[Sin título]1925-041/1924.es
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    I

    Varios colaboradores de esta colección inician sus
    trabajos haciendo resaltar la espinosa singularidad de su
    cometido. Para mí, resulta aún más ardua la labor, pues
    en los repetidos trabajos de este género, que tengo ya
    publicados, he tropezado siempre, con que la especial na-
    turaleza del tema, me obligaba a hablar de mí mismo más
    lo que generalmente es costumbre o se juzga nece-
    sario.

    Mi primera exposición del desarrollo y el contenido
    de la psicoanálisis quedó integrada en las cinco conferen-
    cias 1), que la Clark University, de Worcester (Estados
    Unidos), me invitó a pronunciar en sus aulas, durante las
    fiestas con que celebró el vigésimo aniversario de su fun-
    dación (1909). Recientemente, he escrito, para una publi-
    cación americana – «Los comienzos del siglo xx» –, cu-
    yos directores hicieron honor a la importancia de nuestra
    disciplina, reservándola un capítulo especial, otro trabajo
    análogo 2). En el intervalo, la revista «Jahrbuch der Psy-
    choanalyse», publicó un ensayo mío, titulado «Historia de
    la Psicoanálisis», que contiene ya todo lo que aquí pudie-
    ra comunicar. Siéndome imposible contradecirme y no
    queriendo repetir sin modificación lo ya expuesto en otros


    1)Véase el tomo II de estas «Obras completas».

    2)This eventful years. The twentieth Century in the making as
    told by many of its makers. Two volumes. London and New York.
    The Encyclopaedia Britannica Company. Mi trabajo, traducido por
    el doctor A. A. Brill, forma el capítulo LXXIII del tomo segundo.

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    lugares, habré de intentar establecer en el presente traba-
    jo, una nueva proporción de elementos subjetivos y obje-
    tivos, fundiendo lo biográfico con lo histórico.

    Nací el año de 1856 en Freiberg (Moravia), pequeña
    ciudad de la actual Checoeslovaquia. Mis padres eran
    judíos, confesión a la que continúo perteneciendo. De
    mis ascendientes por línea paterna, creo saber que vivie-
    ron durante muchos años en Colonia, emigraron en el si-
    glo xiv o xv hacia el Este, obligados por una persecu-
    ción contra los judíos, y retornaron luego en el siglo xix,
    a través de Lituania y Galicia, fijándose en Austria.
    Teniendo cuatro años, me trajeron mis padres a Viena,
    ciudad en la que he seguido todos los grados de instruc-
    ción.

    En el «gymnasium» conservé durante siete años el
    primer puesto, gozando, así, de una situación privilegia-
    da y siéndome dispensados casi todos los exámenes.
    Aunque nuestra posición económica no era desahogada,
    quería mi padre, que para escoger carrera atendiese úni-
    camente a mis inclinaciones. En aquellos años juveniles
    no sentía predilección especial ninguna por la actividad
    médica, ni tampoco la he sentido después. Lo que me
    dominaba era una especie de curiosidad relativa más
    bien a las circunstancias humanas que a los objetos na-
    turales, y que no había reconocido aún la observación
    como el medio principal de satisfacerse. La teoría de
    Darwin, muy en boga por entonces, me atraía extraordi-
    nariamente, porque parecía prometer un gran progreso
    hacia la comprensión del mundo. La lectura del ensayo
    goethiano «La Naturaleza», escuchada en una conferencia
    de vulgarización científica, me decidió, por último, a ins-
    cribirme en la Facultad de Medicina.

    La Universidad, a cuyas aulas comencé a asistir en
    1873, me procuró al principio, sensibles decepciones.
    Ante todo, me preocupaba la idea de que mi pertenencia

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    a la confesión israelita me colocaba en una situación de
    inferioridad con respecto a mis condiscípulos, entre los
    cuales resultaba un extranjero. Pero pronto rechacé con
    toda energía tal preocupación. Nunca he podido com-
    prender por qué habría de avergonzarme de mi origen,
    o como entonces comenzaba ya a decirse, de mi raza.
    Así mismo, renuncié sin gran sentimiento a la connacio-
    nalidad que se me negaba. Pensé, en efecto, que para un
    celoso trabajador siempre habría un lugar, por pequeño
    que fuese, en las filas de la humanidad laboriosa, aunque
    no se hallase integrado en ninguno de los grupos nacio-
    nales. Pero estas primeras impresiones universitarias tu-
    vieron la consecuencia importantísima de acostumbrarme
    desde un principio a figurar en las filas de la oposición y
    fuera de la «mayoría compacta», dotándome de una cierta
    independencia de juicio.

