• S.

    265

    IX

    Síntesis y problemas

    No sé si mis lectores habrán conseguido formarse, con la
    exposición hasta aquí desarrollada del análisis de este caso,
    una idea clara de la génesis y la evolución de la enfermedad
    de mi paciente. Temo que no haya sido así. Pero aunque en
    general no suelo defender mi arte expositiva, en este caso
    he de alegar circunstancias atenuantes. La descripción de
    fases tan tempranas y tan profundas de la vida anímica cons-
    tituye una tarea jamás emprendida hasta ahora, y a mi juicio
    es mejor llevarla a cabo imperfectamente que no huir ante
    ella, huída que habría de traer consigo, además, determina-
    dos peligros. Vale más, por lo tanto, demostrar valientemente
    que la conciencia de nuestras inferioridades no ha bastado
    para apartarnos de tan ardua labor.

    Por otra parte, el caso no era especialmente favorable. La
    posibilidad de estudiar al niño por medio del adulto, a la
    cual debimos la riqueza de datos sobre la infancia, hubo de
    ser pagada con una ingrata fragmentación del análisis y las
    consiguientes imperfecciones de la exposición. La idiosincra-
    sia del paciente y los rasgos de carácter que debía a su na-
    cionalidad, distinta de la nuestra, hicieron muy trabajosa la
    empatía, y el contraste entre su personalidad, afable y dócil,
    de aguda inteligencia y pensamiento elevado, y su vida ins-
    tintiva, totalmente indomada, nos impuso una prolongada
    labor preparatoria y educativa que dificultó la visión de con-
    junto. Pero de aquel carácter del caso que más arduos pro-
    blemas hubo de plantear a su exposición, es totalmente irres-

  • S.

    266

    ponsable el paciente. Hemos conseguido diferenciar, en la
    psicología del adulto, los procesos anímicos en conscientes e
    inconscientes y describir claramente ambas especies. En
    cambio, tratándose del niño, es dificilísima tal distinción,
    siéndonos casi imposible diferenciar lo consciente de lo in-
    consciente. Procesos que han llegado a predominar y que
    por su conducta ulterior han de ser considerados equivalen-
    tes a los conscientes, no lo han sido sin embargo nunca en
    el niño. No es difícil comprender por qué: Lo consciente no
    ha adquirido todavía en el niño todos sus caracteres, se halla
    en pleno desarrollo y no posee aún la capacidad de concre-
    tarse en representaciones verbales. La confusión de que re-
    gularmente nos hacemos culpables entre el fenómeno de
    emerger en la conciencia como percepción y la pertenencia a
    un sistema psíquico supuesto, que podíamos denominar en
    una forma cualquiera convencional, pero al que nos hemos
    decidido a llamar también conciencia, es absolutamente ino-
    cente en la descripción psicológica del adulto, pero puede
    inducirnos en graves errores cuando se trata de la psicología
    infantil. Tampoco la introducción del sistema «preconsciente»
    nos presta aquí ningún auxilio, pues el sistema preconscien-
    te del niño no coincide obligadamente con el del adulto. Ha-
    bremos, pues, de satisfacernos con darnos clara cuenta de
    la obscuridad reinante en este terreno.

    Es indudable que un caso como el que aquí describimos
    podría dar pretexto a discutir todos los resultados y proble-
    mas de la psicoanálisis, pero ello constituirá una labor inter-
    minable y absolutamente injustificada. Hemos de decirnos
    que un solo caso no puede proporcionarnos todos los cono-
    cimientos y soluciones deseados y habremos de contentarnos
    con utilizarlo en aquellos aspectos que más claramente nos
    muestre. En general, la labor explicativa de la psicoanálisis
    es harto limitada. Lo único que ha de explicar son los sínto-
    mas, descubriendo su génesis, pues en cuanto a los mecanis-
    mos psíquicos y los procesos instintivos a los que así somos
    conducidos, no se tratará de explicarlos, sino de describirlos.
    Para extraer de las conclusiones sobre estos dos últimos pun-
    tos.

  • S.

    267

    tos, nuevas generalidades, son necesarios muchos casos
    como el presente, correcta y profundamente analizados. Y no
    es fácil encontrarlos, pues cada uno de ellos representa el
    trabajo de muchos años. En este terreno sólo muy lentamen-
    te puede progresarse. No será, pues, imposible la tentación
    de contentarse con «rascar» ligeramente la superficie psíqui-
    ca de un cierto número de sujetos y sustituir la labor restan-
    te por la especulación situada bajo el signo de una cualquier
    doctrina filosófica. En favor de este procedimiento pueden
    alegarse necesidades prácticas, pero las necesidades científi-
    cas no quedan satisfechas con ningún subrogado.
    Voy a intentar una revisión sintética de la evolución
    sexual de mi paciente, partiendo de los más tempranos indi-
    cios. Lo primero que de él averiguamos es la perturbación de
    su apetito, la cual interpretaremos, apoyándonos en otros
    casos, pero con máximas reservas, como el resultado de un
    proceso de carácter sexual. La primera organización sexual
    aprehensible es, para nosotros, aquella a la que hemos cali-
    ficado de «oral» o «caníbal» y en la que la excitación sexual
    se apoya aún en el instinto de alimentación. No esperaremos
    hallar manifestaciones directas de esta fase; pero sí indicios
    de ella en las perturbaciones eventualmente surgidas. La
    perturbación del instinto de alimentación, que naturalmente
    puede tener también otras causas, nos demuestra entonces
    que el organismo no ha podido llegar a dominar la excitación
    sexual. El fin sexual de esta fase no podía ser más que el ca-
    nibalismo, la ingestión de alimentos; en nuestro paciente tal
    fin se exterioriza, por regresión desde una fase superior, en
    el miedo a ser devorado por el lobo. Este miedo hubimos de
    traducirlo por el de servir de objeto sexual a su padre. Sabí-
    do es que en años posteriores—tratándose de muchachas, en
    la época de la pubertad o poco después—existe una neurosis
    que expresa la repulsa sexual por medio de la anorexia, de
    biendo ser relacionada, por lo tanto, con esta fase oral de la
    vida sexual. En el punto álgido del paroxismo amoroso («¡Te
    comería!») y en el trato cariñoso con los niños pequeños, en
    en el cual el adulto se comporta también como un niño, surge

