• S.

    153

    VII

    Olvido de impresiones y propósitos

    Si alguien mostrase inclinación a valorar exageradamente
    nuestro conocimiento actual de la vida psíquica, bastaría, para
    obligarle a volver a la humildad, hacerle fijarse en la función
    de la memoria. Hasta el día, ninguna teoría psicológica ha
    logrado explicar conjuntamente los fenómenos fundamentales
    del olvido y del recuerdo, y ni siquiera se ha llevado a cabo
    el análisis completo de aquello que nos es dado observar en
    la realidad más inmediata. E! olvido ha llegado a ser hoy,
    para nosotros, quizá más misterioso que el recuerdo, sobre
    todo desde que el estudio de los sueños y de los fenómenos
    patológicos nos ha enseñado que aquello que creíamos haber
    olvidado para mucho tiempo, puede volver de repente a sur
    gir en la conciencia.

    Poseemos, sin embargo, algunos datos cuya exactitud es
    peramos será generalmente reconocida. Aceptamos que el ol
    vido es un proceso espontáneo al que se puede atribuir un
    determinado curso temporal, hacemos resaltar el hecho de
    que en el olvido se verifica una cierta selección entre las im
    presiones existentes, así como entre las particularidades de
    cada impresión o suceso, y conocemos algunas de las condi
    ciones necesarias para la conservación y emergencia en la
    memoria, de aquello que, sin su cumplimiento, sería olvida
    do. Pero no obstante, en innumerables ocasiones de la vida co
    tidiana, podemos observar cuán incompleto y poco satisfacto
    rio es nuestro conocimiento. Escuchando a dos personas
    cambiar sus recuerdos de impresiones recibidas conjunta

  • S.

    154

    mente del exterior, por ejemplo, de las correspondientes a un
    viaje hecho en compañía, se verá siempre, que mucho de
    aquello que ha permanecido fijo en la memoria de una de
    ellas ha sido olvidado por la otra, a pesar de no existir razón
    alguna para afirmar que la impresión haya sido más impor-
    tante, psíquicamente, para una que para la otra. Es induda-
    ble que una gran cantidad de los factores que determinan la
    selección verificada por la memoria escapa a nuestro conoci-
    miento.

    Con el propósito de aportar al conocimiento de las condi-
    ciones del olvido una pequeña contribución, acostumbro a
    someter a un análisis psicológico mis propios olvidos. Regu-
    larmente no me ocupo más que de un cierto grupo de tales
    fenómenos, esto es, de aquellos en los cuales el olvido me
    causa sorpresa, por creer que debía recordar por entero aque-
    llo que ha desaparecido de mi memoria. Quiero así mismo
    hacer constar, que en general, no soy propenso a olvidar (las
    cosas vividas, no las aprendidas) y que durante un corto pe-
    ríodo de juventud me fué posible dar algunas poco ordinarias
    pruebas de memoria. En mis años de colegial, no hallaba di-
    ficultad alguna en recitar de memoria la página que acababa de
    leer, y poco antes de ingresar en la Universidad, me era dado
    transcribir casi a la letra, inmediatamente después de oirlas,
    conferencias enteras de vulgarización de un asunto científico.
    En mi tensión de espíritu ante el examen final de la carrera
    de Medicina, debí de hacer aún uso de un resto de esta facul-
    tad, pues en algunos temas, di a los examinadores respues-
    tas que parecían automáticas y que demostraron coincidir
    exactamente con las explicaciones del libro de texto, el cual
    no había sino hojeado a toda prisa.

    Desde entonces, ha ido disminuyendo cada vez más mi
    dominio sobre mi memoria, pero en los últimos tiempos, me
    he convencido de que, con ayuda de un determinado artificio,
    puedo conseguir recordar más de lo que al principio creo po-
    sible. Cuando, por ejemplo, me hace observar en la consulta,
    algún paciente, que ya le he visto con anterioridad y no
    puedo recordar ni el hecho ni la fecha, me pongo a adivinar,


  • S.

    155

    esto es, dejo acudir rápidamente a mi conciencia un número
    arbitrario de años y lo resto de aquel en que me hallo. En
    aquellos casos en los que mi adivinación ha podido ser con-
    frontada con indicaciones o seguras afirmaciones de los pa-
    cientes, se ha demostrado, que en lapsos superiores a diez
    años, no me había equivocado, al adivinar, en más de seis
    meses 1). Análogamente procedo cuando me encuentro a
    algún lejano conocido y quiero preguntarle, cortésmente, por
    sus hijos. Si me habla de ellos, refiriéndome sus progresos,
    trato de adivinar qué edad tendrán en la actualidad y, com-
    parada mi espontánea ocurrencia con los datos que el padre
    me proporciona en el curso de la conversación, compruebo
    siempre, que, cuando más, me he equivocado en tres meses,
    a pesar de que no podría decir en qué he apoyado mi afirma-
    ción. Por último, he llegado a confiar tanto en mi acierto, que
    ya exteriorizo siempre osadamente mis hipótesis, sin correr
    el peligro de equivocarme y herir al padre con mi desconoci-
    miento de lo referente a sus retoños. De este modo, amplío
    mi memoria consciente, invocando la ayuda de mi memoria
    inconsciente, mucho más rica en contenido.

    Relataré aquí varios interesantes casos de olvido, obser-
    vados en su mayor parte, en mí propio. Distingo entre casos
    de olvido de impresiones y de sucesos vividos, esto es, de
    conocimientos, y casos de olvido de intenciones y propósitos,
    o sea omisiones. El resultado uniforme de toda esta serie de
    observaciones puede formularse como sigue: En todos
    los casos, queda probado que el olvido
    está fundado en un motivo de disgusto.

    A.—Olvido de impresiones y conocimientos.

    a) Hallándome veraneando con mi mujer, me causó su
    conducta, en una determinada ocasión, un violento enfado,
    aunque el motivo era en sí harto nimio. Estábamos sentados

    1)En general, acuden después a la conciencia, en el curso de la
    consulta, todos los detalles de la primera visita olvidada.

  • S.

    156

    a la mesa redonda de un restaurant, y frente a nosotros, se
    hallaba un caballero de Viena, al que conocía, y que tenía
    también que reconocerme a primera vista, pero con el que no
    quería trabar conversación, pues tenía mis razones para
    rehuir su trato. Mi mujer, que no le conocía más que de
    oídas y sabía que era persona distinguida, demostró con su
    actitud, estar escuchando la conversación que dicho señor
    mantenía con sus vecinos de mesa, y de cuando en cuando,
    se dirigía a mí con preguntas que recogían el hilo del diálogo
    que aquéllos mantenían. Esta conducta me impacientó y acabó
    por irritarme. Pocas semanas después, quise hablar, en casa
    de un pariente mío, del enfado que me había causado la in-
    oportunidad de mi mujer y, al hacerlo, me fué imposible re-
    cordar ni una sola palabra de lo que el caballero citado había
    dicho en la mesa. Como soy más bien rencoroso y, de cos-
    tumbre, incapaz de olvidar los menores detalles de un suceso
    que me haya irritado, mi amnesia, tenía, en este caso, que
    estar motivada por un sentimiento de respeto hacia mi
    mujer.–Algo análogo me sucedió de nuevo hace poco tiem-
    po. Hablando con un íntimo amigo, quise divertirme a costa
    de mi mujer, relatando una cosa que ésta había dicho hacía
    pocas horas, pero me encontré detenido en mi intención por
    haber olvidado de lo que se trataba, y tuve que pedir a mi
    misma mujer que me lo recordase. Es fácil comprender
    que mi olvido debe ser considerado, en este caso, como aná-
    logo a la típica perturbación del juicio a la que sucumbimos
    cuando se trata de nuestros próximos familiares.
    b) En una ocasión, me había comprometido, por corte-
    sía, con una señora extranjera recién llegada a Viena, a pro-
    porcionarla una pequeña cajita de hierro, en la que pudiera
    guardar sus documentos y su dinero. Al ofrecerme a ello,
    flotaba ante mí, con extraordinaria intensidad visual, la ima-
    gen de un escaparate situado en el centro de la ciudad, en el
    que estaba convencido de haber visto unas cajas del modelo
    deseado. En cambio, no me era dado recordar el nombre de
    la calle en que se hallaba la tienda a que el tal escaparate
    pertenecía, pero estaba seguro de encontrarla dando un paseo

  • S.