    Descubrí también en estos primeros años de Univer-
    sidad, que la peculiaridad y la limitación de mis aptitu-
    des me vedaban todo progreso en algunas disciplinas
    científicas, cuyo estudio había emprendido con juvenil
    impetuosidad. De este modo, se me impuso la verdad de
    la advertencia del Mefistófeles goethiano: «En vano va-
    gáis por los dominios de la Ciencia; nadie aprende sino
    aquello que le está dado aprender».

    En el laboratorio fisiológico de Ernesto Bruecke, logré
    por fin tranquilidad y satisfacción completas, hallando en
    él personas que me inspiraban respeto y a las que podía
    tomar como modelos. Bruecke me encargó de una inves-
    tigación relativa a la histología del sistema nervioso,
    trabajo que llevé a cabo a satisfacción suya y continué
    luego por mi cuenta. Permanecí en este Instituto desde
    1876 a 1882 con pequeñas interrupciones, y se me con-
    sideraba destinado a ocupar la primera vacante de «au-
    xiliar» que en él se produjera. Los estudios propiamente
    médicos–excepción hecha de la Psiquiatría–no ejercían

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    sobre mí gran atracción, y retrasándome así en mi ca-
    rrera, no obtuve el título de doctor hasta 1881.

    Pero en 1882, mi venerado maestro rectificó la con-
    fiada ligereza de mi padre, llamándome urgentemente la
    atención sobre mi mala situación económica y aconse-
    jándome que abandonase mi actividad puramente teóri-
    ca. Siguiendo sus consejos, dejé el laboratorio fisiológi-
    co y entré de aspirante en el Hospital general. Al poco
    tiempo, fuí nombrado interno del mismo y serví en varias
    de sus salas, pasando más de seis meses en la de Mey-
    nert, cuya personalidad me había interesado ya profun-
    damente en mis años de estudiante.

    Sin embargo, permanecí, en cierto modo, fiel a mis
    primeros trabajos. Bruecke me había indicado al princi
    pio, como objeto de investigación, la médula espinal de
    un pez de los más inferiores (el ammocoetes-petromy-
    zon) y de este estudio pasé al del sistema nervioso hu-
    mano, sobre cuya complicada estructura acababan de
    arrojar viva luz los descubrimientos de Flechsig. El he
    cho de elegir única y exclusiva-
    mente, al principio, la
    «medulla oblongata» como objeto de investigación, fué-
    también una consecuencia de la orientación de mis pri
    meros estudios. En absoluta oposición a la naturaleza
    difusa de mi labor durante los primeros años universita-
    rios, se desarrolló en mí una tendencia a la exclusiva
    concentración del trabajo sobre una materia o un proble-
    ma únicos. Esta inclinación ha continuado siéndome
    propia y me ha valido luego el reproche de ser excesi-
    vamente unilateral.

    En el laboratorio de Anatomía cerebral continué tra-
    bajando con la misma fe que antes en el fisiológico. Du
    rante estos años, redacté varios trabajos sobre la «medu
    lla oblongata», que merecieron la aprobación de Edinger.
    Meynert, que me había abierto las puertas del laborato-
    rio, aun antes de hallarme bajo sus órdenes, me invitó

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    303

    APPENDICE

    un día a dedicarme definitivamen-
    rebro, prometiéndome la sucesión en su cátedra, pues se
    sentía ya muy viejo para profundizar en los nuevos mé-
    todos. Atemorizado ante la magnitud de tal empresa, de-
    cliné la proposición. Probablemente, sospechaba ya, que
    aquel hombre genial no se hallaba bien dispuesto para
    conmigo.

