S.
173
III
La seducción y sus consecuencias inmediatas
Nuestras primeras sospechas se orientaron, como era na-
tural, hacia la institutriz inglesa durante cuya estancia en la
finca había surgido la alteración del carácter del niño. El suje-
to comunicó dos recuerdos encubridores, incomprensibles en
sí, que a ella se referían. Tales recuerdos eran los siguientes:
En una ocasión en que la institutriz les precedía se había
vuelto hacia ellos y les había dicho: «Mirad mi colita». Y otra
vez, yendo en coche, el viento la había arrebatado el som-
brero, para máximo regocijo de los dos hermanos. Ambos
recuerdos aludían al complejo de la castración y permitían
arriesgar la hipótesis de que una amenaza dirigida por la
institutriz, al sujeto, hubiera contribuido considerablemente
a la génesis de su ulterior conducta anormal. No es nada pe-
ligroso comunicar tales hipótesis a los analizados, pues aun-
que sean erróneas no perjudican en nada al análisis, y claro
está que sólo las comunicamos cuando integran una posibili-
dad de aproximarnos a la realidad. Efecto inmediato de la
comunicación de esta hipótesis fueron unos cuantos sueños
cuya interpretación total no logramos alcanzar, pero que pa-
recían desarrollarse todos en derredor del mismo contenido.
Tratábase en ellos, en cuanto era posible comprenderlos, de
actos agresivos del niño contra su hermana o contra la insti-
tutriz y de enérgicos regaños y castigos recibidos a conse-
cuencia de tales agresiones. Como si hubiera querido… des-
pués del baño… desnudar a su hermana… quitarle las envol-
turas… o los velos… o algo semejante. No nos fué posibleS.
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desentrañar con seguridad el contenido de estos sueños, pero
la impresión de que en ellos era elaborado siempre el mismo
material en formas distintas nos reveló la verdadera condi-
ción de las supuestas reminiscencias en ellos integradas. No
podía tratarse más que de fantasías imaginadas por el sujeto
sobre su infancia, probablemente durante la pubertad, y que
ahora habían vuelto a emerger en forma difícilmente recono-
cible.Su significación se nos reveló luego, de una sola vez,
cuando el paciente recordó de pronto que, «siendo todavía
muy pequeño y hallándose aún en la primera finca», su her-
mana le había inducido a realizar actos de carácter sexual.
Surgió primero el recuerdo de que al hallarse juntos en el
retrete le invitaba a mostrarse recíprocamente el trasero, ha-
ciéndolo ella la primera, y poco después emergió ya la esce-
na esencial de seducción con todos sus detalles de tiempo y
lugar. Era en primavera y durante una ausencia del padre.
Los niños jugaban en el suelo en una habitación contigua a
la de su madre. La hermana le había cogido entonces el
miembro y había jugueteado con él mientras le contaba, como
para justificar su conducta, que la «chachas» hacía aquello
mismo con todo el mundo, por ejemplo, con el jardinero, al
que colocaba cabeza abajo y le cogía luego los genitales.Tales hechos nos facilitan la comprensión de las fantasías
antes deducidas. Estaban destinadas a borrar de la memoria
del sujeto un suceso que más tarde hubo de parecer ingrato
a su amor propio masculino y alcanzaron tal fin sustituyendo
la verdad histórica por un deseo antitético. Conforme a tales
fantasías no había desempeñado él con su hermana el papel
pasivo sino que, por el contrario, se había mostrado agresi-
vo, queriendo ver desnuda a su hermana y siendo rechazado
y castigado, lo cual había provocado en él aquellos accesos
de cólera de los que tanto hablaba la tradición familiar. Re-
sultaba también muy adecuado entretejer en estas fantasías a
la institutriz a la cual había sido atribuída por la madre y la
abuela la culpa principal de sus accesos de cólera. Tales
fantasías correspondían, pues, exactamente, a aquellas leyen-
das.S.
