• S.

    245

    X

    Errores

    Los errores de la memoria no se distinguen de los olvidos
    acompañados de recuerdo erróneo más que en un solo rasgo,
    esto es, en que el error (el recuerdo erróneo), no es recono-
    cido como tal, sino aceptado como cierto. El uso del término
    «error» parece, sin embargo, depender todavía de otra con-
    dición. Hablamos de «errar» y no de «recordar erróneamen-
    te» en aquellos casos en que el material psíquico que se trata
    de reproducir posee el carácter de realidad objetiva, esto es,
    cuando lo que se quiere recordar es algo distinto de un
    hecho de nuestra vida psíquica propia, algo más bien que
    puede ser sometido a una confirmación o una refutación por
    la memoria de otras personas. Lo contrario a un error de me-
    moria está constituido, en este sentido, por la ignorancia.

    En mi libro «La interpretación de los sueños», me hice
    responsable de una serie de errores en citas históricas y,
    sobre todo, en la exposición de algunos hechos, errores de
    los que con gran sorpresa me di cuenta una vez ya publica-
    da la obra. Después de examinarlos, hallé que no eran impu-
    tables a ignorancia mía, sino que constituían errores de me-
    moria explicables por medio del análisis.

    a) En la página 266 señalé como lugar natal de Schiller
    la ciudad alemana de Marburg, nombre que lleva tam-
    bién una ciudad de Estiria. El error se encuentra en el aná-
    lisis de un sueño que tuve durante una noche de viaje, y del
    cual me despertó la voz del empleado que gritaba: «¡Mar-
    burg!» al llegar el tren a dicha estación. En el contenido

  • S.

    246

    de este sueño se preguntaba por un libro de S c h i l l e r.
    Este no nació en la ciudad universitaria de M a r b u r g,
    sino en una ciudad de Suabia llamada M a r b a c h, cosa
    que jamás he ignorado.

    b) En la página 135, se dice que A s d r ú b a l era el padre
    de A n í b a l. Este error me irritó especialmente, pero en cam-
    bio fué el que más me confirmó en mi concepción de tales
    equivocaciones. Pocos lectores de mi libro estarán tan fami-
    liarizados como yo con la historia de los B a r q u i d a s y, sin
    embargo, cometí este error al escribir mi obra, y no lo recti-
    fiqué en las pruebas que por tres veces repasé con todo cui-
    dado. El nombre del padre de A n í b a l era A m í l c a r B a r c a. A s-
    d r ú b a l era el de su hermano y también el de su cuñado y
    predecesor en el mando de los ejércitos.

    c) En las páginas 177 y 370, afirmé que Z e u s había
    castrado y arrojado del trono a su padre C r o n o s. Por
    error, retrasé este crimen en una generación, pues según la
    mitología griega, fué C r o n o s quien lo cometió en la per-
    sona de su padre U r a n o 1).

    ¿Cómo se explica que mi memoria me suministrara sobre
    estos puntos, datos erróneos, cuando, como pueden compro-
    bar los lectores de mi libro, puso acertadamente a mi dispo-
    sición, en todo lo demás, los materiales más remotos y poco
    comunes? Y, ¿cómo pudieron escapárseme tales errores,
    como si estuviera ciego, en las tres cuidadosas correcciones
    de pruebas que llevé a cabo?

    G o e t h e dijo de L i c h t e n b e r g: «Allí donde dice una chanza,
    yace oculto un problema». Algo análogo podría afirmarse de
    los trozos de mi libro antes transcritos: «Allí donde aparece
    un error, yace detrás una represión» o, mejor dicho, una in-
    sinceridad, una desfiguración de la verdad, basada, en últi-
    mo término, en un material reprimido. En efecto, en los aná-
    lisis de los sueños que en dicha obra se exponen, me había


    1)Esta afirmación mía no fué por completo errónea. La versión
    órfica del mito hace repetir a Z e u s, con su padre, la castración que
    éste hizo sufrir al suyo. (R o s c h e r: «Diccionario de Mitología».)

  • S.