    157

    PSICOPATOLOGIA

    por las calles centrales, pues mi memoria me decía que había
    pasado innumerables veces ante ella. Para desesperación
    mía, me fué imposible hallar el escaparate en que antes había
    visto tales cajas, a pesar de haber cruzado el centro en todas
    direcciones. Entonces pensé que no me quedaba más recurso
    que consultar en una guía comercial las señas de todos los
    fabricantes del objeto deseado y comenzar de nuevo con
    estos datos, mis paseos en busca del dichoso escaparate.
    Afortunadamente, pude ahorrarme este trabajo, pues entre las
    señas contenidas en la guía, había unas que se me revelaron
    en seguida como las olvidadas. En efecto, había pasado innu-
    merables veces ante la tienda a que correspondían, y preci-
    samente siempre que había ido a visitar a una familia que
    vivía en la misma casa. Pero más tarde, cuando a mi íntimo
    trato con dicha familia, sucedió un total apartamiento, tomé,
    sin darme cuenta, la costumbre de evitar el paso por aquellos
    lugares y ante aquella casa. En mi paseo por la ciudad en
    busca del escaparate en el que recordaba haber visto las ca-
    jas que deseaba, había visitado todas las calles de los alre-
    dedores, pero no había entrado en aquella otra, como si ello
    me estuviera prohibido. El motivo de disgusto responsable
    de mi desorientación, aparece aquí con gran claridad. En
    cambio, el mecanismo del olvido no es tan sencillo como en
    el ejemplo anterior. Mi aversión no iba dirigida, como es na-
    tural, hacia el fabricante de cajas de caudales, sino hacia otra
    persona, de la que no quería tener noticia alguna, pero se
    trasladó de ésta al incidente en el cual produjo el olvido.
    Análogamente, en el caso «Burckhardt», mi rencor
    contra una persona motivó la comisión de un error al escribir
    el nombre de otra. Lo que entonces llevó a cabo la seme-
    janza de los nombres, estableciendo una conexión entre dos
    grupos de ideas esencialmente diferentes, fué ejecutado en
    el ejemplo presente, por la contigüidad en el espacio y la in-
    separable vecindad. Además, en este último caso, existía
    aún una segunda conexión de los contenidos, pues entre
    las razones que motivaron mi apartamiento de la familia
    que vivía en la misma casa en que se hallaba la tienda


  • S.

    158

    olvidada, había desempeñado el dinero un principal papel.
    c) De las oficinas de B. R. y C.ia me avisaron un día
    para que fuera a prestar asistencia médica a uno de sus em-
    pleados. En mi camino hacia la casa donde éste vivía, se me
    ocurrió la idea de que ya había estado repetidas veces en el
    edificio donde se hallaban instaladas las oficinas de la citada
    firma. Me parecía haber visto en un piso bajo, la muestra con
    el título de la Compañía, en ocasión de haber ido a hacer
    una visita profesional en otro más alto de la misma casa.
    Mas no conseguí recordar la casa de que se trataba, ni a
    quién había visitado en ella. Aunque toda esta cuestión era
    indiferente y carecía de importancia, no desprecié seguir
    ocupándome de ella, y llegué a averiguar, por el usual méto-
    do indirecto, esto es, reuniendo todas las ideas que en cone-
    xión con el asunto se me ocurrían, que en el piso inmediato
    superior a las oficinas de B. R. y C.ia se hallaba la pensión
    Fischer en la que había tenido con frecuencia, pacientes que
    visitar. Al recordar esto, recordé también cuál era la casa
    donde se hallaban instaladas la pensión y las oficinas. Pero
    lo que seguía para mí en el misterio, era el motivo que había
    intervenido en el olvido. Ni en la C.ia B. R., ni en la pensión
    Fischer o en los pacientes que en ella habían habitado, en-
    contraba nada desagradable para mí, que pudiera haber difi-
    cultado el recuerdo de la casa y del paciente en ella visitado.
    De todos modos, supuse que no se podía tratar de nada muy
    penoso, pues de ser así, no me hubiera sido factible apode-
    rarme de nuevo de lo olvidado, por un medio indirecto y sin
    recurrir, como en el ejemplo anterior, a ayudas exteriores.
    Por último, se me ocurrió, que inmediatamente antes, al em-
    prender el camino hacia la casa del enfermo, en cuyo auxilio
    había sido llamado, había encontrado y saludado a un señor
    al que me costó trabajo reconocer. Se trataba de una persona
    a la que había visitado meses antes, hallándola en un estado
    aparentemente grave y diagnosticando su enfermedad de pa-
    rálisis progresiva. Tiempo después, llegó a mí la noticia de
    su restablecimiento y, por lo tanto, de mi equivocación en el
    diagnóstico, a menos de que se tratase de una de aquellas


  • S.

    159

    remisiones que suelen aparecer en la Dementia paralytica.
    De este encuentro emanó la influencia que me hizo olvidar
    cuál era la vecindad de B. R. y C.ia. Mi interés en hallar lo
    olvidado se había trasladado a ello desde el discutido diag-
    nóstico. La conexión asociativa entre ambos alejados temas,
    quedó establecida por una semejanza en los nombres de los
    dos pacientes y, además, por el hecho de que el individuo
    restablecido contra mi esperanza era, así mismo, empleado
    de unas grandes oficinas, que también acostumbraban a
    hacer que yo visitase a sus dependientes enfermos. El doc-
    tor que reconoció conmigo al supuesto atacado de parálisis
    progresiva, se llamaba Fischer, igual que la pensión olvi-
    dada.

    d) Extraviar un objeto no significa en muchas ocasio-
    nes, más que olvidar dónde se ha colocado. Como la mayo-
    ría de las personas que escriben mucho y utilizan gran nú-
    mero de libros, sé orientarme muy bien en mi mesa de
    trabajo y encontrar en seguida en ella lo que deseo. Lo que
    a los demás les parece desorden, es para mí un orden cono-
    cido e histórico. ¿Por qué, pues, extravié hace poco un catá-
    logo de librería y lo extravié de tal modo, que no me ha sido
    posible hallarlo, a pesar de haber tenido el propósito de en-
    cargar un libro en él anunciado? Era el tal libro, titulado «So-
    bre el idioma», obra de un autor cuyo ingenioso y vivo estilo
    es muy de mi gusto, y cuyas opiniones sobre psicología e
    Historia de la Civilización estimo altamente. Tengo la cos-
    tumbre de prestar a mis amigos obras de este autor, para su
    provecho intelectual, y en una ocasión, me dijo uno de ellos,
    al devolverme el libro prestado: «El estilo me recuerda mucho
    el de usted, y también la manera de pensar es la misma en
    ambos». El que me dijo esto no sabía la cuerda sensible que
    hería en mí con su observación. Años antes, siendo aún
    joven y estando necesitado de apoyo moral, uno de mis co-
    legas, de más edad que yo, me había dicho idénticas palabras
    al oírme alabar las obras de un conocido escritor sobre cues-
    tiones de Medicina: «Su estilo y su manera de pensar, son
    idénticos a los de usted». Influído por esta observación, es-

  • S.

    160

    cribí a dicho autor una carta, en la que solicitaba entrar en
    una relación más íntima con él, pero una fría contestación me
    hizo volver a mi puesto. Quizá detrás de esta experiencia se
    escondiesen otras anteriores, igualmente desalentadoras,
    pues no he podido llegar a encontrar el catálogo extraviado
    y ello me ha hecho no encargar el libro anunciado, a pesar
    de que con el extravío no ha surgido ningún obstáculo real,
    dado que he conservado en la memoria el nombre del libro y
    el del autor.

    e) Otro caso de extravío, que merece nuestro interés,
    por las condiciones en las que se volvió a encontrar lo perdi-
    do, es el siguiente: Un joven me contaba un día: «Hace va-
    rios años, tuve algún disgusto con mi mujer, a la que encon-
    traba demasiado indiferente y, aunque reconocía sus otras
    excelentes cualidades, vivíamos sin recíproca ternura. Un día,
    al volver de paseo, me trajo un libro que había comprado por
    creer debía interesarme. La di las gracias por esta muestra de
    «atención», prometiendo leerlo, y lo guardé, siéndome des-
    pués imposible encontrarlo. Así pasaron varios meses, du-
    rante los cuales recordé de cuando en cuando, el perdido li-
    bro y lo busqué inútilmente. Cerca de medio año después,
    enfermó mi madre, a la que yo quería muchísimo, y que vivía
    en una casa aparte de la nuestra. Mi mujer fué a su domicilio
    a cuidarla. El estado de la enferma se agravó y dió ocasión a
    que mi mujer demostrase lo mejor de sí misma. Agradecido y
    entusiasmado por su conducta, regresé una noche a mi casa,
    y sin intención determinada, pero con seguridad de sonámbu-
    lo, fuí a mi mesa de trabajo y abrí uno de sus cajones, en-
    contrando encima de todo lo que contenía, el extraviado y
    tan buscado libro».

    J. Staercke, relata (l. c.), un caso de extravío que coinci-
    de con el anterior en su carácter final, esto es, en la mara-
    villosa seguridad del hallazgo, una vez desaparecido el moti-
    vo de la pérdida.

    «Una muchachita había echado a perder un trozo de tela
    al querer cortarlo para hacerse un cuello, y tuvo que llamar
    a una costurera que intentase arreglar el entuerto. Cuando


  • S.

