• S.

    249

    VIII

    Complementos de la época primordial
    y solución

    Sucede en muchos análisis, que al acercarnos a su térmi-
    no surge de pronto nuevo material mnémico cuidadosamente
    ocultado hasta entonces. O también que el sujeto lanza con
    acento indiferente una observación aparentemente nimia a la
    que luego se agrega algo que despierta ya la atención del
    médico hasta hacerle reconocer en aquel insignificante frag-
    mento de recuerdo la clave de los enigmas más importantes
    integrados en la neurosis del enfermo.

    En los comienzos del análisis había relatado mi paciente
    un recuerdo procedente de la época en que sus accesos de
    cólera terminaban en ataques de angustia. Dicho recuerdo
    era el de haber perseguido un día a una mariposa de grandes
    alas con rayas amarillas y terminadas en unos salientes pun-
    tiagudos, hasta que, de repente, al verla posada en una flor,
    le había invadido un miedo terrible a aquel animalito y había
    huído de él llorando y gritando.

    Este recuerdo volvió a surgir repetidamente en el análi-
    sis, demandando una explicación que en mucho tiempo no
    obtuvo. Habíamos de suponer, de antemano, que un tal deta-
    lle no había sido conservado por sí mismo en la memoria sino
    que representaba, en calidad de recuerdo encubridor, algo
    más importante con lo cual se hallaba enlazado en algún
    modo. El paciente explicó, un día, que en su idioma la pala-
    bra mariposa–babuschka–quería decir también «madrecita»,
    y que, en general, había visto siempre, en las mariposas,

  • S.

    250

    mujeres y muchachas, y en los insectos y las orugas, mucha-
    chos. Así, pues, en aquella escena de miedo debía de haber
    despertado el recuerdo de una mujer. Por mi parte, propuse
    la posibilidad de que las rayas amarillas de las alas de la
    mariposa le hubieran recordado el traje de una mujer deter-
    minada, solución totalmente errónea, como luego se verá,
    pero que no quiero silenciar, para demostrar, con un ejemplo,
    cuán poco contribuye en general la iniciativa del médico a la
    solución de los problemas planteados, siendo así totalmente
    injusto hacer responsable a su fantasía y a la sugestión por
    él ejercida sobre el paciente, de los resultados del análisis.

    A propósito de algo absolutamente distinto y muchos
    meses después, observó el paciente que lo que le había ins-
    pirado miedo había sido el movimiento de la mariposa, abrien-
    do y cerrando las alas, cuando estaba posada en la flor. Tal
    movimiento habría sido como el de una mujer al abrirse de
    piernas formando con ellas la figura de una V, o sea la de
    un cinco en número romanos, alusión a la hora en que desde
    sus años infantiles y todavía en la actualidad solía acometerle
    un acceso de depresión.

    Era ésta una ocurrencia en la que jamás hubiera yo caído
    y tanto más valiosa cuanto que el proceso de asociación en
    ella integrado presentaba un carácter absolutamente infantil.
    He observado, en efecto, con frecuencia, que la atención de
    los niños es más fácilmente captada por el movimiento que
    por las formas en reposo, y que los sujetos infantiles basan
    con gran frecuencia, en tales movimientos, asociaciones que
    nosotros los adultos no establecemos.

    Durante algún tiempo no volvió a surgir alusión ninguna
    a este pequeño problema. Haremos constar tan sólo la hipó-
    tesis de que los salientes puntiagudos de las alas de la mari-
    posa pudieran haber tenido la significación de símbolos ge-
    nitales.

    Al cabo de algún tiempo surgió en el sujeto una especie
    de recuerdo, tímido e impreciso, de que antes de la «chacha»
    debía de haber habido en la casa otra niñera que le quería
    mucho y cuyo nombre coincidía con el de su madre. Segura-

  • S.

    251

    mente el niño correspondió a su cariño, tratándose así de un
    primer amor perdido. No tardamos en sospechar, de consu-
    no, que a la persona de aquella primera niñera debía de en-
    lazarse algo que más tarde habría adquirido considerable
    importancia.

    Posteriormente rectificó el sujeto este recuerdo. Aquella
    niñera no podía haberse llamado como su madre, pero el
    hecho de haberlo creído así erróneamente probaba que en su
    memoria la había fundido con ella. Su verdadero nombre
    había surgido ahora en su memoria por un camino indirecto.
    Había recordado, de pronto, una habitación del piso alto de
    la primera finca, en la cual se almacenaba la fruta recogida y
    entre ella una cierta clase de peras de excelente sabor, muy
    grandes y con rayas amarillas en la cáscara. En su idioma,
    la palabra correspondiente a pera es «gruscha», y Gruscha
    era también el nombre de aquella niñera.

