S.
66
V
Equivocaciones orales
El material corriente de nuestra expresión oral en nues
tra lengua materna parece hallarse protegido del olvido,
pero, en cambio, sucumbe con extraordinaria frecuencia a
otra perturbación que conocemos con el nombre de equivo
caciones orales o «lapsus linguae».Estos «lapsus», observados en el hombre normal, dan la
misma impresión que los primeros síntomas de aquellas «pa
rafasias» que se manifiestan bajo condiciones patológicas.Por excepción, puedo aquí referirme a una obra anterior
a mis trabajos sobre esta materia. En 1895 publicaron Me
ringer y C. Mayer un estudio sobre las «Equivocaciones en
la expresión oral y en la lectura», cuyos puntos de vista se
apartan mucho de los míos. Uno de los autores de este estu
dio, el que en él lleva la palabra, es un filólogo, cuyo interés
por las cuestiones lingüísticas le llevó a investigar las reglas
que rigen tales equivocaciones, esperando poder deducir de
estas reglas la existencia de «un determinado mecanismo
psíquico, en el cual estuvieran asociados y ligados de un
modo especial, los sonidos de una palabra o de una frase y
también las palabras entre sí» (pág. 10).Los autores de este estudio agrupan en principio los
ejemplos de «equivocaciones orales» por ellos colecciona
dos, conforme a un punto de vista puramente descriptivo,
clasificándolos en intercambios (p. e. la Milo de Ve
nus, en lugar de la Venus de Milo); anticipaciones
(p. e. «…sentí un pech…, digo un peso en el pecho); ecosS.
67
PSICOPATOLOGÍA
o posposiciones (p. e. «Tráiganos tres tres–por tres
tés); contaminaciones (p. e. «Cierra el armave» por
«Cierra el armario y tráeme la llave») y sustitucio-
nes (p. e. «El escultor perdió su pincel… digo, su cincel»),
categorías principales a las cuales añaden algunas otras me-
nos importantes (o de menor significación para nuestros pro-
pósitos). En esta clasificación no se hace diferencia entre que
la transposición, desfiguración, fusión, etc., afecte a sonidos
aislados de la palabra o a sílabas o palabras enteras de la
frase.Para explicar las diversas clases de equivocaciones ora-
les observadas, atribuye Meringer un diverso valor psíquico
a los sonidos fonéticos. Cuando una inervación afecta a la
primera sílaba de una palabra o a la primera palabra de una
frase, el proceso estimulante se propaga a los sonidos poste-
riores o a las palabras siguientes, y en tanto en cuanto estas
inervaciones sean sincrónicas pueden influirse mutuamente,
motivando transformaciones unas en otras. La excitación o
estímulo del sonido de mayor intensidad psíquica, resuena
anticipadamente o queda como un eco y perturba de este
modo los procesos de inervación menos importantes. Se tra-
ta, por lo tanto, de determinar cuáles son los sonidos más
importantes de una palabra. Meringer dice que, «cuando se
desea saber qué sonidos de una palabra poseen mayor in-
tensidad, debe uno observarse a sí mismo en ocasión de
estar buscando una palabra que ha olvidado, por ejemplo,
un nombre. Aquella parte de él, que primero acude a la con-
ciencia, es invariablemente la que poseía mayor intensidad
antes del olvido» (pág. 106). «Así, pues, los sonidos más
importantes son el inicial de la sílaba radical o de la misma
palabra y la vocal o las vocales acentuadas» (pág. 162).No puedo por menos de contradecir estas apreciaciones.
Pertenezca o no el sonido inicial del nombre a los más im-
portantes elementos de la palabra, lo que no es cierto es
que sea lo primero que acude a la conciencia en los casos de
olvido y, por lo tanto, la regla expuesta es inaceptable.
Cuando se observa uno a sí mismo estando buscando unS.
68
nombre olvidado, se advertirá, con relativa frecuencia, que
se está convencido de que la palabra buscada comienza con
una determinada letra. Esta convicción resulta luego igual
número de veces infundada que verdadera, y hasta me atre-
vo a afirmar que la mayoría de las veces es falsa nuestra hi-
potética reproducción del sonido inicial. Así sucede en el
ejemplo que expusimos de olvido del nombre Signore-
lli. En él se perdieron, en los nombres sustitutivos, el so-
nido inicial y las sílabas principales, y precisamente el par
de sílabas menos importantes: elli, es lo que, en el nom-
bre sustitutivo Botticelli, volvió primero a la concien-
cia. El caso que va a continuación nos enseña lo poco que
los nombres sustitutivos respetan el sonido inicial del nom-
bre olvidado: En una ocasión me fué imposible recordar el
nombre de la pequeña nación, cuya principal ciudad es
Monte Carlo. Los nombres que en sustitución se pre-
sentaron, fueron:Piamonte, Albania, Montevideo,
Cólico.En lugar de Albania, apareció en seguida otro nombre:
Montenegro, y me llamó la atención ver que la sílaba
Mont (pronunciada Mon) apareciera en todos los nom-
bres sustitutivos excepto en el último. De este modo me fué
más fácil hallar el olvidado nombre: Mónaco, tomando
como punto de partida el de su soberano: el Príncipe Alberto.
Cólico imita aproximadamente la sucesión de sílabas y el
ritmo del nombre olvidado.Si se acepta la conjetura de que un mecanismo similar al
señalado en el olvido de nombres intervenga también en los
fenómenos de equivocaciones orales, se llegará a un juicio
más fundamentado sobre estos últimos. La perturbación del
discurso que se manifiesta en forma de equivocación oral,
puede, en principio, ser causada por la influencia de otros
componentes del mismo discurso, esto es, por un sonido an-
ticipado, por un eco o por tener la frase o su contexto unS.
69
Psicopatologia
segundo sentido diferente de aquel en que se desea emplear.
A esta clase pertenecen los ejemplos de Meringer y Mayer
antes transcritos. Pero, en segundo lugar, puede también
producirse dicha perturbación, como en el caso «Signorelli»,
por influencias exteriores a la palabra, frase o contexto,
ejercidas por elementos que no se tiene intención de expre-
sar y de cuyo estímulo sólo por la perturbación producida
nos damos cuenta.La simultaneidad del estímulo constituye la cualidad co-
mún a las dos clases de equivocación oral, y la situación in-
terior o exterior del elemento perturbador respecto a la frase
o contexto, será su cualidad diferenciante. Esta diferencia no
parece a primera vista tan importante como luego cuando se
la toma en consideración para relacionarla con determinadas
conclusiones, deducidas de la sintomatología de las equivo-
caciones orales. Es, sin embargo, evidente, que sólo en el
primer caso existe una posibilidad de deducir de los fenóme-
nos de equivocación oral, conclusiones favorables a la exis-
tencia de un mecanismo que ligue entre sí sonidos y palabras
haciendo posible una recíproca influencia sobre su articula-
ción, esto es, conclusiones como las que el filólogo esperaba
poder deducir del estudio de las equivocaciones orales. En el
caso de perturbación ejercida por influencias exteriores a la
misma frase o al contenido del discurso, se trataría, ante
todo, de llegar al conocimiento de los elementos perturbado-
res, y entonces surgiría la cuestión de si también el meca-
nismo de esta perturbación podía o no sugerir las probables
reglas de la formación del discurso.No se puede afirmar que Meringer y Mayer no hayan
visto la posibilidad de perturbaciones del discurso motivadas
por «complicadas influencias psíquicas» o elementos exterio-
res a la palabra, la frase o el discurso. En efecto, tenían que
observar, que la teoría del diferente valor psíquico de los so-
nidos no alcanzaba estrictamente más que para explicar la
perturbación de los sonidos, las anticipaciones y los ecos. En
aquellos casos en que la perturbación de las palabras no
puede ser reducida a la de los sonidos, como sucede en las
S.
70
sustituciones y contaminaciones, han buscado, en efecto, sin
vacilar, la causa de las equivocaciones orales, fuera del
contexto del discurso y han demostrado este punto por medio
de preciosos ejemplos.Entre ellos, citaré los que siguen:
(Pág. 62.) «Ru. relataba en una ocasión, ciertos he-
chos, que interiormente calificaba de «cochinerías»
(Schweinercien), pero no queriendo pronunciar esta
palabra, dijo: – «Entonces se descubrieron determinados he-
chos…» Mas, al pronunciar la palabra «Vorschein»
que aparece en esta frase, se equivocó y pronunció «Vor-
schwein». Mayer y yo nos hallábamos presentes,
y Ru. nos confesó que al principio había pensado decir
«Schweinercien». La analogía de ambas palabras
explica suficientemente el que la pensada se introdujese en
la pronunciada, revelándose».(Pág. 73.) «También en las sustituciones juegan, como
en las contaminaciones, y probablemente en un grado mucho
más elevado, un importantísimo papel, las imágenes verbales
«flotantes». Aunque éstas se hallan fuera de la conciencia,
están, sin embargo, lo bastante cercanas a ella para poder
ser atraídas por una analogía del complejo al que la oración
se refiere, y entonces producen una desviación en la serie de
palabras del discurso o se cruzan con ella. Las imágenes ver-
bales «flotantes» son con frecuencia, como antes hemos
dicho, elementos retrasados de un proceso oral reciente-
mente terminado (ecos).»(Pág. 97.) «La desviación puede producirse así mismo
por analogía, cuando una palabra semejante a aquella en que
la equivocación se manifiesta, yace en el umbral de la con-
ciencia y muy cerca de ésta, sin que el sujeto tenga
intención de pronunciarla. Esto es lo que su-
cede en las sustituciones. Confío en que estas reglas por mí
expuestas, habrán de ser confirmadas por todo aquel que las
someta a una comprobación práctica, pero es necesario que
al realizar tal examen, observando una equivocación oral co-
metida por una tercera persona, se procure llegar aS.
71
ver con claridad los pensamientos que
ocupaban al sujeto. He aquí un ejemplo muy ins-
tructivo: El señor L., dijo un día ante nosotros: «Esa mujer
me inspiraría (einjagen) miedo», y en la palabra
«einjagen» cambió la j en l, pronunciando «einlagen». Tal
equivocación motivó mi extrañeza, pues me parecía incom-
prensible aquella sustitución de letras y me permití hacer
notar a L. que había dicho «einlagen» en vez de «einjagen»,
a lo cual me respondió en el acto: «Sí, sí; eso ha sido sin
duda porque estaba pensando: «...no estoy en situa-
ción (Lage)».Otro ejemplo: En una ocasión pregunté a R. v. Scheid,
por el estado de su caballo, que se hallaba enfermo. R. me
respondió: «Sí, esto drurará (drauert) quizá todavía un
mes». La r sobrante de «drurará» me pareció incomprensible,
dado que la r de «durará» (dauert) no podía haber ac-
tuado en tal forma, y llamé la atención de v. Scheid sobre su
«lapsus», respondiéndome aquél, que al oir mi pregunta
había pensado: «Es una triste (traurig) historia».
Así, pues, R. había tenido en su pensamiento dos respuestas
a mi pregunta y las había mezclado al pronunciar una de
ellas».Es innegable que la toma en consideración de las imáge-
nes verbales «flotantes» que se hallan próximas al umbral de
la conciencia y no están destinadas a ser pronunciadas y la
recomendación de procurar enterarse de todo lo que el sujeto
ha pensado, constituyen algo muy próximo a las cualidades
de nuestros «análisis». También nosotros partimos por el
mismo camino, en busca del material inconsciente, pero, en
cambio, recorremos desde las ocurrencias espontáneas del
interrogado hasta el descubrimiento del elemento perturba-
dor, un camino más largo, a través de una compleja serie de
asociaciones.Los ejemplos de Meringer demuestran otra cosa muy in-
teresante también. Según la opinión del propio autor, es una
analogía cualquiera de una palabra de la frase que se tiene
intención de expresar con otra palabra que no se proponeS.
72
uno pronunciar, lo que permite emerger a esta última por
la constitución de una deformación, una formación mixta o
una formación transaccional (contaminación):lagen-dauert-Vorschein
jagen-traurig–…schweinEn mi obra «La interpretación de los sueños» 1), he ex-
puesto el papel que desempeña el proceso de con-
densación (Verdichtungsarbeit) en la forma-
ción del llamado contenido manifiesto del sueño a expensas
de las ideas latentes del mismo. Una cualquier semejanza de
los objetos o de las representaciones verbales entre dos ele-
mentos del material inconsciente es tomada como causa
creadora de un tercer elemento, que es una formación com-
puesta o transaccional. Este elemento representa a ambos
componentes en el contenido del sueño y a consecuencia de
tal origen se halla frecuentemente recargado de determinan-
tes individuales contradictorias. La formación de sustitucio-
nes y contaminaciones en la equivocación oral es, pues, un
principio de aquel proceso de condensación que encontramos
toma parte activísima en la construcción del sueño.En un pequeño artículo de vulgarización, publicado en la
«Neue Freie Presse» en 23 de Agosto de 1900 y titulado
«Cómo puede uno equivocarse», inició Meringer una inter-
pretación práctica en extremo de ciertos casos de intercam-
bio de palabras, especialmente de aquellos en los cuales se
sustituye una palabra por otra de opuesto sentido. «Recor-
damos aún, cómo declaró abierta una sesión el Presi-
dente de la Cámara de Diputados austriaca: «Señores dipu-
tados–dijo–. Habiéndose verificado el recuento de los
diputados presentes, se levanta la sesión». La general
hilaridad le hizo darse cuenta de su error y enmendarlo en
el acto. La explicación de este caso es que el presidente
deseaba ver llegado el momento de levantar la sesión,
1)Véanse los tomos VI y VII de estas «Obras completas».
S.
