[Sin título]1925-041/1924.es
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    IV.

    Las teorías de la resistencia y de la represión de lo
    inconsciente, de la significación etiológica de la vida se-
    xual y de la importancia de los sucesos infantiles, son
    los elementos principales del edificio teórico psicoanalí-
    tico. Lamento no haberlos podido describir aquí sino por
    separado, sin entrar en su composición y relación, pero
    es ya tiempo de que dediquemos atención a las modifi-
    caciones que poco a poco han ido introduciéndose en la
    técnica del procedimiento analítico.

    El vencimiento de la resistencia por medio de la pre-
    sión ejercida sobre el enfermo, fué un primer método in-
    dispensable para proporcionar al médico una orientación
    en la materia, pero a la larga, se hacía demasiado peno-
    so, tanto para el médico como para el enfermo, y no pa-
    recía libre de ciertos graves defectos. Hubimos, pues,
    de sustituirlo por otro método, contrario en cierto sentido.
    En lugar de llevar al paciente a manifestar algo relacio-
    nado con un tema determinado, le invitamos ahora a
    abandonarse a la asociación libre, esto es, a manifestar
    todo aquello que acuda a su pensamiento, absteniéndose
    de toda representación final consciente. Ahora bien, el
    paciente tiene que obligarse a comunicar realmente todo
    lo que su autopercepción le ofrezca, sin ceder a las ob-
    jeciones críticas que tienden a rechazar algunas de sus
    ocurrencias, por carecer de importancia, de conexión con
    el tema tratado o de todo sentido. Esta absoluta sinceri-
    dad del paciente es condición indispensable de la cura.

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    analítica. Puede parecer extraño que este procedimiento
    de la asociación libre, con observancia de la regla
    fundamental psicoanalítica, diera el ren-
    dimiento que de él se esperaba, llevando a la conciencia
    los elementos reprimidos mantenidos lejos de ella por
    las resistencias. Pero hemos de tener en cuenta que la
    asociación libre no entraña realmente una completa liber-
    tad. El paciente permanece bajo la influencia de la situa-
    ción analítica, aun cuando no dirija su actividad mental
    hacia un tema determinado. Tenemos derecho a suponer
    que no se le ocurrirá nada que no se halle relacionado
    con dicha situación. Su resistencia contra la reproduc-
    ción de lo reprimido se manifestará ahora en dos formas
    distintas. Ante todo, por aquellas objeciones críticas a
    las que responde la regla psicoanalítica fundamental;
    pero si el enfermo logra dominar tales objeciones si-
    guiendo dicha prescripción, la resistencia adoptará una
    segunda forma, consiguiendo que las ocurrencias del
    paciente no contengan jamás lo reprimido, sino sólo
    algo como una alusión a ello, y cuanto mayor sea la re-
    sistencia, más se alejará la ocurrencia sustitutiva comu-
    nicada, de los elementos reprimidos buscados. El ana-
    lítico, que escucha recogidamente, pero sin esforzarse, al
    enfermo, puede entonces utilizar en dos formas distintas
    el material que el mismo le proporciona. Puede, en efec-
    to, conseguir, dada una resistencia no demasiado inten-
    sa, adivinar por las ocurrencias del enfermo los elemen-
    tos reprimidos, y puede también, cuando se trata de una
    resistencia más enérgica, deducir de las ocurrencias, que
    parecen alejarse del tema, la naturaleza de dicha resisten-
    cia misma, naturaleza que descubrirá entonces al pacien-
    te. Este descubrimiento de la resistencia es el primer
    paso para su vencimiento. Tenemos, pues, dentro del
    cuadro de la labor analítica, un arte de interpretación,
    cuyo acertado empleo requiere tacto y costumbre, pero

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    que no es difícil de aprender. El método de la asociación
    libre presenta grandes ventajas, con respecto al anterior,
    aparte de resultar menos penoso. Impone, en efecto, al
    analizado una violencia mínima, no pierde jamás el con-
    tacto con la realidad presente y ofrece amplias garantías
    de que en ningún momento, puede perder el médico de
    vista la estructura de la neurosis o integrar en ella algo
    que no le pertenece. En él, se abandona casi por comple-
    to al paciente la función de determinar la marcha del
    análisis y la ordenación de la materia, razón por la cual
    se hace imposible la elaboración sistemática y aislada
    de los diversos síntomas y complejos. En oposición a lo
    que sucede en los métodos hipnóticos o sugestivos, el
    médico averigua cosas íntimamente enlazas entre sí en
    diversos momentos y lugares del tratamiento. Para un
    espectador–inadmisible en las sesiones de tratamiento–
    presentaría la cura analítica un aspecto totalmente in-
    comprensible.