  • S.

    268

    de nuevo el fin erótico de la organización oral. Ya hemos ex-
    puesto en otra ocasión la hipótesis de que el padre de nues-
    tro paciente acostumbraba a dirigir a su hijo tales amenazas
    humorísticas, jugando con él a ser un lobo o un perro que
    iba a devorarle. El paciente confirmó tal sospecha con su
    singular conducta durante la transferencia. Cuantas veces re-
    trocedía ante las dificultades de la cura, refugiándose en la
    transferencia amenazaba con la devoración y luego con toda
    serie de maltratos, lo que constituía tan sólo una expresión
    de su cariño.

    Los usos del lenguaje han tomado de esta fase oral de la
    sexualidad determinados giros y califican así de «apetitoso»
    a un objeto erótico o de «dulce» a la persona amada. Recor-
    daremos aquí que nuestro pequeño paciente no quería comer
    más que cosas dulces. Las golosinas y los bombones repre-
    sentan habitualmente, en el sueño, caricias conducentes a la
    satisfacción sexual.

    Parece ser que a esta fase corresponde también (natural-
    mente en caso de perturbación) una angustia que emerge
    como miedo a la muerte y puede adherirse a todo aquello
    que es mostrado al niño como adecuado. En nuestro pacien-
    te fué utilizada para la superación de su anorexia e incluso
    para la supercompensación de la misma. El hecho de que la
    observación de la cópula de sus padres, de la que tantos
    efectos ulteriores hubieron de emanar, fuera anterior al pe-
    ríodo de anorexia nos descubre su posible fuente. Pode-
    mos quizá suponer que apresuró los procesos de la madura-
    ción sexual y desarrolló así efectos directos, aunque inapa-
    rentes.

    Sé también, naturalmente, que es posible explicar de otro
    modo más sencillo el cuadro sintomático de este período–el
    miedo al lobo y la anorexia–sin recurrir a la sexualidad ni a
    un estadio de organización pregenital. Quienquiera no vea
    inconveniente alguno en prescindir de los signos de la neu-
    rosis y de la continuidad de los fenómenos, preferirá sin
    duda tal explicación y nada podremos hacer para evitarlo. Es
    muy difícil llegar a conclusión alguna convincente sobre es-
    tos.

  • S.

    269

    tos comienzos de la vida sexual, por caminos distintos de los
    indirectos por nosotros utilizados.

    La escena con Gruscha (a los dos años y medio) nos
    muestra a nuestro infantil paciente al principio de una evolu-
    ción que puede ser calificada de normal, con la sola salvedad
    de su precocidad: identificación con el padre y erotismo ve-
    sical en representación de la masculinidad. Se halla por com-
    pleto bajo la influencia de la escena primordial. Hasta ahora
    hemos atribuido a la identificación con el padre un carácter
    narcisista, pero teniendo en cuenta el contenido de la escena
    primordial hemos de reconocer que corresponde ya al estadio
    de la organización genital. El genital masculino ha empezado
    a desempeñar su papel y lo continúa bajo la influencia de la
    seducción por la hermana.

    Pero experimentamos la impresión de que la seducción
    no sólo propulsa la evolución, sino que también la perturba
    y la desorienta, dándola un fin sexual pasivo, inconciliable en
    el fondo con la acción del genital masculino. Ante el primer
    obstáculo exterior, o sea la amenaza de castración de la
    «chacha» (a los tres años y medio), se derrumba la organi-
    zación genital, insegura todavía, y vuelve, por regresión, al
    estadio anterior de la organización sádico-anal, que en otro
    caso hubiera quizá transcurrido con indicios tan leves como
    en otros niños.

    La organización sádico-anal es fácil de reconocer como
    una continuación de la oral. La violenta actividad muscular
    en cuanto al objeto que la caracteriza, tiene su razón de ser
    como acto preparatorio de la ingestión, la cual desaparece
    luego como fin sexual. El acto preparatorio se convierte en
    un fin independiente. La novedad con respecto al estadio
    anterior consiste esencialmente en que el órgano pasivo, se-
    parado de la zona bucal, se desarrolla en la zona anal. De
    aquí a ciertos paralelos biológicos o a la teoría de las orga-
    nizaciones humanas pregenitales como residuos de dispositi-
    vos que en algunas especies zoológicas se conservan aún,
    no hay ya más que un paso. La constitución del instinto de
    investigación por la síntesis de sus componentes es también


  • S.