    161

    aquella hubo llegado y quiso la muchacha sacar el estropea-
    do cuello, de la cómoda en la que creía haberlo metido, no
    consiguió encontrarlo. En vano lo revolvió todo de arriba
    abajo. Al renunciar, encolerizada, a buscarlo por más tiempo,
    se preguntó a sí misma por qué había desaparecido aquello
    tan de repente y si sería que en realidad no quería ella
    encontrarlo. Meditando sobre ello, cayó en la cuenta de que
    lo que la sucedía era que se avergonzaba de que la costurera
    viera que no había sabido hacer una cosa tan sencilla como
    cortar un cuello, y en cuanto hubo pensado esto, fué derecha
    a otro armario, y al primer intento, sacó el cuello extraviado.»

    f) El siguiente ejemplo de extravío corresponde a un
    tipo que ha llegado a ser familiar a todo psicoanalítico. Debo
    hacer constar que el sujeto que fué víctima de él, halló por sí
    mismo su explicación.

    «Un paciente, sometido al tratamiento psicoanalítico y que
    durante la interrupción veraniega de la cura cayó en un pe-
    ríodo de resistencia y malestar, dejó o creyó dejar, al desnu-
    darse, sus llaves en el sitio de costumbre. Después recordó
    que para el día siguiente, último del tratamiento y en el que,
    antes de partir, debía satisfacer los honorarios devengados,
    tenía que sacar algunas cosas de una mesa de escritorio en la
    que guardaba también su dinero; mas al ir a efectuarlo, halló
    que las llaves habían desaparecido. Entonces comenzó a re-
    gistrar sistemáticamente, pero con creciente irritación, su pe-
    queña vivienda. Todo fué inútil. Reconociendo el extravío de
    las llaves como un «acto sintomático», esto es, intencionado,
    despertó a su criado para seguir buscando con la ayuda de
    una persona «libre de prejuicios». Al cabo de una hora, aban-
    donó la busca, temiendo ya haber perdido las llaves, y al
    siguiente día, encargó unas nuevas que debían serle entrega-
    das a toda prisa. Dos amigos suyos, que el día anterior le
    habían acompañado en coche hasta su casa, quisieron recor-
    dar haber oído sonar algo contra el suelo cuando bajó del
    coche, y con todo esto, quedó nuestro individuo convencido
    de que las llaves se le habían caído del bolsillo. Mas por la
    noche, al llegar a su casa, se las presentó el criado con aire

  • S.

    162

    P R O F . S . F R E U D

    de triunfo. Las había hallado entre un grueso libro y un del-
    gado folleto (un trabajo de uno de mis discípulos), que el
    paciente había apartado para leerlos durante las vacacio-
    nes de verano, y habían sido tan hábilmente disimuladas
    en aquel lugar, que nadie hubiera sospechado estuvieran
    en él. Después fué imposible volver a colocarlas en el
    mismo sitio de manera que permanecieran tan invisibles
    como antes. La inconsciente habilidad con la que se «extra-
    vía» un objeto bajo la influencia de motivos secretos, pero
    vigorosos, recuerda por completo la «seguridad del sonám-
    bulo». En este caso, el motivo era, naturalmente, el disgusto
    por la interrupción del tratamiento y la secreta cólera por
    tener que pagar, hallándose aún en mal estado, honorarios
    considerables.»

    g) «Un individuo-relata A. A. Brill-fué un día apre-
    miado por su mujer para asistir a una reunión que no le ofre-
    cía ningún atractivo. Por último, se rindió a sus ruegos y co-
    menzó a sacar de un baúl, que no necesitaba llave para que-
    dar cerrado, pero sí para ser abierto, su traje de etiqueta,
    mas se interrumpió en esta operación, decidiendo afeitarse
    antes. Cuando hubo terminado de hacerlo, volvió a dirigirse
    al baúl, encontrándolo cerrado y no logrando hallar la llave.
    Siendo domingo, y ya de noche, no era posible hacer venir a
    un cerrajero, y tuvo el matrimonio que renunciar a asistir a la
    fiesta. A la mañana siguiente, abierto el baúl, se encontró
    dentro la llave. El marido, distraído, la había arrojado en él,
    dejando caer después la tapa. Al relatarme el caso, me ase-
    guró haberlo hecho sin darse cuenta y sin intención ninguna,
    pero sabemos que no quería ir a la fiesta y que, por lo tanto,
    el extravío de la llave no careció de motivo.»

    E. Jones observó que acostumbraba a extraviar su pipa
    siempre que por haber fumado ya mucho sentía algún males-
    tar. En estos casos, la pipa se encontraba luego en los sitios
    más inverosímiles.

    h) Dora Müller relata un caso inofensivo con motivos
    confesados. (Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse.
    III-1915.)

  • S.

    163

    Psicopatologia

    La señorita Erna A., me contó, dos días antes de No-
    chebuena, lo que sigue:

    «Anoche, al sacar un paquete de galletas para comer
    unas cuantas, pensé que cuando viniese a darme las buenas
    noches la señorita S., tendría que ofrecerle algunas, y me
    propuse no dejar de hacerlo a pesar de que hubiera preferido
    guardar las galletas para mí sola. Cuando llegó el momento,
    extendí la mano hacia mi mesita, para coger el paquete que
    creía haber dejado allí, pero me encontré con que había des-
    aparecido. Me puse a buscarlo y lo hallé dentro de mi arma-
    rio, donde sin darme cuenta lo había encerrado.» No había
    necesidad de someter este caso al análisis, pues la sujeto se
    daba perfecta cuenta de su significación. El deseo recién re-
    primido de conservar las galletas para ella sola, se había
    abierto paso en un acto automático, aunque para frustrarse de
    nuevo por la acción consciente que vino a continuación.

    i) H. Sachs describe cómo escapó en una ocasión, por
    uno de estos «extravíos», a la obligación de trabajar:

    «El domingo pasado, por la tarde, estuve dudando un rato
    entre ponerme a trabajar o salir de paseo y hacer después al-
    gunas visitas, decidiéndome por lo primero después de luchar
    un poco conmigo mismo. Mas al cabo de una hora, observé
    que se me había acabado el papel. Sabía que en un cajón
    tenía guardado hacía ya años un fajo de cuartillas, pero fué
    en vano que lo buscara en mi mesa de trabajo y en otros lu-
    gares en los que esperaba hallarlo, tomándome mucho traba-
    jo y revolviendo una gran cantidad de libros, folletos y docu-
    mentos antiguos. De este modo, tuve que abandonar el tra-
    bajo y salir a la calle. Cuando a la noche regresé a casa, me
    senté en un sofá, mirando distraídamente la biblioteca que
    ante mí tenía. Mis ojos se fijaron en uno de sus cajones, y
    recordé que hacía mucho tiempo que no había revisado su
    contenido. Me levanté, y dirigiéndome a él, lo abrí. Encima
    de todo, había una cartera de cuero y en ella papel blanco
    intacto. Pero hasta que no lo hube sacado de la cartera y es-
    taba a punto de guardarlo en la mesa de trabajo, no recordé
    que aquél era el papel que había buscado inútilmente por la

  • S.

    164

    tarde. Debo añadir, que, aunque para otras cosas no soy
    ahorrativo, acostumbro a aprovechar el papel lo más que
    puedo y guardo todo trozo de él que me parezca utilizable.
    Esta costumbre, alimentada por una inclinación instintiva, es
    la que, sin duda, me llevó en seguida a la rectificación de mi
    olvido en cuanto desapareció la actualidad de su motivo.»

    Un ligero examen de los casos de extravío nos fuerza a
    aceptar su general dependencia de una intención incons-
    ciente.

    j) En el verano de 1901, dije en una ocasión, a un ami-
    go mío, con el que mantenía por entonces un activo cambio
    de ideas sobre cuestiones científicas, las siguientes palabras:
    «Estos problemas neuróticos no tienen solución posible sino
    aceptando ante todo y por completo, una bisexualidad origi-
    nal en todo individuo». Mi amigo me respondió: «Eso ya te
    lo dije yo hace dos años y medio en Br., una noche que pa-
    seamos juntos. Entonces no me quisiste hacer el menor caso».
    Es muy desagradable verse invitado de esta manera a renun-
    ciar a lo que uno se figura una originalidad propia y, por lo
    tanto, me fué imposible recordar la conversación que mi ami-
    go me citaba, ni lo que en ella afirmaba haber dicho. Uno de
    nosotros tenía que engañarse, y según el principio de ¿cui
    prodest? debía de ser yo el equivocado. En efecto, du-
    rante el curso de la semana siguiente, recordé toda la cues-
    tión tal y como mi interlocutor había querido despertarla en
    mi memoria y hasta la respuesta que di a sus palabras y que
    era: «No he llegado a eso aún y no quiero meterme a discu-
    tirlo por ahora». Desde entonces, me he hecho algo más to-
    lerante cuando en algún trozo de literatura médica hallo algu-
    nas de las pocas ideas a las que puede ir unido mi nombre y
    veo que éste no ha sido citado al lado de ellas.

    Censuras a la propia mujer—amistad que se transforma
    en todo lo contrario—error en un diagnóstico—repulsas de
    colegas interesados en iguales cuestiones científicas que
    uno—apropiación de ideas ajenas; no puede considerarse
    como meramente accidental el que una serie de casos de ol-
    vido, expuestos sin verificar la menor selección, necesiten

  • S.

