[Sin título]1925-041/1924.es
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    VI.

    Sigo ahora, desde lejos, los síntomas de la reacción
    provocada por la introducción de la psicoanálisis, en la
    nacion francesa, durante tanto tiempo refractaria a nues-
    tra disciplina. Este espectáculo actúa en mí como una re-
    producción de cosas ya vividas, pero presenta, sin em-
    bargo, rasgos que le son peculiares. Llegan, en efecto,
    hasta mí, objeciones de increíble ingenuidad, tales como
    la de que la tosca pedantería de la terminología psico-
    analítica repugna a la sensibilidad estética francesa. Ante
    esta objeción, no podemos por menos de recordar al in-
    mortal Caballero Riccaut de la Marlinière, creado por
    Lessing. Otra de las manifestaciones contrarias a nues-
    tra disciplina presenta un aspecto más fundamental, y ha
    sido acogida por un profesor de psicología, de la Sorbo-
    na. Me refiero a la de que para el «génie latin» resulta in-
    soportable la manera de pensar de la psicoanálisis. Este
    reproche recae en parte sobre los anglosajones, amigos
    y aliados de Francia, que han aceptado generalmente di-
    cha manera de pensar. Ante tales manifestaciones pudie-
    ra creerse que el «génie teutonique» ha acogido a la psi-
    coanálisis con los brazos abiertos, desde su mismo naci-
    miento.

    En Francia, han sido los literatos quienes primero se
    han interesado por la psicoanálisis. Se explica esto, re-
    cordando que nuestra disciplina ha traspasado, con la in-
    terpretación de los sueños, las fronteras médicas. Entre
    su aparición en Alemania y su actual introducción en

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    Francia, han surgido sus diversas aplicaciones a los do-
    minios de la literatura y del arte, a la Historia de las reli-
    giones y a la Prehistoria, a la Mitología, la Etnología y
    la Pedagogía, etc., etc. Todas estas disciplinas tienen
    poco que ver con la ciencia médica y han sido precisa-
    mente enlazadas con ella, por la psicoanálisis. No tengo,
    pues, derecho alguno a profundizar en esta cuestión, pero
    no puedo silenciarla, pues resulta indispensable para for-
    marse una representación exacta del valor y de la esen-
    cia de la psicoanálisis, y además, la especial naturaleza
    de este trabajo, en el que me he obligado a exponer la
    obra de mi vida, me fuerza a tratar de ella. La mayoría
    de estas aplicaciones tiene, en efecto, en mi labor perso-
    nal, su punto de partida: En ocasiones, he dado yo tam-
    bién algún paso por este camino, para satisfacer dicho in-
    terés ajeno a la Medicina. Otros hombres de ciencia han
    seguido después mis huellas y penetrado más profunda-
    mente en tales dominios. Pero como quiero limitarme a
    exponer mis propias aportaciones a la aplicación de la
    psicoanálisis no he de presentar al lector sino un esque-
    ma muy insuficiente de su extensión e importancia.

    El complejo de Edipo, cuya ubicuidad he ido recono-
    ciendo poco a poco, me ha ofrecido toda una serie de su-
    gestiones. La elección y la creación del tema de la trage-
    dia, enigmáticas siempre, y el efecto intensísimo de su
    exposición poética, así como la esencia misma de la tra-
    gedia cuyo principal personaje es el destino, se nos ex-
    plican en cuanto nos damos cuenta de que en el poema
    trágico se halla integrada toda la normatividad de la vida
    psíquica con su plena significación afectiva. La fatalidad
    y el oráculo no eran sino materializaciones de la necesi-
    dad interior. El hecho de que el héroe peque sin saberlo
    y contra su intención, constituye la exacta expresión de la
    naturaleza inconsciente de sus tendencias criminales. De
    la comprensión de la tragedia provocada por el destino