73
PSICOPATOLOGIA
de la que esperaba poco bueno–y cosa que sucede con fre-
cuencia–la idea accesoria se abrió camino, por lo menos
parcialmente, y el resultado fué la sustitución de «se abre»
por se «levanta», esto es, lo contrario de lo que tenía la in-
tención de decir. Numerosas observaciones me han demos-
trado que esta sustitución de una palabra por otra de sentido
opuesto es algo muy corriente. Tales palabras de sentido
contrario se hallan ya asociadas en nuestra conciencia del
idioma, yacen inmediatamente vecinas unas de otras y se
evocan con facilidad erróneamente».No en todos los casos de inter-
cambio de palabras de sen-
tido contrario resulta tan fácil como en el ejemplo anterior
hacer admisible la explicación de que el error cometido esté
motivado por una contradicción surgida en el fuero interno
del orador, contra la frase expresada. El análisis del ejemplo
aliquis nos descubre un mecanismo análogo. En dicho
ejemplo, la interior contradicción se exteriorizó por el olvido
de una palabra en lugar de por su sustitución por la de sen-
tido contrario. Mas para compensar esta diferencia, haremos
constar que la palabra aliquis no es capaz de producir un
contraste como el existente entre «abrir» y «cerrar o levan-
tar» una sesión, y además, que «abrir», como parte usual del
discurso, no puede hallarse sujeto al olvido.Habiendo visto en los últimos ejemplos citados de Merin-
ger y Meyer, que la perturbación del discurso puede surgir
tanto por una influencia de los sonidos anticipados o retrasa-
dos o de las palabras de la misma frase destinadas a ser ex-
presadas, como por el efecto de palabras exteriores a la frase
que se intenta pronunciar y cuyo estímulo no se
hubiera sospechado sin la emergencia de
la perturbación, tócanos ahora averiguar cómo se
puede separar definidamente una de otra, ambas clases de
equivocaciones orales, y cómo puede distinguirse un ejem-
plo de una de ellas, de un caso de la otra. En este punto de
la discusión, hay que recordar las afirmaciones de Wundt, el
cual, en su reciente obra sobre las leyes que rigen el des-
arrollo del lenguaje (Voelkerpsychologie. Tomo I, parte pri-
mera.
S.
74
mera, págs. 371 y siguientes, 1900), trata también de los fe-
nómenos de la equivocación oral. Opina Wundt, que en estos
fenómenos y otros análogos, no faltan jamás determinadas
influencias psíquicas. «A ellas pertenece ante todo, como
una determinante positiva, la corriente no inhibida de las
asociaciones de sonidos y de palabras,
estimulada por los sonidos pronunciados. Al lado de esta co-
rriente, aparece, como factor negativo, la desaparición o el
relajamiento de las influencias de la voluntad que deben in-
hibir dicha corriente, y de la atención, que también actúa
aquí como una función de la voluntad. El que dicho juego de
la asociación se manifieste en que un sonido se anticipe o re-
produzca los anteriormente pronunciados, en que un sonido
familiar se intercale entre otros o, por último, en que pala-
bras totalmente distintas a las que se hallan en relación aso-
ciativa con los sonidos pronunciados, actúen sobre éstos;
todo ello, no indica más que diferencias en la dirección y a
lo más en el campo de acción de las asociaciones que se es-
tablecen, pero no en la naturaleza general de las mismas.
También en algunos casos puede ser dudoso el decidir qué
forma se ha de atribuir a una determinada perturbación, o si
no sería más justo referirla, conforme al principio
de la complicación de las causas, a la con-
currencia de varios motivos». (Págs. 380 y 381.)Considero absolutamente justificadas y en extremo ins-
tructivas estas observaciones de Wundt. Quizá se pudiera
acentuar con mayor firmeza el hecho de que el factor positi-
vo favorecedor de las equivocaciones orales–la corriente no
inhibida de las asociaciones–y el negativo–el relajamiento
de la atención inhibitoria–ejercen regularmente una acción
sincrónica, de manera que ambos factores resultan no ser
sino diferentes determinantes del mismo proceso. Con el re-
lajamiento o, más precisamente, por el relajamiento de la
atención inhibitoria, entra en actividad la corriente no inhibi-
da de las asociaciones.Entre los ejemplos de equivocaciones orales reunidos por
mí mismo, apenas encuentro uno en el que la perturbaciónS.
75
del discurso puede atribuirse sola y únicamente a lo que
Wundt llama «efecto de contacto de los sonidos». Casi siem-
pre, descubro, además, una influencia perturbadora proce-
dente de algo exterior a aquello que se tiene intención
de expresar, y este elemento perturbador es, o un pensa-
miento inconsciente aislado, que se manifiesta por medio de
la equivocación y no puede muchas veces ser atraído a la
conciencia más que por medio de un penetrante análisis, o
un motivo psíquico general, que se dirige contra todo el dis-
curso.Ejemplo a): Viendo el gesto de desagrado que ponía mi
hija al morder una manzana agria, quise, bromeando, decirla
la siguiente aleluya:El mono pone cara ridícula
al comer, de manzana, una partícula.Pero comencé diciendo: El man... Esto parece ser una
contaminación de «mono» y «manzana» (forma-
ción transaccional) y puede interpretarse también
como una anticipación de la palabra «manzana», preparada
ya para ser pronunciada. Sin embargo, la verdadera interpre-
tación es la siguiente: Antes de equivocarme, había recitado
ya una vez la aleluya, sin incurrir en error ninguno, y cuan-
do me equivoqué, fué al verme obligado a repetirla, por
estar mi hija distraída y no haberme oído la primera vez.
Esta repetición, unida a mi impaciencia por desembarazarme
de la frase, debe ser incluída en la motivación del error, el
cual se presenta como resultante de un proceso de conden-
sación.b) Mi hija dijo un día: «Estoy escribiendo a la señora
de Schresinger...» El apellido verdadero era Schle-
singer. Esta equivocación se debió, probablemente, a una
tendencia a facilitar la articulación, pues después de varias r,
es difícil pronunciar la l «Ich schreibe der Frau
Schlesinger»). Debo añadir, además, que esta equivocación
de mi hija tuvo efecto pocos minutos después de la mía entreS.
– 76 –
«mono» y «manzana» y que las equivocaciones orales son en
alto grado contagiosas, a semejanza del olvido de nombres,
en el cual han observado Meringer y Mayer este carácter. No
conozco la razón de tal contagiosidad psíquica.c) Una paciente, al comienzo de la sesión de tratamien-
to y al querer decir que las molestias que experimentaba la
hacían «doblarse como una navaja de bolsillo»
(Taschenmesser) cambió las consonantes de esta
palabra y dijo: «Tassenmescher», equivocación
explicable por la dificultad de articulación de tal palabra. Ha-
biéndola llamado la atención sobre su error, replicó pronta-
mente: –«Sí; eso me ha sucedido porque antes ha dicho
usted también «Ernscht» en vez de «Ernst». En
efecto, al recibirla, había yo dicho: «Hoy ya va la cosa en
«serio» (Ernst)–pues era aquélla la última sesión del trata-
miento–y, bromeando, había aprovechado el doble sentido
de la palabra Ernst (serio y Ernesto) para decir Ernscht
(apelativo familiar de Ernesto), en vez de Ernst (serio).
En el transcurso de la sesión, siguió equivocándose la pa-
ciente repetidas veces, haciéndome por fin observar que no
se limitaba a imitarme, sino que tenía además una razón par-
ticular en su inconsciente para continuar considerando la pa-
labra Ernst, no como el adjetivo «serio», sino como
nombre propio (Ernesto) (1).d) La misma paciente, queriendo decir en otra ocasión:
«Estoy tan constipada que no puedo aspirar (atmen)
por la nariz (Nase)», dijo: «Estoy
que no puedo naspirar (natmen) por la ariz
(Ase)» y en el acto se dió cuenta de la causa de su equi-
1)Hallábase, en efecto, como más tarde se demostró, bajo la in-
fluencia de un pensamiento inconsciente sobre el embarazo y la manera
de evitarlo. Con las palabras «doblada como una navaja de bolsillo»
que expresó conscientemente como un lamento, quería describir la po-
sición del niño en el claustro materno. La palabra «Ernst» pronunciada
por mí, había evocado en ella el nombre de S. Ernst, conocido comercio
vienés, situado en la Kaertnerstrasse, que suele anunciarse como lugar
en el que pueden adquirirse medios preventivos de la concepción.S.
77
vocación, explicán-
dola en la siguiente forma: «Todos los
días tomo el tranvía en la calle Hasenauer. Esta ma-
ñana, mientras lo estaba esperando, se me ocurrió pensar
que si yo fuese francesa diría Asenauer; pues los fran-
ceses no pronuncian la h aspirándola, como lo hacemos nos-
otros». Después de esto, habló de varios franceses que había
conocido, y al cabo de amplios rodeos y divagaciones, recor-
dándo que teniendo catorce años, había representado en una
piececilla titulada «El valaco y la picarda», el papel de esta
última, habiendo tenido que hablar entonces el alemán como
una francesa. La casualidad de haberse alojado por aquellos
días en la casa de viajeros en que ella habitaba, un hués-
ped
procedente de París, había despertado en ella toda esta serie
de recuerdos. El intercambio de sonidos (Naseatmen
–Asenatmen), es, pues, consecuencia de una per-
turbación producida por un pensamiento inconsciente, perte-
neciente a un contenido ajeno en absoluto al de la frase ex-
presada.e) Análogo mecanismo se observa en la equivo-
cación
de otra paciente, cuya facultad de recordar desapareció-
de
pronto a la mitad de la reproducción de un recuerdo infantil,
que volvía a emerger en la memoria después de haber per-
manecido olvidado durante mucho tiempo. Lo que su memo-
ria se negaba a comunicar era en qué parte de su cuerpo la
había tocado la indiscreta y desvergon-
zada mano de cierto
sujeto. Inmediatamente después de haber sufrido este olvi-
do, visitó la paciente a una amiga suya y habló con ella de
sus respectivas residencias veraniegas. Preguntada por el
lugar en que se hallaba situada la casita que poseía en M.,
dijo que en las nalgas de la montaña (Berglende)
en vez de en la vertiente de la misma (Berglehne).f) Otra paciente, a la que después de la sesión de tra-
tamiento, pregunté por un tío suyo, me respondió: «No lo
sé. Ahora no le veo más que in flagranti». Al si-
guiente día, en cuanto entró, me dijo: «Estoy avergon-
zada
de mi tonta respuesta de ayer. Ha debido usted de pensar
que soy una de esas personas ignorantes que usan siempreS.
78
equivocadamente las locuciones extranjeras. Lo que quise
decirle es que ahora ya no veía a mi tío más que enpas
sant». Por el momento no sabíamos de dónde podía ha-
ber tomado la paciente las palabras extranjeras equivocada-
mente empleadas, mas en la misma sesión, continuando el
tema de la anterior, apareció una reminiscencia en la que ju-
gaba el papel principal el hecho de haber sido sorprendida
in flagranti. Así, pues, la equivocación del día ante-
rior había anticipado este recuerdo, entonces todavía
inconsciente.g) Estando sometiendo a un análisis a otra paciente, la
expresé mi sospecha de que en la época de su vida de que
entonces tratábamos, se hallase ella avergonzada de su fa-
milia y hubiese hecho a su padre un reproche sobre algo que
hasta aquel momento nos era aún desconocido. La paciente
no recordaba nada de ello y, además, dijo que mi suposición
le parecía improbable. Mas luego continuó la conversación,
haciendo varias observaciones sobre su familia, y al decir:
«Lo que hay que concederles es que no son personas vulga-
res. Todos ellos tienen inteligencia. (Geist)»,
se equivocó y dijo: «Todos ellos tienen avaricia
(Geiz)». Este era el reproche que por represión había
ella expulsado de su memoria. Es un fenómeno muy frecuen-
te el de de que en la equivocación se abra paso precisamente
aquella idea que se quiere retener (compárese con el caso de
Meringer: «Vorschein–Vorschwein»). La diferencia entre
ambos está tan sólo en que en el caso de Meringer, el sujeto
quiere inhibir una cosa de la que posee perfecta conciencia,
mientras que mi paciente no sabía lo que inhibía ni siquiera
cosa.h) El siguiente ejemplo de equivocación se refiere tam-
bién, como el de Meringer, a un caso de inhibición intencio-
nada. Durante una excursión por los Dolomitas, encontré a
dos señoras que vestían trajes de turismo. Fuí acompañán-
dolas un trozo de camino y conversamos de los placeres y
molestias de las excursiones a pie. Una de las señoras con-
cedió que este sport tenía su lado incómodo. «Es ciertoS.
79
–dijo-
que no resulta nada agradable sentir sobre el
cuerpo, después de haber estado andando el día entero, la
blusa y la camisa empapadas en sudor». En medio de esta
frase tuvo una pequeña vacilación que venció en el acto.
Luego continuó, y quiso decir: «Pero cuando se llega a
casa (nach Hause) y puede uno cambiarse de
ropa…»; mas en vez de la palabra Hause (casa), se equi-
vocó y pronunció la palabra Hose (pantalones).Opino que no hace falta examen ninguno para explicar
esta equivocación. La señora había tenido claramente el pro-
pósito de hacer una más completa enumeración de las pren-
das interiores, diciendo: «blusa, camisa y pantalones», y por
razones de conveniencia social, había retenido el último
nombre. Pero en la frase de contenido independiente que a
continuación pronunció, se abrió paso, contra su voluntad, la
palabra inhibida (Hose), surgiendo en forma de desfi-
guración de la palabra Hause (casa).i) «Si quiere usted comprar algún tapiz, vaya a casa de
Kaufmann (apellido alemán, que significa además comer-
ciante), en la calle de Mateo»–me dijo un día una se-
ñora. Yo repetí: «A casa de Mateo… digo, de Kauf-
mann». Esta equivocación de repetir un nombre en lugar
de otro, parecía ser simplemente motivada por una distrac-
ción mía. En efecto, las palabras de la señora me habían
distraído, pues habían dirigido mi atención hacia cosas más
importantes que los tapices de que me hablaba. En la calle
de Mateo se halla la casa donde mi mujer vivía de soltera.
La entrada de esta casa daba a otra calle, y en aquel mo-
mento me di cuenta de que había olvidado el nombre de esta
última, siéndome preciso dar un rodeo mental para llegar a
recordarlo. El nombre Mateo, que fijó mi atención, era,
pues, un nombre sustitutivo del olvidado nombre de la calle,
siendo más apto para ello que el nombre Kaufmann,
por ser exclusivamente un nombre propio, cosa que no su-
cede a este último, y llevar la calle olvidada también un
nombre propio: Radetzky.k) El caso siguiente podría incluirse así mismo entre los
S.
