresar con las si-
guientes palabras:—¿Para qué quieres comprar ningún adorno para el
cuarto de tus hijos si has dejado matar a uno de ellos?
¡Criminal! ¡El gran castigo está ya próximo!Este pensamiento no devino consciente pero, no
obstante, la señora utilizó en aquel momento psicoló-
gico la situación para aprovechar el montón de piedras
en su auto-castigo. Por esta razón no extendió siquie-
ra las manos al caerse ni experimentó tampoco un sus-
to violento. La segunda, y probablemente menor, de
terminación del accidente, fué otro auto-castigo por su
inconsciente deseo de libertarse de su marido,
cómplice en todo el penoso asunto del aborto. Este de-
seo se revela en la recomendación totalmente supér-
flua de que tuviera cuidado al atravesar la calle en re-
forma, ya que el marido, precisamente por su enfer-
medad, había de andar con gran prudencia1).
1)Una persona me escribe sobre el tema: «Daños auto-in-
flingidos como castigo». Si se observa la conducta de las perso-S.
245
Considerando las circunstancias que rodean el caso
siguiente de daño auto-
inflingido de apariencia casual
hay que dar la razón a J. Staerke (l. c.), el cual lo in-
terpreta como un «acto de sacrificio».«Una señora, cuyo yerno tenía que partir para Ale-
mania con el fin de cumplir allí sus deberes militares,
se quemó un pié, vertiéndose sobre él un hirviente lí-
quido, en las circunstancias siguientes: Su hija estaba
próxima a alumbrar y el pensamiento de los peligros
que en la guerra iba a correr el marido no eran, como
es natural, para que el estado de ánimo de toda la fa-
milia fuese muy alegre. El día antes de la partida de
su yerno la señora había convidado a comer al matri-
monio. Por sí misma preparaba la comida en la coci-
na después de haber sustituído, cosa que no solía ha-
cer, sus botas altas de cordones y sin tacones, con las
que andaba muy cómodamente, por unas zapatillas de
su marido, muy grandes y abiertas por arriba. Al co-
ger del fuego una gran cazuela llena de sopa hirvien-
do la dejó caer y se escaldó gravemente un pié, sobre
todo el empeine, no protegido por la zapatilla. Claro
es que el accidente se puso a cuenta de la «nerviosi-
dad», comprensible, dada la situación de la familia. En
los días siguientes a tal «acto de sacrificio», se condu-
jo muy prudentemente en el manejo de objetos calien-
tes, pero ello no impidió que días después se volviese
a escaldar una muñeca».Si un tal furor contra la propia integridad y la pro-
pia vida puede ocultarse así detrás de una torpeza apa-
rente.nas en las calles, se tiene ocasión de ver con cuánta frecuen-
cia les sucede algún pequeño accidente a aquellos hombres que-
como es ya casi general costumbre– se vuelven a seguir a las
mujeres con la vista. Tan pronto tropiezan, aun yendo por llano,
como topan con un farol o se hieren de alguna otra forma.S.
246
PROF. S. FREUD
rentemente casual y de una insuficiencia motora, no
queda ya más que un paso para hallar posible la trans-
ferencia de igual concepción a aquellos actos erróneos
que ponen en grave peligro la vida y la salud de
otras personas. Los documentos que puedo alegar en
favor de la exactitud de esta afirmación están tomados
de mis experiencias en el tratamiento de neuróticos, y
por lo tanto, no se adaptan por completo a lo que se
trata de demostrar. De todos modos expondré aquí un
caso, en el que, no precisamente un acto erróneo, sino
lo que más bien puede denominarse un acto sintomá-
tico o casual, me puso sobre una pista que me llevó a
conseguir la solución del conflicto en que el paciente
se hallaba. En una ocasión me propuse mejorar las re-
laciones matrimoniales de un individuo muy inteligen-
te, cuyas diferencias con su joven mujer, la cual le
amaba con ternura, podían basarse en fundamentos
reales, pero que, como él mismo confesaba, no que-
daban, ni aun así, totalmente explicadas. Sin cesar se
atormentaba el marido con el pensamiento de una se-
paración, pensamiento que siempre rechazaba por su
amor hacia sus dos tiernos hijos. A pesar de esto vol-
vía siempre a la misma idea, y no intentaba ningún me-
dio de hacerse tolerable la situación. Este no resolver
nunca el conflicto me pareció una prueba de la existen-
cia de motivos inconscientes y reprimidos que reforza-
ban los motivos conscientes que mantenían la lucha.
En estos casos, mi intervención consiste en dar fin al
conflicto por medio del análisis psíquico. El marido me
relató un día un pequeño incidente que le había asusta-
do sobremanera. Jugaba con su hijo mayor, que era
su preferido, subiéndolo y bajándolo en sus brazos, y
una de las veces lo alzó tan alto y en tal punto de la
habitación que la cabeza del niño estuvo a punto deS.
247
chocar con la pesada araña de gas que pendía del te-
cho. Le faltó muy poco, pero no llegó.
