[Sin título]1925-041/1924.es
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    V.

    Interrumpiendo la exposición del crecimiento interno
    de la psicoanálisis, volveremos la vista a sus destinos
    exteriores. Aquello que hasta aquí he comunicado, es en
    grandes rasgos, el resultado de mi labor, pero he incluí-
    do también en mi exposición, descubrimientos posterio-
    res, y no he separado las aportaciones de mis discípulos
    y adeptos, de las mías propias.

    Durante más de diez años, contados a partir de mi
    separación de Breuer, no tuve ni un solo partidario,
    hallándome totalmente aislado. En Viena, se me evitaba
    y el extranjero no tenía noticia ninguna de mí. Mi «Inter-
    pretación de los sueños», publicada en 1900, apenas fué
    mencionada en las revistas técnicas. En mi ensayo sobre
    la «Historia del movimiento psicoanalítico», he incluído,
    como ejemplo de la actitud de los círculos psiquiátricos
    de Viena, una conversación que tuve con un médico,
    autor de un libro contra mis teorías, que me confesó no
    haber leído mi «Interpretación de los sueños». Le habían
    dicho en la clínica, que no merecía la pena. Este indivi-
    duo, que ha llegado después al puesto de Profesor
    extraordinario, se ha permitido negar el contenido de
    aquella conversación, y en general, la fidelidad de mi
    recuerdo de ella. Por mi parte, he de mantener aquí, una
    vez más, la exactitud de su reproducción.

    Mi susceptibilidad ante la crítica fué disminuyendo
    conforme comprendía las razones interiores de su acti-
    tud. Poco a poco, fué terminando también mi aislamiento.

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    Al principio, se reunió en Viena, a mi alrededor, un pe-
    queño círculo de discípulos, y después de 1906, se supo
    que el psiquiatra de Zurich, E. Bleuler, su ayudante
    C. G. Jung y otros médicos suizos, se interesaban extra-
    ordinariamente por la psicoanálisis. Iniciadas las relacio-
    nes personales, los amigos de la naciente disciplina cele-
    braron en 1908, una reunión en Salzburgo, y convinieron
    la repetición regular de tales Congresos privados y la
    publicación de una revista, que bajo el título de «Jahrbuch
    fuer psychopathologische und psychoanalytische Fors-
    chungen» sería dirigida por Jung. Los editores seríamos
    Bleuler y yo. Esta revista murió al comenzar la guerra
    europea. Al mismo tiempo que en Suiza, comenzó tam-
    bién a surgir en Alemania, el interés hacia la psicoaná-
    lisis, la cual fué objeto de numerosas exégesis literarias
    y de vivas discusiones en los Congresos científicos.
    Pero jamás se la acogía benévolamente. Después de un
    breve examen de la psicoanálisis, se manifestó la ciencia
    alemana unánimemente contraria a ella.

    Naturalmente, no puedo saber hoy, cuál será el juicio
    definitivo de la posteridad sobre el valor de la psicoa-
    nálisis, para la psiquiatría, la psicología y las ciencias
    del espíritu, pero creo que cuando la fase por la que he-
    mos atravesado encuentre su historiador, habrá éste de
    confesar, que la conducta de los críticos anteriores no
    fué muy honrosa para la ciencia alemana. No me refiero
    con esto al hecho mismo de la repulsa ni a la ligereza
    con la que se adoptó tal decisión, pues ambas cosas son
    fácilmente comprensibles y no pueden arrojar ninguna
    sombra sobre el carácter del adversario, mas para el
    exceso de orgullo, el desprecio absoluto de la lógica, la
    grosería y el mal gusto, demostrados en los ataques, no
    hay disculpa alguna. Así, cuando años después y durante
    la guerra europea fué acusada Alemania de barbarie, por
    sus enemigos, hubo de serme muy doloroso no hallar en

