• S.

    217

    IX

    Actos sintomáticos y casuales

    Los actos que hasta ahora hemos descrito y reconocido
    como ejecuciones de intenciones inconscientes, se manifes-
    taban como perturbaciones de otros actos intencionados y se
    ocultaban bajo la excusa de la torpeza. Los actos casuales,
    de los cuales vamos a tratar ahora, no se diferencian de los
    actos de término erróneo más que en que desprecian apo-
    yarse en una intención consciente y por lo tanto no necesi-
    tan excusa ni pretexto alguno para manifestarse. Surgen con
    una absoluta independencia y son aceptados naturalmente,
    porque no se sospecha en ellos finalidad ni intención algu-
    nas. Se ejecutan estos actos «sin idea ninguna», por «pura
    casualidad» o por «entretener en algo las manos» y se confía
    en que tales explicaciones bastarán a aquel que quiera inves-
    tigar su significación. Para poder gozar de esta situación ex-
    cepcional tienen que llenar estos actos, que no requieren ya
    la torpeza como excusa, determinadas condiciones. Deben
    pasar desapercibidos, esto es, no despertar extrañeza nin-
    guna, y producir efectos insignificantes.

    Tanto en mí mismo como en otras personas, he observa-
    do un buen número de estos «actos casuales» y,
    después de examinar con todo cuidado cada una de las ob-
    servaciones por mí reunidas, opino que pueden denominarse
    más propiamente «actos sintomáticos», pues ex-
    presan algo que ni el mismo actor sospecha que exista en
    ellos y que, regularmente, no habría de comunicar a los
    demás, sino, por lo contrario, reservaría para sí mismo. Así,

  • S.

    218

    pues, estos actos, al igual que todos los otros fenómenos de
    que hasta ahora hemos tratado, desempeñan el papel de sín-
    tomas.

    En el tratamiento psicoanalítico de los neuróticos es
    donde se puede observar un mayor número de tales actos
    sintomáticos o casuales. Expondré aquí dos ejemplos de
    dicha procedencia, en los cuales se ve cuán lejana y sutil-
    mente es regida por pensamientos inconscientes la determi-
    nación de estos actos tan poco llamativos. La línea de de-
    marcación entre los actos sintomáticos y los de término
    erróneo es tan indefinida, que los ejemplos que siguen po-
    drían lo mismo haber sido incluídos en el capítulo anterior.

    a) Una casada joven me relató durante una sesión del
    tratamiento psicoanalítico, en la cual debía ir diciendo con
    libertad todo lo que fuera acudiendo a su mente, que el día
    anterior, al arreglarse las uñas, «se había herido en la carne
    al querer empujar la cutícula de una uña para hacerla desapa-
    recer en la raíz de la misma». Este hecho es tan poco inte-
    resante, que asombra que la sujeto lo recuerde y lo mencio-
    ne, induciendo por lo mismo a sospechar se trate de un acto
    sintomático. El dedo que sufrió el pequeñísimo accidente fué
    el anular, dedo en el cual se acostumbra a llevar el anillo de
    matrimonio y, además, ello sucedió en el día aniversario de
    la boda de mi cliente, lo cual da a la herida de la fina cutícula
    una significación bien definida y fácil de adivinar. Al mismo
    tiempo, me relató también la paciente un sueño que había te-
    nido y que aludía a la torpeza de su marido y a su propia
    anestesia como mujer. Mas ¿por qué fué en el anular de la
    mano izquierda en el que se hirió, siendo en el de la derecha
    donde se lleva el anillo de matrimonio? Su marido era doctor
    en Derecho y siendo ella muchacha había sentido un secreto
    amor hacia un médico, al que se sobrenombraba en broma
    «Doctor en Izquierdo». También el término «matrimonio de
    la mano izquierda» tiene una determinada significación.

    b) Una muchacha soltera me dijo en una ocasión, lo
    siguiente: –«Ayer he roto, sin querer, en dos pedazos, un
    billete de cien florines y he dado una de las dos mitades a

  • S.

    219

    una señora que había venido a visitarme. ¿Será esto también
    un acto sintomático?»–. Examinado el caso, aparecieron los
    siguientes detalles: La interesada dedicaba una parte de su
    tiempo y de su fortuna a obras benéficas. Una de éstas era
    que, en unión de otra señora, sufragaba los gastos de la edu-
    cación de un huérfano. Los cien florines eran la cantidad que
    dicha otra señora le había enviado para tal objeto y que ella
    había metido en un sobre y dejado provisionalmente encima
    del escritorio.

    La visitante, una distinguida dama que colaboraba con
    ella en otras obras caritativas, había ido a pedirla una lista
    de nombres de personas de la que se podía solicitar apoyo
    para tales asuntos. No teniendo otro papel a mano, cogió mi
    paciente el sobre que estaba encima del escritorio y, sin re-
    flexionar en lo que contenía, lo rompió en dos pedazos, de
    los cuales dió uno a su amiga con la lista de nombres pe-
    dida y conservó el otro con un duplicado de dicha lista. Ob-
    sérvese la absoluta inocencia de este inútil manejo. Sabido
    es que un billete no sufre ninguna minoración en su valor
    cuando se rompe, siempre que pueda reconstituirse por en-
    tero con los pedazos, y no cabía duda de que la señora no
    tiraría el trozo de sobre, dada la importancia que para ella
    tenían los nombres en él consignados, ni tampoco de que en
    cuanto descubriera el medio billete, había de apresurarse a
    devolverlo.

    Pero entonces ¿qué pensamientos inconscientes habían
    sido los que habían encontrado su expresión en este acto
    casual, hecho posible por un olvido? La dama visitante esta-
    ba en una bien definida relación con la cura que yo realizaba
    de la enfermedad que su joven amiga padecía, pues había
    sido la que me había recomendado como médico a la pacien-
    te, la cual, si no me equivoco, se halla muy agradecida a la
    señora por tal indicación. ¿Debería acaso representar aquel
    medio billete un pago por su mediación? Esto seguiría aún
    siendo muy extraño.

    Mas a lo anterior se añadió nuevo material. Un día antes,
    había preguntado una mediadora de un género completamen-
    te

  • S.

    220

    te distinto, a un pariente de la joven, si ésta querría conocer
    a cierto caballero, y a la mañana siguiente, pocas horas an-
    tes de la visita de la señora, había llegado una carta de de-
    claración del referido pretendiente, carta que había producido
    gran regocijo. Cuando la visitante comenzó después la con-
    versación, preguntando por su estado de salud a mi paciente,
    pudo ésta muy bien haber pensado: –«Tú me recomendaste
    el médico que me convenía, pero si ahora y con igual acierto,
    me ayudases a hallar un marido (y un hijo), te estaría aún
    más reconocida». Este pensamiento reprimido hizo que se
    confundieran, en una sola, las dos mediadoras, y la joven
    alargó a la visitante los honorarios que en su fantasía estaba
    dispuesta a dar a la otra. Teniendo en cuenta que la tarde
    anterior había yo hablado a mi paciente de los actos casuales
    o sintomáticos, se nos mostrará la solución antedicha como
    la única posible, pues habremos de suponer que la joven
    aprovechó la primera ocasión que hubo de presentársele para
    cometer uno de tales actos.

    Puede intentarse formar una agrupación de estos actos
    casuales y sintomáticos, tan extraordinariamente frecuentes,
    atendiendo a su manera de manifestarse y según sean habi-
    tuales, regulares en determinadas circunstancias o aislados.
    Los primeros (como el juguetear con la cadena del reloj, me-
    sarse la barba, etc.), que pueden considerarse como una ca-
    racterística de las personas que lo llevan a cabo, están pró-
    ximos a los numerosos movimientos llamados «tics» y de-
    ben ser tratados en unión de ellos. En el segundo grupo, colo-
    co el juguetear con el bastón, trazar garabatos con un lápiz
    que se tiene en la mano, hacer resonar las monedas en los bol-
    sillos, fabricar bolitas de miga de pan u otras materias plásti-
    cas y los mil y un arreglos del propio vestido. Tales jugueteos,
    cuando se manifiestan durante el tratamiento psíquico, ocul-
    tan, por lo regular, un sentido y una significación a los que
    todo otro medio de expresión ha sido negado. En general, la
    persona que ejecuta estos actos, no se da la menor cuenta de
    ellos, ni de cuándo continúa ejecutándolos en la misma for-
    ma que siempre y cuándo introduce en ellos alguna modi-
     

  • S.

