• S.

    73

    Psicopatologia

    ciencia, es la que invariablemente poseía mayor inten-
    sidad antes del olvido» (pág. 160). «Así, pues, los so-
    nidos más importantes son el inicial de la sílaba
    radical o de la misma palabra y la o las vocales acen-
    tuadas» (pág. 162).

    No puedo por menos de contradecir estas aprecia-
    ciones. Pertenezca o no el sonido inicial del nombre a
    los más importantes elementos de la palabra, lo que
    no es cierto es que sea lo que primero acude a la con-
    ciencia en los casos de olvido y, por lo tanto, la regla
    expuesta es inaceptab e. Cuando se observa uno a sí
    mismo estando buscando un nombre olvidado, se ob-
    servará, con relativa frecuencia, que se está convenci-
    do de que la palabra buscada comienza con una deter-
    minada letra. Esta convicción resulta luego igual nú-
    mero de veces infundada como verdadera y hasta me
    atrevo a afirmar que la mayoría de las veces es falsa
    nuestra hipotética reproducción del sonido inicial Así
    sucede en el ejemplo que expusimos de olvido del
    nombre Signorelli. En él se perdieron en los
    nombres sustitutivos el sonido inicial y las sílabas
    principales y precisamente el par de sílabas menos im-
    portantes: elli, es lo que, en el nombre sustitutivo
    Botticelli, volvió primero a la conciencia. El caso
    que va a continuación nos enseña lo poco que los
    nombres sustitutivos respetan el sonido inicial del
    nombre olvidado: En una ocasión me fué imposible
    recordar el nombre de la pequeña nación, cuya princi-
    pal ciudad es Monte Carlo. Los nombres que
    en sustitución se presentaron fueron:

    Piamonte, Albania, Montevideo,
    Cólico.

    En lugar de Albania apareció enseguida otro nom-
    bre.

  • S.

    74

    bre: Montenegro y me llamó la atención al ver
    que la sílaba Mont (pronunciada Mon) apareciera
    en todos los nombres sustitutivos excepto en el último.
    De este modo me fué más fácil hallar el olvidado nom-
    bre: Mónaco, tomando como punto de partida el
    de su soberano: el Príncipe Alberto. Cólico imita
    aproximadamente la sucesión de sílabas y el ritmo del
    nombre olvidado.

    Si se acepta la conjetura de que un mecanismo simi-
    lar al señalado en el olvido de nombres intervenga
    también en los fenómenos de equivocaciones orales,
    se llegará a un juicio más fundamentado sobre estos
    últimos. La perturbación del discurso que se manifies-
    ta en forma de equivocación oral, puede, en principio,
    ser causada por la influencia de otros componentes
    del mismo discurso, esto es, por un sonido anticipado,
    por un eco o por tener la frase o su contexto un segun-
    do sentido diferente de aquel en que se desea emplear.
    A esta clase pertenecen los ejemplos de Meringer y
    Mayer antes transcritos. Pero, en segundo lugar, pue-
    de también producirse dicha perturbación, como en el
    caso «Signorelli», por influencias exteriores a la
    palabra, frase o contexto, ejercidas por elementos que
    no se tiene intención de expresar y de cuyo estímulo
    sólo por la perturbación producida nos damos cuenta.
    La simultaneidad del estímulo constituye la cualidad
    común a las dos clases de equivocación oral y la co-
    locación interior o exterior del elemento perturbador
    respecto a la frase o contexto, será su cualidad dife-
    renciante. Esta diferencia no aparece a primera vista
    tan importante como luego cuando se la toma en con-
    sideración para relacionarla con determinadas conclu-
    siones, deducidas de la sintomatología de las equivo-
    caciones orales. Es, sin embargo, evidente que sólo

  • S.

    75

    PSICOPATOLOGIA

    en el primer caso existe una posibilidad de deducir de
    los fenómenos de equivocación oral, conclusiones fa-
    vorables a la existencia de un mecanismo que ligue
    entre sí sonidos y palabras para hacer posible una recí-
    proca influencia sobre su articulación, esto es, con-
    clusiones como las que el filólogo esperaba poder
    deducir del estudio de las equivocaciones orales. En
    el caso de perturbación ejercida por influencias exte-
    riores a la misma frase o al contenido del discurso se
    trata-
    ría, ante todo, de llegar al conocimiento de los ele-
    mentos perturbadores, y entonces surgiría la cuestión
    de si también el mecanismo de esta perturbación podía
    o no sugerir las probables reglas de la formación del
    discurso.

    No se puede afirmar que Meringer y Mayer no ha-
    yan visto la posibilidad de perturbaciones del discurso
    motivadas por «complicadas influencias psíquicas» o
    elementos exteriores a la palabra, la frase o el discur-
    so. En efecto, tenían que observar que la teoría del di-
    ferente valor psíquico de los sonidos no alcanzaba es-
    trictamente más que para explicar la perturbación de
    los sonidos, las anticipaciones y los ecos. En aquellos
    casos en que la perturbación de las palabras no puede
    ser reducida a perturbación de sonidos, como sucede
    en las sustituciones y contaminaciones, han buscado
    en efecto y sin vacilar, la causa de las equivocaciones
    orales fuera del contexto del discurso y han de-
    mostrado este punto por medio de preciosos ejempl-
    os. Entre ellos, citaré los que siguen:

    (Pág. 62.) «Ru. relataba en una ocasión ciertos he-
    chos, que inferiormente calificaba de «cochine-
    rías» (Schweinereien), pero no queriendo
    pronunciar esta palabra, dijo: —«Entonces se descu-
    brieron determinados hechos...» Pero al pronunciar la

  • S.

    76

    palabra «Vorschein» que aparece en esta frase,
    se equivocó y pronunció «Vorschwein». Mayer
    y yo nos hallábamos presentes y Ru. nos confesó
    que al principio había pensado decir «Schwei-
    nereien». La analogía de ambas palabras explica
    suficientemente el que la pensada se introdujese en la
    pronunciada, revelándose.»
    (Pág. 73.) «También en las substituciones juegan
    como en las contaminaciones, y probablemente en un
    grado mucho más elevado, un importantísimo papel
    las imágenes verbales «flotantes». Aunque estas se
    hallan en el umbral de la conciencia, están, sin embar-
    go lo bastante cercanas a ella para poder ser atraídas
    por una analogía del complejo a que la oración se re-
    fiere, y entonces producen una desviación en la serie
    de palabras del discurso o se cruzan con ella. Las
    imágenes verbales «flotantes» son con frecuencia como
    antes hemos dicho, elementos retrasados de un proce-
    so oral recientemente terminado (ecos)».
    (Pág. 97.) «La desviación puede, asimismo, pro-
    ducirse por analogía cuando una palabra semejante a
    aquella en que la equivocación se manifiesta, yace en
    el umbral de la conciencia y muy cerca de esta sin
    que el sujeto tenga intención de pro-
    nunciarla. Esto es lo que sucede en las substitu-
    ciones. Confío en que estas reglas por mí expuestas,
    tendrán que ser confirmadas por todo aquel que las
    someta a una comprobación práctica, pero es necesa-
    rio que al realizar tal examen, observando una equivo-
    cación oral cometida por una tercera persona, se
    procure llegar a ver con claridad los
    pensamientos que ocupaban al sujeto.
    He aquí un ejemplo muy instructivo: El señor L., dijo
    un día ante nosotros: «La mujer me inspiraría

  • S.

    77

    PSICOPATOLOGIA

    (einjagen) miedo», y en la palabra «einjagen»
    cambió la j en l, pronunciando «einlagen.» Tal equi-
    vocación motivó mi extrañeza, pues me parecía incom-
    prensible aquella sustitución de letras y me permití
    hacer notar a L. que había dicho «einlagen» en vez de
    «einjagen», a lo cual me respondió en el acto: «Sí, sí;
    eso ha sido sin duda porque estaba pensando: «...no
    estoy en situación (Lage)».

    Otro ejemplo: En una ocasión pregunté a R. v.
    Schid. por el estado de su caballo que se hallaba en-
    fermo. R. me respondió: «Sí; esto drurará (drauert)
    quizá todavía un mes». La r sobrante de «dru-
    rará» me pareció incomprensible, dado que la r de
    «durará» (dauert) no podía haber actuado en tal
    forma, y llamé la atención de v. Schid sobre su «lap-
    sus», respondiéndome aquél que al oir mi pregunta
    había pensado: «Es una triste (traurig) his-
    toria». Así, pues, R. había tenido en su pensamiento
    dos respuestas a mi pregunta y las había mezclado al
    pronunciar una de ellas.»

    Es innegable que la toma en consideración de las
    imágenes verbales «flotantes» que se hallan tras el
    umbral de la conciencia y no están destinadas a ser
    pronunciadas y la recomendación de procurar enterar-
    se de todo lo que el sujeto ha pensado constituyen algo
    muy próximo a las cualidades de nuestros «análisis».
    También nosotros partimos, y precisamente por el
    mismo camino, en busca del material inconsciente,
    pero, en cambio, recorremos desde las ocurrencias es-
    pontáneas del interrogado hasta el descubrimiento del
    elemento perturbador, un camino más largo a través
    de una compleja serie de asociaciones.

    Los ejemplos de Meringer demuestran otra cosa
    muy interesante también. Según la opinión del propio


  • S.

    78

    PROF. S. FREUD

    autor, es una analogía cualquiera de una palabra de la
    frase que se tiene intención de expresar con otra pala-
    bra que no se propone uno pronunciar, lo que permite
    emerger a esta última por la constitución de una de-
    formación, una formación mixta o una formación tran-
    saccional (contaminación).

    lagen-dauert-Vorschein
    jagen-traurig–…schwein

    En mi obra «Interpretación de los sueños» expuse el
    papel que desempeña el proceso de conden-
    sación (Verdichtungsarbeit) en la for-
    mación del llamado contenido manifiesto del sueño a
    expensas de las ideas latentes del mismo. Una cual-
    quier semejanza de los objetos o de las representacio-
    nes de las palabras entre dos elementos del material
    inconsciente es tomada como causa creadora de un
    tercer elemento, que es una formación compuesta o
    transaccional. Este elemento representa a ambos com-
    ponentes en el contenido del sueño y a consecuencia
    de tal origen se halla frecuentemente recargado de de-
    terminantes individuales contradictorias. La forma-
    ción de substituciones y contaminaciones en la equívoca-
    ción oral es, pues, un principio de aquel proceso de
    condensación que encontramos toma parte activísima
    en la construcción del sueño.

    En un pequeño artículo de vulgarización publicado
    en la «Neue Freie Presse» en 23 de Agosto de 1900 y
    titulado «Cómo puede uno equivocarse», inició Merin-
    ger una interpretación práctica en extremo de ciertos
    casos de intercambio de palabras, especialmente de
    aquellos en los cuales se sustituye una palabra por
    otra de opuesto sentido. «Recordamos aún cómo decla-
    ró abierta una sesión el Presidente de la Cámara

  • S.

    79

    de Diputados austriaca: «Señores diputados–dijo–.
    Habiéndose verificado el recuento de los diputados
    presentes se levanta la sesión». La general hilari-
    dad le hizo darse cuenta de su error y enmendarlo en
    el acto. La explicación de este caso es que el presiden-
    te deseaba ver llegado el momento de levantar la
    sesión, de la que esperaba poco bueno y –cosa que
    sucede con frecuencia– la idea accesoria se abrió ca-
    mino, por lo menos parcialmente, y el resultado fué la
    sustitución de «se abre» por «se levanta», esto es, lo
    contrario de lo que tenía la intención de decir. Nume-
    rosas observaciones me han demostrado que esta sus
    titución de una palabra por otra de sentido opuesto es
    algo muy corriente. Tales palabras de sentido contra-
    rio se hallan ya asociadas en nuestra conciencia del
    idioma; yacen inmediatamente vecinas unas de otras y
    con facilidad se evocan erróneamente».

    No en todos los casos de intercambio de palabras
    de sentido contrario resulta tan fácil como en el ejem-
    plo anterior hacer admisible la explicación de que el
    error cometido esté motivado por una contradicción
    surgida en el fuero interno del orador contra la frase
    expresada. El análisis del ejemplo aliquis nos des-
    cubre un mecanismo análogo. En dicho ejemplo la in-
    terior contradicción se exteriorizó por el olvido de una
    palabra en lugar de por su substitución por la de sen-
    tido contrario. Mas para compensar esta diferencia ha-
    remos constar que la palabreja aliquis no es capaz
    de producir un contraste como el existente entre «abrir»
    y «cerrar o levantar» una sesión, y además que «abrir»
    como parte usual del discurso, no puede hallarse suje-
    to al olvido.

    Habiendo visto en los últimos ejemplos citados de
    Meringer y Mayer que la perturbación del discurso pue-

  • S.