    247

    visto obligado, por la desnuda naturaleza de los temas a los
    que se referían los pensamientos del sueño, a interrumpir al
    gunos análisis antes de llegar a su término verdadero, y otras
    veces, a mitigar la osadía de un detalle indiscreto, desfigu-
    rándolo ligeramente. No podía obrar de otra manera ni cabía
    llevar a cabo selección ninguna si quería exponer ejemplos e
    ilustraciones. Esta mi forzada situación provenía necesaria-
    mente de la particular cualidad de los sueños de dar expre-
    sión a lo reprimido, esto es, a lo incapaz de devenir cons-
    ciente. A pesar de todo, quedó en mi libro lo suficiente para
    que espíritus más delicados se sintiesen ofendidos. La desfi-
    guración u ocultación de los pensamientos que quedaban sin
    exponer y que yo conocía, no pudo ser ejecutada sin dejar
    alguna huella. Lo que yo no quería decir, consiguió, con fre-
    cuencia, abrirse camino, contra mi voluntad, hasta lo que
    había admitido como comunicable y se manifestó en ello en
    forma de errores que pasaron inadvertidos para mí. Los tres
    casos citados se refieren al mismo tema fundamental y los
    errores son resultantes de pensamientos reprimidos relacio-
    nados con mi difunto padre.

    a) Aquel que lea el sueño analizado en la página 266,
    encontrará francamente expuesto en parte y podrá en parte
    adivinarlo por las indicaciones que allí constan, que inte-
    rrumpí el análisis al llegar a pensamientos que hubieran con
    tenido una poco favorable crítica de la persona de mi padre.
    En la continuación de esta cadena de pensamientos y recuer-
    dos, yace una enfadosa historia en la cual desempeñan prin-
    cipal papel unos libros y un compañero de negocios de mi
    padre llamado Marburg, nombre igual al de la estación de la
    línea de ferrocarriles del Sur, con el que me despertó el em-
    pleado del tren. En el análisis expuesto en mi libro, quise su-
    primir, tanto para mí mismo como para mis lectores, al tal
    señor Marburg, el cual se vengó introduciéndose luego en
    donde nada tenía que hacer y transformando Marbach,
    nombre de la ciudad natal de Schiller, en Marburg.

    b) El error de escribir Asdrúbal en vez de Aníbal, esto
    es, el nombre del hermano en lugar del del padre, se produjo


  • S.

    248

    por una asociación con determinadas fantasías relacionadas
    con Aníbal, construídas por mi imaginación en mis años de
    colegial, y con mi disgusto por la conducta de mi padre ante
    los «enemigos de nuestro pueblo». Podía haber proseguido y
    haber contado la transformación acaecida en mis relaciones
    con mi padre a causa de un viaje que hice a Inglaterra y en
    el que conocí a mi hermanastro, nacido de un anterior matri-
    monio de mi padre. Mi hermanastro tenía un hijo de mi misma
    edad, y mis fantasías imaginativas sobre cuán distinta sería
    mi situación si en vez de hijo de mi padre lo fuese de mi her-
    manastro, no encontraron, por lo tanto, obstáculo ninguno re-
    ferente a la cuestión de la edad. Estas fantasías reprimidas
    fueron las que falsearon en el lugar en que interrumpí el aná-
    lisis, el texto de mi libro, obligándome a escribir el nombre
    del hermano en lugar del de padre.

    c) Atribuyo, así mismo, a la influencia de recuerdos re-
    ferentes a mi hermanastro, el haber retrasado en una genera-
    ción el mitológico crimen de las deidades griegas. De las ad-
    vertencias que mi hermanastro me hizo, hubo una que retuve
    durante mucho tiempo en mi memoria. «No olvides—me
    dijo—para regir tu conducta en la vida, que perteneces, no a
    la generación siguiente a tu padre, sino a la otra inmediata
    posterior». Nuestro padre se había vuelto a casar ya en edad
    avanzada y llevaba, por lo tanto, muchos años a los hijos que
    tuvo en este segundo matrimonio. El error mencionado fué
    cometido por mí en un lugar de mi libro, en el que hablo pre-
    cisamente del amor entre padres e hijos.

    Me ha sucedido también algunas veces, que amigos o pa-
    cientes, cuyos sueños había yo relatado o a los que aludía en
    análisis de otros sueños, me han advertido que en la exposi-
    ción de mis investigaciones habían hallado algunas inexactitu-
    des. Estas consistían también siempre en errores históricos.
    Al examinar y rectificar estos casos, me he convencido de
    que mi recuerdo de los hechos no se mostraba infiel más que
    en aquellas ocasiones en las que en la exposición del análisis
    había desfigurado u ocultado algo, intencionadamente. Así,
    pues, también hallamos aquí un error inadvertido

  • S.

