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blanco, rojo, y los Habsburgos habían sido
destronados. La señora introdujo esta modificación en
las señas de su amiga. En efecto, existe en Viena y es
muy conocida una Calle de Babenberg (Babenbergerstrasse), pero ningún vienés la
denominaría Carrera (Gasse).c) En un lugar de veraneo, el maestro de escuela,
un joven pobre como las ratas, pero de apuesta figura,
hizo la corte a la hija de un propietario de la ciudad
que poseía allí una «villa», consiguiendo enamorar a
la muchacha de tal modo que logró arrancar a sus pa-
dres el consentimiento para la boda a pesar de la dife-
rencia de posición y raza existente entre los novios.
Así las cosas, el maestro escribió a su hermano una
carta en la que le decía lo siguiente: «La tal muchacha
no es nada bonita, pero sí muy amable y con ello me
basta. Lo que no te puedo decir aún es si me decidiré o
no a casarme con una judía». Esta carta llegó a manos
de la novia al mismo tiempo que el hermano se que-
daba asombrado ante las ternezas amorosas que con-
tenía la carta por él recibida. El que me relató este
caso me aseguró que se trataba realmente de un error
y no de una astucia encaminada a provocar la ruptura.
También he conocido otro caso similar en el que una
anciana señora, descontenta de su médico y no que-
riendo decírselo francamente, utilizó este medio de cam-
biar las cartas para alcanzar su objeto, y esta vez sí
puedo testimoniar que fué el error y no una astucia
consciente lo que se sirvió de la conocida estratagema
de comedia.d) Brill relata el caso de una señora que, al pre-
guntar a otra por la salud de una amiga común, la de-
signó por su nombre de soltera. Al llamarla la aten-
ción sobre su error tuvo que confesar que no la era.S.
294
simpático el marido de su amiga y que el matrimonio
de ésta la había disgustado.e) Un caso de error que puede ser también consi-
derado como de equivocación oral: Un hombre joven
fué a inscribir en el Registro el nacimiento de su se-
gunda hija. Preguntado por el nombre que la iba a po-
ner respondió que Ana, a lo cual repuso el empleado
que cómo le ponía el mismo que a su primera hija.
Como puede comprenderse no era esta su intención y
rectificó el nombre en el acto, debiendo deducirse de
tal error que la segunda hija no había sido tan bien re-
cibida como la primera.f) Añado aquí algunas otras observaciones de
cambio de nombres que pudieran también haber sido
incluídas en otros capítulos de este libro.Una señora tenía tres hijas, de las cuales dos se ha-
llaban casadas hacía ya largo tiempo, mientras que la
tercera esperaba aún la llegada del marido que el des-
tino la designase. Una amiga suya había hecho a las
hijas casadas, en ocasión de su matrimonio, un igual
regalo, consistente en un valioso servicio de plata para
te. Siempre que la madre hablaba de este utensilio
nombraba equivocadamente como dueña de él a la hija
soltera. Se ve con toda claridad que este error expre-
sa el deseo de la madre de ver casada a la hija que le
resta. Supone además que también había de recibir el
mismo regalo de boda.Análogamente fáciles de interpretar son los frecuen-
tes casos en que una madre confunde los nombres de
sus hijas, hijos, yernos y nueras.De una auto-observación del señor J. G., verificada
durante su estancia en un sanatorio, tomo el siguiente
precioso ejemplo de tenaz confusión de nombres:
«En la mesa redonda del sanatorio dirigí en el cur-S.
295
PSICOPATOLOGIA
so de una conversación que me interesaba poco y
que era llevada en un tono por completo superficial,
una frase especialmente amable a mi vecina de mesa.
Esta, que era una soltera ya algo madura, no pudo
por menos de observar que aquella frase mía era una
excepción, pues no solía yo mostrarme de costumbre
tan amable y galante con ella, observación que era
por un lado muestra de un cierto sentimiento, y por
otro un alfilerazo dirigido a otra muchacha que ambos
conocíamos y a la que yo solía mostrar más atención.Como es natural, comprendí enseguida la alusión.
El transcurso de la conversación que después se
desarrolló, tuve que hacerme llamar varias veces la
atención por mi interlocutora, cosa que me fué harto
penosa, por haberla llamado con el nombre de la otra
muchacha, a la que no sin razón consideraba ella
como su feliz rival»g) Como un caso de «error» expondré aquí un su-
ceso, grave en el fondo, que me fué relatado por un
testigo presencial. Una señora había estado paseando
por la noche con su marido y dos amigos de éste. Uno
de estos últimos era su amante, circunstancia que los
otros dos personajes ignoraban y no debían descubrir
jamás. Los dos amigos acompañaron al matrimonio
hasta la puerta de su casa, y comenzaron a despedir-
se mientras esperaban que vinieran a abrir la puerta.
La señora saludó a uno de los amigos dándole la
mano y dirigiéndole unas palabras de cortesía. Luego
se cogió del brazo de su amante y volviéndose hacia
su marido quiso despedirse de él en la misma forma.