80
«errores», de los que trataré más adelante, pero lo expongo
ahora por aparecer en él con especial claridad, la relación de
sonidos que motiva la equivocación.Una paciente me relató un sueño que había tenido y que
era el siguiente: Un niño había decidido matarse, dejándose
morder por una serpiente y, en efecto, llevaba a cabo su
propósito. La paciente lo vio en su sueño, retorcerse con
vulsionado bajo los efectos del veneno, etc. Hice que busca-
se el enlace que su sueño pudiera tener con sus impresiones
de la vigilia, y en el acto, recordó que la tarde anterior había
asistido a una conferencia de vulgarización sobre el modo de
prestar los primeros auxilios a las personas mordidas por
reptiles venenosos. En ella, oyó que cuando han sido mordi-
dos al mismo tiempo un adulto y un niño, se debe atender
primero a este último. Recordaba también las prescripciones
aconsejadas para el tratamiento de estos casos, por el confe-
renciante, el cual había insistido sobre la importancia de sa-
ber, ante todo, por qué clase de serpiente había sido atacado
el herido. Al llegar aquí, interrumpí a mi paciente, y la pre-
gunté: «¿Y no dijo el conferenciante que en nuestro país hay
muy pocas serpientes venenosas, ni tampoco cuáles de las
que de esta clase hay, son las más temibles?» «Sí—respon-
dió— habló de la serpiente de cascabel (Klap-
perschlange)». Mi risa la hizo darse cuenta de que
había dicho algo equivocado, pero no rectificó el nombre de
la serpiente, sustituyéndolo por otro, sino que se limitó a re-
tirarlo, diciendo: «Es verdad, la serpiente de cascabel no
existe en nuestro país, y de lo que el conferenciante habló
fué de las víboras. No sé cómo he podido referirme a ese
reptil». Yo supuse que la aparición de la serpiente de casca-
bel en la respuesta de mi paciente había obedecido a la in-
tervención de los pensamientos que se hallaban ocultos de-
trás de su sueño. El suicidio por mordedura de una serpiente
no puede apenas ser otra cosa que una alusión a la bella
Cleopatra (Kleopatra). La amplia analogía de los so-
nidos de ambas palabras, la común posesión de las letras
K1... p... r en igual orden de sucesión y la acentuación enS.
81
ambas de la letra a, deben tenerse muy en cuenta. La favo-
rable relación existente entre los nombres «serpiente
de cascabel» (Klapperschlange) y «Cleopa-
tra» (Kleopatra), motivó en la paciente una momen-
tánea inhibición del juicio, a consecuencia de la cual, y a
pesar de saber tan bien como yo que la serpiente de casca-
bel no pertenecía a la fauna de nuestro país, no halló nada
extraña su afirmación de que el conferenciante había expues-
to a un público vienés el tratamiento de las mordeduras de
dicho reptil. No queremos, en cambio, reprocharla que admi-
tiese con igual ligereza su existencia en Egipto, pues esta-
mos acostumbrados a confundir en un solo montón todo lo
exótico, y yo mismo tuve que pararme a meditar un momen-
to, antes de sentar la afirmación de que la serpiente de cas-
cabel pertenece únicamente a la fauna del Nuevo Mundo.En la continuación del análisis, fueron apareciendo diver-
sas confirmaciones de mi hipótesis. La paciente había fijado
por vez primera su atención, la tarde anterior al sueño rela-
tado, en el grupo escultórico de Strasser, que representa a
Antonio y Cleopatra, situado en las proximidades de su casa.
Esto había sido, pues, el segundo motivo del sueño (el pri-
mero fue la conferencia sobre las mordeduras de las serpien-
tes). En la continuación del mismo se vió meciendo a un niño
en sus brazos, escena a la cual asoció después la figura de
la Margarita goethiana. Posteriores ideas espontáneas
que surgieron en el análisis, fueron reminiscencias referen-
tes a «Arria y Mesalina». La aparición de tantos
nombres de obras teatrales en los pensamientos del sueño
hace sospechar que en la sujeto existió en años anteriores,
una viva afición, secretamente mantenida, a la profesión de
actriz. El principio del sueño: «Un niño había decidido suici-
darse, dejándose morder por una serpiente», puede traducir-
se en estas palabras: «La sujeto se había propuesto en su
infancia, llegar a ser una actriz famosa.» Del nombre Me-
salina, parte, por fin, el camino mental que conduce al
contenido esencial de este sueño. Determinados sucesos re-
cientes habían despertado en mi paciente la preocupación deS.
82
que su único hermano llegase a contraer un matrimonio des
igual, una mésalliance, con una mujer de raza distin
ta, una no aria.1) He aquí un ejemplo por completo inocente, o que lo
creemos así, por no haber sido aclarados totalmente sus mo
tivos. En él se transparenta con gran claridad, el mecanismo
interior.Un alemán que viajaba por Italia, tuvo necesidad de com
prar una correa, para sujetar su baúl, que se le había estro
peado. En el diccionario encontró la palabra italiana co
reggia, como correspondiente a la alemana Riemen
(correa). «No me será difícil recordar esta palabra-
dijo–. Bastará con que piense en el nombre del pintor Co
rreggio». Después de esto, se dirigió a una tienda, y
pidió una ribera.Se ve, pues, que el sujeto no había conseguido sustituir
en su memoria la palabra alemana por la italiana equivalente,
pero que su esfuerzo no había sido totalmente vano. Sabía
que tenía que apoyarse en el nombre de un pintor y obrando
de este modo, tropezó, no con aquel cuyo sonido semejaba a
la palabra italiana, sino con otro de sonido aproximado a la
palabra alemana Riemen (correa). Este ejemplo po
dría colocarse entre los olvidos de nombres lo mismo que
aquí, entre las equivocaciones.Cuando me dedicaba a coleccionar casos de equivocacio-
nes orales, para la primera edición de este libro, era yo solo
a efectuar esta tarea y, para reunir material suficiente, some
tía al análisis todos los casos que me era dado observar, aun
aquellos de escasa importancia. Mas de entonces acá se han
dedicado varias otras personas a la divertida labor de colec
cionar y analizar equivocaciones, permitiéndome hacer una
selección de casos y ejemplos, extrayendo los más significa
tivos del rico material acumulado.m) Un joven dijo a su hermana: «He roto toda relación
con D. Ahora ya ni siquiera la saludo». La hermana quiso
responderle: «Haces bien. Es una familia poco reco
mendable (Sippschaft)»; pero cambió la letraS.
83
PSICOPATOLOGIA
inicial de la palabra Sippschaft y dijo Lippschaft. En esta
equivocación, acumuló dos cosas: que su hermano comenzó
tiempo atrás un galanteo con una muchacha de dicha familia
y que de esta muchacha se dice que poco tiempo antes se
había comprometido gravemente, entregándose a un amor
(Liebschaft) prohibido.n) Un joven abordó a una muchacha en la calle, con las
palabras: «Si usted me lo permite, señorita, desearía acom-
pañarla (begleiten)», pero en vez de este verbo
begleiten (acompañar) formó un nuevo (be-
gleitdigen) compuesto del primero y beleidigen
(ofender). Se ve claramente que pensaba en el placer
de acompañarla, pero que temía ofenderla con
la proposición. El que estos dos sentimientos encontrados
llegasen a ser expresados en una palabra —en la equivoca-
ción— indica que las verdaderas intenciones del joven no eran
precisamente las más puras, ya que a él mismo le parecían
poder ofender a la señorita. Pero su inconsciente le jugó una
mala pasada, delatando sus verdaderos propósitos, con lo
cual obtuvo, como es natural, la respuesta obligada en estos
casos: «¡Qué se ha figurado usted de mí! ¡Cómo puede
ofenderme de ese modo!» (Comunicado por O. Rank).o) Varios de los ejemplos que van a continuación están
tomados por mí de un artículo de W. Stekel, titulado «Confe-
siones inconscientes», publicado en el «Berliner Tageblatt»,
de 4 de Enero de 1904.«El caso que sigue me reveló una parte, para mí poco
grata, de mis pensamientos inconscientes. Antes de exponer-
lo, quiero hacer constar que en mi profesión de médico, no
pienso nunca, como es justo, en las ganancias que mis pa-
cientes puedan proporcionarme, sino tan sólo en su propio
interés. Sin embargo, una vez me sucedió lo siguiente: Me
hallaba en casa de un enfermo, convaleciente ya de una
grave dolencia. Durante el período de máxima gravedad,
ambos, médico y enfermo, habíamos pasado días y noches
muy penosos. Iniciada la convalecencia me sentía muy con-
tento de verle en vías de franca curación y le hablé de losS.
84
placeres de una estancia en Abazia que había de reponerle
por completo «si, como yo esperaba, no le era posible aban-
donar pronto el lecho».—Seguramente este «no» había sur-
gido de un motivo egoísta de mi inconsciente: el de poder
continuar visitando un cliente adinerado, deseo completa-
mente extraño a mi conciencia y que si hubiera apuntado en
ella, hubiera yo rechazado con indignación.p) Otro ejemplo, de W. Stekel: Mi mujer tomó una ins-
titutriz francesa para por las tardes. Después de ponerse de
acuerdo con nosotros sobre las condiciones, reclamó sus
certificados, que nos había entregado, y justificó su petición,
diciendo:—«Je cherche encore pour les après-midis, pardon,
pour les avant-midis». Claramente se veía la intención de
buscar otra casa en la que quizá fuese admitida en mejores
condiciones, intención que llevó a cabo».q) A petición de su marido, tuve un día que reprender
enérgicamente a una señora, hallándose aquél escuchando
detrás de una puerta para observar el efecto producido por
la reprimenda. Esta causó, realmente, una gran impresión en
la señora. Al despedirme de ella, lo hice con las palabras:
«Beso a usted la mano, caballero», con lo cual, si la intere-
sada hubiera sido persona experimentada en estas cuestio-
nes, hubiese podido descubrir que mi despedida se dirigía en
realidad a aquél por encargo del cual la había yo sermoneado.r) El doctor Stekel nos refiere de sí mismo, que tenien-
do una vez en tratamiento a dos pacientes, procedentes de
Trieste, confundía siempre entre sí sus respectivos nombres,
y al saludarlos, decía: «Buenos días, señor Peloni» al que se
llamaba Askoli y «Buenos días, señor Askoli», a Peloni. Al
principio se inclinó a no atribuir ninguna profunda motivación
a este cambio y a explicarlo sencillamente por las varias coin-
cidencias existentes entre ambos sujetos, pero más tarde le
fué fácil convencerse de que tan continuada equivocación
obedecía al vanidoso deseo de hacer saber de aquel modo a
sus dos clientes italianos, que no era ninguno de ellos el
único habitante de Trieste que había hecho el viaje hasta Vie-
na para acudir a su consulta.S.
85
s) El mismo doctor Stekel cuenta que en una tormen-
tosa junta general, queriendo decir: –Pasamos (wir
schreiten) ahora al punto cuarto de la orden del día
–dijo–: Peleamos (wir streiten), etc.t) Un profesor, en su discurso de toma de posesión de
una cátedra, dijo: «No estoy inclinado (Ich bin nicht
geneigt) a hacer el elogio de mi estimado predecesor»,
queriendo decir: «No soy el llamado (Ich bin nicht
geeignet)».u) El doctor Stekel dijo a una señora a la que suponía
atacada de la enfermedad de Basedow: «Le lleva usted el
bocio (Kropf) a su hermana»–queriendo decir: «Le
lleva usted la cabeza (Kopf)».v) A veces, la equivocación descubre algo característi-
co del que la sufre. Una casada joven, que ordenaba y man-
daba en su casa como jefe supremo, me relataba un día, que
su marido había ido a consultar al médico sobre el régimen
alimenticio más conveniente para su salud, opinando el doc-
tor, que no necesitaba seguir ningún régimen especial.–
«Así, pues–continuó la mujer–puede comer y beber lo que
yo quiera».Los dos ejemplos siguientes, publicados por Th. Reik, en
la «Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, III, 1915»,
proceden de situaciones en las que se producen con gran fa-
cilidad las equivocaciones, pues en ellas se inhibe mucho más
de lo que se expresa.w) Un caballero hablaba con una joven señora, cuyo ma-
rido había fallecido poco tiempo antes. Después de darla el
pésame, añadió: «Encontrará usted un consuelo dedi-
cándose (widmen) ahora por completo a sus hijos».
Pero, abrigando un pensamiento reprimido, referente a otro
distinto consuelo existente para su interlocutora, esto es, que
siendo una joven y bella viuda (Witwe), no tardaría
en gozar de nuevas alegrías sexuales, confundió los sonidos
de las palabras widmen (dedicar) y Witwe (viuda) y dijo
widwen en su frase de consuelo.x) El mismo señor, conversando una noche en una re-
S.
86
unión, con la misma joven viuda, sobre los grandes prepara-
tivos que a la sazón se hacían en Berlín para la celebración
de las fiestas de Pascua, preguntó a su interlocutora: «¿Ha
visto usted hoy el escaparate de Wertheim? Está muy bien
descotado». No habiendo podido expresar en alta voz
su admiración ante el descote de la bella señora, su pen-
samiento retenido se había abierto paso aprovechando la se-
mejanza de las palabras «descotado» y «decorado», y trans-
formando la decoración del escaparate de una tienda en un
descote. La palabra escaparate fué también empleada
en la frase con un inconsciente doble sentido.Igual motivo se descubre en una observación de Hans
Sachs, minuciosamente explicada y analizada por él mismo.y) Una señora me hablaba de un conocido de ambos y
dijo que la última vez que le había visto había observado que
iba, como siempre, elegantísimamente vestido y llevaba unos
preciosísimos zapatos (Halbschuhe) negros. Yo le pregunté
que dónde le había encontrado, y ella respondió: «Llamó
a la puerta de mi casa y le vi por las rendijas de la persiana,
pero ni le abrí ni di señales de vida, pues no quería que se
enterase de mi regreso a la ciudad.» Al oir esto, pensé que
me ocultaba probablemente que no le había abierto porque no
estaba sola en la casa, y además porque su toilette no era en
aquellos momentos, la más apropiada para recibir visitas.
Con estos pensamientos, la pregunté algo irónicamente: «¿De
manera que a través de la persiana le fué a usted posible ad-
mirar las zapatillas (Hausschuhe), digo los za-
patos (Halbschuhe), de nuestro amigo?» En la pa-
labra «zapatillas» (Hausschuhe), había surgi-
do el inhibido pensamiento de que la señora se hallaba en
traje de casa (Hauskleid.) Por otro lado, la partícula
Halb (medio) de Halbschuhe (zapatos), po-
seía una tendencia a desaparecer, por constituir el elemento
principal de la frase que, de no haber sido reprimida, hubiera
expresado mi pensamiento, o sea: «No me dice usted más
que media verdad, pues me oculta que en aquel momen-
to se hallaba usted a medio vestir». Mi equivocación fuéS.
