[Sin título]1925-041/1924.es
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    II.

    Completando la exposición que precede, añadiré, que
    desde un principio, me serví del hipnotismo para un fin
    distinto de la sugestión hipnótica. Lo utilicé, en efecto,
    para hacer que el enfermo me revelase la historia de la
    génesis de sus síntomas, sobre la cual no podía muchas
    veces, proporcionarme dato alguno, hallándose en esta
    do normal. Este procedimiento, a más de entrañar una
    mayor eficacia que los simples mandatos y prohibiciones
    de la sugestión, satisfacía la curiosidad científica del
    médico, el cual poseía un indiscutible derecho a averi-
    guar algo del origen del fenómeno cuya desaparición
    intentaba lograr por medio del monótono procedimiento
    de la sugestión.

    A este otro procedimiento llegué del modo siguiente.
    Hallándome aún en el laboratorio de Bruecke, conocí al
    doctor José Breuer, uno de los médicos familiares más
    considerados de Viena, que poseía, además, un pasado
    científico, pues era autor de varios valiosos trabajos so-
    bre la fisiología de la respiración y sobre el órgano del
    equilibrio. Era Breuer un hombre de inteligencia sobre-
    saliente, catorce años mayor que yo. Nuestras relaciones
    se hicieron pronto íntimas, y Breuer llevó su amistad
    hasta auxiliarme en situaciones difíciles de mi vida. Du-
    rante muchos años, compartimos todo interés científico,
    siendo yo, naturalmente, a quien este intercambio benefi-
    ciaba más. El desarrollo de la psicoanálisis me costó

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    después su amistad. Muy difícil me fué prescindir de ella,
    pero resultó inevitable.

    Antes de mi viaje a París, me había comunicado ya
    Breuer un caso de histeria sometido por él, desde 1880
    a 1882, a un tratamiento especial, por medio del cual ha-
    bía conseguido penetrar profundamente en la motivación
    y significación de los síntomas histéricos. Esto sucedía
    en una época en la que los trabajos de Janet pertenecían
    aún al futuro. Breuer me leyó varias veces fragmentos
    del historial clínico de dicho caso, que me dieron la im-
    presión de constituir un progreso decisivo en la inteli-
    gencia de las neurosis. Durante mi estancia en París, di
    cuenta a Charcot de los descubrimientos de Breuer, pero
    el maestro no demostró interesarse por ellos.

    De retorno a Viena, hice que Breuer me comunicase
    más detalladamente sus observaciones. La paciente era
    una muchacha de ilustración y aptitudes nada comunes,
    cuya dolencia había comenzado a manifestarse en oca-
    sión de hallarse dedicada al cuidado de su padre, grave-
    mente enfermo. Cuando acudió a la consulta de Breuer,
    ofrecía un variado cuadro sintomático: parálisis con
    contracciones, inhibiciones y estados de perturbación
    psíquica. Una observación casual reveló al médico, que
    la paciente podía ser libertada de tales perturbaciones de
    la conciencia cuando se la hacía dar una expresión ver-
    bal a la fantasía afectiva que de momento la dominaba.
    De este descubrimiento dedujo Breuer un método tera-
    péutico. Sumiendo a la sujeto en un profundo sueño hip-
    nótico, la hacía relatar lo que en aquellos instantes
    oprimía su ánimo. Dominados así los accesos de pertur-
    bación depresiva, empleó el mismo procedimiento para
    provocar la desaparición de las inhibiciones y de los
    trastornos somáticos. Durante el estado de vigilia, la pa-
    ciente era tan incapaz como otros enfermos, de indicar
    la génesis de sus síntomas y no encontraba conexión

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    PROF. S. FREUD

    alguna entre ellos y algunas impresiones de su vida.
    Pero en la hipnosis, hallaba inmediatamente el enlace
    buscado. Resultó así, que todos sus síntomas se halla-
    ban relacionados con intensas impresiones recibidas du-
    rante el tiempo que pasó cuidando a su padre enfermo,
    y que, por lo tanto, poseían un sentido, correspondiendo
    a restos o reminiscencias de tales situaciones afectivas.
    Generalmente, resultaba que en ocasión de hallarse junto
    al lecho de su padre, había tenido que reprimir un pen-
    samiento o un impulso en cuyo lugar y representación
    había luego aparecido el síntoma. Mas por lo regular,
    cada síntoma no constituía el residuo de una sola escena
    «traumática», sino el resultado de la adición de numero-
    sas situaciones análogas. Cuando luego, en la hipnosis,
    recordaba la sujeto, alucinatoriamente, una tal situación
    y realizaba a posteriori, el acto psíquico antes reprimido,
    dando libre curso al afecto correspondiente, desaparecía
    definitivamente el síntoma. Por medio de este proce-
    dimiento, consiguió Breuer, después de una larga y
    penosa labor, libertar a la enferma de todos sus sín-
    tomas.