    Quedaba así claramente demostrado que detrás del re-
    cuerdo encubridor de la mariposa perseguida se escondía el
    de la niñera. Pero las rayas amarillas no pertenecían a su
    vestido sino a la cáscara de la pera que llevaba su mismo
    nombre. Ahora bien, ¿de dónde podía proceder el miedo
    emergido al ser activado su recuerdo? La hipótesis más pró-
    xima habría sido la de que el niño habría observado en ella
    por vez primera el movimiento de las piernas que había des-
    crito refiriéndolo a la V, signo del número cinco en la es-
    critura romana, movimiento que hace accesibles los genitales.
    Mas, por nuestra parte, preferimos ahorrarnos esta hipótesis
    y esperar la emergencia de nuevo material.

    No tardó, efectivamente, en surgir el recuerdo de una es-
    cena, harto incompleto, pero muy preciso. Gruscha estaba
    arrodillada en el suelo, teniendo a su lado un cubo lleno de
    agua y una escobilla de sarmientos, y se burlaba del niño o
    le reprendía.

    Los datos obtenidos en el curso del análisis nos permitie-
    ron cegar las lagunas que este recuerdo presentaba. Al prin-
    cipio del tratamiento, el sujeto me había hablado de uno de
    sus enamoramientos obsesivos, cuyo objeto había sido aque-
    -
     

  • S.

    252

    PROF. S. FREUD

    lla misma muchacha campesina que a sus dieciocho años le
    había contagiado la enfermedad en la cual habíamos de ver
    la causa incidental de su neurosis ulterior. En este primer pe-
    ríodo del análisis se había resistido, singularmente, a comu-
    nicar el nombre de aquella mujer, resistencia tanto más de
    extrañar cuanto que se presentaba aislada, pues el sujeto se
    mostraba generalmente dócil a los preceptos analíticos fun-
    damentales. Pero en cuanto a este detalle, se limitaba a afir-
    mar que le avergonzaba comunicar dicho nombre, por ser tan
    exclusivamente propio de las clases bajas, que ninguna mu-
    chacha distinguida se llamaba así. Tal nombre, que acabé por
    averiguar, era el de Matrona. Tenía, pues, un sonido mater-
    nal. La vergüenza que su evocación causaba al sujeto estaba
    claramente fuera de lugar. El hecho mismo de que sus ena-
    moramientos tuviesen siempre como objetos muchachas de
    las clases más bajas no le avergonzaba, y sí tan sólo aquel
    nombre. Si la aventura con Matrona integraba algún elemen-
    to común con la escena en la que Gruscha aparecía fregan-
    do, la vergüenza del sujeto podía referirse a este otro suceso
    anterior.

    En otra ocasión había dicho el paciente que la historia de
    Juan Huss le había impresionado mucho, quedando fija es-
    pecialmente su atención en los haces de sarmientos que el
    pueblo añadía a la pira en la que había de ser quemado.
    Ahora bien, la simpatía hacia Huss despierta en nosotros una
    determinada sospecha, pues la hemos hallado con frecuencia
    en pacientes juveniles y siempre hemos descubierto para ella
    idéntica explicación. Uno de tales pacientes había incluso
    compuesto un drama, cuyo argumento era la vida y muerte
    de Juan Huss, habiéndolo empezado a escribir el mismo día
    que le había arrebatado la mujer a la que amaba en secreto.
    La muerte en la hoguera hace de Huss, como de otros que
    sufrieron igual suplicio, un héroe preferido de aquellos suje-
    tos que padecieron de enuresis en su infancia. Nuestro pa-
    ciente enlazaba los haces de sarmiento de la hoguera de
    Huss con la escobilla que utilizaba la niñera para fregar.
    Todo este material permitió cegar fácilmente las lagunas


  • S.

    253

    HISTORIALES CLINICOS

    que presentaba el recuerdo de la escena con Gruscha. Al ver
    a la muchacha fregando el suelo, el sujeto se había puesto a
    orinar ante ella, que le dirigió entonces, segura-
    ma, una amenaza de castración 1).

    No sé si los lectores habrán adivinado ya el motivo que
    me ha impulsado a exponer tan detalladamente este episodio
    infantil 2). Establece, en efecto, un enlace importantísimo
    entre la escena primordial y la ulterior obsesión erótica que
    tan decisiva llegó a ser para los destinos del sujeto, introdu-
    ciendo además una condición erótica que explica dicha ob-
    sesión.