175
HISTORIALES CLINICOS
das con las cuales una nación ulteriormente grande y orgu-
llosa intenta encubrir la mezquindad de sus principios.En realidad, la institutriz no podía haber tenido en la se-
ducción y en sus consecuencias más que una participación
muy remota. Las escenas con la hermana se desarrollaron
durante la primavera inmediatamente anterior al verano du-
rante el cual quedaron encomendados los niños a los cuida-
dos de la inglesa. La hostilidad del niño contra la institutriz
surgió más bien de otro modo. Al insultar a la niñera lla-
mándola bruja, la institutriz quedó equiparada, en el ánimo
del sujeto, a su propia hermana, que había sido la primera en
contarle de su querida «chachas» cosas monstruosas e increí-
bles, y tal equiparación le permitió exteriorizar contra la in-
glesa la hostilidad que, según veremos luego, se había des-
arrollado en él contra su hermana a consecuencia de la se-
ducción.Interrumpiré ahora, por breve espacio, la historia infantil
de mi paciente para examinar la personalidad de su hermana,
su evolución y sus destinos ulteriores y la influencia que
sobre él ejerció. Le llevaba dos años y le precedió siempre
en el curso del desarrollo intelectual. Después de una niñez
indómita y marcadamente masculina, su inteligencia realizó
rápidos y brillantes progresos, distinguiéndose por su pene-
tración y su precisa visión de la realidad. Durante sus estu-
dios mostró predilección por las ciencias naturales, pero com-
ponía también poesías que el padre juzgaba excelentes. Muy
superior en inteligencia a sus numerosos pretendientes, solía
burlarse de ellos y nunca llegó a tomar en serio a alguno.
Pero recién cumplidos los veinte años comenzó a dar signos
de depresión, lamentándose de no ser suficientemente bonita,
y acabó eludiendo por completo el trato social. A su vuelta
de un viaje en compañía de una señora amiga de la familia
contó cosas absolutamente inverosímiles, tales como la de
haber sido maltratada por su acompañante, pero sin embargo
permaneció efectivamente fijada a ella. Poco después, en un
segundo viaje, se envenenó y murió lejos de su casa. Proba-
blemente su afección correspondía al comienzo de una de-S.
176
mencia precoz. Vemos en ella un testimonio de la evidente
herencia neuropática de la familia, y no ciertamente el único.
Un tío suyo, hermano de su padre, murió después de largos
años de una vida extravagante, de cuyos detalles podía de-
ducirse que padecía una grave neurosis obsesiva. Y muchos
parientes colaterales suyos mostraron y muestran trastornos
nerviosos menos graves.Para nuestro paciente, su hermana fué, durante toda su in-
fancia—dejando aparte el hecho de la iniciación sexual—una
peligrosa competidora en la estimación de sus padres, y su
superioridad, implacablemente ostentada, le agobió de con-
tinuo con su peso. La envidiaba sobre todo la admiración que
su padre mostraba ante sus capacidades, en tanto que él, in-
telectualmente cohibido por su neurosis obsesiva, tenía que
contentarse con una estimación mucho más tibia. A partir de
sus catorce años comenzaron a mejorar las relaciones de
ambos hermanos, pues su análoga disposición espiritual y su
común oposición contra los padres, acabaron por establecer
entre ellos una afectuosa camaradería. En la tormentosa ex-
citación sexual de su pubertad el sujeto intentó aproximarse
físicamente a su hermana, y cuando ésta le hubo rechazado
con tanta decisión como habilidad, se volvió en el acto hacia
una muchachita campesina que servía en la casa y llevaba el
mismo nombre que su hermana. Con ello dió un paso decisi-
vo para su elección heterosexual de objeto, pues todas las
muchachas de las que ulteriormente hubo de enamorarse,
con evidentes indicios de obsesión muchas veces, fueron
igualmente criadas cuya ilustración e inteligencia habían de
ser muy inferiores a las suyas. Ahora bien, si todos estos
objetos eróticos eran sustitutivos de su hermana, no conse-
guida, habremos de reconocer como factor decisivo de su
elección de objeto una tendencia a rebajar a su hermana y a
suprimir aquella superioridad intelectual suya que tanto le
había atormentado en un período de su vida.A motivos de este género, nacidos de la voluntad de po-
derío, del instinto de afirmación del individuo, ha subordina-
do también Alfredo Adler, como todo lo demás, la conductaS.
