• S.

    66

    V

    Equivocaciones orales

    El material corriente de nuestra expresión oral en nues
    tra lengua materna parece hallarse protegido del olvido,
    pero, en cambio, sucumbe con extraordinaria frecuencia a
    otra perturbación que conocemos con el nombre de equivo
    caciones orales o «lapsus linguae».

    Estos «lapsus», observados en el hombre normal, dan la
    misma impresión que los primeros síntomas de aquellas «pa
    rafasias» que se manifiestan bajo condiciones patológicas.

    Por excepción, puedo aquí referirme a una obra anterior
    a mis trabajos sobre esta materia. En 1895 publicaron Me
    ringer y C. Mayer un estudio sobre las «Equivocaciones en
    la expresión oral y en la lectura», cuyos puntos de vista se
    apartan mucho de los míos. Uno de los autores de este estu
    dio, el que en él lleva la palabra, es un filólogo, cuyo interés
    por las cuestiones lingüísticas le llevó a investigar las reglas
    que rigen tales equivocaciones, esperando poder deducir de
    estas reglas la existencia de «un determinado mecanismo
    psíquico, en el cual estuvieran asociados y ligados de un
    modo especial, los sonidos de una palabra o de una frase y
    también las palabras entre sí» (pág. 10).

    Los autores de este estudio agrupan en principio los
    ejemplos de «equivocaciones orales» por ellos colecciona
    dos, conforme a un punto de vista puramente descriptivo,
    clasificándolos en intercambios (p. e. la Milo de Ve
    nus, en lugar de la Venus de Milo); anticipaciones
    (p. e. «…sentí un pech…, digo un peso en el pecho); ecos

  • S.

    67

    PSICOPATOLOGÍA

    o posposiciones (p. e. «Tráiganos tres tres–por tres
    tés); contaminaciones (p. e. «Cierra el armave» por
    «Cierra el armario y tráeme la llave») y sustitucio-
    nes (p. e. «El escultor perdió su pincel… digo, su cincel»),
    categorías principales a las cuales añaden algunas otras me-
    nos importantes (o de menor significación para nuestros pro-
    pósitos). En esta clasificación no se hace diferencia entre que
    la transposición, desfiguración, fusión, etc., afecte a sonidos
    aislados de la palabra o a sílabas o palabras enteras de la
    frase.

    Para explicar las diversas clases de equivocaciones ora-
    les observadas, atribuye Meringer un diverso valor psíquico
    a los sonidos fonéticos. Cuando una inervación afecta a la
    primera sílaba de una palabra o a la primera palabra de una
    frase, el proceso estimulante se propaga a los sonidos poste-
    riores o a las palabras siguientes, y en tanto en cuanto estas
    inervaciones sean sincrónicas pueden influirse mutuamente,
    motivando transformaciones unas en otras. La excitación o
    estímulo del sonido de mayor intensidad psíquica, resuena
    anticipadamente o queda como un eco y perturba de este
    modo los procesos de inervación menos importantes. Se tra-
    ta, por lo tanto, de determinar cuáles son los sonidos más
    importantes de una palabra. Meringer dice que, «cuando se
    desea saber qué sonidos de una palabra poseen mayor in-
    tensidad, debe uno observarse a sí mismo en ocasión de
    estar buscando una palabra que ha olvidado, por ejemplo,
    un nombre. Aquella parte de él, que primero acude a la con-
    ciencia, es invariablemente la que poseía mayor intensidad
    antes del olvido» (pág. 106). «Así, pues, los sonidos más
    importantes son el inicial de la sílaba radical o de la misma
    palabra y la vocal o las vocales acentuadas» (pág. 162).

    No puedo por menos de contradecir estas apreciaciones.
    Pertenezca o no el sonido inicial del nombre a los más im-
    portantes elementos de la palabra, lo que no es cierto es
    que sea lo primero que acude a la conciencia en los casos de
    olvido y, por lo tanto, la regla expuesta es inaceptable.
    Cuando se observa uno a sí mismo estando buscando un

  • S.

    68

    nombre olvidado, se advertirá, con relativa frecuencia, que
    se está convencido de que la palabra buscada comienza con
    una determinada letra. Esta convicción resulta luego igual
    número de veces infundada que verdadera, y hasta me atre-
    vo a afirmar que la mayoría de las veces es falsa nuestra hi-
    potética reproducción del sonido inicial. Así sucede en el
    ejemplo que expusimos de olvido del nombre Signore-
    lli. En él se perdieron, en los nombres sustitutivos, el so-
    nido inicial y las sílabas principales, y precisamente el par
    de sílabas menos importantes: elli, es lo que, en el nom-
    bre sustitutivo Botticelli, volvió primero a la concien-
    cia. El caso que va a continuación nos enseña lo poco que
    los nombres sustitutivos respetan el sonido inicial del nom-
    bre olvidado: En una ocasión me fué imposible recordar el
    nombre de la pequeña nación, cuya principal ciudad es
    Monte Carlo. Los nombres que en sustitución se pre-
    sentaron, fueron:

    Piamonte, Albania, Montevideo,
    Cólico.

    En lugar de Albania, apareció en seguida otro nombre:
    Montenegro, y me llamó la atención ver que la sílaba
    Mont (pronunciada Mon) apareciera en todos los nom-
    bres sustitutivos excepto en el último. De este modo me fué
    más fácil hallar el olvidado nombre: Mónaco, tomando
    como punto de partida el de su soberano: el Príncipe Alberto.
    Cólico imita aproximadamente la sucesión de sílabas y el
    ritmo del nombre olvidado.

    Si se acepta la conjetura de que un mecanismo similar al
    señalado en el olvido de nombres intervenga también en los
    fenómenos de equivocaciones orales, se llegará a un juicio
    más fundamentado sobre estos últimos. La perturbación del
    discurso que se manifiesta en forma de equivocación oral,
    puede, en principio, ser causada por la influencia de otros
    componentes del mismo discurso, esto es, por un sonido an-
    ticipado, por un eco o por tener la frase o su contexto un

  • S.

    69

    Psicopatologia

    segundo sentido diferente de aquel en que se desea emplear.
    A esta clase pertenecen los ejemplos de Meringer y Mayer
    antes transcritos. Pero, en segundo lugar, puede también
    producirse dicha perturbación, como en el caso «Signorelli»,
    por influencias exteriores a la palabra, frase o contexto,
    ejercidas por elementos que no se tiene intención de expre-
    sar y de cuyo estímulo sólo por la perturbación producida
    nos damos cuenta.

    La simultaneidad del estímulo constituye la cualidad co-
    mún a las dos clases de equivocación oral, y la situación in-
    terior o exterior del elemento perturbador respecto a la frase
    o contexto, será su cualidad diferenciante. Esta diferencia no
    parece a primera vista tan importante como luego cuando se
    la toma en consideración para relacionarla con determinadas
    conclusiones, deducidas de la sintomatología de las equivo-
    caciones orales. Es, sin embargo, evidente, que sólo en el
    primer caso existe una posibilidad de deducir de los fenóme-
    nos de equivocación oral, conclusiones favorables a la exis-
    tencia de un mecanismo que ligue entre sí sonidos y palabras
    haciendo posible una recíproca influencia sobre su articula-
    ción, esto es, conclusiones como las que el filólogo esperaba
    poder deducir del estudio de las equivocaciones orales. En el
    caso de perturbación ejercida por influencias exteriores a la
    misma frase o al contenido del discurso, se trataría, ante
    todo, de llegar al conocimiento de los elementos perturbado-
    res, y entonces surgiría la cuestión de si también el meca-
    nismo de esta perturbación podía o no sugerir las probables
    reglas de la formación del discurso.

    No se puede afirmar que Meringer y Mayer no hayan
    visto la posibilidad de perturbaciones del discurso motivadas
    por «complicadas influencias psíquicas» o elementos exterio-
    res a la palabra, la frase o el discurso. En efecto, tenían que
    observar, que la teoría del diferente valor psíquico de los so-
    nidos no alcanzaba estrictamente más que para explicar la
    perturbación de los sonidos, las anticipaciones y los ecos. En
    aquellos casos en que la perturbación de las palabras no
    puede ser reducida a la de los sonidos, como sucede en las
     

  • S.

    70

    sustituciones y contaminaciones, han buscado, en efecto, sin
    vacilar, la causa de las equivocaciones orales, fuera del
    contexto del discurso y han demostrado este punto por medio
    de preciosos ejemplos.

    Entre ellos, citaré los que siguen:
    (Pág. 62.) «Ru. relataba en una ocasión, ciertos he-
    chos, que interiormente calificaba de «cochinerías»
    (Schweinercien), pero no queriendo pronunciar esta
    palabra, dijo: – «Entonces se descubrieron determinados he-
    chos…» Mas, al pronunciar la palabra «Vorschein»
    que aparece en esta frase, se equivocó y pronunció «Vor-
    schwein». Mayer y yo nos hallábamos presentes,
    y Ru. nos confesó que al principio había pensado decir
    «Schweinercien». La analogía de ambas palabras
    explica suficientemente el que la pensada se introdujese en
    la pronunciada, revelándose».

    (Pág. 73.) «También en las sustituciones juegan, como
    en las contaminaciones, y probablemente en un grado mucho
    más elevado, un importantísimo papel, las imágenes verbales
    «flotantes». Aunque éstas se hallan fuera de la conciencia,
    están, sin embargo, lo bastante cercanas a ella para poder
    ser atraídas por una analogía del complejo al que la oración
    se refiere, y entonces producen una desviación en la serie de
    palabras del discurso o se cruzan con ella. Las imágenes ver-
    bales «flotantes» son con frecuencia, como antes hemos
    dicho, elementos retrasados de un proceso oral reciente-
    mente terminado (ecos).»

    (Pág. 97.) «La desviación puede producirse así mismo
    por analogía, cuando una palabra semejante a aquella en que
    la equivocación se manifiesta, yace en el umbral de la con-
    ciencia y muy cerca de ésta, sin que el sujeto tenga
    intención de pronunciarla. Esto es lo que su-
    cede en las sustituciones. Confío en que estas reglas por mí
    expuestas, habrán de ser confirmadas por todo aquel que las
    someta a una comprobación práctica, pero es necesario que
    al realizar tal examen, observando una equivocación oral co-
    metida por una tercera persona, se procure llegar a

  • S.

    71

    ver con claridad los pensamientos que
    ocupaban al sujeto. He aquí un ejemplo muy ins-
    tructivo: El señor L., dijo un día ante nosotros: «Esa mujer
    me inspiraría (einjagen) miedo», y en la palabra
    «einjagen» cambió la j en l, pronunciando «einlagen». Tal
    equivocación motivó mi extrañeza, pues me parecía incom-
    prensible aquella sustitución de letras y me permití hacer
    notar a L. que había dicho «einlagen» en vez de «einjagen»,
    a lo cual me respondió en el acto: «Sí, sí; eso ha sido sin
    duda porque estaba pensando: «...no estoy en situa-
    ción (Lage)».

    Otro ejemplo: En una ocasión pregunté a R. v. Scheid,
    por el estado de su caballo, que se hallaba enfermo. R. me
    respondió: «Sí, esto drurará (drauert) quizá todavía un
    mes». La r sobrante de «drurará» me pareció incomprensible,
    dado que la r de «durará» (dauert) no podía haber ac-
    tuado en tal forma, y llamé la atención de v. Scheid sobre su
    «lapsus», respondiéndome aquél, que al oir mi pregunta
    había pensado: «Es una triste (traurig) historia».
    Así, pues, R. había tenido en su pensamiento dos respuestas
    a mi pregunta y las había mezclado al pronunciar una de
    ellas».

    Es innegable que la toma en consideración de las imáge-
    nes verbales «flotantes» que se hallan próximas al umbral de
    la conciencia y no están destinadas a ser pronunciadas y la
    recomendación de procurar enterarse de todo lo que el sujeto
    ha pensado, constituyen algo muy próximo a las cualidades
    de nuestros «análisis». También nosotros partimos por el
    mismo camino, en busca del material inconsciente, pero, en
    cambio, recorremos desde las ocurrencias espontáneas del
    interrogado hasta el descubrimiento del elemento perturba-
    dor, un camino más largo, a través de una compleja serie de
    asociaciones.

    Los ejemplos de Meringer demuestran otra cosa muy in-
    teresante también. Según la opinión del propio autor, es una
    analogía cualquiera de una palabra de la frase que se tiene
    intención de expresar con otra palabra que no se propone

  • S.

    72

    uno pronunciar, lo que permite emerger a esta última por
    la constitución de una deformación, una formación mixta o
    una formación transaccional (contaminación):

    lagen-dauert-Vorschein
    jagen-traurig–…schwein

    En mi obra «La interpretación de los sueños» 1), he ex-
    puesto el papel que desempeña el proceso de con-
    densación (Verdichtungsarbeit) en la forma-
    ción del llamado contenido manifiesto del sueño a expensas
    de las ideas latentes del mismo. Una cualquier semejanza de
    los objetos o de las representaciones verbales entre dos ele-
    mentos del material inconsciente es tomada como causa
    creadora de un tercer elemento, que es una formación com-
    puesta o transaccional. Este elemento representa a ambos
    componentes en el contenido del sueño y a consecuencia de
    tal origen se halla frecuentemente recargado de determinan-
    tes individuales contradictorias. La formación de sustitucio-
    nes y contaminaciones en la equivocación oral es, pues, un
    principio de aquel proceso de condensación que encontramos
    toma parte activísima en la construcción del sueño.

    En un pequeño artículo de vulgarización, publicado en la
    «Neue Freie Presse» en 23 de Agosto de 1900 y titulado
    «Cómo puede uno equivocarse», inició Meringer una inter-
    pretación práctica en extremo de ciertos casos de intercam-
    bio de palabras, especialmente de aquellos en los cuales se
    sustituye una palabra por otra de opuesto sentido. «Recor-
    damos aún, cómo declaró abierta una sesión el Presi-
    dente de la Cámara de Diputados austriaca: «Señores dipu-
    tados–dijo–. Habiéndose verificado el recuento de los
    diputados presentes, se levanta la sesión». La general
    hilaridad le hizo darse cuenta de su error y enmendarlo en
    el acto. La explicación de este caso es que el presidente
    deseaba ver llegado el momento de levantar la sesión,


    1)Véanse los tomos VI y VII de estas «Obras completas».

  • S.

    73

    PSICOPATOLOGIA

    de la que esperaba poco bueno–y cosa que sucede con fre-
    cuencia–la idea accesoria se abrió camino, por lo menos
    parcialmente, y el resultado fué la sustitución de «se abre»
    por se «levanta», esto es, lo contrario de lo que tenía la in-
    tención de decir. Numerosas observaciones me han demos-
    trado que esta sustitución de una palabra por otra de sentido
    opuesto es algo muy corriente. Tales palabras de sentido
    contrario se hallan ya asociadas en nuestra conciencia del
    idioma, yacen inmediatamente vecinas unas de otras y se
    evocan con facilidad erróneamente».

    No en todos los casos de inter-
    cambio de palabras de sen-
    tido contrario resulta tan fácil como en el ejemplo anterior
    hacer admisible la explicación de que el error cometido esté
    motivado por una contradicción surgida en el fuero interno
    del orador, contra la frase expresada. El análisis del ejemplo
    aliquis nos descubre un mecanismo análogo. En dicho
    ejemplo, la interior contradicción se exteriorizó por el olvido
    de una palabra en lugar de por su sustitución por la de sen-
    tido contrario. Mas para compensar esta diferencia, haremos
    constar que la palabra aliquis no es capaz de producir un
    contraste como el existente entre «abrir» y «cerrar o levan-
    tar» una sesión, y además, que «abrir», como parte usual del
    discurso, no puede hallarse sujeto al olvido.