87
también facilitada por el hecho de haber estado hablando in-
mediatamente antes, de la vida matrimonial del amigo de re-
ferencia y de su «felicidad doméstica», lo cual contribuyó a
determinar el desplazamiento sobre su persona. Por último,
debo confesar que quizá interviniera también mi envidia en
el hecho de hacer andar en zapatillas por la calle al elegante
caballero, pues yo había comprado hacía poco, unos zapatos
negros, que no podían, bajo ningún concepto, ser calificados
de «preciosísimos».Tiempos de guerra como los actuales hacen surgir una
gran cantidad de equivocaciones fácilmente explicables y
comprensibles.a) «¿En qué arma sirve su hijo?»—preguntaron a una
señora. «En los asesinos del 42»—respondió. (Mör-
tern—morteros—; Mördern—asesinos.)β) El teniente Henrik Haiman escribe desde el campo
de batalla 1): Estando leyendo un libro de apasionante inte-
rés, tuve que abandonar la lectura para sustituir por un mo-
mento al encargado del teléfono de campaña. Al efectuar la
prueba de la línea telefónica de una batería, contesté dicien-
do: —«Línea corriente. Silencio»—, en lugar de las palabras
reglamentarias: —«Línea corriente. Final»—. Mi equivoca-
ción se explica por el enfado que me produjo el verme arran-
cado de la lectura.γ) Un sargento recomendó a sus hombres que dieran
con precisión sus señas a sus casas respectivas, para que
no se extraviaran los paquetes (Gepäckstücke)
que de ellas les mandaran, pero pensando en deseadas vitua-
llas, mezcló con la palabra paquetes (Gepäck-
stücke) la palabra tocino (Speck), mezcla que
produjo «Gespeckstücke», que fué la palabra que pro-
nunció en su recomendación a los soldados.δ) El ejemplo que a continuación va, ejemplo de extra-
ordinaria belleza y muy importante por su triste significa-
ción, me ha sido comunicado por el doctor L. Czeszer, que
1)Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, IV, 1916-17.
S.
88
observó el caso en su estancia, durante la guerra, en la neu-
tral Suiza y lo ha analizado sin dejar vacío alguno. Doy aquí
su comunicación casi completa, sin más modificación que al-
gunos cortes que no afectan a nada esencial.
«Me voy a permitir comunicarle un caso de «equivoca-
ción oral» sufrida por el profesor M. N. en la ciudad de O.,
durante una de las conferencias que compusieron su curso
de verano sobre la psicología de los sentimientos. Debo an-
ticiparle, que estas conferencias se celebraban en un aula de
la Universidad, ante un público compuesto en su mayoría, de
estudiantes de la Suiza francesa, partidarios decididos de la
Entente, y en el que abundaban también los prisioneros de
guerra franceses internados en Suiza. En la ciudad de O. se
emplea ahora siempre, como en Francia, la palabra bo-
che, para designar a los alemanes. Claro es que en los ac-
tos públicos, conferencias, etc., los altos empleados, los pro-
fesores y demás personas responsables se esfuerzan en evi-
tar, por razón de la neutralidad de su país, el pronunciar la
ominosa palabra.El profesor N. trataba a la sazón, de la significación
práctica de los afectos, y en una de sus conferencias pensa-
ba citar un ejemplo de intencionada explotación de un afecto,
encaminada a convertir en un placer la ejecución de un tra-
bajo muscular interesante por sí mismo y hacerlo con ello
más intenso. A este efecto, relató, en francés, naturalmente,
una historia, reproducida de un periódico pangermanista por
los de la localidad y en la que se relataba cómo un maestro
de escuela alemán, que hacía trabajar a sus alumnos en un
jardín, les invitó, para hacer más intenso su trabajo, a repre-
sentarse que en cada terrón que machacasen en su labor
deshacían el cráneo de un francés. Naturalmente, el profe-
sor N., cada vez que en su relato tropezaba con la palabra
«alemán», decía con toda corrección, «allemand» y no «bo-
che». Pero al llegar al final de la historia, reprodujo las pala-
bras del maestro en la siguiente forma: –¡Imaginez vous
qu’en chaque moche vous écrasez le crâne d’un fran-
çais!»– Así, pues, en vez de motte dijo moche.S.
89
¿No se ve aquí perfectamente cómo el correcto hombre
de ciencia toma desde el principio de su narración todas las
precauciones para resistir el impulso de la costumbre o quizá
de una tentación y no dejar escapar desde la altura de una
cátedra universitaria, una palabra de uso expresamente pro-
hibido por decreto de la Confederación? Mas en el preciso
momento en que ha pronunciado por última vez con toda fe-
licidad y corrección las palabras «instituteur allemand» y
avanza con un interior suspiro de alivio hacia el ya inmedia-
to final de su historia, el vocablo temido y tan trabajosamen-
te evitado se engancha a su similicadamente motte y la des-
gracia sucede irreparablemente. El temor de cometer una
falta de tacto político y quizá un reprimido capricho o deseo
de usar, a pesar de todo, la palabra habitual y esperada por
su auditorio, así como el enfado del republicano y democrá-
tico profesor ante toda coacción ejercida contra la libre ex-
presión de sus opiniones, se interpusieron ante su intención
principal de relatar correctamente el ejemplo. El orador co-
noce esta tendencia interferencial y no se puede admitir que
no haya pensado en ella momentos antes de sufrir su equi-
vocación.Esta no fué advertida por el profesor N. o, por lo menos,
no fué corregida por él, cosa que en la mayoría de los casos,
se suele hacer automáticamente. En cambio, el auditorio,
compuesto en su mayor parte de franceses, acogió con ver-
dadera satisfacción el «lapsus», el cual hizo el efecto de un
chiste intencionado. Por mi parte, seguí este suceso, inocen-
te en apariencia, con apasionado interés, pues aunque, por
razones fácilmente comprensibles, tenía que renunciar a ha-
cer al profesor N. las preguntas que el método psicoanalítico
prescribe, para aclarar la equivocación, ésta constituía para
mí una prueba palpable de la verdad de la teoría freudiana
de la determinación de los actos fallidos (Fehlhandlun-
gen) y de las profundas analogías y conexiones entre la
equivocación y el chiste».ε) Bajo las perturbadoras impresiones de la época de
guerra, surgió también el siguiente caso de equivocación queS.
90
nos comunica un oficial austriaco al regresar de su cautiverio
èn Italia:«Durante algunos de los meses que estuve prisionero en
Italia, nos hallábamos alojados doscientos oficiales en una
estrecha villa. En este tiempo, murió de la grippe uno de
nuestros compañeros. La impresión que este suceso nos pro-
dujo fué, como es natural, muy profunda, por las condiciones
en que estábamos, dado que la falta de asistencia médica y
el desamparo en que se nos tenía hacían más que probable el
desarrollo de la epidemia. El cadáver de nuestro compañero
había sido colocado, en espera de recibir sepultura, en los
sótanos de la casa. Por la noche, dando un paseo alrededor
de nuestra villa con un amigo mío, coincidimos ambos en
el deseo de ver el cadáver. Siendo yo el que primero entró
en el sótano, me hallé ante un espectáculo que me sobreco-
gió, pues no esperaba encontrar el ataúd tan inmediato a la
entrada, ni ver de repente, tan cercano a mí, el rostro del di-
funto, cuya inmovilidad parecía alterada por los cambiantes
reflejos que las llamas de los cirios arrojaban sobre él al ser
movidas por el aire. Todavía bajo la impresión de aquel cua-
dro, continuamos nuestro paseo. Al llegar a un sitio desde el
cual se ofrecía a nuestros ojos el parque entero nadando en
luz de luna, la pradera surcada por los blancos rayos, y al
fondo un ligero manto de niebla, comuniqué a mi compañero
mi impresión de ver danzar una teoría de elfos bajo la línea
de pinos que cerraba el horizonte.A la tarde siguiente, enterramos a nuestro camarada. El
camino desde nuestra prisión hasta el cementerio de una lo-
calidad vecina fué para nosotros amargo y humillante. Una
multitud de muchachos, mujeres y ancianos del pueblo, apro-
vechó la ocasión para desahogar ruidosamente sus senti-
mientos de curiosidad y de odio hacia sus enemigos prisio-
neros. La sensación de no poder permanecer libre de insultos
ni aun en nuestra inerme situación, y el asco ante aquella
grosería, me dominaron hasta la noche, llenándome de amar-
gura. A la misma hora de la noche anterior, y acompañado
por el mismo camarada, comencé a pasear por el enarenadoS.
– 91 –
camino que daba vuelta a nuestro alojamiento. Al pasar fren-
te a la puerta del sótano donde estuvo depositado el cadá-
ver, acudió a mi memoria el recuerdo de la impresión que a
su vista hubo de sobrecogerme. Cuando, luego, llegamos al
lugar desde el cual se descubría el parque entero, nuevamen-
te iluminado por la luna, me detuve y dije a mi acompañante:
«Podíamos sentarnos aquí en la tumba (Grab)–digo
en la hierba (Gras)–y enterrar (sinken)–
(por entonar–singen)–una serenata». Al sufrir la
segunda equivocación se fijó mi atención en lo ocurrido, pues
la primera la había rectificado sin haberme dado cuenta de su
significación. Mas entonces medité sobre ambas y las uní del
siguiente modo: «enterrar–en la tumba». Rápidamente se
me presentaron las siguientes imágenes: los elfos bailando y
flotando en el resplandor lunar, el compañero amortajado, la
impresión que me causó su vista y determinadas escenas del
entierro. Al mismo tiempo, recordé la sensación de repugnan-
cia sentida durante el perturbado duelo, así como ciertas con-
versaciones sobre la epidemia y los temores expresados por
varios oficiales. Más tarde recordé también que aquel día era
el aniversario de la muerte de mi padre, cosa que me extra-
ñó, dada mi pésima memoria para las fechas.Sucesivas meditaciones me hicieron darme cuenta de las
coincidencias que presentaban las condiciones exteriores de
ambas noches: igual luz de luna, igual hora, igual lugar y la
misma persona a mi lado. Recordé el disgusto que había ex-
perimentado al conocer el peligro de un desarrollo de la epi-
demia gripal y, al mismo tiempo, también mi decisión interior
de no dejarme dominar por el temor. Entonces me di cuenta
del significado de la equivocación. «Podríamos enterrar
(nos) en la tumba», y llegué al convencimiento de que
la primera rectificación del error tumba–hierba, verificada por
mí sin darme cuenta de su sentido, había tenido como conse-
cuencia el segundo error de enterrar por entonar,
encaminado a asegurar al complejo reprimido una efectividad
final.Añadiré que en aquella época padecía yo de sueños ate-
nidos.S.
92
rradores, en los cuales vi repetidas veces a una muy próxima
parienta mía, enferma en su lecho y, una vez, muerta. Inme-
diatamente antes de ser hecho prisionero había recibido la
noticia de que en la región en que dicha persona se hallaba,
había estallado con gran fuerza la epidemia gripal, y la había
expresado mis temores. Desde entonces, cesé de saber de
ella. Meses después, recibí la noticia de que dos semanas
antes del suceso anteriormente descrito, había sido víctima
de la epidemia.2) El siguiente ejemplo de equivocación oral arroja viví-
sima luz sobre uno de los dolorosos conflictos que se presen-
tan a los médicos. Un individuo presuntamente atacado de
una mortal dolencia, cuyo diagnóstico no se había fijado to-
davía con absoluta seguridad, acudió a Viena para tratar de
resolver allí su problema y pidió a un antiguo amigo suyo,
médico muy conocido, que se encargase de asistirle, cosa
que éste aceptó no sin alguna resistencia. El enfermo debía
ingresar en una casa de salud y el médico propuso a este fin
el Sanatorio «Hera».—«Pero ese Sanatorio no es más que
para una especialidad (para partos)»—repuso el enfermo—.
«Nada de eso—replicó vivamente el médico—; en el Sanato-
rio «Hera» puede matarse (umbringen)—digo
alojarse (unterbringen)—a cualquier paciente».
Al darse cuenta de lo que había dicho, luchó el médico vio-
lentamente contra la significación de su «lapsus».—«¿Supon-
go—dijo—que no creerás que tengo impulsos hostiles contra
ti?»— Pero un cuarto de hora después confesó a la enferme-
ra que había tomado a su cargo el cuidado del paciente y que
le acompañaba hasta la puerta del establecimiento:—«No he
encontrado nada y no creo aún que tenga esa enfermedad.
Pero si la tuviera, le daría una buena dosis de morfina y todo
habría terminado». Resulta que su amigo le había puesto la
condición de que acortara sus sufrimientos con un medica-
mento cualquiera en cuanto se viera que su enfermedad era
irremediable. Así, pues, el médico había realmente aceptado
la misión de matar (umbringen) a su amigo.7) No quisiera prescindir del siguiente caso, altamente
S.
93
PSICOPATOLOGIA
instructivo, a pesar de haber sucedido hace ya unos veinte
años.«Hablando una señora, en una reunión, de un tema que
por el apasionamiento de sus palabras se advertía que des-
pertaba en ella intensas emociones secretas, dijo lo siguien-
te:—«Sí; una mujer necesita ser bella para gustar a los hom-
bres. El hombre tiene menos dificultad para gustar a las
mujeres. Basta con que tenga sus cinco miembros bien
derechos». Este ejemplo nos permite penetrar en el íntimo
mecanismo de un «lapsus» oral producido por condensa-
ción o contaminación. Podemos admitir que nos
hallamos ante la fusión de dos frases de análogo sentido:«Basta con que tenga sus cuatro miembros bien derechos.»
«Basta con que tenga sus cinco sentidos bien cabales.»O también que el elemento «derechos» (gerade)
fuera común a dos intenciones de expresión que hubieran
sido las siguientes:«Basta con que tenga sus miembros bien derechos (gerade).»
«Por lo demás, podrá dejar que todos los cincos sean pares (gera-
de) 1).»Puede, por lo tanto, admitirse que ambas formas de
expresión, la de los cinco sentidos y la de «dejar que todos
los cincos sean pares», han cooperado a introducir primero
un número y después el misterioso cinco en lugar del senci-
llo cuatro en la frase de «los miembros bien derechos». Esta
fusión no se hubiera verificado seguramente si la frase re-
sultante de la equivocación no hubiera tenido un sentido
propio, el de una cínica verdad que no podía ser descarada-
mente reconocida por una señora.—Por último, no queremos
dejar de hacer observar que las palabras de la sujeto, según
1)N. DEL T.—«Dejar que todos los cincos sean pares», es una lo-
cución familiar alemana, que viene a significar «salirle a uno una cosa
por una friolera».—La palabra «gerade» tiene la doble significación de
«derecho» y «par».S.
94
su sentido literal, podían ser igualmente un excelente chiste
que una divertida equivocación. Esto depende tan sólo de
que fueran o no pronunciadas intencionadamente. La con-
ducta de la sujeto hacía imposible en este caso la intención
y, por lo tanto, el chiste.La afinidad entre una equivocación oral y un chiste pue-
de llegar a ser tan grande, que la persona misma que la su-
fre, ría de ella como si de un chiste se tratase. Este es el
caso que se presenta en el siguiente ejemplo, comunicado
por O. Rank. (Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse,
I, 1913).o) Un joven recién casado, cuya mujer, deseosa de no
perder su aspecto juvenil, se resistía a concederle con dema-
siada frecuencia el comercio sexual, me contó la siguiente
historia, que había divertido extraordinariamente al matrimo-
nio: –Después de una noche en la que él había quebrantado
de nuevo la abstinencia deseada por su mujer, se puso por
la mañana a afeitarse en la alcoba común y –como ya lo ha-
bía hecho otras veces por razones de comodidad– usó, para
empolvarse la cara, una borla de polvos que su mujer tenía
encima de la mesa de noche. La esposa, muy cuidadosa de
su cutis, le había dicho varias veces que no usara dicha bor-
la, y, enfadada por la nueva desobediencia, exclamó desde
el lecho en que aún se hallaba reposando: –¡Ya estás otra
vez echándome polvos con tu borla!– La risa de su
marido la hizo darse cuenta de su equivocación –había que-
rido decir: –¡Ya estás otra vez echándote polvos con
mi borla!– y sus carcajadas acompañaron a las del marido.