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HISTORIALES CLINICOS
sexual de los hombres. Sin llegar a negar la importancia de
tales motivos de poderío y privilegio, no he logrado tampoco
convencerme jamás de que puedan desempeñar el papel do-
minante y exclusivo que les es atribuido. Si no hubiera lle-
vado hasta el fin el análisis de mi paciente, la observación de
este caso me hubiera obligado a rectificar tales prejuicios en
el sentido propugnado por Adler. Pero el término de este
análisis trajo consigo, inesperadamente, nuevo material, del
cual resultó nuevamente que los motivos de poderío (en
nuestro caso la tendencia al rebajamiento) sólo habían deter-
minado la elección de objeto en el sentido de una aportación
y una racionalización, en tanto que la determinación autén-
tica y más profunda me permitió mantener mis convicciones
anteriores.El paciente manifestó que al recibir la noticia de la muerte
de su hermana no había experimentado el menor dolor. Im-
poniéndose signos exteriores de duelo, se regocijaba fría-
mente en su interior de haber llegado a ser el único heredero
de la fortuna familiar. Por esta época llevaba ya varios años
enfermo de su reciente neurosis. Pero confieso que este dato
me hizo vacilar durante mucho tiempo en el diagnóstico del
caso. Era de esperar, desde luego, que el dolor producido
por la pérdida de la persona más querida de su familia, que
dase inhibido en su exteriorización por el efecto continuado
de los celos que aquélla le inspiraba y por la intervención de
su enamoramiento incestuoso, reprimido e inconsciente. Pero
no me resignaba a renunciar al hallazgo de un sustitutivo de
la explosión de dolor inhibida. Por fin lo hallamos en una
manifestación afectiva que el sujeto no había logrado expli-
car. Pocos meses después de la muerte de su hermana, hizo
él un viaje a la ciudad donde la misma había muerto, buscó
en el cementerio la tumba de un gran poeta que por entonces
encarnaba su ideal y vertió sobre ella amargas lágrimas. A él
mismo le extrañó y le desconcertó tal reacción, pues sabía
que desde la muerte de aquel poeta por él venerado había
transcurrido ya más de un siglo y sólo la comprendió al re-
cordar que el padre solía comparar las poesías de la hermanaS.
178
muerta con las de aquel gran poeta. Un error cometido por el
sujeto en sus comunicaciones anteriores me facilitó ahora la
interpretación de aquel acto piadoso aparentemente dedicado
al poeta. Había manifestado, en efecto, varias veces, que su
hermana se había pegado un tiro, y tuvo luego que rectificar
diciendo ser más cierto que se había envenenado. Ahora
bien, el poeta llorado había muerto en un desafío a pistola.
Vuelvo ahora a la historia del hermano, que a partir de
aquí habré de exponer en forma más pragmática. Pudimos
fijar con precisión que la edad del sujeto, cuando su hermana
comenzó su iniciación sexual, era la de tres años y tres
meses. Las escenas descritas se desarrollaron, como ya
hemos dicho, en la primavera de aquel mismo año en que los
padres, al regresar en otoño de su viaje veraniego, encontra-
ron al niño completamente transformado. Habremos, pues, de
inclinarnos a relacionar dicha transformación con el despertar
de su actividad sexual acaecido en el intervalo.