    221

    ficación. Tampoco ve ni oye sus efectos, por ejemplo: el
    ruido que producen las monedas al ser revueltas por su mano
    dentro del bolsillo, y se asombra cuando se le llama la aten-
    ción sobre ellos. Igualmente significativos y dignos de la
    atención del médico son todos aquellos arreglos o modifica-
    ciones que, sin causa que lo justifique, suelen hacerse en los
    vestidos. Todo cambio en la acostumbrada manera de vestir,
    toda pequeña negligencia, por ejemplo, un botón sin abro-
    char, y todo principio de desnudez, quieren expresar algo que
    el propietario del traje no desea decir directamente y de lo
    que, siendo inconsciente de ello, no sabría en la mayoría de
    los casos, decir nada. Las circunstancias que rodean la apa-
    rición de estos actos casuales, los temas recientemente tra-
    tados en la conversación y las ideas que emergen en la men-
    te del sujeto cuando se dirige su atención sobre ellos, pro-
    porcionan siempre datos suficientes, tanto para interpretarlos
    como para comprobar si la interpretación ha sido o no acer-
    tada. Por esta razón, no apoyaré aquí, como de costumbre,
    mis afirmaciones, con la exposición de ejemplos y de sus
    análisis correspondientes. Menciono, de todos modos, estos
    actos, porque opino que en los individuos sanos poseen igual
    significación que en mis pacientes neuróticos.

    No puedo, sin embargo, renunciar a mostrar, por lo me-
    nos con un solo ejemplo, cuán estrechamente ligado puede
    estar un acto simbólico habitual con lo más íntimo e impor-
    tante de la vida de un individuo sano 1):

    Como nos ha enseñado el doctor Freud, el simbolismo
    desempeña en la vida infantil del individuo normal un papel
    más importante de lo que anteriores experiencias psicoanalí-
    ticas nos habían hecho esperar. A este respecto, posee el
    corto análisis siguiente un cierto interés, sobre todo por sus
    caracteres médicos.

    Un médico encontró, al arreglar sus muebles y objetos en


    1) «Aportación al simbolismo en la vida cotidiana». Ernest Jones.
    Toronto. Traducido al alemán por Otto Rank (Viena) y publicado en la
    «Zentralblatt für Psychoanalyse. 1-3-1911».

  • S.

    222

    una nueva casa a la que se había trasladado, un estetoscopio
    sencillo de madera. Después de reflexionar un momento so-
    bre dónde habría de colocarlo, se vio impelido a dejarlo a un
    lado de su mesa de trabajo y precisamente de manera que
    quedase entre su silla y aquella en la que acostumbraba a
    hacer sentar a sus pacientes. Este acto era ya en sí algo ex-
    traño, por dos razones: Primeramente, dicho médico no ne-
    cesitaba para nada un estetoscopio (era un neurólogo), y las
    pocas veces que tenía que emplear tal aparato, no utilizaba
    aquel que había dejado sobre la mesa, sino otro doble, esto
    es, para ambos oídos. En segundo lugar, tenía todos sus ins-
    trumentos profesionales metidos en armarios exprofeso y
    aquél era el único que había dejado fuera. No pensaba ya en
    esta cuestión, cuando un día, una paciente que no había visto
    jamás un estetoscopio sencillo, le preguntó qué era aquello.
    El se lo dijo, y entonces ella, preguntó de nuevo por qué
    razón lo tenía colocado precisamente en aquel sitio, a lo cual
    contestó el médico en el acto, que lo mismo le daba que el
    estetoscopio estuviese allí que en cualquier otro lado. Sin
    embargo, esto le hizo pensar si en el fondo de su acto no
    existiría un motivo inconsciente y, siéndole conocido el mé-
    todo psicoanalítico, decidió investigar la cuestión.

    El primer recuerdo que acudió a su memoria fué el de que
    siendo estudiante de medicina le había chocado la costumbre
    observada por un médico del hospital, de llevar siempre en
    la mano un estetoscopio sencillo, que jamás utilizaba, mien-
    tras hacía la visita a los enfermos de su sala. En aquella épo-
    ca, había admirado mucho a dicho médico y le había profe-
    sado un gran afecto. Más tarde, cuando llegó a ser interno
    en el hospital, adoptó también igual costumbre, y se hubiera
    sentido a disgusto si por olvido hubiera salido de su cuarto,
    para pasar la visita, sin llevar en la mano el preciado instru-
    mento. La inutilidad de tal costumbre se mostraba, no sólo
    en el hecho de que el único estetoscopio de que se servía
    siempre era otro, doble, que llevaba en el bolsillo, sino tam-
    bién en que no la interrumpió cuando estuvo practicando en
    la sala de cirugía, en la que para nada tenía que usar dicho

  • S.

    223

    PSICOPATOLOGIA

    aparato. La importancia de estas observaciones queda fijada
    y explicada en cuanto se descubre la naturaleza fálica de
    este acto simbólico.

    El recuerdo siguiente fué el de que siendo niño le había
    llamado la atención la costumbre del médico de su familia de
    llevar un estetoscopio sencillo en el interior de su sombrero.
    Encontraba, entonces, interesante, que el doctor tuviera
    siempre a mano su instrumento principal cuando iba a visitar
    a sus pacientes y que no necesitara más que despojarse del
    sombrero (esto es, de una parte de su vestimenta) y «sacar
    -
    lo». Durante su niñez, había cobrado extraordinario afecto a
    este médico, y por medio de un corto auto–análisis, descu-
    brió, que teniendo tres años y medio, había construído una
    fantasía relativa al nacimiento de una hermanita y consis-
    tente en imaginar, primero, que la niña era suya y de su madre,
    y después, del médico y suya. Así, pues, en esta fantasía,
    desempeñaba él, indistintamente, el papel masculino o el fe-
    menino. Recordó, también, que teniendo seis años, había sido
    reconocido por el referido médico y había experimentado una
    sensación de voluptuosidad al sentir próxima la cabeza del
    doctor que le apretaba el estetoscopio contra el pecho mien-
    tras él respiraba con un rítmico movimiento de vaivén. A los
    tres años había padecido una enfermedad crónica del pecho
    y tuvo que ser reconocido repetidas veces, aunque esto ya
    no lo recordaba con precisión.

    Posteriormente, teniendo ya ocho años, le impresionó
    mucho la confidencia que le hizo otro muchacho de más
    edad, de que el médico tenía la costumbre de acostarse con
    sus pacientes del sexo femenino. Realmente, existía algún
    fundamento para este rumor, y lo cierto es que todas las se-
    ñoras de la vecindad, incluso su propia madre, veían con gran
    simpatía al joven y elegante doctor. También el médico del
    ejemplo presente había deseado sexualmente en varias oca-
    siones a enfermas a las que prestaba su asistencia, se había
    enamorado de clientes suyas y, por último, había contraído
    matrimonio con una de éstas. Es apenas dudoso que su iden-
    tificación inconsciente con el tal doctor fuese la razón princi-
    pal

  • S.

    224

    pal que le inclinó a dedicarse a la medici-
    na. Por otros análi-
    sis, cabe afirmar que éste es, con seguri-
    dad, el motivo más
    frecuente de las vocaciones (aunque es difícil determinar con
    qué frecuencia). En el caso actual, está condicionado doble-
    mente. Primero, por la superioridad en varias ocasiones de-
    mostrada del médico sobre el padre del sujeto, del que éste
    sentía grandes celos, y en segundo lugar, por el conocimien-
    to que el médico poseía de cosas prohibidas y las ocasiones
    de satisfacción sexual que se le presentaban.