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    mi propia experiencia, razones que me impulsaran a
    contradecir tal acusación.
    Uno de mis adversarios se vanagloriaba de que hacía
    callar a sus pacientes cuando los mismos comenzaban a
    hablarle de cosas sexuales, y derivaba de esta técnica un
    derecho a juzgar la importancia etiológica de la sexuali-
    dad, en las neurosis. Dejando aparte las resistencias
    afectivas, que la teoría psicoanalítica nos explica perfec-
    tamente, me pareció hallar el obstáculo principal a la
    comprensión de la nueva disciplina en el hecho de que
    sus adversarios se negaban a ver en ella otra cosa que
    un producto de mi fantasía especulativa, sin reparar en la
    paciente y continuada labor, falta de todo anteceden-
    te, cuyo resultado era. Dado que a juicio suyo, el análisis
    no tenía contacto ninguno con la observación ni con la
    experiencia, se consideraron con derecho a rechazar-
    la sin una propia experiencia contraria. Otros que no abri-
    gaban una tan segura convicción, repitieron la clásica ma-
    niobra de no asomarse al microscopio, para no ver aque-
    llo que habían discutido. Es singular cuan incorrecta-
    mente se conduce la mayoría de los hombres cuando ha
    de juzgar algo nuevo y original. Todavía hoy, leo en al-
    gunos críticos «benévolos», que la psicoanálisis tiene ra-
    zón hasta un determinado punto, pero que a partir de él,
    empieza ya a exagerar o a generalizar injustificadamen-
    te. Nada más difícil, sin embargo, que establecer una tal
    delimitación, sobre todo, cuando el que la establece no
    tenía, semanas antes, conocimiento ninguno sobre la
    materia.
    El anatema oficial contra la psicoanálisis tuvo la con-
    secuencia de hacer más íntima y compacta la unión de
    los analíticos. En el segundo Congreso, celebrado en
    Nuremberg (1910), se constituyó, a propuesta de S. Fe-
    renzi, la «Asociación psicoanalítica internacional» divi-
    dida en grupos locales, bajo la dirección de un Presiden-
     

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    te. Esta asociación ha sobrevivido a la guerra, existe
    aún, hoy en día, y comprende los siguientes grupos:
    Viena, Berlín, Budapest, Zurich, Londres, Holanda,
    Nueva York, Panamérica, Moscú y Calcuta. El primer
    Presidente, fué, a mi propuesta, C. G. Jung, elección
    muy desafortunada, como después se demostró. La psi-
    coanálisis fundó entonces una segunda revista, la «Zen-
    tralblatt fuer Psychoanalyse», redactada por Adler y Ste-
    kel, y poco después, una tercera, «Imago», dirigida por
    los analíticos no médicos H. Sachs y O. Rank, y dedica-
    da a las aplicaciones del análisis a las ciencias espiritua-
    les. Poco después, publicó Bleuler su escrito en defensa
    de la psicoanálisis («La psicoanálisis de Freud» 1910).
    Por muy agradable que me fuese ver entrar por fin, en
    liza, a la equidad y a la honrada lógica, el trabajo de
    Bleuler no llegó a satisfacerme por completo. Aspiraba,
    en efecto, con exceso, a una apariencia de imparcialidad,
    recordándome que no en vano debía la psicoanálisis a
    este autor la introducción del valioso concepto de la a-
    bivalencia. En posteriores trabajos, ha observado
    Bleuler una conducta tan contraria a las teorías analíti-
    cas y ha puesto en duda o rechazado, principios tan im-
    portantes, que llegué a preguntarme con asombro, en
    qué podía consistir su adhesión a nuestras opiniones.
    Sin embargo, posteriormente, ha hecho manifestaciones
    muy favorables a la «psicología de las profundidades» y
    ha fundado en ella su exposición de las esquizofrenias.
    Bleuler permaneció poco tiempo dentro de la «Asociación
    psicoanalítica internacional», que abandonó a causa de
    diferencias de criterio con Jung.
    La oposición oficial no ha podido evitar la difusión
    de la psicoanálisis en Alemania y en otros países. En
    otro lugar («Historia del movimiento psicoanalítico»), he
    seguido las etapas de sus progresos y citado a sus prin-
    cipales representantes. En 1909, fuimos invitados Jung y