¿Cómo reaccionó el niño a la seducción de su hermana
mayor? Con una decidida repulsa, como ya sabemos; pero
tal repulsa se refería tan sólo a la persona y no a la cosa. La
hermana no le era grata como objeto sexual, probablemente
porque su actitud ante ella se encontraba ya determinada en
un sentido hostil por su competencia en el cariño de los pa-
dres. Eludió, pues, sus tentativas de aproximación sexual
que no tardaron así en cesar por completo. Pero, en cambio,
trató de sustituir la persona de su hermana por otra más que
rida, y las revelaciones de aquélla, que había intentado justi-
ficar su proceder con el supuesto ejemplo de la «chacha»,
orientaron su elección hacia esta última. En consecuencia,
comenzó a juguetear con su miembro ante la «chacha», con-
ducta en la que hemos de ver una tentativa de seducción
como en la mayor parte de aquellos casos en los que los
niños no ocultan el onanismo. Pero la «chacha» le defraudó
poniendo cara seria y declarando que aquello no estaba bien
y que a los niños que lo hacían se les quedaba en aquel sitio
una «herida».
Los efectos de esta revelación, equivalente a una amena-S.
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za de castración, actuaron en muchas direcciones, en las
cuales habremos de seguir sus huellas. En primer lugar, su
cariño por la «chacha» experimentó con ello un rudo golpe.
En el momento mismo de su desilusión no pareció enfadado
con ella, pero más tarde, cuando empezaron sus accesos de
cólera, se demostró que la guardaba rencor. Ahora bien, uno
de los rasgos característicos de su conducta consistía en que
antes de abandonar una localización de su libido, imposible
de sostener por más tiempo, la defendía siempre tenazmen-
te; y así, cuando surgió en escena la institutriz e insultó a la
«chacha», echándola del cuarto y queriendo destruir su auto-
ridad, el sujeto exageró su cariño a la insultada y mostró su
desvío y su enfado contra la inglesa. Pero, de todos modos,
comenzó a buscar secretamente otro objeto sexual. La se-
ducción le había dado el fin sexual pasivo de que le tocaran
los genitales. Más adelante veremos de quién quería él con
seguirlo y qué caminos le condujeron a tal elección.Como era de esperar, sus primeras excitaciones sexuales
iniciaron su investigación sexual y no tardó en planteársele
el problema de la castración. Por esta época pudo observar
a dos niñas, su hermana y una amiguita suya, mientras esta-
ban orinando. Su penetración natural hubiera debido hacerle
deducir de esta percepción visual el verdadero estado de
cosas, pero en lugar de ello, se condujo en aquella forma que
ya nos es conocida por el análisis de otros niños. Rechazó la
idea de que tal percepción confirmaba las palabras de la
«chacha» en cuanto a la «herida» y se la explicó diciéndose
que aquello era «el trasero de delante» de las niñas. Pero tal
explicación no bastó para alejar de su pensamiento el tema
de la castración. En consecuencia, continuó extrayendo de
cuanto oía y veía alusiones a dicho tema, por ejemplo, cuan-
do la institutriz, muy dada a fantasías terroríficas, le dijo que
unas barritas de caramelo eran pedazos del cuerpo de una
serpiente, hecho que le recordó un relato de su padre, según
el cual, habiendo encontrado una culebra en un paseo por el
campo, la había matado cortándola en pedazos con su bastón;
o cuando le leyeron el cuento del lobo que quiso pescar pecesS.
