Los sueños1901-001/1929.es
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    VI

    Si al proceso de desplazamiento se debe principalmente
    el que no se hallen o no se reconozcan en el contenido
    del sueño, las ideas del mismo–sin que pueda adivinarse
    el motivo de tal deformación–otra forma menos intensa de
    la transformación que sufren las ideas del sueño, nos con-
    duce al descubrimiento de una nueva función, más fácil-
    mente comprensible, de la elaboración del mismo. Las pri-
    meras ideas latentes que el análisis revela suelen extrañar
    por su poco corriente apariencia. No parecen presentarse
    en las tímidas formas expresivas de las que se sirve prefe-
    rentemente nuestro pensamiento, sino que se muestran re-
    presentadas simbólicamente por medio de comparaciones y
    metáforas, como en un lenguaje poético, rico en imágenes.
    No es difícil hallar las causas que obligan a adoptar esta
    forma expresiva a las ideas del sueño. El contenido del
    mismo se compone casi siempre de situaciones visuales, y
    por lo tanto, las ideas del sueño tienen ante todo que adop-
    tar una disposición que las haga utilizables para esta forma
    expositiva. Si intentamos sustituir las frases de un artículo
    político o de un informe forense, por una serie de dibujos,
    comprenderemos fácilmente las transformaciones que la ela-
    boración del sueño se ve obligada a llevar a cabo ante la ne-
    cesidad de que el material dado pueda ser expuesto en el con-
    tenido.

    Entre el material psíquico de las ideas latentes, se en-
    cuentran, regularmente, recuerdos de sucesos impresionan-
    tes, que datan con frecuencia de la más temprana niñez y

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    han sido percibidos por el sujeto–dado su carácter de suce-
    sos exteriores–como situaciones visuales en su mayor parte.
    Estos elementos de las ideas latentes, ejercen, siempre que
    les es posible, una influencia determinante sobre la confor-
    mación del contenido del sueño y actúan como núcleo de
    cristalización sobre el material de las ideas latentes. La si-
    tuación del sueño no es, con frecuencia, más que una repeti-
    ción de un tal suceso, modificada y complicada por numero-
    sas intercalaciones. Sólo raras veces nos trae, en cambio, el
    sueño, reproducciones fieles y no mezcladas, de escenas
    reales.

    Mas el contenido del sueño no consta exclusivamente de
    situaciones, sino que encierra fragmentos inconexos de cua-
    dros visuales, discursos y hasta trozos de ideas no transfor-
    mados. Será quizá muy interesante exponer aquí, lo más
    rápidamente posible, los medios de representación de que
    dispone la elaboración del sueño para reproducir en la pecu-
    liar forma expresiva del mismo, las ideas latentes.

    Estas ideas que el análisis nos revela, se nos muestran
    como un complejo psíquico de una complicadísima estructura,
    cuyos componentes se hallan unos con otros en las más di-
    versas relaciones lógicas, constituyendo el primero y el últi-
    mo término, las condiciones, las divagaciones, las aclaracio-
    nes y las objeciones. Casi siempre aparece, junto a una ruta
    mental, su reflejo contradictorio. No falta a este material nin-
    guno de los caracteres que nos son conocidos por pertenecer
    a nuestro pensamiento despierto. Si de todo ello ha de nacer
    un sueño, sufre este material psíquico una comprensión que
    lo condensa, una fragmentación y un desplazamiento inter-
    nos, que crean nuevas superficies, y una influencia seleccio-
    nadora, ejercida por los componentes utilizables para la for-
    mación de la situación. Dada la génesis de este material, debe
    darse a un tal proceso el nombre de «regresión». Los
    lazos lógicos que hasta ahora habían mantenido unido el ma-
    terial psíquico, se pierden en esta transformación, de la cual
    surge el contenido del sueño. La elaboración onírica no toma
    a su cargo más que el contenido objetivo de las ideas laten-
    tes.

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    tes. Al análisis incumbe luego restablecer la conexión des
    truída por la elaboración.

    Así, pues, los medios de expresión del sueño, pueden
    considerarse escasísimos en comparación con los que el idio-
    ma nos proporciona para la exteriorización de nuestro pensa-
    miento, mas el sueño no tiene necesariamente que renunciar
    por completo a la reproducción de las relaciones lógicas entre
    las ideas latentes. Con mucha frecuencia, consigue, por lo
    contrario, sustituirlas por caracteres formales que le son
    propios.

    El sueño reconoce, en primer lugar, la innegable cone-
    xión entre todos los elementos de las ideas latentes, por el
    hecho mismo de reunir dicho material para formar una situa-
    ción. Reproduce la conexión lógica como apro-
    ximación en el tiempo y en el espacio, de
    un modo análogo al pintor que reúne en un cuadro, que
    quiere representar el Parnaso, a todos los poetas, los cuales
    jamás se han hallado juntos en la cima de una montaña, pero
    no por ello dejan de constituir una comunidad. El sueño em-
    plea en todos sus detalles esta misma forma representativa,
    y cuando muestra en su contenido dos elementos próximos
    uno a otro, delata, con esta aproximación, un enlace espe-
    cialmente estrecho entre los correspondientes elementos la-
    tentes. Obsérvase, además, que todos los sueños de una
    misma noche revelan, en el análisis, proceder del mismo
    ciclo de pensamientos.