    270

    Prof. S. Freud

    característica de este estadio. El erotismo anal no se hace
    notar aquí claramente. Bajo la influencia del sadismo, el ex-
    cremento ha trocado su significación cariñosa por una signi-
    ficación ofensiva. En la transformación del sadismo en maso-
    quismo interviene un sentimiento de culpabilidad que indica
    procesos evolutivos desarrollados en esferas distintas de la
    sexual.

    La seducción prolonga su influencia manteniendo la pasi-
    vidad del fin sexual. Transforma ahora una gran parte del
    sadismo en masoquismo, su antítesis pasiva. Es dudoso que
    pueda atribuirse por entero a ella la pasividad, pues la reac-
    ción del niño de año y medio a la observación del coito fué ya
    pasiva. La coexcitación sexual se manifestó en una deposi-
    ción en la que también hemos de distinguir, de todos modos,
    un elemento activo. Al lado del masoquismo que domina su
    corriente sexual y se manifiesta en fantasías, sigue subsis-
    tente el sadismo, el cual se descarga en las crueldades de
    que el sujeto hace víctimas a los animales. Su investigación
    sexual comenzó a partir de la seducción y se ocupó esencial-
    mente de dos problemas: el de la procedencia de los niños y
    el de la posibilidad de la castración, entretejiéndose con las
    manifestaciones de sus instintos, y dirigiendo sus tendencias
    sádicas hacia los animales pequeños, como representantes
    de los niños pequeños.

    Hemos llevado la descripción hasta las proximidades del
    cuarto cumpleaños del sujeto, fecha en la cual el sueño de
    los lobos activa la observación del coito parental realizada al
    año y medio y hace que desarrolle a posteriori sus efectos.
    Los procesos que a partir de este momento se desarrollan
    escapan en parte a nuestra aprehensión y tampoco nos es po-
    sible describirlos satisfactoriamente. La activación de la ima-
    gen que ahora, en un estadio más avanzado de la evolución
    intelectual, puede ya ser comprendida, actúa como un suceso
    reciente, pero también como un nuevo trauma, como una
    intervención ajena análoga a la seducción. La organización
    genital interrumpida es continuada de nuevo, pero el progre-
    so realizado en el sueño no puede ser conservado. Sucede,

  • S.

    271

    más bien, que un proceso comparable tan sólo a una repre
    sión determina la repulsa de los nuevos descubrimientos y su
    sustitución por una fobia.

    La organización sádico-anal subsiste, pues, también en la
    fase ahora iniciada de la zoofobia, mezclándose a ella fenó
    menos de angustia. El niño continúa su actividad sádica al
    mismo tiempo que su actividad masoquista, pero reacciona
    con angustia a una parte de las mismas. La transformación
    del sadismo en su antítesis realiza, probablemente, en este
    período, nuevos progresos.

    Del análisis del sueño de angustia deducimos que la re
    presión se enlaza al descubrimiento de la castración. Lo nue
    vo es rechazado porque su admisión supondría la pérdida del
    pene. Una reflexión más detenida nos hace descubrir lo si
    guiente: Lo reprimido es la actitud homosexual en el sentido
    genital, que se había formado bajo la influencia del descubri
    miento. Pero tal actitud permanece conservada para lo in
    consciente, constituyendo un estrato aislado y más profundo.
    El móvil de esta represión parece ser la virilidad narcisista
    de los genitales, la cual promueve un conflicto, preparado
    desde mucho tiempo atrás, con la pasividad del fin sexual
    homosexual. La represión es, por lo tanto, un resultado de
    la masculinidad.

    Nos inclinaríamos quizá a modificar, desde este punto de
    partida, toda una parte de la teoría psicoanalítica. Parece, en
    efecto, evidente, que es el conflicto entre las tendencias mas
    culinas y las femeninas, o sea la bisexualidad, lo que engen
    dra la represión y la producción de la neurosis. Pero esta
    deducción es incompleta. Una de las dos tendencias sexuales
    en conflicto se halla de acuerdo con el yo, pero la otra con
    traría el interés narcisista, y sucumbe por ello a la represión.
    Así, pues, también es en este caso el yo la instancia que des
    encadena la represión en favor de una de las tendencias se
    xuales. En otros casos no existe un tal conflicto entre la mas
    culinidad y la feminidad, habiendo tan sólo una tendencia
    sexual que quiere ser admitida, pero que tropieza con deter
    minados poderes del yo y es, por lo tanto, rechazada. Más

  • S.