El marido entró en la situación y, quitándose el som-
brero, dijo con exquisita cortesía: «A los pies de us-
ted, señora». La mujer, asustada, se desprendió del
brazo del amante y antes de que se abriera la puertaS.
296
de su casa tuvo aún tiempo de decir: «¡Parece mentira
que pueda pasarle a uno una cosa así!» El marido
pertenecía a esa clase de señores conyugales que tie-
nen por imposible una infidelidad de su mujer. Repeti-
das veces había jurado que en un caso tal peligraría
más de una vida. Así, pues, tenía los más fuertes obs-
táculos internos para llegar a darse cuenta del desafío
que el error de su mujer constituía.h) He aquí un error cometido por un paciente mío
y que por repetirse después en sentido inverso resulta
especialmente instructivo: Tras de una larga lucha in-
terior se había decidido el joven a contraer matrimonio
con una muchacha que le quería y a la que también él
amaba. El día en que la comunicó su resolución la
acompañó hasta su casa, se despidió de ella y tomó
un tranvía, en el cual pidió al cobrador dos bille-
tes. Medio año después, ya casado, siente que no
puede acostumbrarse a la vida conyugal, duda de si
ha hecho bien en casarse, echa de menos sus amista-
des de soltero y tiene mil cosas que reprochar a sus
suegros. Una tarde fué a casa de éstos a recoger a su
mujer, subió con ella en un tranvía y al acercarse el
cobrador le pidió un solo billete.i) Maeder nos relata un precioso ejemplo de cómo
por medio de un error puede satisfacerse un deseo re-
primido a disgusto. (Nouvelles contributions, etcétera.
Arch. de Psych., VI, 1908.) Un colega deseaba gozar
por entero y sin tener que ocuparse de nada, de un día
de vacaciones, pero tenía precisamente que hacer una
visita poco agradable en Lucerna, y después de largas
vacilaciones se decidió a ir a dicha ciudad. Para dis-
traerse durante el viaje de Zuerich a Goldau se puso a
leer los periódicos. Al llegar a Goldau cambió de tren
y prosiguió su lectura. Ya en marcha el tren, el revi-S.
297
PSICOPATOLOGIA
sor le advirtió que se había equivocado en el transbor-
do, y en vez de tomar el tren que iba a Lucerna había
subido en otro que regresaba a Zuerich.j) El doctor V. Tausk comunica bajo el título «Ru-
tas falsas» un análogo pero fracasado intento de reali-
zación de un deseo reprimido por medio de un error.
(Internat. Zeitschrift fuer aerztl. Psychoanalyse. IV,
1916-17).«Durante la campaña vine una vez desde el frente a
Viena con permiso, y un antiguo cliente mío que se
enteró de mi estancia en la capital me avisó para que
fuese a visitarle, pues se hallaba enfermo en cama.
Accedí a su petición y fuí a verle, permaneciendo dos
horas en su casa. Al despedirme me preguntó el en-
fermo cuánto me debía por i visita.»Estoy aquí sólo por unos días hasta que acabe mi
permiso-
le contesté-
y no visito ni ejerzo mi profe-
sión durante ellos. Considere usted mi visita como un
servicio amistoso».El enfermo vaciló en aceptar mi oferta sintiendo que
no tenía derecho a considerar un servicio profesional
como un favor gratuito, pero por último se decidió a
hacerlo así, expresando con una cortesía que le dictó
su satisfacción ante el ahorro de su dinero, que siendo
yo perito en psicoanálisis debía obrar siempre con
acierto.A mí mismo me entraron también pocos momentos
después ciertas sospechas sobre la sinceridad de mi
generosa conducta y asaltado de dudas-
que apenas
admitían una solución equívoca-
tomé el tranvía eléc-
trico de la línea X. Después de un corto viaje en este
tranvía debía apearme de él para tomar el de la lí-
nea Y. Mientras esperaba que llegase este último, olvi-
dé la cuestión de mis honorarios y comencé a pensarS.
298
en los síntomas que el paciente presentaba. Entre tan-
to llegó el tranvía que yo esperaba y monté en él. Mas
en la primera parada tuve que apearme, pues por error
y sin darme cuenta había tomado, en vez de un tran-
vía de la línea Y, uno de la línea X que pasaba en di-
rección contraria a la que en otro de la misma línea
había yo venido y por lo tanto me hacía regresar hacia
casa del paciente al que no había querido cobrar ho-
norarios ninguno. Mi inconsciente en cam-
bio quería ir a buscar tales hono-
rarios».k) En una ocasión llevé yo también a cabo una ha-
bilidad semejante a la del sujeto del ejemplo i. Ha-
bía yo prometido a mi hermano mayor irle a visitar
durante el verano a una playa de la costa inglesa en
la que él se hallaba y, dado el poco tiempo de que po-
día disponer, me había obligado a hacer el viaje por e-
camino más corto y a no detenerme en ningún punto.
Pedí a mi hermano que me concediera quedarme un
día en Holanda, pero me lo negó diciendo que des-
pués, al regresar, podía hacer lo que me pareciese.
