Los sueños1901-001/1929.es
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    Si conceptuamos el contenido del sueño como la exposi-
    ción de un deseo realizado y atribuímos su oscuridad a las
    transformaciones impuestas por la censura al material repri-
    mido, no nos será ya muy difícil deducir la función del sueño.
    En extraña oposición a las opiniones corrientes, que conside-
    ran los sueños como perturbadores del reposo del durmiente,
    tenemos que reconocer que los sueños son los
    protectores del dormir. Para los sueños infanti-
    les será fácilmente aceptada nuestra afirmación.

    El niño concilia el sueño obedeciendo a una decisión de
    dormir, que le es impuesta por una autoridad exterior o es
    hecha surgir espontáneamente en él por sensaciones de fati-
    ga. Mas para que tal decisión llegue a cumplirse, es impres-
    cindible la ausencia de toda excitación que pudiera impulsar
    al aparato psíquico hacia fines distintos del de dormir. Los
    medios que sirven para alejar las excitaciones externas nos
    son a todos conocidos. ¿Mas cuáles son, en cambio, aquellos
    de que disponemos para mantener dominadas las excitacio-
    nes psíquicas internas que se oponen a la conciliación del
    sueño? Obsérvese a una madre que duerme a su hijo. El niño
    manifiesta sin cesar deseos o necesidades, quiere otro beso,
    le gustaría jugar un ratito más. Estos deseos son satisfechos
    en parte, y en parte aplazados, por la autoridad materna,
    para el día siguiente. Es indudable que los deseos o las nece-
    sidades en actividad, constituyen un obstáculo a la concilia-
    ción del sueño. ¿Quién no conoce la divertida historia del
    niño caprichoso, que despertándose a media noche, grita des-

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    de su cama: «Quiero el rinoceronte?» Un niño
    más juicioso, en vez de despertarse y alborotar, hubiera
    soñado que jugaba con el deseado animal. El sueño, que
    muestra cumplido el deseo, goza de completo crédito mien-
    tras el sujeto duerme, y haciendo cesar durante este tiem-
    po el impulso optativo, consigue que el reposo no se interrum-
    pa. No puede negarse que la imagen del sueño es aceptada
    como verdadera, pues se reviste con la apariencia de una
    percepción y el niño no posee la facultad, que se adquiere
    más tarde, de distinguir entre fantasía, alucinación y realidad.

    El adulto sabe ya establecer esta diferenciación; ha com-
    prendido también la inutilidad del desear y ha aprendido, tras
    de largos esfuerzos, a aplazar sus impulsos hasta que la
    transformación de las circunstancias exteriores facilite su rea-
    lización. Esta experiencia del adulto hace que sean muy raras
    en él las realizaciones de deseos por el corto camino psíqui-
    co del sueño y hasta es posible que no se presenten nunca y
    que todo lo que en nuestros sueños aparece formado confor-
    me al patrón de los infantiles precise de una mucho más com-
    plicada solución. En cambio, en el adulto—y sin excepción
    alguna, en todo hombre de plena capacidad mental—se ha
    formado una diferenciación del material psíquico, que no
    existía en el niño, constituyéndose una instancia psíquica, que
    instruída por la experiencia de la vida, ejerce con celosa se-
    veridad una influencia dominadora y coercitiva sobre los sen-
    timientos anímicos y posee, por su posición con respecto a
    la conciencia y a la movilidad contingente, los máximos me-
    dios de potencia psíquica. Una parte de los sentimientos in-
    fantiles ha sido reprimida, como inútil para la vida, por esta
    instancia, y todo el material de ideas que de dicha parte se
    deriva, se halla en estado de represión.

    Mientras la instancia en la que reconocemos nuestro Yo
    normal, se doblega al deseo de dormir, parece obligada, por
    las condiciones psicofisiológicas del sueño, a perder parte de
    la energía con la que durante el día mantenía a raya a lo re-
    primido. Esta negligencia es, sin embargo, totalmente ino-
    cente: los impulsos del alma infantil reprimida pueden, sin

