[Sin título]1925-041/1924.es
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    III.

    Mis esperanzas se cumplieron por completo. Abando-
    né el hipnotismo; pero el cambio de técnica trajo consigo
    un cambio de aspecto de la labor catártica. El hipnotismo
    había encubierto un juego de fuerzas que se evidenciaba
    ahora y cuyo descubrimiento proporcionaba a la teoría
    una base firmísima.

    ¿Cuál podría ser la causa de que los enfermos hubie-
    sen olvidado tantos hechos de su vida interior y exterior
    y pudiesen, sin embargo, recordarlos, cuando se les
    aplicaba la técnica antes descrita? La observación daba
    a esta pregunta, respuesta más que suficiente. Todo lo
    olvidado había sido penoso por un motivo cualquiera
    para el sujeto, siendo considerado por las aspiraciones
    de su personalidad, como temible, doloroso o vergonzo-
    so. Había, pues, que pensar, que debía precisamente a
    tales caracteres el haber caído en el olvido, esto es, el no
    haber permanecido consciente. Para hacerlo consciente
    de nuevo, era preciso dominar en el enfermo algo que se
    revelaba contra ello, imponiéndose, así, al médico, un
    esfuerzo encaminado a dicho vencimiento. Este esfuerzo
    variaba mucho según los casos, creciendo en razón di-
    recta de la gravedad de lo olvidado, y constituía la medi-
    da de la resistencia del enfermo. De este modo,
    surgió la teoría de la represión.

    Fácilmente podía reconstituirse ya el proceso pató-
    geno. Describiremos, como ejemplo, un caso sencillo:
    Cuando en la vida anímica se introduce una tendencia a

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    APENDICE

    la que se oponen otras muy poderosas, el desarrollo
    normal del conflicto anímico así surgido consisti-
    ría en que las dos magnitudes dinámicas–a las que para
    nuestros fines presentes, llamaremos instinto y resisten-
    cia–lucharían durante algún tiempo ante la intensa ex-
    pectación de la conciencia, hasta que el instinto quedase
    rechazado, y sustraída a su tendencia la carga de ener-
    gía. Este sería el desenlace normal. Pero en la neurosis,
    y por motivos aún desconocidos, habría hallado el con-
    flicto un distinto desenlace. El Yo se habría retirado, por
    decirlo así, ante el impulso instintivo repulsivo, cerrán-
    dole el acceso a la conciencia y a la descarga motora
    directa, con lo cual habría conservado dicho impulso
    toda su carga de energía. A este proceso, que constituía
    una absoluta novedad, pues jamás se había descubierto
    en la vida anímica nada análogo, le di el nombre de re-
    presión. Era, indudablemente, un mecanismo pri-
    mario de defensa, comparable a una tentativa de fuga y
    precursor de la posterior solución normal, por enjuicia-
    miento y condena del impulso repulsivo. A este primer
    acto de represión se enlazaban diversas consecuencias.
    En primer lugar, tenía el Yo que protegerse por medio
    de un esfuerzo permanente, o sea de una contra-
    car-
    ga, contra la presión, siempre amenazadora, del im-
    pulso reprimido, sufriendo así un empobrecimiento. Pero
    además, lo reprimido, devenido inconsciente, podía al-
    canzar una descarga y una satisfacción sustitutiva por
    caminos indirectos, haciendo, por lo tanto, fraca-
    sar el
    propósito de la represión. En la histeria de conver-
    sión,
    llevaba dicho camino indirecto a la inervación somática
    y el impulso reprimido surgía en un lugar cualquiera y
    creaba los síntomas, que eran, por lo tanto, resul-
    tados de una transacción, constituyendo desde luego
    satisfacciones sustitutivas, pero deformadas y desviadas
    de sus fines por la resistencia del Yo.