(«Empolvar o echar polvos» es una expresión conocida por
todo vienés como equivalente a «realizar el coito», y la borla
constituye indudablemente, en este caso, un símbolo fálico).El parentesco entre el chiste y la equivocación oral se
manifiesta también en el lecho de que la equivocación no es
a veces más que una contracción.x) Añadiré otro caso cuya interpretación requiere esca-
sa ciencia:«Un profesor de anatomía se ocupaba en cátedra, de la
S.
95
PSICOPATOLOGIA
explicación de la cavidad nasal, que, como es sabido, es uno
de los temas más difíciles de la esplanología. Habiendo pre-
guntado a su auditorio si había comprendido sus explicacio-
nes, recibió una general respuesta afirmativa a la que el
profesor, del cual se sabía que tenía un alto concepto de sí
mismo, repuso: —«No me es fácil creer que me hayan enten-
dido todos, pues las personas que conocen estas cuestiones
referentes a la cavidad nasal pueden, aun en una ciudad de
más de un millón de habitantes, como Viena, contarse con un
dedo–
perdón–
con los dedos de una mano».
1) El mismo catedrático dijo otra vez: —Por lo que res-
pecta a los órganos genitales femeninos, no se ha podido, a
pesar de muchas tentaciones (Versuchungen)
–
perdón–
tentativas (Versuche)…
μ) Al Dr. Alf. Robitsek, de Viena, debo el relato de dos
casos de equivocación oral observados y publicados por un
antiguo escritor francés y que transcribiré aquí sin tradu-
cirlos:«Brantôme (1527-
1614).–
Vie des Dames galantes. –
Dis-
cours second: «Si ay-
je cognue une très belle et honneste
dame de par le monde, qui, devisant avec un
tilhomme de la cour des affaires de la guerre durant ces civi-
les, elle luy dit: „J’ay ouy dire que le roi a faict rompre tous
les c… de ce pays là“. Elle vouloit dire les ponts. Pen-
sez que, venant de coucher d’avec son mary, ou songeant à
son amant, elle avoit encor ce nom frais en la bouche, et le
gentilhomme s’en eschauffa en amours d’elle pour ce mot.»«Une autre dame que j’ai cognue, entretenant une autre
grand dame plus qu’elle, et luy louant et exaltant ses beau-
tez, elle luy dit après, —«Non, madame, ce que je vous en
dis, ce n’est pas pour vous adulterer; voulant dire
adulater, comme elle le rhabilla ainsi pensez qu’elle
songeoit à adulterer.»En el método psicoterápico que empleo para la solución y
remoción de los síntomas neuróticos, se encuentra uno con
frecuencia ante la labor de descubrir, extrayéndolo de discur-
sos y ocurrencias en apariencia casuales, de los pacientes,S.
96
PROF. S. FREUD
un contenido psíquico que, aunque se esfuerza en ocultarse,
no puede dejar de traicionarse a sí mismo, revelándose invo-
luntariamente de muchas maneras diferentes. En estos casos,
las equivocaciones suelen prestar los más valiosos servicios,
cosa que podríamos demostrar por medio de convincentes
y singulares ejemplos. En determinadas ocasiones, los pa-
cientes confunden a los miembros de su familia y, queriendo
referirse a una tía suya, dicen «mi madre», o designan a su
marido como su «hermano». De este modo, me descubren que
«identifican» a estas personas una con otra, esto es, que las
han colocado en una única categoría sentimental. He aquí
otro caso: Un joven de veinte años se presentó a mí en mi
consulta, con las palabras: «Soy el padre de N. N., a
quien usted ha asistido–perdón–quería decir el herma-
no; él es cuatro años mayor que yo». Esta equivocación me
dió a entender que el joven había querido decir que tanto él
como su hermano estaban enfermos por la culpa de su padre
y que acudía a mí, como su hermano, con el deseo de curar-
se, pero que, en realidad, era el padre el que más necesitaba
ser sometido a un tratamiento. Otras veces es suficiente una
disposición poco usual de las palabras o una expresión for-
zada para descubrir la participación de un pensamiento repri-
mido en el discurso del paciente, diferentemente motivado.
Tanto en aquellas perturbaciones del discurso que pre-
sentan una burda trama, como en aquellas otras más sutiles
pero que pueden también sumarse a las «equivocaciones
orales», encuentro que no es la influencia del contacto de los
sonidos, sino la de los pensamientos exteriores a la oración que
se tiene propósito de pronunciar, lo que determina el origen
de la equivocación oral y basta para explicar las faltas orales
cometidas. Las leyes según las cuales actúan los sonidos en-
tre sí, transformándose unos a otros, me parecen ciertas, pero
no en cambio lo suficientemente eficaces para perturbar por
sí solas la correcta emisión del discurso. En los casos que he
estudiado e investigado más detenidamente, no representan
estas leyes más que un mecanismo preexistente, del cual se
sirve un motivo psíquico más remoto que no forma parte deS.
97
la esfera de influencia de tales relaciones de sonidos. En
un gran número de sustituciones apare-
cidas en equivocaciones orales, no se si-
guen para nada tales leyes fonéticas. En
este punto, me hallo de completo acuerdo con Wundt, que
afirma igualmente, que las condicionantes de la equivocación
oral son muy complejas y van más allá de los efectos de con-
tacto de los sonidos.Dando por seguras estas «remotas influencias psíquicas»,
según la expresión de Wundt, no veo tampoco inconveniente
alguno en admitir que en el discurso emitido rápidamente
y con la atención desviada de él hasta cierto punto, pueden
quedar limitadas las causas de la equivocación a las leyes ex-
puestas por Meringer y Mayer. Pero lo más probable es que
muchos de los ejemplos coleccionados por estos autores po-
sean una más complicada solución.En otros casos de equivocaciones orales, puede aceptarse
que la similicadencia con palabras obscenas o la alusión a un
sentido de este género constituyen por sí solas el elemento
perturbador. El intencionado retorcimiento o desfiguración de
palabras y frases a que tan aficionados son determinados in-
dividuos ordinarios, no responde sino al deseo de aludir a lo
prohibido con un motivo por completo inocente, y este juego
es tan frecuente, que no sería nada extraño que apareciera
también no intencionadamente contra la voluntad del sujeto.Espero que mis lectores apreciarán la diferencia de valor
existente entre las interpretaciones de Meringer y Mayer, no
demostradas con nada, y los ejemplos coleccionados por mí
mismo y explicados por medio del análisis. Precisamente es
una observación del mismo Meringer, muy digna de tenerse
en cuenta, lo que mantiene viva mi esperanza de demostrar
que también los casos aparentemente simples de equivocación
pueden ser explicados por la existencia de una perturbación
causada por una idea semi-reprimida exterior al contex-
to que se tiene intención de expresar. Dice Meringer, que es
curioso el hecho de que a nadie le guste reconocer que ha co-
metido una equivocación oral. Existen muchos individuos in-S.
98
teligentes y sinceros que se sienten ofendidos cuando se les
dice que han cometido un «lapsus». Por mi parte, no me
arriesgaría a afirmar esto con la generalidad que lo hace Me-
ringer al emplear la palabra «nadie». Sin embargo, la huella
de emoción que se manifiesta en el sujeto al serle demostra-
do su «lapsus», emoción que es de la naturaleza de la ver-
güenza, tiene su significación y puede colocarse al lado del
enfado que experimentamos al no recordar un nombre olvida-
do, o de nuestra admiración ante la tenacidad de un recuerdo
aparentemente indiferente, e indica siempre la participación
de un motivo en la formación de la perturbación.La desfiguración de los nombres propios equivale siempre
a un insulto cuando se hace intencionadamente, y podría te-
ner igual significado en toda aquella serie de casos en que
aparece como «lapsus» involuntario. Aquella persona que,
según la comunicación de Mayer, dijo una vez «F r e u-
d e r» en vez de F r e u d por tener intención de pronun-
ciar poco después el nombre «Breuer» (pág. 38), y habló otra
vez del método de F r e u e r-
B r e u d (pág. 28), era un colega de facultad
y ciertamente no un entusiasta de dicho método. Más ade-
lante, al ocuparme de las equivocaciones gráficas, comunica-
ré un caso de desfiguración de un nombre, que no puede ex-
plicarse de otra manera (1).
(1)Puede observarse también, que las personas de la aristocracia
suelen desfigurar con particular frecuencia los nombres de los médicos
a los que han consultado, de lo cual se deduce que interiormente no
los estiman en mucho, a pesar de la cortesía que muestran en su trato
con ellos. Quiero citar aquí algunas acertadas observaciones sobre el
olvido de nombres, tomándolas de la obra inglesa sobre este tema, es-
crita por el profesor E. J o n e s, residente en Toronto, en la época en que
la publicó. (The Psychopathology of Everyday Life. American J. of Psy-
chology, Oct. 1911):«Pocas son las personas que pueden reprimir un movimiento de en-
fado al notar que otras han olvidado su nombre, sobre todo cuando es-
peraban que éstas lo hubiesen retenido en su memoria. En estos casos,
acostumbran a decirse, sin reflexionar, que estas personas no hubiesen
sufrido tal flaqueza de memoria si se hubiese dejado en ellas una más vi-S.
99
En estos casos, interviene como elemento perturbador
una crítica que no debe tenerse en cuenta, por no correspon-
der, en el momento, a la intención del orador.Inversamente, la sustitución de un nombre por otro, la
adopción de un nombre que no es el propio o la identificación
llevada a cabo por equivocación de nombres, tienen que sig-
nificar una apreciación o reconocimiento que momentánea-
mente y por determinadas razones, debe permanecer en se-
gundo término. S. Ferenczi relata una experiencia de este
género, que procede de sus años escolares.«En mis primeros años de colegio, tuve que recitar una
vez, ante mis condiscípulos, una poesía. Habiéndola prepa-gorosa impresión, pues el nombre es un elemento esencial de la perso-
nalidad. Por otro lado, es extraordinariamente halagador ver que una alta
personalidad recuerda nuestro nombre. Napoleón, maestro en el arte
de manejar a los hombres, dió durante la desdichada campaña de 1814,
una asombrosa prueba de su memoria en esta cuestión. Hallándose en
una ciudad próxima a Graonne, recordó que veinte años antes había
hecho conocimiento con el que en aquellos días desempeñaba el puesto
de alcalde de dicha ciudad, un individuo llamado De Bussy. Consecuen-
cia de esto fue que De Bussy, encantado de que el Emperador le recor-
dase al cabo de veinte años, se entregó en cuerpo y alma a su servicio.
Inversamente, el medio más seguro de afrentar a una persona es fingir
no recordar su nombre, pues con ello manifestamos que nos es por com-
pleto indiferente. Esta cuestión ha sido también muy explotada en la
literatura. En la obra de Turgeneff titulada «Humo», aparece el pasaje
siguiente: «¿Sigue usted encontrando que Baden es un sitio divertido,
señor… Litvinov?—Ratmirov acostumbraba a pronunciar el nombre de
Litvinov vacilando un poco, como si tuviese que hacer un esfuerzo
para recordarlo. Con esto, así como con la orgullosa manera que tenía
de quitarse el sombrero al saludarle, se proponía herir a Litvinov en su
vanidad». En otra de sus obras, «Padres e Hijos», escribe el mismo
autor: «El gobernador invitó a Kísanov y Balarov al baile y repitió su
invitación pocos minutos después, considerándolos como hermanos y
llamándolos a ambos Kísarov». En este caso, el olvido de haberlos in-
vitado ya anteriormente, el error en el nombre y la incapacidad de con-
siderar por separado a cada uno de los dos jóvenes, constituyen un
cúmulo de alfilerazos irritantes. La desfiguración de los nombres tiene
la misma significación que el olvido de los mismos, es un primer paso
hacia este último.»S.
100
rado y estudiado a conciencia, me quedé muy sorprendido al
ver que apenas había comenzado a recitar, estallaba en la cla-
se una general carcajada. El profesor me explicó después este
singular recibimiento. Había dicho yo el título de la poesía
«Desde la lejanía» con toda corrección; mas después, en vez
del nombre de su autor, había pronunciado el mío propio. El
poeta se llamaba Alejandro (Sandor) Petoefi, y el llevar yo
el mismo nombre de pila, favoreció sin duda el intercambio,
mas la verdadera causa de éste fué, seguramente, mi secreto
deseo de identificarme en aquellos momentos con el héroe
poeta. Conscientemente también, sentía yo entonces por Pe-
toefi un amor y un respeto, rayanos en la adoración. Como
es natural, todo mi complejo de ambición se ocultaba detrás
de esta función fallida».Una parecida identificación por medio de un cambio de
nombres, me fué comunicada por un joven médico que tímida
y reverentemente se presentó al famoso Wirchow con
las palabras: «Soy el doctor Wirchow». El renombrado
profesor se volvió lleno de asombro hacia a él y le preguntó:
«¿Ah; se llama usted también Wirchow?» No sé cómo
justificaría el ambicioso joven su equivocación, ni si imagina-
ría la cortés excusa de decir que se sentía tan pequeño ante
el grande hombre, que hasta su propio nombre había olvida-
do, o tendría el valor de confesar que esperaba llegar a ser un
día tan grande como Wirchow y que, por lo tanto, el se-
ñor Consejero aúlico, debía tratarle con toda consideración.
Desde luego, uno de estos dos pensamientos o quizás ambos
a la vez, tuvieron que causar el embarazo del joven al hacer
su presentación.Por razones altamente personales debo dejar indeciso si
una parecida interpretación puede ser o no aplicable al si-
guiente caso. En el Congreso Internacional de Amsterdam,
en 1907, fué mi teoría de la histeria objeto de una viva discu-
sión. Uno de mis más enérgicos contradictores cometió, al
pronunciar su impugnación de mis teorías, repetidas equivo-
caciones orales consistentes en ponerse en mi lugar y hablar
en mi nombre. Decía, por ejemplo, «Breuer y yo hemos de-
S.