180
en invierno, utilizando la cola como cebo, hasta que se le
heló y se le cayó al agua. Así, pues, daba vueltas en su-
samiento al tema de la castración, pero no creía aún en la
posibilidad de ser víctima de ella y, por lo tanto, no le-
raba miedo. Los cuentos que en esta época llegó a conocer
le plantearon otros problemas sexuales. En la «Caperucita
roja» y en las «Siete cabritas», los niños o las cabritas eran
extraídos del vientre del lobo. Consiguientemente, o el lobo
pertenecía al sexo femenino o también los varones podían
albergar niños en el vientre. Este problema no llegó a-
ner solución por aquella época. Además, durante el período
de esta investigación sexual, el lobo no le inspiraba aún
miedo.Una de las comunicaciones del paciente nos facilita la
comprensión de la alteración de su carácter surgida durante
la ausencia de sus padres y remotamente enlazada con la-
ducción. Cuenta que después de la repulsa y la amenaza de
la «chacha» abandonó muy pronto el onanismo. La vida
sexual iniciada bajo la dirección de la zona
genital había, pues, sucumbido a una inhi-
bición exterior cuya influencia la retro-
trajo a una fase anterior correspondiente
a la organización pregenital. A consecuencia
de esta represión del onanismo la vida sexual del niño tomó
un carácter sádico-anal, y el infantil sujeto se hizo irritable,
insoportable y cruel, satisfaciéndose en tal forma con los ani-
males y las personas. Su objeto principal fué su amada «cha-
cha» a la que sabía atormentar hasta hacerla llorar, vengán-
dose así de la repulsa recibida y satisfaciendo simultánea-
mente sus impulsos sexuales en la forma correspondiente a
la fase regresiva. Comenzó a hacer objeto de crueldades a
animales pequeños, cazando moscas para arrancarlas las
alas y pisoteando a los escarabajos, y se complacía en la idea
de maltratar también a animales más grandes, por ejemplo, a
los caballos. Tratábase, pues, de actividades plenamente sá-
dicas de signo positivo. Más tarde hablaremos de los impul-
sos anales correspondientes a esta época.
S.
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Facilitó grandemente el análisis el hecho de que en la me-
moria del paciente emergiera también el recuerdo de ciertas
fantasías correspondientes a la misma época, pero de un gé-
nero totalmente distinto, en las que se trataba de niños que
eran objeto de maltratos consistentes principalmente en gol-
pearles el pene. La personalidad de tales objetos anónimos
quedó aclarada por otra fantasía, en la que el heredero del
trono era encerrado en un calabozo y fustigado. El heredero
del trono era, evidentemente, el sujeto mismo. Resultaba,
pues, que en tales fantasías el sadismo primario de nuestro
paciente se había vuelto contra su propia persona, transfor-
mándose en masoquismo. El detalle de que los golpes reca-
yeran preferentemente sobre el miembro viril nos permite
concluir que en tal transformación intervino ya una concien-
cia de culpabilidad relacionada con el onanismo.El análisis no dejó lugar ninguno a dudas en cuanto a que
tales tendencias pasivas hubieron de emerger al mismo tiem-
po que las activas sádicas o inmediatamente después de
ellas 1). Así corresponde a la ambivalencia del enfer-
mo, extraordinariamente clara, intensa y persistente, que se
exteriorizó aquí por vez primera en el desarrollo idéntico de
los pares de instintos parciales antitéticos. Tal circunstancia
continuó luego siendo característica en el sujeto; tan carac-
terística como la anteriormente mencionada de que, en reali-
dad, ninguna de las posiciones de su libido desaparecía nunca
por completo al surgir otras distintas, sino que subsistía junto
a ellas, permitiéndole una continua oscilación que se demos-
tró inconciliable con la adquisición de un carácter fijo.Las tendencias masoquistas del sujeto nos conducen a un
punto distinto, cuya mención hemos omitido hasta ahora por-
que sólo el análisis de la fase inmediatamente ulterior nos lo
descubre con plena certeza. Dijimos que después de ser re-
chazado por la «chachá» el sujeto desligó de ella sus espe-1)Por tendencias pasivas entendemos aquellas que tienen un fin
sexual pasivo, pero sin referirnos con ello a una transformación de los
instintos, sino tan sólo de los fines.S.
POZ OLA gm; rig רמ wd
ranzas libidinosas y eligi6 otra persona como objeto sexual.
