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    II

    Olvido de palabras extranjeras

    El léxico usual de nuestro idioma propio parece hallarse
    protegido del olvido, dentro de los límites de la función nor-
    mal. No sucede lo mismo con los vocablos de un idioma ex-
    tranjero. En éste, todas las partes de la oración están igual-
    mente predispuestas a ser olvidadas. Un primer grado de
    perturbación funcional se revela ya en la desigualdad de
    nuestro dominio sobre una lengua extranjera, según nuestro
    estado general y el grado de nuestra fatiga. Este olvido se ma-
    nifiesta en una serie de casos, siguiendo el mecanismo que
    el análisis nos ha descubierto en el ejemplo «Signorelli».
    Para demostrarlo expondremos un solo análisis de un caso
    de olvido de un vocablo no sustantivo en una cita latina,
    análisis al que valiosas particularidades dan un extraordina-
    rio interés. Séanos permitido exponer con toda amplitud y
    claridad el pequeño suceso.

    En el pasado verano reanudé, durante mi viaje de vaca-
    ciones, mi trato con un joven de extensa cultura y que,
    según pude observar, conocía algunas de mis publicaciones
    psicológicas. No sé por qué derroteros llegamos en nuestra
    conversación a tratar de la situación social del pueblo a que
    ambos pertenecemos y mi interlocutor, que mostraba ser un
    tanto ambicioso, comenzó a lamentarse de que su genera-
    ción estaba, a su juicio, destinada al fracaso, no pudiendo ni
    desarrollar sus talentos, ni satisfacer sus necesidades. Al
    acabar su exaltado y apasionado discurso, quiso cerrarlo con
    el conocido verso virgiliano, en el cual la desdichada Dido

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    encomienda a la posteridad su venganza sobre Eneas: Exo-
    riare... pero le fué imposible recordar con exactitud la cita,
    e intentó llenar una notoria laguna que se presentaba en su
    recuerdo, cambiando de lugar las palabras del verso: —¡Exo-
    riar(e) ex nostris ossibus ultor!—Por último, exclamó con
    enfado: —No ponga usted esa cara de burla, como si estu-
    viera gozándose en mi confusión, y ayúdeme un poco. Algo
    falta en el verso que deseo citar. ¿Puede usted decírmelo
    completo?

    En el acto accedí con gusto a ello y dije el verso tal y
    como es:

    —¡Exoriar(e) aliquis nostris ex ossibus ultor!
    —¡Qué estupidez, olvidar una palabra así! Por cierto que
    usted sostiene que nada se olvida sin una razón determi-
    nante. Me gustaría conocer por qué he olvidado ahora el
    pronombre indefinido aliquis.

    Esperando obtener una contribución a mi colección de
    observaciones, acepté en seguida el reto y respondí: —Eso
    lo podemos averiguar en seguida y, para ello, le ruego a
    usted que me vaya comunicando sinceramente y
    absteniéndose de toda crítica, todo lo
    que se le ocurre cuando dirige usted sin intención particular,
    su atención, sobre la palabra olvidada (1).

    —Está bien. Lo primero que se me ocurre es la ridiculez
    de considerar la palabra dividida en dos partes: a y liquis.
    —¿Por qué?
    —No lo sé.
    —¿Qué más se le ocurre?
    —La cosa continúa así: reliquias-liquidación-
    líquido-fluido. ¿Ha averiguado usted ya algo?
    —No, ni mucho menos. Pero siga usted.
    —Pienso—prosiguió riendo con burla—en Simón de
    Trento, cuyas reliquias vi hace dos años en una iglesia de
    aquella ciudad, y luego en la acusación que de nuevo se hace


    1)Este es el medio general para atraer a la conciencia las repre-
    sentaciones que permanecen ocultas.

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    a los judíos de asesinar a un cristiano cuando llega la Pascua,
    para utilizar su sangre en sus ceremonias religiosas 1). Re-
    cuerdo después el escrito de Kleinpaul, en el que se
    consideran estas supuestas víctimas de los judíos como reen-
    carnaciones o nuevas ediciones, por decirlo así, del Re-
    dentor.

    –Observará usted que esos pensamientos no carecen de
    conexión con el tema de que tratábamos momentos antes de
    no poder usted recordar la palabra latina aliquis.