101
mostrado, como todos saben…» cuando lo que se proponía
decir era: «Breuer y Freud han, etc.» El nombre de este
adversario de mis teorías no presenta la más mínima seme-
janza ni similicadencia con el mío. Tanto este ejemplo como
muchos otros casos de intercambio de nombres, aparecidos
en equivocaciones orales, nos indican que la equivocación
puede prescindir por completo, de aquellas facilidades que la
ofrece la similicadencia y realizarse apoyada tan sólo por
ocultas relaciones de contenido.En otros casos más significativos, es una auto-crítica, una
contradicción que en nuestro fuero interno se eleva contra
nuestras propias manifestaciones, la que causa la equivoca-
ción, llegando hasta forzarnos a sustituir lo que nos propone-
mos expresar, por algo contrario a ello. Entonces se observa
con asombro cómo la forma de emitir una afirmación subraya
el propósito de la misma y cómo el «lapsus» revela la inte-
rior insinceridad. La equivocación se convierte aquí en un me-
dio de expresión y, con frecuencia, en la expresión misma
de lo que no quería uno decir. Con ella nos traicionamos a
nosotros mismos. Así, un individuo que en sus relaciones con
la mujer no gustaba del llamado «comercio normal», exclamó,
hablando de una muchacha a la que se reprochaba su co-
quetería: «Conmigo se le quitaría pronto esa costumbre
de coquetear». Aquí no cabe duda de que sólo a la in-
fluencia de la palabra coito es a lo que se puede atribuir
la modificación introducida en la palabra coquetear,
que es la que el individuo tenía intención de pronunciar. Lo
mismo sucede en este otro caso: «Un tío nuestro–nos relató
un matrimonio–estaba hace algunos meses muy ofendido
con nosotros porque no le visitábamos nunca. Por fin, el
ofrecerle nuestra nueva casa, nos dió motivo para ir a verlo
después de mucho tiempo. En apariencia, se alegró mucho
de vernos, pero al despedirnos nos dijo con gran afabilidad:
«Espero que en adelante os veré más raramente que
hasta ahora».Los casuales caprichos del material oral, hacen surgir, a
veces, equivocaciones que tienen, en unos casos, todo el
S.
102
abrumador efecto de una indiscreta revelación, y en otros, el
completamente cómico de un chiste.Así sucede en el ejemplo siguiente, comunicado y obser-
vado por el doctor Reitler:«Una señora quiso alabar el sombrero de otra y la pregun-
tó en tono admirativo: «—¿Y ha sido usted misma quien ha
adornado ese sombrero?—» Mas al pronunciar la palabra
adornado—aufgeputzt—, cambió la u de la última sí-
laba en a, formando un verbo que por su analogía con la pa-
labra Patzerei (facha), revelaba la crítica ejercida en el in-
terior de la señora, sobre el sombrero de su amiga. Claro es
que la azorante y clara equivocación no podía ya ser rectifi-
cada, por muchas alabanzas que a continuación se pronun-
ciasen.Menos comprometedora, pero también inequívoca, es la
crítica expresada en el «lapsus» siguiente:Una señora visitaba a una conocida suya, y la inagotable
y poco interesante charla de esta última, la causó pronto fa-
tiga e impaciencia por marcharse. Por fin, consiguió interrum-
pirla y despedirse, pero al llegar a la antesala, su amiga, que
la acompañaba, la detuvo con un nuevo torrente de palabras,
y estando ya dispuesta a salir, tuvo que permanecer de pie
ante la puerta, escuchándola. Por fin, la interrumpió, dicien-
do: «—¿Recibe usted en la antesala? (Vorzimmer)»,
y se dió en seguida cuenta de su equivocación al ver la cara
de asombro de su interlocutora. Lo que había querido decir,
cansada por la larga permanencia de pie en la antesala y para
intentar cortar la charla de su amiga, era: «¿Recibe usted por
las mañanas? (Vormittag)», pero la equivocación
reveló su impaciencia.El siguiente es un caso de auto-referencia presenciado
por el doctor Max Graef.«En una Junta general de la Sociedad de Periodistas
«Concordia», pronunció un joven socio, que sufría de cons-
tantes apuros económicos, un violento discurso de oposición,
y en su arrebato, interpeló a los miembros de la Co-
misión de Gobierno interior de la SociedadS.
103
(Ausschussmitglieder), con el nombre de miem-
bros de adelantos (Vorschussmitglieder).En efecto, los miembros de la Comisión de Gobierno interior
tenían a su cargo el conceder o no los préstamos solicita-
dos por los socios, y el joven orador acababa de hacer una
petición en tal sentido.»En el ejemplo «Vorschwein», hemos visto que la
equivocación se produce con facilidad cuando el sujeto pro-
cura reprimir alguna palabra insultante, constituyendo el error
una especie de desahogo.«Un fotógrafo que se había propuesto rehuir todo apelati-
vo zoológico en su trato con sus torpes ayudantes, quiso de-
cir un día a un aprendiz que había derramado por el suelo la
mitad del líquido contenido en una cubeta al querer transva-
sarlo a otro recipiente: «Pero hombre, ¿por qué no has saca-
do (abschöpfen), antes un poco de líquido con cualquier
cosa?» Pero cambió la f por una s, resultando la palabra
Schöpsen, que recuerda la palabra Schöps (carnero
–bobo), apelativo que el fotógrafo evitó pronunciar, pero
que surgió en el «lapsus». Otra vez, viendo a una ayudanta
poner imprudentemente en peligro una docena de valiosas
placas, comenzó a dirigirla una larga y airada reprimenda, en
la que quiso decir: «¿Es que está usted mala de la ca-
beza? (hirnverbrannt)». Mas al pronunciar esta
palabra, cambió la i primera en una o, resultando horn-
verbrannt (mala de los cuernos)».El ejemplo que va a continuación, constituye un serio caso
de confesión involuntaria llevada a cabo por medio de un
«lapsus linguae». Algunos detalles de interés que en él apa-
recen, justifican que se transcriba aquí íntegra la comunica-
ción que de él publicó A. A. Brill en la «Zentralblatt für
Psychoanalyse, II-I» 1):«Paseaba yo una noche con el doctor Frink, hablando de
cuestiones referentes a la Sociedad psicoanalítica de Nueva
York, cuando encontramos a un colega, el doctor R., al cual1)Atribuida erróneamente en la revista, a E. Jones.
S.
no había yo visto hacía años, y de cuya vida privada no co
nocía nada. Ambos nos alegramos de volvernos a ver y, a
propuesta mía, entramos en un café, en el que permanecimos
dos horas conversando animadamente. El doctor R., parecía
conocer mis asuntos particulares mejor que yo los suyos, pues
tras los saludos de costumbre, me preguntó por la salud de
mi hijo, declarándome que de tiempo en tiempo tenía noticias
mías por conducto de un amigo de ambos y que se interesaba
mucho por mi actividad profesional, habiendo leído mis pu-
blicaciones en las revistas de medicina. A mi vez, le pregun-
té si se había casado, contestando él negativamente, y aña-
diendo: «Para qué habría de casarse un hombre como yo».Al abandonar el café, se dirigió a mí de repente y me
dijo: «Quisiera saber lo que haría usted en el caso siguiente:
Conozco a una enfermera que ha sido declarada cómplice
en un proceso de divorcio. La esposa ofendida entabló éste
contra su marido, acusándole de adulterio con la susodicha
enfermera, y el divorcio se falló a favor de él1).» (1).
Al llegar aquí le interrumpí, diciendo: «Querrá usted decir a
favor de ella, de la esposa». R. rectificó en seguida:
Claro es; se falló a favor de ella –y siguió su relato, con
tando que el escándalo producido había impresionado de tal
manera que había comenzado a darse a la bebida
y contraído un grave desarreglo nervioso. Al final de su relato
me pidió consejo sobre el tratamiento a que debía someterla.Al rectificar su equivocación le rogué me la explicara,
pero como sucede habitualmente en estos casos, recibí la
asombrada respuesta de que el error había sido por completo
casual, que no había motivo para suponer que se ocultase
algo detrás de él y que, en fin de cuentas, todo el mundo
tenía derecho a equivocarse. A esto, repliqué que todas las
equivocaciones orales tienen siempre un fundamento y que
si no me hubiera dicho poco antes, que era soltero, hubiese1)«Según nuestras leyes, no se admite el divorcio más que cuan-
do queda probado que uno de los cónyuges ha cometido adulterio, y
entonces, los derechos que el divorcio ocasiona, no se conceden más
que al cónyuge ofendido.»
104
S.
105
estado tentado de considerarle como el prota-
ceso relatado, porque, siendo así, quedaría explicada su
equivocación por su deseo de no haber sido él sino su mujer
quien hubiera perdido el pleito, con lo cual hubiese él queda-
do libre de tenerla que pasar alimentos y con el derecho de
volverse a casarse en Nueva York. El doctor rechazó obsti-
nadamente mi sospecha, fortificándola al mismo tiempo por
una exagerada reacción emocional y señales inequívocas de
gran excitación, seguidas de ruidosas risotadas. A mi invita-
ción a decir la verdad en interés de la ciencia, contestó di-
ciendo: «Si no quiere usted que le mienta, debe seguir cre-
yendo en mi soltería y, por lo tanto, en que su interpretación
psicoanalítica es falsa en absoluto». Luego añadió que el
trato con un hombre como yo, que se fijaba en tales peque-
ñeces, era en extremo peligroso y, recordando de repente
que tenía que acudir a una cita, se despidió de nosotros.Sin embargo, tanto el doctor Frink como yo estábamos
convencidos de la exactitud de mi interpretación del «lapsus»
y, por mi parte, decidí comenzar a informarme para obtener
una prueba favorable o adversa. Días después, visité a un
vecino mío, antiguo amigo del doctor R–, el cual confirmó mi
hipótesis en todos sus puntos. El pleito se había sentenciado
unas semanas antes, y la enfermera había sido declarada
cómplice del adulterio.–El doctor R. está ahora firmemente
convencido de la exactitud de los mecanismos freudianos.En el siguiente caso, comunicado por O. Rank, aparece
también como indudable el hecho de traicionar la equivoca-
ción los sentimientos íntimos del sujeto que la sufre:«Un individuo carente en absoluto de sentimientos pa-
trióticos y que deseaba educar a sus hijos en esta misma
ausencia de ideales, en su opinión superfluos, reprochaba a
aquéllos el haber tomado parte en una manifestación patrióti-
ca, y achacaba su conducta en este caso, al ejemplo de un
tío de los muchachos: «Precisamente es a vuestro tío al que
no debéis imitar–les dijo–. Es un idiota». La cara de
asombro de sus hijos, no acostumbrados a oir a su padre
tratar al tío de aquel modo, le hizo darse cuenta de su equi-
vocación.»S.
106
vocación y disculparse rectificando: «Como supondréis, no
quería decir, idiota sino patriota».Como una involuntaria confesión, en la que el sujeto se
traiciona a sí propio, es interpretada por aquella persona
misma a la que se dirige la frase en la que aparece el error,
la equivocación siguiente, comunicada por J. Staercke (l. c.),
el cual añade a su relato una observación acertada, pero que
va más allá de los límites en que debe mantenerse la inter-
pretación:«Una dentista había convenido con su hermana que la re-
conocería un día para ver si existía o no contacto entre
dos de sus muelas, esto es, si las paredes laterales de dichas
muelas estaban o no suficientemente juntas para no permitir
que quedasen entre ellas partículas de comida. Pasado algún
tiempo, la hermana se quejaba de que la hiciera esperar tan-
to para llevar a cabo el reconocimiento prometido, y dijo
bromeando: «Ahora está curando con todo interés a una co-
lega suya. En cambio yo, su hermana, tengo que esperar
días y días».–Por fin cumplió la dentista su promesa, y al
reconocer a su hermana, halló, en efecto, una carie en una
de las muelas y dijo: «No creí que hubiera carie; sólo pensa-
ba que no tendrías contante... digo contacto entre
las dos muelas»–. «¿Lo ves?–exclamó riendo la hermana–.
¿Ves cómo es por avaricia por lo que me has hecho esperar
mucho más tiempo que a las pacientes que te pagan?»«No debo–añade Staercke–agregar mis propias obser-
vaciones a las de la hermana de la dentista, ni sacar de ellas
conclusión alguna; pero al serme conocido este «lapsus» no
pude por menos de pensar que las dos amables e inteligen-
tes mujeres permanecen aún solteras y, además, tratan poco
con jóvenes del sexo contrario, y me pregunté a mí mismo
si no tendrían más contacto con éstos teniendo más
«contante».Igual valor de confesión involuntaria tiene la siguiente
equivocación comunicada por Th. Reik (l. c.):«Una muchacha iba a ponerse en relaciones con un indi-
viduo por motivos de conveniencia familiar. Para aproximarS.
107
PSICOPATOLOGIA
a ambos jóvenes, sus respectivos padres organizaron una
reunión a la que asistieron los futuros novios. La joven supo
dominarse lo bastante para no dejar ver su desvío a su pre-
tendiente, que se mostró muy galante con ella. Mas después,
cuando su madre la preguntó cómo le había parecido, que-
riendo contestar cortésmente: «Muy amable (liebens-
würdig)», dijo: «Muy desagradable (lie-
benswidrig)».También constituye una confesión no menos importante
el siguiente «lapsus», calificado por O. Rank de «chistosa
equivocación». («Internat. Zeitschrift für Psychoanalyse.»)«Una mujer casada, que gusta de oir contar anécdotas y
de la que se dice no rechaza pretensiones amorosas extrama-
trimoniales cuando éstas se apoyan en presentes de alguna
consideración, escuchaba cómo un joven que la hacía la cor-
te, relataba, no sin intención, la siguiente conocida historia:
«Dos amigos estaban asociados en un negocio y uno de ellos
hacía el amor a la mujer del otro, la cual no se mostraba muy
inclinada a concederle sus favores. Por fin le participó que
accedería a sus pretensiones a cambio de un regalo de mil
duros. En una ocasión en que el marido iba a partir de viaje,
su consocio le pidió prestados mil duros, prometiendo entre-
gárselos a su mujer al siguiente día. Naturalmente, esta can-
tidad quedó en seguida, como supuesto pago de sus favores,
en manos de la mujer, la cual, al regresar su marido, pasó
por la angustia de creerse descubierta y tuvo que entregar
los mil duros y soportar encima silenciosamente su despecho
por haber sido burlada».—Al llegar el joven en el relato de
esta historia, al punto en que el seductor dice a su consocio:«Yo le devolveré mañana el dinero a tu mujer»—su
interlocutora le interrumpió con las significativas palabras si-
guientes: «Diga usted: ¿no me ha devuelto usted ya eso
otra vez?... ¡Ay, perdón!, quería decir contado». Sólo
haciendo directamente la proposición hubiera podido indicar
mejor la señora su aquiescencia a entregarse bajo las mismas
condiciones.»Un bello caso de confesión involuntaria con inocentes re-
S.