    80

    de surgir tanto por una influencia de los sonidos anti-
    cipados o retrasados o de las palabras de la misma
    frase destinadas a ser expresadas, como por el efecto
    de palabras exteriores a la frase que se intenta pronun-
    ciar y cuyo estímulo no se hubiera sos-
    pechado sin la emergencia de la per-
    turbación, tócanos ahora averiguar cómo se pue-
    de separar definidamente una de otra ambas clases de
    equivocaciones orales y cómo se puede distinguir un
    ejemplo de una de estas clases de un caso de la otra.
    En este punto de la discusión hay que recordar las
    afirmaciones de Wundt, el cual, en su reciente obra so-
    bre las leyes que rigen el desarrollo del lenguaje (Voel-
    kerpsychologie. Tomo I, parte 1.ª, págs. 371 y si-
    guientes, 1900) trata también de los fenómenos de la
    equivocación oral. Opina Wundt que en estos fenóme-
    nos y otros análogos no faltan jamás determinadas in-
    fluencias psíquicas. «A ellas pertenece ante todo como
    una determinante positiva la no inhibida corriente de
    las asociaciones de sonidos y de pala-
    bras estimuladas por los sonidos pronunciados. Al
    lado de esta corriente aparece como factor negativo la
    desaparición o relajamiento de las influencias de la vo-
    luntad que debían inhibir dicha corriente y de la aten-
    ción que actúa aquí también como una función de la
    voluntad. El que dicho juego de la asociación se ma-
    nifieste en que un sonido venidero se anticipe o repro-
    duzca los anteriormente pronunciados, en que un so-
    nido familiar se intercale entre otros o, por último, en
    que palabras totalmente distintas a las que se hallan
    en relación asociativa con los sonidos pronunciados
    actúen sobre éstos, todo ello no indica más que dife-
    rencias en la dirección y a lo más en el campo de ac-
    ción de las asociaciones que se verifican y no en la

  • S.

    81

    PSICOPATOLOGIA

    naturaleza general de las mismas. También en algunos
    casos puede ser dudoso el decidir qué forma se ha de
    atribuir a una determinada perturbación o si no sería
    más justo referirla conforme al principio de
    la complicación de las causas, a la con-
    currencia de varios motivos.» (Págs. 380 y 381.)

    Considero absolutamente justificadas y en extremo
    instructivas estas observaciones de Wundt. Quizá se
    pudiera acentuar con mayor firmeza el hecho de que el
    factor positivo favorecedor de las equivocaciones ora-
    les–la corriente no inhibida de las asociaciones–y el
    negativo–el relajamiento de la atención inhibitoria–
    ejercen regularmente una acción sincrónica, de manera
    que ambos factores resultan ser tan sólo diferentes de-
    terminantes del mismo proceso. Con el relajamiento o,
    más precisamente, por el relajamiento de la atención
    inhibitoria, entra en actividad la corriente no inhibida
    de las asociaciones.

    Entre los ejemplos de equivocaciones orales reuni-
    dos por mí mismo apenas encuentro uno en el que la
    perturbación del discurso pueda atribuirse sola y úni-
    camente a lo que Wundt llama «efecto de contacto de
    los sonidos». Casi siempre descubro al lado de esto
    una influencia perturbadora proviniente de algo exterior a aquello que se tiene intención de expresar y
    este elemento perturbador es o un pensamiento incons-
    ciente aislado que se manifiesta por medio de la equi-
    vocación y no puede muchas veces ser atraído a la
    conciencia más que por medio de un penetrante análi-
    sis, o un motivo psíquico general que se dirige contra
    todo el discurso.

    Ejemplo a): Viendo el gesto de desagrado que
    ponía mi hija al morder una manzana agria quise, bro-
    meando, decirla la siguiente aleluya:

  • S.

    82

    El mono pone cara ridícula
    al comer, de manzana, una partícula.

    Pero comencé diciendo: El man… Esto parece
    ser una contaminación de «mono» y «manza-
    na» (formación transaccional) y puede
    interpretarse también como una anticipación de la pa-
    labra «manzana» preparada ya para ser pronunciada.
    Sin embargo, la verdadera interpretación es la siguien-
    te: Antes de equivocarme había recitado ya una vez la
    aleluya en cuestión, sin incurrir en error ninguno, y
    cuando me equivoqué fué al verme obligado a repetir-
    la por estar mi hija distraída y no haberme oído la pri-
    mera vez. Esta repetición, unida a mi impaciencia por
    desembarazarme de la frase, debe ser incluída en la
    motivación del error, el cual se presenta como resul-
    tante de un proceso de condensación.

    b) Mi hija dijo un día: «Estoy escribiendo a la se-
    ñora de Schresinger…» El apellido verdadero era
    Schlesinger. Esta equivocación se debió probable-
    mente, a una tendencia a facilitar la articulación, pues
    después de varias r es difícil pronunciar la l («Ich
    schreibe der Frau Schlesinger»). Debo añadir
    además, que esta equivocación de mi hija tuvo lugar
    pocos minutos después de la mía entre «mono» y «man-
    zana» y que las equivocaciones orales son en alto
    grado contagiosas, a semejanza del olvido de nom-
    bres, en el cual han observado Meringer y Mayer este
    carácter. No conozco la razón de tal contagiosidad.

    c) Una paciente, al comienzo de la sesión de tra-
    tamiento y al querer decir que las molestias que ex-
    perimentaba la hacían «doblarse como una navaja
    de bolsillo» (Taschenmesser) cambió las
    consonantes de esta palabra y dijo: «Tassenme-
    scher», equivocación explicable por la dificultad de

  • S.

    83

    articulación de tal palabra. Habiéndola llamado la aten
    ción sobre su error, replicó prontamente: –«Sí; eso
    me ha sucedido porque antes ha dicho usted también
    «Ernscht» en vez de «Ernst». En efecto, al
    recibirla había yo dicho: «Hoy ya va la cosa en «se
    rio» (Ernst)–pues era aquella la última sesión del tra
    tamiento– y, bromeando, había aprovechado el doble
    sentido de la palabra Ernst (serio y Ernesto) para decir
    Ernscht (apelativo familiar de Ernesto) en vez de
    Ernst (serio). En el transcurso de la sesión siguió
    equivocándose la paciente repetidas veces, haciéndo-
    me por fin observar que no se limitaba a imitarme,
    sino que tenía además una razón particular en su in-
    consciente para continuar considerando la palabra
    Ernst no como el adjetivo «serio», sino como nom-
    bre propio (Ernesto) 1).

    d) La misma paciente, queriendo decir en otra
    ocasión: «Estoy tan constipada que no puedo aspi-
    rar (atmen) por la nariz (Nase), dijo:
    «Estoy tan constipada que no puedo naspirar
    (natmen) por la ariz (Ase)» y en el acto se
    dió cuenta de la causa de su equivocación, explicán-
    dola en la siguiente forma: «Todos los días tomo el
    tranvía en la calle Hasenauer. Esta mañana mien-
    tras lo estaba esperando, se me ocurrió pensar que si


    1)Hallábase, en efecto, como más tarde se demostró, bajo
    la influencia de un pensamiento inconsciente sobre el embarazo
    y la manera de evitarlo. Con las palabras «doblada como una
    navaja de bolsillo» que expresó conscientemente como un lamen-
    to, quería describir la posición del niño en el claustro materno.
    La palabra «Ernst» pronunciada por mí, había recordado en ella
    el nombre de S. Ernst, conocido comercio vienés situado en la
    Kaertnerstrasse y que suele anunciarse como lugar en que pue-
    den adquirirse medios preventivos de la concepción.

  • S.

    84

    P R O F . S . F R E U D

    yo fuese francesa diría Asenauer; pues los france-
    ses no pronuncian la h aspirándola, como lo hacemos
    nosotros». Después de esto habló de varios franceses
    que había conocido y tras de amplios rodeos y divaga-
    ciones, recordó que teniendo catorce años, había re-
    presentado en una piececilla titulada, «El valaco y la
    picarda», el papel de esta última, habiendo tenido que
    hablar entonces el alemán como una francesa. La ca-
    sualidad de haberse alojado por aquellos días en la
    casa de viajeros en que ella habitaba, un huésped pro-
    cedente de París, había despertado en ella toda esta se-
    rie de recuerdos. El intercambio de sonidos (Nasen
    atmen–Asenatmen), es pues, consecuencia de
    una perturbación producida por un pensamiento in-
    consciente, perteneciente a un contenido extraño, en
    absoluto, al de la frase expresada.

    e) Análogo mecanismo se observa en la equivoca-
    ción de otra paciente, cuya facultad de recordar des-
    apareció de pronto a la mitad de la reproducción de un
    recuerdo infantil, que volvía a emerger en la memoria
    después de haber permanecido olvidado durante mu-
    cho tiempo. Lo que su memoria se negaba a comuni-
    car era en qué parte de su cuerpo la había tocado la
    indiscreta y desvergonzada mano de cierto sujeto. In-
    mediatamente después de haber sufrido este olvido,
    visitó la paciente a un amiga suya y habló con ella de
    sus respectivas residencias veraniegas. Preguntada
    por el lugar en que se hallaba situada la casita que
    poseía en M., dijo que en las nalgas de la montaña
    (Berglende) en vez de en la vertiente de la
    misma (Berglehne).

    f) Otra paciente, a la que después de la sesión de
    tratamiento pregunté por un tío suyo, me respondió:
    «No lo sé. Ahora no le veo mas que inflagran-

  • S.

    85

    PSICOPATOLOGIA

    ti». Al siguiente día, en cuanto entró, me dijo: «Es
    toy avergonzada de mi tonta respuesta de ayer. Ha
    debido usted pensar que soy una de esas personas
    ignorantes que usan siempre equivocadamente las lo
    cuciones extranjeras. Lo que quise decirle es que aho
    ra ya no veía a mi tío mas que en passant». Por
    el momento no sabíamos de donde podía haber toma
    do la paciente las palabras extranjeras equivocada-
    mente empleadas, mas en la misma sesión, continuan-
    do el tema de la anterior, apareció una reminiscencia
    en la que jugaba el papel principal el hecho de haber
    sido sorprendida in flagranti. Así, pues, la
    equivocación del día anterior había anticipado
    este recuerdo, entonces todavía inconsciente.

    g) Estando sometiendo a un análisis a otra pa-
    ciente la expresé mi sospecha de que en la época de su
    vida de que entonces tratábamos, se hallase ella aver-
    gonzada de su familia y hubiese hecho a su padre un
    reproche sobre algo que hasta aquel momento nos era
    aún desconocido. La paciente no recordaba nada de
    ello y, además, dijo que mi suposición le parecía im-
    probable. Mas luego continuó la conversación, hacien-
    do varias observaciones sobre su familia, y al decir:
    «Lo que hay que concederles es que no son perso-
    nas vulgares. Todos ellos tienen inteligencia.
    (Geist)», se equivocó y dijo: «Todos ellos tienen
    avaricia (Geiz)». Este era el reproche que
    por represión había ella expulsado de su memoria. Es
    un fenómeno muy frecuente el de que en la equivoca-
    ción se abra paso precisamente aquella idea que se
    quiere retener (compárese con el caso de Meringer:
    «Vorschein–Vorschwein»). La diferencia entre am-
    bos está tan sólo en que en el caso de Meringer el
    sujeto quiere inhibir una cosa de la que posee perfecta

  • S.

    86

    conciencia, mientras que mi paciente no sabía lo que
    inhibía ni siquiera si inhibía alguna cosa.
    h) El siguiente ejemplo de equivocación se refiere
    también, como el de Meringer, a un caso de inhibición
    intencionada. Durante una excursión por los Dolomi-
    tas, encontré a dos señoras que vestían trajes de turis-
    mo. Fuí acompañándolas un trozo de camino y con-
    versamos de los placeres y molestias de las excursio-
    nes a pie. Una de las señoras concedió que este sport
    tenía su lado incómodo. «Es cierto—dijo—que no re-
    sulta nada agradable el sentir sobre el cuerpo, después
    de haber estado andando el día entero, la blusa y la
    camisa empapadas de sudor». En medio de esta frase
    tuvo una pequeña vacilación que venció en el acto.
    Luego continuó, y quiso decir: «Pero cuando se llega
    a casa (nach Hause) y puede uno cambiarse
    de ropa…»; mas en vez de la palabra Hause (casa)
    se equivocó y pronunció la palabra Hose (panta-
    lones).
    Opino que no hace falta examen ninguno para ex-
    plicar esta equivocación. La señora había tenido cla-
    ramente el propósito de hacer una más completa enu-
    meración de las prendas interiores, diciendo: «blusa,
    camisa y pantalones», y por razones de conveniencia
    social había retenido el último nombre. Pero en la fra-
    se de contenido independiente que a continuación pro-
    nunció se abrió paso, contra su voluntad, la palabra
    inhibida (Hose) surgiendo en forma de desfigura-
    ción de la palabra Hause (casa).
    i) «Si quiere usted comprar algún tapiz no vaya
    usted más que a casa de Kauffmann (apellido alemán,
    que significa además comerciante), en la calle
    de Mateo—me dijo un día una señora. Yo repetí: «A
    casa de Mateo... digo de Kauffmann».