    –En efecto; ahora pienso en un artículo que leí hace
    poco en un periódico italiano. Creo que se titulaba: «Lo que
    dice San Agustín de las mujeres.» ¿Qué hace usted
    con este dato?

    –Por ahora, esperar.

    –Ahora aparece algo que seguramente no tiene conexión
    alguna con nuestro tema…

    –Le ruego prescinda de toda crítica y…

    –Lo sé, lo sé. Me acuerdo de un arrogante anciano que
    encontré la semana pasada en el curso de mi viaje. Un ver-
    dadero original. Su aspecto es el de un gran ave de
    rapiña. Si le interesa a usted su nombre le diré que se llama
    Benedicto.

    –Hasta ahora tenemos por lo menos una serie de santos
    y padres de la Iglesia: San Simón, San Agustín,
    San Benedicto y Orígenes. Además, tres de
    estos nombres son nombres propios, como también Pablo
    (Paul), que aparece en Kleinpaul.

    –Luego se me viene a las mientes San Genaro y el
    milagro de su sangre… Creo que esto sigue ya mecánica-
    mente.


    1)NOTA DEL TRADUCTOR.–Esta acusación surgió por vez primera
    en Francia, bajo el reinado de Felipe II (1180–1223), y motivó la expul-
    sión de los judíos de dicho país. Desde entonces, y hasta los tiempos
    modernos, ha resurgido siempre que en tiempos de Pascua desaparecía
    o era encontrado asesinado un cristiano en los barrios judíos. Varias de
    estas supuestas víctimas, han llegado a ser canonizadas, entre ellas
    San Simón de Trento.

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    —Déjese usted de observaciones. San Genaro y
    San Agustín tienen una relación con el calendario.
    ¿Quiere usted recordarme en qué consiste el milagro de la
    sangre de San Genaro?

    —Lo conocerá usted, seguramente. En una iglesia de
    Nápoles se conserva, en una ampolla de cristal, la sangre de
    San Genaro. Esta sangre se liquida milagrosamente todos los
    años en un determinado día festivo. El pueblo se interesa
    mucho por este milagro, y experimenta una gran agitación
    cuando se retrasa, como sucedió una vez durante una ocupa-
    ción francesa. Entonces el general que mandaba las tropas,
    o no sé si estoy equivocado y fué Garibaldi, llamó aparte a
    los sacerdotes y, mostrándoles con gesto significativo los
    soldados que ante la iglesia había apostados, dijo que es-
    peraba que el milagro se produciría en seguida y, en efec-
    to, se produ…

    —Siga usted. ¿Por qué se detiene?

    —Es que en este instante recuerdo algo que… Pero es
    una cosa demasiado íntima para comunicársela a nadie…
    Además, no veo que tenga conexión ninguna con nuestro
    asunto, ni que haya necesidad de contarla…

    —El buscar la conexión es cosa mía. Claro es que no
    puedo obligarle a contarme lo que a usted le sea penoso co-
    municar a otra persona, pero entonces no me pida usted que
    le explique por qué ha olvidado la palabra aliquis .

    —¿De verdad? Le diré, pues, que de pronto he pensado
    en una señora de la cual podría fácilmente recibir una noticia
    sumamente desagradable para ella y para mí.

    —¿Qué le ha faltado este mes la menstruación?

    —¿Cómo ha podido usted adivinarlo?

    —No era difícil. Usted mismo me preparó muy bien el ca-
    mino. Piense usted en los santos del calendario,
    la liquefacción de la sangre en un día de-
    terminado, la inquietud cuando el suce-
    so no se produce, la expresiva amenaza
    de que el milagro tiene que realizarse o
    que si no… Ha transformado usted el milagro de San

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    Genaro en un magnífico símbolo del período de la mujer.

    –Pero sin darme en absoluto cuenta de ello. ¿Y cree us-
    ted que realmente mi temerosa expectación ha sido la causa
    de no haber logrado reproducir la palabreja aliquis?

    –Me parece indudable. Recuerde usted la división que
    de ella hizo en a y liquis y luego las asociaciones: Re-
    liquias, liquidación, líquido. ¿Debo también
    entretejer en estas asociaciones el recuerdo de Simón de
    Trento, sacrificado en su primera infancia?