    Habiendo visto en los últimos ejemplos citados de Merin-
    ger y Meyer, que la perturbación del discurso puede surgir
    tanto por una influencia de los sonidos anticipados o retrasa-
    dos o de las palabras de la misma frase destinadas a ser ex-
    presadas, como por el efecto de palabras exteriores a la frase
    que se intenta pronunciar y cuyo estímulo no se
    hubiera sospechado sin la emergencia de
    la perturbación, tócanos ahora averiguar cómo se
    puede separar definidamente una de otra, ambas clases de
    equivocaciones orales, y cómo puede distinguirse un ejem-
    plo de una de ellas, de un caso de la otra. En este punto de
    la discusión, hay que recordar las afirmaciones de Wundt, el
    cual, en su reciente obra sobre las leyes que rigen el des-
    arrollo del lenguaje (Voelkerpsychologie. Tomo I, parte pri-
    mera.


  • S.

    74

    mera, págs. 371 y siguientes, 1900), trata también de los fe-
    nómenos de la equivocación oral. Opina Wundt, que en estos
    fenómenos y otros análogos, no faltan jamás determinadas
    influencias psíquicas. «A ellas pertenece ante todo, como
    una determinante positiva, la corriente no inhibida de las
    asociaciones de sonidos y de palabras,
    estimulada por los sonidos pronunciados. Al lado de esta co-
    rriente, aparece, como factor negativo, la desaparición o el
    relajamiento de las influencias de la voluntad que deben in-
    hibir dicha corriente, y de la atención, que también actúa
    aquí como una función de la voluntad. El que dicho juego de
    la asociación se manifieste en que un sonido se anticipe o re-
    produzca los anteriormente pronunciados, en que un sonido
    familiar se intercale entre otros o, por último, en que pala-
    bras totalmente distintas a las que se hallan en relación aso-
    ciativa con los sonidos pronunciados, actúen sobre éstos;
    todo ello, no indica más que diferencias en la dirección y a
    lo más en el campo de acción de las asociaciones que se es-
    tablecen, pero no en la naturaleza general de las mismas.
    También en algunos casos puede ser dudoso el decidir qué
    forma se ha de atribuir a una determinada perturbación, o si
    no sería más justo referirla, conforme al principio
    de la complicación de las causas, a la con-
    currencia de varios motivos». (Págs. 380 y 381.)

    Considero absolutamente justificadas y en extremo ins-
    tructivas estas observaciones de Wundt. Quizá se pudiera
    acentuar con mayor firmeza el hecho de que el factor positi-
    vo favorecedor de las equivocaciones orales–la corriente no
    inhibida de las asociaciones–y el negativo–el relajamiento
    de la atención inhibitoria–ejercen regularmente una acción
    sincrónica, de manera que ambos factores resultan no ser
    sino diferentes determinantes del mismo proceso. Con el re-
    lajamiento o, más precisamente, por el relajamiento de la
    atención inhibitoria, entra en actividad la corriente no inhibi-
    da de las asociaciones.

    Entre los ejemplos de equivocaciones orales reunidos por
    mí mismo, apenas encuentro uno en el que la perturbación

  • S.

    75

    del discurso puede atribuirse sola y únicamente a lo que
    Wundt llama «efecto de contacto de los sonidos». Casi siem-
    pre, descubro, además, una influencia perturbadora proce-
    dente de algo exterior a aquello que se tiene intención
    de expresar, y este elemento perturbador es, o un pensa-
    miento inconsciente aislado, que se manifiesta por medio de
    la equivocación y no puede muchas veces ser atraído a la
    conciencia más que por medio de un penetrante análisis, o
    un motivo psíquico general, que se dirige contra todo el dis-
    curso.

    Ejemplo a): Viendo el gesto de desagrado que ponía mi
    hija al morder una manzana agria, quise, bromeando, decirla
    la siguiente aleluya:

    El mono pone cara ridícula
    al comer, de manzana, una partícula.

    Pero comencé diciendo: El man... Esto parece ser una
    contaminación de «mono» y «manzana» (forma-
    ción transaccional) y puede interpretarse también
    como una anticipación de la palabra «manzana», preparada
    ya para ser pronunciada. Sin embargo, la verdadera interpre-
    tación es la siguiente: Antes de equivocarme, había recitado
    ya una vez la aleluya, sin incurrir en error ninguno, y cuan-
    do me equivoqué, fué al verme obligado a repetirla, por
    estar mi hija distraída y no haberme oído la primera vez.
    Esta repetición, unida a mi impaciencia por desembarazarme
    de la frase, debe ser incluída en la motivación del error, el
    cual se presenta como resultante de un proceso de conden-
    sación.

    b) Mi hija dijo un día: «Estoy escribiendo a la señora
    de Schresinger...» El apellido verdadero era Schle-
    singer. Esta equivocación se debió, probablemente, a una
    tendencia a facilitar la articulación, pues después de varias r,
    es difícil pronunciar la l «Ich schreibe der Frau
    Schlesinger»). Debo añadir, además, que esta equivocación
    de mi hija tuvo efecto pocos minutos después de la mía entre

  • S.

    – 76 –

    «mono» y «manzana» y que las equivocaciones orales son en
    alto grado contagiosas, a semejanza del olvido de nombres,
    en el cual han observado Meringer y Mayer este carácter. No
    conozco la razón de tal contagiosidad psíquica.

    c) Una paciente, al comienzo de la sesión de tratamien-
    to y al querer decir que las molestias que experimentaba la
    hacían «doblarse como una navaja de bolsillo»
    (Taschenmesser) cambió las consonantes de esta
    palabra y dijo: «Tassenmescher», equivocación
    explicable por la dificultad de articulación de tal palabra. Ha-
    biéndola llamado la atención sobre su error, replicó pronta-
    mente: –«Sí; eso me ha sucedido porque antes ha dicho
    usted también «Ernscht» en vez de «Ernst». En
    efecto, al recibirla, había yo dicho: «Hoy ya va la cosa en
    «serio» (Ernst)–pues era aquélla la última sesión del trata-
    miento–y, bromeando, había aprovechado el doble sentido
    de la palabra Ernst (serio y Ernesto) para decir Ernscht
    (apelativo familiar de Ernesto), en vez de Ernst (serio).
    En el transcurso de la sesión, siguió equivocándose la pa-
    ciente repetidas veces, haciéndome por fin observar que no
    se limitaba a imitarme, sino que tenía además una razón par-
    ticular en su inconsciente para continuar considerando la pa-
    labra Ernst, no como el adjetivo «serio», sino como
    nombre propio (Ernesto) (1).

    d) La misma paciente, queriendo decir en otra ocasión:
    «Estoy tan constipada que no puedo aspirar (atmen)
    por la nariz (Nase)», dijo: «Estoy
    que no puedo naspirar (natmen) por la ariz
    (Ase)» y en el acto se dió cuenta de la causa de su equi-
     


    1)Hallábase, en efecto, como más tarde se demostró, bajo la in-
    fluencia de un pensamiento inconsciente sobre el embarazo y la manera
    de evitarlo. Con las palabras «doblada como una navaja de bolsillo»
    que expresó conscientemente como un lamento, quería describir la po-
    sición del niño en el claustro materno. La palabra «Ernst» pronunciada
    por mí, había evocado en ella el nombre de S. Ernst, conocido comercio
    vienés, situado en la Kaertnerstrasse, que suele anunciarse como lugar
    en el que pueden adquirirse medios preventivos de la concepción.

  • S.

    77

    vocación, explicán-
    dola en la siguiente forma: «Todos los
    días tomo el tranvía en la calle Hasenauer. Esta ma-
    ñana, mientras lo estaba esperando, se me ocurrió pensar
    que si yo fuese francesa diría Asenauer; pues los fran-
    ceses no pronuncian la h aspirándola, como lo hacemos nos-
    otros». Después de esto, habló de varios franceses que había
    conocido, y al cabo de amplios rodeos y divagaciones, recor-
    dándo que teniendo catorce años, había representado en una
    piececilla titulada «El valaco y la picarda», el papel de esta
    última, habiendo tenido que hablar entonces el alemán como
    una francesa. La casualidad de haberse alojado por aquellos
    días en la casa de viajeros en que ella habitaba, un hués-
    ped
    procedente de París, había despertado en ella toda esta serie
    de recuerdos. El intercambio de sonidos (Naseatmen
    –Asenatmen), es, pues, consecuencia de una per-
    turbación producida por un pensamiento inconsciente, perte-
    neciente a un contenido ajeno en absoluto al de la frase ex-
    presada.

    e) Análogo mecanismo se observa en la equivo-
    cación
    de otra paciente, cuya facultad de recordar desapareció-
    de
    pronto a la mitad de la reproducción de un recuerdo infantil,
    que volvía a emerger en la memoria después de haber per-
    manecido olvidado durante mucho tiempo. Lo que su memo-
    ria se negaba a comunicar era en qué parte de su cuerpo la
    había tocado la indiscreta y desvergon-
    zada mano de cierto
    sujeto. Inmediatamente después de haber sufrido este olvi-
    do, visitó la paciente a una amiga suya y habló con ella de
    sus respectivas residencias veraniegas. Preguntada por el
    lugar en que se hallaba situada la casita que poseía en M.,
    dijo que en las nalgas de la montaña (Berglende)
    en vez de en la vertiente de la misma (Berglehne).

    f) Otra paciente, a la que después de la sesión de tra-
    tamiento, pregunté por un tío suyo, me respondió: «No lo
    sé. Ahora no le veo más que in flagranti». Al si-
    guiente día, en cuanto entró, me dijo: «Estoy avergon-
    zada
    de mi tonta respuesta de ayer. Ha debido usted de pensar
    que soy una de esas personas ignorantes que usan siempre

  • S.

    78

    equivocadamente las locuciones extranjeras. Lo que quise
    decirle es que ahora ya no veía a mi tío más que enpas
    sant». Por el momento no sabíamos de dónde podía ha-
    ber tomado la paciente las palabras extranjeras equivocada-
    mente empleadas, mas en la misma sesión, continuando el
    tema de la anterior, apareció una reminiscencia en la que ju-
    gaba el papel principal el hecho de haber sido sorprendida
    in flagranti. Así, pues, la equivocación del día ante-
    rior había anticipado este recuerdo, entonces todavía
    inconsciente.

    g) Estando sometiendo a un análisis a otra paciente, la
    expresé mi sospecha de que en la época de su vida de que
    entonces tratábamos, se hallase ella avergonzada de su fa-
    milia y hubiese hecho a su padre un reproche sobre algo que
    hasta aquel momento nos era aún desconocido. La paciente
    no recordaba nada de ello y, además, dijo que mi suposición
    le parecía improbable. Mas luego continuó la conversación,
    haciendo varias observaciones sobre su familia, y al decir:
    «Lo que hay que concederles es que no son personas vulga-
    res. Todos ellos tienen inteligencia. (Geist)»,
    se equivocó y dijo: «Todos ellos tienen avaricia
    (Geiz)». Este era el reproche que por represión había
    ella expulsado de su memoria. Es un fenómeno muy frecuen-
    te el de de que en la equivocación se abra paso precisamente
    aquella idea que se quiere retener (compárese con el caso de
    Meringer: «Vorschein–Vorschwein»). La diferencia entre
    ambos está tan sólo en que en el caso de Meringer, el sujeto
    quiere inhibir una cosa de la que posee perfecta conciencia,
    mientras que mi paciente no sabía lo que inhibía ni siquiera
    cosa.

    h) El siguiente ejemplo de equivocación se refiere tam-
    bién, como el de Meringer, a un caso de inhibición intencio-
    nada. Durante una excursión por los Dolomitas, encontré a
    dos señoras que vestían trajes de turismo. Fuí acompañán-
    dolas un trozo de camino y conversamos de los placeres y
    molestias de las excursiones a pie. Una de las señoras con-
    cedió que este sport tenía su lado incómodo. «Es cierto

  • S.

    79

    –dijo-
    que no resulta nada agradable sentir sobre el
    cuerpo, después de haber estado andando el día entero, la
    blusa y la camisa empapadas en sudor». En medio de esta
    frase tuvo una pequeña vacilación que venció en el acto.
    Luego continuó, y quiso decir: «Pero cuando se llega a
    casa (nach Hause) y puede uno cambiarse de
    ropa…»; mas en vez de la palabra Hause (casa), se equi-
    vocó y pronunció la palabra Hose (pantalones).

    Opino que no hace falta examen ninguno para explicar
    esta equivocación. La señora había tenido claramente el pro-
    pósito de hacer una más completa enumeración de las pren-
    das interiores, diciendo: «blusa, camisa y pantalones», y por
    razones de conveniencia social, había retenido el último
    nombre. Pero en la frase de contenido independiente que a
    continuación pronunció, se abrió paso, contra su voluntad, la
    palabra inhibida (Hose), surgiendo en forma de desfi-
    guración de la palabra Hause (casa).

    i) «Si quiere usted comprar algún tapiz, vaya a casa de
    Kaufmann (apellido alemán, que significa además comer-
    ciante), en la calle de Mateo»–me dijo un día una se-
    ñora. Yo repetí: «A casa de Mateo… digo, de Kauf-
    mann». Esta equivocación de repetir un nombre en lugar
    de otro, parecía ser simplemente motivada por una distrac-
    ción mía. En efecto, las palabras de la señora me habían
    distraído, pues habían dirigido mi atención hacia cosas más
    importantes que los tapices de que me hablaba. En la calle
    de Mateo se halla la casa donde mi mujer vivía de soltera.
    La entrada de esta casa daba a otra calle, y en aquel mo-
    mento me di cuenta de que había olvidado el nombre de esta
    última, siéndome preciso dar un rodeo mental para llegar a
    recordarlo. El nombre Mateo, que fijó mi atención, era,
    pues, un nombre sustitutivo del olvidado nombre de la calle,
    siendo más apto para ello que el nombre Kaufmann,
    por ser exclusivamente un nombre propio, cosa que no su-
    cede a este último, y llevar la calle olvidada también un
    nombre propio: Radetzky.

    k) El caso siguiente podría incluirse así mismo entre los


  • S.

    80

    «errores», de los que trataré más adelante, pero lo expongo
    ahora por aparecer en él con especial claridad, la relación de
    sonidos que motiva la equivocación.

