Los sueños1901-001/1929.es
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    VIII

    Después del estudio de la elaboración del sueño, que
    hemos llevado a cabo en los capítulos que anteceden, nos
    hallaremos inclinados a considerarla como un proceso psíqui-
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    co especial, sin precedente alguno en nuestro conocimiento.
    De este modo, recae ahora sobre la elaboración onírica la ex-
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    trañeza que solía antes despertar en nosotros su producto, o
    sea, el sueño mismo. De toda una serie de procesos psíquicos
    a los que debe atribuirse la formación de los síntomas histé-
    ricos y de las ideas angustiosas, obsesivas y delirantes, es la
    elaboración del sueño el primero a cuyo conocimiento nos ha
    sido dado llegar. La condensación, y sobre todo el desplaza-
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    miento, son caracteres que nunca faltan en estos otros pro-
    cesos. En cambio, la conversión de ideas en imágenes visua-
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    les es privativa de la elaboración onírica. Si de nuestras
    investigaciones resultase la posibilidad de incluir los fenóme-
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    nos oníricos entre aquellos que deben su origen a la enferme-
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    dad psíquica, tanto más importante sería para nosotros ave-
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    riguar las condiciones esenciales de procesos como el de la
    formación de los sueños. Pero aunque parezca extraño y casi
    increíble, ni el dormir ni la enfermedad pertenecen a estas in-
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    dispensables condiciones. Una gran cantidad de fenómenos
    de la vida cotidiana de los sanos, el olvido, las equivocacio-
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    nes orales, los actos de aprehensión errónea y una determi-
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    nada clase de errores, deben su génesis a un mecanismo psí-
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    quico análogo al sueño y a los demás procesos que constitu-
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    yen la serie antes citada.

    El corazón del problema se halla en el desplazamiento, la

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    más singular de las funciones de la elaboración del sueño.
    Cuando se penetra suficientemente en la materia, se ve que
    la condición esencial del desplazamiento es puramente psico-
    lógica y de la naturaleza de una motivación, cuyas
    huellas aparecen en cuanto se presta atención a ciertos resul-
    tados del análisis de los sueños, que no pueden pasar des-
    apercibidos. En el primero de los análisis expuestos, tuve
    que interrumpirme en la comunicación de las ideas latentes,
    por haber entre ellas algunas que prefería mantener secre-
    tas y que no podía revelar sin herir importantes consideracio-
    nes. Añadí luego, que no traería ventaja ninguna elegir otro
    ejemplo para comunicar su análisis, pues en todo sueño de
    contenido oscuro y embrollado llegaría a tropezar con pensa-
    mientos que exigirían el secreto. Pero, prosiguiendo para mí
    mismo el análisis, llego a ideas que no conocía existieran en
    mí y que no sólo me parecen extrañas sino que me son
    desagradables y quisiera negarme a mí mismo, recha-
    zando el análisis, cuya inexorable concatenación me fuerza,
    bien a pesar mío, a admitirlas. No puedo explicarme este es-
    tado de cosas sino aceptando que tales ideas existían real-
    mente en mi vida psíquica y poseían una cierta intensidad o
    energía, pero se encontraban en una peculiar situación psico-
    lógica, a consecuencia de la cual no podían hacérseme
    conscientes. Este especial estado es el que conocemos
    con el nombre de estado de represión. No puedo en-
    tonces por menos de admitir una relación causal entre la os-
    curidad del contenido del sueño y el estado de represión, o
    sea la incapacidad de devenir conscientes, de algunas de las
    ideas del sueño, y me veo obligado a concluir que el sueño
    tiene que ser oscuro para no revelar las prohibi-
    das ideas latentes. De este modo, llego al con-
    cepto de la deformación del sueño, obra de la
    elaboración del mismo, puesta al servicio de la oculta-
    ción de dichas ideas, esto es, del propósito de mantenerlas
    secretas.

    Haré la prueba en el ejemplo del sueño antes sometido al
    análisis, intentando descubrir cuál es en él la idea que apare-
     

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    ce deformada, y que, sin el disfraz adoptado, despertaría mi
    más enérgica repulsa. Recuerdo que mi gratuito paseo en
    coche trajo a mi memoria otros, no gratuitos, en los que me
    acompañaba una persona de mi familia; que la interpretación
    de mi sueño era la de que yo abrigaba el deseo de gozar al
    guna vez de un afecto desinteresado; y que poco tiempo
    antes había tenido que desembolsar una crecida cantidad en
    favor de la referida persona. Ante estos datos que el aná-
    lisis me proporciona, no puedo rechazar la idea de que
    me duele el desembolso realizado. Sólo al
    darme cuenta de este sentimiento, adquiere un sentido el
    hecho de desearme en sueños el goce de un afecto que no
    me ocasione gasto alguno. Y sin embargo, puedo afirmar
    honradamente, que al decidir desprenderme de aquella suma,
    no experimenté la menor vacilación. El impulso contrario,
    mi sentimiento por el gasto efectuado, no se hizo cons-
    ciente en mí. La razón de que permaneciese inconsciente
    constituye una nueva cuestión que nos llevaría muy lejos y
    cuya solución, que me es conocida, pertenece a otro orden
    de cosas.

    Al someter al análisis, no un sueño propio, sino el de una
    persona extraña, el resultado es idéntico, pero varían los
    motivos de convicción. Si se trata del sueño de un individuo
    sano, no me queda otro medio de forzarle a la aceptación
    de la idea reprimida hallada, que mostrarle el perfecto enlace
    de las ideas latentes y dejarle que se resista en vano contra
    la evidencia. Mas si se trata de un neurótico, por ejemplo de
    un histérico, la aceptación de la idea reprimida se hace for-
    zosa para él por su conexión con los síntomas de su enfer-
    medad y por la mejoría que experimenta en el cambio de sín-
    tomas por ideas reprimidas. Así, con relación a la paciente
    que tuvo el sueño, antes expuesto, de los tres billetes de
    teatro por un florín cincuenta céntimos, tiene el análisis
    que aceptar que estima en poco a su marido, que lamenta
    haberse casado con él y que le cambiaría gustosa por otro.
    Ella afirma, ciertamente, que ama a su marido y que en su
    vida sentimental no existe desprecio alguno para él (¡otro

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    cien veces mejor!), pero todos sus síntomas conducen a la
    misma solución que el sueño, y después de hacer resur-
    gir en ella el recuerdo reprimido de una época durante la
    cual experimentó hacia su marido un desamor totalmente
    consciente, quedaron suprimidos tales síntomas y desapare-
    ció la resistencia que se oponía en ella a la interpretación del
    sueño.