    La relación causal entre las ideas, queda unas
    veces sin representación alguna o es substituída por la suce-
    sión inmediata de dos largos trozos del sueño, diferentes.
    A menudo, esta última representación tiene lugar a la inver-
    sa, o sea que el primer trozo del sueño corresponde a la con-
    secuencia, y el final del mismo, al antecedente. La trans-
    formación directa de un objeto en otro, parece represen-
    tar, en el sueño, la relación de causa a efecto.

    La alternativa (esto o aquello) no es expresada
    jamás por el sueño, el cual toma, en este caso, los dos miem-
    bros de la misma como igualmente justificados y los incluye

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    en el mismo contexto. Ya indiqué también, que cuando en el
    sueño aparece reproducida una alternativa (esto o aquello)
    debe traducirse por una agregación (esto y aquello).

    Las ideas contradictorias son representadas preferente-
    mente, en el sueño, por un mismo y único elemento 1). La
    oposición entre dos ideas, la relación de inversión,
    halla en el sueño una notabilísima forma representa-
    sistente en que otro trozo del sueño es transformado—simul-
    tánea o sucesivamente—en su contrario. Más adelante halla-
    remos otra forma de expresar la contradicción. Tam-
    bién la sensación, tan frecuente en el sueño, de no poder
    moverse libremente, sirve para representar una
    contradicción entre impulsos, un conflicto de la vo-
    luntad.

    Una sola de las relaciones lógicas, la de analogía,
    comunidad o coincidencia, es aceptada franca-
    mente por el mecanismo de la elaboración del sueño, el cual
    se sirve de estos casos como puntos de apoyo para la con-
    densación, reuniendo en una nueva unidad, todo aque-
    llo que muestra tal coincidencia.

    Esta corta serie de fugaces observaciones no agota, natu-
    ralmente, la exposición de la plenitud de medios representa-
    tivos formales que el sueño posee para exponer las relaciones
    lógicas de las ideas latentes. Los distintos sueños se hallan,
    respecto a este punto, más sutil o descuidadamente elabora-
    dos, se ciñen más o menos al texto dado y hacen un mayor o
    menor uso de los medios auxiliares de la elaboración. En el
    último caso, resultan oscuros, confusos e incoherentes. Mas
    cuando el sueño aparece claramente absurdo, encerrando en
    su contenido un franco contrasentido, es que se ha formado
    así intencionadamente y expresa, por medio de su aparente
    negligencia de todas las reglas lógicas, un trozo del conteni-
    do intelectual de las ideas latentes. El absurdo en el sueño,


    1)Filólogos muy autorizados afirman que los idiomas humanos
    más antiguos empleaban la misma palabra para expresar las antítesis
    (fuerte-débil; dentro-fuera, etcétera: «Sentido contradictorio de las pa-
    labras primitivas».)

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    significa contradicción, injuria o burla en las
    ideas latentes. Dado que esta explicación nos proporciona la
    objeción más fuerte contra la teoría que hace surgir al sueño
    de una actividad psíquica disociada y exenta de crítica, la
    apoyaremos con la exposición de un ejemplo:
    «Uno de mis conocimientos, el señor M., ha sido atacado
    en un artículo, nada menos que por el propio Goethe. Todos
    reconocemos que la violencia del ataque es injustificada, pero
    como es natural, dada la personalidad del atacante, M., ha
    quedado totalmente hundido, y se lamenta amargamente de
    la injusticia sufrida, ante varias personas reunidas alrededor
    de una mesa. Sin embargo, no ha disminuido su veneración
    por Goethe. Intento aclarar las circunstancias de tiempo, que
    me parecen inverosímiles. Goethe murió en 1832. Dado que
    su ataque contra M. tuvo que tener lugar antes de esta fe-
    cha, M. debía ser entonces muy joven. Me parece proba-
    ble que tuviera unos diez y ocho años. Mas no sé con se-
    guridad el año en que nos hallamos actualmente, y de este
    modo, todo mi cálculo se hunde en las tinieblas. El ataque
    a M. se halla contenido en el ensayo de Goethe, titulado
    «Naturaleza».

    La falta de sentido de este sueño aparece aún con mayor
    precisión, sabiendo que M. es un hombre de negocios muy
    apartado de todo interés poético o literario. Mas, al penetrar
    en el análisis, puede demostrarse cuánto «método» se oculta
    detrás de tal falta de sentido. El sueño extrae su material de
    tres fuentes:
    1. M., al que conocí en una comida, me pidió, un
    día, que reconociera a su hermano mayor, que presentaba
    señales de perturbación mental. En mi diálogo con el enfer-
    mo, tuvo lugar una penosa escena en la cual me reveló, sin
    que yo diese motivo ni ocasión para ello, las faltas de su her-
    mano, aludiendo a su disipada juventud. En este
    reconocimiento, hube de preguntar al paciente la fecha
    de su nacimiento (año de la muerte, en el
    sueño), haciéndole verificar diversos cálculos, con objeto
    de investigar el grado de debilidad de su memoria.