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    pasamos a la inteligencia de la tra-
    el análisis del «Hamlet» shakespeariano, obra que venía
    siendo admirada durante trescientos años, sin que nadie
    hubiese llegado a penetrar en su sentido ni en los moti-
    vos del poeta. Era singular, que este neurótico, creado
    por el poeta naufragase bajo el peso del complejo de
    Edipo, como tantos seres reales. El problema que se
    plantea a Hamlet es, en efecto, el de vengar en una
    tercera persona, aquellos dos hechos que constituyen el
    contenido de la tendencia de Edipo, venganza en cuya
    ejecución queda paralizado su brazo por su propio y obs-
    curo sentimiento de culpabilidad. Shakespeare escribió
    esta tragedia poco después de la muerte de su padre. Mis
    indicaciones para el análisis de esta obra, han sido apli-
    cadas y ampliamente elaboradas después, por Ernesto
    Jones, y también Otto Rank hizo de ellas el punto de par-
    tida de sus investigaciones sobre la elección de materia
    por los poetas dramáticos, demostrando en su libro so-
    bre el «Motivo del incesto», con cuánta frecuencia eligen
    precisamente los poetas los motivos del complejo de Edi-
    po, y persiguiendo las variaciones y atenuaciones de esta
    materia a través de la literatura mundial.
    De aquí, no había más que un paso hasta el análisis
    de la creación poética y artística. Se reconoció que el
    reino de la fantasía era un dispositivo creado con oca-
    sión de la dolorosa transición desde el principio del pla-
    cer al de la realidad, para permitir la constitución de un
    sustitutivo de la satisfacción instintiva, a la cual se había
    tenido que renunciar en la vida real. El artista se habría
    refugiado, como el neurótico, en este mundo fantástico,
    huyendo de la realidad poco satisfactoria, pero a dife-
    rencia del neurótico, supo hallar el camino de retorno
    desde dicho mundo de la fantasía hasta la realidad. Sus
    creaciones, las obras de arte, eran satisfacciones fantás-
    ticas de deseos inconscientes, análogamente a los sue-
     

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    ños con los cuales compartían el carácter de transacción,
    pues tenían también que evitar el conflicto con los pode-
    res de la represión. Pero a diferencia de los productos
    oníricos, asociales y narcisistas, están destinadas a pro-
    vocar la participación de otros hombres y pueden reani-
    mar y satisfacer en estos últimos, los mismos impulsos
    optativos inconscientes. Además, se sirven del placer de
    la percepción de la belleza formal, como prima de atrac-
    ción. Los elementos de que la psicoanálisis puede dispo-
    ner en esta labor, son la interrelación de las impresiones
    de la vida del artista, sus destinos, sus obras, su consti-
    tución y los impulsos instintivos que en él actúan, esto
    es, lo generalmente humano. Con tal propósito hice a
    Leonardo de Vinci, objeto de un estudio, que reposa so-
    bre un único recuerdo infantil comunicado por él en sus
    anotaciones y tiende esencialmente hacia la explicación
    de su cuadro «Santa Ana, con la Virgen y el Niño», exis-
    tente en el Museo del Louvre. Mis amigos y discípulos
    han emprendido numerosos análisis semejantes, de artis-
    tas y obras de arte. El placer estético del que gozamos
    ante una obra de arte no queda disminuído por su com-
    prensión analítica, obtenida en esta forma. Mas para
    aquellos profanos que funden aquí esperanzas excesivas
    en la psicoanálisis, habremos de advertir, que hay dos
    problemas sobre los cuales no arroja luz ninguna y que
    son precisamente los que más pueden interesarle. El aná-
    lisis no consigue explicar los dotes del artista ni descubrir
    los medios con los que el mismo trabaja, o sea los per-
    tenecientes a la técnica artística.

    En una pequeña novela, carente en sí, de gran valor,
    la «Gradiva», de W. Jensen, pude demostrar que el sue-
    ño imaginado literariamente, admite igual interpretación
    que el real, o sea que en la producción del poeta, actúan
    aquellos mecanismos que hemos descubierto en la elabo-
    ración onírica.