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    La teoría de la represión constituyó la base principal
    de la comprensión de las neurosis e impuso una modifi-
    cación de la labor terapéutica. Su fin no era ya hacer
    volver a los caminos normales los afectos extraviados
    por una falsa ruta, sino descubrir las represiones y su-
    primirlas mediante un juicio que aceptase o condenase
    definitivamente lo excluido por la represión. En acata-
    miento a este nuevo estado de cosas di al método de in-
    vestigación y curación resultante el nombre de psico-
    análisis, en sustitución del de catarsis.

    Podemos partir de la represión como punto central y
    enlazar con ella todas las partes de la teoría psicoanalí-
    tica. Pero antes quiero consignar una observación de ca-
    rácter polémico. Según Janet, era la histérica una pobre
    criatura, que a consecuencia de una debilidad constitu-
    cional no podía mantener en coherencia sus actos aními-
    cos, sucumbiendo así a la disociación psíquica y a la
    disminución de la conciencia. Pero conforme a los resul-
    tados de las investigaciones psicoanalíticas, eran estos
    fenómenos el resultado de factores dinámicos, del con-
    flicto psíquico y de la represión realizada. A mi juicio, es
    esta diferencia lo suficientemente amplia para poner fin a
    la infundada afirmación, tantas veces repetida, de que lo
    único importante de la psicoanálisis es lo que ésta ha
    tomado de las teorías de Janet. La exposición que hasta
    aquí vengo realizando ha de haber mostrado claramente
    al lector, que la psicoanálisis es totalmente indepen-
    diente, desde el punto de vista histórico, de los descu-
    brimientos de Janet, siendo, además, su contenido muy
    distinto y mucho más amplio. De los trabajos de Janet
    no hubieran podido deducirse jamás las consecuencias
    que han dado a la psicoanálisis una tan amplia impor-
    tancia en los dominios de la Ciencia, atrayéndola el
    interés general. En todos mis trabajos he hablado de
    Janet con el mayor respeto, pues sus descubrimientos

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    coincidieron en mucha parte con los de Breuer, realiza-
    dos con anterioridad, aunque publicados después. Pero
    cuando la psicoanálisis comenzó a discutirse también en
    Francia, Janet se condujo con poca corrección, mostran-
    do muy escaso conocimiento de la materia y utilizando
    argumentos ilegítimos. Por último, ha disminuído todo
    el valor de su obra declarando, que cuando hablaba de
    actos psíquicos «inconscientes», ello no constituía sino
    «una manera de hablar».

    En cambio, la psicoanálisis se vió obligada, por el es-
    tudio de las represiones patógenas y de otros fenómenos
    que más adelante mencionaremos, a conceder una extra-
    ordinaria importancia al concepto de lo inconsciente. Para
    la psicoanálisis todo es, en un principio, inconsciente, y
    la cualidad de la conciencia puede agregarse después, o
    faltar en absoluto. Estas afirmaciones tropezaron con la
    oposición de los filósofos, para los que lo consciente y
    lo psíquico son una sola cosa, resultándoles inconcebi-
    ble la existencia de lo psíquico inconsciente. La psicoa-
    nálisis tuvo, pues, que seguir adelante, sin atender a esta
    idiosincrasia de los filósofos, basándose en observacio-
    nes realizadas en material patológico, absolutamente
    ignoradas por sus contradictores, y en las referentes a
    la frecuencia y poderío de impulsos de los que nada sabe
    el propio sujeto, el cual se ve obligado a deducirlos,
    como otro hecho cualquiera del mundo exterior. Podía
    alegarse, además que lo que se hacía, no era sino apli-
    car a la propia vida anímica, la forma en que nos repre-
    sentamos la de otras personas. A éstas, les adscribimos
    actos psíquicos de los cuales no poseemos una conciencia
    inmediata, teniéndolos que deducir de las manifestacio-
    nes del individuo de que se trata. Ahora bien, aquello
    que creemos acertado cuando se trata de otras personas,
    tiene que serlo también con respecto a la propia. Conti-
    nuando el desarrollo de este argumento y deduciendo de

