Los sueños1901-001/1929.es
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    Aquellos que acepten nuestra hipótesis de que la enigmá
    tica oscuridad y confusión de los sueños es debida principal-
    mente a la existencia de una censura, no se extrañarán
    de ver, entre los resultados de la interpretación onírica, el de
    que la mayoría de los sueños de los adultos se revelan, en el
    análisis, como dependientes de deseos eróticos. Esta
    afirmación no se refiere a los sueños de franco contenido se-
    xual que todos conocemos por propia experiencia, y que has-
    ta ahora han sido considerados como los únicos «sueños se-
    xuales». No obstante su claro contenido, también estos sue-
    ños despiertan nuestra extrañeza por su arbitrarie-
    dad en la
    elección de las personas que convierten en objetos sexuales,
    su desprecio de todas las barreras ante las que, en la vida
    despierta, contiene el sujeto sus necesidades sexuales, y sus
    numerosos detalles orientados hacia lo denominado «perver-
    so». Mas el análisis nos muestra que muchos otros sueños
    que no dejan transparentar nada erótico en su contenido ma-
    nifiesto, se revelan, al ser desenmascarados por la labor in-
    terpretativa, como realizaciones de deseos sexuales. Por otra
    parte, muchas de las ideas sobrantes, como «restos diur-
    nos» (Tagesreste), del trabajo mental despierto,-
    no
    llegan a exteriorizarse en el sueño más que por el auxilio de
    deseos eróticos reprimidos.

    En explicación de este estado de cosas, indicaremos que
    ningún otro grupo de instintos ha experimentado un más am-
    plio sojuzgamiento por las exigencias de la educación civili-
    zada como precisamente los sexuales; pero haremos también

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    constar, que tales instintos son los que mejor saben escapar,
    en la mayoría de los hombres, al dominio de las más elevadas
    instancias psíquicas. Desde que hemos llegado al conocimien-
    to de la sexualidad infantil, que regularmente pasa desaperci-
    bida o es mal comprendida, podemos decir justificadamente
    que casi todo hombre civilizado ha conservado, en algún pun-
    to, la conformación infantil de la vida sexual, y comprende-
    mos de este modo, que los deseos sexuales infantiles repri-
    midos proporcionen las más frecuentes y poderosas fuerzas
    instintivas para la formación de los sueños 1).
    Si aquellos sueños que exteriorizan deseos eróticos con-
    siguen aparecer inocentemente asexuales en su contenido
    manifiesto, ello no puede suceder más que de una sola mane-
    ra. El material de representaciones sexuales no debe ser re-
    producido como tal, sino que tiene que ser substituído, en el
    contenido del sueño, por indicaciones o alusiones, pero a di-
    ferencia de otros casos de representación indirecta, la usada
    en el sueño es despojada de la comprensibilidad inmediata.
    Nos hallamos, pues, en el sueño, ante una representación por
    medio de símbolos, los cuales son objeto de especial interés
    desde que se ha observado que los sujetos que hablan un
    mismo idioma, se sirven, en sus sueños, de símbolos idénti-
    cos, y también que esta comunidad traspasa, en algunos casos,
    las fronteras del lenguaje. Dado que los que sueñan no cono-
    cen la significación de los símbolos por ellos empleados, se
    nos presenta al principio envuelta en tenebrosa oscuridad la
    procedencia de su relación con aquello que indican y repre-
    sentan. Mas el hecho mismo es indudable y posee enorme
    importancia para la técnica de la interpretación de los sueños,
    pues mediante el conocimiento del simbolismo onírico se hace
    posible comprender el sentido de elementos aislados del con-
    tenido del sueño, de trozos del mismo, o a veces de sueños
    enteros, sin necesidad de interrogar al sujeto sobre sus aso-
    ciaciones libres. Nos acercamos, de este modo, al ideal po-
    pular de una traducción de los sueños, y retrocedemos, por


    1)Véase la «Teoría sexual» que antecede.