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    APENDICE

    Mi libro sobre «El chiste y su relación con lo incons-
    ciente», parte también de la interpretación de los sueños.
    El único amigo a quien por entonces interesaban mis tra-
    bajos, me había hecho observar que mis interpretaciones
    oníricas hacían con frecuencia una impresión «chistosa».
    Para aclarar esta impresión, emprendí la investigación
    del chiste y encontré que su esencia residía en sus me-
    dios técnicos, los cuales no eran sino los empleados por
    la elaboración onírica, o sea la condensación, el despla-
    zamiento, etc. A esto, se enlazó la investigación econó-
    mica relativa al nacimiento del placer en el oyente del
    chiste. La solución de este problema fué la de que dicho
    placer nacía por la supresión momentánea del esfuerzo
    de represión, provocado por la influencia de una prima
    de atracción ofrecida (placer preliminar).
    Concedo mayor valor que a estos estudios a mis
    aportaciones a la psicología de la religión, iniciadas en
    1907, con el descubrimiento de una sorprendente analo-
    gía entre los actos obsesivos y los ritos religiosos. Sin
    conocer aún otras relaciones más profundas, califiqué a
    la neurosis obsesiva, de religión privada desfigurada, y a
    la religión, de neurosis obsesiva universal. Más tarde,
    en 1912, indicó Jung las amplias analogías existentes en-
    tre las producciones intelectuales de los neuróticos y de
    los primitivos, orientando este estudio mi atención hacia
    dicho tema. En los ensayos reunidos bajo el título de
    «Totem y tabú», demostré que el horror al incesto es más
    intenso aún entre los primitivos que en los hombres civi-
    lizados, habiendo hecho surgir entre los primeros, espe-
    ciales reglas de defensa, e investigué las relaciones de
    las prohibiciones tabú, forma primera de las restricciones
    morales, con la ambivalencia sentimental, descubriendo
    en la concepción primitiva del mundo, o sea en el ani-
    mismo, el principio de la exageración de la realidad aní-
    mica, o sea la omnipotencia de las ideas,

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    sobre la cual se basa la magia. A través de todo esto, se
    establecía una comparación con la neurosis obsesiva y
    se demostraba que esta singular dolencia, entraña aún,
    gran parte de las hipótesis de la vida anímica primitiva.
    Me atraía sobre todo, el totemismo, primer sistema
    de organización de las razas primitivas, en el que los
    principios del orden social se muestran enlazados con
    una religión rudimentaria, y con el implacable dominio
    de algunas prohibiciones tabú. El ser adorado es aquí,
    originariamente, siempre, un animal, del cual afirma des-
    cender el clan. Por diversos indicios, deduje, luego,
    que todos los pueblos, incluso los que han llegado a un
    más alto nivel de civilización, pasaron un día por este
    estadio del totemismo.
    La fuente literaria principal de estos trabajos está
    constituída por las conocidas obras de J. G. Frazer («To-
    temism and Exogamy» y «The Golden Bough»), que
    constituyen una mina de valiosísimos hechos y puntos
    de vista. Pero este autor no llega al esclarecimiento del
    problema del totemismo, habiendo cambiado varias ve-
    ces de opinión sobre esta materia. Los demás etnólogos
    e historiadores se muestran también desacordes en esta
    cuestión. Mi punto de partida fué la singular coinciden-
    cia de los dos principios tabú del totemismo, el de no ma-
    tar al totem y el de evitar todo contacto sexual con las mu-
    jeres del mismo clan totémico, con los dos contenidos
    del complejo de Edipo, la supresión del padre y la
    unión sexual con la madre. De este modo fuí llevado a
    equiparar al animal totémico con el padre, tal y como lo
    hacían expresamente los primitivos, adorándole como
    antepasado del clan. Dos hechos psicoanalíticos vinieron
    en mi auxilio: una afortunada observación de Ferenzci
    con un sujeto infantil, observación que permitió ha-
    blar de un retorno infantil del totemismo, y el análisis de
    las tempranas zoofobias de los niños, en las cuales com-
     