    Al ver a la muchacha fregando el suelo arrodillada y en
    una posición que hacía resaltar sus nalgas, volvió a encon-
    trar en ella la postura adoptada por su madre en la escena del
    coito. De este modo, la muchacha pasó a ser su madre, y la
    activación de aquella imagen pretérita 3) despertó en él una
    excitación sexual que le llevó a conducirse con la criada como
    el padre, cuya actividad no podía el
    niño haber comprendido, por entonces, más que como una
    micción. Su acto de orinar en el suelo fué, pues, realmente,
    una tentativa de seducción, y la muchacha respondió a él con
    una amenaza de castración, como si lo hubiera comprendi-
    do así.

    La obsesión emanada de la escena primordial se transfirió
    a esta escena con la Gruscha y siguió actuando merced al
    nuevo impulso en ella recibido. Pero la condición erótica ex-
    perimentó una modificación que testimonia de la influencia de

    1)Es singular que la reacción de la vergüenza aparezca tan ínti-
    mamente enlazada a la micción involuntaria (nocturna o diurna) y no
    igualmente, como era de esperar, a la incontinencia fecal. Pero la ex-
    periencia no deja en este punto lugar ninguno a dudas. También la re-
    lación regular de la incontinencia de orina con el fuego da qué pensar.
    Es posible que estas reacciones y relaciones constituyan precipitados
    de la historia de la civilización humana y más profundos que todos los
    residuos llegados hasta nosotros en el mito y en el folklore.

    2)A los dos años y medio, o sea entre la supuesta observación
    del coito y la seducción.

    3)Antes del sueño.

  • S.

    254

    La segunda escena, pues quedó transferida desde la postura
    de la mujer a su actividad en la misma. Esta modificación se
    nos hace evidente, por ejemplo, en el incidente con Matrona.
    El sujeto paseaba por el pueblo perteneciente a la finca (a la
    segunda) y vió, a la orilla de un estanque, una muchacha
    campesina que lavaba arrodillada en una piedra, enamorán-
    dose inmediatamente de ella, con violencia incoercible, aun-
    que ni siquiera había podido verla aún la cara. Su postura y
    su actividad la habían hecho ocupar el lugar de Gruscha.
    Comprendemos ahora cómo la vergüenza concomitante al
    contenido de la escena con Gruscha pudo luego enlazarse al
    nombre de Matrona.

    Otro acceso de enamoramiento sufrido por el sujeto en
    años anteriores muestra con mayor claridad aún la influencia
    coercitiva de la escena con Gruscha. Una joven campesina
    que servía en la casa había despertado su agrado desde tiem-
    po atrás, pero el sujeto había logrado siempre dominarse,
    hasta que un día se sintió profundamente enamorado al verla
    fregando el suelo, con el cubo de agua y la escoba a su lado,
    como aquella otra muchacha de su infancia.

    Hasta su misma definitiva elección de objeto, tan impor-
    tante para su vida ulterior, se demuestra, por ciertas circuns-
    tancias íntimas que nos es imposible detallar aquí, depen-
    diente de la misma condición erótica, esto es, como una ra-
    mificación de la obsesión que dominaba su elección amorosa,
    partiendo de la escena primordial y a través de la escena con
    Gruscha. Ya hemos observado en otro lugar la tendencia de
    nuestro paciente a rebajar a sus objetos amorosos, y hemos
    visto en ella una reacción contra el agobio de la superioridad
    de su hermana. Pero también prometimos, por entonces, de
    mostrar que tal motivo no había sido el único determinante,
    sino que encubría una determinación más profunda, por mo-
    tivos puramente eróticos. El recuerdo de la niñera fregando
    el suelo y rebajada así por lo menos en cuanto a la postura,
    nos descubrió tal motivación. Todos los objetos eróticos ul-
    teriores fueron sustituciones de éste, del cual la casualidad
    había hecho, a su vez, una primera sustitución de la madre.

  • S.