    Una paciente me relató un sueño que había tenido y que
    era el siguiente: Un niño había decidido matarse, dejándose
    morder por una serpiente y, en efecto, llevaba a cabo su
    propósito. La paciente lo vio en su sueño, retorcerse con
    vulsionado bajo los efectos del veneno, etc. Hice que busca-
    se el enlace que su sueño pudiera tener con sus impresiones
    de la vigilia, y en el acto, recordó que la tarde anterior había
    asistido a una conferencia de vulgarización sobre el modo de
    prestar los primeros auxilios a las personas mordidas por
    reptiles venenosos. En ella, oyó que cuando han sido mordi-
    dos al mismo tiempo un adulto y un niño, se debe atender
    primero a este último. Recordaba también las prescripciones
    aconsejadas para el tratamiento de estos casos, por el confe-
    renciante, el cual había insistido sobre la importancia de sa-
    ber, ante todo, por qué clase de serpiente había sido atacado
    el herido. Al llegar aquí, interrumpí a mi paciente, y la pre-
    gunté: «¿Y no dijo el conferenciante que en nuestro país hay
    muy pocas serpientes venenosas, ni tampoco cuáles de las
    que de esta clase hay, son las más temibles?» «Sí—respon-
    dió— habló de la serpiente de cascabel (Klap-
    perschlange)». Mi risa la hizo darse cuenta de que
    había dicho algo equivocado, pero no rectificó el nombre de
    la serpiente, sustituyéndolo por otro, sino que se limitó a re-
    tirarlo, diciendo: «Es verdad, la serpiente de cascabel no
    existe en nuestro país, y de lo que el conferenciante habló
    fué de las víboras. No sé cómo he podido referirme a ese
    reptil». Yo supuse que la aparición de la serpiente de casca-
    bel en la respuesta de mi paciente había obedecido a la in-
    tervención de los pensamientos que se hallaban ocultos de-
    trás de su sueño. El suicidio por mordedura de una serpiente
    no puede apenas ser otra cosa que una alusión a la bella
    Cleopatra (Kleopatra). La amplia analogía de los so-
    nidos de ambas palabras, la común posesión de las letras
    K1... p... r en igual orden de sucesión y la acentuación en

  • S.

    81

    ambas de la letra a, deben tenerse muy en cuenta. La favo-
    rable relación existente entre los nombres «serpiente
    de cascabel» (Klapperschlange) y «Cleopa-
    tra» (Kleopatra), motivó en la paciente una momen-
    tánea inhibición del juicio, a consecuencia de la cual, y a
    pesar de saber tan bien como yo que la serpiente de casca-
    bel no pertenecía a la fauna de nuestro país, no halló nada
    extraña su afirmación de que el conferenciante había expues-
    to a un público vienés el tratamiento de las mordeduras de
    dicho reptil. No queremos, en cambio, reprocharla que admi-
    tiese con igual ligereza su existencia en Egipto, pues esta-
    mos acostumbrados a confundir en un solo montón todo lo
    exótico, y yo mismo tuve que pararme a meditar un momen-
    to, antes de sentar la afirmación de que la serpiente de cas-
    cabel pertenece únicamente a la fauna del Nuevo Mundo.

    En la continuación del análisis, fueron apareciendo diver-
    sas confirmaciones de mi hipótesis. La paciente había fijado
    por vez primera su atención, la tarde anterior al sueño rela-
    tado, en el grupo escultórico de Strasser, que representa a
    Antonio y Cleopatra, situado en las proximidades de su casa.
    Esto había sido, pues, el segundo motivo del sueño (el pri-
    mero fue la conferencia sobre las mordeduras de las serpien-
    tes). En la continuación del mismo se vió meciendo a un niño
    en sus brazos, escena a la cual asoció después la figura de
    la Margarita goethiana. Posteriores ideas espontáneas
    que surgieron en el análisis, fueron reminiscencias referen-
    tes a «Arria y Mesalina». La aparición de tantos
    nombres de obras teatrales en los pensamientos del sueño
    hace sospechar que en la sujeto existió en años anteriores,
    una viva afición, secretamente mantenida, a la profesión de
    actriz. El principio del sueño: «Un niño había decidido suici-
    darse, dejándose morder por una serpiente», puede traducir-
    se en estas palabras: «La sujeto se había propuesto en su
    infancia, llegar a ser una actriz famosa.» Del nombre Me-
    salina, parte, por fin, el camino mental que conduce al
    contenido esencial de este sueño. Determinados sucesos re-
    cientes habían despertado en mi paciente la preocupación de

  • S.

    82

    que su único hermano llegase a contraer un matrimonio des
    igual, una mésalliance, con una mujer de raza distin
    ta, una no aria.

    1) He aquí un ejemplo por completo inocente, o que lo
    creemos así, por no haber sido aclarados totalmente sus mo
    tivos. En él se transparenta con gran claridad, el mecanismo
    interior.

    Un alemán que viajaba por Italia, tuvo necesidad de com
    prar una correa, para sujetar su baúl, que se le había estro
    peado. En el diccionario encontró la palabra italiana co
    reggia, como correspondiente a la alemana Riemen
    (correa). «No me será difícil recordar esta palabra-
    dijo–. Bastará con que piense en el nombre del pintor Co
    rreggio». Después de esto, se dirigió a una tienda, y
    pidió una ribera.

    Se ve, pues, que el sujeto no había conseguido sustituir
    en su memoria la palabra alemana por la italiana equivalente,
    pero que su esfuerzo no había sido totalmente vano. Sabía
    que tenía que apoyarse en el nombre de un pintor y obrando
    de este modo, tropezó, no con aquel cuyo sonido semejaba a
    la palabra italiana, sino con otro de sonido aproximado a la
    palabra alemana Riemen (correa). Este ejemplo po
    dría colocarse entre los olvidos de nombres lo mismo que
    aquí, entre las equivocaciones.

    Cuando me dedicaba a coleccionar casos de equivocacio-
    nes orales, para la primera edición de este libro, era yo solo
    a efectuar esta tarea y, para reunir material suficiente, some
    tía al análisis todos los casos que me era dado observar, aun
    aquellos de escasa importancia. Mas de entonces acá se han
    dedicado varias otras personas a la divertida labor de colec
    cionar y analizar equivocaciones, permitiéndome hacer una
    selección de casos y ejemplos, extrayendo los más significa
    tivos del rico material acumulado.

    m) Un joven dijo a su hermana: «He roto toda relación
    con D. Ahora ya ni siquiera la saludo». La hermana quiso
    responderle: «Haces bien. Es una familia poco reco
    mendable (Sippschaft)»; pero cambió la letra

  • S.

    83

    PSICOPATOLOGIA

    inicial de la palabra Sippschaft y dijo Lippschaft. En esta
    equivocación, acumuló dos cosas: que su hermano comenzó
    tiempo atrás un galanteo con una muchacha de dicha familia
    y que de esta muchacha se dice que poco tiempo antes se
    había comprometido gravemente, entregándose a un amor
    (Liebschaft) prohibido.

    n) Un joven abordó a una muchacha en la calle, con las
    palabras: «Si usted me lo permite, señorita, desearía acom-
    pañarla (begleiten)», pero en vez de este verbo
    begleiten (acompañar) formó un nuevo (be-
    gleitdigen) compuesto del primero y beleidigen
    (ofender). Se ve claramente que pensaba en el placer
    de acompañarla, pero que temía ofenderla con
    la proposición. El que estos dos sentimientos encontrados
    llegasen a ser expresados en una palabra —en la equivoca-
    ción— indica que las verdaderas intenciones del joven no eran
    precisamente las más puras, ya que a él mismo le parecían
    poder ofender a la señorita. Pero su inconsciente le jugó una
    mala pasada, delatando sus verdaderos propósitos, con lo
    cual obtuvo, como es natural, la respuesta obligada en estos
    casos: «¡Qué se ha figurado usted de mí! ¡Cómo puede
    ofenderme de ese modo!» (Comunicado por O. Rank).

    o) Varios de los ejemplos que van a continuación están
    tomados por mí de un artículo de W. Stekel, titulado «Confe-
    siones inconscientes», publicado en el «Berliner Tageblatt»,
    de 4 de Enero de 1904.

    «El caso que sigue me reveló una parte, para mí poco
    grata, de mis pensamientos inconscientes. Antes de exponer-
    lo, quiero hacer constar que en mi profesión de médico, no
    pienso nunca, como es justo, en las ganancias que mis pa-
    cientes puedan proporcionarme, sino tan sólo en su propio
    interés. Sin embargo, una vez me sucedió lo siguiente: Me
    hallaba en casa de un enfermo, convaleciente ya de una
    grave dolencia. Durante el período de máxima gravedad,
    ambos, médico y enfermo, habíamos pasado días y noches
    muy penosos. Iniciada la convalecencia me sentía muy con-
    tento de verle en vías de franca curación y le hablé de los

  • S.

    84

    placeres de una estancia en Abazia que había de reponerle
    por completo «si, como yo esperaba, no le era posible aban-
    donar pronto el lecho».—Seguramente este «no» había sur-
    gido de un motivo egoísta de mi inconsciente: el de poder
    continuar visitando un cliente adinerado, deseo completa-
    mente extraño a mi conciencia y que si hubiera apuntado en
    ella, hubiera yo rechazado con indignación.

    p) Otro ejemplo, de W. Stekel: Mi mujer tomó una ins-
    titutriz francesa para por las tardes. Después de ponerse de
    acuerdo con nosotros sobre las condiciones, reclamó sus
    certificados, que nos había entregado, y justificó su petición,
    diciendo:—«Je cherche encore pour les après-midis, pardon,
    pour les avant-midis». Claramente se veía la intención de
    buscar otra casa en la que quizá fuese admitida en mejores
    condiciones, intención que llevó a cabo».

    q) A petición de su marido, tuve un día que reprender
    enérgicamente a una señora, hallándose aquél escuchando
    detrás de una puerta para observar el efecto producido por
    la reprimenda. Esta causó, realmente, una gran impresión en
    la señora. Al despedirme de ella, lo hice con las palabras:
    «Beso a usted la mano, caballero», con lo cual, si la intere-
    sada hubiera sido persona experimentada en estas cuestio-
    nes, hubiese podido descubrir que mi despedida se dirigía en
    realidad a aquél por encargo del cual la había yo sermoneado.

    r) El doctor Stekel nos refiere de sí mismo, que tenien-
    do una vez en tratamiento a dos pacientes, procedentes de
    Trieste, confundía siempre entre sí sus respectivos nombres,
    y al saludarlos, decía: «Buenos días, señor Peloni» al que se
    llamaba Askoli y «Buenos días, señor Askoli», a Peloni. Al
    principio se inclinó a no atribuir ninguna profunda motivación
    a este cambio y a explicarlo sencillamente por las varias coin-
    cidencias existentes entre ambos sujetos, pero más tarde le
    fué fácil convencerse de que tan continuada equivocación
    obedecía al vanidoso deseo de hacer saber de aquel modo a
    sus dos clientes italianos, que no era ninguno de ellos el
    único habitante de Trieste que había hecho el viaje hasta Vie-
    na para acudir a su consulta.

  • S.

    85

    s) El mismo doctor Stekel cuenta que en una tormen-
    tosa junta general, queriendo decir: –Pasamos (wir
    schreiten) ahora al punto cuarto de la orden del día
    –dijo–: Peleamos (wir streiten), etc.

    t) Un profesor, en su discurso de toma de posesión de
    una cátedra, dijo: «No estoy inclinado (Ich bin nicht
    geneigt) a hacer el elogio de mi estimado predecesor»,
    queriendo decir: «No soy el llamado (Ich bin nicht
    geeignet)».

    u) El doctor Stekel dijo a una señora a la que suponía
    atacada de la enfermedad de Basedow: «Le lleva usted el
    bocio (Kropf) a su hermana»–queriendo decir: «Le
    lleva usted la cabeza (Kopf)».

    v) A veces, la equivocación descubre algo característi-
    co del que la sufre. Una casada joven, que ordenaba y man-
    daba en su casa como jefe supremo, me relataba un día, que
    su marido había ido a consultar al médico sobre el régimen
    alimenticio más conveniente para su salud, opinando el doc-
    tor, que no necesitaba seguir ningún régimen especial.–
    «Así, pues–continuó la mujer–puede comer y beber lo que
    yo quiera».

    Los dos ejemplos siguientes, publicados por Th. Reik, en
    la «Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, III, 1915»,
    proceden de situaciones en las que se producen con gran fa-
    cilidad las equivocaciones, pues en ellas se inhibe mucho más
    de lo que se expresa.

    w) Un caballero hablaba con una joven señora, cuyo ma-
    rido había fallecido poco tiempo antes. Después de darla el
    pésame, añadió: «Encontrará usted un consuelo dedi-
    cándose (widmen) ahora por completo a sus hijos».
    Pero, abrigando un pensamiento reprimido, referente a otro
    distinto consuelo existente para su interlocutora, esto es, que
    siendo una joven y bella viuda (Witwe), no tardaría
    en gozar de nuevas alegrías sexuales, confundió los sonidos
    de las palabras widmen (dedicar) y Witwe (viuda) y dijo
    widwen en su frase de consuelo.

    x) El mismo señor, conversando una noche en una re-

  • S.

    86

    unión, con la misma joven viuda, sobre los grandes prepara-
    tivos que a la sazón se hacían en Berlín para la celebración
    de las fiestas de Pascua, preguntó a su interlocutora: «¿Ha
    visto usted hoy el escaparate de Wertheim? Está muy bien
    descotado». No habiendo podido expresar en alta voz
    su admiración ante el descote de la bella señora, su pen-
    samiento retenido se había abierto paso aprovechando la se-
    mejanza de las palabras «descotado» y «decorado», y trans-
    formando la decoración del escaparate de una tienda en un
    descote. La palabra escaparate fué también empleada
    en la frase con un inconsciente doble sentido.

    Igual motivo se descubre en una observación de Hans
    Sachs, minuciosamente explicada y analizada por él mismo.

    y) Una señora me hablaba de un conocido de ambos y
    dijo que la última vez que le había visto había observado que
    iba, como siempre, elegantísimamente vestido y llevaba unos
    preciosísimos zapatos (Halbschuhe) negros. Yo le pregunté
    que dónde le había encontrado, y ella respondió: «Llamó
    a la puerta de mi casa y le vi por las rendijas de la persiana,
    pero ni le abrí ni di señales de vida, pues no quería que se
    enterase de mi regreso a la ciudad.» Al oir esto, pensé que
    me ocultaba probablemente que no le había abierto porque no
    estaba sola en la casa, y además porque su toilette no era en
    aquellos momentos, la más apropiada para recibir visitas.
    Con estos pensamientos, la pregunté algo irónicamente: «¿De
    manera que a través de la persiana le fué a usted posible ad-
    mirar las zapatillas (Hausschuhe), digo los za-
    patos (Halbschuhe), de nuestro amigo?» En la pa-
    labra «zapatillas» (Hausschuhe), había surgi-
    do el inhibido pensamiento de que la señora se hallaba en
    traje de casa (Hauskleid.) Por otro lado, la partícula
    Halb (medio) de Halbschuhe (zapatos), po-
    seía una tendencia a desaparecer, por constituir el elemento
    principal de la frase que, de no haber sido reprimida, hubiera
    expresado mi pensamiento, o sea: «No me dice usted más
    que media verdad, pues me oculta que en aquel momen-
    to se hallaba usted a medio vestir». Mi equivocación fué

  • S.

    87

    también facilitada por el hecho de haber estado hablando in-
    mediatamente antes, de la vida matrimonial del amigo de re-
    ferencia y de su «felicidad doméstica», lo cual contribuyó a
    determinar el desplazamiento sobre su persona. Por último,
    debo confesar que quizá interviniera también mi envidia en
    el hecho de hacer andar en zapatillas por la calle al elegante
    caballero, pues yo había comprado hacía poco, unos zapatos
    negros, que no podían, bajo ningún concepto, ser calificados
    de «preciosísimos».

    Tiempos de guerra como los actuales hacen surgir una
    gran cantidad de equivocaciones fácilmente explicables y
    comprensibles.

    a) «¿En qué arma sirve su hijo?»—preguntaron a una
    señora. «En los asesinos del 42»—respondió. (Mör-
    tern—morteros—; Mördern—asesinos.)