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    A P E N D I C E

    probamos que el animal objeto de la fobia era una susti-
    tución del padre, siendo desplazado sobre él el miedo al
    primero, basado en el complejo de Edipo. De aquí no
    había más que un paso hasta el reconocimiento del ase-
    sinato del padre como nódulo del totemismo y punto de
    partida de la formación de las religiones.

    Estas últimas consideraciones me fueron sugeridas
    por la obra de Robertson Smith, titulada «La religión de
    los semitas», en la que este genial autor, físico y exegeta
    bíblico, describe una ceremonia esencial de la religión
    totémica, esto es, la llamada comida totémica. Una vez al
    año, era muerto y comido el animal totémico, adorado y
    protegido en toda otra ocasión, siendo luego llorado, fes-
    tividad en la que participaban todos los miembros del clan
    totémico. Agregando a esto, la hipótesis de Darwin, de
    que los hombres vivían primitivamente en hordas, cada
    una de las cuales se hallaba bajo el dominio de un único
    macho, fuerte, violento y celoso, llegué a la hipótesis, o
    mejor dicho, a la visión del siguiente proceso. El padre
    de la horda primitiva habría monopolizado despótica-
    mente a todas las mujeres, expulsando o matando a sus
    hijos, peligrosos como rivales. Pero un día, se reunieron
    estos hijos, asesinando al padre, que había sido su ene-
    migo, pero también su ideal, y comiéndose el cadáver.
    Después de este hecho, no pudieron, sin embargo, apo-
    derarse de su herencia, pues surgió entre ellos la rivali-
    dad. Bajo la influencia de este fracaso y del remordi-
    miento, aprendieron a soportarse unos a otros, uniéndo-
    se en un clan fraternal, regido por los principios del to-
    temismo, que tendían a excluir la repetición del crimen y
    renunciaron todos a la posesión de las mujeres, motivo
    del asesinato del padre. De este modo, surgió la exoga-
    mia, íntimamente enlazada con el totemismo. La comida
    totémica sería la fiesta conmemorativa del monstruoso
    asesinato del cual procedería la conciencia humana de

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    la culpabilidad (pecado original), punto de partida de
    la organización social, la religión y la restricción moral.
    Sea o no admisible históricamente una tal posibilidad,
    dejamos aquí situada la formación de las religiones so-
    bre la base del complejo paterno y de la ambivalencia en
    él predominante. Una vez abandonada la sustitución del
    padre por el animal totémico, el padre primitivo, temido,
    odiado, adorado y envidiado, se convirtió en el prototipo
    de la divinidad. En la vida psíquica del hijo luchaban de
    continuo el amor y el odio hacia el padre, produciendo
    continuas formaciones transaccionales, por medio de las
    cuales se purgaba, por un lado, el asesinato, y se afir-
    maban, por otro, sus ventajas. Esta teoría de la religión
    arroja viva luz sobre el fundamento psicológico del cris-
    tianismo, en el cual perdura sin disfraz alguno, la cere-
    monia de la comida totémica, en el sacramento de la
    comunión. He de hacer constar, que esta comparación no
    me es propia, sino que se encuentra ya en las obras de
    Robertson Smith y de Frazer.

    Th. Reik y el etnólogo Roheim han tomado como
    punto de partida de varios trabajos importantes, las ideas
    integradas en «Totem y tabú», continuándolas, profundi-
    zándolas y justificándolas. Por mi parte, he vuelto sobre
    ellas algunas veces, con ocasión de ciertas investigacio-
    nes sobre el sentimiento inconsciente de la culpabilidad,
    tan importante entre los motivos de las neurosis, y asi-
    mismo, en mis tentativas de enlazar más estrechamente
    la psicología social a la psicología individual. («El Yo y
    el Ello», «Psicología de las masas y análisis del Yo»).
    También para la explicación de la susceptibilidad de ser
    hipnotizado, he utilizado la herencia arcaica procedente
    de las hordas primitivas.