    La anatomía del cerebro no representaba para mí,
    desde el punto de vista práctico, ningún progreso con
    relación a la Fisiología. Así, pues, para satisfacer las
    exigencias materiales, hube de dedicarme al estudio de
    las enfermedades nerviosas. Esta especialidad era por
    entonces poco atendida en Viena. El material de obser-
    vación se hallaba diseminado en las diversas salas del
    hospital, y de este modo, se carecía de toda ocasión de
    estudio, viéndose uno obligado a ser su propio maestro.
    Tampoco Nothnagel, a quien la publicación de su obra
    sobre la localización cerebral había llevado a la cátedra,
    diferenciaba la neuropatología de las demás ramas de la
    medicina interna. Atraído por el gran nombre de Char-
    cot, que resplandecía a lo lejos, formé el plan de alcan-
    zar el puesto de «docente» en la rama de enfermedades
    nerviosas y trasladarme luego, por algún tiempo, a París,
    con objeto de ampliar allí mis conocimientos.

    Durante los años en que fuí médico auxiliar, publiqué
    varias observaciones casuísticas sobre enfermedades or-
    gánicas del sistema nervioso. Poco a poco, fuí domi-
    nando la materia y llegué a poder localizar tan exacta-
    mente un foco en la «medulla oblongata», que la autop-
    sia no añadía detalle alguno a mis afirmaciones. De este
    modo, fuí el primer médico de Viena que envió a la sala
    de autopsias un caso con el diagnóstico de «polineuritis
    aguda». La fama de mis diagnósticos, confirmados por la
    autopsia, me atrajo el interés de varios médicos america-
    nos, a los que comencé a dar, en un perverso inglés, un

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    cursillo sobre tales temas, utilizando, como material de
    observación, a los enfermos de mi sala. Pero no tenía el
    menor conocimiento de las neurosis, y así, cuando un día
    presenté a mis oyentes un neurótico con ininterrumpido
    dolor de cabeza y diagnostiqué el caso, de meningitis cir-
    cunscrita crónica, me abandonaron todos, poseídos de
    una justificada indignación crítica, dando allí fin mi pre-
    matura actividad pedagógica. Sin embargo, alegaré en
    mi disculpa, que grandes autoridades médicas de Viena
    solían aún diagnosticar, por aquel entonces, la neuraste-
    nia, como un tumor cerebral.

    En la primavera de 1885, me fué conferida la plaza de
    «docente» de neuropatología, en méritos de mis trabajos
    histológicos y clínicos. Poco después, me consiguió
    Bruecke una generosa pensión para realizar estudios en
    el extranjero, y al otoño siguiente, me trasladé a París.

    Confundido entre los muchos médicos extranjeros
    que se inscribían como alumnos en la Salpêtrière, no
    se me dedicó al principio, atención ninguna especial.
    Pero un día oí expresar a Charcot su sentimiento por no
    haber vuelto a tener noticia alguna, desde la pasada
    guerra, del traductor alemán de sus conferencias. Luego
    agregó que le agradaría mucho encontrar una persona
    de garantía, que se encargase de la traducción alemana
    de sus «Nuevas conferencias». Al día siguiente me ofre-
    cí para ello, en una carta, en la que recuerdo haber
    escrito que sólo padecía la «aphasie motrice», pero no la
    «aphasie sensorielle du français». Charcot aceptó mi
    ofrecimiento, me admitió a su trato privado y me hizo
    participar desde entonces, directamente, en todo aquello
    que en la clínica sucedía.

    Hallándome dedicado a la redacción del presente tra-
    bajo, he recibido de Francia numerosos ensayos y artícu-
    los, que testimonian de una violenta resistencia a la acep-
    tación de la psicoanálisis, y contienen a veces, afirma-

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    20

    ciones totalmente inexactas, relativas a mi situación con
    respecto a la escuela francesa. Así, leo, por ejemplo, que
    aproveché mi estancia en París, para familiarizarme con
    las teorías de P. Janet, huyendo luego con mi presa.
    Contra esta afirmación, he de hacer constar, que durante
    mi estancia en la Salpêtrière, nadie nombraba aún para
    nada a P. Janet.