    Otra de las ventajas del método es, que en realidad,
    no puede fallar nunca. Teóricamente, tiene que ser siem-
    pre posible al enfermo, producir una ocurrencia, dado que
    no se fija ni limita en absoluto, la naturaleza de la mis-
    ma. Sin embargo, esta falta de ocurrencias se presenta
    siempre en un caso determinado, pero precisamente por
    tratarse de un caso aislado, resulta también fácilmente in-
    terpretable.

    Llegamos ahora a la descripción de un factor que
    añade al cuadro de la psicoanálisis un rasgo esencial, e
    integra, tanto técnica como teóricamente, la mayor im-
    portancia. En todo tratamiento analítico, se establece sin
    intervención alguna de médico, una intensa relación sen-
    timental del paciente con la persona del analítico, inexpli-
    cable por ninguna circunstancia real. Esta relación pue-
    de ser positiva o negativa y varía desde el enamora-
    miento más apasionado y sensual hasta la rebelión y el

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    APENDICE

    odio más extremo. Tal fenómeno, al que abreviada-
    damos el nombre de «transferencia» sustituye, pronto, en
    el paciente, al deseo de curación, e integra, mientras se
    limita a ser cariñoso y mesurado, toda la influencia mé-
    dica, constituyendo el verdadero motor de la labor analí-
    tica. Más tarde, cuando se hace apasionado o se trans-
    forma en hostilidad, llega a constituir el instrumento prin-
    cipal de la resistencia y entonces cesan, en absoluto, las
    ocurrencias del enfermo, poniendo en peligro el resulta-
    do del tratamiento. Pero sería insensato querer eludir este
    fenómeno. Sin la transferencia, no hay análisis posible.
    No debe creerse que el análisis crea la transferencia y
    que ésta sólo aparece en él. Por el contrario, el aná-
    lisis se limita a revelar la transferencia y a aislarla.
    Trátase de un fenómeno generalmente humano, que
    decide el éxito de toda influencia médica–y domina,
    en general, las relaciones de una persona con las
    que le rodean. Fácilmente se descubre en él, el mismo
    factor dinámico al que los hipnotizadores han dado el
    nombre de sugestibilidad, factor que entraña el «rapport»
    hipnótico y cuya falta de garantías constituía el defecto
    del método catártico. En los casos en que esta tendencia
    a la transferencia sentimental falta o ha llegado a ser to-
    talmente negativa, como en la demencia precoz y en la
    paranoia, desaparece también la posibilidad de ejercer
    una influencia psíquica sobre el enfermo.
    Es indudable que también la psicoanálisis labora por
    medio de la sugestión, como todos los demás métodos
    psicoterapéuticos. Pero se diferencia de ellos en que no
    abandona la decisión del resultado terapéutico a la suges-
    tión o a la transferencia. Por el contrario, es utilizada
    para mover al enfermo a realizar una labor psíquica–el
    vencimiento de sus resistencias de transferencia–, labor
    que significa una duradera modificación de su economía
    anímica. La transferencia es hecha consciente al enfermo

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    por el analítico y queda suprimida convenciéndole de que
    en su conducta de transferencia, vive de nuevo relaciones
    sentimentales que proceden de sus más tempranas cargas
    de objeto, realizadas en el período reprimido de su niñez.
    Por medio de esta labor, pasa la transferencia a consti-
    tuir el mejor instrumento de la cura analítica, después de
    haber sido el arma más importante de la resistencia. Su
    aprovechamiento y manejo constituye, de todos modos,
    la parte más difícil e importante de la técnica analítica.

    Con ayuda del procedimiento de la asociación libre y
    del arte de interpretación a él correspondiente, consiguió
    la psicoanálisis algo que no parecía muy importante des-
    de el punto de vista práctico, pero que en realidad, la con-
    dujo a una situación y significación completamente nue
    vas en los dominios científicos. Se hizo posible demos
    trar, que los sueños poseen un sentido, y adivinar éste.
    Los sueños fueron considerados en la antigüedad clásica
    como profecías, pero la ciencia moderna no quería saber
    nada de ellos, los abandonaba a la superstición y los de-
    claraba un acto simplemente «somático» una especie de
    contracción de la vida anímica dormida. Parecía total-
    mente imposible, que alguien que hubiera llevado a cabo
    un serio trabajo científico, pudiera surgir luego como
    «onirocrítico». Pero desechando una tal condenación de
    los sueños, tratándolos como un incomprendido síntoma
    neurótico o como una idea delirante u obsesiva, prescin
    diendo de su contenido aparente y haciendo objeto de la
    asociación libre a cada uno de sus diversos cuadros, lle
    gamos a un resultado totalmente distinto. Las numerosas
    ocurrencias del sujeto del sueño nos llevaron en efecto,
    al conocimiento de un producto mental, que no podía ser
    ya calificado de absurdo ni de confuso, producto que
    equivalía a un rendimiento psíquico completo y del cual
    no constituía el sueño manifiesto sino una traducción de-
    formada, abreviada y mal interpretada, compuesta gene-

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    ralmente de imágenes visuales. Estas ideas laten-
    tes del sueño contenían el sentido del mismo, no
    siendo el contenido manifiesto del sueño sino un engaño,
    una fachada, que podía ser enlazada con la asociación,
    pero no con la interpretación.