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    él, que los propios actos ocultos pertenecen a una segunda conciencia, llegaremos a la concepción de unaconciencia de la que nada sabemos, o sea de una conciencia inconsciente, resultado aún más difícilmente admisible que la hipótesis de la existencia de lo psíquicoinconsciente. Si en cambio, decimos con otros filósofos,que reconocemos los fenómenos patológicos, pero quelos actos en los que dichos fenómenos se basan no pueden ser calificados de psíquicos sino de psicoides, noharemos sino iniciar una discusión verbal, totalmenteinfructuosa, cuya mejor solución será siempre, además,el mantenimiento de la expresión «psiquismo inconscien-
    te». Surge entonces el problema de qué es lo que puedeser este psiquismo inconsciente, problema que no ofreceventaja ninguna con respecto al anteriormente planteadosobre la naturaleza de lo consciente.
    Más difícil sería exponer sintéticamente, cómo la psicoanálisis ha llegado a articular el psiquismo inconsciente, cuya existencia reconoce, descomponiéndolo enun psiquismo preconsciente y un psiquismo propiamente inconsciente. Creemos bastará hacer constar,que parece legítimo completar aquellas teorías que constituyen la expresión directa de la experiencia empírica,con hipótesis adecuadas al dominio de la materia y relativas a circunstancias que no pueden ser objeto de laobservación inmediata. No de otro modo, suele procederse en disciplinas científicas más antiguas que la nuestra. La articulación de lo inconsciente se halla enlazadacon la tentativa de representarnos el aparato anímicocompuesto por una serie de instancias o sistemas, decuya relación entre sí hablamos desde un punto de vistaespacial, independiente en absoluto, de la anatomía realdel cerebro. Es éste, el punto de vista que calificamos detópico. Estas y otras ideas análogas pertenecen auna superestructura especulativa de la psicoanálisis,

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    cada uno de cuyos fragmentos puede ser sacrificado o
    cambiado por otro, sin perjuicio ni sentimiento alguno,
    en cuanto resulte insuficiente.

    He indicado ya, que la investigación de las causas y
    fundamentos de la neurosis, nos llevó, con frecuencia
    cada vez mayor, al descubrimiento de conflictos entre los
    impulsos sexuales del sujeto y las resistencias contra la
    sexualidad. En la busca de las situaciones patógenas en
    las cuales se habían producido las represiones de la se-
    xualidad, y de las cuales procedían los síntomas, surgi-
    dos como productos sustitutivos de lo reprimido, llega-
    mos hasta los años más tempranos de la vida infantil del
    sujeto. Resultó así, algo que los poetas y psicólogos han
    afirmado siempre, esto es, que las impresiones de este
    temprano período de la vida, no obstante sucumbir en su
    mayor parte a la amnesia, dejan huellas perdurables en
    el desarrollo del individuo, determinando, sobre todo, la
    predisposición a ulteriores enfermedades neuróticas. Pero
    dado que en estas impresiones infantiles se trataba siem-
    pre de excitaciones sexuales y de la reacción contra
    ellas, nos encontramos ante el hecho de la s e x u a l i-
    dad infantil, que significaba otra novedad contra-
    ria a los más enérgicos prejuicios de los hombres. Se
    acepta, en efecto, generalmente, que la infancia es «ino-
    cente», hallándose libre de todo impulso sexual, y que el
    combate contra el demonio de la «sensualidad» no comien-
    za hasta la agitada época de la pubertad. Los casos
    de actividad sexual observados en sujetos infantiles
    eran considerados como signos de degeneración o co-
    rrupción prematura, o como curiosos caprichos de la na-
    turaleza. Son muy pocos los descubrimientos de la psi-
    coanálisis que han tropezado con una repulsa tan gene-
    ral y provocado tanta indignación como la afirmación de
    que la función sexual se inicia con la vida misma y se
    manifiesta ya en la infancia, por importantísimos fenó-
    menos.