108
Prof. S. Freud
sultados es el que V. Tausk publica en la «Internationale
Zeitschrift für Psychoanalyse», IV, 1916, bajo el siguiente
título:«La fe de los padres».
«Como mi novia era cristiana—cuenta el señor A.—y no
quería adoptar la fe judía, tuve yo que pasar del judaísmo al
cristianismo para poderme casar con ella. Este cambio de
confesión lo realicé no sin resistencia interior, pero el fin que
con él me proponía conseguir parecía justificarlo, tanto más,
cuanto que contra él no podía alegar más que mi exterior per-
tenencia al culto hebreo, pues carecía de arraigadas convic-
ciones religiosas. Sin embargo, siempre he confesado des-
pués pertenecer al judaísmo y pocos de mis conocidos saben
que estoy bautizado.De mi matrimonio me han nacido dos hijos que han sido
bautizados cristianamente. Cuando llegaron a edad de com-
prender las cosas, les revelé su ascendencia judía con el fin
de que las opiniones antisemitas que pudieran actuar sobre
ellos en el colegio, no influyeran, injustificadamente, en su
posición ante mí.Hace algunos años, pasaba yo el verano con mis hijos,
que por entonces iban al colegio de primera enseñanza, en
casa de la familia de un profesor de dicho colegio. Hallándo-
nos un día merendando con nuestros huéspedes, que en ge-
neral eran personas amables, la señora de la casa, ignorante
de la ascendencia semita de sus inquilinos veraniegos, lanzó
algunas duras palabras contra los judíos. Yo debía haber de-
clarado la verdad para dar a mis hijos un ejemplo del «valor-
de las propias convicciones», pero temía las inagotables ex-
plicaciones que habían de seguir a mi declaración. Además,
me cohibía el temor de tener que abandonar, quizá, el buen-
hospedaje que habíamos hallado y abreviar así las cortas va-
caciones de que podíamos gozar mis hijos y yo, en el caso
de que nuestros huéspedes, al averiguar nuestro origen judío,
cambiaran de conducta para con nosotros.S.
109
Por lo tanto, callé, y suponiendo que mis hijos, si asistían
por más tiempo a la conversación, acabarían por revelar fran-
ca y decididamente la verdad, quise alejarlos enviándoles al
jardín.Con esta intención me dirigí a ellos y les dije:–«Id al jar-
dín judíos (Juden)»; y, advirtiendo en seguida mi equi-
vocación, rectifiqué:–«muchachos (Jungen)». Así,
pues, mi equivocación, fué la puerta por donde halló salida
la verdad y la expresión del reprimido «valor de las propias
convicciones». Los que me oyeron no sacaron consecuencia
ninguna de mi equivocación, pues no la dieron importancia
alguna, pero yo, por mi parte, saqué de ella la enseñanza de
que «la fe de los padres» no se deja negar sin castigarnos
cuando somos hijos y padres a un mismo tiempo».De consecuencias más graves, es la siguiente equivoca-
ción, que no publicaría si el mismo juez que tomó la declara-
ción en que se produjo, no me la hubiera indicado como pro-
pia para ser incluída en mi colección:«Un reservista acusado de robo se refería en su declara-
ción, a su servicio militar (Dienststellung) y al
pronunciar esta palabra se equivocó y dijo: Diebstel-
lung (Dieb–Diebstahl–ladrón–robo).»En los trabajos de psicoanálisis, las equivocaciones del
paciente sirven, muchas veces, para aclarar los casos y con-
firmar aquellas hipótesis expuestas por el médico en el mis-
mo momento en que el paciente las niega con obstinación.
Con uno de mis clientes se trataba un día de interpretar un
sueño que había tenido y en el que había aparecido el nom-
bre Jauner. El cliente conocía, en efecto, a una persona
de este nombre, pero no podíamos descubrir por qué tal per-
sona había sido incluída en el contenido del sueño. Por últi-
mo, expuse la hipótesis de que ello había sucedido tan sólo
por la similicadencia del nombre Jauner con el injurioso
calificativo Gauner–rufian. El paciente rechazó rápi-
da y enérgicamente mi suposición, pero al hacerlo, sufrió una
equivocación que confirmó mi sospechas por consistir en el
mismo cambio de la letra g por una j. En efecto, al llamarleS.
110
yo la atención sobre el «lapsus» cometido, reconoció como
cierta mi interpretación de su sueño.Cuando en una discusión sería sufre uno de los interlocu-
tores uno de estos errores que convierten la intención de la
frase en la completamente contraria, queda en posición des-
ventajosa frente a su adversario, el cual raras veces deja de
utilizar en provecho suyo tal ventaja.Esto muestra, claramente, que en general, todo el mundo
da a las equivocaciones orales y demás clases de actos falli-
dos, la misma interpretación que se les da en este libro, aun
que luego los individuos aislados se nieguen a reconocerlo
en teoría y no estén propicios a prescindir, cuando se trata
de la propia persona, de la comodidad que supone la indife-
rente tolerancia con la que se miran tales funciones fallidas.
La hilaridad y la burla que estos errores no dejan nunca de
provocar cuando aparecen en momentos graves o decisivos,
son un testimonio contrario a la convención generalmente
aceptada de que no son sino meros «lapsus linguae», sin sig-
nificación ni importancia psicológica alguna. Nada menos que
el canciller alemán, príncipe de Bülow, tuvo que recordar
en una ocasión esta teoría de la falta de significación de las
equivocaciones orales, para salvar su situación, cuando pro-
nunciando un discurso en defensa de su emperador (Noviem-
bre 1907), sufrió un error que le hizo decir lo contrario de lo
que se proponía.«Por lo que respecta al presente, a la nueva época del
emperador Guillermo II–dijo–, he de repetir lo que ya dije
hace un año: que es inícuo e injusto hablar de
la existencia de una camarilla de conse-
jeros responsables en torno de nuestro
emperador... – (Vivas exclamaciones: – ¡Irresponsa-
bles!)–de consejeros irresponsables en torno de
nuestro Emperador. Perdonen sus señorías el «lapsus linguae»
(Hilaridad).»En este caso, la frase del príncipe de Bülow perdió im-
portancia ante su auditorio, por la acumulación de negaciones
entre las que se hallaba la equivocación. Además, la simpatíaS.
111
hacia el orador y la consideración de la difícil situación en
que se hallaba, hicieron que su error no se aprovechase para
combatirle. Peores consecuencias tuvo el error de otro dipu-
tado, que un año después y en la misma Cámara, queriendo
invitar a sus oyentes a enviar un mensaje «sin consi-
deraciones» (rückhaltlos) al emperador, des-
cubrió con una desgraciada equivocación, sentimientos distin-
tos que ocultaba en su pecho leal.«Lattmann: Examinemos esta cuestión del mensaje desde
el punto de vista reglamentario. Según las leyes, el Reichs-
tag, tiene el derecho de dirigir mensajes al Emperador, y
creemos que el pensamiento y el deseo general del pueblo
alemán están en dirigir al Emperador en esta ocasión, un
manifiesto armónico, y si podemos hacerlo sin
herir los sentimientos monárquicos, también debemos hacerlo
«doblando el espinazo» (rückgratlos,
«invertebradamente») (Hilaridad tempestuosa que
dura varios minutos). Señores, he querido decir: «sin
consideraciones» (rückhaltlos) y no «do-
blando el espinazo» (rückgratlos)–(Hila-
ridad)–y una manifestación así, sin reserva alguna, del pue-
blo, ha de ser aceptada en estos graves momentos, por nues-
tro Emperador.»El periódico «Vorwaerts», en su número del 12 de No-
viembre de 1908, no dejaba de señalar el significado de esta
equivocación:«Doblando el espinazo ante el trono im-
perial».«Nunca se ha demostrado tan claramente en un parla-
mento y por la involuntaria confesión de un diputado, la acti-
tud de éste y de la mayoría de los miembros de la Cámara,
como lo consiguió el antisemita Lattmann en el segundo día
de su interpretación, cuando con festivo pathos, dejó escapar
la confesión de que él y sus amigos querían decir al Empera-
dor su opinión «doblando el espinazo».S.
112
«Una tempestuosa hilaridad general ahogó las siguientes
palabras del infeliz, que todavía consideró necesario discul-
parse, tartamudeando que lo que había querido decir era «sin
consideraciones.»Otro bello ejemplo de equivocación, encaminada, no tanto
a traicionar los sentimientos del personaje como a orientar al
auditorio colocado fuera de la escena, se encuentra en el
drama de Schiller, «Wallenstein» (Los Piccolomini. Acto I.
Escena 5.ª), y nos muestra que el poeta que utilizó este
medio conocía la significación y el mecanismo de la equivo-
cación oral. En la escena precedente, Max Piccolomini, lleno
de entusiasmo, se ha declarado decidido partidario del duque,
anhelando la llegada de la bendita paz, cuyos encantos le
fueron descubiertos en su viaje acompañando al campamento
a la hija de Wallenstein. A continuación comienza la escena 5.ª:Questenberg: ¡Ay de nosotros! ¿A esto hemos llegado?
¿Vamos, amigo mío, a dejarle marchar en ese error sin lla-
marle de nuevo y abrirle los ojos en el acto?Octavio (saliendo de profunda meditación): Ahora acaba
él de abrír-melos a mí y veo más de lo que quisiera ver.Questenberg: ¿Qué es ello, amigo mío?
Octavio: ¡Maldito sea el tal viaje!
Questenberg: ¿Por qué? ¿Qué sucede?
Octavio: Venid. Tengo que perseguir inmediatamente la
desdichada pista. Tengo que observarla con mis propios ojos.
Venid. (Quiere hacerle salir.)Questenberg: ¿Por qué? ¿Dónde?
Octavio (apresurado): Hacia ella.
Questenberg: Hacia…
Octavio (corrigiéndose): Hacia el duque. Vamos.
Esta pequeña equivocación—hacia ella, en vez de hacia
él—tiene por objeto revelarnos que el padre ha adivinado el
motivo de la decisión de su hijo de ponerse al lado de Wa-
llenstein, mientras que Questenberg, el cortesano, no com-
prendiendo nada, le dice «que le está hablando en adivi-
nanzas».
S.
113
Otto Rank ha descubierto en Shakespeare otro ejemplo
de empleo poético de la equivocación. Transcribo aquí la co-
municación de Rank, publicada en la Zentralblatt für Psy-
choanalyse, I, 3:«Otro ejemplo de equivocación oral, delicadamente moti-
vado, utilizado con gran maestría técnica por un poeta, y
similar al señalado por Freud en el «Wallenstein» de Schiller,
nos enseña que los poetas conocen muy bien la significación
y el mecanismo de esta función fallida, y suponen que tam-
bién lo conoce o comprenderá el público. Este ejemplo lo ha-
llamos en el «Mercader de Venecia» (Acto III. Escena 2.a),
de Shakespeare. Porcia, obligada por la voluntad de su pa-
dre a tomar por marido a aquel de sus pretendientes que
acierte a escoger una de tres cajas que le son presentadas,
ha tenido hasta el momento la fortuna de que ninguno de
aquellos amadores que no le eran gratos, acertase en su elec-
ción. Por fin encuentra en Bassano al hombre a quien entre-
garía gustosa su amor, y entonces teme que salga también
vencido en la prueba. Quisiera decirle que aun sucediendo así
puede estar seguro de que ella le seguirá amando, pero su
juramento se lo impide. En este conflicto interior, la hace
decir el poeta a su afortunado pretendiente:–«Quisiera reteneros aquí un mes o dos antes de que
aventurárais la elección de que dependo. Podría indicaros
cómo escoger con acierto, pero si así lo hiciera, sería perjura
y no lo seré jamás. Por otra parte, podéis no obtenerme y, si
esto sucede, me haríais arrepentir, lo cual sería un pecado,
de no haber faltado a mi juramento. ¡Malhaya vuestros ojos!
Se han hecho dueños de mi ser y lo han dividido
en dos partes, de las cuales, la una es
vuestra, y la otra vuestra, digo mía, mas
siendo mía, es vuestra, y así, toda soy
vuestra.»Así, pues, aquello que Porcia quería tan sólo indicar lige-
ramente a Bassano, por ser algo que en realidad debía ca-
llarle en absoluto, esto es, que ya antes de la prueba le
amaba y era toda suya, deja el poeta, con admirable sen-S.
114
sibilidad psicológica, que aparezca claramente en la equivo-
cación y, por medio de este artificio, consigue calmar, tanto
la insoportable incertidumbre del amante, como la similar
tensión del público sobre el resultado de la elección.»Dado el interés que merece una tal confirmación por parte
de los grandes poetas, de nuestra concepción de las equivo-
caciones orales, creo justificado agregar aún a los anteriores
un tercer ejemplo de esta clase, comunicado por E. Jones:
(«Un ejemplo de uso literario de la equivocación oral».–Zentralblatt für Psychoanalyse. I-10).«Otto Rank llama la atención, en un artículo reciente-
mente publicado, sobre un bello ejemplo, en el cual Shakespeare
hace cometer a una de sus figuras femeninas, a Porcia,
una equivocación oral, por medio de la cual quedan revela-
dos sus secretos pensamientos. Por mi parte, quiero también
señalar un ejemplo análogo existente en «El Egoísta», la obra
maestra del gran novelista inglés George Meredith. El argu-
mento de esta novela es el siguiente: Un aristócrata, muy ad-
mirado en su círculo mundano, sir Willoughby Patterne, se
desposa con una tal miss Constancia Durham, la cual, ha-
biendo descubierto en su prometido un desenfrenado egoís-
mo que él oculta con habilidad a los ojos de la gente, se es-
capa, para huir de un matrimonio que le repugna, con un
capitán, Oxford. Años después, Patterne y otra mujer, miss
Clara Middleton, se dan mutua palabra de casamiento. La
mayor parte del libro está destinada a describir minuciosa-
mente el conflicto que surge en el alma de Clara Middleton
al descubrir, como antes lo descubrió Constancia Durham, el
egoísmo de su prometido. Determinadas circunstancias exter-
nas y su propia concepción del honor continúan manteniendo
a Clara ligada a su promesa de matrimonio, mientras que cada
vez va sintiendo un mayor desprecio hacia sir Willaughby.
Estos sentimientos los confía en parte al secretario y primo
de aquél, Vernon Whitford, con el cual se casa al final de la
novela. Pero éste, por su lealtad hacia Patterne y varios
otros motivos, guarda en un principio una actitud de reserva.