    255

    La primera ocurrencia del paciente ante el problema del
    miedo a la mariposa se nos revela a posteriori como una le-
    jana alusión a la escena primordial (la hora de las cinco). La
    relación de la escena de Gruscha con la amenaza de castra-
    ción quedó confirmada por un sueño singularmente significa-
    tivo cuya interpretación halló el mismo paciente. Dijo, en
    efecto: –He soñado que un hombre arrancaba las alas a una
    «abe». –¿A una «abe»?–le pregunté–. ¿Qué quiere usted
    decir con eso?– Sí; a ese insecto que tiene el cuerpo a rayas
    amarillas y cuyos aguijonazos son muy dolorosos. Tiene que
    ser una alusión a la Gruscha, a la pera con rayas amarillas.
    –A una abeja querrá usted decir–. ¡Ah! ¿Se llama abeja?
    Creía que el nombre era simplemente «abe». (El sujeto apro-
    vechaba, como otros muchos, su desconocimiento de mi
    idioma, para encubrir sus actos sintomáticos.) Pero entonces
    ese «abe» soy yo: A. B. (sus iniciales.) La «abe» es, natu-
    ralmente, una abeja mutilada, y el sueño manifiesta así, cla-
    ramente, que el sujeto se venga de la Gruscha por su ame-
    naza de castración.

    El acto realizado por el niño de dos años y medio en la
    escena con Gruscha es el primer efecto visible de la escena
    primordial; nos presenta al sujeto como una reproducción de
    su padre y nos descubre una tendencia evolutiva orientada
    en aquella dirección que más adelante habrá de merecer la
    calificación de masculina. Pero la seducción le reduce a una
    pasividad, preparada ya, de todos modos, por su conducta
    como espectador del comercio sexual entre sus padres.

    En este período del tratamiento experimentamos la im-
    presión de que la solución de la escena con Gruscha, esto
    es, de la primera vivencia que el sujeto podía recordar y
    había recordado sin que yo lo esperase ni le ayudara a ello,
    marcaba el término favorable de la cura, pues a partir de tal
    momento, desapareció toda resistencia y nuestra tarea quedó
    reducida a reunir datos y ajustarlos. La antigua teoría trau-
    mática, basada en impresiones de la terapia psicoanalítica,
    volvía de pronto a demostrarse valedera. Por puro interés
    crítico intenté todavía imponer al paciente, una vez más, una

  • S.

    256

    interpretación distinta y más admisible de su historia. Según
    ella, no se podía dudar de la realidad de la escena con Grus-
    cha, pero tal escena no supondría nada por sí misma y habría
    sido intensificada a posteriori, por regresión, por los sucesos
    de su elección de objeto, la cual se habría transferido desde
    su hermana a las criadas por el influjo de su tendencia a re-
    bajar al objeto erótico. En cambio, la observación del coito
    habría sido tan sólo una fantasía construida en años ulterio-
    res y cuyo nódulo histórico habría sido el hecho de haber
    presenciado cómo alguno de sus familiares se ponía una irri-
    gación o incluso el de haber sido él mismo objeto de ella.
    Algunos de mis lectores opinarán probablemente que sólo
    con esta hipótesis llegué a aproximarme en realidad a la com-
    prensión del caso. Pero el paciente me miró atónito y con
    cierto desprecio al exponerle yo tal interpretación y no volvió
    a reaccionar a ella. Por mi parte, ya he expuesto en páginas
    anteriores mis propios argumentos contra una tal racionali-
    zación.

    Ahora bien, la escena con Gruscha no contiene tan sólo
    las condiciones decisivas de la elección de objeto del pacien-
    te, preservándonos así del error de conceder un valor exce-
    sivo a la significación de la tendencia a rebajar a la mujer.
    Integra también una justificación de mi conducta anterior, al
    resistirme a ver la única solución posible en una referencia
    de la escena primordial a la observación de un coito animal,
    realizada por el sujeto poco antes de su sueño. La escena
    con Gruscha había emergido espontáneamente en la memo-
    ria del paciente, sin intervención ninguna por mi parte. El
    miedo ante la mariposa amarilla, que a ella hemos referido,
    demostró que había tenido un importante contenido o, por lo
    menos, que había sido posible adscribir a posteriori a su con-
    tenido una tal importancia. Tal contenido importante faltaba
    en la reminiscencia del sujeto, pero pudo ser descubierto e
    integrado en ella, completándola mediante las asociaciones
    que a ella enlazó el paciente y las conclusiones que de las
    mismas dedujimos. Resultó entonces que el miedo a la mari-
    posa era totalmente análogo al miedo al lobo, tratándose en

  • S.