    De todo lo que vi al lado de Charcot, lo que más me
    impresionó fueron sus últimas investigaciones sobre la
    histeria, una parte de las cuales se desarrolló aún a mi
    presencia, o sea la demostración de la autenticidad
    y normalidad de los fenómenos histéricos («Introite
    et hic dii sunt») y de la frecuente aparición de la
    histeria en sujetos masculinos, la creación de pará-
    lisis y contracciones histéricas por medio de la su-
    gestión hipnótica y la conclusión de que estos productos
    artificiales muestran exactamente los mismos caracteres
    que los accidentales y espontáneos, provocados con
    frecuencia, por un trauma. Algunas de las demostracio-
    nes de Charcot despertaron al principio en mí, como en
    otros de los asistentes, cierta extrañeza y una tendencia
    a la contradicción, que intentábamos apoyar en una de
    las teorías por entonces dominantes. El maestro discutía
    siempre nuestras objeciones con tanta paciencia y ama-
    bilidad como decisión, y en una de estas discusiones
    pronunció la frase: «Ça n’empêche pas d’exister», para
    mí inolvidable.

    No todo lo que por entonces nos enseñó Charcot se
    mantiene aún en pie. Parte de ello aparece ahora muy
    discutible y otra parte ha sucumbido por completo a la
    acción del tiempo. Pero, sin embargo, queda aún mucho
    que ha pasado a integrar duraderamente el contenido de
    la ciencia. Antes de abandonar París, tracé con Charcot
    el plan de un estudio comparativo de las parálisis histéri-
    cas con las orgánicas. Me proponía demostrar el princi-
    pio

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    pio de que las parálisis y anestesias histéricas de las di-
    versas partes del cuerpo se delimitan conforme a la re-
    presentación vulgar (no anatómica) del hombre. El maes-
    tro se mostró de acuerdo conmigo, pero no era difícil
    adivinar, que en el fondo, no se sentía inclinado a pro-
    fundizar en la psicología de las neurosis. Su punto de
    partida habría sido, en efecto, la Anatomía.

    Antes de regresar a Viena, permanecí varias sema-
    nas en Berlín dedicado a adquirir algunos conocimientos
    sobre las enfermedades de la infancia, pues el doctor
    Kassowitz, de Viena, que dirigía un Instituto de enferme-
    dades de la niñez, me había prometido establecer una
    sala destinada a las enfermedades nerviosas infantiles.
    En Berlín, fuí amablemente acogido por Ad. Baginsky.
    Durante mi actividad en el Instituto de Kassowitz, publi-
    qué luego varios trabajos sobre las parálisis cerebrales
    de los niños. A estos trabajos se debió más tarde, en
    1897, el encargo que me hizo Nothnagel, de tratar esta
    materia en su magno «Manual de la terapia general y es-
    pecial».

    En otoño de 1886 me establecí como médico en Viena
    y contraje matrimonio con la mujer que era, hacía ya
    más de cuatro años, mi prometida, y me esperaba en una
    lejana ciudad. Por cierto, que siendo aún novia mía, me
    hizo perder una ocasión de adquirir fama ya en aquellos
    años juveniles. En 1884, llegó a interesarme profunda-
    mente el alcaloide llamado cocaína, por entonces muy
    poco conocido, y lo hice traer de Merck en cierta canti-
    dad, para estudiar sus efectos fisiológicos. Hallándome
    dedicado a esta labor, se me presentó ocasión de hacer
    un viaje a la ciudad donde residía mi novia, a la que no
    veía hacía ya dos años, y puse término rápidamente a mi
    publicación, prediciendo que no tardarían en descubrirse
    amplias aplicaciones de aquel alcaloide. Antes de salir
    de Viena, encargué a mi amigo el doctor Koenigstein,

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    oculista, que investigase en qué medida resultaban apli-
    cables las propiedades anestésicas de la cocaína en las
    intervenciones propias de su especialidad. A mi vuelta,
    encontré, que no Koenignstein sino otro de mis amigos,
    Carl Koller (actualmente en Nueva York), al que también
    había hablado de la cocaína, había llevado a cabo decisi-
    vos experimentos sobre sus propiedades anestésicas, co-
    municándolos y demostrándolos en el Congreso de Oftal-
    mología de Heidelberg. Koller es, por lo tanto, conside-
    rado, con razón, como el descubridor de la anestesia
    local por medio de la cocaína, tan importante para la pe-
    queña cirugía. Por mi parte no guardo a mi mujer rencor
    ninguno por la ocasión perdida.