    β) El teniente Henrik Haiman escribe desde el campo
    de batalla 1): Estando leyendo un libro de apasionante inte-
    rés, tuve que abandonar la lectura para sustituir por un mo-
    mento al encargado del teléfono de campaña. Al efectuar la
    prueba de la línea telefónica de una batería, contesté dicien-
    do: —«Línea corriente. Silencio»—, en lugar de las palabras
    reglamentarias: —«Línea corriente. Final»—. Mi equivoca-
    ción se explica por el enfado que me produjo el verme arran-
    cado de la lectura.

    γ) Un sargento recomendó a sus hombres que dieran
    con precisión sus señas a sus casas respectivas, para que
    no se extraviaran los paquetes (Gepäckstücke)
    que de ellas les mandaran, pero pensando en deseadas vitua-
    llas, mezcló con la palabra paquetes (Gepäck-
    stücke) la palabra tocino (Speck), mezcla que
    produjo «Gespeckstücke», que fué la palabra que pro-
    nunció en su recomendación a los soldados.

    δ) El ejemplo que a continuación va, ejemplo de extra-
    ordinaria belleza y muy importante por su triste significa-
    ción, me ha sido comunicado por el doctor L. Czeszer, que


    1)Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, IV, 1916-17.

  • S.

    88

    observó el caso en su estancia, durante la guerra, en la neu-
    tral Suiza y lo ha analizado sin dejar vacío alguno. Doy aquí
    su comunicación casi completa, sin más modificación que al-
    gunos cortes que no afectan a nada esencial.
    «Me voy a permitir comunicarle un caso de «equivoca-
    ción oral» sufrida por el profesor M. N. en la ciudad de O.,
    durante una de las conferencias que compusieron su curso
    de verano sobre la psicología de los sentimientos. Debo an-
    ticiparle, que estas conferencias se celebraban en un aula de
    la Universidad, ante un público compuesto en su mayoría, de
    estudiantes de la Suiza francesa, partidarios decididos de la
    Entente, y en el que abundaban también los prisioneros de
    guerra franceses internados en Suiza. En la ciudad de O. se
    emplea ahora siempre, como en Francia, la palabra bo-
    che, para designar a los alemanes. Claro es que en los ac-
    tos públicos, conferencias, etc., los altos empleados, los pro-
    fesores y demás personas responsables se esfuerzan en evi-
    tar, por razón de la neutralidad de su país, el pronunciar la
    ominosa palabra.

    El profesor N. trataba a la sazón, de la significación
    práctica de los afectos, y en una de sus conferencias pensa-
    ba citar un ejemplo de intencionada explotación de un afecto,
    encaminada a convertir en un placer la ejecución de un tra-
    bajo muscular interesante por sí mismo y hacerlo con ello
    más intenso. A este efecto, relató, en francés, naturalmente,
    una historia, reproducida de un periódico pangermanista por
    los de la localidad y en la que se relataba cómo un maestro
    de escuela alemán, que hacía trabajar a sus alumnos en un
    jardín, les invitó, para hacer más intenso su trabajo, a repre-
    sentarse que en cada terrón que machacasen en su labor
    deshacían el cráneo de un francés. Naturalmente, el profe-
    sor N., cada vez que en su relato tropezaba con la palabra
    «alemán», decía con toda corrección, «allemand» y no «bo-
    che». Pero al llegar al final de la historia, reprodujo las pala-
    bras del maestro en la siguiente forma: –¡Imaginez vous
    qu’en chaque moche vous écrasez le crâne d’un fran-
    çais!»– Así, pues, en vez de motte dijo moche.

  • S.

    89

    ¿No se ve aquí perfectamente cómo el correcto hombre
    de ciencia toma desde el principio de su narración todas las
    precauciones para resistir el impulso de la costumbre o quizá
    de una tentación y no dejar escapar desde la altura de una
    cátedra universitaria, una palabra de uso expresamente pro-
    hibido por decreto de la Confederación? Mas en el preciso
    momento en que ha pronunciado por última vez con toda fe-
    licidad y corrección las palabras «instituteur allemand» y
    avanza con un interior suspiro de alivio hacia el ya inmedia-
    to final de su historia, el vocablo temido y tan trabajosamen-
    te evitado se engancha a su similicadamente motte y la des-
    gracia sucede irreparablemente. El temor de cometer una
    falta de tacto político y quizá un reprimido capricho o deseo
    de usar, a pesar de todo, la palabra habitual y esperada por
    su auditorio, así como el enfado del republicano y democrá-
    tico profesor ante toda coacción ejercida contra la libre ex-
    presión de sus opiniones, se interpusieron ante su intención
    principal de relatar correctamente el ejemplo. El orador co-
    noce esta tendencia interferencial y no se puede admitir que
    no haya pensado en ella momentos antes de sufrir su equi-
    vocación.

    Esta no fué advertida por el profesor N. o, por lo menos,
    no fué corregida por él, cosa que en la mayoría de los casos,
    se suele hacer automáticamente. En cambio, el auditorio,
    compuesto en su mayor parte de franceses, acogió con ver-
    dadera satisfacción el «lapsus», el cual hizo el efecto de un
    chiste intencionado. Por mi parte, seguí este suceso, inocen-
    te en apariencia, con apasionado interés, pues aunque, por
    razones fácilmente comprensibles, tenía que renunciar a ha-
    cer al profesor N. las preguntas que el método psicoanalítico
    prescribe, para aclarar la equivocación, ésta constituía para
    mí una prueba palpable de la verdad de la teoría freudiana
    de la determinación de los actos fallidos (Fehlhandlun-
    gen) y de las profundas analogías y conexiones entre la
    equivocación y el chiste».

    ε) Bajo las perturbadoras impresiones de la época de
    guerra, surgió también el siguiente caso de equivocación que

  • S.

    90

    nos comunica un oficial austriaco al regresar de su cautiverio
    èn Italia:

    «Durante algunos de los meses que estuve prisionero en
    Italia, nos hallábamos alojados doscientos oficiales en una
    estrecha villa. En este tiempo, murió de la grippe uno de
    nuestros compañeros. La impresión que este suceso nos pro-
    dujo fué, como es natural, muy profunda, por las condiciones
    en que estábamos, dado que la falta de asistencia médica y
    el desamparo en que se nos tenía hacían más que probable el
    desarrollo de la epidemia. El cadáver de nuestro compañero
    había sido colocado, en espera de recibir sepultura, en los
    sótanos de la casa. Por la noche, dando un paseo alrededor
    de nuestra villa con un amigo mío, coincidimos ambos en
    el deseo de ver el cadáver. Siendo yo el que primero entró
    en el sótano, me hallé ante un espectáculo que me sobreco-
    gió, pues no esperaba encontrar el ataúd tan inmediato a la
    entrada, ni ver de repente, tan cercano a mí, el rostro del di-
    funto, cuya inmovilidad parecía alterada por los cambiantes
    reflejos que las llamas de los cirios arrojaban sobre él al ser
    movidas por el aire. Todavía bajo la impresión de aquel cua-
    dro, continuamos nuestro paseo. Al llegar a un sitio desde el
    cual se ofrecía a nuestros ojos el parque entero nadando en
    luz de luna, la pradera surcada por los blancos rayos, y al
    fondo un ligero manto de niebla, comuniqué a mi compañero
    mi impresión de ver danzar una teoría de elfos bajo la línea
    de pinos que cerraba el horizonte.

    A la tarde siguiente, enterramos a nuestro camarada. El
    camino desde nuestra prisión hasta el cementerio de una lo-
    calidad vecina fué para nosotros amargo y humillante. Una
    multitud de muchachos, mujeres y ancianos del pueblo, apro-
    vechó la ocasión para desahogar ruidosamente sus senti-
    mientos de curiosidad y de odio hacia sus enemigos prisio-
    neros. La sensación de no poder permanecer libre de insultos
    ni aun en nuestra inerme situación, y el asco ante aquella
    grosería, me dominaron hasta la noche, llenándome de amar-
    gura. A la misma hora de la noche anterior, y acompañado
    por el mismo camarada, comencé a pasear por el enarenado

  • S.

    – 91 –

    camino que daba vuelta a nuestro alojamiento. Al pasar fren-
    te a la puerta del sótano donde estuvo depositado el cadá-
    ver, acudió a mi memoria el recuerdo de la impresión que a
    su vista hubo de sobrecogerme. Cuando, luego, llegamos al
    lugar desde el cual se descubría el parque entero, nuevamen-
    te iluminado por la luna, me detuve y dije a mi acompañante:
    «Podíamos sentarnos aquí en la tumba (Grab)–digo
    en la hierba (Gras)–y enterrar (sinken)–
    (por entonar–singen)–una serenata». Al sufrir la
    segunda equivocación se fijó mi atención en lo ocurrido, pues
    la primera la había rectificado sin haberme dado cuenta de su
    significación. Mas entonces medité sobre ambas y las uní del
    siguiente modo: «enterrar–en la tumba». Rápidamente se
    me presentaron las siguientes imágenes: los elfos bailando y
    flotando en el resplandor lunar, el compañero amortajado, la
    impresión que me causó su vista y determinadas escenas del
    entierro. Al mismo tiempo, recordé la sensación de repugnan-
    cia sentida durante el perturbado duelo, así como ciertas con-
    versaciones sobre la epidemia y los temores expresados por
    varios oficiales. Más tarde recordé también que aquel día era
    el aniversario de la muerte de mi padre, cosa que me extra-
    ñó, dada mi pésima memoria para las fechas.

    Sucesivas meditaciones me hicieron darme cuenta de las
    coincidencias que presentaban las condiciones exteriores de
    ambas noches: igual luz de luna, igual hora, igual lugar y la
    misma persona a mi lado. Recordé el disgusto que había ex-
    perimentado al conocer el peligro de un desarrollo de la epi-
    demia gripal y, al mismo tiempo, también mi decisión interior
    de no dejarme dominar por el temor. Entonces me di cuenta
    del significado de la equivocación. «Podríamos enterrar
    (nos) en la tumba», y llegué al convencimiento de que
    la primera rectificación del error tumba–hierba, verificada por
    mí sin darme cuenta de su sentido, había tenido como conse-
    cuencia el segundo error de enterrar por entonar,
    encaminado a asegurar al complejo reprimido una efectividad
    final.

    Añadiré que en aquella época padecía yo de sueños ate-
    nidos.

  • S.

    92

    rradores, en los cuales vi repetidas veces a una muy próxima
    parienta mía, enferma en su lecho y, una vez, muerta. Inme-
    diatamente antes de ser hecho prisionero había recibido la
    noticia de que en la región en que dicha persona se hallaba,
    había estallado con gran fuerza la epidemia gripal, y la había
    expresado mis temores. Desde entonces, cesé de saber de
    ella. Meses después, recibí la noticia de que dos semanas
    antes del suceso anteriormente descrito, había sido víctima
    de la epidemia.

    2) El siguiente ejemplo de equivocación oral arroja viví-
    sima luz sobre uno de los dolorosos conflictos que se presen-
    tan a los médicos. Un individuo presuntamente atacado de
    una mortal dolencia, cuyo diagnóstico no se había fijado to-
    davía con absoluta seguridad, acudió a Viena para tratar de
    resolver allí su problema y pidió a un antiguo amigo suyo,
    médico muy conocido, que se encargase de asistirle, cosa
    que éste aceptó no sin alguna resistencia. El enfermo debía
    ingresar en una casa de salud y el médico propuso a este fin
    el Sanatorio «Hera».—«Pero ese Sanatorio no es más que
    para una especialidad (para partos)»—repuso el enfermo—.
    «Nada de eso—replicó vivamente el médico—; en el Sanato-
    rio «Hera» puede matarse (umbringen)—digo
    alojarse (unterbringen)—a cualquier paciente».
    Al darse cuenta de lo que había dicho, luchó el médico vio-
    lentamente contra la significación de su «lapsus».—«¿Supon-
    go—dijo—que no creerás que tengo impulsos hostiles contra
    ti?»— Pero un cuarto de hora después confesó a la enferme-
    ra que había tomado a su cargo el cuidado del paciente y que
    le acompañaba hasta la puerta del establecimiento:—«No he
    encontrado nada y no creo aún que tenga esa enfermedad.
    Pero si la tuviera, le daría una buena dosis de morfina y todo
    habría terminado». Resulta que su amigo le había puesto la
    condición de que acortara sus sufrimientos con un medica-
    mento cualquiera en cuanto se viera que su enfermedad era
    irremediable. Así, pues, el médico había realmente aceptado
    la misión de matar (umbringen) a su amigo.

    7) No quisiera prescindir del siguiente caso, altamente

  • S.

    93

    PSICOPATOLOGIA

    instructivo, a pesar de haber sucedido hace ya unos veinte
    años.

    «Hablando una señora, en una reunión, de un tema que
    por el apasionamiento de sus palabras se advertía que des-
    pertaba en ella intensas emociones secretas, dijo lo siguien-
    te:—«Sí; una mujer necesita ser bella para gustar a los hom-
    bres. El hombre tiene menos dificultad para gustar a las
    mujeres. Basta con que tenga sus cinco miembros bien
    derechos». Este ejemplo nos permite penetrar en el íntimo
    mecanismo de un «lapsus» oral producido por condensa-
    ción o contaminación. Podemos admitir que nos
    hallamos ante la fusión de dos frases de análogo sentido:

    «Basta con que tenga sus cuatro miembros bien derechos.»
    «Basta con que tenga sus cinco sentidos bien cabales.»

    O también que el elemento «derechos» (gerade)
    fuera común a dos intenciones de expresión que hubieran
    sido las siguientes:

    «Basta con que tenga sus miembros bien derechos (gerade).»
    «Por lo demás, podrá dejar que todos los cincos sean pares (gera-
    de) 1).»

    Puede, por lo tanto, admitirse que ambas formas de
    expresión, la de los cinco sentidos y la de «dejar que todos
    los cincos sean pares», han cooperado a introducir primero
    un número y después el misterioso cinco en lugar del senci-
    llo cuatro en la frase de «los miembros bien derechos». Esta
    fusión no se hubiera verificado seguramente si la frase re-
    sultante de la equivocación no hubiera tenido un sentido
    propio, el de una cínica verdad que no podía ser descarada-
    mente reconocida por una señora.—Por último, no queremos
    dejar de hacer observar que las palabras de la sujeto, según


    1)N. DEL T.—«Dejar que todos los cincos sean pares», es una lo-
    cución familiar alemana, que viene a significar «salirle a uno una cosa
    por una friolera».—La palabra «gerade» tiene la doble significación de
    «derecho» y «par».

  • S.

    94

    su sentido literal, podían ser igualmente un excelente chiste
    que una divertida equivocación. Esto depende tan sólo de
    que fueran o no pronunciadas intencionadamente. La con-
    ducta de la sujeto hacía imposible en este caso la intención
    y, por lo tanto, el chiste.