    257

    HISTORIALES CLINICOS

    ambos casos de miedo a la castración, referido primero a
    la persona que había sido la primera en proferir la amenaza
    correspondiente y transferido luego a aquella otra a la cual
    había de enlazarse conforme al prototipo filogénico. La esce-
    na con Gruscha se había desarrollado teniendo el sujeto dos
    años y medio, y en cambio, aquella otra en la que había sen-
    tido miedo de la mariposa amarilla, era seguramente poste-
    rior al sueño de angustia. No era difícil comprender que el
    reconocimiento ulterior de la posibilidad de la castración
    había desarrollado a posteriori la angustia tomándola de la
    escena con Gruscha; pero esta escena misma no contenía
    nada repulsivo ni inverosímil, sino tan sólo detalles triviales
    de los que no había por qué dudar. Nada nos invitaba, pues,
    a reducirla a una fantasía del niño, ni tampoco parece posible
    hacerlo.

    Surge ahora la cuestión de si en el acto de orinar llevado
    a cabo por el niño ante la muchacha que fregaba el suelo
    arrodillada, podemos ver una prueba de excitación sexual.
    Tal excitación testimoniaría entonces de la influencia de una
    impresión anterior que podía ser, tanto la realidad de la es-
    cena primordial, como una observación de un coito animal
    realizada antes de los dos años y medio. ¿O acaso la situa-
    ción descrita era absolutamente inocente y por completo
    casual la micción del niño, habiendo sido ulteriormente se-
    xualizada la escena en su memoria después de haber reco-
    nocido como muy importantes otras situaciones análogas?

    Sobre este punto no me atrevo a sentar conclusión nin-
    guna. He de hacer constar que considero ya un alto mereci-
    miento de la psicoanálisis haber podido llegar a plantear se-
    mejantes interrogaciones. Pero no puedo negar que la escena
    con Gruscha, el papel que a la misma correspondió en el
    análisis y los efectos que de ella emanaron sobre la vida del
    sujeto, sólo quedan satisfactoriamente explicados admitiendo
    la realidad de la escena primordial, que, a otros efectos, no
    importa tanto considerar como una fantasía. Además, tal es-
    cena no integra en el fondo nada imposible y la hipótesis de
    su realidad es perfectamente conciliable con la influencia es-
     

  • S.

    258

    timulante de las observaciones hechas en los animales, a las
    cuales aluden los perros de ganado aparentes en el sueño.

    De esta conclusión poco satisfactoria pasaremos a otra
    cuestión que ya examinamos en nuestra «Introducción a la
    psicoanálisis». Quisiéramos saber si la escena primordial fué
    una fantasía o una vivencia real, pero el ejemplo de otros
    casos análogos nos muestra que, en último término, no es
    nada importante tal decisión. Las escenas de observación del
    coito entre los padres, de seducción en la infancia y de ame-
    nazas de castración, son, indudablemente, un patrimonio
    heredado, una herencia filogénica, pero pueden constituir
    también una propiedad adquirida por vivencia personal. En
    nuestro caso, la seducción del paciente por su hermana mayor
    era una realidad indiscutible. ¿Por qué no había de serlo tam-
    bién la observación del coito entre sus padres?

    Vemos, pues, en la historia primordial de la neurosis, que
    el niño recurre a esta vivencia filogénica cuando su propia
    vivencia personal no resulta suficiente. Llena las lagunas de
    la verdad individual con la verdad prehistórica y sustituye su
    propia experiencia por la de sus antepasados. En el recono-
    cimiento de esta herencia filogénica estoy de perfecto acuerdo
    con Jung («Psicología de los procesos inconscientes», 1917;
    obra que no pudo ya influir en absoluto sobre mi «Introduc-
    ción a la psicoanálisis»); pero creo erróneo, desde el punto
    de vista del método, recurrir a la filogenia antes de haber
    agotado las posibilidades de la ontogenia. No veo por qué
    se quiere negar a la prehistoria infantil una significación que
    se concede gustosamente a la ascendencia del sujeto. Es in-
    dudable que los motivos y los productos filogénicos precisan
    por sí mismos de una explicación que la infancia individual
    puede suministrarles en toda una serie de casos. Por último,
    no me asombra que la conservación de las mismas condicio-
    nes haga renacer orgánicamente en el individuo lo que dichas
    condiciones crearon en épocas anteriores y se ha transmitido
    luego hereditariamente como disposición a su nueva adqui-
    sición.]

    En el intervalo entre la escena primordial y la seducción

  • S.

    259

    HISTORIALES CLINICOS

    (entre el año y medio y los tres años y tres meses) hemos
    de interpolar aún al jornalero mudo que fué para el sujeto
    una sustitución del padre, como la Gruscha una sustitución
    de la madre. Creo injustificado hablar aquí de una tendencia
    al rebajamiento aunque hallamos representados a los dos ele-
    mentos de la pareja parental por personas ancilares. El niño
    se sobrepone a las diferencias sociales, que aún significan
    muy poco para él, y sitúa en el mismo plano que a sus padres
    a aquellas personas de inferior condición que también le de-
    muestran cariño. Tampoco interviene para nada esta tenden-
    cia en lo que se refiere a la sustitución de los padres por ani-
    males, pues el niño no tiene aún por qué sentir la inferiori-
    dad de los mismos.