    Planteábase así, toda una serie de problemas, entre
    los cuales, los más importantes se referían a la existen-
    cia de un motivo de la formación de los sueños, a las
    condiciones en las que la misma se desarrollaba y a los
    caminos que conducían desde las ideas latentes del sue-
    ño, plenas de sentido, al sueño mismo, con frecuencia
    totalmente insensato. En mi obra sobre la interpretación
    de los sueños, publicada en 1900, he intentado resolver
    todos estos problemas. Aquí, no me es posible incluir
    sino un brevísimo extracto de tales investigaciones. Si
    examinamos las ideas latentes que el análisis del sueño
    nos ha revelado, encontramos una que resalta decidida-
    mente entre las demás, razonables y conocidas por el
    sujeto.

    Estas otras ideas son restos de la vida despierta
    (restos diurnos). En cambio, en la idea aislada
    reconocemos un impulso optativo, muy repulsivo a ve-
    ces, ajeno a la vida despierta del soñador, el cual niega
    con asombro o indignación, haberlo abrigado nunca.
    Este impulso es el que ha provocado el sueño, ofrecién-
    do la energía necesaria para su producción y sirviéndo-
    se del material constituido por los restos diurnos. El sue-
    ño así surgido presenta una situación que integra la sa-
    tisfacción de tal impulso, constituyendo una realiza-
    ción de deseos. Este proceso no hubiera sido
    posible si no hubiese habido algo favorable a él en la
    naturaleza del estado de reposo. La condición psíquica
    del estado de reposo es la obediencia del Yo al deseo de
    dormir y la sustracción de las cargas de todos los inte-
    reses vitales. Dada la simultánea oclusión de los accesos

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    Prof. S. Freud

    a la motilidad, puede el Yo disminuir el esfuerzo con el
    que en toda otra ocasión mantiene las represiones. Esta
    negligencia nocturna de la represión es aprovechada por
    el impulso inconsciente, para llegar a la conciencia por
    medio del sueño. La resistencia de represión del Yo no
    queda, sin embargo, suprimida durante el estado de repo-
    so, sino simplemente disminuída, y una parte de ella,
    queda en pie, como censura onírica, y prohibe
    al impulso optativo inconsciente manifestarse en la for-
    ma que le es propia. A causa de la severidad de la cen-
    sura onírica, tienen que prestarse las ideas oníricas laten-
    tes, a modificaciones y debilitaciones, que disfrazan por
    completo el prohibido sentido del sueño. Queda explica-
    da así la deformación onírica a la que debe el
    sueño manifiesto sus más singulares caracteres. Pode-
    mos, pues, decir, justificadamente, que el sueño es
    la realización (disfrazada) de un de-
    seo (reprimido) y vemos que se halla construído
    como un síntoma neurótico, siendo el producto de una
    transacción entre las aspiraciones de un impulso instinti-
    vo reprimido y la resistencia de un poder del Yo, que
    ejerce la censura. A consecuencia de esta identidad de
    génesis resulta tan incomprensible como el síntoma, y
    precisa, como él, de una interpretación.

    No es difícil hallar la función general del sueño. Sir-
    ve para anular aquellos estímulos exteriores o interiores
    que harían despertar al sujeto, protegiendo así, el estado
    de reposo, contra tales perturbaciones. El estímulo exte-
    rior queda rechazado por medio de una transformación
    de su sentido y por su inclusión en una cualquiera situa-
    ción inocente. En cambio, el estímulo interior de la aspi-
    ración instintiva es admitido por el durmiente, el cual le
    permite llegar a la satisfacción por medio de la forma-
    ción de un sueño, siempre que las ideas latentes no in-
    tenten eludir la censura.