    272

    frecuentes que los conflictos nacidos dentro de la sexualidad
    misma son los que surgen entre la sexualidad y las tendencias
    morales del yo. En nuestro caso falta un tal conflicto moral.
    La acentuación de la bisexualidad como motivo de la repre-
    sión sería, por lo tanto, insuficiente, y en cambio, la del con-
    flicto entre el yo y la libido, explica todos los procesos.
    A la teoría de la «protesta masculina», tal y como la ha
    desarrollado Adler, se puede objetar que la represión no toma
    siempre el partido de la masculinidad en contra de la femini-
    dad. Pues en toda una serie de casos es la masculinidad la
    que queda sometida a la represión por el mandamiento del yo.
    Además, una detenida investigación del proceso de la re-
    presión en nuestro caso negaría que la masculinidad narci-
    sista fuera el único motivo. La actitud homosexual nacida
    durante el sueño es tan intensa que el yo del pequeño sujeto
    no consigue dominarla y se defiende de ella por medio de la
    represión, auxiliado tan sólo por la masculinidad narcisista
    del genital. Sólo para evitar interpretaciones erróneas, hare-
    mos constar que todas las tendencias narcisistas parten del
    yo y permanecen en él y que las represiones recaen sobre
    cargas de objeto libidinosas. Pasaremos ahora desde el pro-
    ceso de la represión, cuya exposición exhaustiva no hemos
    quizá logrado, al estado resultante del sueño. Si hubiera sido
    realmente la masculinidad la que hubiese vencido a la homo-
    sexualidad (feminidad) durante el proceso del sueño, tendría-
    mos que hallar como dominante una tendencia sexual activa
    de franco carácter masculino. Pero no hallamos el menor in-
    dicio de ella; lo esencial de la organización sexual no ha su-
    frido cambio alguno y la fase sádico-anal subsiste y continúa
    siendo la dominante. La victoria de la masculinidad se mues-
    tra tan sólo en que el sujeto reacciona con angustia a los
    fines sexuales pasivos de la organización predominante (ma-
    soquistas, pero no femeninos). No existe ninguna tendencia
    sexual masculina victoriosa, sino tan sólo una tendencia pa-
    siva y una resistencia contra la misma.
    Imagino las dificultades que plantea al lector la precisa
    distinción inhabitual, pero imprescindible, de activo-mascu-
     

  • S.

    273

    lino y pasivo-
    femenino, y no ahorraré, por lo tanto, repeti-
    ciones. El estado ulterior al sueño puede, pues, ser descrito
    en la siguiente forma: Las tendencias sexuales han quedado
    disociadas; en lo inconsciente ha sido alcanzado el estadio de
    la organización genital y se ha constituido una homosexuali-
    dad muy intensa. Sobre ella subsiste (virtualmente en lo cons-
    ciente) la anterior tendencia sexual sádica y predominante-
    mente masoquista; y el yo ha cambiado por completo de ac-
    titud en cuanto a la sexualidad, se halla en plena repulsa
    sexual y rechaza con angustia los fines masoquistas predo-
    minantes, como antes reaccionó a los más profundos, homo-
    sexuales, con la génesis de una fobia. Así, pues, el resultado
    del sueño no fué tanto la victoria de una corriente masculina
    como la reacción contra una corriente femenina y otra pasiva.
    Sería harto forzado adscribir a esta reacción el carácter de
    la masculinidad, pues el yo no integra corrientes sexuales,
    sino tan sólo el interés de su propia conservación y del man-
    tenimiento de su narcisismo.

    Examinemos ahora la fobia. Ha nacido en el nivel de la
    organización genital y muestra el mecanismo, relativamente
    sencillo, de una histeria de angustia. El yo se protege, por
    medio del desarrollo de angustia, de aquello en lo que ve un
    peligro poderoso, o sea de la satisfacción homosexual. Pero
    el proceso de la represión deja tras de sí una huella evidente.
    El objeto al que se ha enlazado el fin sexual temido tiene que
    hacerse representar por otro ante la conciencia, y de este
    modo, lo que llega a hacerse consciente no es el miedo al
    padre, sino el miedo al lobo. Pero la produc-
    ción de la fobia no se satisface con este solo contenido, pues el lobo
    queda sustituido, tiempo después, por el león. Con las ten-
    dencias sádicas contra los animales pequeños concurre una
    fobia a ellos como representantes de los competidores del
    sujeto, esto es, de los hermanitos que su madre puede darle.
    La génesis de la fobia a la mariposa es especialmente inte-
    resante, constituyendo como una repetición del mecanismo
    que engendró en el sueño la fobia al lobo. Un estímulo ca-
    sual activa una vivencia pretérita, la escena con Gruscha,

  • S.

    274

    cuya amenaza de castración se demuestra eficaz a posteriori,
    en tanto que al suceder realmente no causó impresión alguna
    al sujeto 1).

    Puede decirse que la angustia que entra en la formación
    de estas fobias es miedo a la castración. Esta afirmación no
    contradice la teoría de que la angustia surgió de la represión
    de la libido homosexual. En ambas afirmaciones aludimos al
    mismo proceso en el que el yo retrae de las tendencias opta-
    tivas homosexuales un montante de libido que queda conver-
    tido en angustia flotante y es enlazado luego a las fobias.
    Sólo que en la primera afirmación figura también el motivo
    que impulsa al yo.

    Una reflexión más detenida nos descubre que esta prime-
    ra enfermedad de nuestro paciente (dejando aparte la anore-
    xia) no se limita a la fobia, sino que ha de ser considerada
    como una verdadera histeria, a la que, además de los sínto-
    mas.