    A la misma época pertenece también un obscuro indicio de
    una fase en la que el sujeto no quería comer más que golosi-
    nas, hasta tal punto que se llegó a temer por su salud. Le
    contaron entonces la historia de un tío suyo que se había ne-
    gado asimismo a comer y había muerto muy joven de pura
    debilidad, y le revelaron igualmente que a los tres meses de
    edad había estado él tan enfermo (¿de una pulmonía?) que ya
    le habían hecho una mortaja. De este modo, consiguieron
    asustarle hasta que volvió a consentir en comer; y en años
    posteriores a su infancia llegó incluso a exagerar la ingestión
    de alimentos para protegerse contra la muerte. El miedo a la
    muerte, que por entonces le habían hecho sentir para su
    bien, emergió luego nuevamente cuando la madre trató de
    preservarle de la disentería, y provocó, más tarde aún, un
    acceso de neurosis obsesiva. Vamos a tratar de descubrir sus
    orígenes y su significación en épocas posteriores.

    A nuestro juicio, la negativa a comer integra la significa-
    ción de un primer acceso de neurosis, de manera que tal per-
    turbación, la fobia al lobo y la devoción obsesiva, formarían
    la serie completa de las enfermedades infantiles que produ-
    jeron la disposición al derrumbamiento neurótico en los años
    posteriores a la pubertad. Se me objetará que son muy pocos
    los niños que no pasan alguna vez por un período de falta de
    apetito o de zoofobia. Pero este argumento me es muy útil.


  • S.

    260

    Estoy dispuesto a afirmar que toda neurosis de un adulto se
    basa en una neurosis infantil que no ha sido suficientemente
    intensa para llamar la atención de sus familiares y ser reco-
    nocida como tal. La importancia teórica de las neurosis in-
    fantiles para la concepción de las enfermedades que tratamos
    como neurosis y queremos derivar exclusivamente de las in-
    fluencias de la vida ulterior, queda robustecida por tal obje-
    ción. Si nuestro paciente no hubiera mostrado, además de su
    falta de apetito y su zoofobia, su devoción obsesiva, su histo-
    ria no se diferenciaría mucho de la de los demás humanos y
    nosotros careceríamos aún de materiales valiosísimos que nos
    pueden evitar, en adelante, errores tan fáciles como graves.
    El análisis sería insatisfactorio si no nos procurara la
    comprensión de aquel lamento en que el paciente sintetizaba
    sus padecimientos. Era el de que el mundo se le aparecía
    envuelto en un velo, y nuestra experiencia psicoanalítica re-
    chaza la posibilidad de que tales palabras carezcan de signi-
    ficación, habiendo sido casualmente elegidas. Tal velo no se
    desgarraba más que en una situación, esto es, cuando el con-
    tenido intestinal salía a través del ano con ayuda de una irri-
    gación. El sujeto se sentía entonces de nuevo bueno y sano
    y volvía a ver claramente el mundo durante un breve espa-
    cio de tiempo. La interpretación de este «velo» fué tan ardua
    como la del miedo a la mariposa, tanto más cuanto que el
    sujeto no mantenía fijamente tal representación, sino que la
    sustituía por un sentimiento indefinido de obscuridad o de
    tinieblas y por otras cosas igualmente inaprehensibles.
    Sólo poco antes del término de la cura recordó haber oído
    que había nacido «cubierto» 1). Se tenía, pues, por un ser


    1)N. del T.–«... dass es in einer Glückshaube zur Welt gekom-
    men sei.» Literalmente: «... que había venido al mundo con una cofia de
    buena suerte». El hecho de que un niño nazca así «cubierto», o sea con
    la placenta sobre la cabeza y parte del rostro, se considera como un
    feliz augurio en cuanto a sus destinos. La significación de esta circuns-
    tancia en el análisis de la lamentación del sujeto de que el mundo se
    le mostraba envuelto en un velo, ha hecho imposible emplear la ex-
    presión castellana equivalente: «nacer de pie».

  • S.

