• S.

    167

    II

    Exposición general

    No me es posible exponer el historial de mi paciente en
    forma puramente histórica ni tampoco en forma puramente
    pragmática; no puedo desarrollar exclusivamente una histo-
    ria del tratamiento ni tampoco una historia de la enfermedad
    sino que me veo obligado a combinar ambas entre sí. Como
    es sabido, no hemos hallado aún medio alguno de que la ex-
    posición de un análisis refleje y lleve al ánimo del lector la
    convicción de él resultante. Tampoco un acta detallada del
    curso de las sesiones del tratamiento resolvería tal problema,
    y además la técnica psicoanalítica excluye su redacción ante
    el enfermo. En consecuencia, no publicamos estos análisis
    para convencer a quienes hasta ahora se han mostrado
    opuestos a nuestras teorías, sino para procurar nuevos datos
    a aquellos investigadores a quienes una labor directa con
    los enfermos ha llevado ya a una convicción.

    Empezaré por describir el ambiente en que el sujeto vivió
    de niño y comunicar aquella parte de su historia infantil que
    me fué dado averiguar desde un principio sin gran esfuerzo
    y que luego no logró en varios años complemento ni aclara-
    ción ningunos.

    Sus padres se habían casado jóvenes y fueron felices
    hasta que las enfermedades empezaron a ensombrecer su
    vida, pues la madre contrajo una afección abdominal y el
    padre empezó a sufrir accesos de depresión que le obligaron
    a ausentarse del hogar familiar. La calidad psíquica de la do-
    lencia paterna hizo que el sujeto no se diese cuenta de ella

  • S.

    168

    hasta mucho después. En cambio, sí se le reveló en años
    muy tempranos el mal estado de salud de su madre, que la
    impedía ocuparse asiduamente de sus hijos. Un día, segura-
    mente antes de cumplir los cuatro años, la oyó quejarse al
    médico de sus dolencias, y tan impresas se le quedaron sus
    palabras, que muchos años después las repitió literalmente,
    aplicándolas a sus propios trastornos. No era hijo único,
    pues tenía una hermana dos años mayor que él, precozmen-
    te inteligente y perversa, que desempeñó un importantísimo
    papel en su vida.

    Por su parte, se hallaba encomendado a los cuidados de
    una niñera, mujer del pueblo anciana ya y nada instruída,
    que le consagraba infatigable ternura, pues constituía para
    ella el sustituto de un hijo que había perdido en edad tem-
    prana. La familia vivía en una finca durante el invierno, y
    pasaba en otra los veranos. El día en que sus padres vendie-
    ron las dos fincas y se trasladaron a la ciudad cercana a
    ambas, dividió en dos períodos la infancia del sujeto. Duran-
    te el primero solían pasar largas temporadas con ellos, en al-
    guna de las fincas, distintos parientes: los hermanos del
    padre, las hermanas de la madre, con sus hijos, y los abue-
    los maternos. Durante el verano sus padres solían ausentar-
    se por unas cuantas semanas. Un recuerdo encubridor le
    mostraba al lado de su niñera contemplando cómo se alejaba
    el coche que conducía a sus padres y a su hermana, y vol-
    viendo luego tranquilamente a casa cuando el carruaje se
    hubo perdido de vista. En la época de este recuerdo debía
    de ser aún muy pequeño 1). Al verano siguiente sus padres
    dejaron también en casa a su hermana, y tomaron una insti-
    tutriz inglesa, a la que encomendaron la guarda de ambos
    niños.

    En años posteriores, sus familiares le relataron muchos
    detalles de su infancia, de los cuales ya recordaba él espon-
    táneamente algunos, aunque no pudiera situarlos en fechas


    1)Dos años y medio. En este caso fué posible determinar fija-
    mente casi todas las fechas.

  • S.