    La sujeto quedó así, curada, y no volvió a experimen-
    tar perturbación alguna de orden histérico, habiéndose
    demostrado luego, capaz de importantes rendimientos in-
    telectuales. Pero el desenlace del tratamiento quedaba en-
    vuelto para mí en una cierta obscuridad, que Breuer no
    quiso nunca disipar. También me era imposible compren-
    der por qué había mantenido secreto durante tanto tiempo
    su descubrimiento, que yo consideraba inestimable, en
    lugar de hacerlo público en provecho de la Ciencia. La
    única objeción admisible era la de si debía generalizar un
    hecho comprobado tan sólo en un único caso; pero las
    circunstancias descubiertas me parecían de naturaleza
    tan fundamental, que una vez demostradas en un caso
    de histeria, tenían, a mi juicio, que aparecer integradas

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    A P E N D I C E

    en todo enfermo de este orden. Ahora bien, siendo ésta,
    una cuestión que sólo la experiencia podía decidir, co-
    mencé a repetir con mis pacientes, las investigaciones de
    Breuer, no empleando con ellos método ninguno distin-
    to, sobre todo después de que mi visita a Bernheim me
    hubo revelado los límites eficaces de la sugestión hipnó-
    tica, y al cabo de varios años, durante los cuales no hallé
    un solo caso de histeria, que siendo accesible a dicho mé-
    todo, no confirmase los descubrimientos de Breuer, ha-
    biendo reunido un importante material de observaciones
    análogas a las suyas, le propuse publicar un trabajo co-
    mún sobre la materia, cosa a la que comenzó por resis-
    tirse tenazmente. Por último, cedió a mis instancias,
    cuando ya Janet, se había adelantado, publicando en sus
    trabajos una parte de los resultados anteriormente obte-
    nidos por Breuer, esto es, la referencia de los síntomas
    histéricos a impresiones de la vida del sujeto y su supre-
    sión por medio de la reproducción hipnótica. Así, pues,
    dimos a la estampa, en 1893, una «comunicación interi-
    na» titulada: «Sobre el mecanismo psíquico de los fenó-
    menos histéricos», y en 1895, nuestro libro «Estudios so-
    bre la histeria».

    El contenido de este libro es, en su parte esencial,
    de Breuer, circunstancia que siempre he declarado hon-
    radamente y que hago constar aquí una vez más. En la
    teoría que en él se intenta edificar, colaboré en una me-
    dida cuya determinación no es ya hoy posible. Esta teo-
    ría se mantiene dentro de límites modestísimos, no yen-
    do mucho más allá de una expresión inmediata de las
    observaciones realizadas. No intenta fijar la naturaleza
    de la histeria sino tan sólo esclarecer la génesis de sus
    síntomas. En esta labor, acentúa la significación de la
    vida afectiva y la importancia de la distinción entre ac-
    tos psíquicos inconscientes y conscientes (o mejor: ca-
    paces de conciencia) e introduce un factor dinámico, ha-
     

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    ciendo nacer el síntoma del estancamiento de un afecto,
    y un factor económico, considerando al mismo síntoma
    como el resultado de la transformación de un montante
    de energía, utilizado normalmente de un modo distinto
    (la llamada «conversión»). Breuer dió a nuestro método
    el calificativo de «catártico» y declaró que su fin terapéu-
    tico era el de conseguir el retorno del montante de afec-
    to utilizado para mantener el síntoma y que por haber
    emprendido un camino falso se hallaba estancado, a los
    caminos normales que podían conducirle a una descarga.
    Este método catártico alcanzó excelentes resultados.
    Los defectos que más tarde demostró entrañar son los
    inherentes a todo tratamiento hipnótico. Todavía actual-
    mente hay muchos psicoterapeutas que continúan em-
    pleando este método tal y como Breuer lo empleaba. En
    el tratamiento de las neurosis de guerra, en el ejército
    alemán, durante la conflagración europea, lo ha utilizado
    E. Simmel, con éxito satisfactorio, como procedimiento
    curativo abreviado. La sexualidad no desempeñaba en
    la teoría de la catarsis papel importante ninguno. En los
    historiales clínicos aportados por mí a los «Estudios so-
    bre la histeria», intervienen ciertamente factores de la
    vida sexual, pero apenas se les concede un valor distin-
    to del de las restantes excitaciones afectivas. De su pri-
    mera paciente, que ha llegado a adquirir celebridad,
    cuenta Breuer que lo sexual se hallaba en ella sorpren-
    dentemente poco desarrollado. Por los «Estudios sobre
    la histeria» no sería fácil adivinar la importancia de la
    sexualidad en la etiología de las neurosis.
    He descrito ya varias veces tan detalladamente, el es-
    tadio inmediato de nuestra disciplina, o sea el paso des-
    de la catarsis a la psicoanálisis propiamente dicha, que
    ha de serme difícil consignar aquí nada nuevo. El suceso
    que inició esta transición fué el retraimiento de Breuer de
    nuestra colaboración, quedando, desde este momento, en