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    menos. Y sin embargo, ningún otro descubrimiento psi-
    coanalítico puede ser demostrado tan fácil y completa-
    mente como éste.

    Antes de adentrarme más en el estudio de la sexuali-
    dad infantil, he de recordar un error, al que sucumbí du-
    rante algún tiempo, y que hubiera podido serme fatal.
    Bajo la presión del procedimiento técnico que entonces
    usaba, reproducía la mayoría de mis pacientes, escenas
    de su infancia, cuyo contenido era su corrupción sexual
    por un adulto. En las mujeres, este papel de corruptor,
    aparecía atribuído, casi siempre, al padre. Dando fe a
    estas comunicaciones de mis pacientes, supuse haber ha-
    llado en estos sucesos de corrupción sexual, durante la
    infancia, las fuentes de las neurosis posteriores. Algunos
    casos en los que tales relaciones con el padre, el tío o un
    hermano mayor, habían continuado hasta años cuyo re-
    cuerdo conservaba clara y seguramente el sujeto, robus-
    tecieron mi convicción. No extrañaré, que ante estas afir-
    maciones, sonría irónicamente algún lector, tachándome
    de demasiado crédulo, pero he de hacer constar, que
    esto sucedía en una época en la que imponía intenciona-
    damente a mi juicio crítico una estrecha coerción, para
    obligarle a permanecer imparcial ante las sorprendentes
    novedades que el naciente método psicoanalítico me iba
    descubriendo. Cuando luego me vi forzado a reconocer,
    que tales escenas de corrupción no habían sucedido real-
    mente nunca, siendo tan sólo fantasías imaginadas por
    mis pacientes, a los que quizá se las había sugerido yo
    mismo, quedé perplejo por algún tiempo. Mi confianza
    en mi técnica y en los resultados de la misma, recibió un
    duro golpe. Había llegado, en efecto, al conocimiento de
    tales escenas, por un camino técnico que me parecía co-
    rrecto, y su contenido se hallaba evidentemente relacio-
    nado con los síntomas de los que mi investigación había
    partido. Pero cuando logré reponerme de la primera im-

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    presión, deduje en seguida, de mi experiencia, las con
    clusiones acertadas, o sea las de que los síntomas neu
    róticos no se hallaban enlazados directamente a sucesos
    reales, sino a fantasías optativas, y que para la neurosis
    era más importante la realidad psíquica que la material.
    Tampoco creo haber podido «sugerir» a mis pacientes
    tales fantasías de corrupción. Fué éste, mi primer con
    tacto con el complejo de Edipo, que después había de
    adquirir tan extraordinaria importancia para la psicoaná
    lisis; pero entonces no llegué a vislumbrarlo debajo de
    su fantástico disfraz. De todos modos, la corrupción efec
    tuada en la infancia, conservó un lugar, aunque más
    modesto, en la etiología de las neurosis. En estos casos
    reales, los corruptores habían sido casi siempre, niños
    de más edad.

    La función sexual existía, pues, desde un principio,
    se apoyaba primeramente en las demás funciones impor
    tantes para la conservación de la vida, y se hacía luego
    independiente, pasando por un largo y complicado des
    arrollo, hasta llegar a constituir lo que conocemos con
    el nombre de vida sexual normal del adulto. Se manifes
    taba primero como actividad de toda una serie de com
    ponentes instintivos, dependientes de zonas
    somáticas erógenas, componentes que aparecían
    en parte, formando pares antitéticos (sadismo-masoquis
    mo, instinto de contemplación-exhibicionismo), partían,
    independientemente unos de otros, a la conquista del pro
    pio cuerpo. De este modo, la función sexual no se hallaba al
    principio, centrada, y era predominantemente auto-
    erótica. Más tarde, tenían efecto en ella, diversas
    síntesis. Un primer grado de organización aparecía bajo
    el predominio de los componentes orales; luego se
    guía una fase sádico-anal, y sólo la tercera fase, ulte
    riormente alcanzada, traía consigo la primacía de los ge

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    nitales, con lo cual entraba la función sexual al servicio
    de la reproducción. Durante este desarrollo, quedaban
    desechados o dedicados a otros usos, determinados fac-
    tores instintivos, que demostraban ser inútiles para dicho
    fin último, siendo otros desviados de sus fines y transfe-
    ridos a la organización genital. La energía de los instin-
    tos sexuales, y sólo de ellos, recibió el nombre de libido,
    y hube de suponer que esta libido no realizaba
    siempre, sin defecto ninguno, la evolución antes des-
    crita.

