S.
361
VI.
Sigo ahora, desde lejos, los síntomas de la reacción
provocada por la introducción de la psicoanálisis, en la
nacion francesa, durante tanto tiempo refractaria a nues-
tra disciplina. Este espectáculo actúa en mí como una re-
producción de cosas ya vividas, pero presenta, sin em-
bargo, rasgos que le son peculiares. Llegan, en efecto,
hasta mí, objeciones de increíble ingenuidad, tales como
la de que la tosca pedantería de la terminología psico-
analítica repugna a la sensibilidad estética francesa. Ante
esta objeción, no podemos por menos de recordar al in-
mortal Caballero Riccaut de la Marlinière, creado por
Lessing. Otra de las manifestaciones contrarias a nues-
tra disciplina presenta un aspecto más fundamental, y ha
sido acogida por un profesor de psicología, de la Sorbo-
na. Me refiero a la de que para el «génie latin» resulta in-
soportable la manera de pensar de la psicoanálisis. Este
reproche recae en parte sobre los anglosajones, amigos
y aliados de Francia, que han aceptado generalmente di-
cha manera de pensar. Ante tales manifestaciones pudie-
ra creerse que el «génie teutonique» ha acogido a la psi-
coanálisis con los brazos abiertos, desde su mismo naci-
miento.En Francia, han sido los literatos quienes primero se
han interesado por la psicoanálisis. Se explica esto, re-
cordando que nuestra disciplina ha traspasado, con la in-
terpretación de los sueños, las fronteras médicas. Entre
su aparición en Alemania y su actual introducción enS.
362
Francia, han surgido sus diversas aplicaciones a los do-
minios de la literatura y del arte, a la Historia de las reli-
giones y a la Prehistoria, a la Mitología, la Etnología y
la Pedagogía, etc., etc. Todas estas disciplinas tienen
poco que ver con la ciencia médica y han sido precisa-
mente enlazadas con ella, por la psicoanálisis. No tengo,
pues, derecho alguno a profundizar en esta cuestión, pero
no puedo silenciarla, pues resulta indispensable para for-
marse una representación exacta del valor y de la esen-
cia de la psicoanálisis, y además, la especial naturaleza
de este trabajo, en el que me he obligado a exponer la
obra de mi vida, me fuerza a tratar de ella. La mayoría
de estas aplicaciones tiene, en efecto, en mi labor perso-
nal, su punto de partida: En ocasiones, he dado yo tam-
bién algún paso por este camino, para satisfacer dicho in-
terés ajeno a la Medicina. Otros hombres de ciencia han
seguido después mis huellas y penetrado más profunda-
mente en tales dominios. Pero como quiero limitarme a
exponer mis propias aportaciones a la aplicación de la
psicoanálisis no he de presentar al lector sino un esque-
ma muy insuficiente de su extensión e importancia.El complejo de Edipo, cuya ubicuidad he ido recono-
ciendo poco a poco, me ha ofrecido toda una serie de su-
gestiones. La elección y la creación del tema de la trage-
dia, enigmáticas siempre, y el efecto intensísimo de su
exposición poética, así como la esencia misma de la tra-
gedia cuyo principal personaje es el destino, se nos ex-
plican en cuanto nos damos cuenta de que en el poema
trágico se halla integrada toda la normatividad de la vida
psíquica con su plena significación afectiva. La fatalidad
y el oráculo no eran sino materializaciones de la necesi-
dad interior. El hecho de que el héroe peque sin saberlo
y contra su intención, constituye la exacta expresión de la
naturaleza inconsciente de sus tendencias criminales. De
la comprensión de la tragedia provocada por el destinoS.
363
pasamos a la inteligencia de la tra-
el análisis del «Hamlet» shakespeariano, obra que venía
siendo admirada durante trescientos años, sin que nadie
hubiese llegado a penetrar en su sentido ni en los moti-
vos del poeta. Era singular, que este neurótico, creado
por el poeta naufragase bajo el peso del complejo de
Edipo, como tantos seres reales. El problema que se
plantea a Hamlet es, en efecto, el de vengar en una
tercera persona, aquellos dos hechos que constituyen el
contenido de la tendencia de Edipo, venganza en cuya
ejecución queda paralizado su brazo por su propio y obs-
curo sentimiento de culpabilidad. Shakespeare escribió
esta tragedia poco después de la muerte de su padre. Mis
indicaciones para el análisis de esta obra, han sido apli-
cadas y ampliamente elaboradas después, por Ernesto
Jones, y también Otto Rank hizo de ellas el punto de par-
tida de sus investigaciones sobre la elección de materia
por los poetas dramáticos, demostrando en su libro so-
bre el «Motivo del incesto», con cuánta frecuencia eligen
precisamente los poetas los motivos del complejo de Edi-
po, y persiguiendo las variaciones y atenuaciones de esta
materia a través de la literatura mundial.