    En otras aplicaciones de la psicoanálisis, muy dignas
    de interés, es más pequeña mi participación. Partiendo
    de las fantasías del neurótico, nos conduce un amplio

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    camino, a las creaciones fantásti-
    des y de los pueblos, integradas en los mitos, fábulas y
    leyendas. Otto Rank ha hecho de la mitología el objeto
    de su labor, y la interpretación de los mitos, su refe-
    rencia a los conocidos complejos infantiles inconscientes
    y la sustitución de explicaciones astrales por una motiva-
    ción humana, han sido en muchos casos, el resultado de
    su labor analítica. También el tema del simbolismo ha
    encontrado numerosos investigadores en el círculo de
    mis adeptos. El simbolismo ha despertado contra la psi-
    coanálisis gran hostilidad, y algunos investigadores
    demasiado tímidos no han podido perdonarla nunca este
    simbolismo, tal y como resultaba de la interpretación de
    los sueños. Pero nuestra disciplina no es responsable
    del descubrimiento del simbolismo, conocido ya desde
    hacía mucho tiempo en otros dominios (el folklore, la le-
    yenda y el mito) en los que desempeña un papel más
    importante aún que en el lenguaje de los sueños.
    Personalmente, no he aportado nada a la aplicación
    del análisis a la pedagogía, pero era natural que los des-
    cubrimientos analíticos referentes a la vida sexual y al
    desarrollo anímico de los niños atrajeran la atención de
    los pedagogos y les mostraran a una nueva luz, su labor
    educadora. En este sentido, ha sido un infatigable pre-
    cursor el pastor protestante O. Pfister de Zurich, que
    halló conciliable la psicoanálisis con una religiosidad
    sublimada. He de citar, además, a la señora Hug-Hell-
    muth y al doctor Bernfeld, de Viena, entre otros muchos.
    De la aplicación del análisis a la educación de los niños
    sanos y a la corrección de los no neuróticos, pero desvia-
    dos en su desarrollo, ha resultado una consecuencia
    muy importante desde el punto de vista práctico. No es
    ya posible, en efecto, limitar a los médicos el ejerci-
    cio de la psicoanálisis y excluir de él a los profanos.
    En realidad el médico que no ha hecho un estudio es-
     


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    pecial, es también, a pesar de su título, un profano
    por lo que respecta a la psicoanálisis, y el individuo
    ajeno a la Medicina puede llevar perfectamente a cabo,
    mediante una preparación analítica, y auxiliado en algún
    caso por un médico, el tratamiento analítico de las neu-
    rosis.

    Por uno de aquellos desarrollos contra cuyo resultado
    es inútil resistirse, ha acabado por integrar varios senti-
    dos la palabra «psicoanálisis». Originariamente, no cons-
    tituía sino el nombre de un método terapéutico especial,
    pero ahora, ha llegado a convertirse en el nombre de
    una ciencia, de la ciencia de lo psíquico inconsciente. Esta
    ciencia no es, generalmente, apta para resolver por sí
    sola un problema, pero parece llamada a ofrecer a las
    más diversas disciplinas científicas, importantísimas
    aportaciones. El campo de aplicación de la psicoanálisis
    es tan amplio como el de la Psicología, al que agrega
    un complemento de importantísimo alcance.

    Así, pues, volviendo la vista a la labor de mi vida,
    puedo decir que he iniciado muchas cosas y sugerido
    otras, de las cuales dispondrá el futuro. Por mí mismo,
    no puedo decir lo que en tal futuro llegarán a ser.

    FIN