    Mi establecimiento como neurólogo, en Viena, data
    como antes indiqué, del otoño de 1886. A mi regreso de
    París y Berlín me hallaba obligado a dar cuenta en la
    «Sociedad de médicos», de lo que había visto y aprendi-
    do en la clínica de Charcot. Pero mis comunicaciones a
    esta sociedad fueron muy mal acogidas. Personas de
    gran autoridad, como el doctor Bamberger, presidente
    de la misma, las declararon increíbles. Meynert me invi-
    tó a buscar en Viena casos análogos a los que describía
    y a presentarlos a la sociedad. Mas los médicos en cu-
    yas salas pude hallar tales casos, me negaron la autori-
    zación de observarlos. Uno de ellos, un viejo cirujano,
    exclamó al oírme: «¿Pero cómo puede usted sostener ta-
    les disparates? Hysteron (sic) quiere decir «útero».
    ¿Cómo, pues, puede un hombre ser histérico?» En vano
    alegué que no pedía la aceptación de mis diagnósticos
    sino tan sólo que se me dejara disponer de los enfermos
    que eligiera. Por fin, encontré, fuera del hospital, un caso
    clásico de hemianestesia histérica en un sujeto masculino
    y pude presentarlo y demostrarlo ante la «Sociedad de
    médicos». Esta vez tuvieron que rendirse a la evidencia,
    pero se desinteresaron en seguida de la cuestión. La im-
     

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    presión de que las grandes autoridades médicas habían
    rechazado mis innovaciones, obtuvo la victoria, y me vi
    relegado a la oposición con mis opiniones sobre la histo-
    ria masculina y la producción de parálisis histéricas por
    medio de la sugestión. Cuando poco después, se me ce-
    rraron las puertas del laboratorio de anatomía cerebral y
    me vi falto de local en el que dar mis conferencias, me
    retiré en absoluto de la vida académica y de relación pro-
    fesional. Desde entonces no he vuelto a poner los pies en
    la «Sociedad de médicos».

    Pero si quería vivir del tratamiento de los enfermos
    nerviosos, había de ponerme en condiciones de prestarles
    algún auxilio. Mi arsenal terapéutico no comprendía sino
    dos armas, la electroterapia y la hipnosis, pues el envío
    del enfermo a unas aguas medicinales después de una
    única visita, no constituía una fuente suficiente de rendi-
    miento. Por lo que respecta a la electroterapia, me confié
    al manual de W. Erb, que integraba prescripciones deta-
    lladas para el tratamiento de todos los síntomas nervio-
    sos. Desgraciadamente, comprobé al poco tiempo, que
    tales prescripciones eran ineficaces y que me había equi-
    vocado al considerarlas como una cristalización de ob-
    servaciones concienzudas y exactas, no siendo sino una
    arbitraria fantasía. Este descubrimiento de que la obra
    del primer neurólogo alemán carecía de toda relación con
    la realidad, me fué harto doloroso, pero me ayudó a li-
    bertarme de un resto de mi ingenua fe en las autoridades.
    Así, pues, eché a un lado el aparato eléctrico, antes de
    que Moebius declarara decisivamente, que los resultados
    del tratamiento eléctrico de los enfermos nerviosos no
    eran sino un efecto de la sugestión del médico.

    La hipnosis era ya otra cosa. Siendo aún estudiante,
    asistí a una sesión pública del «magnetizador» Hansen y
    observé que uno de los sujetos del experimento palidecía
    al entrar en el estado de rigidez cataléptica y permanecía

  • S.

    309

    lívido hasta que el magnetizador le hacía volver a su es-
    tado normal. Esta circunstancia me convenció de la legi-
    timidad de los fenómenos hipnóticos. Poco después, halló
    esta opinión en Heidenhain, su representante científico,
    circunstancia que no impidió a los profesores de psiquia-
    tría continuar afirmando que el hipnotismo era una farsa
    peligrosa y despreciando a los hipnotizadores. Por mi
    parte, había visto emplear sin temor alguno, en París, el
    hipnotismo, para crear síntomas y hacerlos luego des-
    aparecer. Poco después, llegó a nosotros la noticia de
    que en Nancy había surgido una escuela que utilizaba
    ampliamente la sugestión, con o sin hipnotismo, para
    fines terapéuticos, logrando sorprendentes resultados.
    Todas estas circunstancias me llevaron a hacer de la su-
    gestión hipnótica mi principal instrumento de trabajo-
    aparte de otros métodos psicoterapicos más casuales y
    menos sistemáticos – durante mis primeros años de acti-
    vidad médica.