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    Pero cuando surge un tal peligro, y el sueño se hace
    demasiado preciso, lo interrumpe el durmiente, desper-
    tando asustado (sueño de angustia). Este
    mismo fallo de la función onírica surge cuando el estí-
    mulo exterior se hace tan intenso, que no puede ser ya
    rechazado. El proceso que transforma, con la colabora-
    ción de la censura, las ideas latentes en el contenido
    manifiesto, ha sido denominado por mí, elabora-
    ción onírica, y consiste en una elaboración espe-
    cial del material ideológico preconsciente, por la cual
    quedan condensados los componentes de dicho
    material, desplazados sus acentos psíquicos,
    transformado su conjunto en imágenes visuales, o sea
    dramatizado, y completado por una elabora-
    ción secundaria, que lo hace irreconocible. La
    elaboración onírica es un excelente ejemplo de los pro-
    cesos que se desarrollan en los más profundos estratos
    inconscientes de la vida anímica, procesos que se dife-
    rencian considerablemente de los procesos intelectuales
    normales que nos son conocidos. Tal elaboración pre-
    senta también una serie de rasgos arcaicos, por ejemplo,
    el empleo de un simbolismo predominantemente
    sexual, que ya hemos hallado, exento de este carác-
    ter, en otros dominios de la actividad espiritual.
    La conexión del impulso instintivo inconsciente del
    sueño con un resto diurno, da al sueño por él provocado
    un doble valor para la labor analítica. La interpretación
    muestra, en efecto, que además de constituir la realiza-
    ción de un deseo reprimido, puede el sueño haber conti-
    nuado la actividad mental preconsciente diurna e integrar
    otro contenido cualquiera, dando expresión a un propó-
    sito, a una advertencia, a una reflexión o nuevamente a
    una realización de deseos. El análisis lo utiliza en ambos
    sentidos, tanto para el conocimiento de los procesos cons-
    cientes del analizado, como de sus procesos inconscien-
     

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    tes, y aprovecha así mismo la circunstancia de que el
    sueño logra el acceso a los elementos olvidados de la
    vida infantil, para vencer la amnesia infantil por medio
    de la interpretación onírica. El sueño lleva aquí a cabo
    una parte de la función que antes encomendábamos al hip-
    notismo. En cambio, no he hecho jamás la afirmación que
    con frecuencia se me atribuye, de que la interpretación
    onírica demostraba que todos los sueños poseen un con-
    tenido sexual o se refieren a energías instintivas sexua-
    les. Es fácil observar que el hambre, la sed y otras nece-
    sidades crean sueños de satisfacción, del mismo modo
    que cualquier impulso reprimido sexual o egoísta. Los
    sueños de los niños pequeños nos ofrecen una fácil de-
    mostración de la exactitud de nuestra teoría. En estos su-
    jetos infantiles, en los cuales no se hallan aún precisa-
    mente diferenciados los sistemas psíquicos ni desarrolla-
    das profundamente las represiones, comprobamos con
    frecuencia, sueños que no son sino satisfacciones no dis-
    frazadas de impulsos optativos no satis-fechos durante el
    día. Bajo la influencia de necesidades imperativas pue-
    den producir también los adultos tales sueños de tipo in-
    fantil. Del mismo modo que de la interpretación onírica, se
    sirve el análisis del estudio de los frecuentísimos actos fa-
    llidos y sintomáticos de los hombres, actos a los cuales
    he dedicado una investigación publicada en 1904 bajo el
    título de «Psicopatología de la vida cotidiana». Esta
    obra, que ha sido muy leída, integra la demostración de
    que tales fenómenos no tienen nada de casuales, siendo
    susceptibles de una explicación que va más allá de lo pu-
    ramente fisiológico, poseyendo un sentido perfectamente
    interpretable y reposando en impulsos e intenciones rete-
    nidas o reprimidas. Pero el valor principal de la interpre-
    tación onírica y de este estudio de los actos fallidos y
    sintomáticos, no consiste en el apoyo que prestan a la
    labor analítica, sino en otra de sus cualidades. Hasta

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    ahora, la psicoanálisis se había ocupado solamente de la
    solución de fenómenos patológicos, habiéndose visto
    obligada a edificar, para su esclarecimiento, hipótesis
    cuyo alcance se hallaba fuera de relación con la impor-
    tancia de la materia tratada. Pero el sueño, del que se
    ocupó después, no era ningún síntoma patológico, sino
    un fenómeno de la vida anímica normal, propio de todo
    hombre sano. Si el sueño se halla construído como un
    síntoma y si su explicación exige las mismas hipótesis, o
    sea las referentes a la represión de impulsos instintivos,
    a la formación de sustituciones y transacciones y a la di-
    ferenciación de los sistemas psíquicos, para la localiza-
    ción de lo consciente y lo inconsciente, resultará que la
    psicoanálisis no es ya una ciencia auxiliar de la psicopa-
    tología, sino el principio de una psicología nueva y más
    fundamental, indispensable también para la comprensión
    de lo normal. Podemos, pues, transferir sus hipótesis y
    resultados a otros dominios de lo psíquico, quedándole
    así abiertos los caminos que conducen al interés ge-
    neral.