    – 169 –

    determinadas o relacionados entre sí. Uno de estos recuer-
    dos, repetidamente evocados por sus familiares con ocasión
    de su ulterior enfermedad, nos da a conocer ya el problema
    cuya solución habrá de ocuparnos. Según él, el sujeto había
    sido, al principio, un niño apacible y dócil, hasta el punto de
    que los suyos se decían que él había debido ser la niña y su
    hermana mayor el niño. Pero al regresar sus padres de una
    de sus excursiones veraniegas, le hallaron completamente
    cambiado. Se mostraba descontento, excitable y rabioso;
    todo le irritaba y, en tales casos, gritaba y pateaba salvaje-
    mente. Ello sucedió en aquel mismo verano en que los niños
    quedaron confiados a la institutriz inglesa, la cual demostró
    ser una mujer arbitraria e insoportable, y aficionada además
    a la bebida. En consecuencia, la madre se inclinó a atribuir
    a su influjo la alteración del carácter de su hijo, suponiendo
    que la forma en que le había tratado era la causa de su exci-
    tación. La abuela materna, que había pasado el verano con
    los niños, opinó, en cambio, con mayor clarividencia, que la
    irritabilidad de su nieto había sido provocada por la discordia
    surgida entre la inglesa y la niñera, pues la institutriz había
    insultado varias veces a la anciana criada, llamándola bruja,
    y la había echado repetidamente de la habitación donde los
    niños estaban. En estas escenas el niño se había puesto
    siempre al lado de su amada «chachas», y había mostrado su
    odio a la institutriz. En consecuencia, la inglesa fué despedi-
    da a poco de volver los padres, pero su desaparición no mo-
    dificó ya la excitación del niño.

    El paciente conserva el recuerdo de esta ingrata época.
    Afirma que el primero de aquellos accesos de cólera surgió en
    él por no haber recibido dobles regalos el día de Nochebuena,
    que era, al mismo tiempo, su cumpleaños. Sus exigencias y
    su insoportable susceptibilidad no perdonaban siquiera a su
    «chachas», a la que quizá atormentaba más que a nadie. Pero
    esta fase de alteración de su carácter aparece indisolublemen-
    te enlazada en sus recuerdos con muchos otros fenómenos
    singulares y morbosos que no acierta a ordenar cronológica-
    mente. De este modo, confunde todos los hechos a continua-
     

  • S.

    170

    ción expuestos, que no pudieron ser simultá-
    neos, y resultan,
    además, contradictorios, en un solo y único período: el de
    «cuando todavía estaba en la primera finca», de la cual sa-
    lieron, según cree, poco después de cumplir él los cinco años.
    Relata así haber padecido por entonces intensos miedos que
    su hermana aprovechaba para atormentar-
    le. Había en la casa
    un libro de estampas, una de las cuales representaba a un
    lobo andando en dos pies. Cuando el sujeto veía aquella es-
    tampa comenzaba a gritar, enloquecido por el miedo de que
    el lobo se fuese a él y le comiese, y la hermana sabía arre-
    glárselas de modo que la encontrase a cada paso, gozándose
    en su terror. También otros animales grandes y pequeños le
    daban miedo. Una vez corría detrás de una mari-
    posa amari-
    lla, intentando cogerla, cuando, de repente, le invadió un in-
    tenso miedo a aquel animal y se echó a llorar, abando-
    nando
    su persecución. También los escarabajos y las orugas le daban
    miedo y asco. Pero recordaba, al mismo tiempo, que algunas
    veces se gozaba en atormentarles, cortándo-
    los en pedazos.
    Los caballos le inspiraban igualmente cierto temor. Cuando
    veía pegar a alguno de estos animales gritaba temero-
    so, y
    en una ocasión tuvieron que sacarle del circo por este mis-
    mo
    motivo. Pero otras veces le era grato imaginar que él mismo
    pegaba a un caballo. Su memoria de tales hechos no era lo
    bastante precisa para permitirle discernir si estas modali-
    dades
    contradictorias de su conducta para con los animales fue-
    ron realmente simultáneas o se sustituyeron sucesivamente
    unas a otras y en qué orden. No podía tampoco decir si este
    período de excitación fué sustituído por una fase de enferme-
    dad o se prolongó a través de esta última. De todos modos,
    las confesiones que siguen justifican la hipóte-
    sis de que en
    aquellos años padeciera una evidente neurosis obsesiva.
    Contaba, en efecto, que durante un largo período se había
    mostrado extraordinariamente piadoso. Antes de dormir-
    se
    tenía que rezar largo rato y santiguarse innumerables veces,
    y muchas noches daba la vuelta a la alcoba con una silla,
    en la que se subía para besar devotamente todas las esta-
    mpas religiosas que colgaban de las paredes. Con este piado-

  • S.