  • S.

    87

    Esta equivocación de repetir un nombre en lugar de
    otro parecía ser simplemente motivada por una distrac-
    ción mía. En efecto, las palabras de la señora me ha-
    bían distraído pues habían dirigido mi atención hacia
    cosas más importantes que los tapices de que me ha-
    blaba. En la calle de Mateo se halla la casa en que mi
    mujer vivía de soltera. La entrada de esta casa daba a
    otra calle, y en aquel momento me di cuenta de que
    había olvidado el nombre de esta última, sién-
    dose preciso dar un rodeo mental para llegar a recordarlo. El
    nombre Mateo que fijó mi atención era pues un
    nombre sustitutivo del olvidado nombre de la calle,
    siendo más apto para serlo que el nombre Kauff-
    mann por ser exclusivamente un nombre propio,
    cosa que no sucede a este último y llevar la calle olvi-
    dada también un nombre propio: Radetzky.

    k) El caso siguiente podría incluirse así mismo
    entre los «errores» de los que trataré más adelante,
    pero lo expongo ahora por aparecer en él con especial
    claridad la relación de sonidos que motiva la equivo-
    cación.

    Una paciente me relató un sueño que había tenido y
    que era el siguiente: Un niño había decidido matarse,
    deján-
    dose morder por una serpiente y, en efecto, lle-
    vaba a cabo su propósito. La paciente lo vió en su
    sueño retorcerse convul-
    sionado bajo los efectos del
    veneno, etc. Hice que bus-
    case el enlace que su sueño
    pudiera tener con sus impre-
    siones de la vigilia, y en
    el acto recordó que la tarde anterior había asisti-
    do a una conferencia de vulga-
    rización sobre el modo de
    prestar los primeros auxilios a las personas mor-
    didos por reptiles venenosos. En ella oyó que cuando han
    sido mordidos al mismo tiempo un adulto y un niño,
    se debe atender primero a este último. Recordaba tam-
     

  • S.

    88

    bién las prescripciones aconsejadas para el tratamien-
    to de estos casos por el conferenciante, el cual había
    insistido sobre la importancia de saber ante todo, por
    qué clase de serpiente había sido atacado el herido. Al
    llegar aquí, interrumpí a mi paciente, y la pregunté:
    «¿Y no dijo el conferenciante que en nuestro país hay
    muy pocas serpientes venenosas, ni tampoco cuáles
    de las que de esta clase hay, son las más temibles?».
    «Sí—respondió—habló de la serpiente de cas-
    cabel (Klapperschlange)». Mi risa la hizo
    darse cuenta de que había dicho algo equivocado, pero
    no rectificó el nombre de la serpiente, sustituyéndo-
    lo por otro, sino que se limitó a retirarlo, diciendo:
    «Es verdad; la serpiente de cascabel no existe en nues-
    tro país, y de lo que el conferenciante habló fué de las
    víboras. No sé como he podido referirme a ese reptil».
    Yo supuse que la aparición de la serpiente de casca-
    bel en la respuesta de mi paciente había obedecido a
    la intervención de los pensamientos que se hallaban
    ocultos detrás de su sueño. El suicidio por mordedura
    de una serpiente no puede apenas ser otra cosa que
    una alusión a la bella Cleopatra (Kleopatra). La
    amplia analogía de los sonidos de ambas palabras, la
    común posesión de las letras Kl... p... r en igual
    orden de prelación y la acentuación en ambas de la le-
    tra a, deben tenerse muy en cuenta. La favorable re-
    lación existente entre los nombres «serpiente de
    cascabel» (Klapperschlange) y «Cleo-
    patra» (Kleopatra), motivó en la paciente
    una momentánea cohibición del juicio, a consecuencia
    de la cual, y a pesar de saber ella tan bien como yo
    que la serpiente de cascabel no pertenecía a la fauna de
    nuestro país, no halló nada extraña su afirmación de
    que el conferenciante había expuesto a un público


  • S.

    89

    vienés el tratamiento de las mordeduras de dicho rep
    til. No queremos, en cambio, reprocharla que con igual
    ligereza admitiese su existencia en Egipto, pues esta
    mos acostumbrados a confundir en un solo montón
    todo lo extra-
    europeo y exótico, y yo mismo tuve que
    pararme a meditar un momento, antes de sentar la afir-
    mación de que la serpiente de cascabel pertenece úni-
    camente a la fauna del Nuevo Mundo.

    En la continuación del análisis fueron apareciendo
    diversas confirmaciones de mi hipótesis. La paciente
    había fijado por vez primera su atención, la tarde ante-
    rior al sueño relatado. en el grupo escultórico de Strasser,
    que representa a Antonio y Cleopatra, situado en
    las proximidades de su casa. Esto había sido, pues, el
    segundo motivo del sueño; (el primero fué la conferen-
    cia sobre las mordeduras de las serpientes). En la con-
    tinuación de dicho sueño, se vió meciendo a un niño
    en sus brazos, escena a la cual asoció después la figu-
    ra de la Margarita goethiana. Posteriores ideas
    espontáneas que surgieron en el análisis, fueron remi-
    niscencias referentes a «Arria y Mesalina».
    La aparición de tantos nombres de obras teatrales en
    los pensamientos del sueño hace sospechar que en el
    sujeto existió en años anteriores una viva afición, se-
    cretamente mantenida, a la profesión de actriz. El prin-
    cipio del sueño: «Un niño había decidido suicidarse,
    dejándose morder por una serpiente», puede traducirse
    en estas palabras: «El sujeto se había propuesto en su
    infancia llegar a ser una actriz famosa.» Del nombre
    Mesalina – parte, por fin, el camino mental que
    conduce al contenido esencial de este sueño. Determi-
    nados sucesos recientes habían despertado en mi pa-
    ciente la preocupación de que su único hermano llega-
    se a contraer un matrimonio desigual, una mesa-

  • S.

    90

    lliance, con una muje-
    aria.

    1) He aquí un ejemplo totalmente inocente o que lo
    creemos así por no haber sido aclarados por completo
    sus motivos. En él se transparenta con gran claridad
    el mecanismo interior.

    Un alemán que viajaba por Italia, tuvo necesidad de
    comprar una correa para sujetar su baul, que se le ha-
    bía estropeado. En el diccionario encontró la palabra
    italiana correggia, como correspondiente a la ale-
    mana Riemen (correa). «No me será difícil
    recordar esta palabra – se dijo –. Bastará con que pien-
    se en el nombre del pintor Correggio». Después
    de esto, se dirigió a una tienda, y pidió una ribera.

    Se ve, pues, que el sujeto no había conseguido susti-
    tuir en su memoria la palabra alemana por la italiana
    equivalente, pero que su esfuerzo no había sido total-
    mente vano. Sabía que tenía que apoyarse en el nom-
    bre de un pintor y obrando de este modo tropezó, no
    con aquél cuyo sonido semejaba a la palabra italiana,
    sino con otro de sonido aproximado a la palabra ale-
    mana Riemen (correa). Este ejemplo podría
    colocarse entre los olvidos de nombres lo mismo que
    aquí, entre las equivocaciones.

    Cuando me dedicaba a coleccionar casos de equivo-
    caciones orales para la primera edición de este libro,
    era yo solo a efectuar esta tarea y, para reunir mate-
    rial suficiente, sometía al análisis todos los casos que
    me era dado observar, aun aquéllos de escasa impor-
    tancia. Mas de entonces acá se han dedicado varias
    otras personas a la divertida labor de coleccionar y
    analizar equivocaciones, permitiéndome hacer una se-
    lección de casos y ejemplos, extrayendo los más sig-
    nificativos del rico material acumulado.

  • S.

    91

    m) Un joven dijo a su hermana: «He roto toda re-
    lación con D. Ahora ya ni siquiera la saludo». La her-
    mana quiso responderle: «Haces bien. Es una fami-
    lia de frescos (Sippschaft)»; pero cam-
    bió la letra inicial de la palabra Sippschaft y dijo Lipp-
    schaft. En esta equivocación acumuló dos cosas: que
    su hermano comenzó tiempo atrás un galanteo con
    una muchacha de dicha familia y que de esta muchacha
    se dice que poco tiempo antes se había comprometi-
    do gravemente, entregándose a un amor (Lieb-
    schaft) prohibido.
    n) Un joven abordó a una muchacha en la calle
    con las palabras: «Si usted me lo permite, señorita,
    desearía acompañarla (begleiten)», pero
    en vez de este verbo begleiten (acompañar)
    formó uno nuevo (begleitdigen) compuesto
    del primero y beleidigen (ofender). Se ve
    claramente que pensaba en el placer de acompa-
    ñarla, pero que temía ofenderla con la propo-
    sición. El que estos dos sentimientos encontrados lle-
    gasen a ser expresados en una palabra–en la equivo-
    cación– indica que las verdaderas intenciones del
    joven no eran precisamente las más puras, ya que a él
    mismo le parecían poder ofender a la señorita en cues-
    tión. Pero mientras intentaba precisamente ocultar esto
    a los ojos de ella, su inconsciente le jugó la mala par-
    tida de descubrir su verdadera intención, con lo cual,
    como es natural, obtuvo de la señorita, en el acto, la
    respuesta obligada en estos casos: «¡Qué se ha figu-
    rado usted de mí! ¡Cómo puede ofenderme de
    ese modo!» (Comunicado por O. Rank).
    o) Varios ejemplos de los que van a continuación
    están tomados por mí de un artículo de W. Stekel,
    titulado «Confesiones inconscientes», publicado en

  • S.

    92

    e) «Berliner Tageblatt», de 4 de Enero de 1904.
    «El caso que sigue me reveló una parte, para mí
    poco grata, de mis pensamientos inconscientes. Antes
    de exponerlo quiero hacer constar que en mi profesión
    de médico no pienso nunca, como es justo, en las ga-
    nancias que mis pacientes puedan proporcionarme,
    sino tan sólo en su propio interés. Sin embargo, una
    vez me sucedió lo siguiente: Me hallaba yo en casa
    de un enfermo al que convaleciente ya de una grave
    enfermedad, seguía prestando mi asistencia. Durante
    el período de máxima gravedad, ambos, médico y en-
    fermo, habíamos pasado días y noches muy penosas.
    Iniciada ya la convalecencia me sentía muy contento de
    verle en vías de franca curación y le hablé de los pla-
    ceres de una estancia en Abazia que había de reponer-
    le por completo «si, como yo esperaba, no le era po-
    sible abandonar pronto el lecho». –Seguramente este
    «no» había surgido de un motivo egoísta de mí incons-
    ciente: el de poder continuar durante más tiempo visi-
    tando a un rico paciente, deseo completamente extraño
    a mi conciencia y que si hubiera apuntado en ella, hu-
    biera yo rechazado con indignación».

    p) Otro ejemplo, de W. Stekel: «Mi mujer tomó una
    institutriz francesa para por las tardes. Después de po-
    nerse de acuerdo con nosotros sobre las condiciones
    reclamó sus certificados que nos había entregado y
    justificó su petición, diciendo: –«je cherche encore
    pour les après-midis, pardon, pour les avant-midis».
    Claramente se ve que tenía la intención de buscar otra
    casa en la que quizá fuera admitida en mejores condi-
    ciones, intención que llevó a cabo».

    q) A petición de su marido tuve un día que repren-
    der enérgicamente a una señora, hallándose aquél es-
    cuchando detrás de una puerta para observar el efecto

  • S.

    93

    P S I C O P A T O L O G I A

    producido por la reprimenda. Esta causó, real-
    mente, una gran impresión en la señora. Al despedirme de ella
    lo hice con las palabras: «Beso a usted la mano, caba-
    llero», con lo cual, si la interesada hubiese sido perso-
    na experimentada en estas cuestiones, hubiese podido
    descubrir que mi despedida se dirigía en realidad a
    aquél por encargo del cual la había yo sermoneado.
    r) El doctor Stekel nos refiere de sí mismo que,
    teniendo en una época en tratamiento dos pacientes,
    procedentes de Trieste, confundía siempre entre sí sus
    respectivos nombres y al saludarlos decía: «Buenos
    días, señor Peloni» al que se llamaba Askoli y «Bue-
    nos días, señor Askoli» a Peloni. Al principio se incli-
    nó a no atribuir ninguna profunda motivación a este
    cambio y explicarlo sencillamente por las varias coin-
    cidencias existentes entre ambos sujetos, pero más
    tarde le fué fácil convencerse de que tan continuada
    equivocación obedecía al vanidoso deseo de hacer sa-
    ber de este modo a sus dos clientes italianos que no
    era ninguno de ellos el único habitante de Trieste que
    había hecho el viaje hasta Viena para acudir a su con-
    sulta.
    s) El mismo doctor Stekel cuenta que en una tor-
    mentosa junta general, queriendo decir: – Pasa-
    mos (wir schreiten), ahora al punto cuarto de
    la orden del día–dijo–: Peleamos (wir strei-
    ten), etc.
    t) Un profesor, en su discurso de toma de pose-
    sión de una cátedra, dijo: «No estoy inclinado
    (Ich bin nicht geneigt), a hacer el elogio de mi
    estimado predecesor», queriendo decir: «No soy el
    llamado (Ich bin nicht geeignet.)
    u) El doctor Stekel dijo a una señora que él supo-
    nía atacada de la enfermedad de Basedow: «Le lleva

  • S.