En un monólogo en el que Clara da rienda suelta a suS.
115
dolor, dice lo que sigue: «¡Si un hombre noble viera la situa-
ción en que me hallo y no desdeñara prestarme su ayuda!
¡Oh; ser libertada de esta prisión donde gimo entre espinas!
Por mí sola no puedo abrirme camino. Soy demasiado cobar-
de. Sólo una señal que con un dedo se me hiciera, creo que
me transformaría. Desgarrada y sangrante, podría huir entre
el desprecio y el griterío de la gente a refugiarme en los bra-
zos de un camarada... Constancia halló un soldado. Quizá
rezó y fué escuchada su plegaria. Hizo mal. ¡Pero cómo la
amo por haber osado! El nombre de él era Harry Oxford...
Ella no dudó, rompió sus cadenas y marchó franca y decidi-
damente. Osada muchacha, ¿qué pensarás de mí? Pero yo no
tengo ningún Harry Whitford; yo estoy sola...
La rápida percepción de que había sustituido por otro el
nombre de Oxford la anonadó como un mazazo, haciendo cu-
brirse su rostro de llameante púrpura.»El hecho de que los nombres de los dos sujetos termina-
sen en «ford», facilita la confusión de la protagonista y, para
muchos, constituiría una justificación suficiente del error,
pero el novelista indica, claramente, la verdadera causa
profunda.En otra parte del libro, aparece de nuevo la misma equi-
vocación, seguida de aquella vacilación y aquel repentino
cambio de tema con los que nos familiarizan la psicoanálisis
y la obra de Jung sobre las asociaciones y que no aparecen
más que cuando ha sido herido un complejo semi-consciente.
Patterne dice en tono de superioridad refiriéndose a Whit-
ford: –«¡Falsa alarma! El bueno de Vernon es incapaz de
hacer nada extraordinario». Clara, responde: «Pero si míster
Oxford... digo míster Whitford... Mirad vuestros
cisnes cómo acuden atravesando el lago. ¡Qué bellos están
cuando se hallan irritados! Pero vamos a lo que iba a pregun-
taros: –Aquellos hombres que son testigos de una visible
admiración que a otros se profesa, ¿no se desanimarán ante
ello? –Sir Willoughby se irguió rígidamente. Una repentina
luz había iluminado su pensamiento».
Todavía en otro lugar, revela Clara con un nuevo «lap-
S.
116
sus», su interior deseo de una íntima unión con Vernon Whit
ford. Dando un recado a un muchacho, le dice: —«Di esta
noche a míster Vernon—a míster Whitford...» (1)La concepción de las equivocaciones orales que se sos-
tiene en este libro, ha sido verificada y comprobada hasta en
sus más mínimos detalles. Repetidas veces he conseguido
demostrar que los más insignificantes y naturales casos de
errores verbales tienen su sentido y pueden ser interpretados
de igual modo que los casos más extraordinarios. —Una pa-
ciente que contra toda mi voluntad, pero con firme decisión,
emprendía una corta excursión a Budapest, justificaba ante
mí su desobediencia alegando que no pasaría en dicha ciudad
nada más que tres días, pero se equivocó y, en vez de
tres días, dijo tres semanas. Con esto reveló que por
su gusto, y a pesar mío, pasaría mejor tres semanas que tres
días con aquellas personas de Budapest, cuya sociedad juz-
gaba yo perjudicial para ella.Una noche, queriendo excusarme de no haber ido a bus-
car a mi mujer a la salida de un teatro, dije: —«He estado en
el teatro a las diez y diez minutos». —«¿Querrás decir a las
diez menos diez?»—me repusieron, rectificándome— Na-
turalmente, era esto lo que había querido decir, pues lo que
había realmente dicho no constituía excusa ninguna. Había
quedado con mi mujer en irla a buscar a la salida del teatro y
en el programa se decía que la función acabaría antes de las
diez. Cuando llegué, el vestíbulo estaba ya a oscuras y el
teatro vacío. Indudablemente, la representación había termi-
nado antes de mi llegada y mi mujer no me había esperado.
Saqué el reloj y vi que eran las diez menos cinco minutos,
pero me propuse presentar la cuestión en mi casa aún más fa-
vorablemente para mí, diciendo que eran las diez menos diez.
Por desgracia, mi equivocación echó a perder mi propósito y(1)Otros ejemplos de equivocaciones orales que, según la inten-
ción del poeta, deben ser interpretadas como muy significativas y, en
su mayoría, como confesiones involuntarias, aparecen en el «Ricar-
do III», de Shakespeare y en el «Don Carlos», de Schiller. No sería di-
fícil ampliar esta lista.S.
117
reveló mi insinceridad, haciéndome además confesar un re
traso más grave del verdadero.Partiendo de este punto, llegamos a aquellas perturbacio
nes del discurso que no pueden considerarse ya como equi
vocaciones orales, porque no afectan sólo a una palabra
aislada, sino al ritmo y a la total exteriorización de la ora
ción, como por ejemplo, las repeticiones y el tartamudeo cau
sados por la confusión o el embarazo. Pero tanto en unos
casos como en otros, lo que en las perturbaciones del dis
curso se revela, es el conflicto interior. No creo, en verdad,
que haya nadie que se equivoque durante una audiencia con
el Rey, en una seria y sincera declaración de amor o en una
defensa del propio honor ante los jurados, esto es, en aque
llos casos en que, según nuestra justa expresión corriente,
pone uno toda su alma. Hasta al criticar el estilo
de un escritor, acostumbramos a seguir aquel principio expli
cativo del que no podemos prescindir en la investigación de
las equivocaciones aisladas. Un estilo límpido e inequívoco
nos demuestra que el autor está de acuerdo consigo mismo,
y en cambio, una forma de expresión forzada o retorcida,
nos indica la existencia de una idea no desarrollada totalmen
te y nos hace percibir la ahogada voz de la autocrítica del
autor 1).Desde la aparición de la primera edición de este libro,
han comenzado varios amigos y colegas míos extranjeros a
dedicar su atención a las equivocaciones cometidas en la len
gua de sus respectivos países. Como era de esperar, han
hallado que las leyes de las funciones fallidas son indepen
dientes del material oral y han adoptado igual método inter
pretativo que el empleado por nosotros en las equivocacio
nes cometidas en lengua alemana. Siendo incontables los
ejemplos, no transcribiré aquí más que uno:(1) Ce qu’on conçoit bien
S’énonce clairement
et les mots pour le dire
Arrivent aisément.Boileau.—Art poétique.
S.
118
El doctor A. A. Brill (New-York) comunica la siguiente
observación propia:—A friend described to me a nervous
patient and wished to know whether I could benefit him. I
remarked I believe that in time I could remove all his symp-
toms by psycho-analysis because it is a durable case,
wishing to say curable. (A contribution to The Psychopa-
thology of Edveryday Life—. Psychotherapy-III-I-1909) 1).Quiero, por último, añadir aquí, para aquellos lectores
que no se asustan ante un esfuerzo de atención y para aque-
llos otros algo familiarizados ya con la psicoanálisis, un
ejemplo que demuestra a qué profundidades psíquicas puede
llegarse en la persecución de los motivos de una equivoca-
ción oral.L. Jekels, («Internationale Zeitschrift für Psychoanaly-
se», I-1913).«El día 11 de Diciembre, hablando con una dama polaca,
me dirigió ésta en su idioma, y con cierto tonillo de desafío,
la pregunta siguiente:—¿Por qué he dicho yo hoy
que tenía doce dedos?A mi ruego, reprodujo la escena en la que surgió su ocu-
rrencia. Aquel día se había propuesto salir a hacer una visita
con su hija, la cual padecía de dementia praecox en estado
de remisión, y la había mandado a cambiarse de blusa a una
habitación contigua. Al volver la hija ya vestida, encontró a
su madre limpiándose las uñas, y entre ambas, se desarrolló
el siguiente diálogo:La hija: Mira, yo ya estoy arreglada y tú no.
La madre: Es verdad; pero también tú no tenías más que
hacer que ponerte una blusa, y yo, en cambio, tengo que
arreglarme doce uñas.1)N. del T.—En inglés en el original. Su traduc-
ción es: Un amigo mío me describió la enfermedad nerviosa que
aquejaba a una tercera persona, para que yo le dijese mi opinión
sobre dicha enfermedad y el modo posible de curarla. Mi res-
puesta fué:—Creo poder remover con el tiempo, y por medio de
la psicoanálisis, todos los síntomas que ator-
mentan al paciente, pues me parece un caso «durable», digo cu-
rable».S.
119
La hija: ¿Cómo?
La madre (impaciente): Naturalmente. ¿No ves que
tengo doce dedos?Preguntada por un colega mío que asistía a su relato, so-
bre lo que se le ocurría fijando su atención en el número
doce, respondió pronta y resueltamente.—Doce no es
para mí ninguna fecha (de importancia).Pasando a la palabra «dedos» nos comunicó después
de una ligera vacilación, la asociación siguiente:—En la fami-
lia de mi marido tenían todos seis dedos en cada pie. Cuan-
do nacieron mis hijos lo primero que hicimos fué ver si tam-
bién tenían seis dedos.Por causas exteriores al análisis no pudo éste ser conti-
nuado aquella noche, pero a la mañana siguiente, día 12 de
Diciembre, recibí la visita de la señora, que me dijo visible-
mente excitada:—Mire usted lo que me ha sucedido. Desde
hace veinte años no he dejado nunca de felicitar a un ancia-
no tío de mi marido en el día de su cumpleaños, que es hoy
precisamente. Siempre acostumbro a escribirle una carta el
día anterior, pero esta vez se me ha olvidado y he tenido
que ponerle un telegrama—.Al oir esto recordé e hice recordar a la señora la seguri-
dad con que la noche anterior había contestado a la pregunta
de mi colega sobre el número doce, pregunta muy apropiada
para haberle recordado el cumpleaños de su tío, y a la que
ella había repuesto que el día 12 no significaba para ella
ninguna fecha importante.Entonces declaró la señora que el tío de su marido era
hombre de fortuna, y que ella había contado siempre con que
le heredaría; pero que ahora pensaba en ello más que nunca,
pues su situación económica era un tanto apurada.Así, pues, cuando una conocida suya la había profetizado
días antes, echándola las cartas, que iba a recibir mucho di-
nero, había pensado en el acto en el tío, es decir, en su falle-
cimiento. Le había pasado inmediatamente por el cerebro la
idea de que dicho pariente era el único de quien podía ella,
heredándole sus hijos, recibir dinero. También recordó deS.
120
repente, en aquella ocasión, que ya la mujer del tío había
prometido legar algo en su testamento, a sus hijos, pero que
luego había muerto sin testar, y quizá hubiese dejado encar-
go a su marido de hacerlo a su muerte.Vese claramente que el deseo de la muerte del tío debió
de surgir en ella con gran intensidad, pues la señora que le
echaba las cartas le dijo después: «Es usted capaz de incitar
a la gente al asesinato».En los cuatro o cinco días que transcurrieron entre la pro-
fecía y el cumpleaños del tío, la señora buscó de continuo en
los periódicos de la localidad en que éste vivía, su papeleta
de defunción.No es, por tanto, ninguna maravilla que con un tan inten-
so deseo de su muerte quedasen en el hecho y la fecha del pró-
ximo cumpleaños tan vigorosamente reprimidos que llegara
no sólo a poderse producir el olvido de una intención cum-
plida sin falta tantos años seguidos, sino que tampoco fuese
ésta recordada por la pregunta de mi colega.En el «lapsus» «doce dedos» se abrió camino el reprimido
«doce», contribuyendo también al fallo de la función.Digo contribuyendo, porque la asociación que
surgió en el análisis ante la palabra «dedos» nos hace sospe-
char la existencia de otras motivaciones, explicándonos al
mismo tiempo, por qué razón el «doce» llegó a falsear la ino-
cente frase de los diez dedos.La asociación era: —En la familia de mi marido tenían to-
dos seis dedos en cada pie.Seis dedos en cada pie constituyen una anormalidad.
Seis dedos significan un niño anormal y doce dedos,
dos niños anormales.Efectivamente, ésta era la realidad, pues la tal señora se
había casado muy joven con un hombre reconocidamente
excéntrico y anormal, que al poco tiempo, acabó por suici-
darse, dejándola como única herencia dos hijas, declaradas
anormales por varios médicos que habían señalado en ellas
graves taras hereditarias.La mayor de las hijas había vuelto a su casa hacía poco
S.
121
tiempo, después de un grave ataque, y la menor, que se ha
llaba en la pubertad, enfermó, también, meses después, de
una grave neurosis.El hecho de que la anormalidad de las hijas se agregue
aquí al deseo de la muerte del tío y se condense con este ele-
mento, reprimido con fuerza distinta y de mayor valencia
psíquica, nos obliga a aceptar, como segunda determinación
de la equivocación, el deseo de la muerte de las
dos hijas anormales.La significación prevaleciente del doce como deseo de
muerte se aclara por el hecho de hallarse muy íntimamente
asociado al concepto de muerte en la representación de la
sujeto, pues el marido se había suicidado en un día trece de
Diciembre, esto es, un día después del cumpleaños del tío,
cuya mujer dijo en esta ocasión a la joven viuda: «Ayer nos
felicitó aún tan cariñosa y amablemente… ¡y hoy!»Quiero añadir además, que la señora tenía en realidad,
razones más que suficientes para desear la muerte a sus hi-
jas, las cuales no la proporcionaban ninguna alegría sino sólo
preocupaciones, imponiéndola penosas limitaciones de su
propia vida y habiéndola obligado a renunciar, por cariño
a ellas, a toda posible felicidad sentimental y amorosa.También aquel día se había esforzado en evitar toda oca-
sión de irritar a la hija con la que iba a la visita, y es fácil ha-
cerse una idea del gasto de paciencia y abnegación que esto
supone tratándose de una enferma de dementia praecox, y
cuántos sentimientos e impulsos de cólera es necesario do-
minar.Conforme a todo lo anterior, el sentido de la equivocación
sería el siguiente:El tío debe morir; estas hijas anormales deben morir (en
general, toda esta familia anormal) y yo debo heredar su di-
nero.La equivocación posee, a mi juicio, varios signos de una
estructura inhabitual, que son:1.º La existencia de dos determinantes condensadas en
un elemento.S.
122
2.º La existencia de las dos determinantes se refleja en
la duplicación de la equivocación (doce uñas, doce dedos).
3.º Es singular el que una de las significaciones del
«doce», los doce dedos representativos de la anormalidad de
las hijas, constituya una representación indirecta. La anor-
malidad psíquica es aquí representada por la física; lo su-
perior por lo inferior.
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Psicopatologia de la vida cotidiana1901-002/1929.es
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