    249

    PSICOPATOLOGIA

    como sustitutivo de una ocultación o re-
    presión intencionadas.

    De estos errores originados por una represión hay que
    distinguir otros debidos a ignorancia real. Así, fué debido a
    ignorancia, el que durante una excursión por Valaquia,
    creyera, al llegar a una localidad, que se trataba de la resi-
    dencia del revolucionario Fischhof. En efecto, el lugar
    donde residía Fischhof se llamaba también Emmers-
    dorf, pero no estaba situado en Valaquia sino en Ca-
    rintia. Pero esto no lo sabía yo.

    He aquí otro error vergonzoso, pero muy instructivo, y que
    puede considerarse como un ejemplo de ignorancia temporal.
    Un paciente me recordó un día mi promesa de darle dos libros
    que yo poseía. sobre Venecia, ciudad que iba a visitar en un
    viaje que pensaba hacer durante las vacaciones de Pascua.
    Yo le respondí que ya los tenía separados para entregár-
    selos y fuí a mi biblioteca para cogerlos. La verdad era que
    se me había olvidado buscarlos, pues no estaba muy confor-
    me con el viaje de mi paciente, que me parecía una innece-
    saria interrupción del tratamiento y una pérdida económica
    para el médico. Al llegar a mi biblioteca, eché un rápido vis-
    tazo sobre los libros, para tratar de hallar los dos que había
    prometido prestar a mi cliente. Encontré uno titulado «Vene-
    cia, ciudad de arte», y luego, queriendo buscar una obra his-
    tórica, cogí un libro titulado «Los Médicis» y salí con ambos
    de la biblioteca, para regresar a ella inmediatamente, aver-
    gonzado de mi error al haber creído por un momento que los
    Médicis tenían algo que ver con Venecia, a pesar de saber
    perfectamente lo contrario. Dado que había hecho ver a mi
    paciente sus propios actos sintomáticos, no tuve más remedio,
    para salvar mi autoridad, que obrar con justicia y confesarle
    honradamente los ocultos motivos del disgusto que su viaje
    me causaba.

    Puede admirarse, en general, el hecho de que el impulso
    a decir la verdad es en los hombres mucho más fuerte de lo
    que se acostumbra a creer. Quizá sea una consecuencia de
    mi ocupación con la psicoanálisis, la dificultad que experimen-
     

  • S.

    250

    to para mentir. En cuanto trato de desfigurar algo, sucumbo
    a un error o a otro funcionamiento fallido cualquiera por me-
    dio del cual se revela mi insinceridad como en los ejemplos
    anteriores ha podido verse.

    El mecanismo del error parece ser el más superficial de
    todos los de los funcionamientos fallidos, pues la emergencia
    del error muestra, en general, que la actividad psíquica corres-
    pondiente ha tenido que luchar con una influencia perturba-
    dora, pero sin que haya quedado determinada la naturaleza
    del error por la de la idea perturbadora que permanece oculta
    en la obscuridad. Añadiremos aquí, que en muchos casos
    sencillos de equivocaciones orales o gráficas, debe admitirse
    el mismo estado de cosas. Cada vez que al hablar o al escri-
    bir nos equivocamos, debemos deducir la existencia de una
    perturbación causada por procesos psíquicos exteriores a la
    intención, pero hay también que admitir, que la equivocación
    oral o gráfica sigue, con frecuencia, las leyes de la analogía,
    de la comodidad o de una tendencia a la aceleración, sin que
    el elemento perturbador consiga imprimir su carácter propio
    a las equivocaciones resultantes. El apoyo del material lin-
    güístico es lo que hace posible la determinación del fallo, al
    mismo tiempo que le señala un límite.

    Para que consten aquí algunos ejemplos de errores que no
    sean exclusivamente los míos personales, citaré todavía unos
    cuantos, que hubiera podido incluir igualmente entre las equi-
    vocaciones orales o los actos de término erróneo, pero que
    dada la equivalencia de todas estas clases de rendimientos
    fallidos, no importa que sean incluídos en cualquiera de ellas.
    a) En una ocasión, prohibí a un paciente mío, que ha-
    blara por teléfono con su amante, con la que él mismo desea-
    ba romper, para evitar que cada nueva conversación hiciera
    más difícil la lucha interior que sostenía. Estaba ya decidido
    a comunicarla por escrito su irrevocable decisión, pero en
    contraba dificultades para hacer llegar la carta a sus manos.
    En esta situación, me visitó un día, a la una de la tarde, para
    comunicarme que había encontrado un medio de salvar dichas
    dificultades, y preguntarme, entre otras cosas, si le permitía


  • S.