    Después apareció en el análisis el recuerdo de un sueño,
    del que ya hemos tratado por extenso en otro lado 1), sue-
    ño de clara naturaleza homosexual-masoquista, en el cual un
    hombre, figura sustitutiva del médico, atacaba al soñador con
    una «espada». Esta le recordó una parte de la saga ni-
    belúngica en la que Sigurd coloca su espada desnuda entre
    él y la dormida Brunilda. Igual situación aparece en la saga
    de Arthus, también conocida por el sujeto de este ejemplo.

    Aquí se aclara ya el sentido del acto sintomático. El mé-
    dico había colocado el estetoscopio sencillo entre él y sus pa-
    cientes femeninas, al igual que Sigurd su espada entre él y
    la mujer a la que no debía tocar. El acto era una formación
    transaccional, esto es, obedecía a dos impulsos: ceder en su
    imaginación al deseo reprimido de entrar en relación sexual
    con alguna bella paciente y recordarle, al mismo tiempo, que
    este deseo no podía realizarse. Era, para decirlo así, un es-
    cudo mágico contra los ataques de la tentación.

    Añadiremos que en nuestro médico, siendo niño, hizo
    gran impresión el pasaje del «Richelieu» de Lord Lytton, que
    dice así:

    «Beneath the rule of men entirely great
    The pen is mightier than the sword» 2)


    1)«Freud’s Theory of Dreams».–American Journ. of Psychol.–
    Abril de 1910, pág. 301, núm. 7.

    2)Compárese Oldham: «I wear my pen as others do their sword».

  • S.

    225

    y que ha llegado a ser un fecundo escritor y usa para escri
    bir una gran pluma estilográfica. Al preguntarle yo un día
    para qué necesitaba una pluma de tal tamaño, me respondió
    de un modo muy característico: «¡Tengo tantas cosas que ex
    presar!»

    Este análisis nos indica de nuevo lo mucho que los actos
    «inocentes» y «sin sentido alguno» nos permiten adentrarnos
    en los dominios de la vida psíquica y cuán tempranamente
    se desarrolla en la vida la tendencia a la simbolización».

    Puedo también relatar, tomándolo de mi experiencia psi
    coterapica, un caso en el que una mano que jugaba con un
    migote de pan tuvo toda la elocuencia de una declaración
    oral. Mi paciente era un muchachito que no había cumplido
    aún los trece años y hacía ya dos que padecía una grave his
    teria. Después de una larga e infructuosa estancia en un es
    tablecimiento hidroterápico, decidí someterle al tratamiento
    psicoanalítico. Suponía yo que el muchacho había hecho des
    cubrimientos sexuales y que, como correspondía a su edad,
    se hallaba atormentado por interrogaciones de dicho orden,
    pero me guardé muy bien de acudir en su ayuda con aclara
    ciones o explicaciones hasta haber puesto a prueba mi hipó
    tesis. Tenía, pues, gran curiosidad por ver cómo y por qué
    ciertas acciones se revelaba en él lo que yo buscaba. En
    efecto, me llamó un día la atención ver que amasaba algo entre
    los dedos de su mano derecha, la metía luego con ello en el
    bolsillo y seguía dentro de él su manejo, para volver luego a
    sacarla, etc. No le pregunté qué era aquello con que jugaba,
    pero él mismo me lo mostró abriendo de repente la mano, y
    vi que era un migote de pan todo sobado y aplastado. A la
    sesión siguiente, volvió a traer su migote, pero entonces se
    dedicó, mientras conversábamos, a formar con trozos de él
    unas figuritas que despertaron mi curiosidad y que iba ha
    ciendo con increíble rapidez y teniendo cerrados los ojos.
    Tales figuritas eran, indudablemente, hombrecillos con su
    cabeza, dos brazos y dos piernas como los groseros ídolos
    primitivos, pero tenían además, entre las piernas, un apén
    dice al que el muchachito le hacía una larga punta. Apenas

  • S.

    226

    había terminado ésta, volvía a amasar el hombrecillo entre
    sus dedos. Luego, lo dejó subsistir, mas para ocultar la sig-
    nificación del primer apéndice, agregó otro igual en la espalda
    y después otros más en diversos sitios. Yo quise demostrar-
    le que le había comprendido, haciéndole imposible al mismo
    tiempo la excusa de decir que en su actividad creadora no lle-
    vaba idea ninguna. Con esta intención le pregunté de repen-
    te si se acordaba de la historia de aquel rey romano que dió
    en su jardín, a un enviado de su hijo, una respuesta mímica
    a la consulta que éste le formulaba. El muchachito no quería
    acordarse de tal anécdota, a pesar de que tenía que haberla
    leído hacía poco tiempo y, desde luego, mucho más recien-
    temente que yo. Me preguntó si era ésta la historia de aquel
    esclavo emisario al que se le escribió la respuesta sobre el
    afeitado cráneo. Le dije que no, que esa era otra anécdota
    perteneciente a la historia griega y le relaté aquella a que yo
    me refería. El Rey Tarquino el Soberbio, había inducido a su
    hijo Sexto a entrar subrepticiamente en una ciudad latina
    enemiga. Ya en ella, se había Sexto atraído algunos partida-
    rios y en este punto mandó a su padre un emisario para que
    le preguntase qué más debía hacer. El Rey no dió al princi-
    pio respuesta alguna y llevando al emisario a su jardín, hizo
    que le repitiese su pregunta y abatió ante él, en silencio, las
    más altas y bellas flores de adormidera. El enviado no pudo
    hacer más que contar a Sexto la escena que había presencia-
    do, y Sexto, comprendiendo a su padre, hizo asesinar a los
    ciudadanos más distinguidos de la plaza enemiga.

    Durante mi relato, suspendió el muchachito su manejo
    con la miga de pan, y cuando al llegar el momento en que el
    Rey lleva al jardín al emisario de su hijo, pronuncié las pa-
    labras «abatió en silencio», arrancó con rapidísimo movimien-
    to la cabeza del hombrecillo que conservaba en la mano, de-
    mostrando haberme comprendido y darse cuenta de que tam-
    bién yo le había comprendido a él. Podía, pues, interrogarle
    directamente y así lo hice, dándole luego las informaciones
    que deseaba y consiguiendo con ello poner pronto término a
    su neurosis.

  • S.

    227

    Los actos sintomáticos, que pueden observarse en una
    casi inagotable abundancia, tanto en los individuos sanos
    como en los enfermos, merecen nuestro interés por más de
    una razón. Para el médico, constituyen inapreciables indica-
    ciones que le marcan su orientación en circunstancias nue-
    vas o desconocidas y el hombre observador verá reveladas
    por ellos todas las cosas y, a veces, muchas más de las que
    deseaba saber. Aquel que se halle familiarizado con su inter-
    pretación, se sentirá, en muchas ocasiones, semejante al Rey
    Salomón que, según la leyenda oriental, comprendía el len-
    guaje de los animales. Un día tuve yo que visitar en casa de
    una señora, a un joven, hijo suyo, al que yo desconocía to-
    talmente. Al encontrarme frente a él, me chocó ver en sus
    pantalones una gran mancha que por sus bordes rígidos y
    como almidonados reconocí en seguida ser de clara de hue-
    vo. El joven se disculpó, después de un momento de emba-
    razo, diciéndome que por hallarse un poco ronco acababa de
    tomarse un huevo crudo, cuya resbaladiza albúmina se había
    vertido sobre su ropa. Para justificar tal afirmación, me mos-
    tró un plato que había sobre un mueble y que contenía aún
    una cáscara de huevo. Con esto quedaba explicada la sospe-
    chosa mancha, pero cuando la madre nos dejó solos, comen-
    cé a hablar al joven dándole las gracias por haber facilitado
    de tal modo mi diagnóstico y, sin dilación ninguna, tomé
    como materia de nuestro diálogo su confesión de que sufría
    bajo los efectos perturbadores de la masturbación.
    Otra vez fuí a visitar a una señora, tan rica como avari-
    ciosa y extravagante, que acostumbraba a dar al médico el
    trabajo de buscar su camino a través de un embrollado cúmu-
    lo de lamentaciones antes de poder llegar a darse cuenta de
    los más sencillos fundamentos de su estado. Al entrar en su
    casa, la hallé sentada delante de una mesita y dedicada a ha-
    cer pequeñas pilas de monedas de plata. Cuando me vió se
    levantó y tiró al suelo algunas monedas. La ayudé a recoger-
    las y luego corté sus acostumbradas lamentaciones con la
    pregunta: «¿Le gasta a usted ahora mucho dinero su hijo po-
    lítico?» La señora me respondió con una irritada negativa,

  • S.