    261

    HISTORIALES CLINICOS

    especialmente afortunado, al que nada malo podía pasar, con
    fianza que sólo le abandonó cuando contrajo la blenorragia y
    hubo de reconocerse vulnerable. Aquella grave ofensa infe-
    rida a su narcisismo provocó su derrumbamiento y su caída
    en la neurosis. Con ello repitió un mecanismo que ya se
    había desarrollado en él una vez. También su fobia al lobo
    había surgido al enfrentarse con la posibilidad de una castra-
    ción, a la cual equiparó luego la blenorragia.

    La «cofia de buena suerte», con la que había nacido, era,
    pues, el velo que le ocultaba el mundo y le ocultaba a él
    para el mundo. Su lamento es, en realidad, el cumplimiento
    de una fantasía optativa que le muestra devuelto nueva-
    mente al claustro materno, o sea la fantasía optativa de la
    huída del mundo. Su traducción sería la siguiente: Soy tan
    desdichado en la vida que tengo que refugiarme de nuevo en
    el claustro materno.

    ¿Pero qué pueden significar los hechos de que este velo
    simbólico, que había sido real en una ocasión, se desgarrase
    en el momento de la deposición, conseguida con ayuda de
    una irrigación y que su enfermedad cesara bajo tal condición?
    El análisis nos permite responder lo siguiente: Cuando el
    velo de su nacimiento se desgarra vuelve el sujeto a ver el
    mundo y nace así de nuevo. El excremento es el niño en el
    cual nace el sujeto, por segunda vez, a una vida mejor. Tal
    sería, pues, la fantasía del nuevo nacimiento sobre la cual ha
    llamado Jung la atención y a la que atribuye importancia pre-
    dominante en la vida optativa de los neuróticos.

    Todo esto estaría muy bien si bastara con ello. Pero cier-
    tos detalles de la situación y la necesidad de un enlace con
    el historial particular del paciente nos obligan a continuar la
    interpretación. El nuevo nacimiento tiene por condición que
    la irrigación le sea administrada por otro hombre (al cual le
    obligó luego la necesidad a sustituirse) y esta condición sólo
    puede significar que el sujeto se ha identificado con su ma-
    dre, que el auxiliar desempeña el papel del padre y que la
    irrigación repite la cópula cuyo fruto es la deposición, el niño
    excremental, o sea el paciente mismo. La fantasía del nuevo


  • S.

    262

    nacimiento aparece, pues, íntimamente enlazada con la con
    dición de la satisfacción sexual por el hombre. La traducción
    sería ahora la siguiente: Sólo cuando le es dado sustituir a la
    mujer, o sea a su madre, para hacerse satisfacer por el padre
    y darle un hijo, es cuando desaparece su enfermedad. En
    consecuencia, la fantasía del nuevo nacimiento era tan sólo,
    en este caso, una reproducción mutilada y censurada de la
    fantasía optativa homosexual.

    Examinando más detenidamente la situación observamos
    que el enfermo no hace sino repetir en esta condición de su
    curación la situación de la escena primordial: Por entonces
    quiso sustituirse a la madre y, como ya supusimos antes,
    produjo, en la misma escena, el niño excremental, hallándo-
    se todavía fijado a aquella escena, decisiva para su vida se-
    xual y cuyo retorno en el sueño de los lobos marcó el comien-
    zo de su enfermedad. El desgarramiento del velo es análogo
    al hecho de abrir los ojos y al de abrirse la ventana. La es-
    cena primordial ha quedado transformada en una condición
    de su curación.

    Aquello que su lamento representa y aquello que es re-
    presentado por la excepción del mismo, puede ser fundido en
    una unidad que nos revela entonces todo su sentido. El su-
    jeto desea volver al claustro materno, pero no tan sólo para
    volver luego a nacer, sino para ser alcanzado en él, con oca-
    sión del coito, por su padre, recibir de él la satisfacción y
    darle un hijo.

    Ser parido por el padre, como al principio supuso; ser
    sexualmente satisfecho por él y darle un hijo, a costa, esto
    último, de su virilidad y expresado en el lenguaje del erotis-
    mo anal: con estos deseos queda cerrado el círculo de la fija-
    ción al padre y encuentra la homosexualidad su expresión
    suprema y más íntima 1).


    1)La posible interpretación secundaria de que el velo represente
    el himen que se desgarra en la cópula con el hombre, no coincide con la
    condición de la curación, ni presenta relación alguna con la vida del su-
    jeto, para el cual no significaba nada la virginidad.

  • S.