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    yo, por G. Stanley Hall, para dar en la Clark University
    de Norteamérica, cuyo Presidente era, varias conferen-
    cias en alemán, durante las fiestas con que dicha univer-
    sidad celebraba el vigésimo aniversario de su fundación.
    Hall era un psicólogo y pedagogo, muy reputado justifi-
    cadamente, y había integrado la psicoanálisis en sus en-
    señanzas hacía ya varios años, pues era muy aficionado
    a introducir novedades y a elevar sobre el pavés nuevas
    autoridades, sin perjuicio de derrocarlas después. En
    Norte América, encontramos también a James J. Putnam,
    neurólogo de Harvard, que a pesar de su avanzada edad
    abrigaba un caluroso entusiasmo por la psicoanálisis y
    defendió con todo el peso de su personalidad, general-
    mente respetada, el valor cultural de la nueva disciplina
    y la pureza de sus intenciones. En este excelente hom-
    bre, que como reacción a una disposición a la neurosis
    obsesiva, había adoptado una orientación predominan-
    temente ética, nos contrariaba sólo su deseo de agregar
    la psicoanálisis a un determinado sistema filosófico-y
    colocarla al servicio de aspiraciones morales. Mi encuen-
    tro con el filósofo William James, me dejó también una
    duradera impresión. Yendo un día de paseo con él, se
    detuvo de repente, me entregó una cartera que llevaba en
    la mano y me pidió que me adelantase, prometiendo
    alcanzarme en cuanto dominara el ataque de angina de
    pecho que sentía próximo. Un año después, moría en uno
    de estos ataques, y desde entonces, me he deseado un
    análogo valor ante la muerte.

    Por entonces tenía yo cincuenta y tres años, me sen-
    tía joven y sano, y mi corta estancia en el Nuevo Mundo
    me tonificó considerablemente, aumentando mi confianza
    en mí propio. En Europa, me parecía sentirme bajo los
    efectos de un anatema y, en cambio, en América, me vi
    acogido como un igual, por aquellos a quienes yo consi-
    deraba y respetaba más. Cuando subí a la cátedra de la

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    Universidad de Worcester, para pronunciar mis conferen-
    cias sobre psicoanálisis, creí asistir a la realización de
    inverosímil fantasía optativa. La psicoanálisis no era, una
    pues, ya, un ente de razón, sino una valiosa realidad.

    Desde mi visita, no ha disminuído en América, el in-
    terés que la psicoanálisis inspiraba ya. Se ha hecho po-
    pular entre los profanos y es reconocida por muchos
    psiquiatras oficiales como un importante elemento de la
    enseñanza médica. Desgraciadamente, también ha sufri-
    do algunas injustificadas atenuaciones, y algo que nada
    tiene que ver con ella, se cubre a veces con su nombre.

    Cierto es que los médicos americanos carecen en su país
    de medios de ilustrarse en lo que respecta a la técnica y
    a la teoría psicoanalíticas. Por último, se tropieza con el
    «behaviourism» americano, que se vanagloria ingenua-
    mente de haber suprimido por completo el problema psi-
    cológico.