    94

    PROF. S. FREUD

    usted la papera (Kropf) a su hermana» –que
    riendo decir: «Le lleva usted la cabeza (Kopf)».

    v) A veces la equivocación descubre algo carac-
    terístico del que la sufre. Una casada joven que orde-
    naba y mandaba en su casa como jefe supremo, me
    relataba un día que su marido, sintiéndose enfermo,
    había ido a consultar al médico sobre el régimen ali-
    menticio más conveniente para su curación y que el
    médico le había dicho que su enfermedad no necesita-
    ba ningún régimen especial.—«Así, pues—continuó la
    mujer—puede comer y beber lo que yo quiera».

    Los dos ejemplos siguientes publicados por Th.
    Reik en la «Internationale Zeitschrift fuer Psychoanaly-
    se, III, 1915», proceden de situaciones en las que se
    producen con gran facilidad las equivocaciones, pues
    en ellas se retiene mucho más de lo que se expresa.

    w) Un caballero hablaba con una joven señora,
    cuyo marido había fallecido poco tiempo antes. Des-
    pués de darla el pésame, añadió: «Encontrará usted
    un consuelo dedicándose (widmen) ahora
    por completo a sus hijos.» Pero, abrigando un pensa-
    miento reprimido referente a otro distinto consuelo exis-
    tente para su interlocutora, esto es, que siendo una jo-
    ven y bella viuda (Witwe), no tardaría en go-
    zar de nuevas alegrías sexuales, confundió los sonidos
    de las palabras widmen (dedicar) y Witwe (viuda)
    y dijo widwen en su frase de consuelo.

    x) El mismo señor, conversando una noche en
    una reunión con la misma joven viuda sobre los gran-
    des preparativos que a la sazón se hacían en Berlín
    para la celebración de las fiestas de Pascua, preguntó
    a su interlocutora: «¿Ha visto usted hoy el escaparate
    de Wertheim? Está muy bien descotado». No
    habiendo podido expresar en alta voz su admiración

  • S.

    95

    PSICOPATOLOGIA

    ante el descote de la bella señora, su pensamiento
    retenido se había abierto paso aprovechando la seme-
    janza de las palabras «descotado» y «decorado», y
    transformando la decoración del escaparate de una
    tienda en un descote. La palabra escaparate fué
    también empleada en la frase con un inconsciente do-
    ble sentido.

    Igual motivo se descubre en una observación de
    Hans Sachs minuciosamente explicada y analizada
    por él mismo.

    y) Una señora me hablaba de un conocido de am-
    bos y dijo que la última vez que le había visto había
    observado que iba como siempre, elegantísimamente
    vestido y llevaba unos preciosísimos zapatos (Halb-
    schuhe) negros. Yo la pregunté que dónde le había en-
    contrado y ella respondió: «Llamó a la puerta de mi
    casa y le ví por las rendijas de la persiana, que es-
    taba echada, pero ni le abrí ni dí señales de vida, por
    que no quería que supiese que había yo regresado ya
    a la ciudad.» Al oir esto, pensé que me ocultaba algo
    y que este algo era probablemente que no le había
    abierto porque no estaba sola en la casa, y además
    porque su toilette no era en aquellos momentos la más
    apropiada para recibir visitas. Con estos pensamien-
    tos la pregunté algo irónicamente: «¿De manera que a
    través de la persiana le fué a usted posible admirar las
    zapatillas (Hausschuhe), digo los za-
    patos (Halbschuhe), de nuestro amigo?» En
    la palabra «zapatillas» (Hausschuhe),
    había surgido el retenido y no expresado pensamiento
    de que la señora se hallaba en traje de casa
    (Hauskleid.) Por otro lado, la partícula Halb
    (medio) de Halbschuhe (zapatos), po-
    seía una tendencia a desaparecer, por constituir el ele-
    mento más débil.

  • S.

    96

    PROF. S. FREUD

    mento principal de la frase que, de no haber sido re
    primida, hubiera expresado mi pensamiento, o sea:
    «No me dice usted más que media verdad, pues me
    oculta que en aquel momento se hallaba usted a m e-
    dio vestir». Mi equivocación fué también facilitada
    por el hecho de haber estado hablando inmediatamen
    antes de la vida matrimonial del amigo en cuestión y
    de su «felicidad casera», lo cual contribuyó a determi
    nar el desplazamiento sobre su persona. Por último,
    debo confesar que quizá interviniera también mi envi
    dia en el hecho de hacer andar en zapatillas por la ca
    lle al elegante caballero, pues yo había comprado ha
    cía poco unos zapatos negros, que no podían, bajo
    ningún concepto, ser calificados de «preciosísimos».
    Tiempos de guerra como los actuales hacen surgir
    una gran cantidad de equivocaciones fácilmente ex
    plicables y comprensibles.

    α) «¿En qué arma sirve su hijo?»–preguntaron a
    una señora. «En los asesinos del 42»–respon
    dió. (Moertern–morteros–; Moerdern–ase
    sinos).

    β) El teniente Henrik Haiman escribe desde el
    campo de batalla: 1)Estando leyendo un libro de apa
    sionante interés, tuve que abandonar la lectura para
    substituir por un momento al encargado del teléfono
    de campaña. Al efectuar la prueba de la línea telefóni
    ca de una batería, contesté diciendo: –«Línea corrien-
    te. Silencio»–, en lugar de las palabras reglamenta
    rias: –«Línea corriente. Final»–. Mi equivocación se
    explica por el enfado que me produjo el verme arran
    cado de la lectura.

    γ) Un sargento recomendó a sus hombres que die-


    1)Internationale Zeitschrift fuer Psychoanalyse, IV, 1916-17.

  • S.

    7

    ran con precisión sus señas a sus casas respectivas
    para que no se extraviaran los p a q u e t e s (Ge-
    paeckstuecke) que de ellas les mandaran, pero
    pensando en deseadas vituallas, mezcló con la palabra
    paquetes (Gepaeckstuecke) la palabra to-
    cino (Speck), mezcla que produjo «Gespeck-
    stuecke» que fué la palabra que pronunció en su re-
    comendación a los soldados.

    d) El ejemplo que a continuación va, ejemplo de
    extraordinaria belleza y muy importante por su triste
    significación, me ha sido comunicado por el doctor
    L. Czeszer que observó el caso en su estancia, duran-
    te la guerra, en la neutral Suiza y lo ha analizado sin
    dejar vacío alguno. Doy aquí su comunicación casi
    completa, sin más modificación que algunos cortes
    que no afectan a nada esencial.

    «Me voy a permitir comunicarle un caso de «equi-
    vocación oral» sufrida por el profesor M. N. en la ciu-
    dad de O., durante una de las conferencias que com-
    pusieron su curso de verano sobre la psicología de las
    sensaciones. Debo anticiparle que estas conferencias
    se celebraban en un aula de la Universidad, ante un
    público compuesto en su mayoría de estudiantes de la
    Suiza francesa, partidarios decididos de la Entente, y
    en el que abundaban también los prisioneros de gue-
    rra franceses internados en Suiza. En la ciudad de O.
    se emplea ahora siempre, como en Francia, la pala-
    bra boche para designar exclusivamente a los ale-
    manes. Claro es que en los actos públicos, conferen-
    cias, etc., los altos empleados, los profesores y demás
    personas responsables se esfuerzan en evitar, por ra-
    zón de la neutralidad de su país, el pronunciar la omi-
    nosa palabra.

    El profesor N. trataba a la sazón de la significación

  • S.

    98

    práctica de los afectos y en una de sus conferencias
    pensaba citar un ejemplo de intencionada explotación
    de un afecto, encaminada a convertir en un placer la
    ejecución de un trabajo muscular ininteresante por sí
    mismo y hacerlo con ello más intenso. A este efecto,
    relató, en francés, naturalmente, una historia, reprodu-
    cida de un periódico pangermanista por los de la loca-
    lidad y en la que se relataba cómo un maestro de es-
    cuela alemán, que hacía trabajar a sus alumnos en un
    jardín, les invitó, para hacer más intenso su trabajo, a
    representarse que en cada terrón que machacasen en su
    labor deshacían el cráneo de un francés. Naturalmente,
    el profesor N., cada vez que en su relato tropezaba
    con la palabra «alemán» decía, con toda corrección,
    «allemand» y no «boche». Pero al llegar al final de la
    historia reprodujo las palabras del maestro en la si-
    guiente forma: –«Imaginez vous qu’en chaque m o-
    che vous écrasez le crâne d’un français!»–. Así,
    pués, en vez de motte dijo moche.

    ¿No se ve aquí perfectamente cómo el correcto hom-
    bre de ciencia toma desde el principio de su narración
    todas las precauciones para no dejarse arrastrar por
    la costumbre o quizá ceder a una tentación y no de-
    jar escapar desde la altura de una cátedra universita-
    ria una palabra de uso expresamente prohibido por
    decreto de la Confederación? Mas en el preciso mo-
    mento en que ha pronunciado por última vez con toda
    felicidad y corrección las palabras «instituteur alle-
    mand» y avanza con un interior suspiro de satisfac-
    ción hacia el ya inmediato final de su historia, el voca-
    blo temido y tan trabajosamente evitado se engancha
    a su similicadente motte y la desgracia sucede
    irreparablemente. El temor de cometer una falta de
    tacto político y quizá un reprimido capricho o deseo

  • S.

    99

    Psicopatologia

    de usar, a pesar de todo, la palabra habitual y espera-
    da por todos, así como el enfado del republicano y de-
    mocrático profesor ante toda coacción ejercida contra
    la libre expresión1) de sus opiniones, se interpusieron
    ante su intención principal de relatar correctamente el
    ejemplo. El orador conoce esta tendencia interferencial
    y no se puede admitir que no haya pensado en ella
    momentos antes de sufrir su equivocación.

    Esta no fué advertida por el profesor N. o, por lo
    menos, no fué corregida por él, cosa que en la mayo-
    ría de los casos se suele hacer automáticamente. En
    cambio, el auditorio, compuesto en su mayor parte de
    franceses, acogió con verdadera satisfacción el «lap-
    sus», el cual hizo por completo el efecto de un chiste
    intencionado. Por mi parte seguí este suceso, inocente
    en apariencia, con un gran interés apasionado, pues
    aunque, por razones fácilmente comprensibles, tenía
    que renunciar a hacer al profesor N. las preguntas que
    el método psicoanalítico prescribía para aclarar la equi-
    vocación, ésta constituía para mí una prueba palpable
    de la verdad de la teoría freudiana de la determina-
    ción de los actos fallidos (Fehlhandlungen)
    y de las profundas analogías y conexiones entre la
    equivocación y el chiste».

    ε) Bajo las perturbadoras impresiones de la época
    de guerra surgió también el siguiente caso de equivo-
    cación que nos comunica un oficial austriaco al regre-
    sar de su cautiverio en Italia:

    «Durante algunos de los meses que estuve prisionero
    en Italia, nos hallábamos alojados doscientos oficia-
    les en una estrecha villa.
    En este tiempo murió
    de la grippe uno de nuestros compañeros. La impre-
    sión que este suceso nos produjo fué, como es natu-
    ral, muy profunda por las condiciones en que estába-
     

  • S.

    100

    mos; dado que la falta de asistencia médica y el des-
    amparo en que transcurría nuestra existencia hacían
    más que probable el desarrollo de la epidemia. El ca-
    dáver de nuestro compañero había sido colocado, en
    espera de recibir sepultura, en los sótanos de la casa.
    Por la noche, dando un paseo alrededor de nuestra v i-
    lla con un amigo mío, coincidimos ambos en el deseo
    de ver el cadáver. Siendo yo el que primero entró en el
    sótano, me hallé ante un espectáculo que me sobreco-
    gió, pues no esperaba hallar el ataúd tan inmediato a la
    entrada, ni ver de repente, tan cercano a mí, el rostro
    del difunto, cuya inmovilidad parecía alterada por los
    cambiantes reflejos que las llamas de los cirios arroja-
    ban sobre él al ser movidas por el aire. Todavía bajo
    la impresión de aquel cuadro, continuamos nuestro pa-
    seo. Al llegar a un sitio desde el cual se ofrecía a nues-
    tros ojos el parque entero nadando en luz de luna, la
    pradera surcada por los blancos rayos, y tras ella un
    ligero manto de niebla, comuniqué a mi compañero mi-
    impresión, ligada con aquel cuadro, de ver danzar una
    teoría de elfos bajo la línea de pinos que cerraba el
    horizonte.