    Esto suponía la renuncia al tratamiento de las enfer-
    medades nerviosas orgánicas, pero tal renuncia no signi-
    ficaba gran cosa, pues en primer lugar, la terapia de ta-
    les estados no ofrecía porvenir ninguno, y en segundo,
    el número de enfermos de este género resultaba pequeñí-
    simo, comparado con el de los nerviosos, número que
    aparece además multiplicado por el hecho de que los pa-
    cientes pasan de un médico a otro sin hallar alivio. Por
    último, el hipnotismo daba a la labor médica considera-
    ble atractivo. El médico se libertaba por vez primera del
    sentimiento de su impotencia, y se veía halagado por la
    fama de obtener curas milagrosas. Más tarde, descubrí
    los inconvenientes de este procedimiento, pero al princi-
    pio, sólo podía reprocharle dos defectos: Primeramente,
    no resultaba posible hipnotizar a todos los enfermos, y
    en segundo lugar, no estaba al alcance del médico, lo-
    grar, en determinados casos, una hipnosis tan profunda

  • S.

    PROF. S. FREUD

    como lo creyese conveniente. Con el propósito de per-
    feccionar mi técnica hipnótica, fuí en 1889 a Nancy, don-
    de pasé varias semanas. Vi allí al anciano Liébault, en su
    conmovedora labor con las mujeres y niños de la pobla-
    ción obrera y fué testigo de los experimentos de Bern-
    heim con los enfermos del hospital, adquiriendo intensas
    impresiones de la posible existencia de poderosos proce-
    sos anímicos que permanecían, sin embargo, ocultos a la
    conciencia. En Nancy, se reunió conmigo una de mis pa-
    cientes históricas, mujer distinguida y de geniales dotes,
    que había acudido a mí después de no haber hallado ali-
    vio ninguno en las prescripciones de otros médicos. Por
    medio de la sugestión hipnótica conseguí procurarla una
    existencia soportable, logrando extraerla de su miserable
    estado. El hecho de que al cabo de algún tiempo recaye-
    se siempre, lo atribuí, en mi desconocimiento de las cir-
    cunstancias verdaderas, a que su hipnosis no había lle-
    gado nunca a alcanzar el grado de sonambulismo con
    amnesia. Bernheim intentó también hipnoti-
    zarla pro-
    fundamente, pero tampoco lo consiguió, confesándome
    luego, sinceramente, que sus grandes éxitos terapéuticos
    habían sido siempre con pacientes de su sala del hospi-
    tal, nunca con enfermos de su consulta privada. Durante
    mi estancia en Nancy tuve con él varias interesantísimas
    conversaciones y acepté el encargo de traducir al alemán
    sus dos obras sobre la sugestión y sus efectos tera-
    péuticos.

    De 1886 a 1891 abandoné casi por completo la inves-
    tigación científica y apenas publiqué algo. Tuve, en efec-
    to, que dedicar todo mi tiempo a afirmarme en mi nueva
    actividad y a asegurar la existencia material de mi fami-
    lia, que iba creciendo rápidamente. En 1891 publiqué mi
    primer trabajo sobre las parálisis cerebrales infantiles,
    escrito en colaboración con el Dr. Oskar Rie, mi amigo y
    ayudan-
    te. Así mismo fuí invitado a encargarme de la

    – 310 –

  • S.

    311

    APPENDICE

    parte referente a la teoría de la afasia, dominada enton-
    ces por el punto de vista de la localización, sostenido por
    Wernicke y Lichtheim, en una obra de Medicina. Un
    librito crítico-especulativo, titulado «Sobre la afasia» fué
    el fruto de esta labor. Pasaré ahora a describir cómo la
    investigación científica volvió a constituir el interés capi-
    tal de mi vida.