    251

    referirse a mi autoridad médica. A las dos, hallándose escri
    biendo la carta de ruptura, se interrumpió de repente y dijo a
    su madre: «Se me ha olvidado preguntar al doctor si debo
    dar su nombre en la carta». A continuación fué al teléfono,
    pidió un número, y cuando le pusieron en comunicación, pre-
    gunto: «¿Podría decirme si el señor doctor recibe en consulta
    después del almuerzo?» La respuesta fué un asombrado:
    «¿Te has vuelto loco, Adolfo?», pronunciado con aquella voz
    que yo le había prohibido volver a oir. Se había «equivoca-
    do» al pedir la comunicación y había dado el número de su
    amante en vez del del médico.
    b) Una señora joven tenía que visitar a una amiga suya,
    recién casada, que vivía en la Carrera de Habsburgo (Habs-
    burgergasse). Al referirse a esto durante la comida,
    se equivocó y dijo que tenía que ir a la Carrera de Ba-
    benberg (Babenbergergasse). Sus familiares se
    echaron a reir al oirla, haciéndola notar su error, o si se quie-
    re, su equivocación oral. Dos días antes se había proclamado
    la República en Viena; los colores nacionales, amarillo y ne-
    gro, habían sido sustituídos por los antiguos: rojo, blanco,
    rojo, y los Habsburgos habían sido destronados. La
    señora introdujo esta modificación en las señas de su amiga.
    En efecto, existe en Viena y es muy conocida, una Calle
    de Babenberg (Babenbergerstrasse), pero nin-
    gún vienés la denominaría Carrera (Gasse).
    c) En un lugar de veraneo, el maestro de escuela, un
    joven pobre como las ratas, pero de apuesta figura, hizo la
    corte a la hija de un propietario de la ciudad, que poseía allí
    una «villa», consiguiendo enamorar a la muchacha de tal
    modo, que logró arrancar a sus padres el consentimiento
    para la boda, a pesar de la diferencia de posición y raza exis-
    tente entre los novios. Así las cosas, el maestro escribió a
    su hermano una carta en la que le decía lo siguiente: «La tal
    muchacha no es nada bonita, pero sí muy amable y con ello
    me basta. Lo que no te puedo decir aún es si me decidiré o
    no a casarme con una judía». Esta carta llegó a manos de la
    novia al mismo tiempo que el hermano se quedaba asombra-

  • S.

    252

    do ante las ternezas amorosas que contenía la carta por él
    recibida. El que me relató este caso me aseguró que se tra-
    taba realmente de un error y no de una astucia encaminada
    a provocar la ruptura. También he conocido otro caso similar
    en el que una anciana señora, descontenta de su médico y
    no queriendo decírselo francamente, utilizó este medio de
    cambiar las cartas, para alcanzar su objeto, y esta vez sí
    puedo testimoniar que fué el error y no una astucia conscien-
    te lo que se sirvió de la conocida estratagema de comedia.

    d) Brill relata el caso de una señora que, al preguntar a
    otra por la salud de una amiga común, la designó por su
    nombre de soltera. Al llamarla la atención sobre su error,
    tuvo que confesar que no la era simpático el marido de su
    amiga y que el matrimonio de ésta la había disgustado.

    e) Un caso de error que puede ser también considerado
    como de equivocación oral: Un hombre joven fué a inscribir
    en el Registro el nacimiento de su segunda hija. Preguntado
    por el nombre que la iba a poner, respondió que Ana, a lo
    cual repuso el empleado que cómo le ponía el mismo que a
    su primera hija. Como puede comprenderse, no era ésta su
    intención y rectificó el nombre en el acto, debiendo dedu-
    cirse de tal error que la segunda hija no había sido tan bien re-
    cibida como la primera.

    f) Añade aquí algunas otras observaciones de cambio
    de nombres que pudieran también haber sido incluídas en
    otros capítulos de este libro.