    A consecuencia de la superior intensidad de algunos
    componentes, o de satisfacciones prematuras, se produ-
    cen, efectivamente, fijaciones de la libido a determinados
    lugares del desarrollo. Hacia estos lugares retorna luego
    la libido cuando tiene efecto una represión ulterior (re-
    gresión). Observaciones posteriores, demostraron que el
    lugar de la fijación es también decisivo para la «elección
    de neurosis», o sea para la forma que adopta la enferme-
    dad ulterior.

    Paralelamente a la organización de la libido se des-
    arrolla el proceso del hallazgo de objeto, proceso al que
    se halla adscrita una importantísima misión en la vida
    anímica. El primer objeto erótico posterior al estadio del
    autoerotismo, es, para ambos sexos, la madre,
    cuyo órgano alimenticio no fué distinguido, al principio,
    del propio cuerpo. Más tarde, pero aun en los primeros
    años infantiles, se establece la relación del complejo
    de Edipo, en la cual concentra el niño, sobre la per-
    sona de la madre, sus deseos sexuales y desarrolla im-
    pulsos hostiles contra el padre, considerado como un ri-
    val. Esta es también «mutatis mutandis», la actitud de la
    niña. Todas las variaciones y consecuencias del comple-
    jo de Edipo son importantísimas. La constitución bise-
    xual innata interviene también y multiplica el número de
    las tendencias simultáneamente dadas. Transcurre bas-

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    tante tiempo hasta que el niño se da clara cuenta de la
    diferencia de los sexos, y durante esta época de investi-
    gación sexual, crea, para su uso particular, teorías se-
    xuales típicas, que dependiendo de la imperfecta organi-
    zación somática infantil, mezclan lo verdadero con lo
    falso, sin conseguir solucionar los problemas de la vida
    sexual (el enigma de la Esfinge, o sea el de la proceden-
    cia de los niños). La primera elección de objeto, infantil,
    es, pues, incestuosa. Toda la evolución aquí descrita es
    efectuada rápidamente. El carácter más singular de la
    vida sexual humana es su división en dos fases, con una
    pausa intermedia. Alcanza su primer punto culminante
    en el cuarto y quinto año de la vida, pasados los cua-
    les desaparece esta temprana floración de la sexualidad
    y sucumben a la represión las tendencias hasta enton-
    ces muy intensas, surgiendo el período de la
    tencia, que dura, hasta la pubertad y en cuyo trans-
    curso quedan edificadas las formaciones reactivas de la
    moral, el pudor y la repugnancia. Esta división del des-
    arrollo sexual parece ser privativa del hombre y cons-
    tituye, quizá, la condición biológica de su disposición a
    la neurosis. Con la pubertad, quedan reanimadas las
    tendencias y las cargas de objeto de las épocas tempra-
    nas, incluso los ligámenes sentimentales del complejo
    de Edipo. En la vida sexual de la pubertad, luchan entre
    sí los impulsos de la primera fase y las inhibiciones del
    período de latencia. Hallándose aún el desarrollo sexual
    infantil en su punto culminante, se formó una especie de
    organización genital, pero en ella, sólo desempeñaba un
    papel el genital masculino, permaneciendo ignorado el
    femenino. Es esto lo que conocemos con el nombre de
    «primacía fálica». La antítesis de los sexos
    no equivalía entonces a la de masculino y fe-
    menino, sino a la del poseedor de un pene y el cas-
    trado. El complejo de la castración, enlazado con esta
     

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    circunstancia, es importantísimo para la formación del
    carácter y de la neurosis.