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    peligro alguno, seguir agitándose, pues a consecuencia del
    mismo estado del sueño hallarán dificultado el acceso a la
    conciencia y cerrado el que conduce a la movilidad. Mas hay
    que evitar que perturben el sueño. Llegados a este punto, te-
    nemos que arriesgar la hipótesis de que hasta en el más pro-
    fundo sueño se mantiene vigilante un cierto acervo de libre
    atención, como centinela contra las excitaciones sensoriales
    que a veces consideran más conveniente despertar al sujeto
    que dejarle proseguir su sueño. De no ser así, sería inexpli-
    cable el hecho de que siempre nos despiertan excitaciones
    sensoriales de una determinada cualidad, cosa que ya
    hizo notar el antiguo fisiólogo Burdach. Así, la madre des-
    pierta siempre al menor sollozo de su hijo pequeño; el moli-
    nero, en el momento en que su molino para de andar; y la
    mayoría de las personas, a su nombre pronunciado en voz
    baja. Esta vigilante atención se dirige también hacia las exci-
    taciones optativas internas, procedentes de lo reprimido, y
    forma con ellas el sueño, que a modo de transacción, satisfa-
    ce simultáneamente a ambas instancias, creando una especie
    de desahogo psíquico para el deseo reprimido o formado con
    ayuda de lo reprimido, representándolo como realizado, y ha-
    ciendo posible, al mismo tiempo, el reposo. Nuestro Yo gus-
    ta en esto de conducirse como un niño y presta fe a las imá-
    genes del sueño, como si quisiera decir: Sí; tienes razón,
    pero déjame dormir. El desprecio con que una vez despiertos
    miramos nuestros sueños y que fundamos en su confusión y
    su aparente falta de lógica, no es probablemente más que el
    juicio que nuestro Yo durmiente hace recaer sobre los senti-
    mientos procedentes de lo reprimido, juicio, que más razona-
    blemente que el que formamos ya despiertos, se funda en la
    impotencia motora de tales perturbadores del sueño. Este
    juicio despectivo se nos hace a veces consciente en el sueño
    mismo; así cuando el contenido del sueño traspasa excesiva-
    mente la censura, pensamos: No es más que un sueño–y
    seguimos durmiendo.

    No hay objeción posible contra esta hipótesis, aunque
    también en los sueños existan casos extremos en los cuales

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    no pueden ya llevar a cabo su función de proteger el reposo
    –por ejemplo, en los sueños de angustia, pesadillas–y tie-
    nen que cambiarla por otra, la de interrumpirlo a tiempo. Con
    esto, no hacen más que conducirse como el más concienzu-
    do vigilante nocturno, que cumple su deber intentando pri-
    mero hacer cesar las perturbaciones, para evitar que se inte-
    rrumpa el sueño de los vecinos, pero que continúa fiel a su
    cometido al despertarlos en el momento en que las causas
    del disturbio le parecen sospechosas y no logra hacerlas ce-
    sar por su sola intervención.

    Esta función del sueño se nos muestra con especial clari-
    dad cuando el durmiente experimenta un estímulo sensorial.
    El hecho de que las excitaciones sensoriales producidas du-
    rante el sueño influyen sobre el contenido del mismo, es ge-
    neralmente conocido, ha sido demostrado experimentalmen-
    te, y pertenece a los escasos resultados seguros de la inves-
    tigación médica del sueño, a los cuales se ha concedido, sin
    embargo, un exagerado valor. Pero a este descubrimiento se
    lia ligado un problema no resuelto hasta el día. El estímulo
    sensorial que el experimentador hace actuar sobre el dur-
    miente, no es acertadamente reconocido en el sueño, sino que
    sucumbe a una interpretación cualquiera, cuya determinación
    parece abandonada al capricho psíquico. Mas sabemos que
    no existe una tal arbitrariedad psíquica. El durmiente puede
    reaccionar de muy diversos modos a un estímulo sensorial
    exterior. O se despierta, o consigue, a pesar de todo, prose-
    guir durmiendo. En el último caso, puede servirse del sueño
    para suprimir la excitación exterior, y esto también de muy
    diversos modos. Puede, por ejemplo, llevár a cabo tal supre-
    sión soñando hallarse en una situación totalmente incompati-
    ble con el estímulo excitante. Así, un sujeto, cuyo reposo
    nocturno corría peligro de ser perturbado por el dolor de un
    absceso que padecía en el periné, soñó que iba a caballo, sir-
    viéndole de silla de montar la cataplasma que se le había
    puesto para mitigar sus molestias, y de este modo, logró su-
    perar la excitación producida. O también–y esto es lo más
    frecuente–experimenta el estímulo exterior un cambio de

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    sentido, que le incluye en el contexto de un deseo reprimido
    que espía su realización. Tal cambio de sentido despoja en-
    tonces, al estímulo, de su realidad, y lo trata como un frag-
    mento del material psíquico. De este género es el ejemplo
    siguiente: Un individuo sueña que ha escrito una comedia,
    en la que defiende una determinada tesis. La obra es repre-
    sentada en el teatro, y acaba de terminar el primer acto, con
    clamoroso éxito. Los aplausos ensordecen… En este sueño,
    el durmiente debió conseguir prolongar su reposo más allá
    de la perturbación, pues al despertar no oyó ya ruido algu-
    no, pero juzgó, muy razonablemente, que debían de haber
    sacudido o vareado un tapiz o un colchón en las cercanías de
    su cuarto. Los sueños que se producen inmediatamente an-
    tes de que un intenso ruido despierte al durmiente, han in-
    tentado todos negar el esperado estímulo perturbador del re-
    poso, buscándole otra explicación, y retrasar así un poco
    más el momento de despertar.