    228

    pero poco después se contradijo, relatándome la lamentable
    historia de la continua excitación en que la tenían las prodi-
    galidades de su yerno. Después no ha vuelto a llamarme. No
    puedo afirmar que siempre se gane uno amistades entre
    aquellas personas a las que se comunica la significación de
    sus actos sintomáticos.

    El doctor J. E. G. van Emden (La Haya), comunica el si-
    guiente caso de «confesión involuntaria por medio de un acto
    fallido»:

    «Al pagar mi cuenta en un pequeño restaurant de Berlín,
    me afirmó el camarero que el precio de un determinado plato
    había subido diez céntimos a causa de la guerra, a lo cual ob-
    jeté que dicha elevación no constaba en la lista de precios.
    El camarero me contestó que ello se debía, sin duda, a una
    omisión, pero que estaba seguro de que lo que me había di-
    cho era cierto. Inmediatamente, y al hacerse cargo del im-
    porte de la cuenta, dejó caer por descuido ante mí y sobre la
    mesa una moneda de diez céntimos.

    —Ahora es cuando estoy seguro—le dije—que me ha co-
    brado usted de más. ¿Quiere usted que vaya a comprobarlo
    a la caja?

    —Permítame... un momento...—y desapareció presuroso.
    Como es natural, no le impedí aquella retirada, y cuando
    dos minutos después, volvió disculpándose con que había
    confundido aquel plato con otro, le di los diez céntimos dis-
    cutidos, en pago de su contribución a la psicopatología de la
    vida cotidiana.»

    Aquel que se dedique a fijar su atención en la conducta
    de sus congéneres durante las comidas, descubrirá en ellos
    los más interesantes e instructivos actos sintomáticos.

    El doctor Hans Sachs relata lo siguiente:

    «En una ocasión, me hallé durante la comida en casa de
    unos parientes míos, que llevaban muchos años de matrimo-
    nio. La mujer padecía del estómago y tenía que observar un
    régimen muy severo. El marido se acababa de servir el asa-
    do y pidió a su mujer, la cual no podía comer de dicho plato,
    que le alcanzara la mostaza. La señora se dirigió al aparador,

  • S.

    229

    lo abrió, y volviendo a la mesa, puso ante su marido… la bo
    tellita de las gotas medicinales que ella tomaba. Entre el
    bote en forma de tonel que contenía la mostaza y la peque-
    ña botellita del medicamento no existía la menor semejanza
    que pudiera explicar el error. Sin embargo, la mujer no notó
    su equivocación hasta que su marido, riendo, la llamó la aten-
    ción sobre ella.

    El sentido de este acto sintomático no necesita explica-
    ción.»

    El doctor Bernh. Dattner (Viena), comunica un precioso
    ejemplo de este género, muy hábilmente investigado por el
    observador.

    «Un día me hallaba almorzando en un restaurant con mi
    colega H., doctor en Filosofía. Hablándome éste de las injus-
    ticias que se cometían en los exámenes, indicó, de pasada,
    que en la época en que estaba finalizando su carrera había
    desempeñado el cargo de secretario del embajador y ministro
    plenipotenciario de Chile. «Después –prosiguió– fué trasla-
    dado aquel ministro y yo no me presenté al que vino a susti-
    tuirle». Mientras pronunciaba esta última frase, se llevó a la
    boca un pedazo de pastel con la punta del cuchillo, pero con
    un movimiento desmañado, hizo caer el pedazo al suelo. Yo
    advertí en seguida el oculto sentido de aquel acto sintomáti-
    co y exclamé, dirigiéndome a mi colega, nada familiarizado
    con las cuestiones psicoanalíticas: –«Ahí ha dejado usted
    perderse un buen bocado». Mas él no cayó en que mis pala-
    bras podían aplicarse a su acto sintomático y repitió con vi-
    vacidad sorprendente las mismas palabras que yo acababa de
    pronunciar: «Sí, era realmente un buen bocado el que he de-
    jado perderse». A continuación se desahogó relatándome con
    todo detalle las circunstancias de la torpe conducta que le ha-
    bía hecho perder un puesto tan bien retribuído.

    El sentido de este simbólico acto sintomático queda acla-
    rado teniendo en cuenta que no siendo yo persona de su in-
    timidad, sentía mi colega cierto escrúpulo en ponerme al co-
    rriente de su precaria situación económica, y entonces, el
    pensamiento que le ocupaba, pero que no quería expresar,

  • S.

    230

    se disfrazó en un acto sintomático que expresaba simbólica-
    mente lo que tenía que ser ocultado, desahogando así el su-
    jeto su inconsciente.»

    Los ejemplos que siguen, muestran cuán significativo
    puede ser el acto de llevarnos, sin intención aparente, peque-
    ños objetos que no nos pertenecen.

    1. Doctor B. Dattner.

    «Uno de mis colegas fué a hacer su primera visita des-
    pués de su matrimonio, a una amiga de su juventud, a la que
    profesaba un gran afecto. Relatándome las circunstancias de
    esta visita, me expresó su sorpresa por no haber podido cum-
    plir su deliberado propósito de emplear en ella muy pocos
    momentos. A continuación me contó un extraño acto fallido
    que en tal ocasión había ejecutado.

    El marido de su amiga, que se hallaba presente, buscó
    en un momento determinado, una caja de cerillas que estaba
    seguro de haber dejado poco antes sobre la mesa. Mi colega
    había también registrado sus bolsillos para ver si por casua-
    lidad «la» había guardado en ellos.

    Por el momento no la encontró, pero algún tiempo des-
    pués, halló, en efecto, que se la había «metido» en un bolsi-
    llo, y al sacarla, le chocó la circunstancia de que no contenía
    más que una sola cerilla.

    Un sueño que tuvo dos días después y en cuyo contenido
    aparecía el simbolismo de la caja en relación con la referida
    amiga, confirmó mi explicación de que mi colega reclamaba
    con su acto sintomático sus derechos de prioridad y quería
    representar la exclusividad de su posesión (una sola cerilla
    dentro).»

    2. Doctor Hans Sachs:

    «A nuestra criada le gusta muchísimo un pastel que sole-
    mos comer de postre. Esta preferencia es indudable, pues es
    el único plato que le sale bien sin excepción alguna todas
    las veces que lo prepara. Un domingo, al servírnoslo a la
    mesa, lo dejó sobre el trinchero, retiró luego los platos y cu-
    biertos del servicio anterior, colocándolos, para llevárselos,
    en la bandeja en que había traído el pastel, y a continuación,

  • S.

    251

    en vez de poner éste sobre la mesa, lo colocó encima de la
    pila de platos que en la bandeja llevaba y salió con todo ello
    hacia la cocina. Al principio, creímos que había encontrado
    algo que rectificar en el postre, mas al ver que no volvía,
    llamó mi mujer y la preguntó: «Betty, ¿qué pasa con el pas-
    tel?» La muchacha contestó sin comprender: «¿Cómo?», y
    tuvimos que explicarla que se había llevado el postre sin ser-
    virlo. Lo había puesto en la bandeja, trasladado a la cocina y
    dejado en ella «sin darse cuenta.»

    Al día siguiente, cuando nos disponíamos a comer lo que
    del pastel había sobrado la víspera, observó mi mujer que la
    muchacha había despreciado la parte que de su manjar pre-
    ferido la correspondía. Preguntada por qué razón no había
    probado el pastel, respondió con algún embarazo, que no
    había tenido gana.

    La actitud infantil de la criada es muy clara en ambas
    ocasiones. Primero la pueril glotonería que no quiere com-
    partir con nadie el objeto de sus deseos y luego la reacción
    despechada, igualmente pueril: «Si no me lo dáis podéis
    guardarlo todo para vosotros; ahora ya no lo quiero».