Pues bien, tal persona fué la de su padre, ausente por enton-
ces. A esta elección fué seguramente llevado por una coinci-
dencia de distintos factores, casuales muchos de ellos, como
el recuerdo del encuentro con la serpiente, a la que habia
partido en pedazos. Pero, ante todo, renovaba con ella su
primera y mds primitiva elecciôn de objeto llevada a cabo,
correlativamente al narcisismo del nifio pequefio, por el cami-
no de la identificaciôn. Hemos 0100 ya que el padre habia
sido su ideal y que al preguntarle lo que queria ser acostum-
braba a responder que un sefior como su papå. Este objeto de
identificaciôn de su tendencia activa pas⑥ a ser, en la fase
sådico-anal el objeto sexual de una tendencia pasiva. Parece
como si la seduccién de que su hermana le habia hecho obje-
to le hubiera impuesto el papel pasivo y le hubiera dado un
fin sexual pasivo. Bajo la influencia continuada de este suce-
so recorriô luego el camino desde la hermana y pasando por
la «chacha> hasta el padre, o sea, desde la actitud pasiva con
respecto a la mujer hasta la actitud pasiva con respecto al
hombre, hallando ademås en él un enlace con su fase evolu-
tiva espontånea anterior. El padre volvi⑥ asi a ser su objeto;
la identificación quedó sustituida, como correspondía a un
estadio superior de la evoluciôn, por la elecciôn de objeto; y
la transformaciôn de la actitud activa en una actitud pasiva
fué el resultado y el signo de la seducciôn acaecida en el in-
tervalo: En la fase sådica no le habria sido, naturalmente, tan
fácil llegar a una actitud activa con respecto al padre prepo-
tente. Cuando el padre regresó a finales de verano o princi-
pios de otoño, los accesos de cólera del niño hallaron una
nueva finalidad. Contra la «chacha» habían servido para fines
sádicos activos; contra el padre perseguían propósitos maso-
quistas. Exteriorizando su maldad obligaba al padre a casti-
garle y pegarle, esto es, a procurarle la deseada satisfacción
sexual masoquista. Así, pues, sus accesos de cólera no eran
sino tentativas de seducción. Correlativamente a la motiva-
ción del masoquismo hallaba también en tales castigos la sa-
tisfacción de su sentimiento de culpabilidad. Recuerdo cómo== ⑱② 一
S.
183
HISTORIALES CLINICOS
en uno de tales accesos de cólera redobló sus gritos al ver
acercarse a su padre. Pero el padre no le pegó, sino que in-
tentó apaciguarle jugando a la pelota con la almohada de su
camita.No sé con cuánta frecuencia tendrían sus padres ocasión
de recordar esta relación típica ante la inexplicable conducta
del niño. El niño que se conduce tan indómitamente confiesa
con toda evidencia que desea atraerse un castigo. Busca si-
multáneamente en la corrección el apaciguamiento de su con-
ciencia de culpabilidad y la satisfacción de sus tendencias
sexuales masoquistas.La ulterior aclaración de nuestro caso la debemos a la
precisa emergencia del recuerdo de que todos los síntomas
de angustia y miedo se agregaron a la alteración del carácter
justamente después de un cierto suceso. Antes del mismo el
sujeto no había sentido nunca miedo y sólo después de él
comenzó ya a atormentarle. Fué posible fijar exactamente la
fecha de este cambio en los días inmediatamente anteriores
a aquel en que cumplió los cuatro años. La época infantil de
la que hemos de ocuparnos queda así dividida por este punto
de referencia en dos fases: un primer período de maldad y
perversidad, desde la seducción, acaecida cuando el sujeto
tenía tres meses, hasta su cuarto cumpleaños, y otro, sucesi-
vo y más prolongado, en el que predominan los signos de la
neurosis. Y el suceso que nos permite llevar a cabo esta
división no es un trauma exterior sino un sueño del que el
sujeto despertó presa de angustia.
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Historia de una neurosis infantil1918-004/1932.es
1918-004/1932.es/3