    La afinidad entre una equivocación oral y un chiste pue-
    de llegar a ser tan grande, que la persona misma que la su-
    fre, ría de ella como si de un chiste se tratase. Este es el
    caso que se presenta en el siguiente ejemplo, comunicado
    por O. Rank. (Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse,
    I, 1913).

    o) Un joven recién casado, cuya mujer, deseosa de no
    perder su aspecto juvenil, se resistía a concederle con dema-
    siada frecuencia el comercio sexual, me contó la siguiente
    historia, que había divertido extraordinariamente al matrimo-
    nio: –Después de una noche en la que él había quebrantado
    de nuevo la abstinencia deseada por su mujer, se puso por
    la mañana a afeitarse en la alcoba común y –como ya lo ha-
    bía hecho otras veces por razones de comodidad– usó, para
    empolvarse la cara, una borla de polvos que su mujer tenía
    encima de la mesa de noche. La esposa, muy cuidadosa de
    su cutis, le había dicho varias veces que no usara dicha bor-
    la, y, enfadada por la nueva desobediencia, exclamó desde
    el lecho en que aún se hallaba reposando: –¡Ya estás otra
    vez echándome polvos con tu borla!– La risa de su
    marido la hizo darse cuenta de su equivocación –había que-
    rido decir: –¡Ya estás otra vez echándote polvos con
    mi borla!– y sus carcajadas acompañaron a las del marido.
    («Empolvar o echar polvos» es una expresión conocida por
    todo vienés como equivalente a «realizar el coito», y la borla
    constituye indudablemente, en este caso, un símbolo fálico).

    El parentesco entre el chiste y la equivocación oral se
    manifiesta también en el lecho de que la equivocación no es
    a veces más que una contracción.

    x) Añadiré otro caso cuya interpretación requiere esca-
    sa ciencia:

    «Un profesor de anatomía se ocupaba en cátedra, de la

  • S.

    95

    PSICOPATOLOGIA

    explicación de la cavidad nasal, que, como es sabido, es uno
    de los temas más difíciles de la esplanología. Habiendo pre-
    guntado a su auditorio si había comprendido sus explicacio-
    nes, recibió una general respuesta afirmativa a la que el
    profesor, del cual se sabía que tenía un alto concepto de sí
    mismo, repuso: —«No me es fácil creer que me hayan enten-
    dido todos, pues las personas que conocen estas cuestiones
    referentes a la cavidad nasal pueden, aun en una ciudad de
    más de un millón de habitantes, como Viena, contarse con un
    dedo–
    perdón–
    con los dedos de una mano».
    1) El mismo catedrático dijo otra vez: —Por lo que res-
    pecta a los órganos genitales femeninos, no se ha podido, a
    pesar de muchas tentaciones (Versuchungen)
    –
    perdón–
    tentativas (Versuche)…
    μ) Al Dr. Alf. Robitsek, de Viena, debo el relato de dos
    casos de equivocación oral observados y publicados por un
    antiguo escritor francés y que transcribiré aquí sin tradu-
    cirlos:

    «Brantôme (1527-
    1614).–
    Vie des Dames galantes. –
    Dis-
    cours second: «Si ay-
    je cognue une très belle et honneste
    dame de par le monde, qui, devisant avec un
    tilhomme de la cour des affaires de la guerre durant ces civi-
    les, elle luy dit: „J’ay ouy dire que le roi a faict rompre tous
    les c… de ce pays là“. Elle vouloit dire les ponts. Pen-
    sez que, venant de coucher d’avec son mary, ou songeant à
    son amant, elle avoit encor ce nom frais en la bouche, et le
    gentilhomme s’en eschauffa en amours d’elle pour ce mot.»

    «Une autre dame que j’ai cognue, entretenant une autre
    grand dame plus qu’elle, et luy louant et exaltant ses beau-
    tez, elle luy dit après, —«Non, madame, ce que je vous en
    dis, ce n’est pas pour vous adulterer; voulant dire
    adulater, comme elle le rhabilla ainsi pensez qu’elle
    songeoit à adulterer.»

    En el método psicoterápico que empleo para la solución y
    remoción de los síntomas neuróticos, se encuentra uno con
    frecuencia ante la labor de descubrir, extrayéndolo de discur-
    sos y ocurrencias en apariencia casuales, de los pacientes,

  • S.

    96

    PROF. S. FREUD

    un contenido psíquico que, aunque se esfuerza en ocultarse,
    no puede dejar de traicionarse a sí mismo, revelándose invo-
    luntariamente de muchas maneras diferentes. En estos casos,
    las equivocaciones suelen prestar los más valiosos servicios,
    cosa que podríamos demostrar por medio de convincentes
    y singulares ejemplos. En determinadas ocasiones, los pa-
    cientes confunden a los miembros de su familia y, queriendo
    referirse a una tía suya, dicen «mi madre», o designan a su
    marido como su «hermano». De este modo, me descubren que
    «identifican» a estas personas una con otra, esto es, que las
    han colocado en una única categoría sentimental. He aquí
    otro caso: Un joven de veinte años se presentó a mí en mi
    consulta, con las palabras: «Soy el padre de N. N., a
    quien usted ha asistido–perdón–quería decir el herma-
    no; él es cuatro años mayor que yo». Esta equivocación me
    dió a entender que el joven había querido decir que tanto él
    como su hermano estaban enfermos por la culpa de su padre
    y que acudía a mí, como su hermano, con el deseo de curar-
    se, pero que, en realidad, era el padre el que más necesitaba
    ser sometido a un tratamiento. Otras veces es suficiente una
    disposición poco usual de las palabras o una expresión for-
    zada para descubrir la participación de un pensamiento repri-
    mido en el discurso del paciente, diferentemente motivado.
    Tanto en aquellas perturbaciones del discurso que pre-
    sentan una burda trama, como en aquellas otras más sutiles
    pero que pueden también sumarse a las «equivocaciones
    orales», encuentro que no es la influencia del contacto de los
    sonidos, sino la de los pensamientos exteriores a la oración que
    se tiene propósito de pronunciar, lo que determina el origen
    de la equivocación oral y basta para explicar las faltas orales
    cometidas. Las leyes según las cuales actúan los sonidos en-
    tre sí, transformándose unos a otros, me parecen ciertas, pero
    no en cambio lo suficientemente eficaces para perturbar por
    sí solas la correcta emisión del discurso. En los casos que he
    estudiado e investigado más detenidamente, no representan
    estas leyes más que un mecanismo preexistente, del cual se
    sirve un motivo psíquico más remoto que no forma parte de

  • S.

    97

    la esfera de influencia de tales relaciones de sonidos. En
    un gran número de sustituciones apare-
    cidas en equivocaciones orales, no se si-
    guen para nada tales leyes fonéticas. En
    este punto, me hallo de completo acuerdo con Wundt, que
    afirma igualmente, que las condicionantes de la equivocación
    oral son muy complejas y van más allá de los efectos de con-
    tacto de los sonidos.

    Dando por seguras estas «remotas influencias psíquicas»,
    según la expresión de Wundt, no veo tampoco inconveniente
    alguno en admitir que en el discurso emitido rápidamente
    y con la atención desviada de él hasta cierto punto, pueden
    quedar limitadas las causas de la equivocación a las leyes ex-
    puestas por Meringer y Mayer. Pero lo más probable es que
    muchos de los ejemplos coleccionados por estos autores po-
    sean una más complicada solución.

    En otros casos de equivocaciones orales, puede aceptarse
    que la similicadencia con palabras obscenas o la alusión a un
    sentido de este género constituyen por sí solas el elemento
    perturbador. El intencionado retorcimiento o desfiguración de
    palabras y frases a que tan aficionados son determinados in-
    dividuos ordinarios, no responde sino al deseo de aludir a lo
    prohibido con un motivo por completo inocente, y este juego
    es tan frecuente, que no sería nada extraño que apareciera
    también no intencionadamente contra la voluntad del sujeto.

    Espero que mis lectores apreciarán la diferencia de valor
    existente entre las interpretaciones de Meringer y Mayer, no
    demostradas con nada, y los ejemplos coleccionados por mí
    mismo y explicados por medio del análisis. Precisamente es
    una observación del mismo Meringer, muy digna de tenerse
    en cuenta, lo que mantiene viva mi esperanza de demostrar
    que también los casos aparentemente simples de equivocación
    pueden ser explicados por la existencia de una perturbación
    causada por una idea semi-reprimida exterior al contex-
    to que se tiene intención de expresar. Dice Meringer, que es
    curioso el hecho de que a nadie le guste reconocer que ha co-
    metido una equivocación oral. Existen muchos individuos in-

  • S.

    98

    teligentes y sinceros que se sienten ofendidos cuando se les
    dice que han cometido un «lapsus». Por mi parte, no me
    arriesgaría a afirmar esto con la generalidad que lo hace Me-
    ringer al emplear la palabra «nadie». Sin embargo, la huella
    de emoción que se manifiesta en el sujeto al serle demostra-
    do su «lapsus», emoción que es de la naturaleza de la ver-
    güenza, tiene su significación y puede colocarse al lado del
    enfado que experimentamos al no recordar un nombre olvida-
    do, o de nuestra admiración ante la tenacidad de un recuerdo
    aparentemente indiferente, e indica siempre la participación
    de un motivo en la formación de la perturbación.

    La desfiguración de los nombres propios equivale siempre
    a un insulto cuando se hace intencionadamente, y podría te-
    ner igual significado en toda aquella serie de casos en que
    aparece como «lapsus» involuntario. Aquella persona que,
    según la comunicación de Mayer, dijo una vez «F r e u-
    d e r» en vez de F r e u d por tener intención de pronun-
    ciar poco después el nombre «Breuer» (pág. 38), y habló otra
    vez del método de F r e u e r-
    B r e u d (pág. 28), era un colega de facultad
    y ciertamente no un entusiasta de dicho método. Más ade-
    lante, al ocuparme de las equivocaciones gráficas, comunica-
    ré un caso de desfiguración de un nombre, que no puede ex-
    plicarse de otra manera (1).


    (1)Puede observarse también, que las personas de la aristocracia
    suelen desfigurar con particular frecuencia los nombres de los médicos
    a los que han consultado, de lo cual se deduce que interiormente no
    los estiman en mucho, a pesar de la cortesía que muestran en su trato
    con ellos. Quiero citar aquí algunas acertadas observaciones sobre el
    olvido de nombres, tomándolas de la obra inglesa sobre este tema, es-
    crita por el profesor E. J o n e s, residente en Toronto, en la época en que
    la publicó. (The Psychopathology of Everyday Life. American J. of Psy-
    chology, Oct. 1911):

    «Pocas son las personas que pueden reprimir un movimiento de en-
    fado al notar que otras han olvidado su nombre, sobre todo cuando es-
    peraban que éstas lo hubiesen retenido en su memoria. En estos casos,
    acostumbran a decirse, sin reflexionar, que estas personas no hubiesen
    sufrido tal flaqueza de memoria si se hubiese dejado en ellas una más vi-

  • S.

    99

    En estos casos, interviene como elemento perturbador
    una crítica que no debe tenerse en cuenta, por no correspon-
    der, en el momento, a la intención del orador.

    Inversamente, la sustitución de un nombre por otro, la
    adopción de un nombre que no es el propio o la identificación
    llevada a cabo por equivocación de nombres, tienen que sig-
    nificar una apreciación o reconocimiento que momentánea-
    mente y por determinadas razones, debe permanecer en se-
    gundo término. S. Ferenczi relata una experiencia de este
    género, que procede de sus años escolares.

    «En mis primeros años de colegio, tuve que recitar una
    vez, ante mis condiscípulos, una poesía. Habiéndola prepa-

    gorosa impresión, pues el nombre es un elemento esencial de la perso-
    nalidad. Por otro lado, es extraordinariamente halagador ver que una alta
    personalidad recuerda nuestro nombre. Napoleón, maestro en el arte
    de manejar a los hombres, dió durante la desdichada campaña de 1814,
    una asombrosa prueba de su memoria en esta cuestión. Hallándose en
    una ciudad próxima a Graonne, recordó que veinte años antes había
    hecho conocimiento con el que en aquellos días desempeñaba el puesto
    de alcalde de dicha ciudad, un individuo llamado De Bussy. Consecuen-
    cia de esto fue que De Bussy, encantado de que el Emperador le recor-
    dase al cabo de veinte años, se entregó en cuerpo y alma a su servicio.
    Inversamente, el medio más seguro de afrentar a una persona es fingir
    no recordar su nombre, pues con ello manifestamos que nos es por com-
    pleto indiferente. Esta cuestión ha sido también muy explotada en la
    literatura. En la obra de Turgeneff titulada «Humo», aparece el pasaje
    siguiente: «¿Sigue usted encontrando que Baden es un sitio divertido,
    señor… Litvinov?—Ratmirov acostumbraba a pronunciar el nombre de
    Litvinov vacilando un poco, como si tuviese que hacer un esfuerzo
    para recordarlo. Con esto, así como con la orgullosa manera que tenía
    de quitarse el sombrero al saludarle, se proponía herir a Litvinov en su
    vanidad». En otra de sus obras, «Padres e Hijos», escribe el mismo
    autor: «El gobernador invitó a Kísanov y Balarov al baile y repitió su
    invitación pocos minutos después, considerándolos como hermanos y
    llamándolos a ambos Kísarov». En este caso, el olvido de haberlos in-
    vitado ya anteriormente, el error en el nombre y la incapacidad de con-
    siderar por separado a cada uno de los dos jóvenes, constituyen un
    cúmulo de alfilerazos irritantes. La desfiguración de los nombres tiene
    la misma significación que el olvido de los mismos, es un primer paso
    hacia este último.»

  • S.

    100

    rado y estudiado a conciencia, me quedé muy sorprendido al
    ver que apenas había comenzado a recitar, estallaba en la cla-
    se una general carcajada. El profesor me explicó después este
    singular recibimiento. Había dicho yo el título de la poesía
    «Desde la lejanía» con toda corrección; mas después, en vez
    del nombre de su autor, había pronunciado el mío propio. El
    poeta se llamaba Alejandro (Sandor) Petoefi, y el llevar yo
    el mismo nombre de pila, favoreció sin duda el intercambio,
    mas la verdadera causa de éste fué, seguramente, mi secreto
    deseo de identificarme en aquellos momentos con el héroe
    poeta. Conscientemente también, sentía yo entonces por Pe-
    toefi un amor y un respeto, rayanos en la adoración. Como
    es natural, todo mi complejo de ambición se ocultaba detrás
    de esta función fallida».

    Una parecida identificación por medio de un cambio de
    nombres, me fué comunicada por un joven médico que tímida
    y reverentemente se presentó al famoso Wirchow con
    las palabras: «Soy el doctor Wirchow». El renombrado
    profesor se volvió lleno de asombro hacia a él y le preguntó:
    «¿Ah; se llama usted también Wirchow?» No sé cómo
    justificaría el ambicioso joven su equivocación, ni si imagina-
    ría la cortés excusa de decir que se sentía tan pequeño ante
    el grande hombre, que hasta su propio nombre había olvida-
    do, o tendría el valor de confesar que esperaba llegar a ser un
    día tan grande como Wirchow y que, por lo tanto, el se-
    ñor Consejero aúlico, debía tratarle con toda consideración.
    Desde luego, uno de estos dos pensamientos o quizás ambos
    a la vez, tuvieron que causar el embarazo del joven al hacer
    su presentación.

    Por razones altamente personales debo dejar indeciso si
    una parecida interpretación puede ser o no aplicable al si-
    guiente caso. En el Congreso Internacional de Amsterdam,
    en 1907, fué mi teoría de la histeria objeto de una viva discu-
    sión. Uno de mis más enérgicos contradictores cometió, al
    pronunciar su impugnación de mis teorías, repetidas equivo-
    caciones orales consistentes en ponerse en mi lugar y hablar
    en mi nombre. Decía, por ejemplo, «Breuer y yo hemos de-
     

  • S.