    Los actos casuales o sintomáticos que aparecen en la
    vida conyugal, tienen con frecuencia grave significación y
    podrían inducir a aquellos que no quieren ocuparse de la psi-
    cología de lo inconsciente, a creer en los presagios. El que
    una recién casada pierda, aunque sea para volver a encon-
    trarlo en seguida, su anillo de bodas, será siempre un mal
    augurio para el porvenir del matrimonio. Conozco a una se-
    ñora, hoy separada de su marido, que en varias ocasiones
    firmó documentos relativos a la administración de su fortuna,
    con su nombre de soltera, y esto muchos años antes de que
    la separación la hiciera volver a tener que adoptarlo de
    nuevo.–Una vez me hallaba yo en casa de un matrimonio
    recién casado y la mujer me contó riendo que, al día si-
    guiente a su regreso del viaje de novios, había ido a bus-
    car a su hermana soltera para salir con ella a compras, como
    antes de casarse acostumbraba a hacerlo, mientras su marido
    se hallaba ocupado en sus negocios. De repente, había visto

  • S.

    232

    venir a un señor por la acera opuesta y, llamando
    ción a su hermana, la había dicho: –«Mira, ahí va el se
    ñor L.», olvidando que el tal señor era, desde hacía
    semanas, su marido. Al oír esto, sentí un escalofrío, y
    por entonces no sospeché que pudiera constituir un presagio
    sobre el porvenir de los cónyuges. Años después, recordé
    esta pequeña historia cuando supe que el tal matrimonio
    había tenido un desdichadísimo fin.

    De los notables trabajos de A. Maeder (Zurich), pu
    blicados en lengua francesa, transcribo la siguiente cita, que
    ción, que también hubiera podido ser incluída entre mis «escri
    vidos»:

    «Una señora nos contaba recientemente, que cuando
    fué a casar, había olvidado probarse el traje de novia y
    no se acordó de que tenía que hacerlo hasta la ocasión de la
    noche anterior a la ceremonia nupcial, cuando la desdicha
    desesperaba ya de que fuera a la prueba. Este detalle demos
    tra suficientemente que la novia no cifraba mucha fe
    en ponerse el traje de boda y que trataba de olvidar la
    presentación que le resultaba penosa. Hoy en día se ha di
    vorciada» (2).

    Un amigo mío que ha aprendido a atender a los pequeños
    signos, me contó que la gran actriz, Eleonora Duse, ha
    cía en la interpretación de uno de los tipos por ella creados,
    un acto sintomático, lo cual prueba lo por entero que se en
    tregaba a su papel. Se trataba de un drama de adulta
    mujer, después de una violenta escena con su marido, se
    halla sola, abstraída en sus pensamientos, y el seductor
    ha llegado todavía. En este corto intervalo, jugaba ella
    con el anillo nupcial que llevaba al dedo, quitándose-
    niéndoselo. Con este acto revelaba estar pronta a caer en
    los brazos del otro.

    Aquí viene bien lo que Th. Reik comunica sobre


    (1) Alph. Maeder. – Contributions a la Psychopathologie
    quotidienne. – Archives de Psychologie, t. VI, 1906.

    (2) N. DEL T. – En francés en el original.

  • S.

    233

    actos sintomáticos en los que el anillo desempeña un prin-
    cipal papel. (Internat. Zeitschrift f. Psychoanalyse. III-1915):
    «Conocemos los actos sintomáticos que llevan a cabo las
    personas casadas quitándose y poniéndose el anillo de matri-
    monio. Mi colega M. ejecutó en una ocasión una serie de
    actos sintomáticos análogos. Una muchacha a quien él que-
    ría, le había regalado un anillo diciéndole que no lo perdiera,
    pues si así sucedía, lo consideraría ella como signo de que
    ya no la amaba. En la época que siguió a este regalo, pade-
    ció M. una constante preocupación de no perderlo. Sí, por
    ejemplo, se lo quitaba para lavarse las manos, lo dejaba casi
    siempre olvidado, y a veces, necesitaba estar buscándolo
    mucho tiempo para volver a hacerse de él. Cuando echaba
    alguna carta en un buzón, no podía nunca reprimir un ligero
    miedo de que sus dedos tropezasen contra los bordes de
    aquél y se le cayera dentro la sortija. Una de estas veces
    obró, en efecto, tan desmañadamente, que el anillo cayó al
    fondo del buzón. La carta que echaba cuando esto le ocurrió
    contenía una despedida a una anterior amada suya hacia la
    que se sentía culpable. Al mismo tiempo despertó en él una
    añoranza de esta mujer, que fué a ponerse en conflicto con su
    inclinación por el actual objeto de su amor.»

    En este tema del «anillo» se ve de nuevo cuán difícil es
    para el psicoanalítico hallar algo nuevo, algo que un poeta no
    haya sabido antes que él: En la novela «Ante la tormenta»,
    de Fontane, dice el consejero de justicia Turgany, presen-
    ciando un juego de prendas: «¿Querrán ustedes creer, seño-
    ras mías, que en este juego se revelan, al entregar las pren-
    das, los más profundos secretos de la naturaleza?» Entre los
    ejemplos con que ratifica su afirmación hay uno que merece
    especialmente nuestro interés: «Recuerdo–dice–que una
    señora ya jamona, mujer de un profesor, se quitó una vez el
    anillo de boda para darlo como prenda. Háganme ustedes el
    favor de figurarse la felicidad conyugal que debía de reinar
    en aquella casa». Más adelante, continúa diciendo: –«En la
    misma reunión se hallaba un señor que no se cansaba de de-
    positar su navaja inglesa–diez hojas, sacacorchos y esla-

  • S.

    284

    bón—en el regazo de la señora encarga-
    da de recoger las prendas, hasta que el tal monstruo de diez hojas, después
    de haber enganchado y desgarrado varios vestidos de seda,
    tuvo que desaparecer ante un clamor de indignación ge-
    neral».

    No ha de extrañarnos que un objeto de tan rica significa-
    ción simbólica como el anillo sea utilizado en significativos
    actos fallidos también cuando no tiene el carácter de anillo
    nupcial o esponsalicio y no representa por tanto un lazo eró-
    tico. El doctor M. Kardos ha puesto a mi disposición el si-
    guiente ejemplo de un incidente de esta clase:

    Un acto fallido que constituye una confesión.

    «Hace varios años que mantengo un ininterrumpido trato
    con un individuo mucho más joven que yo, el cual participa
    de mis empeños espirituales y se halla con respecto a mí en
    la relación de discípulo a maestro. Un día le regalé un anillo
    que le ha dado ya ocasión de ejecutar varios actos sintomá-
    ticos, los cuales han surgido cada vez que en nuestras rela-
    ciones ha aparecido alguna circunstancia que ha despertado
    su disconformidad. Hace poco, me comunicó el siguiente
    caso especialmente transparente. Había dejado de venir a
    verme en el día que semanalmente teníamos señalado para
    ello, excusándose con un pretexto cualquiera y siendo la
    verdadera causa una cita que le había dado una muchacha
    para aquel mismo día. A la mañana siguiente, se dió cuenta,
    estando ya lejos de su casa, de que no llevaba el anillo que
    yo le había regalado, pero no se inquietó por ello, suponien-
    do que lo habría dejado olvidado sobre la mesilla de noche,
    donde acostumbraba a colocarlo al acostarse, y que lo en-
    contraría a su regreso. Mas, al volver a casa, vió que tampo-
    co se hallaba el anillo en el sitio indicado y empezó enton-
    ces a buscarlo por todas partes, con igual resultado negativo.
    Por último, se le ocurrió, que como solía dejar todas las no-
    ches, desde hacía más de un año, el anillo y una navajita en

  • S.

    255

    el mismo lugar, podía haber cogido ambas cosas juntas por
    la mañana y haberse metido también, «por distracción», la
    sortija en el mismo bolsillo que la navaja. En efecto, esto
    era lo que había sucedido.