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    2. Una revista médica, en la que figuraba yo como cola
    borador, había publicado una a b r u m a d o r a crítica, obra
    de un j o v e n redactor, sobre un libro de mi amigo F., de
    Berlín. Habiendo reprochado yo al autor del artículo su en-
    carnizamiento, me expresó su pesar por haberme disgustado,
    pero no pudo prometerme poner remedio alguno a lo hecho.
    A consecuencia de esto, rompí mis relaciones con la revista
    y expresé, en la carta en que notificaba mi separación, la es-
    peranza de que l o s u c e d i d o no influiría para
    n a d a e n n u e s t r a s r e l a c i o n e s personales.
    Esta es la verdadera fuente del sueño. La despreciativa críti-
    ca del libro de mi amigo me había causado una profunda im-
    presión, pues a mi juicio contenía su obra un descubrimiento
    biológico fundamental, que comienza ahora – pasados muchos
    años – a ser aceptado por sus colegas.

    3. Una paciente me había contado hacía poco tiempo la
    historia de la enfermedad de su hermano, el cual había sido
    atacado de locura frenética, sumiéndose en ella con el grito
    de «¡Naturaleza! ¡naturaleza!» Los médicos habían opinado
    que tal exclamación provenía de la lectura del citado ensayo
    de G o e t h e y constituía una indicación del exceso de tra-
    bajo que había pesado sobre el enfermo en sus estudios. Por
    mi parte, había yo observado que me p a r e c í a m á s
    p l a u s i b l e dar a la exclamación «¡Naturaleza!» aquel
    otro sentido sexual conocido por todos los hombres, hasta
    por los de menor cultura. El hecho de que el infeliz paciente
    se mutilara después los genitales, pareció darme la razón,
    Cuando sufrió el ataque inicial, tenía este individuo diez
    y ocho años.

    En el contenido del sueño se oculta primeramente detrás
    del Yo, el amigo mío tan maltratado por la crítica. «I n t e n-
    t o a c l a r a r u n p o c o l a s c i r c u n s t a n c i a s d e
    t i e m p o». El libro de mi amigo trata precisamente de las
    circunstancias t e m p o r a l e s de la vida y cita repetida-
    mente a Goethe en relación con determinadas opiniones so-
    bre biología.

    Mas este Yo es comparado a un paralítico («No sé con

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    seguridad el año en que nos hallamos»). Por lo tanto, el sue-
    ño representa que mi amigo se conduce como un paralítico y
    flota en el absurdo. Mas los pensamientos del sueño expre-
    san irónicamente: «Es natural. El es un loco y vosotros sois
    unos genios y sabéis mucho más de estas cosas. ¿No será
    más bien todo lo contrario?» Esta inversión se
    halla representada ampliamente en el contenido del sueño:
    Goethe ha atacado a un hombre actualmente joven, lo cual
    es absurdo, al paso que es muy fácil que cualquier joven li-
    terato actual critique duramente al gran Goethe.

    Podemos, casi seguramente, afirmar, que ningún sueño
    es producido por sentimientos distintos de los egoístas. El
    Yo del sueño, no representa tan sólo a mi amigo, sino que
    también me representa a mí mismo. Yo me identifico con él
    por el hecho de que la suerte corrida por su descubrimiento
    me muestra cómo han de ser acogidos quizá los míos
    propios. Cuando yo haga pública mi teoría sobre la sig-
    nificación etiológica de la sexualidad en las perturbaciones
    psiconeuróticas (véase la alusión al enfermo de diez y ocho
    años: «¡Naturaleza! ¡naturaleza!»), hallaré críticas idénticas
    y de las que desde ahora me burlo con la misma ironía.

    Persiguiendo las ideas latentes, encuentro siempre bur-
    la y desprecio como correlación a los ab-
    surdos del sueño. El hallazgo de un cráneo de ove-
    ja en el Lido veneciano, inspiró a Goethe la primera idea de
    la constitución vertebral del cráneo. Mi amigo se jacta de ha-
    ber desencadenado, siendo estudiante, una protesta contra
    un anciano profesor, que muy competente en años anteriores
    (sobre todo en esta parte de la anatomía comparada), había
    llegado a ser, a causa de su ancianidad, totalmente inepto
    para continuar dando su clase. La agitación promovida por
    este caso, puso remedio a la equivocación que supone el he-
    cho de no existir en Alemania limitación alguna de edad para
    el ejercicio de la actividad académica. La edad no pro-
    tege contra la tontería. En el hospital de Viena
    tuve el honor de prestar mis servicios, durante muchos años,
    bajo las órdenes de un director fosilizado, que noto-

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    riamente chocho, hacía varios decenios, seguía ejerciendo un
    cargo lleno de responsabilidades. Una característica corres-
    pondiente al hallazgo del Lido, acude a mi pensamiento en
    este punto. Con referencia a este individuo compusieron mis
    jóvenes colegas del hospital una variante de unos chistosos
    versos, populares por entonces: «Eso no lo ha escrito ningún
    Goethe, ni lo ha compuesto ningún Schiller...»