    En Europa, hubo desde 1911 a 1913, dos movimien-
    tos de separación de la psicoanálisis, iniciados por per-
    sonas que hasta entonces habían desempeñado un papel
    considerable en la joven ciencia. Me refiero a Alfredo
    Adler y a C. G. Jung. Ambas defecciones fueron harto
    peligrosas y agruparon en derredor de sus iniciadores,
    núcleos importantes; pero no debían su fuerza a su con-
    tenido propio, sino al deseo de emanciparse de ciertos
    resultados de la psicoanálisis, aun aceptando el material
    de hechos en el que se basaban. Jung intentó una traduc-
    ción de los hechos analíticos a lo abstracto e imperso-
    nal, traducción por medio de la cual creía ahorrarse el
    reconocimiento de la sexualidad infantil y del complejo
    de Edipo, y la necesidad del análisis de la infancia. Ad-
    ler pareció alejarse aún más de la psicoanálisis, negan-
    gando en absoluto la importancia de la sexualidad, refi-
    riendo la formación del carácter y de las neurosis, a la
    aspiración de poderío de los hombres y a su necesidad

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    PROF. S. FREUD

    de compensar su inferioridad constitucional, y anulando
    todas las nuevas adquisiciones psicológicas de la psico-
    análisis. Pero todo lo que entonces rechazó, ha forzado
    luego la entrada de su cerrado sistema, cambiando úni-
    camente de nombre. La crítica fué muy benigna para am-
    bos heréticos, y por mi parte, sólo pude alcanzar que
    tanto Adler como Jung renunciaran a dar a sus teorías
    el nombre de psicoanálisis. Actualmente, transcurridos
    diez años, puede comprobarse que ninguna de estas dos
    tentativas ha causado perjuicio alguno a la psicoanálisis.
     

    Cuando una comunidad se halla fundada en una coin-
    cidencia sobre determinados puntos cardinales, es natu-
    ral que salgan de ella aquellos que han abandonado di-
    cho terreno común. Sin embargo, se ha atribuído con
    frecuencia la defección de antiguos discípulos míos a mi
    intolerancia, o se ha visto en ella la expresión de una fa-
    talidad especial que sobre mí pesaba. Contra esto, indica-
    ré exclusivamente, que frente a aquellos que me han aban-
    donado, como Jung, Adler, Stekel y otros, se alza un
    gran número de personas, tales como Abraham, Eitin-
    gon, Ferenczi, Rank, Jones, Brill, Sachs, Pfister, von
    Emden, Reik y otros, que me son adeptos desde hace
    más de quince años, durante los cuales han colaborado
    fielmente conmigo y con los que vengo manteniendo una
    ininterrumpida amistad. Cito aquí, únicamente, a aquellos
    discípulos míos más antiguos que se han creado ya un
    nombre en la literatura de la psicoanálisis, y la omisión
    de otros más modernos no significa, en ningún modo,
    una menor estimación, pues entre ellos hay inteligencias
    en las que pueden fundarse grandes esperanzas. Un hom-
    bre intolerante y absorbente no hubiera podido conser-
    var en derredor suyo una tan numerosa legión de perso-
    nas de alta intelectualidad, sobre todo no poseyendo,
    como no poseo, medio ninguno práctico de atracción.
     