    –Más vale que no lo haga usted. Espero que no tome
    usted en serio esos pensamientos, si es que realmente los he
    tenido. En cambio, le confesaré que la señora en cuestión es
    italiana y que visité Nápoles en su compañía. Pero ¿no pue-
    de ser todo ello una pura casualidad?

    –Dejo a su juicio el determinar si toda esa serie de aso-
    ciaciones puede explicarse por la intervención de la casuali-
    dad. Mas lo que sí le advierto, es que todos y cada uno de
    los casos semejantes que quiera usted someter al análisis, le
    conducirán siempre al descubrimiento de «casualidades»
    igualmente extrañas 1).

    Estamos muy agradecidos a nuestro compañero de viaje
    por su autorización para hacer público uso de este pequeño
    análisis que estimamos en mucho, dado que en él pudimos
    utilizar una fuente de observación, cuyo acceso nos está ve-
    dado de ordinario. En la mayoría de los casos nos vemos
    obligados a poner como ejemplos de aquellas perturbaciones
    psicológicas de las funciones en el curso de la vida cotidiana
    que aquí reunimos, observaciones verificadas en nuestra pro-


    1)Este breve análisis ha sido muy comentado y ha provocado vi-
    vas discusiones. Sirviéndose precisamente de él como base, ha intenta-
    do E. Bleuler fijar de un modo matemático la verosimilitud de las inter-
    pretaciones psicoanalíticas y ha llegado a la conclusión de que entra-
    ñan mayor verosimilitud que muchos otros «descubrimientos» médicos
    no discutidos. Los recelos con que tropiezan deberíanse tan sólo a que
    en la investigación científica no se tiene aún costumbre de contar con
    verosimilitudes psicológicas. (Das autistisch-indisziplinierte Denken in
    der Medizin und seine Überwindung. Berlín, 1919).

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    pia persona, pues evitamos servirnos del rico material que
    nos ofrecen los enfermos neuróticos que a nosotros acuden,
    por temor a que se nos objete que los fenómenos que expu-
    siéramos, eran consecuencias y manifestaciones de la neuro-
    sis. Es, por lo tanto, de gran valor para nuestros fines, el
    que se ofrezca como objeto de una tal investigación una per-
    sona desligada de nosotros y de nervios sanos. El análisis
    que acabamos de exponer, es, además, de gran importancia,
    considerado desde otro punto de vista. Aclara, en efecto, un
    caso de olvido de una palabra sin recuerdos sustitutivos y
    confirma nuestra anterior afirmación de que la emergencia o
    la falta de recuerdos sustitutivos equivocados no puede ser-
    vir de base para establecer una diferenciación esencial 1).

    1)Una más sutil observación reduce en mucho la antítesis que
    respecto a los recuerdos sustitutivos existe entre el análisis del caso
    Signorelli y el del caso aliquis. En efecto, también en este
    último aparece acompañado el olvido de una formación de sustitutivos.
    Cuando posteriormente pregunté a mi compañero si en sus esfuerzos
    por recordar la palabra olvidada no se le había ocurrido alguna otra en
    sustitución de ella, me comunicó que primero había sentido la tentación
    de introducir en el verso la palabra ab y decir nostris ab ossi-
    bus (quizá fuera este ab el trozo desligado de a-liquis) y que
    después la palabra exoriare había acudido a su pensamiento repe-
    tida y obstinadamente. Como escéptico a mis teorías, añadió que esto
    se debía sin duda a ser aquella la palabra con la que comenzaba el ver-
    so. Cuando después le rogué que considerara con atención las asocia-
    ciones que siguieron a exoriare, me dijo que la primera era exor-
    cismo. Podemos suponer, por lo tanto, que la acentuación intensiva
    de exoriare tenía en la reproducción el valor de una tal formación
    de sustitutivos. Esta habría sido continuada por los nombres de San-
    tos después de pasar sobre la asociación exorcismo. De todos
    modos, son éstas sutilezas a las que no hay necesidad de conceder un
    valor extraordinario. Pero ahora sí nos parece posible considerar la
    aparición de cualquier especie de recuerdos sustitutivos como un signo
    constante, aunque quizá tan sólo característico y revelador del olvido
    tendencioso motivado por represión. Esta formación de sustitutivos
    existiría aún en aquellos casos en que no se presentan falsos nombres
    sustitutivos, manifestándose entonces bajo la forma de intensificación
    de un elemento vecino o contiguo al elemento olvidado. En el caso
    Signorelli, y durante todo el tiempo que el nombre del pintor per-