    101

    mostrado, como todos saben…» cuando lo que se proponía
    decir era: «Breuer y Freud han, etc.» El nombre de este
    adversario de mis teorías no presenta la más mínima seme-
    janza ni similicadencia con el mío. Tanto este ejemplo como
    muchos otros casos de intercambio de nombres, aparecidos
    en equivocaciones orales, nos indican que la equivocación
    puede prescindir por completo, de aquellas facilidades que la
    ofrece la similicadencia y realizarse apoyada tan sólo por
    ocultas relaciones de contenido.

    En otros casos más significativos, es una auto-crítica, una
    contradicción que en nuestro fuero interno se eleva contra
    nuestras propias manifestaciones, la que causa la equivoca-
    ción, llegando hasta forzarnos a sustituir lo que nos propone-
    mos expresar, por algo contrario a ello. Entonces se observa
    con asombro cómo la forma de emitir una afirmación subraya
    el propósito de la misma y cómo el «lapsus» revela la inte-
    rior insinceridad. La equivocación se convierte aquí en un me-
    dio de expresión y, con frecuencia, en la expresión misma
    de lo que no quería uno decir. Con ella nos traicionamos a
    nosotros mismos. Así, un individuo que en sus relaciones con
    la mujer no gustaba del llamado «comercio normal», exclamó,
    hablando de una muchacha a la que se reprochaba su co-
    quetería: «Conmigo se le quitaría pronto esa costumbre
    de coquetear». Aquí no cabe duda de que sólo a la in-
    fluencia de la palabra coito es a lo que se puede atribuir
    la modificación introducida en la palabra coquetear,
    que es la que el individuo tenía intención de pronunciar. Lo
    mismo sucede en este otro caso: «Un tío nuestro–nos relató
    un matrimonio–estaba hace algunos meses muy ofendido
    con nosotros porque no le visitábamos nunca. Por fin, el
    ofrecerle nuestra nueva casa, nos dió motivo para ir a verlo
    después de mucho tiempo. En apariencia, se alegró mucho
    de vernos, pero al despedirnos nos dijo con gran afabilidad:
    «Espero que en adelante os veré más raramente que
    hasta ahora».

    Los casuales caprichos del material oral, hacen surgir, a
    veces, equivocaciones que tienen, en unos casos, todo el


  • S.

    102

    abrumador efecto de una indiscreta revelación, y en otros, el
    completamente cómico de un chiste.

    Así sucede en el ejemplo siguiente, comunicado y obser-
    vado por el doctor Reitler:

    «Una señora quiso alabar el sombrero de otra y la pregun-
    tó en tono admirativo: «—¿Y ha sido usted misma quien ha
    adornado ese sombrero?—» Mas al pronunciar la palabra
    adornado—aufgeputzt—, cambió la u de la última sí-
    laba en a, formando un verbo que por su analogía con la pa-
    labra Patzerei (facha), revelaba la crítica ejercida en el in-
    terior de la señora, sobre el sombrero de su amiga. Claro es
    que la azorante y clara equivocación no podía ya ser rectifi-
    cada, por muchas alabanzas que a continuación se pronun-
    ciasen.

    Menos comprometedora, pero también inequívoca, es la
    crítica expresada en el «lapsus» siguiente:

    Una señora visitaba a una conocida suya, y la inagotable
    y poco interesante charla de esta última, la causó pronto fa-
    tiga e impaciencia por marcharse. Por fin, consiguió interrum-
    pirla y despedirse, pero al llegar a la antesala, su amiga, que
    la acompañaba, la detuvo con un nuevo torrente de palabras,
    y estando ya dispuesta a salir, tuvo que permanecer de pie
    ante la puerta, escuchándola. Por fin, la interrumpió, dicien-
    do: «—¿Recibe usted en la antesala? (Vorzimmer)»,
    y se dió en seguida cuenta de su equivocación al ver la cara
    de asombro de su interlocutora. Lo que había querido decir,
    cansada por la larga permanencia de pie en la antesala y para
    intentar cortar la charla de su amiga, era: «¿Recibe usted por
    las mañanas? (Vormittag)», pero la equivocación
    reveló su impaciencia.

    El siguiente es un caso de auto-referencia presenciado
    por el doctor Max Graef.

    «En una Junta general de la Sociedad de Periodistas
    «Concordia», pronunció un joven socio, que sufría de cons-
    tantes apuros económicos, un violento discurso de oposición,
    y en su arrebato, interpeló a los miembros de la Co-
    misión de Gobierno interior de la Sociedad

  • S.

    103

    (Ausschussmitglieder), con el nombre de miem-
    bros de adelantos (Vorschussmitglieder).

    En efecto, los miembros de la Comisión de Gobierno interior
    tenían a su cargo el conceder o no los préstamos solicita-
    dos por los socios, y el joven orador acababa de hacer una
    petición en tal sentido.»

    En el ejemplo «Vorschwein», hemos visto que la
    equivocación se produce con facilidad cuando el sujeto pro-
    cura reprimir alguna palabra insultante, constituyendo el error
    una especie de desahogo.

    «Un fotógrafo que se había propuesto rehuir todo apelati-
    vo zoológico en su trato con sus torpes ayudantes, quiso de-
    cir un día a un aprendiz que había derramado por el suelo la
    mitad del líquido contenido en una cubeta al querer transva-
    sarlo a otro recipiente: «Pero hombre, ¿por qué no has saca-
    do (abschöpfen), antes un poco de líquido con cualquier
    cosa?» Pero cambió la f por una s, resultando la palabra
    Schöpsen, que recuerda la palabra Schöps (carnero
    –bobo), apelativo que el fotógrafo evitó pronunciar, pero
    que surgió en el «lapsus». Otra vez, viendo a una ayudanta
    poner imprudentemente en peligro una docena de valiosas
    placas, comenzó a dirigirla una larga y airada reprimenda, en
    la que quiso decir: «¿Es que está usted mala de la ca-
    beza? (hirnverbrannt)». Mas al pronunciar esta
    palabra, cambió la i primera en una o, resultando horn-
    verbrannt (mala de los cuernos)».

    El ejemplo que va a continuación, constituye un serio caso
    de confesión involuntaria llevada a cabo por medio de un
    «lapsus linguae». Algunos detalles de interés que en él apa-
    recen, justifican que se transcriba aquí íntegra la comunica-
    ción que de él publicó A. A. Brill en la «Zentralblatt für
    Psychoanalyse, II-I» 1):

    «Paseaba yo una noche con el doctor Frink, hablando de
    cuestiones referentes a la Sociedad psicoanalítica de Nueva
    York, cuando encontramos a un colega, el doctor R., al cual

    1)Atribuida erróneamente en la revista, a E. Jones.

  • S.

    no había yo visto hacía años, y de cuya vida privada no co
    nocía nada. Ambos nos alegramos de volvernos a ver y, a
    propuesta mía, entramos en un café, en el que permanecimos
    dos horas conversando animadamente. El doctor R., parecía
    conocer mis asuntos particulares mejor que yo los suyos, pues
    tras los saludos de costumbre, me preguntó por la salud de
    mi hijo, declarándome que de tiempo en tiempo tenía noticias
    mías por conducto de un amigo de ambos y que se interesaba
    mucho por mi actividad profesional, habiendo leído mis pu-
    blicaciones en las revistas de medicina. A mi vez, le pregun-
    té si se había casado, contestando él negativamente, y aña-
    diendo: «Para qué habría de casarse un hombre como yo».

    Al abandonar el café, se dirigió a mí de repente y me
    dijo: «Quisiera saber lo que haría usted en el caso siguiente:
    Conozco a una enfermera que ha sido declarada cómplice
    en un proceso de divorcio. La esposa ofendida entabló éste
    contra su marido, acusándole de adulterio con la susodicha
    enfermera, y el divorcio se falló a favor de él1).» (1).
    Al llegar aquí le interrumpí, diciendo: «Querrá usted decir a
    favor de ella, de la esposa». R. rectificó en seguida:
    Claro es; se falló a favor de ella –y siguió su relato, con
    tando que el escándalo producido había impresionado de tal
    manera que había comenzado a darse a la bebida
    y contraído un grave desarreglo nervioso. Al final de su relato
    me pidió consejo sobre el tratamiento a que debía someterla.

    Al rectificar su equivocación le rogué me la explicara,
    pero como sucede habitualmente en estos casos, recibí la
    asombrada respuesta de que el error había sido por completo
    casual, que no había motivo para suponer que se ocultase
    algo detrás de él y que, en fin de cuentas, todo el mundo
    tenía derecho a equivocarse. A esto, repliqué que todas las
    equivocaciones orales tienen siempre un fundamento y que
    si no me hubiera dicho poco antes, que era soltero, hubiese

    1)«Según nuestras leyes, no se admite el divorcio más que cuan-
    do queda probado que uno de los cónyuges ha cometido adulterio, y
    entonces, los derechos que el divorcio ocasiona, no se conceden más
    que al cónyuge ofendido.»


    104

  • S.

    105

    estado tentado de considerarle como el prota-
    ceso relatado, porque, siendo así, quedaría explicada su
    equivocación por su deseo de no haber sido él sino su mujer
    quien hubiera perdido el pleito, con lo cual hubiese él queda-
    do libre de tenerla que pasar alimentos y con el derecho de
    volverse a casarse en Nueva York. El doctor rechazó obsti-
    nadamente mi sospecha, fortificándola al mismo tiempo por
    una exagerada reacción emocional y señales inequívocas de
    gran excitación, seguidas de ruidosas risotadas. A mi invita-
    ción a decir la verdad en interés de la ciencia, contestó di-
    ciendo: «Si no quiere usted que le mienta, debe seguir cre-
    yendo en mi soltería y, por lo tanto, en que su interpretación
    psicoanalítica es falsa en absoluto». Luego añadió que el
    trato con un hombre como yo, que se fijaba en tales peque-
    ñeces, era en extremo peligroso y, recordando de repente
    que tenía que acudir a una cita, se despidió de nosotros.

    Sin embargo, tanto el doctor Frink como yo estábamos
    convencidos de la exactitud de mi interpretación del «lapsus»
    y, por mi parte, decidí comenzar a informarme para obtener
    una prueba favorable o adversa. Días después, visité a un
    vecino mío, antiguo amigo del doctor R–, el cual confirmó mi
    hipótesis en todos sus puntos. El pleito se había sentenciado
    unas semanas antes, y la enfermera había sido declarada
    cómplice del adulterio.–El doctor R. está ahora firmemente
    convencido de la exactitud de los mecanismos freudianos.

    En el siguiente caso, comunicado por O. Rank, aparece
    también como indudable el hecho de traicionar la equivoca-
    ción los sentimientos íntimos del sujeto que la sufre:

    «Un individuo carente en absoluto de sentimientos pa-
    trióticos y que deseaba educar a sus hijos en esta misma
    ausencia de ideales, en su opinión superfluos, reprochaba a
    aquéllos el haber tomado parte en una manifestación patrióti-
    ca, y achacaba su conducta en este caso, al ejemplo de un
    tío de los muchachos: «Precisamente es a vuestro tío al que
    no debéis imitar–les dijo–. Es un idiota». La cara de
    asombro de sus hijos, no acostumbrados a oir a su padre
    tratar al tío de aquel modo, le hizo darse cuenta de su equi-
    vocación.»

  • S.

    106

    vocación y disculparse rectificando: «Como supondréis, no
    quería decir, idiota sino patriota».

    Como una involuntaria confesión, en la que el sujeto se
    traiciona a sí propio, es interpretada por aquella persona
    misma a la que se dirige la frase en la que aparece el error,
    la equivocación siguiente, comunicada por J. Staercke (l. c.),
    el cual añade a su relato una observación acertada, pero que
    va más allá de los límites en que debe mantenerse la inter-
    pretación:

    «Una dentista había convenido con su hermana que la re-
    conocería un día para ver si existía o no contacto entre
    dos de sus muelas, esto es, si las paredes laterales de dichas
    muelas estaban o no suficientemente juntas para no permitir
    que quedasen entre ellas partículas de comida. Pasado algún
    tiempo, la hermana se quejaba de que la hiciera esperar tan-
    to para llevar a cabo el reconocimiento prometido, y dijo
    bromeando: «Ahora está curando con todo interés a una co-
    lega suya. En cambio yo, su hermana, tengo que esperar
    días y días».–Por fin cumplió la dentista su promesa, y al
    reconocer a su hermana, halló, en efecto, una carie en una
    de las muelas y dijo: «No creí que hubiera carie; sólo pensa-
    ba que no tendrías contante... digo contacto entre
    las dos muelas»–. «¿Lo ves?–exclamó riendo la hermana–.
    ¿Ves cómo es por avaricia por lo que me has hecho esperar
    mucho más tiempo que a las pacientes que te pagan?»

    «No debo–añade Staercke–agregar mis propias obser-
    vaciones a las de la hermana de la dentista, ni sacar de ellas
    conclusión alguna; pero al serme conocido este «lapsus» no
    pude por menos de pensar que las dos amables e inteligen-
    tes mujeres permanecen aún solteras y, además, tratan poco
    con jóvenes del sexo contrario, y me pregunté a mí mismo
    si no tendrían más contacto con éstos teniendo más
    «contante».

    Igual valor de confesión involuntaria tiene la siguiente
    equivocación comunicada por Th. Reik (l. c.):

    «Una muchacha iba a ponerse en relaciones con un indi-
    viduo por motivos de conveniencia familiar. Para aproximar

  • S.

    107

    PSICOPATOLOGIA

    a ambos jóvenes, sus respectivos padres organizaron una
    reunión a la que asistieron los futuros novios. La joven supo
    dominarse lo bastante para no dejar ver su desvío a su pre-
    tendiente, que se mostró muy galante con ella. Mas después,
    cuando su madre la preguntó cómo le había parecido, que-
    riendo contestar cortésmente: «Muy amable (liebens-
    würdig)», dijo: «Muy desagradable (lie-
    benswidrig)».

    También constituye una confesión no menos importante
    el siguiente «lapsus», calificado por O. Rank de «chistosa
    equivocación». («Internat. Zeitschrift für Psychoanalyse.»)

    «Una mujer casada, que gusta de oir contar anécdotas y
    de la que se dice no rechaza pretensiones amorosas extrama-
    trimoniales cuando éstas se apoyan en presentes de alguna
    consideración, escuchaba cómo un joven que la hacía la cor-
    te, relataba, no sin intención, la siguiente conocida historia:
    «Dos amigos estaban asociados en un negocio y uno de ellos
    hacía el amor a la mujer del otro, la cual no se mostraba muy
    inclinada a concederle sus favores. Por fin le participó que
    accedería a sus pretensiones a cambio de un regalo de mil
    duros. En una ocasión en que el marido iba a partir de viaje,
    su consocio le pidió prestados mil duros, prometiendo entre-
    gárselos a su mujer al siguiente día. Naturalmente, esta can-
    tidad quedó en seguida, como supuesto pago de sus favores,
    en manos de la mujer, la cual, al regresar su marido, pasó
    por la angustia de creerse descubierta y tuvo que entregar
    los mil duros y soportar encima silenciosamente su despecho
    por haber sido burlada».—Al llegar el joven en el relato de
    esta historia, al punto en que el seductor dice a su consocio:

    «Yo le devolveré mañana el dinero a tu mujer»—su
    interlocutora le interrumpió con las significativas palabras si-
    guientes: «Diga usted: ¿no me ha devuelto usted ya eso
    otra vez?... ¡Ay, perdón!, quería decir contado». Sólo
    haciendo directamente la proposición hubiera podido indicar
    mejor la señora su aquiescencia a entregarse bajo las mismas
    condiciones.»