    1)La escena con Gruscha fué, como ya hemos hecho constar, un
    rendimiento mnémico espontáneo del sujeto, sin intervención alguna
    por parte del médico. La laguna que presentaba fué cegada por el aná-
    lisis en forma que podemos calificar de irreprochable si, en general,
    damos algún valor a la técnica psicoanalítica. Una explicación raciona-
    lista de esta fobia habría de limitarse a lo siguiente: No tiene nada de
    extraño que un niño predispuesto a la angustia sufra una vez, ante una
    mariposa amarilla, un acceso de miedo, probablemente a causa de una
    inclinación heredada al miedo. (Cf. Stanley Hall, A synthetic genetic
    study of fear. Amer. J. of Psychology XXV, 1914). Ignorante de esta
    causa, el sujeto buscaría un enlace de su miedo con algún suceso de su
    infancia y aprovecharía la identidad casual de los nombres y el retorno
    de las rayas amarillas para construir la fantasía de una aventura con
    aquella niñera cuyo recuerdo conservaba aún. Pero el hecho de que las
    circunstancias accesorias del suceso, inocente en sí, esto es, el acto de
    fregar y la presencia del cubo y la escobilla, muestran luego, en la vida
    ulterior del sujeto, el poder de determinar prolongada y obsesivamente
    su elección de objeto, otorga a la fobia a la mariposa una importancia
    incomprensible. La situación resulta así tan singular, por lo menos,
    como aquella a la que nosotros llegamos, y en consecuencia, la inter-
    pretación racionalista de la escena no nos procura ventaja ninguna. Así,
    pues, la escena con Gruscha se nos hace más valiosa porque podemos
    preparar en ella nuestro juicio sobre la escena primordial, menos se-
    gura.

  • S.

    275

    mas de angustia, corresponden fenómenos de conversión.
    Una parte de la tendencia homosexual es conservada en el
    órgano correspondiente, y el intestino se conduce a partir de
    este momento, e igualmente en la época ulterior, como un
    órgano histérico. La homosexualidad inconsciente y reprimi-
    da se ha refugiado en el intestino. Precisamente esta parte
    de histeria nos presta luego, en la solución de la enfermedad
    ulterior, los mejores servicios.

    No ha de faltarnos tampoco decisión para atacar las cir-
    custancias, más complicadas aún, de la neurosis obsesiva.
    Revisemos una vez más la situación: Tenemos una corriente
    sexual masoquista predominante, otra reprimida homosexual
    y un yo dominado por la repulsa histérica. ¿Cuáles son los
    procesos que transforman este estado en el de la neurosis
    obsesiva?

    La transformación no sucede espontáneamente, por evo-
    lución interna, sino que es provocada por una influencia ex-
    terna. Su resultado visible es que la relación con el padre, la
    cual había hallado hasta entonces una exteriorización en la
    fobia al lobo, se manifiesta ahora en una devoción obsesiva.
    No podemos dejar de consignar que el proceso que se des-
    arrolla en este paciente nos procura una inequívoca confir-
    mación de una de las hipótesis incluídas en «Totem y Tabú»
    sobre la relación del animal totémico con la divinidad 1).
    Afirmamos entonces que la representación de la divinidad no
    constituía un desarrollo del totem sino que surgía, indepen-
    dientemente de él y para sustituirlo, de la raíz común a am-
    bos. El totem sería la primera sustitución del padre, y el
    dios, a su vez, una sustitución ulterior en la que el padre
    volvía a encontrar su figura humana. Así lo hallamos también
    en nuestro paciente. Atraviesa, en la fobia al lobo, el estadio
    de la sustitución totémica del padre, que luego se interrumpe
    y es sustituído, a consecuencia de nuevas relaciones entre el
    sujeto y el padre, por una fase de fervor religioso.

    La influencia que provoca este cambio es la iniciación del


    1)«Totem y Tabú», tomo VIII de esta edición castellana.

  • S.

    276

    sujeto en las doctrinas de la religión y en la Historia sagrada,
    iniciación que alcanza los resultados educativos deseados. La
    organización sexual sádico-
    masoquista es llevada paulatina-
    mente a un fin; la fobia al lobo desaparece rápidamente, y
    en lugar de la repulsa temerosa de la sexualidad, surge una
    forma más elevada del sojuzgamiento de la misma. El fervor
    religioso llega a ser el poder dominante en la vida del niño.
    Pero estas superaciones no son conseguidas sin lucha, la
    cual se exterioriza en las ideas blasfemas y provoca una exa-
    geración obsesiva del ceremonial religioso.

    Prescindiendo de estos fenómenos patológicos podemos
    decir que la religión ha cumplido, en este caso, cuanto le
    corresponde en la educación del individuo. Ha domado las
    tendencias sexuales del sujeto, procurándolas una sublima-
    ción y una localización firmísima, ha desvalorizado sus rela-
    ciones familiares, y ha puesto fin con ello a un aislamiento
    peligroso, abriéndole el camino hacia la gran colectividad
    humana. El niño, salvaje antes y atemorizado, se hizo así
    sociable, educable y moral.