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    otro lado, a la técnica interpreta-
    tiva de los antiguos pueblos,
    cuya interpretación de los sueños era idéntica a la que se
    lleva a cabo por medio del simbolismo.
    Aun cuando los estudios sobre los símbolos del sueño se
    hallan muy lejos todavía de un resultado definitivo, podemos
    ya establecer con seguridad toda una serie de afirmaciones
    generales y datos particulares que las confirman. Existen
    símbolos que pueden interpretarse casi siempre del mismo
    modo. Así, el emperador y la emperatriz (rey y reina) repre-
    sentan a los padres; las habitaciones son símbolos de la mujer,
    y sus accesos significan las aberturas del cuerpo humano. La
    mayoría de los símbolos oníricos sirve para la representación
    de personas, partes del cuerpo y actos que poseen un interés
    erótico. Particularmente los genitales pueden ser representa-
    dos por una gran cantidad de símbolos, con frecuencia sor-
    prendentes en extremo. Los más diversos objetos son em-
    pleados para la designación simbólica de los genitales. Cuan-
    do agudas armas y objetos alargados y rígidos, tales como
    troncos de árbol o bastones, representan los genitales mas-
    culinos, y armarios, cajas, coches o estufas, los femeninos,
    el tertium comparationis, lo común de tales sustituciones, nos
    es inmediatamente comprensible; mas no en todos los símbo-
    los nos es tan fácil la aprehensión de las relaciones de enlace.
    Símbolos como el de la escalera o del subir, para el comer-
    cio sexual, el de la corbata, para el miembro masculino, y el
    de la madera, para el órgano femenino, excitan nuestra duda
    en tanto que no llegamos por otros caminos al conocimiento
    de las relaciones simbólicas. Además, muchos de los símbolos
    del sueño son bisexuales y pueden referirse a los genitales
    masculinos o a los femeninos, según el contexto en que se
    hallen incluídos.
    Existen símbolos de difusión universal, que se hallan en
    los sueños de todos los individuos pertenecientes a un mis-
    mo grado de civilización o que hablan un mismo idioma, y
    otros de limitadísima aparición individual que han sido forma-
    dos por el sujeto aislado, utilizando su material de represen-
    taciones propio. Entre los primeros, se distinguen aquellos

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    cuya aspiración a representar lo sexual se halla suficiente-
    mente justificada por los usos del idioma (por ejemplo, los
    símbolos procedentes de la agricultura: reproducción, semi-
    lla) y otros cuya relación con lo sexual parece alcanzar a los
    más antiguos tiempos y a las más oscuras profundidades de
    la formación de nuestros conceptos. La fuerza creadora de
    símbolos no ha desaparecido aún en nuestros días. Puede
    observarse que determinados descubrimientos modernos
    (tales como los globos dirigibles) son elevados en el acto a
    la categoría de símbolos sexuales de empleo universal.

    Será equivocado esperar que un más fundamental cono-
    cimiento del simbolismo del sueño (del «lenguaje de los sue-
    ños»), nos permita prescindir de interrogar al sujeto por sus
    asociaciones y nos conduzca de nuevo y por completo a la téc-
    nica de la antigua interpretación de los sueños. Aparte de los
    símbolos individuales y de las variantes en el empleo de los
    universales, no se sabe nunca si un elemento del sueño debe
    interpretarse simbólicamente o conforme a su verdadero sen-
    tido, y se sabe, en cambio, con seguridad, que no todo el
    contenido del sueño debe interpretarse simbólicamente. El
    conocimiento del simbolismo del sueño nos proporcionará tan
    sólo la traducción del algunos componentes del contenido
    manifiesto, pero no hará innecesarias las reglas técnicas an-
    tes expuestas. En cambio, constituirá el más importante me-
    dio auxiliar de la interpretación en aquellos casos en que fal-
    tan, o son insuficientes, las ocurrencias del sujeto.

    El simbolismo del sueño resulta también imprescindible
    para la inteligencia de los llamados sueños «típicos» de los
    hombres y de los sueños «repetidos» del individuo aislado.
    Si el estudio de la forma expresiva simbólica del sueño ha
    resultado demasiado incompleto en esta breve exposición,
    ello está justificado por un hecho que pertenece a los más
    importantes entre los que con estos problemas se relacionan.
    El simbolismo onírico va mucho más allá de los sueños. No
    pertenece a ellos como cosa propia, sino que domina de igual
    manera la representación en las fábulas, mitos y leyendas,
    en los chistes y en el folklore, permitiéndonos descubrir las

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    relaciones íntimas del sueño con estas producciones. Mas
    debemos tener en cuenta que no constituye un producto de
    la elaboración del sueño, sino que es una peculiaridad–pro-
    bablemente de nuestro pensamiento inconsciente–que pro-
    porciona a dicha elaboración el material para la condensa-
    ción, el desplazamiento y la dramatización 1).


    1)Sobre el simbolismo de los sueños se hallarán otros datos en
    los antiguos libros sobre la interpretación de los mismos (Artemidoro
    de Daldis, Scherner, “Das Leben des Traumes”, 1861), y además, en
    nuestra obra «La interpretación de los sueños» (tomos VI y VII de esta
    edición castellena), en los trabajos mitológicos de la escuela psicoana-
    lítica y, ante todo, en los trabajos de W. Stekel («Die Sprache des
    Traumes» 1911).