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    mis manos, la administración de su herencia. Ya ante-
    riormente habían surgido entre nosotros algunas diferen-
    cias de opinión, pero no habían sido suficientes para se-
    pararnos. Para el problema de cuándo se hace patógeno
    un proceso anímico, esto es, de cuándo queda excluido
    de un desenlace normal, prefería Breuer una teoría que
    pudiéramos calificar de fisiológica. Opinaba, que los pro-
    cesos que escapaban a su destino normal eran aquellos
    que nacían en estados anímicos extraordinarios (estados
    «hipnoides»). Pero esta solución no hacía sino plantear
    un nuevo problema: el de cuál podría ser el origen de ta-
    les estados hipnoides. Por mi parte, suponía, en cambio,
    la existencia de un juego de fuerzas, esto es, del efecto
    de intenciones y tendencias análogas a las observables
    en la vida normal, oponiendo así, a la «histeria hipnoide»
    de Breuer, la «neurosis de defensa». Pero estas y otras
    diferencias no hubieran llevado nunca a Breuer a aban-
    donar nuestros trabajos, si no hubiesen venido a agre-
    garse a ellas otros factores. En primer lugar, su extensa
    clientela le impedía dedicar, como yo, toda su actividad
    a la labor catártica, y además, influyó sobre él la mala
    acogida que nuestro libro obtuvo. Su confianza en sí
    mismo y su capacidad de resistencia no se hallaban a la
    altura de su restante organización espiritual. Cuando, por
    ejemplo, dedicó Struempell una durísima crítica a nues-
    tro libro, pude yo dejarla resbalar sobre mí, dándome
    cuenta de la absoluta incomprensión del exegeta, pero
    Breuer se irritó y comenzó a sentirse descorazonado. De
    todos modos, lo que más contribuyó a su decisión fué la
    imposibilidad de familiarizarse con la nueva orientación
    que tomaron mis trabajos.

    La teoría que habíamos intentado edificar en los «Es-
    tudios», era muy incompleta. Sobre todo, apenas había-
    mos rozado el problema de la etiología, o sea, el de la
    base del proceso patógeno. Posteriormente, hube de

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    PROF. S. FREUD

    comprobar, con mayor evidencia cada vez, que detrás de
    las manifestaciones de la neurosis, no actuaban excita-
    ciones afectivas de naturaleza indistinta, sino precisa-
    mente de naturaleza sexual, siendo siempre conflictos se-
    xuales actuales o repercusiones de sucesos sexuales pa-
    sados. He de hacer constar, que no me hallaba prepara-
    do a tal descubrimiento, totalmente inesperado para mí,
    y que no llevé a la investigación de los sujetos neuróti-
    cos, prejuicio alguno de este orden. Cuando en 1914, es-
    cribí la «Historia del movimiento psicoanalítico», surgió
    en mí el recuerdo de algunos dichos de Breuer, Charcot
    y Chrobak, que podían haberme orientado en este cami-
    no. Mas por entonces, no comprendí bien lo que tales au-
    toridades querían decir y sus afirmaciones dormitaron en
    mí, hasta que con ocasión de las investigaciones catárti-
    cas, resurgieron bajo la forma de descubrimiento propio.
    Tampoco sabía en aquella época, que al referir la histe-
    ria a la sexualidad, había retrocedido a los tiempos más
    antiguos de la Medicina y me había agregado a un juicio
    de Platón. Esto último me lo reveló mucho después, la
    lectura de un trabajo de Havelock Ellis.