    A la tarde siguiente enterramos a nuestro camarada.
    El camino desde nuestra prisión hasta el cementerio
    de una localidad vecina fué para nosotros amargo y
    humillante. Una multitud de muchachos, mujeres y an-
    cianos del pueblo, aprovechó la ocasión para desaho-
    gar ruidosamente sus sentimientos de curiosidad y de
    odio hacia sus enemigos prisioneros. La sensación de
    no poder permanecer libre de insultos ni aun en nues-
    tra inerme situación, y el asco ante aquella grosería,
    me dominaron hasta la noche, llenándome de amargu-
    ra. A la misma hora de la noche anterior, y acompa-
    ñado por el mismo camarada, comencé a pasear por el

  • S.

    101

    enarenado camino que daba vuelta a nuestro aloja-
    miento. Al pasar frente a la puerta del sótano tras de
    la que la víspera se hallaba el cadáver, acudió a mi
    memoria el recuerdo de la impresión que a su vista me
    había sobrecogido. Cuando después llegamos al lugar
    desde el cual se descubría el parque entero, nueva-
    mente iluminado por la luna, me detuve y dije a mi
    acompañante: «Podíamos sentarnos aquí en la tum-
    ba (Grab)—digo en la hierba (Gras)—y
    enterrar (sinken)—(por entonar—sin-
    gen)—una serenata».—Al sufrir la segunda equi-
    vocación se fijó mi atención en lo ocurrido, pues la
    primera la había rectificado sin haberme dado cuenta
    de su significación. Mas entonces medité sobre ambas
    y las uní del siguiente modo: «enterrar—en la tum-
    ba». Rápidamente se me presentaron las siguientes
    imágenes: los elfos bailando y flotando en el resplan-
    dor lunar, el compañero amortajado, la impresión que
    me causó su vista y determinadas escenas del entie-
    rro. Al mismo tiempo recordé la sensación de repug-
    nancia sentida durante el perturbado duelo, así como
    ciertas conversaciones habidas sobre la epidemia y
    los temores expresados por varios oficiales. Más tarde
    recordé también que aquel día era el aniversario de la
    muerte de mi padre, cosa que me extrañó, dada mi pé-
    sima memoria para las fechas.

    Sucesivas meditaciones me hicieron darme cuenta
    de las coincidencias que presentaban las condiciones
    exteriores de ambas noches: igual luz de luna, igual
    hora, igual lugar y la misma persona a mi lado. Re-
    cordé el disgusto que había experimentado al conocer
    el peligro de un desarrollo de la epidemia gripal y, al
    mismo tiempo, también mi decisión interior de no de-
    jarme dominar por el temor. Entonces me dí cuenta de

  • S.

    102

    la significación de la formación de la frase: «Podría-
    mos enterrar(nos) en la tumba», y llegué
    al convencimiento de que la primera rectificación del
    error tumba-hierba, verificada por mí sin darme cuenta
    de su sentido, había tenido como consecuencia el se-
    gundo error de enterrar por entonar con el fin
    de asegurar al complejo reprimido una efectividad final.
    Añadiré que en aquella época padecía yo de sueños
    aterradores, en los cuales vi repetidas veces a una muy
    próxima parienta mía, enferma en su lecho y, una vez,
    muerta. Inmediatamente antes de ser hecho prisionero
    había recibido la noticia de que en la región en que di-
    cha persona se hallaba había estallado con gran fuer-
    za la epidemia gripal y la había expresado mis temo-
    res. Desde entonces había cesado de saber de ella.
    Meses después recibí la noticia de que dos semanas
    antes del suceso anteriormente descrito había sido víc-
    tima de la epidemia».

    ¿) El siguiente ejemplo de equivocación oral arro-
    ja vivísima luz sobre uno de los dolorosos conflictos
    que se presentan a los médicos. Un individuo presun-
    tamente atacado de una mortal dolencia, cuyo diag-
    nóstico no se había fijado todavía con absoluta seguri-
    dad, acudió a Viena para tratar de resolver allí su pro-
    blema y pidió a un antiguo amigo suyo, médico muy
    conocido, que se encargase de asistirle, cosa que éste
    aceptó no sin alguna resistencia. El enfermo debía in-
    gresar en una casa de salud y el médico propuso a
    este fin el Sanatorio «Hera». – «Pero ese Sanatorio no
    es más que para una especialidad (para partos)» – re-
    puso el enfermo –. «Nada de eso – replicó vivamente
    el médico – en el Sanatorio «Hera» puede matarse
    (umbringen) – digo alojarse (unterbrin-
    gen) – a cualquier paciente». Al darse cuenta de lo que

  • S.

    103

    PSICOPATOLOGIA

    había dicho luchó el médico violentamente contra la
    significación de su «lapsus».—«¿Supongo–dijo–que
    no creerás que tengo impulsos hostiles contra ti?»–Un
    cuarto de hora después dijo el médico a la enfermera
    que había tomado a su cargo el cuidado del paciente y
    que le acompañaba hasta la puerta del establecimien-
    to:–«No he encontrado nada y no creo aún que
    tenga esa enfermedad. Pero si la tuviera, yo le daría
    una buena dosis de morfina y todo habría terminado».
    Resulta que su amigo le había puesto la condición de
    que acortara sus sufrimientos con un medicamento
    cualquiera en cuanto se viera que su enfermedad era
    irremediable. Así, pues, el médico había realmente
    aceptado la misión de matar (umbringen) a su
    amigo.

    η) No quisiera prescindir del siguiente ejemplo, al-
    tamente instructivo, a pesar de haber sucedido hace ya
    unos veinte años.

    «Hablando una señora, en una reunión, de un tema
    que en el apasionamiento de sus palabras se advertía
    que despertaba en ella intensas emociones secretas,
    dijo lo siguiente:–«Sí; una mujer necesita ser bella
    para gustar a los hombres. El hombre tiene menos di-
    ficultad para gustar a las mujeres. Basta con que ten-
    ga sus cinco miembros bien derechos.» Este ejem-
    plo nos permite penetrar con la mirada en el íntimo
    mecanismo de un «lapsus» oral producido por con-
    densación o contaminación. Podemos
    admitir que nos hallamos aquí ante la fusión de dos
    maneras de expresarse de análogo sentido:

    «Basta con que tenga sus cuatro miembros bien derechos».
    «Basta con que tenga sus cinco sentidos bien cabales».

    O también que el elemento «derechos» (ge-
     

  • S.

    104

    rade) fuera común a dos intenciones de expresión
    que hubieran sido las siguientes:

    «Basta con que tenga sus miembros bien derec-
    chos [(gerade)».
    «Por lo demás, podrá dejar que todos los cincos sean pares
    [(gerade) 1)».

    Puede, por lo tanto, admitirse que ambas formas
    de expresión, la de los cinco sentidos y la de «dejar
    que todos los cincos sean pares», han cooperado a
    introducir primero un número y después el misterioso
    cinco en lugar del sencillo cuatro en la frase de «los
    miembros bien derechos». Esta fusión no se hubiera
    verificado seguramente si la frase resultante de la equi-
    vocación no hubiera tenido un sentido propio, el de
    una cínica verdad que no podía ser descaradamente re-
    conocida por una señora. – Por último, no queremos
    dejar de hacer observar que las palabras de la señora,
    según su sentido literal, podían ser igualmente un ex-
    celente chiste que una divertida equivocación. Esto
    depende tan solo de que fueran o no pronunciadas in-
    tencionadamente. La conducta de la señora hacía im-
    posible en este caso la intención y, por lo tanto, el
    chiste.

    La proximidad entre una equivocación oral y un
    chiste puede llegar a ser tan grande que la persona
    misma que sufre aquélla ría de ella como si de un chis-
    te se tratase. Este es el caso que se presenta en el si-
    guiente ejemplo, comunicado por O. Rank. (Internatio-
    nale Zeitschrift fuer Psychoanalyse, I, 1913.)


    1)N. del T.–«Dejar que todos los cincos sean pares», es
    una locución familiar alemana, que viene a significar «salirle a
    uno una cosa por una friolera». – La palabra «gerade» tiene la
    doble significación de «derecho» y «par».

  • S.

    105

    o) Un joven recién casado cuya mujer, deseosa de
    no perder su aspecto juvenil, se resistía a concederle
    con demasiada frecuencia el comercio sexual, me con-
    tó la siguiente historia, que había divertido extraordi-
    nariamente al matrimonio:–Después de una noche en
    la que había él quebrantado de nuevo la abstinencia
    deseada por su mujer, se puso por la mañana a afei-
    tarse en la alcoba común y –como ya lo había hecho
    otras veces por razones de comodidad–usó para em-
    polvarse la cara tras el afeitado una borla de polvos
    que su mujer tenía encima de la mesa de noche. La es-
    posa, muy cuidadosa de su cutis, le había dicho varias
    veces que no usara dicha borla, y, enfadada por la
    nueva desobediencia exclamó al verle, desde el lecho
    en que aún se hallaba reposando:–¡Ya estás otra vez
    echándome polvos con tu borla!–La risa de su
    marido la hizo darse cuenta de su equivocación–ha-
    bía querido decir:–¡Ya estás otra vez echándote
    polvos con mi borla–y sus carcajadas acompañaron
    a las del marido. («Empolvar o echar polvos» es una
    expresión conocida por todo vienés como equivalente
    a «realizar el coito», y en este caso la borla aparecía
    indudablemente como un símbolo fálico.)

    El parentesco entre el chiste y la equivocación oral
    se manifiesta también en el hecho de que la equivoca-
    ción no es a veces más que una contracción.

    x) Añadiré aquí otro caso cuya interpretación re-
    quiere escasa ciencia:

    «Un profesor de anatomía se ocupaba en cátedra de
    la explicación de la cavidad nasal que, como es sabi-
    do, es uno de los temas más difíciles de la esplanolo-
    gía. Habiendo preguntado a su auditorio si había com-
    prendido sus explicaciones recibió una general res-
    puesta afirmativa a la que el profesor, del cual se sa-

  • S.

    106

    bía que tenía un alto concepto de sí mismo, repuso:—
    «No me es fácil creer que me hayan entendido todos,
    pues las personas que conocen estas cuestiones refe-
    rentes a la cavidad nasal pueden, aun en una ciudad
    de más de un millón de habitantes, como Viena, con-
    farse con un dedo–perdón–con los dedos
    de una mano».

    λ) El mismo anatomista dijo otra vez:—Por lo que
    respecta a los órganos genitales femeninos no se ha
    podido, a pesar de muchas tentaciones (Ver-
    suchungen)–perdón–tentativas. (Versu-
    che)…

    μ) Al Dr. Alf. Robitsek, de Viena, debo el relato de
    dos casos de equivocación oral observados y publica-
    dos por un antiguo escritor francés y que transcribiré
    aquí sin traducirlos:
    «Brantôme(1527–1614).–Vie des Dames galantes.—
    Discours second: «Si ay–je cognue une très belle et
    honneste dame de par le monde, qui, devisant avec un
    honneste gentilhomme de la cour des affaires de la
    guerre durant ces civiles, elle luy dit: «J’ay ouy dire
    que le roi a faict rompre tous les c… de ce pays là».
    Elle vouloit dire les ponts. Pensez que, venant de
    coucher d’avec son mary, ou songeant à son amant,
    elle avoit encor ce nom frais en la bouche, et le gen-
    tilhomme s’en eschauffa en amours d’elle pour ce
    mot».

    «Une autre dame que j’ai cognue, entretenant une
    autre grand dame plus qu’elle, et luy louant et exaltant
    ses beautez, elle luy dit après, —«Non, madame, ce
    que je vous en dis, ce n’est pas pour vous adulte-
    rer; voulant dire adulater, comme elle le rha-
    billa ainsi: pensez qu’elle songeoit à adulterer».
    En el método psicoterápico que yo empleo para la

  • S.

    107

    PSICOPATOLOGIA

    solución y remoción de los síntomas neuróticos se en
    cuentra uno con frecuencia ante la labor de descubrir,
    extrayéndolo de discursos y ocurrencias en apariencia
    casuales de los pacientes, un contenido psíquico que,
    aunque se esfuerza en ocultarse, no puede dejar de
    traicionarse a sí mismo, revelándose involuntariamen-
    te de muchas maneras diferentes. En estos casos las
    equivocaciones suelen prestar los más valiosos servi-
    cios, cosa que podríamos demostrar por medio de con-
    vincentes y singulares ejemplos. En determinadas oca-
    siones los pacientes confunden a los miembros de sus
    familias y, queriendo referirse a una tía suya dicen
    «mi madre» o designan a su marido como su «herma-
    no». De este modo me descubren que «identifican» a
    estas personas una con otra, esto es, que las han co-
    locado en una única categoría que para su vida senti-
    mental significa la recurrencia del mismo tipo. He aquí
    otro caso: Un joven de veinte años se presentó a mí
    en mi consulta con las palabras: «Soy el padre de
    N. N., a quien usted ha asistido–perdón–quería de-
    cir el hermano; él es cuatro años mayor que yo».
    Esta equivocación me dió a entender que el joven me
    había querido decir que tanto él como su hermano es-
    taban enfermos por la culpa de su padre y que acudía
    a mí como su hermano con el deseo de curarse, pero
    que, en realidad, el padre era el que más necesitaba
    ser sometido a un tratamiento. Otras veces es suficien-
    te una disposición poco usual de las palabras o una
    expresión forzada para descubrir la participación de
    un pensamiento reprimido en el discurso del paciente,
    diferentemente motivado.