    171

    so ceremonial no armonizaba en absoluto-
    o quizá armoniza-
    ba muy bien-otro recuerdo, referente a la misma época,
    según el cual se complacía muchas veces en pensamientos
    blasfemos que surgían en su imaginación como inspirados
    por el demonio. Así, cuando pensaba en Dios, asociaba au-
    tomáticamente a tal concepto las palabras «cochino» o «ba-
    sura». En el curso de un viaje a un balneario alemán se vió
    atormentado por la obsesión de pensar en la Santísima Tri-
    nidad cada vez que veía en el camino tres montones de es-
    tiércol de caballo o de otra basura cualquiera. Por entonces
    llevaba también a cabo un singular ceremonial cuando veía
    gente que le inspiraba compasión: mendigos, inválidos y an-
    cianos. En tales ocasiones tenía que espirar ruidosamente el
    aire aspirado, con lo cual creía conjurar la posibilidad de
    verse un día como ellos, o, en otras circunstancias, retener
    durante el mayor tiempo posible el aliento. Naturalmente, me
    incliné a suponer que estos síntomas, claramente correspon-
    dientes a una neurosis obsesiva, pertenecían a un período y
    a un grado evolutivo posteriores al miedo y a las crueldades
    contra los animales.

    Los años ulteriores del paciente se caracterizaron por una
    profunda alteración de sus relaciones afectivas con su padre
    al que, después de repetidos accesos de depresión, le era im-
    posible ocultar los aspectos patológicos de su carácter. En
    los primeros años de su infancia tales relaciones habían sido,
    en cambio, extraordinariamente cariñosas y así lo recordaba
    claramente el sujeto. El padre le quería mucho y gustaba de
    jugar con él, que, por su parte, se sentía orgulloso de su
    progenitor y manifestaba su deseo de llegar a ser algún día
    «un señor como su papá». La «chacha» le había dicho que
    su hermana era sólo de su madre y en cambio él, sólo de su
    padre, revelación que le llenó de contento. Pero al término
    de su infancia, los lazos afectivos que a su padre le unían,
    desaparecieron casi por completo, pues le irritaba y le entris-
    tecía verle preferir claramente a su hermana. Posteriormente,
    su relación filial quedó regida por el miedo al padre como fac-
    tor dominante.

  • S.

    – 172 –

    Prof. S. Freud

    Hacia los ocho años desaparecieron todos los fenómenos
    que el paciente integraba en aquella fase de su vida que se
    inició con la alteración de su carácter. No desaparecieron
    bruscamente, sino que fueron espaciándose cada vez más
    hasta desvanecerse por completo, proceso que el sujeto atri-
    buye a la influencia de los maestros y profesores que sustitu-
    yeron a su servidumbre femenina. Vemos, pues, que los pro-
    blemas cuya solución se plantea en este caso al análisis son,
    a grandes trazos, los de descubrir de dónde provino la súbita
    alteración del carácter del niño, qué significación tuvieron su
    fobia y sus perversidades, cómo llegó a su religiosidad obse-
    siva y cuál es la relación que enlaza a todos estos fenóme-
    nos. Recordaré de nuevo que nuestra labor terapéutica se
    refería directamente a una ulterior enfermedad neurótica re-
    ciente y que sólo era posible obtener algún dato sobre aque-
    llos problemas anteriores cuando el curso del análisis nos
    distraía por algún tiempo del presente obligándonos a dar un
    rodeo a través de la prehistoria infantil del sujeto.