    165

    todos, para ser explicados, su referencia a tales temas, peno
    sos para la víctima del olvido. A mi juicio, toda persona que
    quiera someter los olvidos en que incurre a un examen enca
    minado a descubrir los motivos de los mismos, reunirá siem
    pre un parecido muestrario de contrariedades o vejaciones.
    La propensión a olvidar lo desagradable me parece ser gene
    ral, siendo la capacidad para olvidarlo lo que está diferente
    mente desarrollada en las diversas personas. Determinadas
    falsas negativas que solemos encontrar en nuestra
    actividad médica, deben ser atribuídas a olvidos 1).

    Nuestra concepción de tales olvidos limita su diferencia
    de las falsas negativas a relaciones puramente psicológicas y
    nos permite ver en ambas formas de reacción, la expresión
    de los mismos motivos. De todos los numerosos ejemplos de
    negativa a recordar temas desagradables, que he observado
    en los allegados de los enfermos, ha quedado uno impreso
    en mi memoria como especialmente singular.


    1)Al inquirir de un paciente si ha padecido diez o quince años
    atrás, alguna infección luética, se olvida con demasiada frecuencia, que
    el interrogado suele haber considerado psíquicamente dicha enferme
    dad como otra distinta en absoluto, por ejemplo, como un reumatismo
    agudo.–En las informaciones que los padres dan al médico sobre sus
    hijas enfermas de neurosis, puede apenas distinguirse lo que olvidan
    de lo que con toda intención ocultan, pues dan de lado, esto es, repri
    men sistemáticamente todos aquellos datos que suponen pueden perju
    dicar un ulterior matrimonio de las hijas.–Un individuo que había per
    dido a su mujer, víctima de una afección pulmonar, me comunicó el si
    guiente caso de engaño al médico que la visitaba, engaño que no puede
    explicarse más que por un olvido: «Al ver que después de muchas se
    manas de tratamiento no cedía la pleuritis de mi pobre mujer, llamamos
    en consulta al doctor P. Al hacer éste el historial de los antecedentes de
    la enferma, preguntó, entre otras cosas, si en la familia de mi mujer
    había habido algún caso de enfermedad del pulmón. Mi mujer lo negó y
    tampoco yo recordé nada en contrario de su negación. Al despedirse el
    doctor P. comenzamos a hablar, como casualmente, de viajes y excur
    siones, y mi mujer me dijo: «Sí; el viaje hasta Langersdorf, donde
    está enterrado mi pobre hermano, es bastante largo».
    Este hermano había muerto hacía unos quince años, después de una lar
    ga tuberculosis. Mi mujer le había querido mucho y me había hablado
    de él en frecuentes ocasiones. Al oir la frase anterior, recordé que mi

  • S.

    Una madre me informaba sobre los años infantiles de su
    hijo, ya púber y enfermo de los nervios, y me decía que tan-
    to él como sus hermanas, habían padecido, hasta muy mayo-
    res, incontinencia nocturna de la orina, cosa que para el his-
    torial de un neurótico no carece de importancia. Semanas
    después, queriendo enterarse la madre de la marcha del trata-
    miento, tuve ocasión de hacerla notar los signos de predispo-
    sición morbosa constitucional que presentaba el muchacho, y
    al hacerlo, me referí a la incontinencia de que ella me había
    hablado. Para mi sorpresa, negó entonces la madre tal hecho,
    tanto respecto al hijo enfermo como a los demás hermanos,
    preguntándome de dónde había sacado aquello, hasta que,
    por último, tuve que decirla que había sido ella misma quien
    me lo había referido, olvidándolo después 1).

    mujer se asustó mucho cuando su enfermedad fué diagnosticada de
    pleuritis, y dijo con tristeza: «También mi hermano murió
    de una enfermedad del pulmón». Mas su recuerdo se
    hallaba de tal modo reprimido, que ni aun después de su frase sobre el
    sitio donde se hallaba enterrado su hermano, encontró ocasión de co-
    rregir la información que había dado sobre sus antecedentes familiares.
    A mí mismo no se me presentó tal recuerdo hasta el momento en
    que ella aludió al hermano.—E. Jones relata un caso análogo al an-
    terior, en la obra que ya hemos citado varias veces. Un médico,
    cuya mujer padecía una enfermedad abdominal no bien definida
    aún, la dijo queriendo alentarla: «Lo bueno es que en tu familia
    no ha habido ningún caso de tuberculosis». La mujer le respondió con
    gran sorpresa: «¿Pero has olvidado que mi madre murió de ella y que
    mi hermana también la padeció, curándose después de estar desahucia-
    da por los médicos?»

    1)En los días en que me hallaba escribiendo estas páginas, me su-
    cedió el siguiente caso de olvido, que me pareció casi increíble: El día
    primero de Enero acostumbro a revisar mi libro de notas para enviar a
    mis clientes la cuenta de los honorarios devengados. En los apuntes
    correspondientes al mes de Junio, hallé un nombre M...l y me fué im-
    posible acordarme de la persona a la que correspondía. Mi extrañeza
    subió de punto al seguir hojeando el libro y ver que se trataba de un
    enfermo instalado en un sanatorio y al que había visitado a diario du-
    rante varias semanas. No es natural que un médico se olvide, al cabo
    de seis meses, de un enfermo al que ha asistido en tales circunstancias.
    –«¿Sería algún individuo paralítico; un caso sin interés?»–me pregunta-

    166

  • S.

    167

    Así, pues, también en individuos sanos, no neuróticos,
    hallamos indicios abundantes de una resistencia que se opone
    al recuerdo de impresiones penosas y a la representación de
    pensamientos desagradables 1). Mas para estimar cumplida
    mente la significación de este fenómeno, es necesario pene
    trar en la psicología de los neuróticos. Por poco que en ella
    nos adentremos, se nos impondrá, en efecto, el indicado im-
    pulso defensivo elemental, contra las represen-
    taciones susceptibles de despertar sensaciones desagradables,
    impulso sólo comparable al reflejo de fuga ante los estímulos
    dolorosos, como una de las principales bases de sustentación
    de los síntomas histéricos. Contra la hipótesis de una tal ten-
    dencia defensiva, no se puede objetar, que por el contrario,


    ba a mí mismo. Por fin, la nota de los honorarios recibidos hizo volver
    a mi memoria todo el conocimiento que quería eludir el recuerdo. M…l
    era una muchacha de catorce años, el caso más notable que se me ha-
    bía presentado en los últimos tiempos y cuyo desgraciado final hubo de
    proporcionarme horas muy penosas, dándome una lección que no olvi-
    daré nunca. Esta muchacha padecía una inequívoca histeria, que se me-
    joró rápida y fundamentalmente bajo mis cuidados. Después de esta
    mejoría fué retirada del sanatorio por sus padres aun cuando ella se
    quejaba todavía de dolores abdominales, los cuales habían desempeña-
    do un principal papel en el cuadro sintomático de la histeria. Dos
    meses después, murió de un sarcoma de las glándulas abdomina-
    les. La histeria, a la que la muchacha se hallaba muy predispuesta,
    había aprovechado la formación del tumor como agente provocador,
    y fascinado yo por sus tumultuosas, pero inofensivas manifestacio-
    nes, había descuidado los primeros signos de la otra insidiosa e incura-
    ble enfermedad.

    1)A. Pick ha reunido hace poco una serie de autores que aceptan
    el valor de la influencia ejercida por factores afectivos sobre la memo-
    ria y reconocen—más o menos expresamente—la participación en los
    olvidos, de una fuerza defensiva contra lo penoso o desagradable. Nin-
    guno de nosotros ha podido representar este fenómeno y su fundamen-
    to psicológico tan completa e impresionantemente como Nietzsche en
    uno de sus aforismos (Más allá del Bien y del Mal. II-68): «Has hecho
    esto—me dice mi memoria. Eso no puedes haberlo hecho—dice mi or-
    gullo, y permanece inconmovible. Por último, cede la memoria».

    A. Pick. «Psicología del olvido en los enfermos mentales y nervio-
    sos». (Archivo de antropología criminal y criminología, de H. Gross.)

  • S.

    168

    nos es imposible, muchas veces, escapar a recuerdos peno
    sos que nos persiguen y espantar emociones dolorosas, tales
    como los remordimientos y los reproches de nuestra concien-
    cia, pues no afirmamos qué dicha tendencia venza siempre y
    que no pueda tropezar, en el juego de las fuerzas psíquicas,
    con factores que persigan, para fines distintos, lo contrario
    que ella y lo consigan a su pesar. El principio ar-
    quitectónico del aparato psíquico parece
    ser la estratificación, esto es, la compo-
    sición por instancias superpuestas unas
    a otras, y es muy posible que el impulso defensivo a que
    nos venimos refiriendo pertenezca a una instancia psíquica
    inferior, coartada por otras superiores. De todos modos, el
    que podamos referir a esta tendencia a la defensa, procesos
    como los que encontramos en nuestros ejemplos de olvido, es
    algo que testimonia en favor de su existencia y poderío. Sa-
    bemos que algunas cosas se olvidan por sí mismas; en aque-
    llas otras en que esto no es posible, la tendencia defensiva
    desplaza su fin, y lleva al olvido algo diferente y de menor
    importancia, que ha llegado a ponerse en conexión asociativa
    con el material efectivamente penoso.