    Tanto en aquellas perturbaciones del discurso que
    presentan una burda trama, como en aquellas otras
    más sutiles pero que pueden también sumarse a las

  • S.

    108

    Prof. S. Freud

    «equivocaciones orales», encuentro que no es la in-
    fluencia del contacto de los sonidos, sino la de los
    pensamientos exteriores a la oración que se tiene pro-
    pósito de pronunciar lo que determina el origen de la
    equivocación oral y basta para explicar las faltas ora-
    les cometidas. Las leyes, según las cuales actúan los
    sonidos entre sí transformándose unos a otros, me pa-
    recen ciertas, pero no en cambio lo suficientemente efi-
    caces para perturbar por sí solas la correcta emisión
    del discurso. En los casos que he estudiado e investi-
    gado más detenidamente, no representan estas leyes
    más que un mecanismo preformado del cual se sirve
    cómodamente un motivo psíquico más remoto que no
    forma parte de la esfera de influencia de tales relacio-
    nes de sonidos. En un gran número de sus-
    tituciones aparecidas en equivocacio-
    nes orales no se siguen para nada ta-
    les leyes fonéticas. En este punto me hallo
    de completo acuerdo con Wundt, que afirma igualmen-
    te que las condicionales de la equivocación oral son
    muy complejas y van más allá de los efectos de con-
    tacto de los sonidos.

    Dando por seguras estas «remotas influencias psí-
    quicas», según la expresión de Wundt, no veo tampo-
    co inconveniente alguno en admitir que en el discurso
    emitido rápidamente y con la atención desviada de él
    hasta cierto punto, pueden quedar limitadas las causas
    de la equivocación a las leyes expuestas por Meringer
    y Mayer. Pero muchos de los ejemplos coleccionados
    por estos autores es más probable que posean una
    más complicada solución.

    En otros casos de equivocaciones orales puede
    aceptarse que la similicadencia con palabras obscenas
    o la alusión a un sentido de este género constituyan

  • S.

    109

    PSICOPATOLOGIA

    por sí solas el elemento perturbador. La intencionada
    desfiguración y retorcimiento de palabras y frases a
    que tan aficionados son determinados individuos ordi-
    narios no responde a otra cosa que al deseo de aludir
    a lo prohibido con un motivo por completo inocente, y
    este juego es tan frecuente que no sería nada digno de
    asombro el que apareciera también no intencionada-
    mente y aun contra la voluntad del sujeto.

    Espero que mis lectores apreciarán la diferencia de
    valor existente entre las interpretaciones de Meringer
    y Mayer, no demostradas con nada, y los ejemplos
    coleccionados por mí mismo y explicados por medio
    del análisis. Precisamente es una observación del mis-
    mo Meringer, muy digna de tenerse en cuenta, lo que
    mantiene viva mi esperanza de demostrar que también
    los casos aparentemente simples de equivocación pue-
    den ser explicados por la existencia de una perturba-
    ción causada por una idea semi-reprimida exterior
    al contexto que se tiene intención de expresar. Dice
    Meringer que es curioso el hecho de que a nadie le
    guste reconocer que ha cometido una equivocación
    oral. Existen muchos individuos inteligentes y since-
    ros que se sienten ofendidos cuando se les dice que
    han cometido un «lapsus». Por mi parte no me arries-
    garía a afirmar esto con la generalidad que lo hace
    Meringer al emplear la palabra «nadie». Sin embargo,
    la huella de emoción que se manifiesta en el sujeto al
    serle demostrado su «lapsus», emoción que es de la
    naturaleza de la vergüenza, tiene su significación y
    puede colocarse al lado del enfado que experimenta-
    mos al no recordar un nombre olvidado, y de nuestra
    admiración ante la tenacidad de un recuerdo aparente-
    mente indiferente, e indica siempre la participación de
    un motivo en la formación de la perturbación.

  • S.

    110

    La desfiguración de los nombres propios equivale
    siempre a un insulto cuando se hace intencionadamen-
    te, y podría tener igual significado en toda aquella se-
    rie de casos en que aparece como «lapsus» involunta-
    rio. Aquella persona que, según la comunicación de
    Mayer, dijo una vez «Freuder» en vez de Freud
    por tener intención de pronunciar poco después el
    nombre «Breuer» (pág. 38) y habló otra vez del méto-
    do de Freuer-Breud, queriendo decir el de
    Breuer-Freud (pág. 28), era un colega de facul-
    tad y ciertamente no un entusiasta de dicho método.
    Más adelante, al ocuparme de las equivocaciones grá-
    ficas, comunicaré un caso de desfiguración de un
    nombre que no puede explicarse ciertamente de otra
    manera 1).


    1)Puede observarse también que las personas de la aristo-
    cracia suelen desfigurar con particular frecuencia los nombres
    de los médicos, a los que han consultado, de lo cual se deduce
    que interiormente no los estiman en mucho, a pesar de la corte-
    sía que muestran en su trato con ellos.–Quiero citar aquí algu-
    nas acertadas observaciones sobre el olvido de nombres, tomán-
    dolas de la obra inglesa sobre este tema, escrita por el profesor
    E. Jones, residente en Toronto en la época en que la publicó.
    (The Psychopathology of Everyday Life. American J. of Psycho-
    logy. Oct. 1911):
     

    «Pocas son las personas que pueden reprimir un movimiento
    de enfado al notar que otras han olvidado su nombre, sobre
    todo cuando esperaban que éstas lo hubiesen retenido en su me-
    moria. En estos casos acostumbran a decirse, sin reflexionar,
    que estas personas no hubiesen sufrido tal flaqueza de memoria
    si se hubiese dejado en ellas una más vigorosa impresión, pues
    el nombre es un elemento esencial de la personalidad. Por otro
    lado, pocas cosas existen más agradables que el ser interpela-
    dos por nuestro nombre por una alta personalidad de la que no
    se esperaba tal cosa. Napoleón, maestro en el arte de manejar a

     

  • S.

    111

    En estos casos interviene como elemento perturba-
    dor una crítica que no debe tenerse en cuenta por no
    corresponder en el momento a la intención del orador.
    Inversamente la sustitución de un nombre por otro,
    la adopción de un nombre que no es el propio o la
    identificación llevada a cabo por equivocación de nom-
    bres, tienen que significar una apreciación o reconoci-
    miento que momentáneamente y por determinadas ra-
    zones, debe permanecer en segundo término. S. Fe-
    los hombres, dió durante la desdichada campaña de 1814 una
    asombrosa prueba de su memoria en esta cuestión. Hallándose
    en una ciudad próxima a Graonne recordó que veinte años antes
    había hecho conocimiento con el que en aquellos días desempe-
    ñaba el puesto de alcalde de dicha ciudad, un individuo llamado
    De Bussy. Consecuencia de esto fué que De Bussy, encantado
    de que el Emperador le recordase al cabo de veinte años, se en-
    tregó en cuerpo y alma a su servicio. Inversamente no existe
    medio más seguro de afrentar a un hombre que hacer como si se
    hubiera olvidado su nombre. Con ello se manifiesta que la per-
    sona en cuestión le es a uno tan indiferente que ni siquiera me-
    rece que se tome uno el trabajo de retener su nombre. Esta cues-
    tión ha sido también muy explotada en la literatura. En la obra
    de Turgenef titulada «Humo» aparece el pasaje siguiente: «¿Sigue
    usted encontrando que Baden es un sitio divertido, señor… Lit-
    vinov?» – Ratmirov acostumbraba a pronunciar el nombre de
    Litvinov, vacilando un poco como si tuviese antes que hacer un
    esfuerzo para recordarlo. Con esto, así como con la orgullosa
    manera que tenía de quitarse el sombrero al saludarle, se propo-
    nía herir a Litvinof en su vanidad». En otra de sus obras «Padres
    e Hijos», escribe el mismo autor: «El gobernador invitó a Kirsa-
    nov y Balarov al baile y repitió su invitación pocos minutos des-
    pués, considerándolos como hermanos y llamándolos a ambos
    Kisarov». En este caso, el olvido de haberlos invitado ya ante-
    riormente, el error en el nombre y la incapacidad de considerar
    por separado a cada uno de los dos jóvenes, constituyen un cú-
    mulo de alfilerazos irritantes. La desfiguración de los nombres
    tiene la misma significación que el olvido de los mismos; es un
    primer paso hacia este último».

  • S.

    112

    renczi relata una experiencia de este género que
    procede de sus años escolares.

    «Estando en la primera clase del colegio, tuve por
    primera vez en mi vida que recitar en público, esto es,
    ante mis condiscípulos, una poesía. Habiéndola prepa-
    rado y estudiado muy bien me quedé muy sorprendido
    al ver que apenas había comenzado a recitar, estalla-
    ba en la clase una general carcajada. El profesor me
    explicó después este singular recibimiento. Había di-
    cho yo el título de la poesía «Desde la lejanía» con
    toda corrección; mas después en vez del nombre
    de su autor, había pronunciado el mío propio. El
    poeta se llamaba Alejandro (Sandor) Petoefi, y el
    llevar yo el mismo nombre de pila, favoreció sin duda
    el intercambio, mas la verdadera causa de éste fué,
    seguramente, mi secreto deseo de identificarme en
    aquellos momentos con el héroe-poeta. Consciente-
    mente también, sentía yo entonces por Petoefi un
    amor y un respeto, rayanos en la adoración. Como es
    natural todo mi complejo de ambición se ocultaba tras
    esta función fallida».

    Una parecida identificación por medio de un cambio
    de nombres, me fué comunicada por un joven médico
    que tímida y reverentemente se presentó al famoso
    Virchow con las palabras: «Soy el doctor Vir-
    chow». El renombrado profesor se volvió lleno de
    asombro hacia él y le preguntó: «¿Ah; se llama usted
    también Virchow?». No se cómo justificaría
    el ambicioso joven su equivocación, ni si imaginaría
    la cortés excusa de decir que se sentía tan pequeño
    ante el grande hombre, que hasta su propio nombre
    había olvidado o tendría el valor de confesar que espe-
    raba llegar a ser un día tan grande como Vir-
    chow y que, por lo tanto el señor Consejero aúlico,

  • S.

    113

    PSICOPATOLOGIA

    debía de tratarle con toda consideración. Desde luego,
    uno de estos dos pensamientos o quizás ambos a la
    vez, tuvieron que causar, el embarazo del joven al ha-
    cer su presentación.

    Por razones altamente personales debo dejar inde-
    ciso si una parecida interpretación puede ser o no apli-
    cable al siguiente caso. En el Congreso Internacional
    de Amsterdam, en 1907, fué mi teoría de la histeria ob-
    jeto de una viva discusión. Uno de mis más enérgicos
    contradictores cometió, al pronunciar su impugnación
    de mis teorías, repetidas equivocaciones orales consis-
    tentes en ponerse en mi lugar y hablar en mi nombre.
    Decía, por ejemplo: «Breuer y yo hemos demostrado
    como todos saben…» cuando lo que se proponía decir
    era: «Breuer y Freud han etc.» El nombre de este
    adversario de mis teorías no presenta la más mínima
    semejanza ni similicadencia con el mío. Tanto este
    ejemplo como muchos otros casos de intercambio de
    nombres aparecidos en equivocaciones orales, nos in-
    dican que la equivocación puede prescindir, por com-
    pleto, de aquellas facilidades que la ofrece la similica-
    dencia y realizarse apoyada tan sólo por ocultas rela-
    ciones de contenido.

    En otros casos más significativos es una auto-críti-
    ca, una contradicción que en nuestro fuero interno se
    eleva contra nuestras propias manifestaciones, la que
    causa la equivocación, llegando hasta a forzarnos, a
    sustituir lo que nos proponemos expresar por algo
    contrario a ello. Entonces se observa con asom-
    bro cómo la forma de emitir una afirmación subraya
    el propósito de la misma y cómo el «lapsus» revela la
    interior insinceridad. En estos casos, la equivocación
    se convierte en un medio mímico de expresión y,
    con frecuencia, en la expresión misma de lo que no

  • S.