    El motor principal de la influencia religiosa fué la identifi-
    cación con la figura de Cristo, facilitada por el azar de su
    nacimiento en el día de Nochebuena. El amor a su padre,
    cuya exageración había hecho necesaria la represión, encon-
    tró, aquí, por fin, una salida, en una sublimación ideal. Sien-
    do Cristo, podía el sujeto amar a su padre, que era, por lo
    tanto, Dios, con un fervor que tratándose del padre terrenal
    no hubiera encontrado descarga posible. Los caminos por los
    cuales el sujeto podía testimoniar dicho amor le eran indica-
    dos por la religión y no se adhería a ellos la conciencia de
    culpabilidad inseparable de las tendencias eróticas individua-
    les. Si la corriente sexual más profunda, precipitada ya como
    homosexualidad inconsciente, podía aún ser depurada, la ten-
    dencia masoquista, más superficial, encontró, sin grandes re- nunciamientos, una sublimación incomparable en la historia
    de la pasión de Cristo, que para honrar y obedecer a su divi-
    no padre se había dejado martirizar y sacrificar. La religión
    cumplió así su obra en el pequeño descarriado mediante una

  • S.

    277

    HISTORIALES CLINICOS

    mezcla de satisfacción, sublimación y apartamiento de lo se
    xual por medio de procesos puramente espirituales, y facili
    tándole, como a todo creyente, una relación con la colectivi
    dad social.

    La resistencia inicial del sujeto contra la religión tuvo
    tres distintos puntos de partida. En primer lugar, conocemos
    ya, por otros ejemplos, su característica resistencia a toda
    novedad. Defendía siempre toda posición de su libido, impul
    sado por el miedo de la pérdida que había de traer consigo
    su abandono y desconfiando de la posibilidad de hallar una
    compensación en la nueva. Es ésta una importante peculiari
    dad psicológica fundamental de la que he tratado en mis
    «Tres ensayos para una teoría sexual», calificándola de capa
    cidad de fijación. Jung ha querido hacer de ella, bajo el
    nombre de «inercia» psíquica, la causa principal de todos los
    fracasos de los neuróticos. Equivocadamente, a mi juicio,
    pues va mucho más allá y desempeña también un papel prin
    cipalísimo en la vida de los sujetos no neuróticos. La movili
    dad o la adhesividad de las cargas de energía libidinosas o
    de otro género son caracteres propios de muchos normales y
    ni siquiera de todos los neuróticos. Hasta ahora no han sido
    relacionados con otros, siendo así como números primos sólo
    por sí mismos divisibles. Sabemos tan sólo que la movilidad
    de las cargas psíquicas disminuye singularmente con la edad
    del sujeto, procurándonos así una indicación sobre los límites
    de la influencia psicoanalítica. Pero hay personas en las cua
    les esta plasticidad psíquica traspasa los límites de edad y en
    cambio otras que la pierden en edad muy temprana. Tratán
    dose de neuróticos hacemos el ingrato descubrimiento de que,
    dadas condiciones aparentemente iguales, no es posible lo
    grar, en unos, modificaciones que en otros hemos consegui
    do fácilmente.

    Un segundo punto de ataque le fué procurado por el
    hecho de que las mismas doctrinas religiosas no tienen, como
    base, una relación unívoca con respecto a Dios Padre sino
    que se desarrollan bajo el signo de la ambivalencia que pre
    sidió su génesis. El sujeto advirtió pronto esta ambivalencia,

  • S.

    278

    descubrimiento en el que le ayudó mucho la suya propia, tan
    desarrollada, y enlazó a ella aquellas penetrantes críticas que
    tanto nos maravilló hallar en un niño de cinco años. Pero el
    factor más importante fué, desde luego, un tercero, a cuya
    acción hubimos de atribuir los resultados patológicos de su
    pugna contra la religión. La corriente que le impulsaba hacia
    el hombre y que había de ser sublimada por la religión, no
    estaba ya libre, sino acaparada en parte por la represión y
    con ello sustraída a la sublimación y ligada a su primitivo fin
    sexual. Merced a esta conexión, la parte reprimida tendía a
    abrirse camino hacia la parte sublimada o a rebajarla hasta
    sí. Las primeras cavilaciones relativas a la personalidad de
    Cristo contenían ya la pregunta de si aquel hijo sublime
    podía también satisfacer la relación sexual con el padre tal y
    como la misma se conservaba en lo inconsciente del sujeto.
    La repulsa de esta tendencia no tuvo otro resultado que el
    de hacer surgir ideas obsesivas, aparentemente blasfemas,
    en las cuales se imponía el amor físico a Dios bajo la forma
    de una tendencia a rebajar su personalidad divina. Una vio-
    lenta pugna defensiva contra estos productos de transacción
    hubo de llevar luego al sujeto a una exageración obsesiva de
    todas aquellas actividades en las cuales había de encontrar la
    devoción, el amor puro a Dios, un exutorio trazado de ante-
    mano. Por último, triunfó la religión, pero su base instintiva
    se demostró incomparablemente más fuerte que la adhesivi-
    dad de sus sublimaciones, pues en cuanto la vida procuró al
    sujeto una nueva sustitución del padre, cuya influencia se
    orientó en contra de la religión, fué ésta abandonada y susti-
    tuída por otra cosa. Recordemos aún la interesantísima cir-
    cunstan-
    cia de que el fervor religioso surgiera bajo la influen-
    cia de las mujeres (la madre y la niñera) y fuera en cambio
    una influencia masculina la que liberase de él al sujeto.

    La génesis de la neurosis obsesiva sobre la base de la
    organización sexual sádico-anal confirma por completo lo que
    en otro lugar hemos expuesto «sobre la disposición a la neu-
    rosis obsesiva». Pero la preexistencia de una intensa histe-
    ria hace menos transparente en este aspecto nuestro caso.