    El punto de vista aquí desarrollado, de que los recuerdos
    penosos sucumben con especial facilidad al olvido motivado,
    merecía ser aplicado en varias esferas, en las cuales no ha
    sido aún tomado suficientemente en consideración. Así, me
    parece que no se tiene en cuenta la importancia que podía
    tener aplicado a las declaraciones de los testigos ante los
    Tribunales, en los cuales se concede al juramento una exce-
    siva influencia purificadora sobre el juego de fuerzas psíqui-
    cas del individuo. Universalmente se admite que en el origen
    de las tradiciones y de la historia legendaria de un pueblo
    hay que tener en cuenta la existencia de un tal motivo, que
    arranca del recuerdo colectivo lo que resulta penoso para el
    sentimiento nacional. Quizá continuando cuidadosamente es-
    tas investigaciones, llegaría a poderse establecer una perfec-
    ta analogía entre la formación de las tradiciones nacionales y
    la de los recuerdos infantiles del individuo aislado. El gran


  • S.

    169

    Darwin observó este motivo de desagrado en el olvido y for
    muló una «regla dorada» para uso de los trabajadores cientí
    ficos 1).

    Al igual de lo que sucede en el olvido de nombres, pue
    den también aparecer, en el de impresiones, recuerdos equi
    vocados, los cuales, si son aceptados como verdaderos, ha
    brán de ser designados como ilusiones de la memoria. La
    observación de tales ilusiones de la memoria en los casos pato
    lógicos (en las paranoias, por ejemplo, desempeñan precisa
    mente el papel de un factor de la formación de delirios), han
    dado lugar a una extensa literatura, en la cual echo de menos
    una indicación sobre sus motivos. Pero este tema pertenece
    ya a la psicología de la neurosis y traspasa los límites den
    tro de los cuales nos hemos propuesto mantenerernos en el
    presente libro. En cambio, referiré aquí un extraordinario
    caso de ilusión mnémica sufrida por mí mismo, en el cual la
    motivación por material inconsciente y reprimido y la forma
    de la conexión con el mismo, pueden verse muy claramente.

    Cuando estaba escribiendo los últimos capítulos de mi li
    bro sobre la interpretación de los sueños, me hallaba vera
    neando en un lugar lejano a toda biblioteca y en el que me era
    imposible consultar los libros de los cuales deseaba extraer
    alguna cita. Tuve, pues, que escribir tales citas y referencias,
    de memoria, reservando para más tarde el rectificarlas y co
    rregirlas, con los correspondientes textos a la vista. En el ca
    pítulo de los sueños diurnos o en estado de vigilia, pensé in
    cluir el interesante tipo del pobre tenedor de libros que apa
    rece en el «Nabáb» de Alfonso Daudet, tipo al que el poeta

    1)«Opinión de Darwin sobre los olvidos» (E. Jones). En la auto
    biografía de Darwin, se halla el siguiente pasaje, que refleja su honra
    dez científica y su agudeza psicológica:
    «Durante muchos años, he seguido una «dorada regla». En cuanto
    encontraba un hecho publicado, una nueva observación o un pensamien
    to, que contradecían mis resultados generales, tomaba nota de ellos
    lo más exactamente posible, pues la experiencia me había enseñado que
    tales hechos y pensamientos escapan más fácilmente de nuestra memo
    ria, que aquellos otros que nos son favorables.»

  • S.

    170

    quiso, sin duda, atribuir sus propios ensueños. Me parecía re-
    cordar con toda precisión, una de las fantasías que este perso-
    naje-al cual atribuía el nombre de Mr. Jocelyn-construye
    en sus paseos por las calles de París, y comencé a reproducir-
    la de memoria. En este ensueño, se figura el pobre tenedor de
    libros que, viendo un coche cuyo caballo se ha desbocado, se
    arroja valerosamente a detenerlo, y cuando lo ha logrado, ve
    abrirse la portezuela del coche y descender de él una alta per-
    sonalidad que le estrecha la mano, diciendo: «Me ha salvado
    usted la vida. ¿Qué podría yo hacer en cambio por usted?»

    Al transcribir de memoria esta fantasía, pensaba que si en
    mi versión existía alguna inexactitud, me sería fácil corregir
    la luego al regresar a mi casa, con el texto del «Nabob» a la
    vista. Mas, cuando comencé a hojear el «Nabob», para com-
    parar el pasaje citado con mis cuartillas y poder mandar éstas
    a la imprenta, quedé avergonzado y consternado al ver que
    en la novela no existía tal fantasía de Mr. Jocelyn y, además,
    que el desdichado tenedor de libros ni siquiera llevaba este
    nombre, sino el de Mr. JOYEUSE. Este segundo error me
    dió pronto la clave del primero, o sea de mi engaño en el re-
    cuerdo. El adjetivo joyeux (alegre), del cual constituye
    JOYEUSE (el verdadero nombre del personaje de Daudet) la
    forma femenina, es la traducción exacta al francés, de mi pro-
    pio nombre: Freud. ¿De dónde, pues, procedía la fantasía
    falsamente recordada y atribuída por mí a Daudet? No podía
    ser más que un producto personal, un ensueño construído por
    mí mismo y que no había llegado a ser consciente, o que si lo
    fué alguna vez, había sido olvidado después en absoluto.

    Quizá esta mi fantasía proviniese del tiempo en que me
    hallaba en París, donde, con harta frecuencia, paseé solitario
    por las calles, muy necesitado de alguien que me ayudase y
    protegiese, hasta que Charcot me admitió a su trato, introdu-
    ciéndome en su círculo. Luego, en casa de Charcot, vi repe-
    tidas veces al autor del «Nabob»1).

    1)Hace algún tiempo, uno de mis lectores me remitió un volumen
    de la colección infantil de Fr. Hoffmann, en el cual se relata detallada-
    mente

  • S.

    171

    PSICOPATOLOGIA

    Otro ejemplo de recuerdo erróneo, del que fué posible
    hallar una explicación satisfactoria, se aproxima a la «fausse
    reconnaissance», de la que después trataré. Había yo dicho a
    uno de mis pacientes, hombre ambicioso y de gran capaci-
    dad, que un joven estudiante se había agregado recientemen-
    te al grupo de mis discípulos, con la presentación de un inte-
    resante trabajo, titulado: «El artista. Intento de una psicolo-
    gía sexual». Cuando, quince meses después, vió impreso
    dicho trabajo, afirmó mi paciente recordar con seguridad,
    haber leído en alguna parte, quizá en una librería, el anuncio
    de su publicación, algún tiempo antes (un mes o medio año)
    de que yo le hablase de él. Recordaba también, que ya, cuan-
    do le hablé, había pensado haber visto tal anuncio y, además,
    hizo la observación de que el autor había cambiado el título,
    pues no lo llamaba como antes, «Intento de», sino «Aporta-
    ciones a una psicología sexual». Una cuidadosa investigación
    con el autor y la comparación de fechas, demostraron que

    mente una fantasía de salvamento análoga a la construída por mí du-
    rante mi estancia en París. La coincidencia se extiende hasta determi-
    nados giros poco comunes que aparecen en ambas versiones. No es
    posible excluir por completo la posibilidad de haber leído en mis años
    juveniles dicho libro. La biblioteca escolar de nuestro gimnasio poseía
    la colección de Hoffmann y el bibliotecario acostumbraba a ofrecer a los
    alumnos, volúmenes de esta colección con preferencia a otro alimento
    espiritual. La fantasía que a los cuarenta y tres años creí recordar
    como invención de otro pudiera muy bien no haber sido sino una fiel
    reproducción de una impresión de lectura recibida entre los once y los
    trece años. La fantasía de salvamento atribuída por mí al tenedor de
    libros del «Nababs» no tenía más objeto que abrir un camino a la fanta-
    sía de mi propio salvamento y hacer tolerable a mi orgullo el deseo de
    hallar una persona que me favoreciera y protegiese. Ningún psicólogo
    extrañará oirme afirmar que en mi vida consciente me ha repugnado
    siempre la idea de depender del favor de un protector, habiendo tolera-
    do muy mal las escasas situaciones reales en las que ha sucedido algo
    análogo. En un trabajo titulado «Vatererretung und Vatermord in den
    neurotischen Phantasiegebilden» (Internationale Zeitschrift für Psychoa-
    nalyse, VIII, 1922) nos ofrece Abraham el sentido más profundo de las
    fantasías de este contenido y una explicación casi exhaustiva de sus pe-
    culiaridades.


  • S.