    La guerra europea, que ha destruído tantas otras or-
     

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    23

    ganizaciones, no pudo nada contra nuestra asociación.
    La primera reunión que celebramos después de la gue-
    rra, tuvo efecto en terreno neutral. (La Haya, 1920), que-
    dando reconocidísimos a la acogida que la hospitalidad
    holandesa dispensó a los hombres de ciencia de la Euro-
    pa Central, empobrecidos y depauperados por la catás-
    trofe mundial. Fué ésta, que yo sepa, la primera vez que
    después de la guerra, se sentaron a una misma mesa,
    unidos por intereses científicos, alemanes e ingleses. La
    guerra había intensificado en Alemania y en las naciones
    orientales el interés hacia la psicoanálisis. La observa-
    ción de las neurosis de guerra había abierto, por fin, los
    ojos a los médicos, sobre la importancia de la psicogé-
    nesis en las perturbaciones neuróticas, y algunas de
    nuestras concepciones psicológicas, se hicieron pronto
    populares. Al Congreso anterior, celebrado en Budapest,
    en 1918, habían enviado los Gobiernos de la Europa
    Central, representantes oficiales, que prometieron el es-
    tablecimiento de clínicas psicoanalíticas, para el trata-
    miento de los neuróticos de guerra, proyecto que no llegó
    a la práctica. También los planes de uno de nuestros
    mejores miembros, el Dr. Anton von Freund, que quería
    crear en Budapest una clínica central para la enseñanza
    y terapia psicoanalíticas, naufragaron en medio de los
    trastornos políticos y luego por la muerte de nuestro in-
    sustituíble amigo. Parte de ellos, fué realizada después
    por Max Eitingon, que creó en 1920, la policlínica psi-
    coanalítica de Berlín. Durante el corto predominio bol-
    chevista en Hungría, pudo desarrollar Ferenczi una fruc-
    tífera actividad pedagógica, como representante oficial
    de la psicoanálisis en la Universidad. Al terminar la gue-
    rra, se sirvieron anunciar nuestros adversarios, que la
    experiencia había ofrecido un argumento definitivo con-
    tra la exactitud de las afirmaciones analíticas. Las neu-
    rosis de guerra habrían proporcionado, según ellos, una


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    prueba de la superfluidad de los factores sexuales en la
    etiología de las afecciones neuróticas; pero esto fué un
    triunfo momentáneo, pues por un lado, nadie había po-
    dido llevar a cabo el análisis fundamental de un caso de
    neurosis de guerra, y por lo tanto, nada seguro se sabía,
    sobre su motivación, ni podía deducirse conclusión algu- na de tal ignorancia, y por otro, la psicoanálisis había
    establecido, hacía ya mucho tiempo, el concepto del
    narcisismo y de las neurosis narcisistas, cuyo con- tenido era la adherencia de la libido al propio Yo, en lu- gar de a un objeto. Así, pues, se hacía en general, a la
    psicoanálisis, el reproche de haber ampliado indebida- mente el concepto de la sexualidad, pero cuando en la
    polémica resultaba cómodo, se olvidaba este reproche y
    se procedía como si la psicoanálisis no hubiera llevado
    jamás a cabo tal aplicación.

    La historia de la psicoanálisis se divide, para mí, en
    dos períodos, prescindiendo de su prehistoria catártica.
    En el primero, me hallaba totalmente aislado, y tenía que
    llevar a cabo toda la labor. Este período duró desde 1895
    hasta 1907. En el segundo, que se extiende desde esta úl- tima fecha, hasta la actualidad, han ido creciendo en im- portancia las aportaciones de mis discípulos y colabora- dores, de manera que hoy, advertido de mi próximo fin
    por una grave enfermedad, puedo pensar serenamente en
    el término de mi propio rendimiento. Pero precisamente
    por tal razón no me es posible tratar en este trabajo de
    los progresos de la psicoanálisis en el segundo período,
    con la misma minuciosidad que he tratado de su paulati- na edificación en el primero, lleno exclusivamente de mi
    actividad propia. No me siento con derecho a mencionar
    aquí sino aquellos nuevos descubrimientos en los que me
    ha correspondido una amplia participación, o sea los re- ferentes a la teoría de los instintos y a la aplicación de
    nuestra disciplina a las psicosis.

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    He de añadir, que nuestra creciente experiencia nos ha
    demostrado cada vez con mayor evidencia, que el com-
    plejo de Edipo constituye el nódulo de la neurosis, sien-
    do el punto culminante de la vida sexual infantil y el foco
    del que parten todos los desarrollos ulteriores. Esta cir-
    cunstancia dió fin a la esperanza de hallar, por medio del
    análisis, un factor específico de la neurosis, y hubimos
    de reconocer que las neurosis no poseen ningún conteni-
    do especial, exclusivamente peculiar a ellas, y que los
    neuróticos sucumben bajo el peso de circunstancias que
    los normales logran dominar felizmente. Este descubri-
    miento no constituyó para nosotros sorpresa ninguna,
    pues se armonizaba perfectamente con el anteriormente
    realizado, de que la «psicología de las profundidades»,
    fruto de la psicoanálisis, no era sino la psicología de la
    vida anímica normal. Nos había, pues, sucedido lo que a
    los químicos cuando comprobaron que las grandes dife-
    rencias cualitativas de los productos se reducían a modi-
    ficaciones cuantitativas en las proporciones de la combi-
    nación de los mismos elementos.