  • S.

    279

    HISTORIALES CLINICOS

    Cerraremos la revisión de la evolución sexual de nuestro pa-
    ciente arrojando alguna luz sobre las transformaciones ulte-
    riores de la misma. Con la pubertad surgió en él la corriente
    normal masculina, intensamente sexual y con el fin sexual
    correspondiente a la organización genital, corriente cuyos
    destinos hubieron de regir ya su vida hasta su ulterior enfer-
    medad. Esta corriente se enlazó directamente a la escena
    con Gruscha, tomó de ella el carácter de un enamoramiento
    obsesivo y tuvo que luchar con las inhibiciones emanadas de
    los residuos de las neurosis infantiles. El sujeto conquistó
    por fin la plena masculinidad con una violenta irrupción hacia
    la mujer. En adelante, conservó este objeto sexual, pero su
    posesión no le regocijaba, pues una intensa inclinación hacia
    el hombre, absolutamente inconsciente ahora y que reunía en
    sí todas las energías de las fases anteriores, le apartaba de
    continuo del objeto femenino y le obligaba a exagerar, en
    los intervalos, su dependencia de la mujer. Durante el trata-
    miento se lamentó de que no podía resistir a las mujeres y
    toda nuestra labor tendió a descubrir su relación inconsciente
    con el hombre. Su infancia se había caracterizado por la os-
    cilación entre la actividad y la pasividad; su pubertad, por la
    dura conquista de la masculinidad; y el período de su enfer-
    medad, por la conquista del objeto de la corriente masculina.
    El motivo de su enfermedad no cuenta entre los «tipos de
    enfermedad neurótica» que hemos podido reunir, como casos
    especiales de la «privación», y nos advierte así la existencia
    de una laguna en dicha serie. El sujeto enfermó cuando una
    afección orgánica genital activó su miedo a la castración,
    hirió su narcisismo y le obligó a perder su confianza en una
    predilección personal del destino. Enfermó, pues, a causa de
    una «privación» narcisista. Esta prepotencia de su narcisismo
    armonizaba perfectamente con los demás signos de una evo-
    lución sexual inhibida, con el hecho de que su elección eróti-
    ca heterosexual no concentrase en sí, a pesar de toda su
    energía, más que muy pocas corrientes psíquicas y con el de
    que la actitud homosexual, mucho más cercana al narcisismo,
    se afirmase en él con tal tenacidad como poder inconsciente.

  • S.

    280

    Naturalmente, en semejantes perturbaciones, la cura psico-
    analítica no puede conseguir una transformación momentá-
    nea equivalente al resultado de una evolución normal, sino
    tan sólo suprimir obstáculos y hacer accesibles los caminos,
    para que las influencias de la vida puedan conseguir una
    evolución mejor orientada.

    Como particularidades de su psiquismo, descubiertas por
    la cura psicoanalítica, pero no del todo aclaradas y que, por
    lo tanto, no pudieron ser directamente influídas, señalaremos
    las siguientes: la tenacidad ya mencionada de la fijación, el
    extraordinario desarrollo de la inclinación a la ambivalencia
    y, como tercer rasgo de una constitución que hemos de cali-
    ficar de arcaica, la capacidad de mantener yuxtapuestas y
    capaces de función las cargas libidinosas más heterogéneas
    y contradictorias. Una constante oscilación entre las mismas,
    que durante mucho tiempo pareció excluir toda solución y
    todo progreso, domina el cuadro patológico de su enferme-
    dad ulterior, del cual sólo podemos dar aquí breves detalles.
    Era éste, sin duda alguna, un rasgo característico de su sis-
    tema inconsciente, que se había extendido en él hasta los
    procesos conscientes; pero el sujeto lo mostraba tan sólo en
    los resultados de los movimientos afectivos, pues en el terre-
    no puramente lógico revelaba más bien una especial habilidad
    para el descubrimiento de las contradicciones y las antítesis.
    De este modo, su vida anímica nos hacía una impresión se-
    mejante a la que nos produce la antigua religión egipcia, la
    cual nos resulta incomprensible porque conserva los estadios
    evolutivos junto a los productos finales.

    Terminamos aquí lo que nos proponíamos comunicar sobre
    este caso patológico. Sólo dos de los numerosos problemas
    que sugiere me parecen dignos de especial mención. El pri-
    mero se refiere a los esquemas filogénicos congénitos, los
    cuales cuidan, como «categorías» filosóficas, de la distribu-
    ción de las impresiones de la vida, y son, a mi juicio, residuos
    de la historia de la civilización humana. El complejo de Edipo,
    que comprende la relación del niño con sus padres, es el más
    conocido de estos esquemas. Allí donde las vivencias no se

  • S.

    281

    HISTORIALES CLINICOS

    adaptan al esquema hereditario, se inicia una elaboración de
    las mismas por la fantasía, labor que sería muy interesante
    perseguir individualmente. Precisamente estos casos son muy
    apropiados para demostrarnos la existencia independiente del
    esquema. Podemos observar, con frecuencia, que el esquema
    logra la victoria sobre la vivencia individual, como sucede en
    nuestro caso cuando el padre llega a ser el castrador y el pe-
    ligro que amenaza a la sexualidad infantil, a pesar de la exis-
    tencia de un complejo de Edipo totalmente inverso. Las con-
    tradicciones entre la vivencia y el esquema parecen procurar
    rico material a los conflictos infantiles.