De aquí, no había más que un paso hasta el análisis
de la creación poética y artística. Se reconoció que el
reino de la fantasía era un dispositivo creado con oca-
sión de la dolorosa transición desde el principio del pla-
cer al de la realidad, para permitir la constitución de un
sustitutivo de la satisfacción instintiva, a la cual se había
tenido que renunciar en la vida real. El artista se habría
refugiado, como el neurótico, en este mundo fantástico,
huyendo de la realidad poco satisfactoria, pero a dife-
rencia del neurótico, supo hallar el camino de retorno
desde dicho mundo de la fantasía hasta la realidad. Sus
creaciones, las obras de arte, eran satisfacciones fantás-
ticas de deseos inconscientes, análogamente a los sue-
S.
364
ños con los cuales compartían el carácter de transacción,
pues tenían también que evitar el conflicto con los pode-
res de la represión. Pero a diferencia de los productos
oníricos, asociales y narcisistas, están destinadas a pro-
vocar la participación de otros hombres y pueden reani-
mar y satisfacer en estos últimos, los mismos impulsos
optativos inconscientes. Además, se sirven del placer de
la percepción de la belleza formal, como prima de atrac-
ción. Los elementos de que la psicoanálisis puede dispo-
ner en esta labor, son la interrelación de las impresiones
de la vida del artista, sus destinos, sus obras, su consti-
tución y los impulsos instintivos que en él actúan, esto
es, lo generalmente humano. Con tal propósito hice a
Leonardo de Vinci, objeto de un estudio, que reposa so-
bre un único recuerdo infantil comunicado por él en sus
anotaciones y tiende esencialmente hacia la explicación
de su cuadro «Santa Ana, con la Virgen y el Niño», exis-
tente en el Museo del Louvre. Mis amigos y discípulos
han emprendido numerosos análisis semejantes, de artis-
tas y obras de arte. El placer estético del que gozamos
ante una obra de arte no queda disminuído por su com-
prensión analítica, obtenida en esta forma. Mas para
aquellos profanos que funden aquí esperanzas excesivas
en la psicoanálisis, habremos de advertir, que hay dos
problemas sobre los cuales no arroja luz ninguna y que
son precisamente los que más pueden interesarle. El aná-
lisis no consigue explicar los dotes del artista ni descubrir
los medios con los que el mismo trabaja, o sea los per-
tenecientes a la técnica artística.En una pequeña novela, carente en sí, de gran valor,
la «Gradiva», de W. Jensen, pude demostrar que el sue-
ño imaginado literariamente, admite igual interpretación
que el real, o sea que en la producción del poeta, actúan
aquellos mecanismos que hemos descubierto en la elabo-
ración onírica.S.
365
APENDICE
Mi libro sobre «El chiste y su relación con lo incons-
ciente», parte también de la interpretación de los sueños.
El único amigo a quien por entonces interesaban mis tra-
bajos, me había hecho observar que mis interpretaciones
oníricas hacían con frecuencia una impresión «chistosa».
Para aclarar esta impresión, emprendí la investigación
del chiste y encontré que su esencia residía en sus me-
dios técnicos, los cuales no eran sino los empleados por
la elaboración onírica, o sea la condensación, el despla-
zamiento, etc. A esto, se enlazó la investigación econó-
mica relativa al nacimiento del placer en el oyente del
chiste. La solución de este problema fué la de que dicho
placer nacía por la supresión momentánea del esfuerzo
de represión, provocado por la influencia de una prima
de atracción ofrecida (placer preliminar).
Concedo mayor valor que a estos estudios a mis
aportaciones a la psicología de la religión, iniciadas en
1907, con el descubrimiento de una sorprendente analo-
gía entre los actos obsesivos y los ritos religiosos. Sin
conocer aún otras relaciones más profundas, califiqué a
la neurosis obsesiva, de religión privada desfigurada, y a
la religión, de neurosis obsesiva universal. Más tarde,
en 1912, indicó Jung las amplias analogías existentes en-
tre las producciones intelectuales de los neuróticos y de
los primitivos, orientando este estudio mi atención hacia
dicho tema. En los ensayos reunidos bajo el título de
«Totem y tabú», demostré que el horror al incesto es más
intenso aún entre los primitivos que en los hombres civi-
lizados, habiendo hecho surgir entre los primeros, espe-
ciales reglas de defensa, e investigué las relaciones de
las prohibiciones tabú, forma primera de las restricciones
morales, con la ambivalencia sentimental, descubriendo
en la concepción primitiva del mundo, o sea en el ani-
mismo, el principio de la exageración de la realidad aní-
mica, o sea la omnipotencia de las ideas,S.