    Una señora tenía tres hijas, de las cuales dos se hallaban
    casadas hacía ya largo tiempo, mientras que la tercera espe-
    raba aún la llegada del marido que el destino la designase.
    Una amiga suya había hecho a las hijas casadas, en ocasión
    de su matrimonio, un igual regalo, consistente en un valioso
    servicio de plata para té. Siempre que la madre hablaba de
    este utensilio, nombraba equivocadamente como dueña de él
    a la hija soltera. Se ve con toda claridad, que este error ex-
    presa el deseo de la madre de ver casada a la hija que le
    queda. Supone, además, que también había de recibir el mis-
    mo regalo de boda.


  • S.

    Análogamente fáciles de interpretar son los frecuentes
    casos en que una madre confunde los nombres de sus hijas,
    hijos, yernos y nueras.

    De una auto-
    observación del señor J. G., verificada du-
    rante su estancia en un sanatorio, tomo el siguiente precioso
    ejemplo de tenaz confusión de nombres:

    «En la mesa redonda del sanatorio, dirigí, en el curso de
    una conversación que me interesaba poco y que era llevada
    en un tono por completo superficial, una frase especialmente
    amable a mi vecina de mesa. Esta, una soltera ya algo madu-
    ra, no pudo por menos de observar que aquella frase mía era
    una excepción, pues no solía mostrarme de costumbre tan
    amable y galante con ella, observación que era por un lado
    muestra de un cierto sentimiento, y por otro, un alfilerazo
    dirigido a otra muchacha que ambos conocíamos y a la que
    yo solía mostrar más atención.

    Como es natural, comprendí en seguida la alusión. En el
    transcurso de la conversación que después se desarrolló, tuve
    que hacerme llamar varias veces la atención por mi interlocu-
    tora, cosa que me fué harto penosa, por haber confundido su
    nombre con el de la otra muchacha, a la que no sin razón
    consideraba ella como su feliz rival.»

    g) Como un caso de «error» expondré aquí un suceso,
    grave en el fondo, que me fué relatado por un testigo presen-
    cial. Una señora había estado paseando por la noche con su
    marido y dos amigos de éste. Uno de estos últimos era su
    amante, circunstancia que los otros dos personajes ignoraban
    y no debían descubrir jamás. Los dos amigos acompañaron
    al matrimonio hasta la puerta de su casa, y comenzaron a
    despedirse mientras esperaban que vinieran a abrir la puerta.
    La señora saludó a uno de los amigos dándole la mano y di-
    rigiéndole unas palabras de cortesía. Luego se cogió del
    brazo de su amante, y volviéndose hacia su marido, quiso des-
    pedirse de él en la misma forma. El marido entró en la situa-
    ción y, quitándose el sombrero, dijo con exquisita cortesía:
    «A los pies de usted, señora». La mujer, asustada, se des-
    prendió del brazo del amante y antes de que se abriera la

    253

  • S.

    254

    puerta de su casa, tuvo aún tiempo de decir: «¡Parece menti
    ra que pueda pasarle a uno una cosa así!» El marido era de
    aquellos que tienen por imposible una infidelidad de su mu-
    jer. Repetidas veces había jurado que en un caso tal peligra-
    ría más de una vida. Así, pues, poseía los más fuertes obs-
    táculos internos para llegar a darse cuenta del desafío que el
    error de su mujer constituía.

    h) He aquí un error cometido por un paciente mío y que
    por repetirse después en sentido inverso resulta especialmen-
    te instructivo: Tras de una larga lucha interior, se había de-
    cidido el joven a contraer matrimonio con una muchacha que
    le quería y a la que también él amaba. El día en que la comu-
    nicó su resolución la acompañó hasta su casa, se despidió de
    ella y tomó un tranvía, en el cual pidió al cobrador dos
    billetes. Medio año después, ya casado, siente que no
    puede acostumbrarse a la vida conyugal, duda de si ha hecho
    bien en casarse, echa de menos sus amistades de soltero y
    tiene mil cosas que reprochar a sus suegros. Una tarde fué a
    casa de éstos a recoger a su mujer, subió con ella en un tran-
    vía y al acercarse el cobrador le pidió un solo billete.