    263

    HISTORIALES CLINICOS

    Creo que el presente ejemplo arroja también luz sobre el
    sentido y el origen de las fantasías de volver al claustro ma-
    terno y ser parido de nuevo. La primera nace frecuentemen-
    te, como en nuestro caso, de la adhesión al padre. El sujeto
    desea hallarse en el claustro materno para sustituirse a la
    madre en el coito y ocupar su lugar en cuanto al padre. La
    fantasía del nuevo nacimiento es, probablemente siempre,
    una atenuación, un eufemismo, por decirlo así, de la fantasía
    del coito incestuoso con la madre o, para emplear el término
    propuesto por H. Silberer, una abreviatura anagógica
    de la misma. El sujeto desea volver a la situación durante la
    cual se hallaba en los genitales de la madre, deseo en el cual
    se identifica el hombre con su propio pene y se deja repre-
    sentar por él. En este punto se nos revelan ambas fantasías
    como antítesis en las cuales se expresará, según la actitud
    masculina o femenina del sujeto correspondiente, el deseo
    del coito con el padre o con la madre. No puede rechazarse
    la posibilidad de que en el lamento y en la condición de cura-
    ción de nuestro paciente aparezcan unidas ambas fantasías
    y, por lo tanto, ambos deseos incestuosos.

    Quiero intentar, una vez más, interpretar los últimos re-
    sultados del análisis conforme a las teorías de nuestros con-
    tradictor es: El paciente llora su huída del mundo en una fan-
    tasía típica de retorno al claustro materno y ve tan sólo una
    posibilidad de curación en un nuevo nacimiento, expresando
    éste en síntomas anales, correlativamente a su disposición
    predominante. Conforme al prototipo de la fantasía anal del
    nuevo nacimiento ha construído una escena infantil que repi-
    te sus deseos con medios expresivos simbólicos arcaicos.
    Sus síntomas se encadenan entonces como si emanaran de
    una tal escena primordial. Tuvo que decidirse a todo este re-
    troceso porque la vida le planteó una labor para cuya solu-
    ción era demasiado indolente o porque tenía razones suficien-
    tes para desconfiar de su inferioridad y creía hallar máxima
    protección por medio de tales manejos.

    Todo esto estaría muy bien si el infeliz no hubiera tenido
    ya a los cuatro años un sueño con el que empezó su neuro-


  • S.

    264

    sis, que fué estimulado por el cuento del sastre y el lobo y
    cuya interpretación hace necesaria la hipótesis de una tal es-
    cena primordial. Ante estos hechos, pequeños pero inataca-
    bles, se estrellan desgraciadamente las facilidades que inten-
    tan proporcionarnos las teorías de Jung y de Adler. En la
    situación dada, la fantasía del nuevo nacimiento me parece
    constituir una derivación de la escena primordial en lugar de
    ser, inversamente, tal escena, un reflejo de aquella fantasía.
    Quizá podemos también suponer que el paciente era por en-
    tonces, cuatro años después de su llegada al mundo, dema-
    siado joven para desearse ya un nuevo nacimiento. Pero creo
    más prudente retirar este último argumento, pues mis propias
    observaciones demuestran que hasta ahora se ha estimado
    muy por defecto a los niños y que no sabemos aún de lo que
    son capaces 1).

    1)Reconozco que es ésta la más ardua cuestión de la teoría ana-
    lítica. No he necesitado de las comunicaciones de Adler o de Jung para
    ocuparme críticamente de la posibilidad de que las vivencias infantiles
    olvidadas que la psicoanálisis descubre—inverosímilmente tempra-
    nas—reposen más bien en fantasías creadas en ocasiones ulteriores,
    debiendo verse, por lo tanto, una manifestación de un factor constitu-
    cional o de una disposición filogénicamente conservada allí donde cree-
    mos hallar en los análisis el efecto a posteriori de una de tales impre-
    siones infantiles. Por el contrario, ninguna duda me ha preocupado
    tanto ni me ha hecho renunciar tan decididamente a muchas publicacio-
    nes. Por otro lado, he sido el primero en dar a conocer, tanto el papel
    de las fantasías en la producción de síntomas, como la proyección sobre
    la infancia de fantasías nacidas de estímulos ulteriores, hecho que nin-
    guno de mis adversarios se ha dignado mencionar. (Cf. mi «Interpreta-
    ción de los sueños» y las «Observaciones a un caso de neurosis obsesi-
    va».) Si a pesar de todo he seguido propugnando mi teoría, más inve-
    rosímil y más ardua, ha sido siempre con argumentos como los que el
    caso aquí descrito, o cualquier otro de neurosis infantil, impone al in-
    vestigador y que de nuevo someto a la consideración de mis lectores.