    En el complejo de Edipo, se nos mostró enlazada la
    libido a la representación de los progenitores del sujeto,
    pero éste pasó antes por una época en la que carecía de
    todo objeto. De esta circunstancia, dedujimos la existen-
    cia de un estado en el que la libido llena el propio Yo, ha-
    biéndolo tomado como objeto. Este estado podía deno-
    minarse «narcisismo», y no era difícil adivinar, que en
    realidad subsiste siempre, y que el Yo permanece siendo
    a través de toda la vida, el gran depósito de libido, del
    cual emanan las cargas de objeto y al cual puede retor-
    nar la libido desde dichos objetos. Así, pues, la libido
    narcisista se transforma continuamente en libido objetiva,
    y viceversa. El enamoramiento sexual o sublimado, que
    llega hasta el sacrificio del sujeto, nos ofrece un excelen-
    te ejemplo de la magnitud que esta transformación puede

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    356

    alcanzar. Hasta este momento, sólo habíamos atendido,
    en el proceso de la represión, a lo reprimido, pero a par-
    tir de él, nos fué ya posible llegar al conocimiento de los
    elementos represores. Sabíamos ya que la represión era
    efectuada por los instintos de conservación que actuaban
    en el Yo (instintos del Yo), y recaía sobre
    los instintos libidinosos. Ahora, al reconocer los instin-
    tos de conservación como de naturaleza libidinosa, esto
    es, como libido narcisista, vemos que el proceso de la
    represión se desarrolla dentro de la libido misma. La li-
    bido narcisista se opone a la libido objetiva, y el interés
    de la propia conservación se defiende contra las exigen-
    cias del amor objetivo.
    Nada tan necesario, en psicología, como la existen-
    cia de una teoría básica, sobre la que pueda continuarse
    edificando. Falta de toda base de este orden, ha tenido la
    psicoanálisis que crear, por medio de sucesivos tanteos,
    una teoría de los instintos. Así, estableció primero la
    antítesis de instintos del Yo (conservación-hambre) e
    instintos libidinosos (amor), sustituyéndola después por
    la de libido narcisista y libido objetiva. Pero tampoco
    dijo con esto su última palabra, pues ciertas reflexiones
    de naturaleza biológica parecían prohibirla satisfacerse
    con la hipótesis de una única especie de instintos.
    En los trabajos de mis últimos años («Más allá del
    principio del placer», «Psicología de las masas y análisis
    del Yo» y «El Yo y el Ello»), he dejado libre curso a mi
    tendencia a la especulación, contenida durante mucho
    tiempo, y he intentado una nueva solución del problema
    de los instintos. He reunido la conservación del indivi-
    duo y de las especies bajo el concepto del Eros, opo-
    niendo a éste, el instinto de muerte o de des-
    trucción, que labora en silencio. El instinto es con-
    cebido en general, como una especie de elasticidad de lo
    animado, esto es, como una aspiración a reconstituir

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    357

    una situación que existió ya una vez, y fué suprimida por
    una perturbación exterior. Esta naturaleza esencialmente
    conservadora de los instintos queda explicada por los
    fenómenos de la repetición obsesiva. La co-
    laboración y el antagonismo del Eros con el instinto de
    muerte, constituyen para nosotros la imagen de la vida.