Así, pues, emprendí mi viaje desde Munich pasando
por Colonia hasta Rotterdam y Hook de donde a media
noche salía un barco para Harwich. En Colonia tenía
que cambiar de tren para tomar el rápido de Rotter-
dam. Descendí de mi vagón y me puse a buscar dicho
rápido sin lograr descubrirlo en parte alguna. Pregun-
té a varios empleados, fuí mandado de un andén para
otro, caí en una exagerada desesperación y al cabo de
todo esto pude suponer que durante mis vanas investi-
gaciones debía ya haber salido el tren buscado. Cuan-
do esto me fué confirmado reflexioné si debía que-
darme aquella noche en Colonia, cosa a la que entre
otros motivos me inducía un sentimiento familiar, pues,S.
299
según una vieja tradición nuestra, unos antepasados
míos se habían refugiado en esta ciudad huyendo de
una persecución contra los judíos. Sin embargo, re-
solví tomar un tren posterior para Rotterdam adonde
llegué muy entrada la noche y por lo tanto tuve que
pasar todo el día siguiente en Holanda. Esta estancia
me permitió realizar un deseo que abrigaba hacía ya
mucho tiempo: el de admirar los magníficos cuadros
de Rembrandt existentes en La Haya y en el museo
Real de Amsterdam. Hasta la mañana siguiente cuan-
do, durante el viaje en un tren inglés, pude resumir
mis impresiones, no surgió en mí el indudable recuer-
do de haber visto en la estación de Colonia a pocos pa-
sos del sitio donde me apeé del tren y en el mismo an-
dén un gran cartel con la indicación «Rotterdam-Hook
de Holanda». Allí esperaba con seguridad el tren en el
¿ y o había debido continuar mi viaje. Si no se quie-
re admitir que contra las órdenes de mi hermano que-
ría yo a toda costa admirar los cuadros de Rembrandt
en mi viaje de ida, habrá que considerar el incidente
como una inexplicable «ceguera» mía. Todo lo restan-
te, mi bien finjida perplejidad y la emergencia de
la pía intención familiar de quedarme aquella noche
en Colonia, fué tan solo un dispositivo para ocultar mi
propósito hasta que hubiera sido ejecutado por com-
pleto.1) J. Staercke expone (l. c.) otro caso observado
en sí propio y en el que una «distracción» facilita la
realización de un deseo al que el sujeto cree haber re-
nunciado.«En una ocasión tenía yo que dar en un pueblo una
conferencia con proyecciones luminosas. La tal confe-
rencia había sido fijada para un día determinado y
después aplazada por ocho días. Este aplazamiento meS.
300
fué comunicado en una carta a la que yo contesté,
anotando después en un memorandum la nueva fecha
fijada. Debiendo ser la conferencia por la noche me
propuse llegar por la tarde a la localidad indicada para
tener tiempo de hacer una visita a un escritor conocido
mío que allí residía. Por desgracia el día de la confe-
rencia, tuve por la tarde ocupaciones inexcusables y
me fué preciso renunciar, con gran sentimiento, a la
visita deseada. Al llegar la noche cogí un maletín lleno
de placas fotográficas para las proyecciones y salí a
toda prisa hacia la estación. Para poder alcanzar el
tren tuve que tomar un taxi. (Es cosa que me suce-
de con gran frecuencia el vacilar tanto tiempo que lue-
go me veo obligado a tomar un automóvil para alcan-br> zar el tren). Al llegar a la localidad a que me dirigía
me asombró no encontrar a nadie esperándome en la
estación según es costumbre cuando se va a dar una
conferencia en tales pequeñas poblaciones. De pronto
recordé que la fecha de la conferencia se había retrasa-
do en una semana y que, siendo aquel día el primera-
mente fijado, había hecho un viaje inútil. Después de
maldecir de todo corazón mis «distracciones» pensé en
tomar el primer tren para regresar a mi casa, pero, re-
flexionando, hallé que tenía una gran ocasión para ha-
cer la visita deseada. En el camino, hacia casa de mi
amigo el escritor, caí en que mi deseo de tener tiempo
suficiente para visitarle era sin duda lo que había tra-br> mado toda aquella conspiración, haciéndome olvidar
el aplazamiento de la conferencia. Mi apresuramiento
para alcanzar el tren y el ir cargado con el pesado
maletín lleno de placas, eran cosas que sirvieron para
que tras ellas quedase mejor oculta la intención in-
consciente.No se estará quizá muy propicio a considerar esta
S.
301
PSICOPATOLOGIA
clase de errores que aquí he explicado, como muy nu-
merosos e importantes. Pero he de invitar a los lecto-
res a reflexionar si no se tiene razón para extender es-
tas mismas consideraciones a la concepción de los
más importantes errores de juicio que los
hombres cometen en la vida y en la ciencia. Sólo los
espíritus más selectos y equilibrados parecen poder
preservar la imagen de la realidad exterior por ellos
percibida de la desfiguración que sufre en su tránsito a
través de la individualidad psíquica del perceptor.S.
¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿
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