    «El anillo en el bolsillo del chaleco» es el proverbial ma-
    nejo de todo hombre que se propone engañar a la mujer que
    se lo regaló. El sentimiento de culpabilidad que surgió en
    mi discípulo le indujo primero a un auto-
    castigo («No eres ya
    digno de llevar esa sortija») y en segundo lugar, a la confe-
    sión de la pequeña infidelidad cometida, confesión que sur-
    gió al relatarme su acto fallido, o sea la pérdida temporal del
    objeto por mí regalado.»

    Conozco también el caso de un señor ya de edad madu-
    ra, que se casó con una muchacha muy joven y decidió no
    salir de viaje en el mismo día, sino pasar la noche de bodas
    en un hotel de la ciudad. Apenas llegó a éste, advirtió, asus-
    tado, que no llevaba la cartera, en la que había metido el di-
    nero destinado al viaje de bodas, y que, por lo tanto, la
    debía de haber perdido o dejado olvidada en algún lado. Por
    fortuna, pudo aún telefonear a su criado, el cual halló la car-
    tera en un bolsillo del traje que había llevado el novio en la
    ceremonia y cambiado luego por uno de viaje, y fué en se-
    guida al hotel, entregándosela al recién casado que tan «des-
    provisto de medios» entraba en la vida matrimonial. En la
    noche de bodas permaneció también, como él ya lo temía,
    «desprovisto de medios» (impotente).

    Es consolador el pensar que «la pérdida de objetos»
    constituye una insospechada extensión de un acto sintomáti-
    co y que, por lo tanto, tiene que resultar en último término,
    vista con agrado por una secreta intención del perdi-
    doso. Con frecuencia, la pérdida no es más que una expresión de
    lo poco que se aprecia el objeto perdido o de una secreta
    repugnancia hacia el mismo o hacia la persona de quien pro-
    viene. Sucede también, que la tendencia a la pérdida se
    transfiere al objeto perdido desde otros objetos de mayor
    importancia y por medio de una asociación simbólica. La
    pérdida de objetos valiosos sirve de expresión a muy diver-
    sa

  • S.

    236

    P R O F. S. F R E U D

    sas sensaciones y puede representar simbólicamente un pen
    samiento reprimido–esto es, recordarnos algo que preferi
    ríamos quedase olvidado–o, y esto ante todo, representar
    un sacrificio a las oscuras potencias del destino, cuyo culto
    no se ha extinguido todavía entre nosotros1).

    Los siguientes ejemplos ilustrarán estas consideraciones
    sobre la «pérdida de objetos».

    Doctor B. Dattner.–«Un colega me comunicó que había
    perdido un lapicero metálico de un modelo especial que po-
     

    1)He aquí aún una pequeña colección de diversos actos sintomá
    ticos, observados tanto en individuos sanos, como neuróticos: Un cole
    ga mío, ya de edad avanzada y al que disgusta mucho perder en los
    juegos carteados, perdió una noche una crecida suma, que pagó sin
    lamentarse, pero dejando transparentar un particular estado de ánimo.
    Después de su marcha se descubrió que había dejado sobre la mesa
    casi todo lo que llevaba en los bolsillos: los lentes, la petaca y el pa
    ñuelo. Este olvido debe ser traducido en la forma siguiente: –«¡Bandi
    dos! Me habéis saqueado!»–. Un sujeto que padecía de impotencia se
    xual en algunas ocasiones, pero no crónicamente, impotencia que tenía
    su origen en la intimidad de sus relaciones infantiles con su madre, me
    comunicó que tenía la costumbre de ornar algunos escritos y notas con
    una S., letra inicial del nombre de aquélla y que no podía tolerar que
    las cartas que recibía de su casa anduviesen revueltas sobre su mesa
    con otra clase de correspondencia n o n s a n c t a, sintiéndose for
    zado a conservar las primeras en sitio aparte. Una señora joven abrió
    de repente un día la puerta del cuarto en el que recibió a mis pacientes,
    antes de que saliera de él la enferma que la precedía. En el acto se ex
    cusó, diciendo lo había hecho «sin pensar», pero pronto se descubrió
    que la había impulsado a ello la misma curiosidad que en su infancia la
    llevaba a penetrar repentinamente en la alcoba de sus padres. Aquellas
    muchachas que están orgullosas de su bella cabellera, saben siempre
    enredar tan hábilmente con sus horquillas y peinetas, que consiguen
    que en medio de la conversación se les suelte el pelo. Muchos indivi
    duos que durante un reconocimiento o tratamiento médicos tienen que
    permanecer echados, suelen desparramar por el suelo una cantidad
    mayor o menor del dinero que llevan en el bolsillo del pantalón, pagan
    do así, según en lo que lo estiman, el trabajo del médico. Aquel que
    olvida en casa del médico algún objeto, lentes, guantes, bolsillo, etcéte
    ra, manifiesta con ello un sentimiento de gratitud o simpatía y su deseo
    de volver nuevamente. E. Jones, dice: «Se puede medir el éxito con
    que un médico practica la psicoterapia, por la colección que en un mes


  • S.

    237

    seña hacía ya dos años y al que por su cómodo uso y exce-
    lente calidad había tomado cariño. Sometido el caso al aná-
    lisis, se revelaron los hechos siguientes: El día anterior había
    recibido mi colega una carta extraordinariamente desagra-
    ble de su cuñado, carta que terminaba con esta frase: «Por
    ahora no tengo ganas ni tiempo de apoyar tu ligereza y tu
    holgazanería». La poderosa reacción emotiva que esta carta
    produjo en mi colega le hizo apresurarse a sacrificar al día


    pueda hacer de sombrillas y paraguas, pañuelos y bolsillos olvidados
    en su casa por los clientes». Los más pequeños actos habituales y lle-
    vados a cabo con un mínimum de atención, tales como dar cuerda al
    reloj antes de acostarse, apagar la luz al salir de una habitación, etcé-
    tera, están sometidos ocasionalmente a perturbaciones que demues-
    tran la influencia de los complejos inconscientes sobre aquellas «cos-
    tumbres» que se tienen por más arraigadas. Maeder relata en la
    revista «Coenobium», el caso de un médico interno de un hospital, que
    estando de guardia y no debiendo abandonar su puesto, tuvo que ha-
    cerlo, sin embargo, por reclamarle en otro lado un asunto de importan-
    cia. Cuando volvió, notó con sorpresa que había luz en su cuarto. Al
    salir se le había olvidado apagarla, cosa que jamás le había ocurrido
    antes. Reflexionando sobre el caso, halló en seguida el motivo a que
    obedecía su olvido. El director del hospital, que residía en él, debía de-
    ducir de la iluminación del cuarto de su interno la presencia de éste.
    Un individuo, abrumado de preocupaciones y sujeto a temporales de-
    presiones de ánimo, me aseguró que cuando por la noche se acostaba
    cansado de lo duro y penoso de su vida, hallaba siempre, al despertarse
    por la mañana, que se le había parado el reloj por haberse olvidado de
    darle cuerda. Con tal olvido simbolizaba su indiferencia de vivir o no
    al día siguiente. Otro sujeto, al que no conozco personalmente, me es-
    cribió: «Habiéndome ocurrido una dolorosa desgracia, se me apareció
    la vida tan penosa y desagradable, que me imaginaba no hallar fuerza
    suficiente para mantenerme vivo al siguiente día, y en esta época, me
    di cuenta que casi a diario me olvidaba de dar cuerda al reloj, cosa que
    nunca había omitido y que llevaba a cabo mecánicamente al acostarme.
    Sólo me acordaba de hacerlo cuando al siguiente día tenía alguna ocu-
    pación importante o de gran interés para mí. ¿Será esto también un
    acto sintomático? No podría si no explicármelo». Aquel que como Jung
    («Sobre la Psicología de la Dementia praecox, 1902, pág. 62), o como
    Maeder (Une voie nouvelle en psychologie – Freud et son école. «Coe-
    nobium». Lugano, 1909) quiera tomarse el trabajo de prestar atención a
    las melodías que se tararean al descuido y sin intención, hallará regu-
    larmente

  • S.

    288

    siguiente el cómodo lapicero–
    regalo de su cuña–
    do–para no tener que deberle favor ninguno».