    Bajo la influencia de mi sorprendente descubrimiento
    di un paso, que ha tenido amplias consecuencias. Tras-
    pasé los límites de la histeria y comencé a investigar la
    vida sexual de los enfermos llamados neurasténicos, que
    acudían en gran número a mi consulta. Este experimento
    me costó gran parte de mi clientela, pero me procuró diver-
    sas convicciones, que hoy en día, cerca de treinta años
    después, conservan toda su fuerza. Era, desde luego, ne-
    cesario, vencer la infinita hipocresía con la que se encu-
    bre todo lo referente a la sexualidad, pero una vez conse-
    guido esto, se hallaba, en la mayoría de estos enfermos,
    importantes desviaciones de la función sexual. Dada la
    gran frecuencia, tanto de dichas desviaciones como de
    la neurastenia, no presentaba su coincidencia gran fuer-
    za.

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    za probatoria, pero posteriores observaciones más pene-
    trantes, me hicieron descubrir en la abigarrada colec-
    ción de cuadros patológicos, reunida bajo el concepto de neu-
    rastenia, dos tipos fundamentalmente diferentes que po-
    dían surgir mezclados en muy variadas proporciones,
    pero que también se ofrecían aislados a la observación.
    En uno de estos tipos, era el ataque de angustia el fenó-
    meno central, con sus equivalentes, formas rudimentarias
    y síntomas sustitutivos crónicos, por todo lo cual le di el
    nombre de neurosis de angustia, limi-
    tando al otro tipo la denominación de neurastenia.
    Una vez hecho esto, fué fácil determinar, que a cada uno
    de estos tipos correspondía una distinta anormalidad de
    la vida sexual como factor etiológico (coitus interruptus,
    excitación frustrada y abstinencia sexual, en un caso, y
    masturbación excesiva y poluciones frecuentes en el
    otro). En algunos casos, especialmente instructivos, en
    los que tenía efecto una sorprendente transición del cua-
    dro patológico desde uno de los dos tipos al otro, conse-
    guí demostrar que dicha transición se hallaba basada en
    un cambio correlativo, del régimen sexual. Cuando se lo-
    graba hacer cesar la anormalidad y sustituirla por una
    actividad sexual normal, mejoraba considerablemente el
    estado del sujeto.

    De este modo, llegué a considerar las neurosis, en
    general, como perturbaciones de la función sexual, sien-
    do las llamadas neurosis actuales, una expresión tóxica
    directa de dichas perturbaciones, y las psiconeurosis,
    una expresión psíquica de las mismas. Mi conciencia mé-
    dica quedó satisfecha con este resultado, pues esperaba
    haber llenado una laguna de la Medicina, la cual no ad-
    mitía, con relación a una función tan importante, biológi-
    camente, como ésta, otras perturbaciones que las causa-
    das por una infección o por una grosera lesión ana-
    tómica.

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    Aparte de esto, mi teoría se hallaba de acuerdo con
    la opinión médica de que la sexualidad no es simple-
    mente algo psíquico, sino que tiene también su faceta so-
    mática, debiéndose atribuirle un quimismo especial y de-
    rivar la excitación sexual, de la presencia de determina-
    das materias, aún desconocidas. El hecho de que las
    neurosis espontáneas, propiamente dichas, no mostra-
    sen tanta analogía con ningún grupo de enfermedades
    como con los fenómenos de intoxicación y abstinencia
    provocados por la introducción o sustracción de ciertas
    materias tóxicas, o con la enfermedad de Basedow, cuya
    dependencia del producto de la glándula tiroides es ge-
    neralmente conocida, tenía también que poseer algún
    fundamento.

    Posteriormente, no he tenido ocasión de volver sobre
    las investigaciones de las neurosis actuales. No ha habi-
    do tampoco nadie que haya continuado esta parte de mi
    labor. Volviendo hoy la vista a los resultados entonces
    obtenidos, reconozco en ellos una primera y burda es-
    quematización de un estado de cosas probablemente
    mucho más complicado, pero continúo considerándolos
    exactos. Me hubiera complacido someter el análisis psi-
    coanalítico, en épocas posteriores del desarrollo de
    nuestra disciplina, otros casos de neurastenia pura, juve-
    nil, pero, como ya indiqué antes, no he tenido ocasión
    para ello.

    Para evitar equivocadas interpretaciones, haré cons-
    tar, que estoy muy lejos de negar la existencia del con-
    flicto psíquico y de los complejos neuróticos en la neu-
    rastenia. Me limito a afirmar, que los síntomas de estos
    enfermos no se hallan determinados psíquicamente ni son
    susceptibles de supresión por medio del análisis, debien-
    do ser considerados como consecuencias tóxicas direc-
    tas de la perturbación del quimismo sexual.