    Un bello caso de confesión involuntaria con inocentes re-

  • S.

    108

    Prof. S. Freud

    sultados es el que V. Tausk publica en la «Internationale
    Zeitschrift für Psychoanalyse», IV, 1916, bajo el siguiente
    título:

    «La fe de los padres».

    «Como mi novia era cristiana—cuenta el señor A.—y no
    quería adoptar la fe judía, tuve yo que pasar del judaísmo al
    cristianismo para poderme casar con ella. Este cambio de
    confesión lo realicé no sin resistencia interior, pero el fin que
    con él me proponía conseguir parecía justificarlo, tanto más,
    cuanto que contra él no podía alegar más que mi exterior per-
    tenencia al culto hebreo, pues carecía de arraigadas convic-
    ciones religiosas. Sin embargo, siempre he confesado des-
    pués pertenecer al judaísmo y pocos de mis conocidos saben
    que estoy bautizado.

    De mi matrimonio me han nacido dos hijos que han sido
    bautizados cristianamente. Cuando llegaron a edad de com-
    prender las cosas, les revelé su ascendencia judía con el fin
    de que las opiniones antisemitas que pudieran actuar sobre
    ellos en el colegio, no influyeran, injustificadamente, en su
    posición ante mí.

    Hace algunos años, pasaba yo el verano con mis hijos,
    que por entonces iban al colegio de primera enseñanza, en
    casa de la familia de un profesor de dicho colegio. Hallándo-
    nos un día merendando con nuestros huéspedes, que en ge-
    neral eran personas amables, la señora de la casa, ignorante
    de la ascendencia semita de sus inquilinos veraniegos, lanzó
    algunas duras palabras contra los judíos. Yo debía haber de-
    clarado la verdad para dar a mis hijos un ejemplo del «valor-
    de las propias convicciones», pero temía las inagotables ex-
    plicaciones que habían de seguir a mi declaración. Además,
    me cohibía el temor de tener que abandonar, quizá, el buen-
    hospedaje que habíamos hallado y abreviar así las cortas va-
    caciones de que podíamos gozar mis hijos y yo, en el caso
    de que nuestros huéspedes, al averiguar nuestro origen judío,
    cambiaran de conducta para con nosotros.

  • S.

    109

    Por lo tanto, callé, y suponiendo que mis hijos, si asistían
    por más tiempo a la conversación, acabarían por revelar fran-
    ca y decididamente la verdad, quise alejarlos enviándoles al
    jardín.

    Con esta intención me dirigí a ellos y les dije:–«Id al jar-
    dín judíos (Juden)»; y, advirtiendo en seguida mi equi-
    vocación, rectifiqué:–«muchachos (Jungen)». Así,
    pues, mi equivocación, fué la puerta por donde halló salida
    la verdad y la expresión del reprimido «valor de las propias
    convicciones». Los que me oyeron no sacaron consecuencia
    ninguna de mi equivocación, pues no la dieron importancia
    alguna, pero yo, por mi parte, saqué de ella la enseñanza de
    que «la fe de los padres» no se deja negar sin castigarnos
    cuando somos hijos y padres a un mismo tiempo».

    De consecuencias más graves, es la siguiente equivoca-
    ción, que no publicaría si el mismo juez que tomó la declara-
    ción en que se produjo, no me la hubiera indicado como pro-
    pia para ser incluída en mi colección:

    «Un reservista acusado de robo se refería en su declara-
    ción, a su servicio militar (Dienststellung) y al
    pronunciar esta palabra se equivocó y dijo: Diebstel-
    lung (Dieb–Diebstahl–ladrón–robo).»

    En los trabajos de psicoanálisis, las equivocaciones del
    paciente sirven, muchas veces, para aclarar los casos y con-
    firmar aquellas hipótesis expuestas por el médico en el mis-
    mo momento en que el paciente las niega con obstinación.
    Con uno de mis clientes se trataba un día de interpretar un
    sueño que había tenido y en el que había aparecido el nom-
    bre Jauner. El cliente conocía, en efecto, a una persona
    de este nombre, pero no podíamos descubrir por qué tal per-
    sona había sido incluída en el contenido del sueño. Por últi-
    mo, expuse la hipótesis de que ello había sucedido tan sólo
    por la similicadencia del nombre Jauner con el injurioso
    calificativo Gauner–rufian. El paciente rechazó rápi-
    da y enérgicamente mi suposición, pero al hacerlo, sufrió una
    equivocación que confirmó mi sospechas por consistir en el
    mismo cambio de la letra g por una j. En efecto, al llamarle

  • S.

    110

    yo la atención sobre el «lapsus» cometido, reconoció como
    cierta mi interpretación de su sueño.

    Cuando en una discusión sería sufre uno de los interlocu-
    tores uno de estos errores que convierten la intención de la
    frase en la completamente contraria, queda en posición des-
    ventajosa frente a su adversario, el cual raras veces deja de
    utilizar en provecho suyo tal ventaja.

    Esto muestra, claramente, que en general, todo el mundo
    da a las equivocaciones orales y demás clases de actos falli-
    dos, la misma interpretación que se les da en este libro, aun
    que luego los individuos aislados se nieguen a reconocerlo
    en teoría y no estén propicios a prescindir, cuando se trata
    de la propia persona, de la comodidad que supone la indife-
    rente tolerancia con la que se miran tales funciones fallidas.
    La hilaridad y la burla que estos errores no dejan nunca de
    provocar cuando aparecen en momentos graves o decisivos,
    son un testimonio contrario a la convención generalmente
    aceptada de que no son sino meros «lapsus linguae», sin sig-
    nificación ni importancia psicológica alguna. Nada menos que
    el canciller alemán, príncipe de Bülow, tuvo que recordar
    en una ocasión esta teoría de la falta de significación de las
    equivocaciones orales, para salvar su situación, cuando pro-
    nunciando un discurso en defensa de su emperador (Noviem-
    bre 1907), sufrió un error que le hizo decir lo contrario de lo
    que se proponía.

    «Por lo que respecta al presente, a la nueva época del
    emperador Guillermo II–dijo–, he de repetir lo que ya dije
    hace un año: que es inícuo e injusto hablar de
    la existencia de una camarilla de conse-
    jeros responsables en torno de nuestro
    emperador... – (Vivas exclamaciones: – ¡Irresponsa-
    bles!)–de consejeros irresponsables en torno de
    nuestro Emperador. Perdonen sus señorías el «lapsus linguae»
    (Hilaridad).»

    En este caso, la frase del príncipe de Bülow perdió im-
    portancia ante su auditorio, por la acumulación de negaciones
    entre las que se hallaba la equivocación. Además, la simpatía

  • S.

    111

    hacia el orador y la consideración de la difícil situación en
    que se hallaba, hicieron que su error no se aprovechase para
    combatirle. Peores consecuencias tuvo el error de otro dipu-
    tado, que un año después y en la misma Cámara, queriendo
    invitar a sus oyentes a enviar un mensaje «sin consi-
    deraciones» (rückhaltlos) al emperador, des-
    cubrió con una desgraciada equivocación, sentimientos distin-
    tos que ocultaba en su pecho leal.

    «Lattmann: Examinemos esta cuestión del mensaje desde
    el punto de vista reglamentario. Según las leyes, el Reichs-
    tag, tiene el derecho de dirigir mensajes al Emperador, y
    creemos que el pensamiento y el deseo general del pueblo
    alemán están en dirigir al Emperador en esta ocasión, un
    manifiesto armónico, y si podemos hacerlo sin
    herir los sentimientos monárquicos, también debemos hacerlo
    «doblando el espinazo» (rückgratlos,
    «invertebradamente») (Hilaridad tempestuosa que
    dura varios minutos). Señores, he querido decir: «sin
    consideraciones» (rückhaltlos) y no «do-
    blando el espinazo» (rückgratlos)–(Hila-
    ridad)–y una manifestación así, sin reserva alguna, del pue-
    blo, ha de ser aceptada en estos graves momentos, por nues-
    tro Emperador.»

    El periódico «Vorwaerts», en su número del 12 de No-
    viembre de 1908, no dejaba de señalar el significado de esta
    equivocación:

    «Doblando el espinazo ante el trono im-
    perial».

    «Nunca se ha demostrado tan claramente en un parla-
    mento y por la involuntaria confesión de un diputado, la acti-
    tud de éste y de la mayoría de los miembros de la Cámara,
    como lo consiguió el antisemita Lattmann en el segundo día
    de su interpretación, cuando con festivo pathos, dejó escapar
    la confesión de que él y sus amigos querían decir al Empera-
    dor su opinión «doblando el espinazo».

  • S.

    112

    «Una tempestuosa hilaridad general ahogó las siguientes
    palabras del infeliz, que todavía consideró necesario discul-
    parse, tartamudeando que lo que había querido decir era «sin
    consideraciones.»

    Otro bello ejemplo de equivocación, encaminada, no tanto
    a traicionar los sentimientos del personaje como a orientar al
    auditorio colocado fuera de la escena, se encuentra en el
    drama de Schiller, «Wallenstein» (Los Piccolomini. Acto I.
    Escena 5.ª), y nos muestra que el poeta que utilizó este
    medio conocía la significación y el mecanismo de la equivo-
    cación oral. En la escena precedente, Max Piccolomini, lleno
    de entusiasmo, se ha declarado decidido partidario del duque,
    anhelando la llegada de la bendita paz, cuyos encantos le
    fueron descubiertos en su viaje acompañando al campamento
    a la hija de Wallenstein. A continuación comienza la escena 5.ª:

    Questenberg: ¡Ay de nosotros! ¿A esto hemos llegado?
    ¿Vamos, amigo mío, a dejarle marchar en ese error sin lla-
    marle de nuevo y abrirle los ojos en el acto?

    Octavio (saliendo de profunda meditación): Ahora acaba
    él de abrír-melos a mí y veo más de lo que quisiera ver.

    Questenberg: ¿Qué es ello, amigo mío?

    Octavio: ¡Maldito sea el tal viaje!

    Questenberg: ¿Por qué? ¿Qué sucede?

    Octavio: Venid. Tengo que perseguir inmediatamente la
    desdichada pista. Tengo que observarla con mis propios ojos.
    Venid. (Quiere hacerle salir.)

    Questenberg: ¿Por qué? ¿Dónde?

    Octavio (apresurado): Hacia ella.

    Questenberg: Hacia…

    Octavio (corrigiéndose): Hacia el duque. Vamos.

    Esta pequeña equivocación—hacia ella, en vez de hacia
    él—tiene por objeto revelarnos que el padre ha adivinado el
    motivo de la decisión de su hijo de ponerse al lado de Wa-
    llenstein, mientras que Questenberg, el cortesano, no com-
    prendiendo nada, le dice «que le está hablando en adivi-
    nanzas».


  • S.

    113

    Otto Rank ha descubierto en Shakespeare otro ejemplo
    de empleo poético de la equivocación. Transcribo aquí la co-
    municación de Rank, publicada en la Zentralblatt für Psy-
    choanalyse, I, 3:

    «Otro ejemplo de equivocación oral, delicadamente moti-
    vado, utilizado con gran maestría técnica por un poeta, y
    similar al señalado por Freud en el «Wallenstein» de Schiller,
    nos enseña que los poetas conocen muy bien la significación
    y el mecanismo de esta función fallida, y suponen que tam-
    bién lo conoce o comprenderá el público. Este ejemplo lo ha-
    llamos en el «Mercader de Venecia» (Acto III. Escena 2.a),
    de Shakespeare. Porcia, obligada por la voluntad de su pa-
    dre a tomar por marido a aquel de sus pretendientes que
    acierte a escoger una de tres cajas que le son presentadas,
    ha tenido hasta el momento la fortuna de que ninguno de
    aquellos amadores que no le eran gratos, acertase en su elec-
    ción. Por fin encuentra en Bassano al hombre a quien entre-
    garía gustosa su amor, y entonces teme que salga también
    vencido en la prueba. Quisiera decirle que aun sucediendo así
    puede estar seguro de que ella le seguirá amando, pero su
    juramento se lo impide. En este conflicto interior, la hace
    decir el poeta a su afortunado pretendiente:

    –«Quisiera reteneros aquí un mes o dos antes de que
    aventurárais la elección de que dependo. Podría indicaros
    cómo escoger con acierto, pero si así lo hiciera, sería perjura
    y no lo seré jamás. Por otra parte, podéis no obtenerme y, si
    esto sucede, me haríais arrepentir, lo cual sería un pecado,
    de no haber faltado a mi juramento. ¡Malhaya vuestros ojos!
    Se han hecho dueños de mi ser y lo han dividido
    en dos partes, de las cuales, la una es
    vuestra, y la otra vuestra, digo mía, mas
    siendo mía, es vuestra, y así, toda soy
    vuestra.»

    Así, pues, aquello que Porcia quería tan sólo indicar lige-
    ramente a Bassano, por ser algo que en realidad debía ca-
    llarle en absoluto, esto es, que ya antes de la prueba le
    amaba y era toda suya, deja el poeta, con admirable sen-

  • S.

    114

    sibilidad psicológica, que aparezca claramente en la equivo-
    cación y, por medio de este artificio, consigue calmar, tanto
    la insoportable incertidumbre del amante, como la similar
    tensión del público sobre el resultado de la elección.»

    Dado el interés que merece una tal confirmación por parte
    de los grandes poetas, de nuestra concepción de las equivo-
    caciones orales, creo justificado agregar aún a los anteriores
    un tercer ejemplo de esta clase, comunicado por E. Jones:
    («Un ejemplo de uso literario de la equivocación oral».–Zentralblatt für Psychoanalyse. I-10).

    «Otto Rank llama la atención, en un artículo reciente-
    mente publicado, sobre un bello ejemplo, en el cual Shakespeare
    hace cometer a una de sus figuras femeninas, a Porcia,
    una equivocación oral, por medio de la cual quedan revela-
    dos sus secretos pensamientos. Por mi parte, quiero también
    señalar un ejemplo análogo existente en «El Egoísta», la obra
    maestra del gran novelista inglés George Meredith. El argu-
    mento de esta novela es el siguiente: Un aristócrata, muy ad-
    mirado en su círculo mundano, sir Willoughby Patterne, se
    desposa con una tal miss Constancia Durham, la cual, ha-
    biendo descubierto en su prometido un desenfrenado egoís-
    mo que él oculta con habilidad a los ojos de la gente, se es-
    capa, para huir de un matrimonio que le repugna, con un
    capitán, Oxford. Años después, Patterne y otra mujer, miss
    Clara Middleton, se dan mutua palabra de casamiento. La
    mayor parte del libro está destinada a describir minuciosa-
    mente el conflicto que surge en el alma de Clara Middleton
    al descubrir, como antes lo descubrió Constancia Durham, el
    egoísmo de su prometido. Determinadas circunstancias exter-
    nas y su propia concepción del honor continúan manteniendo
    a Clara ligada a su promesa de matrimonio, mientras que cada
    vez va sintiendo un mayor desprecio hacia sir Willaughby.
    Estos sentimientos los confía en parte al secretario y primo
    de aquél, Vernon Whitford, con el cual se casa al final de la
    novela. Pero éste, por su lealtad hacia Patterne y varios
    otros motivos, guarda en un principio una actitud de reserva.
    En un monólogo en el que Clara da rienda suelta a su

  • S.