    Una señora, conocida mía, se abstuvo, como es compren–
    sible, de ir al teatro, durante su luto por la muerte de su
    anciana madre. Al faltar ya muy pocos días para el término
    del año de luto riguroso se dejó convencer por las reiteradas
    instancias de sus amigos y adquirió una localidad para una
    representación de extraordinario interés, pero luego, al lle–
    gar al teatro, descubrió que había perdido su billete. Des–
    pués supuso que lo había tirado en unión del billete del tran–
    vía, al bajar de éste. Esta señora se precia, de ordinario, de
    no perder nunca nada por descuido o distracción y, por lo
    tanto, debe aceptarse la existencia de un motivo en otro caso
    de «pérdida» que le sucedió y que es el siguiente:

    Habiendo llegado a un balneario, decidió hospedarse en
    una pensión en la que ya había estado otra vez. Recibida
    como antigua conocida de la casa, fué bien hospedada, y
    cuando quiso satisfacer el importe de su estancia, se le dijo

    larmente la relación existente entre el texto de la melodía y un tema
    que ocupa el pensamiento de la persona que la canta.
    También la sutil determinación de la expresión del pensamiento en
    el discurso o en la escritura, merece una observación cuidadosa. En
    general, se cree poder elegir las palabras con que revestir nuestro pen–
    samiento o la imagen que ha de representarlo. Una más cuidadosa ob–
    servación, muestra, tanto la existencia de otras consideraciones que
    deciden tal elección, como también que en la forma en que se traduce el
    pensamiento, se transparenta a veces un sentido más profundo y que
    el orador o escritor no se ha propuesto expresar. Las imágenes y
    modos de expresión de que una persona hace uso preferente, no son,
    en la mayoría de los casos, indiferentes para la formación de un juicio
    sobre ella y, en ocasiones, se muestran como alusiones a un tema que
    por el momento se retiene en último término, pero que ha impresionado
    hondamente al orador. En una determinada época oí usar varias veces
    a un sujeto, en el curso de conversaciones teóricas, la expresión:
    «Cuando le pasa a uno algo de repente por la cabeza». No me extrañó
    ver esta locución repetidas veces en boca del referido sujeto, pues
    sabía que poco tiempo antes había recibido la noticia de que un pro–
    yectil ruso había atravesado de parte a parte el gorro de campaña de
    su hijo.


  • S.

    239

    que debía considerarse como invitada, no teniendo, por tanto,
    nada que pagar, cosa que no la agradó mucho. Sólo se le
    consintió que dejase una propina destinada a la camarera que
    la había servido. Para hacerlo así, abrió su bolso y extrajo de
    él un billete que dejó sobre la mesa de su cuarto. Por la no-
    che, el criado de la pensión fué a llevarla otro billete de cinco
    marcos que había hallado debajo de la mesa y que según
    creía la dueña de la pensión, debía de pertenecerla. Este bi-
    llete tuvo que caer al suelo al sacar del bolso el otro para la ca-
    marera. La señora no quería, pues, dejar de pagar su cuenta.

    En un largo estudio (La «pérdida de objetos» como acto
    sintomático. —Zentralblatt für Psychoanalyse. I-10-11), ha
    aclarado Otto Rank, con ayuda de análisis de sueños, la pro-
    funda motivación de estos actos y la tendencia sacrificadora
    que constituye su fundamento. (En la Zentralblatt für Psychoanalyse-
    II, y en la Internat. Zeitschrift für Psychoanaly-
    se-I-1913, pueden hallarse otras comunicaciones sobre la mis-
    ma cuestión). Es muy interesante, en el referido trabajo de
    Rank, su afirmación de que no sólo el perder objetos apare-
    ce determinado, sino también el encontrarlos. La observación
    de Rank que a continuación transcribo, nos da el sentido en
    que su hipótesis debe comprenderse. Es claro que en los
    casos de «pérdida» se conoce el objeto, y, por el contrario,
    en los de «hallazgo», es aquel el que tiene que ser buscado.
    (Internat. Zeitschrift für Psychoanalyse-III-1915).

    «Una muchacha, que dependía económicamente de sus
    padres, deseaba comprarse un objeto de adorno. Al pregun-
    tar en una tienda por el precio del objeto deseado, se enteró,
    con tristeza, de que sobrepasaba la cantidad a que ascendían
    sus ahorros. Tan sólo dos coronas eran las que le faltaban,
    privándola de aquella pequeña alegría. Melancólicamente, re-
    gresó a su casa a través de las calles de la ciudad, llenas de
    animación en aquella hora crepuscular. En una de las plazas
    más frecuentadas, fijó de pronto su atención—a pesar de que,
    según decía al relatar el suceso, iba abstraída en sus pensa-
    mientos—en un pequeño papel que había en el suelo y sobre
    el cual acababa de pasar sin haberlo visto antes. Se volvió y

  • S.

    240

    lo recogió, viendo con sorpresa que era un billete de dos co-
    ronas doblado por la mitad. Su primer pensamiento fué el de
    que aquel billete se lo había deparado el destino para que
    pudiese comprarse el ansiado adorno, y emprendió de nuevo
    el camino hacia la tienda, para seguir aquella indicación de
    la fortuna. Mas en el mismo momento cambió de intención,
    pensando que el dinero encontrado es un dinero de buena
    suerte, que no debe gastarse.

    El pequeño análisis necesario para la comprensión de
    este «acto casual» puede llevarse a cabo sin la declaración
    personal de la interesada, y deducirse directamente de los
    hechos. Entre los pensamientos que ocupaban a la muchacha
    al regresar a su casa, tuvo que figurar en primer término el
    de su pobreza y estrechez material, pensamiento al que nos
    es lícito suponer que acompañaría el deseo de ver llegado
    algo que pusiese término a dicha situación. Por otro lado, la
    idea de cómo podría llegar con mayor facilidad a la obtención
    de la suma que le hacía falta para satisfacer su pequeño ca-
    pricho, tuvo que surgirirla la solución más sencilla, o sea la del
    «hallazgo». De este modo, quedó su inconsciente (o precons-
    ciente) dispuesto a «hallar», aun cuando tal pensamiento no
    se hizo por completo consciente en ella, por estar ocupada
    su atención en otras cosas («iba abstraída en sus pensamien-
    tos»). Podemos, pues, afirmar, fundándonos en análisis de
    otros casos semejantes, que la «disposición a buscar» in-
    consciente puede conducirnos hasta un resultado posi-
    tivo mucho antes que una atención conscientemente dirigida.
    Si no, sería casi inexplicable el que sólo esta persona, entre
    cientos de transeuntes, y yendo además en condiciones des-
    favorables, por la escasa luz crepuscular y la aglomeración,
    pudiese hacer un hallazgo del que ella misma fué la primera
    en quedar sorprendida. El extraño hecho de que después del
    hallazgo del billete, y cuando, por lo tanto, su disposición
    había llegado a ser superflua y había ya escapado con toda
    seguridad a la atención consciente, hiciese la muchacha un
    nuevo hallazgo, consistente en un pañuelo, antes de llegar a
    su casa y en una oscura y solitaria calle de las afueras de la

  • S.

    241

    ciudad, nos muestra en qué alta medida existía en ella esta
    inconsciente o preconsciente disposición a encontrar.»

    Hay que convenir en que precisamente estos actos sinto-
    máticos nos dan a veces el mejor acceso al conocimiento de
    la íntima vida psíquica del hombre.

    Expondré ahora un ejemplo de acto casual que, sin nece-
    sidad de someterlo al análisis, mostró una profunda significa-
    ción, ejemplo que aclara maravillosamente las condiciones
    bajo las cuales pueden aparecer tales síntomas sin llamar la
    atención y del que puede deducirse una observación de gran
    importancia práctica. En el curso de un viaje veraniego, tuve
    que pasar unos cuantos días en una cierta localidad, en espe-
    ra de que vinieran a reunírseme en ella determinadas perso-
    nas con las que pensaba proseguir mi viaje. En tales días,
    hice conocimiento con un hombre joven, que como yo, pare-
    cía sentirse allí solitario, y que se me agregó gustoso. Ha-
    llándonos en el mismo hotel, se nos hizo fácil comer juntos y
    salir juntos a paseo. El tercer día, después de almorzar, me
    comunicó, de repente, que aquella tarde esperaba a su mujer
    que llegaría en el expreso. Esto despertó mi interés psicoló-
    gico, pues me había ya chocado aquella mañana, que mi
    compañero rehusara emprender una excursión algo larga y
    se negase luego, durante el breve paseo que dimos, a subir
    por un camino, alegando que era demasiado pendiente y algo
    peligroso. Paseando luego por la tarde afirmó de pronto que
    yo tenía que sentir ya apetito y que no debía aplazar mi cena
    por causa suya, pues él iba a esperar a su mujer y cenaría
    luego con ella. Yo comprendí la indirecta y me senté a la
    mesa mientras él se dirigía a la estación.