    172

    nunca había aparecido en ningún lado, anuncio alguno de la
    obra de referencia, y mucho menos quince meses antes de su
    impresión. Al emprender la busca de la solución de este re-
    cuerdo erróneo, expresó el sujeto una renovación de él equi-
    valente, diciéndome que recordaba haber visto hacía poco
    tiempo, en el escaparate de una librería, un escrito sobre la
    «agorafobia», y que en la actualidad, lo estaba buscando,
    para adquirirlo, en todos los catálogos editoriales. Al llegar
    a este punto, me fué ya posible explicarle por qué razón este
    trabajo tenía que ser completamente vano. El escrito sobre
    agorafobia no existía más que en su fantasía, como una reso-
    lución inconsciente de escribir él mismo una obra sobre tal
    materia. Su ambición de emular al joven estudiante, autor del
    otro trabajo, e ingresar entre mis discípulos por medio de un
    escrito científico, le había llevado a ambos recuerdos erró-
    neos. Meditando sobre esto, recordó luego, que el anuncio
    visto en la librería y que le había servido para su falso reco-
    nocimiento, se refería a una obra titulada: «Génesis. La ley
    de la reproducción». La modificación que había indicado en
    el título de la obra del joven estudiante, había sido producida
    por mí, pues recordé que, al citarle el título, había cometido
    la inexactitud de decir: «Intento de...» en lugar de «Aporta-
    ciones a...»

    B.—Olvido de propósitos o intenciones.

    Ningún otro grupo de fenómenos es más apropiado que
    el olvido de propósitos, para la demostración de la tesis de
    que la escasez de atención no basta por sí sola a explicar los
    rendimientos fallidos. Un propósito es un impulso a la acción,
    que ha sido ya aprobado, pero cuya ejecución ha quedado
    aplazada hasta el momento propicio para llevarla a cabo.
    Ahora bien: en el intervalo creado de este modo, pueden su-
    frir los motivos del propósito una modificación que traiga
    consigo la inejecución del mismo, pero entonces no puede
    decirse que olvidamos el propósito formado, pues lo que ha-
     

  • S.

    173

    cemos es revisarlo y omitirlo por el momento. El olvido de
    propósitos, al cual sucumbimos cotidianamente y en las más
    diversas situaciones, no acostumbramos a explicárnoslo por
    una modificación inmediata de los motivos, sino que lo deja
    mos, en general, sin explicar, o le buscamos una explicación
    psicológica consistente en admitir que, al tiempo de ejecutar
    el propósito, ha faltado la atención requerida para el acto co-
    rrespondiente, la cual era condición indispensable para dicha
    ejecución del propósito y existía a nuestra disposición cuan-
    do formamos aquél. Pero la observación de nuestra conducta
    normal ante nuestros propósitos nos hace rechazar como ar-
    bitraria esta tentativa de explicación. Cuando, por la maña-
    na, formo un propósito que debe ser llevado a cabo por la
    noche, puedo recordarlo algunas veces durante el día, pero
    no es necesario que permanezca consciente a través de todo
    él. Luego, al acercarse el momento de su ejecución, surgirá
    de repente en mí y me inducirá a llevar a cabo la preparación
    necesaria a la acción propuesta. Si al salir a paseo, cojo una
    carta, para echarla al correo, no necesito, siendo un individuo
    normal y no nervioso, llevarla todo el tiempo en la mano e ir
    mirando continuamente para descubrir un buzón, sino que
    meteré la carta en un bolsillo y seguiré con toda libertad mi
    camino, dejando vagar mi pensamiento y contando con que
    uno de los buzones que encuentre al paso excitará mi aten-
    ción, induciéndome a sacar la carta y depositarla en él. La
    conducta normal ante un propósito ya formado coincide con
    la producida experimentalmente en las personas sometidas a
    la llamada «sugestión post-hipnótica a largo plazo» (1). Este
    fenómeno se describe de costumbre, en la forma siguiente:
    El propósito sugerido dormita en las personas referidas hasta
    que se aproxima el tiempo de su ejecución. Al llegar éste, des-
    pierta en ellas, y las induce a la acción.

    En dos situaciones de la vida, se da también el profano
    en estas cuestiones, perfecta cuenta de que el olvido de pro-


    (1)Véase la obra de Bernheim: «Nuevos estudios sobre hipnotismo,
    sugestión y psicoterapia», 1892.

  • S.

    pósitos no puede considerarse como un fenómeno elemental
    que queda reducido a sí mismo, sino que en definitiva, de-
    pende de motivos inconfesados. Estas dos situaciones son las
    relaciones amorosas y el servicio militar. Un enamorado que
    haya dejado de acudir a una cita se disculpará en vano di-
    ciendo haberla olvidado. A estas palabras contestará ella
    siempre: «Hace un año no lo hubieras olvidado. Ya no soy
    para ti lo que antes». Aun cuando hiciera uso de la explica-
    ción psicológica antes citada, queriendo disculpar su olvido
    por la acumulación de ocupaciones, sólo conseguiría que la
    dama –con una penetración análoga a la del médico en el
    psicoanálisis– le respondiera: «Es curioso que antes no te
    perturbaran de esa manera tus asuntos». Seguramente, la
    dama no quiere con esto, rechazar la posibilidad de un olvi-
    do, pero sí cree, y no sin razón, que del olvido inintenciona-
    do hay que deducir, lo mismo que si se tratase de un subter-
    fugio consciente, una cierta desgana.

    Así mismo, se niega, y muy fundadamente, en el servicio
    militar, la distinción entre las omisiones por olvido y las in-
    tencionadas. El soldado no debe olvidar nada de lo que
    de él exige el servicio. Si a pesar de esto, olvida algo de lo
    que sabe tiene que hacer, ello es debido a que los motivos
    que urgen el cumplimiento de los deberes militares se oponen
    otros motivos contrarios. El soldado que al pasar revista se
    disculpa diciendo que ha olvidado limpiar los botones
    de su uniforme, puede estar seguro de no escapar al castigo.
    Pero este castigo puede considerarse insignificante en com-
    paración de aquel otro a que se expondría si se confesara a
    sí mismo y confesara a sus superiores el motivo de su omi-
    sión: «Estoy harto del maldito servicio». En razón a este
    ahorro de castigo se sirve el soldado del olvido como excusa
    o se manifiesta aquél espontáneamente como una transac-
    ción.

    Tanto el servicio de las damas como el servicio militar,
    tienen el privilegio de que todo lo que a ellos se refiere debe
    sustraerse al olvido y, de este modo, sugieren la opinión de
    que el olvido es permisible en las cosas triviales, al paso que


    174

  • S.

    175

    PSICOPATOLOGIA

    en las importantes, es signo de que se las quisiera tratar
    como si no lo fuesen, y por lo tanto, de que se las discute su
    importancia 1).

    En efecto, en esta cuestión no se puede negar el punto
    de vista de la valoración psíquica. Ningún hombre olvida
    ejecutar actos que le parecen importantes sin exponerse a
    ser sospechado de perturbación mental. Nuestra investiga-
    ción no puede, por lo tanto, extenderse más que a propósitos
    más o menos secundarios, no considerando ninguno como
    por completo indiferente, pues en este caso, no se hubiera
    formado.

    Como lo hice con las anteriores perturbaciones funciona-
    les, he reunido e intentado explicar también los casos de
    omisión por olvido observados en mí mismo y he hallado que
    podían ser atribuidos siempre a una intervención de motivos
    desconocidos e inadmitidos por el sujeto mismo o, como po-
    dríamos decir, a un deseo contrario. En una serie
    de casos de este género, me hallaba yo en una situación si-
    milar al servicio, esto es, bajo una coacción contra la cual no
    había dejado por completo de resistirme, manifestando aún
    mi protesta por medio de olvidos. A estos casos corresponde
    el hecho de que olvido con especial facilidad el felicitar a las
    personas en sus días, cumpleaños, bodas o ascensos. Conti-
    nuamente me propongo no dejar de hacerlo, pero cada vez
    me convenzo más de que no conseguiré nunca verificarlo con
    exactitud.

    En la actualidad, estoy a punto de renunciar ya por com-
    pleto y dar la razón a los motivos que a ello se resisten. Una
    vez, predije a un amigo mío, que me rogó enviase en su
    nombre un telegrama de felicitación en una determinada

    1)En la comedia «César y Cleopatra», de B. Shaw, se atormenta
    César, al ir a partir de Egipto, con la idea de que se había propuesto
    hacer algo antes de partir y había olvidado qué. Por fin, resulta que lo
    que ha olvidado es ¡despedirse de Cleopatra! Este pequeño rasgo debe
    dar cuenta –por cierto en completa contradicción con la verdad histó-
    rica– de lo poco que César se ocupaba de la pequeña princesa egipcia.
    (E. Jones, I, c., pág. 488.)

  • S.