    La cuestión es que esta construcción teórica se de-
    muestre útil. Aspira esencialmente a fijar una de las re-
    presentaciones teóricas más importantes de la psicoa-
    nálisis, pero traspasa considerablemente los límites de
    esta disciplina. De nuevo, he tenido que oir la desprecia-
    tiva afirmación de que no puede confiarse en una ciencia
    cuyos conceptos superiores son tan poco precisos como
    el de la libido y el del instinto, en la psicoanálisis, pero
    este reproche se funda en un total desconocimiento de la
    cuestión. Los conceptos fundamentales claros y las defi-
    niciones precisamente delimitadas, no son posibles, en
    las disciplinas científicas sino cuando las mismas inten-
    tan integrar un conjunto de hechos dentro del cuadro de
    una construcción sistemática intelectual. En las ciencias
    naturales, a las cuales pertenece la psicología, es inútil
    e imposible llegar a una tal claridad de los conceptos
    superiores. La zoología y la botánica no han comenzado
    con definiciones correctas y suficientes del animal y de
    la planta, y la biología no ha establecido aún un con-
    cepto fijo de lo animado. La física hubiera sacrificado
    todo su desarrollo si hubiese tenido que esperar, para
    emprenderlo, a dar claridad y precisión a los conceptos
    de materia, fuerza y gravitación. Las representaciones
    básicas o conceptos superiores de las ciencias natura-
    les aparecen siempre al principio, muy imprecisos, que-
    dando determinados interinamente por la mera indicación
    del campo de fenómenos a que pertenecen, y sólo el
    progresivo análisis ulterior del material de observación
    llega a darles la precisión deseada.

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    358

    Ya en fases anteriores de mi producción, llevé a cabo
    la tentativa de alcanzar, partiendo de la observación psi-
    coanalítica, puntos de vista generales. En 1911, acentué,
    en un pequeño trabajo – «Formulierungen ueber die zwei
    Prinzipien des psychischen Geschehens» – y de un modo
    ciertamente nada original, el predominio del principio del
    placer y el displacer en la vida anímica y su sustitución
    por el llamado «principio de la realidad». Más tarde, me
    atreví a intentar la construcción de una «Metapsicolo-
    gía», dando este nombre a una disciplina en la que cada
    uno de los procesos psíquicos era considerado conforme
    a las tres coordenadas de la dinámica, la tópica y la eco-
    nomía, y viendo en ella el fin último asequible a la psi-
    cología. Esta tentativa no llegó a completarse, quedando
    interrumpida después de varios ensayos sobre los instin-
    tos y sus destinos, la represión, lo inconsciente, etcétera,
    pues reconocí que no era aún el momento de una tal em-
    presa teórica. En mis últimos trabajos especulativos he
    intentado descomponer nuestro aparato psíquico, basán-
    dome en la elaboración analítica de los hechos patológi-
    cos, y lo he dividido en un Yo, un Ello y un Super-Yo.
    («El Yo y el Ello»). El Super-Yo es el heredero del com-
    plejo de Edipo y el representante de las aspiraciones éti-
    cas del hombre.

    No debe creerse que en este último período he vuelto
    la espalda a la observación, entregándome, por comple-
    to, a una actividad especulativa. Continúo siempre en ín-
    timo contacto con el material analítico y no he abandona-
    do nunca el estudio de temas especiales clínicos o técni-
    cos. Aun en los casos en que me he alejado de la
    observación, he evitado aproximarme a la filosofía pro-
    piamente dicha. Una incapacidad constitucional me ha
    facilitado esta abstención. Siempre me han atraído, sin
    embargo, las ideas de G. Th. Fechner, pensador al que
    debo interesantísimas sugestiones. Las amplias coinci-

  • S.

    359

    dencias de la psicoanálisis con la filosofía de Schopen-
    hauer, el cual no sólo reconoció la primacía de la afecti-
    vidad y la extraordinaria significación de la sexualidad,
    sino también el mecanismo de la represión, no pueden
    atribuirse a mi conocimiento de sus teorías, pues no he
    leído a Schopenhauer, sino en época muy avanzada, ya
    de mi vida. A Nietzsche, otro filósofo cuyos presagios y
    opiniones coinciden con frecuencia, de un modo sor-
    prendente, con los laboriosos resultados de la psicoaná-
    lisis, he evitado leerlo, durante mucho tiempo, pues más
    que la prioridad me importaba conservarme libre de toda
    influencia.