    Cuando en los años siguientes a la publicación de

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    los «Estudios» llegué a estos resultados referentes al pa-
    pel etiológico de la sexualidad en las neurosis, los expu-
    se en varias conferencias, tropezando con la general in-
    credulidad y oposición. Breuer intentó una vez más apo-
    yarme con todo el peso de su autoridad personal, pero
    nada consiguió, tanto más, cuanto que no era difícil adi-
    vinar que la aceptación de la etiología sexual era tam-
    bién contraria a sus inclinaciones. Hubiera podido des-
    orientarme y dar armas a la crítica alegando el caso de
    su primera paciente, en la que no parecía haber interve-
    nido para nada el factor sexual. Pero jamás utilizó tal ar-
    gumento, circunstancia que no llegué a comprender, has
    ta que algún tiempo después, pude interpretar acerta-
    mente dicho caso y reconstruir el punto de partida de su
    tratamiento, basándome en las observaciones que sobre
    él me había comunicado Breuer. Terminada la labor
    catártica surgió en la sujeto un repentino estado de
    «amor de transferencia», y no acertando Breuer a rela-
    cionar dicho estado con la enfermedad, hubo de cortar,
    lleno de confusión, su trato con la sujeto, resultándole
    desde aquel momento muy penoso todo lo que le recor-
    daba este incidente, al que consideraba como una infor-
    tunada casualidad. Su conducta para conmigo osciló re-
    petidamente entre el reconocimiento de mis afirmaciones
    y su más acerba crítica. Luego surgieron, como siempre
    en estas situaciones, circunstancias fortuitas que acaba-
    ron provocando nuestra separación.
    Mi estudio de las formas de la nerviosidad general
    me llevó así mismo a modificar la técnica catártica.
    Abandoné la hipnosis e intenté sustituirla por otro méto-
    do, buscando superar la limitación del tratamiento a los
    estados histeriformes. Además, había comprobado dos
    graves insuficiencias del empleo del hipnotismo, incluso
    en su aplicación a la catarsis. En primer lugar, los re-
    sultados terapéuticos obtenidos desaparecían ante la me-
     

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    nor perturbación de la relación personal entre médico y
    enfermo. Volvían ciertamente a aparecer una vez con
    seguida la reconciliación, pero se demostraba así que
    la relación personal afectiva–factor imposible de domi-
    nar–era más poderosa que la labor catártica. Además,
    llegó un día en el que me fué dado comprobar algo que
    sospechaba ya desde mucho tiempo atrás. Una de mis
    pacientes más dóciles, con la cual había obtenido por
    medio del hipnotismo los más favorables resultados, me
    sorprendió, un día que había logrado libertarla, de un
    doloroso acceso, refiriéndolo a su causa inicial, echán-
    dome los brazos al cuello al despertar del sueño hipnó-
    tico. Una criada que llamó a la puerta en aquellos mo-
    mentos nos evitó una penosa explicación, pero desde tal
    día renunciamos, por un acuerdo tácito, a la continuación
    del tratamiento hipnótico. Suficientemente modesto para
    no atribuir aquel incidente a mis atractivos personales,
    supuse haber descubierto con él la naturaleza del ele-
    mento místico que actuaba detrás del hipnotismo. Para
    suprimirlo, o por lo menos aislarlo, tenía que abandonar
    el procedimiento hipnótico.

    Pero el hipnotismo había prestado al tratamiento ca-
    tártico extraordinarios servicios ampliando el campo de
    la conciencia del sujeto y proporcionándole un conoci-
    miento del que carecían en estado de vigilia. No parecía,
    pues, nada fácil, hallar con qué sustituirlo. En esta per-
    plejidad, recordé un experimento del que había sido tes-
    tigo durante mi visita a Bernheim. Cuando el sujeto des-
    pertaba del sonambulismo, parecía haber perdido todo
    recuerdo de lo sucedido durante dicho estado. Pero Bern-
    heim afirmaba que sabía perfectamente cuanto había pa-
    sado, y cuando le invitaba a recordarlo, insistiendo en
    que nada de ello ignoraba, debiendo decirlo, y colocaba
    la mano sobre la frente del sujeto, acababan por surgir
    los recuerdos olvidados, vacilantemente primero, y luego

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    con absoluta fluidez y claridad. Decidí, pues, emplear
    este mismo procedimiento. Mis pacientes tenían también
    que «saber» lo que antes les hacía accesible la hipnosis
    y mi insistencia en este sentido, había de tener el poder
    de llevar a la conciencia los hechos y conexiones olvi-
    dados.

    Este procedimiento habría de ser más trabajoso que
    el hipnótico, pero también más instructivo. Abandoné,
    pues, el hipnotismo y sólo conservé de él la colocación
    del paciente en decúbito supino sobre un lecho de re-
    poso, situándome yo detrás de él, de manera a verle sin
    ser visto.