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    El principal valor del ejemplo aliquis reside, sin em-
    bargo, en algo distinto de su diferencia con el caso Signore-
    lli. En este último, la reproducción del nombre se vió pertur-
    bada por los efectos de una serie de pensamientos que había
    comenzado a desarrollarse poco tiempo antes y que fué inte-
    rrumpida de repente, pero cuyo contenido no estaba en co-
    nexión con el nuevo tema en el cual estaba incluído el nom-
    bre Signorelli. Entre el tema reprimido y el del nombre olvi-
    dado, existía tan sólo una relación de contigüidad temporal
    y ésta era suficiente para que ambos temas pudieran ponerse
    en contacto por medio de una asociación externa 1). En
    cambio, en el ejemplo aliquis no se observa huella nin-
    guna de un tal tema independiente y reprimido que habiendo
    ocupado el pensamiento consciente inmediatamente antes,
    resonara después produciendo una perturbación. El trastorno
    de la reproducción surge aquí del interior del tema tratado y
    a causa de una contradicción inconsciente que se alza frente
    a la optación expresada en la cita latina. El orador, después
    de lamentarse de que la actual generación de su patria sufrie-
    ra, a su juicio, una disminución en sus derechos, profetizó,
    imitando a Dido, que la generación siguiente llevaría a cabo
    la venganza de los oprimidos. Por lo tanto había expresado
    su deseo de tener descendencia. Pero en el mismo momento

    maneció inaccesible para mí, tuve, en cambio, un clarísimo recuer-
    do visual, mucho más intenso de lo que estos recuerdos lo suelen ser
    generalmente en nosotros, de su ciclo de frescos y de su autorretrato
    que aparece en un ángulo de uno de aquéllos. En otro caso que también
    relatamos en nuestro artículo publicado en 1898, del que ya hemos he-
    cho mención, olvidamos, hallándonos en una ciudad extranjera, el nom-
    bre de la calle en la que debíamos hacer una visita poco atractiva, pero
    como una burla, retuvimos clarísimamente el número de la casa, cuando
    de ordinario es en nosotros el recuerdo de números y cifras lo que con
    más dificultad se conserva.

    1)No quisiéramos aceptar con completo convencimiento la falta
    de conexión entre los dos círculos de pensamientos del caso Signo-
    relli. Una cuidadosa prosecución de los pensamientos reprimidos
    sobre muerte y sexualidad, nos hace, en efecto, llegar a una idea que
    se relaciona muy de cerca con el tema de los frescos de Orvieto.


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    se interpuso un pensamiento contradictorio: –¿En realidad,
    deseas tan vivamente tener descendencia? Eso no es cierto.
    ¡Cuál no sería tu confusión si recibieras la noticia de que es-
    tabas en camino de obtenerla en la persona que tú sabes!
    No, no, nada de descendencia, aunque sea necesaria para
    nuestra venganza–. Esta contradicción muestra su influen-
    cia haciendo posible, exactamente como en el ejemplo «Si-
    gnorelli», una asociación externa entre uno de sus elementos
    de representación y un elemento del deseo contradicho, lo-
    grándolo en este caso de un modo altamente violento y por
    medio de un rodeo asociativo, aparentemente artificioso. Una
    segunda coincidencia esencial con el ejemplo Signorelli, re-
    sulta del hecho de provenir la contradicción de fuentes repri-
    midas y partir de pensamientos que motivarían una desvia-
    ción de la atención. Hasta aquí, hemos tratado de la diferen-
    cia e interno parentesco de los dos paradigmas del olvido de
    nombres. Hemos aprendido a conocer un segundo mecanis-
    mo del olvido: la perturbación de un pensamiento por una
    contradicción interna proviniente de lo reprimido. En el curso
    de estas investigaciones volveremos a hallar repetidas veces
    este hecho, que nos parece el más fácilmente comprensible.