    En esta exposición abreviada de mis descubrimien-
    tos sobre la vida sexual humana, he reunido, para su
    mejor comprensión, muchas cosas que pertenecen a di-
    versas épocas de la investigación psicoanalítica y que
    han ido siendo integradas como un complemento o una
    justificación de las afirmaciones contenidas en mi obra
    «Una teoría sexual» en las sucesivas ediciones de este
    libro. No creo difícil deducir de ellas la naturaleza de la
    tan discutida ampliación que del concepto de la sexuali-
    dad ha llevado a cabo la psicoanálisis. Esta ampliación
    es de dos géneros. En primer lugar, hemos desligado la
    sexualidad de sus relaciones, demasiado estrechas, con
    las genitales, describiéndola como una función somática
    más comprensiva, que tiende, ante todo, hacia el placer,
    y sólo secundariamente entra al servicio de la reproduc-
    ción. Pero además, hemos incluído entre los impulsos
    sexuales todos aquellos simplemente cariñosos o amis-
    tosos, para los cuales empleamos en el lenguaje corrien-
    te la palabra «amor», que tantos y tan diversos sentidos
    encierra. A mi juicio, esta ampliación no constituye in-
    novación ninguna, sino una reconstitución limitada a la
    supresión de inadecuadas restricciones del concepto de
    la sexualidad, paulatinamente establecidas. El hecho de
    desligar a la sexualidad de los órganos genitales, pre-
    senta la ventaja de permitirnos considerar la actividad
    sexual de los niños y de los perversos desde el mismo
    punto de vista que la de los adultos normales. De estas
    actividades sexuales–la infantil y la perversa–era la
    primera completamente desatendida, y condenada la se-
    gunda con gran indignación moral, pero sin compren-
    sión alguna. Para la concepción psicoanalítica, también
    las más extrañas y repugnantes perversiones constitu-
    yen una manifestación de instintos sexuales parciales

  • S.

    335

    que se han sustraído a la primacía del órgano genital y
    aspiran independientemente al placer, como en las épo-
    cas primitivas del desarrollo de la libido. La más impor-
    tante de estas perversiones, o sea la homosexualidad,
    merece apenas el nombre de tal. Depende de la bisexua-
    lidad constitucional y de la repercusión de la primacía
    fálica. Pero además, la psicoanálisis nos demuestra que
    todo individuo entraña algo de una elección de objeto
    homosexual. Si hemos calificado a los niños de «poli-
    mórficamente perversos», ello no constituía sino una
    descripción efectuada en términos generalmente usados,
    pero no una valoración moral. Tales valoraciones se
    hallan muy lejos de la psicoanálisis.

    La segunda de las indicadas ampliaciones del con-
    cepto de la sexualidad queda justificada por aquella in-
    vestigación psicoanalítica que nos demuestra, que todos
    los sentimientos cariñosos fueron originariamente ten-
    dencias totalmente sexuales, coartadas después en su
    fin o sublimadas. En esta posibilidad de influir sobre los
    instintos sexuales, reposa también la de utilizarlos para
    funciones culturales muy diversas, a las cuales aportan
    una importantísima ayuda.

    Los sorprendentes descubrimientos relativos a la se-
    xualidad del niño debieron su origen, en un principio, al
    análisis de los adultos, pero pudieron ser luego confir-
    mados en todos sus detalles, por observaciones directas
    de sujetos infantiles. Realmente, es tan fácil convencerse
    de las actividades sexuales regulares de los niños, que
    nos vemos obligados a preguntarnos con asombro,
    cómo ha sido posible que los hombres no hayan adver-
    tido antes hechos tan evidentes y continúen defendiendo
    la leyenda de la asexualidad infantil. Este hecho debe
    depender, indudablemente, de la amnesia que la mayoría
    de los adultos padece por lo que respecta a su propia
    niñez.