    i) Maeder nos relata un precioso ejemplo de cómo por
    medio de un error puede satisfacerse un deseo reprimido a
    disgusto. (Nouvelles contributions, etc. Arch. de Psych., VI,
    1908.) Un colega deseaba gozar por entero y sin tener que
    ocuparse de nada, de un día de vacaciones, pero tenía preci-
    samente que hacer una visita poco agradable en Lucerna, y
    después de largas vacilaciones, se decidió a ir a dicha ciudad.
    Para distraerse durante el viaje de Zurich a Goldau se puso
    a leer los periódicos. Al llegar a Goldau cambió de tren y
    prosiguió su lectura. Ya en marcha el tren, el revisor le advir-
    tió que se había equivocado en el transbordo, y en vez de
    tomar el tren que iba a Lucerna había subido en otro que re-
    gresaba a Zurich.

    j) El doctor V. Tausk comunica bajo el título «Rutas
    falsas» un intento análogo, pero fracasado, de realización de
    un deseo reprimido, por medio de un error. (Internat. Zeit-
    schrift für aerztl. Psychoanalyse. IV, 1916-17.)

  • S.

    255

    PSICOPATOLOGIA

    «Durante la campaña vine una vez desde el frente a
    Viena, con permiso, y un antiguo cliente mío que se enteró
    de mi estancia en la capital, me avisó para que fuese a vi-
    sitarle, pues se hallaba enfermo en cama. Accedí a su peti-
    ción y fuí a verle, permaneciendo dos horas en su casa. Al
    despedirme me preguntó el enfermo cuánto me debía por mi
    visita.

    Estoy aquí sólo por unos días hasta que acabe mi per-
    miso–le contesté–y no visito ni ejerzo mi profesión du-
    rante ellos. Considere usted mi visita como un servicio amis-
    toso.

    El enfermo vaciló en aceptar mi oferta sintiendo que no
    tenía derecho a considerar un servicio profesional como un
    favor gratuito, pero por último se decidió a hacerlo así, ex-
    presando, con una cortesía que le dictó su satisfacción ante el
    ahorro de su dinero, que siendo yo perito en psicoanálisis,
    debía obrar siempre con acierto.

    A mí mismo me entraron también pocos momentos des-
    pués, ciertas sospechas sobre la sinceridad de mi generosa
    conducta, y asaltado de dudas–que apenas admitían una
    solución equívoca–tomé el tranvía eléctrico de la línea X.
    Después de un corto viaje en este tranvía debía apearme de
    él para tomar el de la línea Y. Mientras esperaba que llegase
    este último, olvidé la cuestión de mis honorarios y comencé
    a pensar en los síntomas que el paciente presentaba. Entre
    tanto, llegó el tranvía que yo esperaba y monté en él. Mas
    en la primera parada tuve que apearme, pues por error y sin
    darme cuenta, había tomado, en vez de un tranvía de la
    línea Y, uno de la línea X que pasaba en dirección contraria
    y me hacía regresar, por lo tanto, hacia casa del paciente al
    que no había querido cobrar honorarios ningunos. Mi in-
    consciente, en cambio, quería ir a bus-
    car tales honorarios.»

    k) En una ocasión llevé yo también a cabo una habili-
    dad semejante a la del sujeto del ejemplo i. Había prometido
    a mi hermano mayor irle a visitar durante el verano a una
    playa de la costa inglesa en la que él se hallaba y, dado

  • S.