366
sobre la cual se basa la magia. A través de todo esto, se
establecía una comparación con la neurosis obsesiva y
se demostraba que esta singular dolencia, entraña aún,
gran parte de las hipótesis de la vida anímica primitiva.
Me atraía sobre todo, el totemismo, primer sistema
de organización de las razas primitivas, en el que los
principios del orden social se muestran enlazados con
una religión rudimentaria, y con el implacable dominio
de algunas prohibiciones tabú. El ser adorado es aquí,
originariamente, siempre, un animal, del cual afirma des-
cender el clan. Por diversos indicios, deduje, luego,
que todos los pueblos, incluso los que han llegado a un
más alto nivel de civilización, pasaron un día por este
estadio del totemismo.
La fuente literaria principal de estos trabajos está
constituída por las conocidas obras de J. G. Frazer («To-
temism and Exogamy» y «The Golden Bough»), que
constituyen una mina de valiosísimos hechos y puntos
de vista. Pero este autor no llega al esclarecimiento del
problema del totemismo, habiendo cambiado varias ve-
ces de opinión sobre esta materia. Los demás etnólogos
e historiadores se muestran también desacordes en esta
cuestión. Mi punto de partida fué la singular coinciden-
cia de los dos principios tabú del totemismo, el de no ma-
tar al totem y el de evitar todo contacto sexual con las mu-
jeres del mismo clan totémico, con los dos contenidos
del complejo de Edipo, la supresión del padre y la
unión sexual con la madre. De este modo fuí llevado a
equiparar al animal totémico con el padre, tal y como lo
hacían expresamente los primitivos, adorándole como
antepasado del clan. Dos hechos psicoanalíticos vinieron
en mi auxilio: una afortunada observación de Ferenzci
con un sujeto infantil, observación que permitió ha-
blar de un retorno infantil del totemismo, y el análisis de
las tempranas zoofobias de los niños, en las cuales com-
S.
367
A P E N D I C E
probamos que el animal objeto de la fobia era una susti-
tución del padre, siendo desplazado sobre él el miedo al
primero, basado en el complejo de Edipo. De aquí no
había más que un paso hasta el reconocimiento del ase-
sinato del padre como nódulo del totemismo y punto de
partida de la formación de las religiones.Estas últimas consideraciones me fueron sugeridas
por la obra de Robertson Smith, titulada «La religión de
los semitas», en la que este genial autor, físico y exegeta
bíblico, describe una ceremonia esencial de la religión
totémica, esto es, la llamada comida totémica. Una vez al
año, era muerto y comido el animal totémico, adorado y
protegido en toda otra ocasión, siendo luego llorado, fes-
tividad en la que participaban todos los miembros del clan
totémico. Agregando a esto, la hipótesis de Darwin, de
que los hombres vivían primitivamente en hordas, cada
una de las cuales se hallaba bajo el dominio de un único
macho, fuerte, violento y celoso, llegué a la hipótesis, o
mejor dicho, a la visión del siguiente proceso. El padre
de la horda primitiva habría monopolizado despótica-
mente a todas las mujeres, expulsando o matando a sus
hijos, peligrosos como rivales. Pero un día, se reunieron
estos hijos, asesinando al padre, que había sido su ene-
migo, pero también su ideal, y comiéndose el cadáver.
Después de este hecho, no pudieron, sin embargo, apo-
derarse de su herencia, pues surgió entre ellos la rivali-
dad. Bajo la influencia de este fracaso y del remordi-
miento, aprendieron a soportarse unos a otros, uniéndo-
se en un clan fraternal, regido por los principios del to-
temismo, que tendían a excluir la repetición del crimen y
renunciaron todos a la posesión de las mujeres, motivo
del asesinato del padre. De este modo, surgió la exoga-
mia, íntimamente enlazada con el totemismo. La comida
totémica sería la fiesta conmemorativa del monstruoso
asesinato del cual procedería la conciencia humana deS.
368
la culpabilidad (pecado original), punto de partida de
la organización social, la religión y la restricción moral.