    176

    fecha en que yo debía mandar otro, que con seguridad se me
    olvidarían ambos y, en efecto, se cumplió mi profecía, sin
    que ello me extrañara lo más mínimo. Dolorosas experien-
    cias de mi vida, hacen que me sea imposible expresar interés
    o simpatía en ocasiones en que, obligadamente, tengo que
    exagerar mis sentimientos al expresarlos, dado que no podría
    emplear la expresión correspondiente a su poca intensidad.
    Desde que he visto que muchas veces me he equivocado to-
    mando como verdadera la pretendida simpatía que hacía mí
    mostraban otras personas, me he revelado contra estas con-
    venciones de expresión de simpatía, cuya utilidad social,
    por otra parte, reconozco. De esta conducta debo excluir
    los pésames en caso de muerte; cuando he resuelto ex-
    presar a alguien mi condolencia por uno de estos casos,
    no omito nunca el hacerlo. En aquellas ocasiones en que
    mi participación emocional no tiene nada que ver con los
    deberes sociales, su expresión no es jamás inhibida por el
    olvido.

    El teniente T., nos relata el siguiente caso de un tal olvi-
    do, en el que un primer propósito reprimido se abrió camino
    en calidad de «deseo contrario», dando origen a una situa-
    ción desagradable.

    «Un caso de omisión»

    «El más antiguo de los oficiales internados en un campa-
    mento de prisioneros, fué ofendido por uno de sus camara-
    das. Para evitarse posibles consecuencias, quiso hacer uso
    del único medio coercitivo que en su poder estaba, esto es,
    alejar al ofensor, haciéndole trasladar a otro campamento, y
    fueron necesarios los consejos de varios amigos suyos para
    hacerle desistir de su propósito y emprender en el acto el
    camino que el honor le marcaba, decisión que había de traer
    consigo una multitud de consecuencias desagradables.

    En la misma mañana que esto sucedió, tenía el coman-
    dante que pasar lista bajo la comprobación de uno de nues-
    tros

  • S.

    12

    PSICOPATOLOGIA

    tros vigilantes. Conociendo ya a todos sus compañeros de
    cautiverio por el largo tiempo que con ellos llevaba, no había
    cometido hasta entonces error ninguno en la lectura de la
    lista. Pero aquella mañana omitió el nombre del ofensor, ha-
    ciendo que mientras que los demás oficiales se retiraban una
    vez comprobada su presencia, tuviese aquél que permanecer
    allí, solo, hasta que se deshizo el error. El nombre omitido
    constaba claramente en una página de la lista.

    Este incidente fué considerado de un lado como molestia
    intencionadamente inflingida, y de otro, como una desgra-
    da casualidad, que podía ser erróneamente interpretada. El
    comandante que cometió la omisión llegó luego a poder juz-
    gar con acierto lo sucedido, después de leer la Psicopatología
    de Freud.»

    Análogamente, se explican, por el antagonismo entre un
    deber convencional y una desfavorable opinión interior no
    confesada, aquellos casos en los que se olvida ejecutar de-
    terminados actos que se ha prometido llevar a cabo en favor
    de otras personas. En estos casos, se demuestra siempre,
    que es sólo el favorecedor el que cree en el poder eximente
    del olvido, mientras que el pretendiente se da a sí mismo,
    sin duda, la respuesta justa: «No se ha tomado interés nin-
    guno; si no, no lo hubiera olvidado». Existen individuos a
    los que todo el mundo califica de olvidadizos y a quienes por
    ser así, se les disculpan, generalmente, sus faltas, como se
    disculpa al corto de vista que no nos ha saludado en la
    calle (1). Estas personas olvidan todas las pequeñas prome-
    sas que han hecho, dejan incumplidos todos los encargos
    que reciben, y demuestran, de este modo, ser indignos de
    confianza en las cosas pequeñas, pero al mismo tiempo, exi-


    1)Las mujeres, con su fina comprensión de los procesos mentales
    inconscientes, se inclinan siempre más a considerar como una ofensa el
    que no se las reconozca en la calle y, por lo tanto, no se las salude,
    que a pensar en la explicación más inmediata, esto es, en que el que ha
    cometido la omisión es corto de vista o que, sumido en sus pensamien-
    tos, no ha reparado en ellas. Así, pues, suelen concluir que se las ha-
    bría visto si se sintiese algún interés por ellas.

    –– 177 ––

  • S.

    178

    gen que no se les tome a mal tales pequeñas faltas, esto es,
    que no se las explique por su carácter personal, sino que se
    las atribuya a una peculiaridad orgánica 1). Personalmente
    no pertenezco a esta clase de individuos ni tampoco he te-
    nido ocasión de analizar los actos de ninguno de ellos, para
    descubrir en la selección verificada por el olvido, los motivos
    del mismo. Sin embargo, no puedo dejar de formar per-
    analogiam, la hipótesis de que en estos casos, es una
    gran cantidad de desprecio hacia los demás el motivo que el
    factor constitucional explota para sus fines 2).

    En otros casos, los motivos del olvido son menos fáciles
    de descubrir, y cuando se descubren, causan una mayor ex-
    trañeza. Así, observé años atrás, que de una gran cantidad
    de visitas profesionales que debía efectuar, no olvidaba nun-
    ca sino aquellas en que el enfermo era algún colega mío o
    alguna otra persona a quien tenía que asistir gratuitamente.
    La vergüenza que me causó este descubrimiento hizo que
    me acostumbrase a anotar por la mañana las visitas que me
    proponía llevar a cabo en el transcurso del día. No sé si

    1)S. Ferenczi nos comunica que él ha sido uno de tales «distraí-
    dos» y que sus conocidos se extrañaban de la frecuencia y originalidad
    de sus errores. Pero los signos de esta «distracción» han desaparecido
    casi por completo desde que comenzó a tratar a los enfermos por el
    método psicoanalítico y se vió obligado a prestar también atención al
    análisis de su propio Yo. A su juicio, renunciamos a los actos fallidos
    cuando aprendemos a extender considerablemente los límites de la pro-
    pia responsabilidad, siendo, por lo tanto, la distracción un estado de-
    pendiente de complejos inconscientes y curable por medio de la psico-
    análisis. Sin embargo, un día que se reprochaba a sí mismo haber
    cometido un error técnico en la psicoanálisis de una paciente, apare-
    cieron de nuevo todas sus distracciones. Tropezó varias veces andando
    por la calle (representación del «faux pas» cometido en el tratamiento),
    olvidó su cartera en casa, quiso pagar en el tranvía cinco céntimos de
    menos, abrochó equivocadamente sus vestidos, etc., etc.

    2)E. Jones observa respecto a esta cuestión: «Frecuentemente,
    la resistencia es de un orden general. Así, un hombre ocupado, olvida
    echar las cartas que le ha confiado su esposa – comisión poco molesta –
    como podría olvidar otra más engorrosa; traerle los encargos de las
    tiendas, por ejemplo».

  • S.

    179

    otros médicos han llegado a hacer lo mismo por iguales ra-
    zones. Pero con esto se forma uno una idea de lo que induce
    a los llamados neurasténicos, cuando van a consultar a un
    médico, a llevar escritos en una nota todos aquellos datos
    que desean comunicarle, desconfiando de la capacidad re-
    productiva de su memoria. Esto no es desacertado, pero la
    escena de la consulta se desarrolla casi siempre en la si-
    guiente forma: El enfermo ha relatado ya con gran amplitud
    sus diversas molestias y ha hecho infinidad de preguntas. Al
    terminar, hace una pequeña pausa y extrae su nota, diciendo
    en son de disculpa: «He apuntado algunas cosas, porque, si
    no, no me acordaría de nada». Con la nota en la mano, re-
    pite cada uno de los puntos ya expuestos, y va respondién-
    dose a sí mismo: «Esto ya lo he consultado». Así, pues,
    con su memorándum no demuestra probablemen-
    te, nunca,
    más que uno de sus síntomas: la frecuencia con que sus pro-
    pósitos son perturbados por la interferencia de oscuros mo-
    tivos.

    Llego ahora a tratar de un trastorno al que está su-
    jeta
    la mayoría de las personas sanas que yo conozco y al que
    tampoco he escapado yo mismo. Me refiero al olvido sufrido
    con gran facilidad y por largo tiempo, de devolver los libros
    que a uno le han prestado, y al hecho de diferir, también por
    olvido, el pago de cuentas pendientes. Ambas cosas me han
    sucedido repetidas veces. Hace poco tiempo, abandoné una
    mañana el estanco en que a diario me proveo de tabaco, sin
    haber satisfecho el importe de la compra efectua-
    da. Fué ésta
    una omisión por completo inocente, puesto que en dicho es-
    tanco me conocían y podían recordarme mi deuda a la maña-
    na siguiente, pero tal pequeña negligen-
    cia, el intento de
    contraer deudas, no dejaba de halla-
    rse en conexión-
    con
    ciertas reflexiones concernientes a mi presu-
    puesto, que me
    habían ocupado todo el día anterior. En relación-
    con los
    temas referentes al dinero y a la posesión-
    puede descubrir-
    se
    con facilidad, en la mayoría de las personas llamadas hono-
    rables, una conducta equívoca. La primi-
    tiva ansia-
    del niño
    de pecho que le hace intentar apoderarse de todos los obje-
    tos

  • S.