    Las neurosis fueron el primer objeto de la psicoanáli-
    sis y durante mucho tiempo, el único. Para todo analíti-
    co es evidente que la práctica médica se equivoca al ale-
    jar estas afecciones de las psicosis, agregándolas a las
    enfermedades nerviosas orgánicas. La neurología perte-
    nece a la psiquiatría y es indispensable para penetrar en
    ella. El estudio analítico de las psicosis parece excluído-
    de todo resultado médico, dada la inaccesibilidad tera-
    péutica de estas enfermedades. El enfermo psíquico ca-
    rece, en general, de la facultad de una transferencia po-
    sitiva, quedando así embotado el instrumento principal
    de la técnica analítica, pero de todos modos, puede lle-
    garse a él por otros caminos. La transferencia no queda
    excluída a veces, tan por completo, que no pueda utilizar-
    se durante algún tiempo. En las depresiones cíclicas, en
    las modificaciones paranoicas leves y en la esquizofre-
    nia, hemos conseguido resultados indudables, mediante
    el análisis. Por lo menos, ha sido ventajoso para la cien-
    cia el que en muchos casos pueda vacilar el diagnóstico
    durante mucho tiempo entre la psiconeurosis y la demen-
    cia precoz, pues la tentativa terapéutica emprendida nos
    proporcionó importantes descubrimientos antes de tener
    que ser interrumpida. Pero lo principal es que en las psi-

  • S.

    360

    cosis resulta evidente aquello que en las neurosis sólo
    muy trabajosamente se logra extraer a la superficie. Para
    muchas afirmaciones analíticas ofrece la clínica psiquiá-
    trica excelentes demostraciones. No podía, pues, pasar
    mucho tiempo sin que el análisis encontrara el camino
    de los objetos de la observación psiquiátrica. Ya en 1896
    descubrí en un caso de demencia paranoica, los mismos
    factores etiológicos que en las neurosis y la existencia
    de iguales complejos afectivos. Jung ha explicado enigmá-
    ticas estereotipias de sujetos dementes, refiriéndolas a
    sucesos de su vida, y Bleuler ha descubierto en diversas
    psicosis, mecanismos análogos a los que el análisis ha
    revelado en los neuróticos. Desde entonces, no han cesa-
    do los esfuerzos de los analíticos para llegar a una com-
    prensión de las psicosis. Sobre todo, desde que trabaja-
    mos con el concepto del narcisismo, se nos va haciendo
    posible iniciar ciertos descubrimientos. Abraham es el
    que más ha avanzado por este camino, con su explica-
    ción de las melancolías. En este dominio, no queda aún
    transformado el conocimiento en poder terapéutico, pero
    también las simples conquistas teóricas son importantes
    y esperamos que hallarán algún día su aplicación prácti-
    ca. Los psiquiatras no podrán resistirse ya mucho tiem-
    po a la fuerza probatoria de sus propias observaciones
    clínicas. En la psiquiatría alemana, tiene efecto actual-
    mente, una especie de penetración pacífica de los puntos
    de vista analíticos. Acentuando constantemente que no
    son psicoanalíticos, ni pertenecen a la escuela ortodoxa,
    cuyas exageraciones no comparten, sobre todo en lo que
    respecta al poder absoluto del factor sexual, van apro-
    piándose, sin embargo, la mayoría de los jóvenes inves-
    tigadores, esta o aquella parte de la teoría analítica, apli-
    cándolas a su manera. Existen, pues, múltiples indicios
    de un amplio y próximo desarrollo de nuestra disciplina
    en esta dirección.