    256

    el poco tiempo de que podía disponer, me había obligado
    a hacer el viaje por el camino más corto y a no detener-
    me en ningún punto. Pedí a mi hermano que me concediera
    quedarme un día en Holanda, pero me lo negó, diciendo,
    que después, al regresar, podía hacer lo que me pareciese.
    Así, pues, emprendí mi viaje desde Munich, pasando por Co-
    lonia, hasta Rotterdam y Hook, de donde, a media noche, salía
    un barco para Harwich. En Colonia tenía que cambiar de
    tren, para tomar el rápido de Rotterdam. Descendí de mi va-
    gón y me puse a buscar dicho rápido sin lograr descubrirlo-
    en parte alguna. Pregunté a varios empleados, fuí enviado-
    de un andén para otro, caí en una exagerada desesperación,
    y al cabo de todo esto, pude suponer que durante mis vanas-
    investigaciones debía ya de haber salido el tren buscado.
    Cuando ello me fué confirmado, reflexioné si debía quedar-
    me aquella noche en Colonia, cosa a la que entre otros mo-
    tivos me inducía un sentimiento familiar, pues, según una
    vieja tradición nuestra, unos antepasados míos se habían re-
    fugiado en esta ciudad huyendo de una persecución contra-
    los judíos. Sin embargo, resolví tomar un tren posterior para-
    Rotterdam, adonde llegué muy entrada la noche, y por lo-
    tanto, tuve que pasar todo el día siguiente en Holanda. Esta
    estancia me permitió realizar un deseo que abrigaba hacía-
    ya mucho tiempo: el de admirar los magníficos cuadros de
    Rembrandt existentes en La Haya y en el Museo Real de
    Amsterdam. Hasta la mañana siguiente cuando, durante el
    viaje en un tren inglés, pude resumir mis impresiones, no
    surgió en mí el indudable recuerdo de haber visto en la esta-
    ción de Colonia, a pocos pasos del sitio donde me apeé del
    tren y en el mismo andén, un gran cartel con la indicación
    «Rotterdam–Hook de Holanda». Allí esperaba con seguri-
    dad el tren en el que había debido continuar mi viaje. Si no
    se quiere admitir que, contra las órdenes de mi hermano, que-
    ría a toda costa admirar los cuadros de Rembrandt en mi
    viaje de ida, habrá que considerar el incidente como una in-
    explicable «ceguera» mía. Todo lo restante, mi bien fingida-
    perplejidad y la emergencia de la pía intención familiar de

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    quedarme aquella noche en Colonia, fué tan sólo un disposi-
    tivo destinado a encubrir mi propósito hasta que hubiera sido
    ejecutado por completo.

    1) J. Staercke expone (l. c.) otro caso observado en sí
    propio y en el que una «distracción» facilita la realización de
    un deseo al que el sujeto cree haber renunciado.

    «En una ocasión, tenía que dar en un pueblo una confe-
    rencia con proyecciones luminosas. La tal conferencia había
    sido fijada para un día determinado y después aplazada
    por ocho días. Este aplazamiento me fué comunicado en una
    carta a la que contesté, anotando después en un memorán-
    dum, la nueva fecha fijada. Debiendo ser la conferencia por
    la noche, me propuse llegar por la tarde a la localidad indica-
    da, para tener tiempo de hacer una visita a un escritor cono-
    cido mío que allí residía. Por desgracia, el día de la confe-
    rencia, tuve por la tarde ocupaciones inexcusables y me fué
    preciso renunciar, con gran sentimiento, a la visita deseada.
    Al llegar la noche cogí un maletín lleno de placas fotográfi-
    cas para las proyecciones y salí a toda prisa hacia la esta-
    ción. Para poder alcanzar el tren tuve que tomar un taxi. (Es
    cosa que me sucede con gran frecuencia el vacilar tanto
    tiempo, que luego me veo obligado a tomar un automóvil
    para alcanzar el tren.) Al llegar a la localidad a que me diri-
    gía, me asombró no encontrar a nadie esperándome en la
    estación, según es costumbre cuando se va a dar una confe-
    rencia en tales pequeñas poblaciones. De pronto, recordé
    que la fecha de la conferencia se había retrasado en una se-
    mana y que, siendo aquel día el primeramente fijado, había
    hecho un viaje inútil. Después de maldecir de todo corazón
    mis «distracciones», pensé en tomar el primer tren para re-
    gresar a mi casa, pero, reflexionando, hallé que tenía una
    gran ocasión para hacer la visita deseada. En el camino
    hacia casa de mi amigo el escritor, caí en que mi deseo de
    tener tiempo suficiente para visitarle, era sin duda lo que
    había tramado toda aquella conspiración, haciéndome olvidar
    el aplazamiento de la conferencia. Mi apresuramiento para
    alcanzar el tren y el ir cargado con el pesado maletín lleno

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    de placas, eran cosas que sirvieron para que la intención in-
    consciente quedase mejor oculta detrás de ellas.»

    No se estará quizá muy propicio a considerar esta clase
    de errores aquí explicados, como muy numerosos e impor-
    tantes. Pero he de invitar a los lectores a reflexionar si no se
    tiene razón para extender estas mismas consideraciones a la
    concepción de los más importantes errores de juicio
    que los hombres cometen en la vida y en la ciencia. Sólo los
    espíritus más selectos y equilibrados parecen poder preser-
    var la imagen de la realidad exterior por ellos percibida, de
    la desfiguración que sufre en su tránsito a través de la indi-
    vidualidad psíquica del perceptor.