    180

    tos (para llevárselos a la boca) aparece en general incomple-
    tamente vencida por la cultura y la educación1).

    Con los ejemplos anteriores temo haber entrado un tanto
    en la vulgaridad. Pero es un placer para mí encontrar mate-
    rias que todo el mundo conoce y comprende del mismo
    modo, puesto que lo que me propongo es reunir lo cotidiano
    y utilizarlo científicamente. No concibo por qué la sabiduría,
    que es, por decirlo así, el sedimento de las experiencias co-
    tidianas, ha de ver negada su admisión entre las adquisicio-
    nes de la ciencia. No es la diversidad de los objetos, sino el
    más estricto método de verificación y la tendencia a más am-
    plias conexiones, lo que constituye el carácter esencial de la
    labor científica.


    1)Por no alterar la unidad del tema, quiero hacer aquí una digre-
    sión y añadir a lo antedicho que, en relación a las cuestiones de dinero,
    muestra la memoria de los hombres una particular parcialidad. Recuér-
    dos erróneos de haber pagado ya algo, son con frecuencia, como en mí
    mismo he podido comprobar, de una gran tenaci-
    dad. En los casos en
    que la intención de ganar dinero se manifiesta al margen de los gran
    des
    intereses de la vida, y se la puede dejar libre curso sin tomarla en
    serio, como sucede con el juego, los hombres más honrados propenden
    a caer en errores, recuerdos falsos y faltas en el cálculo, encontrándo-
    se así, sin saber cómo, envueltos en pequeños
    fraudes. El carácter,
    psíquicamente reposante del juego, depende en gran parte, de tales
    posibles
    libertades. El refrán de que en el juego se conoce el carácter
    del hombre puede aceptarse, añadiendo: el carácter reprimido. El
    mismo
    mecanismo preside las faltas que los camareros cometen en el
    cálculo de las cuentas. Entre los comerciantes, es muy frecuente apla-
    zar determinados pagos, aplazamiento que no proporciona ventaja al
    guna al deudor, y que debe interpretarse psicológicamente como una
    exteriorización de la contrariedad de tener que hacer un gasto. Brill
    observa a este respecto y con agudeza epigramática, lo siguiente:
    «Somos más capaces de extraviar aquellas cartas que contienen una
    cuenta que las que contienen un cheque». En conexión con los senti-
    mientos más íntimos y menos aclarados está el hecho de que muje-
    res de gran rectitud muestren a veces una particular desgana en satis-
    facer los honorarios del médico. Ordinariamente suelen olvidar el por-
    tamonedas y no pueden pagar en la consulta. Luego olvidan día tras
    día enviar el dinero y, de este modo, acaban por conseguir que el mé-
    dico
    las haya asistido gratuitamente, «por sus bellos ojos».

  • S.

    181

    Hemos hallado, en general, que los propósitos de alguna
    importancia caen en el olvido cuando se alzan contra ellos
    oscuros motivos. En los propósitos menos importantes, ha-
    llamos como segundo mecanismo del olvido, el hecho de que
    un deseo contradictorio se transfiere al propósito desde otro
    lugar, después de haberse establecido, entre este último y el
    contenido del propósito, una asociación exterior. A este
    orden pertenece el siguiente ejemplo: Una tarde me propuse
    comprar papel secante a mi paso por el centro de la ciudad,
    y tanto aquel día como los cuatro siguientes, olvidé tal pro-
    pósito, preguntándome, al darme cuenta de la repetida omi-
    sión, qué causas podrían haberla motivado. Con facilidad
    encontré, después de meditar un poco, que el artículo desea- do podía designarse con dos nombres sinónimos «Löschpa-
    pier» y «Fliesspapier», y que, si bien usaba yo el
    primer término en la escritura, acostumbraba, en cambio, a
    utilizar el segundo de palabra. «Fliess» era el nombre
    de un amigo mío residente en Berlín, el cual me había oca-
    sionado, por aquellos días, dolorosas preocupaciones. No
    me era posible escapar a dichos penosos pensamientos, pero
    la tendencia defensiva se exteriorizaba trasladán-
    dose, por medio de la identidad de las palabras, al propósito
    indiferente, que, por ser así, presentaba escasa resistencia.

    Voluntad contraria directa y motivación lejana se mani-
    fiestan unidas en el siguiente caso de aplazamiento: En la
    colección «Cuestiones de la vida nerviosa y psíquica» había
    yo escrito un corto tratado, que resumía el contenido de mi
    «Interpretación de los sueños». Berhmann, el editor de Wies-
    baden, me había mandado las pruebas, rogándome se las
    devolviese en seguida corregidas, pues quería publicar el
    folleto antes de Navidad. En aquella misma noche, hice la
    corrección y dejé las pruebas sobre mi mesa de trabajo para
    cogerlas a la mañana siguiente. Al llegar la mañana, me ol-
    vidé de ellas y no volví a acordarme hasta cuando por la
    tarde las vi de nuevo en el sitio en que las había dejado. Sin
    embargo, allí volvieron a quedar olvidadas aquella tarde, a
    la noche y a la mañana siguiente, hasta que por fin, en la

  • S.

    182

    tarde del segundo día, las cogí al verlas y fuí en el acto a
    depositarlas en un buzón, asombrado de tan repetido aplaza-
    miento y pensando cuál sería su causa. Veía que no quería
    remitir las pruebas al editor, pero no podía adivinar el por
    qué. Después de depositar las pruebas en el correo, entré en
    casa del editor de mis obras en Viena, el cual había publica-
    do también el libro sobre los sueños, le hice algunas reco-
    mendaciones, y después, como llevado por una súbita ocu-
    rrencia, le dije: «¿Sabe usted que he escrito de nuevo mi
    libro de los sueños?» ¡Ah, sí! Entonces—exclamó—tengo
    que rogarle a usted que...»—Tranquilícese—repuse—. No
    es el libro completo, sino tan sólo un pequeño resumen para
    la colección Loewenfeld-Kurella». De todos modos no que-
    daba muy satisfecho el editor, pues temía que el folleto per-
    judicase la venta del libro. Discutimos y, por último, le pre-
    gunté: «Si se lo hubiera dicho a usted antes ¿hubiera usted
    opuesto alguna objeción a la publicación del folleto?»—«No;
    eso de ningún modo»—me respondió. Personalmente creía
    haber obrado con completo derecho y no haber hecho nada
    desacostumbrado, pero, sin embargo, me parecía seguro que
    un pensamiento similar al expresado por el editor era el mo-
    tivo de mi vacilación en enviar las pruebas corregidas. Este
    pensamiento se apoyaba en una ocasión anterior, en la que
    otro editor puso dificultades a mi obligada resolución de to-
    mar algunas páginas de una obra mía sobre la parálisis cere-
    bral infantil, para incluirlas, sin modificación alguna, en un
    folleto sobre el mismo tema, publicado en los «Manuales
    Nothnagel». Tampoco en este caso podía hacérseme ningún
    reproche, pues también había advertido lealmente mi inten-
    ción al primer editor, como lo hice en el caso de la «Inter-
    pretación de los sueños». Persiguiendo aún más atrás esta
    serie de recuerdos, encontré otra ocasión análoga anterior en
    la que al traducir una obra del francés, lesioné realmente los
    derechos de propiedad del autor, pues añadí al texto, sin su
    permiso, varias notas, y algunos años después pude ver que
    mi acción arbitraria le había disgustado.

    Existe un proverbio que revela el conocimiento popular


  • S.

    183

    de que el olvido de propósitos no es accidental: «Lo que se
    olvida hacer una vez, se volverá a olvidar con frecuencia».

    En realidad, no puede uno sustraerse a la sensación de
    que cuanto se pueda decir sobre los olvidos y los actos falli-
    dos es ya cosa conocida y admitida por todos, como algo
    evidente y natural. Lo extraño es que sea necesario todavía
    colocar a los hombres ante la conciencia cosas tan conocidas.
    Cuántas veces he oído decir: «No me encargues eso. Segu-
    ramente lo olvidaré». La verificación de esta profecía no
    tiene nada de místico. El que así habló, percibía en sí mismo
    el propósito de no cumplir el encargo, y rehusaba confesár-
    selo.

    El olvido de propósitos recibe mucha luz de algo que pu-
    diéramos designar con el nombre de «formación de falsos
    propósitos». Una vez, había yo prometido a un joven autor,
    escribir una revista de su pequeña obra, pero, a causa de re-
    sistencias interiores que no me eran desconocidas, iba apla-
    zando el cumplimiento de mi promesa de un día para otro,
    hasta que, vencido por el insistente apremio del interesado,
    me comprometí de nuevo, un día, a dejarle complacido aque-
    lla misma noche. Tenía reales intenciones de hacerlo así,
    pero después recordé que aquella noche debía ocuparme,
    imprescindiblemente, en la redacción de un informe de medi-
    cina legal. Al reconocer entonces mi propósito como falso,
    cesé en mi lucha contra mis resistencias interiores y rehusé
    en firme la revista pedida.