    115

    dolor, dice lo que sigue: «¡Si un hombre noble viera la situa-
    ción en que me hallo y no desdeñara prestarme su ayuda!
    ¡Oh; ser libertada de esta prisión donde gimo entre espinas!
    Por mí sola no puedo abrirme camino. Soy demasiado cobar-
    de. Sólo una señal que con un dedo se me hiciera, creo que
    me transformaría. Desgarrada y sangrante, podría huir entre
    el desprecio y el griterío de la gente a refugiarme en los bra-
    zos de un camarada... Constancia halló un soldado. Quizá
    rezó y fué escuchada su plegaria. Hizo mal. ¡Pero cómo la
    amo por haber osado! El nombre de él era Harry Oxford...
    Ella no dudó, rompió sus cadenas y marchó franca y decidi-
    damente. Osada muchacha, ¿qué pensarás de mí? Pero yo no
    tengo ningún Harry Whitford; yo estoy sola...
    La rápida percepción de que había sustituido por otro el
    nombre de Oxford la anonadó como un mazazo, haciendo cu-
    brirse su rostro de llameante púrpura.»

    El hecho de que los nombres de los dos sujetos termina-
    sen en «ford», facilita la confusión de la protagonista y, para
    muchos, constituiría una justificación suficiente del error,
    pero el novelista indica, claramente, la verdadera causa
    profunda.

    En otra parte del libro, aparece de nuevo la misma equi-
    vocación, seguida de aquella vacilación y aquel repentino
    cambio de tema con los que nos familiarizan la psicoanálisis
    y la obra de Jung sobre las asociaciones y que no aparecen
    más que cuando ha sido herido un complejo semi-consciente.
    Patterne dice en tono de superioridad refiriéndose a Whit-
    ford: –«¡Falsa alarma! El bueno de Vernon es incapaz de
    hacer nada extraordinario». Clara, responde: «Pero si míster
    Oxford... digo míster Whitford... Mirad vuestros
    cisnes cómo acuden atravesando el lago. ¡Qué bellos están
    cuando se hallan irritados! Pero vamos a lo que iba a pregun-
    taros: –Aquellos hombres que son testigos de una visible
    admiración que a otros se profesa, ¿no se desanimarán ante
    ello? –Sir Willoughby se irguió rígidamente. Una repentina
    luz había iluminado su pensamiento».
    Todavía en otro lugar, revela Clara con un nuevo «lap-


  • S.

    116

    sus», su interior deseo de una íntima unión con Vernon Whit
    ford. Dando un recado a un muchacho, le dice: —«Di esta
    noche a míster Vernon—a míster Whitford...» (1)

    La concepción de las equivocaciones orales que se sos-
    tiene en este libro, ha sido verificada y comprobada hasta en
    sus más mínimos detalles. Repetidas veces he conseguido
    demostrar que los más insignificantes y naturales casos de
    errores verbales tienen su sentido y pueden ser interpretados
    de igual modo que los casos más extraordinarios. —Una pa-
    ciente que contra toda mi voluntad, pero con firme decisión,
    emprendía una corta excursión a Budapest, justificaba ante
    mí su desobediencia alegando que no pasaría en dicha ciudad
    nada más que tres días, pero se equivocó y, en vez de
    tres días, dijo tres semanas. Con esto reveló que por
    su gusto, y a pesar mío, pasaría mejor tres semanas que tres
    días con aquellas personas de Budapest, cuya sociedad juz-
    gaba yo perjudicial para ella.

    Una noche, queriendo excusarme de no haber ido a bus-
    car a mi mujer a la salida de un teatro, dije: —«He estado en
    el teatro a las diez y diez minutos». —«¿Querrás decir a las
    diez menos diez?»—me repusieron, rectificándome— Na-
    turalmente, era esto lo que había querido decir, pues lo que
    había realmente dicho no constituía excusa ninguna. Había
    quedado con mi mujer en irla a buscar a la salida del teatro y
    en el programa se decía que la función acabaría antes de las
    diez. Cuando llegué, el vestíbulo estaba ya a oscuras y el
    teatro vacío. Indudablemente, la representación había termi-
    nado antes de mi llegada y mi mujer no me había esperado.
    Saqué el reloj y vi que eran las diez menos cinco minutos,
    pero me propuse presentar la cuestión en mi casa aún más fa-
    vorablemente para mí, diciendo que eran las diez menos diez.
    Por desgracia, mi equivocación echó a perder mi propósito y

    (1)Otros ejemplos de equivocaciones orales que, según la inten-
    ción del poeta, deben ser interpretadas como muy significativas y, en
    su mayoría, como confesiones involuntarias, aparecen en el «Ricar-
    do III», de Shakespeare y en el «Don Carlos», de Schiller. No sería di-
    fícil ampliar esta lista.

  • S.

    117

    reveló mi insinceridad, haciéndome además confesar un re
    traso más grave del verdadero.

    Partiendo de este punto, llegamos a aquellas perturbacio
    nes del discurso que no pueden considerarse ya como equi
    vocaciones orales, porque no afectan sólo a una palabra
    aislada, sino al ritmo y a la total exteriorización de la ora
    ción, como por ejemplo, las repeticiones y el tartamudeo cau
    sados por la confusión o el embarazo. Pero tanto en unos
    casos como en otros, lo que en las perturbaciones del dis
    curso se revela, es el conflicto interior. No creo, en verdad,
    que haya nadie que se equivoque durante una audiencia con
    el Rey, en una seria y sincera declaración de amor o en una
    defensa del propio honor ante los jurados, esto es, en aque
    llos casos en que, según nuestra justa expresión corriente,
    pone uno toda su alma. Hasta al criticar el estilo
    de un escritor, acostumbramos a seguir aquel principio expli
    cativo del que no podemos prescindir en la investigación de
    las equivocaciones aisladas. Un estilo límpido e inequívoco
    nos demuestra que el autor está de acuerdo consigo mismo,
    y en cambio, una forma de expresión forzada o retorcida,
    nos indica la existencia de una idea no desarrollada totalmen
    te y nos hace percibir la ahogada voz de la autocrítica del
    autor 1).

    Desde la aparición de la primera edición de este libro,
    han comenzado varios amigos y colegas míos extranjeros a
    dedicar su atención a las equivocaciones cometidas en la len
    gua de sus respectivos países. Como era de esperar, han
    hallado que las leyes de las funciones fallidas son indepen
    dientes del material oral y han adoptado igual método inter
    pretativo que el empleado por nosotros en las equivocacio
    nes cometidas en lengua alemana. Siendo incontables los
    ejemplos, no transcribiré aquí más que uno:

    (1) Ce qu’on conçoit bien
    S’énonce clairement
    et les mots pour le dire
    Arrivent aisément.

    Boileau.—Art poétique.


  • S.

    118

    El doctor A. A. Brill (New-York) comunica la siguiente
    observación propia:—A friend described to me a nervous
    patient and wished to know whether I could benefit him. I
    remarked I believe that in time I could remove all his symp-
    toms by psycho-analysis because it is a durable case,
    wishing to say curable. (A contribution to The Psychopa-
    thology of Edveryday Life—. Psychotherapy-III-I-1909) 1).

    Quiero, por último, añadir aquí, para aquellos lectores
    que no se asustan ante un esfuerzo de atención y para aque-
    llos otros algo familiarizados ya con la psicoanálisis, un
    ejemplo que demuestra a qué profundidades psíquicas puede
    llegarse en la persecución de los motivos de una equivoca-
    ción oral.

    L. Jekels, («Internationale Zeitschrift für Psychoanaly-
    se», I-1913).

    «El día 11 de Diciembre, hablando con una dama polaca,
    me dirigió ésta en su idioma, y con cierto tonillo de desafío,
    la pregunta siguiente:—¿Por qué he dicho yo hoy
    que tenía doce dedos?

    A mi ruego, reprodujo la escena en la que surgió su ocu-
    rrencia. Aquel día se había propuesto salir a hacer una visita
    con su hija, la cual padecía de dementia praecox en estado
    de remisión, y la había mandado a cambiarse de blusa a una
    habitación contigua. Al volver la hija ya vestida, encontró a
    su madre limpiándose las uñas, y entre ambas, se desarrolló
    el siguiente diálogo:

    La hija: Mira, yo ya estoy arreglada y tú no.
    La madre: Es verdad; pero también tú no tenías más que
    hacer que ponerte una blusa, y yo, en cambio, tengo que
    arreglarme doce uñas.

    1)N. del T.—En inglés en el original. Su traduc-
    ción es: Un amigo mío me describió la enfermedad nerviosa que
    aquejaba a una tercera persona, para que yo le dijese mi opinión
    sobre dicha enfermedad y el modo posible de curarla. Mi res-
    puesta fué:—Creo poder remover con el tiempo, y por medio de
    la psicoanálisis, todos los síntomas que ator-
    mentan al paciente, pues me parece un caso «durable», digo cu-
    rable».

  • S.

    119

    La hija: ¿Cómo?

    La madre (impaciente): Naturalmente. ¿No ves que
    tengo doce dedos?

    Preguntada por un colega mío que asistía a su relato, so-
    bre lo que se le ocurría fijando su atención en el número
    doce, respondió pronta y resueltamente.—Doce no es
    para mí ninguna fecha (de importancia).

    Pasando a la palabra «dedos» nos comunicó después
    de una ligera vacilación, la asociación siguiente:—En la fami-
    lia de mi marido tenían todos seis dedos en cada pie. Cuan-
    do nacieron mis hijos lo primero que hicimos fué ver si tam-
    bién tenían seis dedos.

    Por causas exteriores al análisis no pudo éste ser conti-
    nuado aquella noche, pero a la mañana siguiente, día 12 de
    Diciembre, recibí la visita de la señora, que me dijo visible-
    mente excitada:—Mire usted lo que me ha sucedido. Desde
    hace veinte años no he dejado nunca de felicitar a un ancia-
    no tío de mi marido en el día de su cumpleaños, que es hoy
    precisamente. Siempre acostumbro a escribirle una carta el
    día anterior, pero esta vez se me ha olvidado y he tenido
    que ponerle un telegrama—.

    Al oir esto recordé e hice recordar a la señora la seguri-
    dad con que la noche anterior había contestado a la pregunta
    de mi colega sobre el número doce, pregunta muy apropiada
    para haberle recordado el cumpleaños de su tío, y a la que
    ella había repuesto que el día 12 no significaba para ella
    ninguna fecha importante.

    Entonces declaró la señora que el tío de su marido era
    hombre de fortuna, y que ella había contado siempre con que
    le heredaría; pero que ahora pensaba en ello más que nunca,
    pues su situación económica era un tanto apurada.

    Así, pues, cuando una conocida suya la había profetizado
    días antes, echándola las cartas, que iba a recibir mucho di-
    nero, había pensado en el acto en el tío, es decir, en su falle-
    cimiento. Le había pasado inmediatamente por el cerebro la
    idea de que dicho pariente era el único de quien podía ella,
    heredándole sus hijos, recibir dinero. También recordó de

  • S.

    120

    repente, en aquella ocasión, que ya la mujer del tío había
    prometido legar algo en su testamento, a sus hijos, pero que
    luego había muerto sin testar, y quizá hubiese dejado encar-
    go a su marido de hacerlo a su muerte.

    Vese claramente que el deseo de la muerte del tío debió
    de surgir en ella con gran intensidad, pues la señora que le
    echaba las cartas le dijo después: «Es usted capaz de incitar
    a la gente al asesinato».

    En los cuatro o cinco días que transcurrieron entre la pro-
    fecía y el cumpleaños del tío, la señora buscó de continuo en
    los periódicos de la localidad en que éste vivía, su papeleta
    de defunción.

    No es, por tanto, ninguna maravilla que con un tan inten-
    so deseo de su muerte quedasen en el hecho y la fecha del pró-
    ximo cumpleaños tan vigorosamente reprimidos que llegara
    no sólo a poderse producir el olvido de una intención cum-
    plida sin falta tantos años seguidos, sino que tampoco fuese
    ésta recordada por la pregunta de mi colega.

    En el «lapsus» «doce dedos» se abrió camino el reprimido
    «doce», contribuyendo también al fallo de la función.

    Digo contribuyendo, porque la asociación que
    surgió en el análisis ante la palabra «dedos» nos hace sospe-
    char la existencia de otras motivaciones, explicándonos al
    mismo tiempo, por qué razón el «doce» llegó a falsear la ino-
    cente frase de los diez dedos.

    La asociación era: —En la familia de mi marido tenían to-
    dos seis dedos en cada pie.

    Seis dedos en cada pie constituyen una anormalidad.

    Seis dedos significan un niño anormal y doce dedos,
    dos niños anormales.

    Efectivamente, ésta era la realidad, pues la tal señora se
    había casado muy joven con un hombre reconocidamente
    excéntrico y anormal, que al poco tiempo, acabó por suici-
    darse, dejándola como única herencia dos hijas, declaradas
    anormales por varios médicos que habían señalado en ellas
    graves taras hereditarias.

    La mayor de las hijas había vuelto a su casa hacía poco

  • S.

    121

    tiempo, después de un grave ataque, y la menor, que se ha
    llaba en la pubertad, enfermó, también, meses después, de
    una grave neurosis.

    El hecho de que la anormalidad de las hijas se agregue
    aquí al deseo de la muerte del tío y se condense con este ele-
    mento, reprimido con fuerza distinta y de mayor valencia
    psíquica, nos obliga a aceptar, como segunda determinación
    de la equivocación, el deseo de la muerte de las
    dos hijas anormales.

    La significación prevaleciente del doce como deseo de
    muerte se aclara por el hecho de hallarse muy íntimamente
    asociado al concepto de muerte en la representación de la
    sujeto, pues el marido se había suicidado en un día trece de
    Diciembre, esto es, un día después del cumpleaños del tío,
    cuya mujer dijo en esta ocasión a la joven viuda: «Ayer nos
    felicitó aún tan cariñosa y amablemente… ¡y hoy!»

    Quiero añadir además, que la señora tenía en realidad,
    razones más que suficientes para desear la muerte a sus hi-
    jas, las cuales no la proporcionaban ninguna alegría sino sólo
    preocupaciones, imponiéndola penosas limitaciones de su
    propia vida y habiéndola obligado a renunciar, por cariño
    a ellas, a toda posible felicidad sentimental y amorosa.

    También aquel día se había esforzado en evitar toda oca-
    sión de irritar a la hija con la que iba a la visita, y es fácil ha-
    cerse una idea del gasto de paciencia y abnegación que esto
    supone tratándose de una enferma de dementia praecox, y
    cuántos sentimientos e impulsos de cólera es necesario do-
    minar.

    Conforme a todo lo anterior, el sentido de la equivocación
    sería el siguiente:

    El tío debe morir; estas hijas anormales deben morir (en
    general, toda esta familia anormal) y yo debo heredar su di-
    nero.

    La equivocación posee, a mi juicio, varios signos de una
    estructura inhabitual, que son:

    1.º La existencia de dos determinantes condensadas en
    un elemento.

  • S.

    122

    2.º La existencia de las dos determinantes se refleja en
    la duplicación de la equivocación (doce uñas, doce dedos).
    3.º Es singular el que una de las significaciones del
    «doce», los doce dedos representativos de la anormalidad de
    las hijas, constituya una representación indirecta. La anor-
    malidad psíquica es aquí representada por la física; lo su-
    perior por lo inferior.