    El segundo problema se halla próximo a éste, pero es
    mucho más importante. Considerando la conducta del niño
    de cuatro años ante la escena primordial reactivada (1) y re-
    cordando las reacciones, mucho más simples, del niño de año
    y medio, al presenciar dicha escena, no podemos rechazar la
    hipótesis de la actuación de una especie de conocimiento pre-
    vio, difícilmente determinable, semejante a una preparación a
    la comprensión (2). Es totalmente imposible imaginar en qué
    puede consistir este factor, y lo único que podemos hacer es
    compararlo al más amplio conocimiento instintivo de los ani-
    males.

    Si en el hombre existiera también un tal patrimonio ins-
    tintivo, no tendríamos por qué asombrarnos de que se refiera
    especialmente a los procesos de la vida sexual, aunque claro
    está que no habría de limitarse a ellos. Este elemento instin-
    tivo sería el nódulo de lo inconsciente, una actividad mental
    primitiva destronada y sustituída por la razón humana ulte-

    (1)Podemos prescindir de que tal conducta sólo veinte años des-
    pués pudiera ser concretada en palabras, pues todos los efectos que
    derivamos de la escena hubieron de exteriorizarse ya en la infancia y
    mucho tiempo antes del análisis, en forma de síntomas, obsesiones, et-
    cétera. En cuanto a este punto, es indiferente considerar la escena pri-
    mordial como una realidad o tan sólo como una fantasía primordial.

    (2)Debo acentuar de nuevo que estas reflexiones serían totalmen-
    te ociosas si el sueño y la neurosis no pertenecieran por sí mismos a la
    infancia.

  • S.

    282

    riormente adquirida, pero que conservaría muchas veces, y
    quizá en todos los casos, el poder de rebajar hasta su nivel
    procesos anímicos más elevados. La represión sería el retor-
    no a este estadio instintivo; el hombre pagaría con su capa-
    cidad para la neurosis aquella magna adquisición y testimo-
    niaría, con la posibilidad de las neurosis, de la existencia del
    grado primitivo anterior instintivo. La importancia de los tem-
    pranos sueños infantiles reposaría en que procurarían a este
    inconsciente una materia que le protegería de ser suprimido
    por la evolución ulterior.

    Sé que estas hipótesis que acentúan el factor hereditario,
    filogénicamente adquirido, de la vida anímica, han sido ya
    repetidamente propuestas, e incluso que existía cierta ten-
    dencia a concederlas un lugar en la investigación psicoanalí-
    tica. Por mi parte, sólo me parecen admisibles en el mo-
    mento en que la psicoanálisis llega a las huellas de lo heredi-
    tario después de haber penetrado a través de los estratos de
    lo individualmente adquirido 1).


    1)Adición en 1923: Reuniremos aquí la cronología de los sucesos
    mencionados en este historial:

    El sujeto nace el día de Nochebuena.

    Al año y medio: Malaria. Observación del coito de los padres o de
    aquella escena inocente en la que se hallaban juntos y en la que el su-
    jeto integró más tarde la fantasía del coito.

    Poco antes de los dos años y medio: Escena con Gruscha.

    A los dos años y medio: Recuerdo encubridor de la partida de los
    padres con la hermana. Le muestra sólo con la «chacha» y niega así a
    Gruscha y a la hermana.

    Antes de los tres años y tres meses: Lamentación de la madre ante
    el médico.

    A los tres años y tres meses: Comienzo de la seducción por su her-
    mana y, poco después, amenaza de castración por parte de la «chacha».

    A los tres años y medio: La institutriz inglesa. Comienzo de la alte-
    ración del carácter.

    A los cuatro años: Sueño de los lobos. Génesis de la fobia.

    A los cuatro años y medio: Influencia de la Historia sagrada. Emer-
    gencia de los síntomas obsesivos.

    Poco antes de los cinco años: Alucinación de la mutilación del dedo.

    A los cinco años: Partida de la primera finca.

  • S.

    283

    Después de los seis años: Visita al padre enfermo.
    A los ocho y a los diez años: Últimas explosiones de la neurosis ob-
    sesiva.

    Mi exposición habrá revelado al lector que el paciente era de nacio-
    nalidad rusa. Le di de alta, completamente curado, a mi juicio, pocas
    semanas antes de la inesperada explosión de la guerra mundial y no
    volví a verle hasta que los azares de la guerra abrieron a las potencias
    centrales el acceso a la Rusia meridional. Vino entonces a Viena y me
    informó de que inmediatamente después del término de la cura había
    surgido en él un impulso a libertarse de la influencia del médico. En
    unos cuantos meses de labor conseguimos luego dominar un último
    fragmento de la transferencia, no superado aún. Desde entonces, el pa-
    ciente, que había perdido en la guerra su patria, su fortuna y toda re-
    lación con sus familiares, se ha sentido normal y se ha conducido irre-
    prochablemente. Es muy posible que su misma desgracia haya contri-
    buído a afirmar su restablecimiento satisfaciendo su sentimiento de
    culpabilidad.