    114

    P R O F. S. F R E U D

    quería uno decir. Con ella nos traicionamos a nos
    otros mismos. Así, por ejemplo, un individuo que
    en sus relaciones con la mujer no gustaba del llamado
    «comercio normal», pronunció hablando de una mu
    chacha a la que se reprochaba su coquetería:
    «Conmigo se le quitaría pronto esa costumbre de
    coetear». Aquí no cabe duda que sólo a la in
    fluencia de la palabra coito es a lo que se puede
    atribuir la modificación introducida en la palabra co-
    quetear que es la que el individuo tenía intención
    de pronunciar. Lo mismo sucede en este otro caso:
    «Un tío nuestro–nos relató un matrimonio–estaba
    hace algunos meses muy ofendido con nosotros por
    que no le visitábamos nunca. Por fin, el ofrecerle nues
    tra nueva casa, nos dió motivo para ir a verle después
    de mucho tiempo. En apariencia, se alegró mucho de
    vernos, pero al despedirnos nos dijo con gran afabili
    dad: «Espero que en adelante os veré más rara-
    mente que hasta ahora».

    Los casuales caprichos del material oral, hacen a
    veces surgir equivocaciones que tienen en unos casos
    todo el abrumador efecto de una indiscreta revelación
    y en otros el completamente cómico de un chiste.

    Así sucede en el ejemplo siguiente, comunicado y
    observado por el doctor Reitler:

    «Una señora quiso, hallándose hablando con otra,
    alabar el sombrero de ésta y la preguntó en tono admi
    rativo: «–¿Y ha sido usted misma quien ha adornado
    ese sombrero?»–» Mas al pronunciar la palabra ador
    nado–aufgeputzt, cambió la u de la última sílaba
    en a, formando un verbo que por su analogía con la pa
    labra Patzerei (facha), revelaba la crítica ejercida en
    el interior de la señora sobre el sombrero de su amiga.
    Claro es que la azorante y clara equivocación no po
    – 114 –

  • S.

    115

    día ya ser rectificada por muchas alabanzas que se
    pronunciasen a continuación».

    Menos comprometedora, pero también inequívoca,
    es la crítica expresada en el «lapsus» siguiente:

    Una señora visitaba a una conocida suya, y la in-
    agotable y poco interesante charla de esta última, la
    causó pronto fatiga é impaciencia por marcharse. Por
    fin consiguió interrumpirla y despedirse, pero al llegar
    a la antesala, su amiga, que la acompañaba, la detuvo
    con un nuevo torrente de palabras, y estando ya dis-
    puesta a salir, tuvo que permanecer de pie ante la puer-
    ta, escuchándola. Por fin, la interrumpió diciendo:
    «—¿Recibe usted en la a n t e s a l a? (V o r z i m-
    m e r)», y se dió enseguida cuenta de su equivoca-
    ción al ver la cara de asombro de su interlocutora. Lo
    que había querido decir, cansada por la larga perma-
    nencia de pie en la antesala y para intentar cortar la
    charla de su amiga, era: «¿Recibe usted por las m a-
    ñ a n a s? (V o r m i t t a g)», pero la equivocación
    reveló su impaciencia.

    El siguiente es un caso de auto-referencia presen-
    ciado por el doctor Max Graef.

    «En una Junta general de la Sociedad de Periodis-
    tas «Concordia», pronunció un joven socio que sufría
    de constantes apuros económicos, un violento discur-
    so de oposición, y en su arrebato interpeló a los
    miembros de la C o m i s i ó n d e G o b i e r-
    n o i n t e r i o r de la Sociedad (A u s s c h u s s-
    m i t g l i e d e r), con el nombre de miembros de
    a d e l a n t o s (V o r s c h u s s m i t g l i e d e r). En
    efecto, los miembros de la comisión de Gobierno
    interior tenían a su cargo el conceder o no los présta-
    mos solicitados por los socios, y el joven orador
    acababa de hacer una petición en tal sentido».

  • S.

    116

    Prof. S. Freud

    En el ejemplo «Vorschwein», hemos visto
    que la equivocación se produce con facilidad cuando
    el sujeto procura reprimir alguna palabra insultante,
    constituyendo el error una especie de desahogo.

    «Un fotógrafo que se había propuesto rehuir todo
    apelativo zoológico en su trato con sus torpes ayu-
    dantes, quiso decir un día a un aprendiz que había de-
    rramado por el suelo la mitad del líquido contenido en
    una cubeta al querer transvasarlo a otro recipiente:
    «Pero hombre, ¿por qué no has sacado (abschoepfen),
    antes un poco de líquido con cualquier cosa?» Pero
    cambió la f por una s, resultando la palabra schoep-
    sen, que recuerda la palabra Schoeps (carnero-
    bobo), apelativo que el fotógrafo evitó pronunciar,
    pero que surgió en el «lapsus». Otra vez, viendo a una
    ayudanta poner imprudentemente en peligro una doce-
    na de valiosas placas, comenzó a dirigirla una larga
    y airada reprimenda, en la que quiso decir: «¿Es
    que está usted mala de la cabeza? (hirn-
    verbrannt)». Más al pronunciar esta palabra
    cambió la i primera en una o, resultando hornver-
    brannt (mala de los cuernos)».

    El ejemplo que va a continuación, constituye un se-
    rio caso de confesión involuntaria llevada a cabo por
    medio de un «lapsus linguae». Algunos detalles de in-
    terés que en él aparecen, justifican que se transcriba
    aquí íntegra la comunicación que de él publicó A. A.
    Brill en la «Zentralblatt fuer Psychoanalyse, II–I» 1):
    «Paseaba yo una noche con el doctor Frink, hablan-
    do de cuestiones referentes a la Sociedad psicoanalí-
    tica de Nueva York, cuando encontramos a un colega,
    el doctor R. al cual no había yo visto hacía años, y


    1)Atribuído erróneamente en la revista a E. Jones.

  • S.

    117

    de cuya vida privada no conocía nada. Ambos nos
    alegramos de volvernos a ver y, a propuesta mía en-
    tramos en un café, en el que permanecimos dos horas
    conversando animadamente. El doctor R., parecía co-
    nocer mis asuntos particulares mejor que yo los suyos,
    pues tras los saludos de costumbre, me preguntó por
    la salud de mi hijo, declarándome que de tiempo en
    tiempo tenía noticias mías por conducto de un amigo
    de ambos y que se interesaba mucho por mi actividad
    profesional, habiendo leído mis publicaciones en las
    revistas de medicina. A mi vez, le pregunté si se ha-
    bía casado, contestando él negativamente, y añadien-
    do: «Para qué habría de casarse un hombre como yo».
    Al abandonar el café, se dirigió a mí de repente y
    me dijo: «Quisiera saber lo que haría usted en el caso
    siguiente: Conozco a una enfermera que ha sido de-
    clarada cómplice en un proceso de divorcio. La espo-
    sa ofendida entabló este contra su marido, acusándo-
    le de adulterio con la susodicha enfermera, y el divor-
    cio se falló a favor de él…» 1). Al llegar aquí le
    interrumpí, diciendo: «Querrá usted decir a favor de
    ella, de la esposa». R. rectificó enseguida: «Claro
    es; se falló a favor de ella» –y siguió su relato,
    contando que el escándalo producido había impresio-
    nado de tal modo a la enfermera que había comenzado
    a darse a la bebida y contraído un grave desarreglo
    nervioso. Al final de su relato me pidió consejo sobre
    el tratamiento a que debía someterla.
    Al rectificar su equivocación le rogué me la explica-


    1)«Según nuestras leyes, no se concede el divorcio más
    que cuando queda probado que uno de los cónyuges ha come-
    tido adulterio, y entonces los derechos que el divorcio ocasio-
    na, no se conceden más que al cónyuge ofendido».

  • S.

    118

    ra, pero como sucede habitualmente en estos casos,
    recibí la asombrada respuesta de que el error había
    sido por completo casual, que no había motivo para
    suponer que se ocultase algo tras de él y que, en fin
    de cuentas, todo el mundo tenía derecho a equivocar-
    se. A esto repliqué que todas las equivocaciones ora-
    les tienen siempre un fundamento y que si no me hu-
    biera dicho poco antes que era soltero, hubiera estado
    tentado de considerarle como el protagonista del su-
    ceso relatado, porque, siendo así, quedaría explicada
    su equivocación por su deseo de no haber sido él sino
    su mujer la que hubiera perdido el pleito, con lo cual
    hubiera él quedado libre de tenerla que pasar alimen-
    tos y con el derecho de volverse a casar en Nueva
    York. El doctor rechazó obstinadamente mi sospecha,
    fortificándola al mismo tiempo por una exagerada re-
    acción emocional y señales inequívocas de gran exci-
    tación seguidas de ruidosas risotadas. A mi invitación
    a decir la verdad en interés de la ciencia, contestó di-
    ciendo: «Si no quiere usted que yo le mienta debe se-
    guir creyendo en mi soltería y, por lo tanto, en que su
    interpretación psicoanalítica es falsa en absoluto».
    Luego añadió que el trato con un hombre como yo,
    que se fijaba en tales pequeñeces, era en extremo pe-
    ligroso y, recordando de repente que tenía que acudir
    a una cita, se despidió de nosotros.

    Sin embargo, tanto el doctor Frink como yo estába-
    mos convencidos de la exactitud de mi interpretación
    del «lapsus» y, por mi parte, decidí comenzar a infor-
    marme para obtener una prueba favorable o adversa.
    Días después visité a un vecino mío, antiguo amigo
    del doctor R., el cual confirmó mi hipótesis en todos
    sus puntos. El pleito se había sentenciado unas sema-
    nas antes, y la enfermera había sido declarada cóm-


  • S.

    130

    samente el conflicto que surge en el alma de Clara
    Middleton al descubrir, como antes lo descubrió Cons-
    tancia Durham, el egoísmo de su prometido. Determi-
    nadas circunstancias externas y su propia concepción
    del honor continúan manteniendo a Clara ligada a su
    promesa de matrimonio mientras que cada vez va sin-
    tiendo un mayor desprecio hacia su prometido. Estos
    sentimientos los confía en parte al secretario y primo
    de aquél, Vernon Whitford, con el cual se casa al final
    de la novela. Pero éste, por su lealtad hacia Patterne
    y varios otros motivos, guarda en un principio una ac-
    titud de reserva.

    En un monólogo en el que da Clara rienda suelta a
    su dolor, dice lo que sigue: «¡Si un hombre noble vie-
    ra la situación en que me hallo y no desdeñara pres-
    tarme su ayuda! ¡Oh; ser libertada de ésta prisión en
    que gimo entre espinas! Por mí sola no puedo abrir-
    me camino. Soy demasiado cobarde. Sólo una
    señal que con un dedo se me hiciera, creo que me
    transformaría. Desgarrada y sangrante podría huir en-
    tre el desprecio y el griterío de la gente a refugiarme
    en los brazos de un camarada... Constancia halló un
    soldado. Quizá rezó y fué escuchada su plegaria. Hizo
    mal. ¡Pero cómo la amo por haber osado! El nombre
    de él era Harry Oxford... Ella no dudó, rompió sus
    cadenas y marchó franca y decididamente. Osada mu-
    chacha ¿qué pensarás de mí? Pero yo no tengo ningún
    Harry Whitford; yo estoy sola...

    La rápida percepción de que había substituído por
    otro el nombre de Oxford la anonadó como un maza-
    zo haciendo cubrirse su rostro de llameante púrpura».

    El hecho de que los nombres de los dos sujetos ter-
    minasen en «ford», facilita la confusión de la protago-
    nista y, para muchos, esto sería causa suficiente para

  • S.

    131

    Psicopatologia

    justificar el error, pero el novelista indica, claramente,
    la verdadera causa profunda.

    En otra parte del libro aparece de nuevo la misma
    equivocación seguida de aquella vacilación y aquel re-
    pentino cambio de tema con que nos familiarizan el
    psicoanálisis y la obra de Jung sobre las asociaciones
    y que no aparecen más que cuando ha sido herido un
    complejo semi-consciente. Patterne dice en tono de su-
    perioridad refiriéndose a Whitford: –«¡Falsa alarma!
    El bueno de Vernon es incapaz de hacer nada extraor-
    dinario». Clara responde: «Pero si mister Oxford
    …digo mister Whitford… Mirad vuestros cis-
    nes como acuden atravesando el lago. ¡Qué bellos es-
    tán cuando se hallan irritados! Pero vamos a lo que
    iba a preguntaros: –Aquellos hombres que son testi-
    gos de una visible admiración que a otros se profesa
    ¿no se desanimarán ante ello?— Sir Willoughby se ir-
    guió rígidamente. Una repentina luz había iluminado
    su pensamiento».

    Todavía en otro lugar, revela Clara con un nuevo
    «lapsus», su interior deseo de una íntima unión con
    Vernon Whitford. Dando un recado a un muchacho le
    dice: –«Dí esta noche a mister Vernon– a mister
    Whitford.. » 1).