Aunque el niño no sufrió daño alguno, medio se des-
mayó del susto. El padre permaneció quieto y espan-
tado con él en brazos y la madre fué presa de un ata-
que histérico. La especial destreza de tal movimiento
imprudente y la violencia de la reacción en los padres,
me hicieron buscar en esta casualidad un acto sinto-
mático que debía expresar una perversa intención con-
tra el tan querido hijo. La contradicción entre el acto
sintomático y la ternura actual del padre hacia su niño
podía salvarse retrotrayendo el impulso damnificante
a la época en que este niño había sido hijo único, y
tan pequeño que el padre no había llegado aún a inte-
resarse tiernamente por él. Siendo así podía admitirse
que el marido, poco satisfecho de su mujer, hubiera
tenido por entonces el pensamiento o formulado el pro-
pósito siguiente: –Si este pequeño ser, que nada me
importa, muere, quedo libre y podré separarme de mi
mujer–. Por lo tanto debía seguir existiendo incons-
cientemente en él un deseo de muerte del ahora ya tan
querido niño. Desde este punto era fácil encontrar el
camino hacia la fijación inconsciente de este deseo.
Una poderosa determinante del acto realizado estaba
constituída por un recuerdo infantil del paciente, rela- tivo a la muerte de un hermano pequeño que la madre
achacaba al abandono de su marido, y que había dado
lugar a violentas explicaciones entre los cónyuges en
las que había sonado una amenaza de separación. Mi
hipótesis quedó confirmada por el éxito terapéutico del
psicoanálisis y la modificación que sobrevino en las
relaciones conyugales de mi paciente.
J. Staerke (l. c.) nos da cuenta en un ejemplo, de
cómo los poetas no vacilan en colocar un acto erróneoS.
248
P R O F . S . P R E U D
en lugar de otro intencionado, haciendo al primero
causa de las más graves consecuencias.En uno de los «Apuntes» de Hayermans 1) aparece
un ejemplo de acto erróneo utilizado por el autor como
motivo dramático.El apunte se titula «Tom y Teddie».– En un teatro
de varietés trabaja una pareja de buceadores, hombre
y mujer, que permanecen bajo el agua largo tiempo,
dentro de una piscina de paredes de cristal, y realizan,
sumergidos, diferentes habilidades. La mujer es desde
poco tiempo antes la amante de un «dresseur» que tra-
baja en el mismo teatro, y el buceador los ha sorpren-
dido en el vestuario minutos antes de tener que salir a
escena, limitándose por esta causa a dirigirles una
amenazadora mirada y murmurar: «Luego veremos».
–La representación comienza–. El buzo va aquella
noche a presentar su número más difícil, consistente
en permanecer «bajo el agua y encerrado hermética-
mente en un cajón, dos minutos y medio»–. Este nú-
mero lo habían hecho ya varias veces. La caja queda-
ba cerrada y Teddie enseñaba la llave mientras el pú-
blico comprobaba reloj en mano el tiempo que trans-
curría. Luego dejaba caer un par de veces la llave en
la piscina y se tiraba al agua tras ella para no retra-
sarse cuando llegaba el momento de abrir el cajón.En esta noche, la del 31 de Enero, fué Tom encerra-
do como de costumbre por los pequeños dedos de la
alegre y vivaracha mujercita. Tom sonreía detrás de la
mirilla del cajón. Ella jugaba con la llave y esperaba la
señal para abrir. Entre bastidores se hallaba el «dres-
seur» con su frac impecable, su corbata blanca y su
1)Hayermans. –Schetsen von Samuel Falkland–, Amster-
dam. H. J. W. Becht–1914.S.
249
látigo de montar. Para llamarla la atención dió un bre-
ve silbido. Ella miró hacia él, sonrió, y con el gesto
torpe de alguien cuya atención se ve distraída, arrojó
la llave hacia lo alto con tal fuerza que cuando termina-
ban los dos minutos y veinte segundos bien contados,
cayó al lado de la piscina entre los pliegues de una ban-
dera que disimulaba los pies de la misma. Nadie vió
dónde había caído. Desde la sala, la ilusión óptica fué
tal, que todos los espectadores vieron caer la llave a
través del agua. Tampoco ninguno de los empleados
del teatro se dió cuenta de la verdad, pues el paño de
la bandera mitigó el sonido.Sonriendo y sin vacilar trepó Teddie por las pare-
des de la piscina. Sonriendo –Tom aguantaba bien–
volvió a bajar. Sonriendo desapareció bajo los pies
de la piscina para buscar allí la llave y, al no encon-
trarla enseguida, se inclinó hacia la parte anterior de
la bandera con un gesto cansado, como si quisiera de-
cir: «¡Ay, Dios mío!, cuánta molestia».Entretanto Tom seguía haciendo sus cómicos ges-
tos detrás de la mirilla, como si también él se intran-
quilizase. Se vió blanquear su dentadura postiza y mo-
verse sus labios bajo el bigote recortado y aparecieron
las mismas cómicas burbujillas de aire que antes,
cuando comió una manzana bajo el agua. Se vió re-
torcerse y engarabitarse sus pálidos dedos huesudos
y el público rió como ya había reído con frecuencia
aquella noche.Dos minutos y cincuenta y ocho segundos…
Tres minutos y siete segundos… y doce segundos…
¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo!En esto surgió cierta intranquilidad en la sala y el
público comenzó a patear al ver que también los cria-
dos del domador comenzaban a buscar la llave y que
S.
250
el telón caía antes de que la tapa de la caja fuese le-
vantada.En el escenario aparecieron luego seis bailarinas
inglesas. Después el hombre de los caballitos, los mo-
nos y los perros, y así sucesivamente.Hasta la mañana siguiente no se enteró el público
de que había sucedido una desgracia y que Teddie
quedaba viuda en el mundo…»De lo citado se ve cuán excelentemente ha tenido
que comprender el artista la naturaleza de la acción
sintomática para presentarnos con tal acierto la pro-
funda causa de la mortal torpeza.
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Psicopatologia de la vida cotidiana1901-002/1922.es
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