    A la mañana siguiente nos volvimos a encontrar en el hall
    del hotel. Me presentó a su mujer y añadió: «Almorzará us-
    ted con nosotros ¿no?». Yo tenía que hacer aún una pequeña
    comisión en una calle cercana al hotel, pero aseguré que re-
    gresaría en seguida. Al entrar luego en el comedor, vi que la
    pareja se había sentado al mismo lado de una pequeña mesa
    colocada junto a una ventana. Frente a ellos quedaba una
    única silla sobre cuyo respaldo y cubriendo el asiento se ha-


  • S.

    242

    llaba un grande y pesado abrigo perteneciente al marido. Yo
    comprendí en seguida el sentido de esta colocación, incons-
    ciente, pero por lo mismo más expresiva. Quería decir:
    «—Aquí no hay sitio para ti. Ya no me haces falta». El mari-
    do no se dió cuenta de que yo permanecía de pie ante la
    mesa sin poder sentarme. La mujer, en cambio, sí lo notó y
    dándole con el codo, murmuró: «—Has ocupado con tu abri-
    go el sitio del señor».

    En éste y otros casos análogos, me he dicho siempre, que
    los actos inintencionados tienen que ser, de continuo, un
    manantial de malas inteligencias en el trato entre los hom-
    bres. El que los ejecuta ignora en absoluto la intención a
    ellos ligada, y no teniéndola por tanto en cuenta, no se con-
    sidera responsable de los mismos. En cambio, el que los ob-
    serva, los utiliza, igual que los demás de su interlocutor, para
    deducir sus intenciones y propósitos, y de este modo, llega a
    averiguar de sus procesos psíquicos más de lo que aquél está
    dispuesto a comunicarle o cree haberle comunicado. El adivi-
    nado se indigna cuando se le muestran tales conclusiones
    deducidas de sus actos sintomáticos y las declara infundadas
    puesto que al ejecutar dichos actos le ha faltado la concien-
    cia de la intención, quejándose de mala comprensión por parte
    de los demás. Observada con detenimiento tal incomprensión
    se ve que reposa en el hecho de comprender demasiado y
    demasiado sutilmente.

    Cuanto más «nerviosos» son dos hombres, tanto más pron-
    to se darán motivos uno a otro para diferencias que los sepa-
    ren y cuyo fundamento negará cada cual con respecto a sí
    mismo con la misma seguridad con que lo afirmará para el otro.
    Este es el castigo de la insinceridad interior a la que permiten
    los hombres manifestarse bajo el disfraz de olvidos, actos de
    término erróneo y emociones inintencionadas, que sería mejor
    que se confesasen a sí mismos y confesasen a los demás cuan-
    do no pudieran ya dominarlos. Se puede afirmar, en general,
    que todos practicamos constantemente análisis psíquicos de
    nuestros semejantes y que a consecuencia de ello aprendemos
    a conocerlos mejor que cada uno de ellos a sí mismo. El estu-

  • S.

    243

    dio de las propias acciones y omisiones aparentemente casua-
    les es el mejor camino para llegar a conocerse a sí mismo.

    De todos los poetas que han escrito algo sobre los pe-
    queños actos sintomáticos y los rendimientos fallidos o los
    han utilizado en sus obras, ninguno ha reconocido con tanta
    claridad su secreta naturaleza ni les ha infundido una vida tan
    inquietante como Strindberg, cuyo genio fué ciertamente auxi-
    liado en esta cuestión por su profunda anormalidad psíquica.

    El doctor Karl Weiss (Viena), ha llamado la atención sobre
    el siguiente trozo de una de las obras de Strindberg (Internat.
    Zeitschrift für Psychoanalyse, tomo I. 1913, página 268):

    «Al cabo de algún tiempo llegó realmente el conde y se
    acercó con serenidad a Esther como si la hubiera dado cita.
    —¿Has esperado mucho tiempo?—le preguntó con su voz
    velada.
    —Seis meses, ya lo sabes—respondió Esther—. ¿Me
    has visto hoy?
    —Sí. En el tranvía. Y te miré a los ojos de tal manera que
    creí estar hablando contigo.
    Han pasado muchas cosas desde la última vez.
    —Sí. Creí que todo había terminado entre nosotros.
    —¿Cómo?
    —Todos los pequeños regalos que de ti había recibido se
    fueron rompiendo, y todos ellos, de un modo misterioso.
    Pero esto es una antigua advertencia.
    —¡Qué dices! Ahora recuerdo un gran número de casos
    de esta clase, que yo creí casualidades. Una vez, me regaló
    mi abuela unos lentes, cuando aún estábamos en buenas rela-
    ciones.
    Eran de cristal de roca y se veía con ellos divinamente;
    una verdadera maravilla que yo trataba con todo cuidado. Un
    día rom-
    pí con la anciana y ésta me tomó odio…
    La primera vez que después de esto me puse los lentes,
    se cayeron los cristales sin causa ninguna. Creí en un simple
    desperfecto y los mandé arreglar. Pero no; siguieron rehu-
    sando prestar su servicio y tuve que relegarlos a un cajón
    del que luego desaparecieron.

  • S.

    244

    —Es extraño que todo aquello que a los ojos se refiere
    sea lo que muestra una más sensible naturaleza. Un amigo
    me regaló una vez unos gemelos de teatro. Se adaptaban tan
    bien a mi vista, que era un placer para mí el usarlos. Mi ami-
    go y yo nos convertimos en enemigos. Ya sabes tú que a
    esto se llega sin causa visible, como si le parecíese a uno
    que ya no se debe seguir unidos. Al querer utilizar después
    los gemelos, me fué imposible ver claramente con ellos. El
    eje transversal resultaba corto y ante mis ojos aparecían dos
    imágenes. No necesito decirte que ni el tal eje se había acor-
    tado ni tampoco había crecido la distancia entre mis ojos. Es
    un milagro que sucede todos los días y que los malos obser-
    vadores no notan. ¿Explicación? La fuerza psíquica
    del odio es mayor de lo que creemos. La
    sortija que me diste ha perdido su piedra y no se deja repa-
    rar; no se deja. ¿Quieres ahora separarte de mí?… («Las ha-
    bitaciones góticas», pág. 258)

    También en el campo de los actos sintomáticos tiene que
    ceder la observación psíquica la prioridad a los poetas y no
    puede hacer más que repetir lo que éstos han dicho ya hace
    mucho tiempo. El señor Wilhelm Stross me llamó la atención
    sobre el siguiente trozo del «Tristram Shandy», la conocida
    novela humorística de Lawrence Sterne (VI parte, capítulo V).

    «Y no me extraña nada que Gregorio Nacianceno, al ob-
    servar los gestos rápidos y fugitivos de Juliano, predijese su
    apostasía. Ni que San Ambrosio despidiese a su amanuense
    por los incorrectos movimientos de su cabeza, que iba y ve-
    nía como un látigo de trillar. Ni que Demócrito notase en se-
    guida que Protágoras era un sabio por el hecho de ver cómo,
    al hacer un haz de leña, ponía los sarmientos más finos en el
    medio. Hay mil rendijas que pasan desapercibidas—continuó
    mi padre—a través de las cuales una mirada penetrante pue-
    de descubrir de una vez el alma, y yo afirmo—añadió—que
    un hombre razonable no puede dejar su sombrero al entrar
    en una habitación o cogerlo para marcharse, sin que se le es-
    cape algo que nos revele su íntimo ser.»