    La concepción de las equivocaciones orales que se
    sostiene en este libro, ha sido verificada y comproba-
    da hasta en sus más mínimos detalles. Repetidas ve-
    ces he conseguido demostrar que los más insignifican-


    1)Otros ejemplos de equivocaciones orales que según la in-
    tención del poeta deben ser interpretadas como muy significati-
    vas y, en su mayoría, como confesiones involuntarias, aparecen
    en el «Ricardo III», de Schakespeare y en el «Don Carlos», de
    Schiller. No sería difícil ampliar esta lista.

  • S.

    132

    PROF. S. FREUD

    tes y naturales casos de errores lingüísticos tienen su
    sentido y pueden ser interpretados de igual modo que
    los casos más extraordinarios. –Una paciente que
    contra toda mi voluntad, pero con firme decisión em-
    prendía una corta excursión a Budapest, justificaba an-
    te mí su desobediencia alegando que no pasaría en di-
    cha ciudad nada más que tres días, pero se equivocó
    y, en vez de tres días dijo tres semanas. Con
    esto reveló que por su gusto, y a pesar mío, pasaría
    mejor tres semanas que tres días con aquellas perso-
    nas de Budapest, cuya sociedad juzgaba yo perjudicial
    para ella.

    Una noche, queriendo excusarme de no haber ido a
    buscar a mi mujer a la salida de un teatro, dije: –«He
    estado en el teatro a las diez y diez minutos». –«¡Que-
    rrás decir a las diez menos diez?»–me repusieron
    rectificándome. Naturalmente esto es lo que había yo
    querido decir, pues lo que había realmente dicho no
    constituía excusa ninguna. Yo había quedado con mi
    mujer en irla a buscar a la salida del teatro y en el pro-
    grama se decía que la función acabaría antes de las
    diez. Cuando llegué el vestíbulo estaba ya a oscuras y
    el teatro vacío. Indudablemente, la representación ha-
    bía terminado antes de mi llegada y mi mujer no me
    había esperado. Saqué el reloj y ví que eran las diez
    menos cinco minutos, pero me propuse presentar la
    cuestión en mi casa aún más favorablemente para mí,
    diciendo que eran las diez menos diez. Por desgracia
    mi equivocación echó a perder mi propósito y reveló
    mi insinceridad haciéndome además confesar un retra-
    so más grave del verdadero.

    Partiendo de este punto llegamos a aquellas pertur-
    baciones del discurso que no pueden considerarse ya
    como equivocaciones orales porque no afectan sólo a

  • S.

    133

    PSICOPATOLOGIA

    una palabra aislada, sino al ritmo y a la total exterio-
    rización de la oración, como, por ejemplo, las repeti-
    ciones y el tartamudeo causados por la confusión o el
    embarazo. Pero tanto en unos casos como en otros, lo
    que en las perturbaciones del discurso se revela, es el
    conflicto interior. No creo, en verdad, que haya nadie
    que se equivoque durante una audiencia con el rey, en
    una seria y sincera declaración de amor o en una de-
    fensa del propio honor ante los jurados, esto es, en
    aquellos casos en que, según nuestra justa expresión
    corriente, pone uno toda su alma. Hasta
    al criticar el estilo de un escritor acostumbramos a se-
    guir aquel principio de aclaración del que no podemos
    prescindir en la investigación de las equivocaciones
    aisladas. Un estilo límpido e inequívoco nos demuestra
    que el autor está de acuerdo consigo mismo y en cam-
    bio una forma de expresión forzada o retorcida nos
    indica la existencia de una idea no desarrollada total-
    mente y nos hace percibir la ahogada voz de la auto-
    crítica del autor. 1)

    Desde la aparición de la primera edición de este li-
    bro han comenzado varios amigos y colegas míos ex-
    tranjeros a dedicar su atención a aquellas equivoca-
    ciones cometidas en la lengua de sus respectivos paí-
    ses que podían observar. Como era de esperar, han
    hallado que las leyes de las funciones fallidas son in-
    dependientes del material oral y han adoptado igual
    método interpretativo que el empleado por nosotros en


    1)

    Ce qu’on conçoit bien
    S’énonce clairement
    Et les mots pour le dire
    Arrivent aisément.
    Boileau.—Art poétique.

     

    – 133 –

  • S.

    134

    las equivocaciones cometidas en lengua alemana.
    Siendo incontables los ejemplos, no transcribiré aquí
    más que uno:

    El doctor A. A. Brill (New-York) comunica la si-
    guiente observación propia: —A friend described to
    me a nervous patient aud wished to know whether I
    could benefit him. I remarked I believe that in time I
    could remove all his symptoms by psycho-analysis
    because it is a durable case, wishing to say curable.
    (A contribution to The Psychopathology of
    Everyday Life.—Psychotherapy-III-I-1909) 1).

    Quiero, por último, añadir aquí, para aquellos lec-
    tores que no se asustan ante un esfuerzo de atención
    y para aquellos otros algo familiarizados ya con el
    psicoanálisis, un ejemplo que demuestra a qué profun-
    didades psíquicas puede llegarse en la persecución de
    los motivos de una equivocación oral.

    L. Jekels. («Internationale Zeitschrift fuer Psycho-
    analyse.» I-1913.)

    «El día once de Diciembre, hablando con una dama
    polaca me dirigió ésta en su idioma, y con cierto toni-
    llo de desafío, la pregunta siguiente:—¿Por qué he
    dicho yo hoy que tenía doce dedos?
    A mi ruego reprodujo la escena en la que tuvo lu-
    gar su ocurrencia. Aquel día se había propuesto salir
    a hacer una visita con su hija, la cual padecía de de-
    mentia praecox en estado de remisión, y la había man-
     


    1)N. Del T,—En inglés en el original. Su traducción es: Un
    amigo mío me describió la enfermedad nerviosa que aquejaba a
    una tercera persona para que yo le dijese mi opinión sobre di-
    cha enfermedad y el modo posible de curarla. Mi respuesta fué:
    —Creo poder remover con el tiempo, y por medio del psicoaná-
    lisis, todos los síntomas que atormentan al paciente, pues me
    parece un caso «durable», digo «curable».

  • S.

    135

    dado a cambiarse de blusa a una habitación contigua.
    Al volver la hija ya vestida encontró a su madre lim-
    piándose las uñas, y entre ambas se desarrolló el si-
    guiente diálogo:
    La hija: Mira, yo ya estoy arreglada y tú no.
    La madre: Es verdad; pero también tú no tenías más
    que hacer que ponerte una blusa, y yo, en cambio,
    tengo que arreglarme doce uñas.
    La hija: ¿Cómo?
    La madre (impaciente): Naturalmente. No ves
    que tengo doce dedos.

    Preguntada por un colega mío que asistía a su rela-
    to, sobre lo que se le ocurría fijando su atención en el
    número doce, respondió pronta y resueltamente:–
    Doce no es para mí ninguna fecha (de
    importancia).

    Pasando a la palabra «dedos» nos comunicó
    después de una ligera vacilación la asociación siguien-
    te:–En la familia de mi marido tenían todos seis de-
    dos en cada pie. Cuando nacieron mis hijos lo prime-
    ro que hicimos fué ver si también tenían seis dedos.–

    Por causas exteriores al análisis no pudo éste ser
    continuado aquella noche, pero a la mañana siguien-
    te, día doce de Diciembre, recibí la visita de la señora
    en cuestión, que me dijo visiblemente excitada:–Mire
    usted lo que me ha sucedido. Desde hace veinte años
    no he dejado nunca de felicitar a un anciano tío de mi
    marido en el día de su cumpleaños, que es hoy preci-
    samente. Siempre acostumbro a escribirle una carta el
    día anterior, pero esta vez se me ha olvidado y he te-
    nido que ponerle un telegrama.–

    Al oir esto recordé e hice recordar a la señora la se-
    guridad con la que la noche anterior había contestado
    a la pregunta de mi colega sobre el número doce, pre-

  • S.

    136

    gunta muy apropiada para haberle recordado el cumple
    años de su tío, y a la que ella había repuesto que el día
    doce no significaba para ella ninguna fecha importante.

    Entonces declaró la señora que el tío de su marido
    era hombre de fortuna, y que ella había contado siem
    pre con que le heredaría; pero que ahora pensaba en
    ello más que nunca, pues su situación económica era
    un tanto apurada.

    Así, pues, cuando días antes una conocida suya la
    había profetizado, echándola las cartas, que iba a re
    cibir mucho dinero, había pensado en el acto en el tío,
    es decir, en su fallecimiento. La había pasado inme
    diatamente por el cerebro la idea de que dicho parien
    te era el único de quien podía ella, heredándole sus hi
    jos, recibir dinero. También recordó de repente en
    aquella ocasión que ya la mujer del tío había prometi
    do dejar algo en su testamento a sus hijos, pero que
    luego había muerto sin testar, y quizá hubiese dejado
    encargo a su marido de hacerlo a su muerte.

    Vese claramente que el deseo de la muerte del tío
    debió surgir en ella con gran intensidad, pues la se
    ñora que le echaba las cartas la dijo después: «Es us
    ted capaz de incitar a la gente al asesinato».

    En los cuatro o cinco días que transcurrieron entre
    la profecía y el cumpleaños del tío, la señora buscó de
    continuo en los periódicos de la localidad en que éste
    vivía su papeleta de defunción.

    No es, por tanto, ninguna maravilla que con un tan
    intenso deseo de su muerte quedasen el hecho y la fe
    cha del próximo cumpleaños tan vigorosamente repri
    midos que llegara no sólo a poderse producir el olvido
    de una intención cumplida sin falta tantos años segui
    dos, sino que tampoco fuese ésta recordada por la pre
    gunta de mi colega.

  • S.

    137

    En el «lapsus» «doce dedos» se abrió camino el re-
    primido «doce», contribuyendo también al fallo de la
    función.

    Digo contribuyendo, porque la asociación
    que surgió en el análisis ante la palabra «dedos» nos
    hace sospechar la existencia de otras motivaciones,
    explicándonos al mismo tiempo por qué razón el «doce»
    llegó a falsear la inocente frase de los diez dedos.

    La asociación era:–En la familia de mi marido te-
    nían todos seis dedos en cada pie.

    Seis dedos en cada pie constituyen una anormalidad.
    Seis dedos significan un niño anormal y doce de-
    dos, dos niños anormales.

    Efectivamente, esta era la realidad, pues la tal seño-
    ra se había casado muy joven con un hombre recono-
    cidamente excéntrico y anormal que al poco tiempo
    acabó por suicidarse, dejándola como única herencia
    dos hijas, declaradas anormales por varios médicos
    que habían señalado en ellas graves taras hereditarias.

    La mayor de las hijas había vuelto a su casa hacía
    poco tiempo, después de un grave ataque; poco des-
    pués, la menor, que se hallaba en la pubertad, enfermó
    de una grave neurosis.

    El hecho de que la anormalidad de las hijas se agre-
    gue aquí al deseo de la muerte del tío y se condense
    con este elemento, reprimido con fuerza distinta y de
    mayor valencia psíquica, nos obliga a aceptar como
    segunda determinación de la equivocación el deseo
    de la muerte de las dos hijas anor-
    males.

    La prevaleciente significación del doce como deseo
    de muerte se aclara por el hecho de hallarse en la re-
    presentación del sujeto muy íntimamente asociado al
    concepto de muerte, pues el marido se había suicidado

  • S.

    138

    en un día trece de Diciembre, esto es, un día
    del cumpleaños del tío, cuya mujer dijo en esta ocasión
    a la joven viuda: «Ayer nos felicitó aún tan cariñosa y
    amablemente… ¡y hoy!».

    Quiero añadir además que la señora tenía en reali-
    dad razones más que suficientes para desear la muerte
    a sus hijas, las cuales no la proporcionaban ninguna
    alegría sino solo preocupaciones, imponiendo además
    penosas limitaciones a su propia vida, y habiéndola
    obligado, por cariño a ellas, a renunciar a toda posi-
    ble felicidad sentimental y amorosa.

    También aquel día se había esforzado en evitar toda
    ocasión de irritar a la hija con la que iba a la visita, y
    es fácil hacerse una idea del gasto de paciencia y ab-
    negación que esto supone tratándose de una enferma
    de dementia praecox y cuantos sentimientos e impul-
    sos de cólera es necesario dominar.

    Conforme a todo lo anterior el sentido de la equivo-
    cación sería el siguiente:

    El tío debe morir; estas hijas anormales deben mo-
    rir (en general toda esta familia anormal) y yo debo
    heredar su dinero.

    La equivocación posee, a mi juicio, varios signos de
    una estructura inhabitual, que, son:

    1.º La existencia de dos determinantes condensa-
    das en un elemento.

    2.º La existencia de las dos determinantes se re- fleja en la duplicación de la equivocación (doce uñas,
    doce dedos)

    3.º Es singular el que una de las significaciones
    del «doce», los doce dedos representativos de la anor-
    malidad de las hijas, constituya una representación in-
    directa. La anormalidad psíquica es aquí representada
    por la física; lo superior por lo inferior».