Sea o no admisible históricamente una tal posibilidad,
dejamos aquí situada la formación de las religiones so-
bre la base del complejo paterno y de la ambivalencia en
él predominante. Una vez abandonada la sustitución del
padre por el animal totémico, el padre primitivo, temido,
odiado, adorado y envidiado, se convirtió en el prototipo
de la divinidad. En la vida psíquica del hijo luchaban de
continuo el amor y el odio hacia el padre, produciendo
continuas formaciones transaccionales, por medio de las
cuales se purgaba, por un lado, el asesinato, y se afir-
maban, por otro, sus ventajas. Esta teoría de la religión
arroja viva luz sobre el fundamento psicológico del cris-
tianismo, en el cual perdura sin disfraz alguno, la cere-
monia de la comida totémica, en el sacramento de la
comunión. He de hacer constar, que esta comparación no
me es propia, sino que se encuentra ya en las obras de
Robertson Smith y de Frazer.Th. Reik y el etnólogo Roheim han tomado como
punto de partida de varios trabajos importantes, las ideas
integradas en «Totem y tabú», continuándolas, profundi-
zándolas y justificándolas. Por mi parte, he vuelto sobre
ellas algunas veces, con ocasión de ciertas investigacio-
nes sobre el sentimiento inconsciente de la culpabilidad,
tan importante entre los motivos de las neurosis, y asi-
mismo, en mis tentativas de enlazar más estrechamente
la psicología social a la psicología individual. («El Yo y
el Ello», «Psicología de las masas y análisis del Yo»).
También para la explicación de la susceptibilidad de ser
hipnotizado, he utilizado la herencia arcaica procedente
de las hordas primitivas.En otras aplicaciones de la psicoanálisis, muy dignas
de interés, es más pequeña mi participación. Partiendo
de las fantasías del neurótico, nos conduce un amplioS.
369
camino, a las creaciones fantásti-
des y de los pueblos, integradas en los mitos, fábulas y
leyendas. Otto Rank ha hecho de la mitología el objeto
de su labor, y la interpretación de los mitos, su refe-
rencia a los conocidos complejos infantiles inconscientes
y la sustitución de explicaciones astrales por una motiva-
ción humana, han sido en muchos casos, el resultado de
su labor analítica. También el tema del simbolismo ha
encontrado numerosos investigadores en el círculo de
mis adeptos. El simbolismo ha despertado contra la psi-
coanálisis gran hostilidad, y algunos investigadores
demasiado tímidos no han podido perdonarla nunca este
simbolismo, tal y como resultaba de la interpretación de
los sueños. Pero nuestra disciplina no es responsable
del descubrimiento del simbolismo, conocido ya desde
hacía mucho tiempo en otros dominios (el folklore, la le-
yenda y el mito) en los que desempeña un papel más
importante aún que en el lenguaje de los sueños.
Personalmente, no he aportado nada a la aplicación
del análisis a la pedagogía, pero era natural que los des-
cubrimientos analíticos referentes a la vida sexual y al
desarrollo anímico de los niños atrajeran la atención de
los pedagogos y les mostraran a una nueva luz, su labor
educadora. En este sentido, ha sido un infatigable pre-
cursor el pastor protestante O. Pfister de Zurich, que
halló conciliable la psicoanálisis con una religiosidad
sublimada. He de citar, además, a la señora Hug-Hell-
muth y al doctor Bernfeld, de Viena, entre otros muchos.
De la aplicación del análisis a la educación de los niños
sanos y a la corrección de los no neuróticos, pero desvia-
dos en su desarrollo, ha resultado una consecuencia
muy importante desde el punto de vista práctico. No es
ya posible, en efecto, limitar a los médicos el ejerci-
cio de la psicoanálisis y excluir de él a los profanos.
En realidad el médico que no ha hecho un estudio es-
S.
370
pecial, es también, a pesar de su título, un profano
por lo que respecta a la psicoanálisis, y el individuo
ajeno a la Medicina puede llevar perfectamente a cabo,
mediante una preparación analítica, y auxiliado en algún
caso por un médico, el tratamiento analítico de las neu-
rosis.Por uno de aquellos desarrollos contra cuyo resultado
es inútil resistirse, ha acabado por integrar varios senti-
dos la palabra «psicoanálisis». Originariamente, no cons-
tituía sino el nombre de un método terapéutico especial,
pero ahora, ha llegado a convertirse en el nombre de
una ciencia, de la ciencia de lo psíquico inconsciente. Esta
ciencia no es, generalmente, apta para resolver por sí
sola un problema, pero parece llamada a ofrecer a las
más diversas disciplinas científicas, importantísimas
aportaciones. El campo de aplicación de la psicoanálisis
es tan amplio como el de la Psicología, al que agrega
un complemento de importantísimo alcance.Así, pues, volviendo la vista a la labor de mi vida,
puedo decir que he iniciado muchas cosas y sugerido
otras, de las cuales dispondrá el futuro. Por mí mismo,
no puedo decir lo que en tal futuro llegarán a ser.FIN
You are here
[Sin título]1925-041/1924.es