• S.

    205

    V

    Discusiones

    Se ha dicho que el oso polar y la ballena no pueden ha-
    cerse la guerra porque hallándose confinados cada uno en su
    elemento les es imposible aproximarse. Pues bien, idéntica-
    mente imposible me es a mí discutir con aquellos psicólogos
    y neurólogos que no reconocen las premisas de la psicoaná-
    lisis y consideran artificiosos sus resultados. En cambio, se
    ha desarrollado en los últimos años una oposición por parte
    de otros investigadores que, por lo menos a su propio juicio,
    permanecen dentro del terreno del análisis, y que no niegan
    su técnica ni sus resultados, pero se creen con derecho a
    deducir, del mismo material, conclusiones distintas y some-
    terlo a distintas interpretaciones.

    Ahora bien, la contradicción teórica es casi siempre in-
    fructuosa. En cuanto empezamos a alejarnos del material bá-
    sico corremos peligro de emborracharnos con nuestras pro-
    pias afirmaciones y acabar defendiendo opiniones que toda
    observación hubiera demostrado erróneas. Me parece, pues,
    mucho más adecuado combatir las teorías divergentes con-
    trastándolas en casos y problemas concretos.

    He dicho antes que seguramente se tacharán de invero-
    símiles las siguientes circunstancias: Primera: que un niño de
    la temprana edad de año y medio pueda acoger las percep-
    ciones de un proceso tan complicado y conservarlas tan fiel-
    mente en su inconsciente; segunda: que luego, a los cuatro
    años de edad, sea posible una elaboración a posteriori de las
    impresiones recibidas, destinada a facilitar su comprensión;

  • S.

    206

    y tercera: que exista un procedimiento suscep-
    tible de hacer consciente de un modo coherente y convincente los detalles
    de una escena vivida y comprendida en semejantes circuns-
    tancias.

    La última cuestión es puramente de hecho. Quien se tome
    el trabajo de llevar el análisis a tales profun-
    didades, por me-
    dio de la técnica prescrita, se convencerá de que existe un
    tal procedimiento; en cambio, quien así no lo haga e inte-
    rrumpa el análisis en un cualquier estrato más próximo a la
    superficie, habrá renunciado al mismo tiempo a toda posibi-
    lidad de encontrarlo. Pero con esto no queda resuelta la in-
    terpretación de lo alcanzado por medio del análisis abisal.

    Las otras dos objeciones se apoyan en una valoración in-
    suficiente de las impresiones de la temprana infancia, de las
    cuales no se acepta que puedan producir efectos tan dura-
    deros. Tales objeciones quieren buscar casi exclusiva-
    mente la
    motivación de las neurosis en los conflic-
    tos más serios de la
    vida ulterior y suponen que la impor-
    tancia de la niñez nos es
    fingida en el análisis por la inclinación de los neuró-
    ticos a
    expresar sus intereses presentes en reminiscen-
    cias y símbo-
    los de su más lejano pasado. Con tal estimación del factor
    infantil desaparecerían muchas de las peculiari-
    dades más ín-
    timas del análisis, pero también, por otro lado, gran parte de
    lo que crea resisten-
    cias contra ella y la enaje-
    na la confianza
    de los profanos.

    Ponemos, pues, a discusión la teoría de que aquellas es-
    cenas de la más temprana infancia, a cuyo conocimiento lle-
    gamos en todo análisis exhaus-
    tivo de una neurosis, por ejem-
    plo, en el de nuestro caso, no serían repro-
    cesos reales a los que pudiéramos atribuir una influencia
    sobre la confor-
    mación de la vida ulterior y sobre la produc-
    ción de síntomas, sino fantasías provocadas por estímu-
    los
    pertenecien-
    tes a la edad adulta, destinadas a una represen-
    tación en cierto modo simbólica de deseos e intereses reales
    y que deben su génesis a una tendencia regre-
    siva, a un des-
    vío de las tareas del presente. Siendo así, resulta-
    ría posible
    prescindir de todas las desconcertantes hipóte-
    sis analí-
    ticas

  • S.

    207

    sobre la vida anímica y la función intelectual de los niños en
    su más temprana infancia.

    En favor de esta teoría hablan, no sólo el deseo que a
    todos nos es común de hallar una racionalización y una simpli-
    ficación de nuestra difícil labor, sino también ciertos factores
    efectivos. Y también podemos librarla, desde un principio, de
    una objeción que habría de surgir precisamente en el ánimo
    del analítico práctico. Hemos de confesar, en efecto, que el
    hecho de que tal concepción de estas escenas infantiles se
    demostrase exacta, no traería consigo modificación alguna
    inmediata en la práctica del análisis. Una vez que el neuró-
    tico entraña la perniciosa particularidad de apartar su interés
    del presente y adherirlo a tales sustituciones regresivas, pro- ducto de su fantasía, no podemos hacer más que seguirle en
    su camino y llevar a su conciencia dichos productos incons-
    cientes; pues, aunque carezcan de todo valor de realidad,
    son para nosotros muy valiosos como substratos actuales del
    interés del enfermo, interés que queremos apartar de ellos
    para orientarlo hacia las tareas del presente. Por lo tanto, el
    análisis seguiría exactamente el mismo curso de aquellos
    otros en los que el analítico, ingenuo y confiado, cree verda-
    deras tales fantasías. La diferencia surgirá tan sólo al final
    del análisis, una vez descubiertas las fantasías de referencia.
    Diríamos entonces al enfermo: «Su neurosis ha transcurrido
    como si en sus años infantiles hubiera usted recibido tales
    impresiones y hubiese luego edificado sobre ellas. Pero re-
    conocerá usted que ello no es posible. Se trataba simple-
    mente de productos de su actividad imaginativa destinados a
    apartarle a usted de tareas reales que le planteaba la vida.
    Ahora investigaremos cuáles eran tales tareas y qué caminos
    de enlace han existido entre las mismas y sus fantasías». A
    esta solución de las fantasías infantiles podría luego seguir una
    segunda fase del tratamiento orientada ya hacia la vida real.

    Técnicamente sería imposible hacer más corto este cami-
    no, o sea modificar el curso hasta ahora habitual de la cura
    psicoanalítica. Si no hacemos conscientes al enfermo tales
    fantasías, en toda su amplitud, no podremos facilitarle la libre

  • S.

    208

    disposición del interés a ellas ligado. Si le apartamos de ellas
    en cuanto llegamos a sospechar su existencia y a vislumbrar
    sus contornos generales, no haremos más que apoyar la obra
    de la represión, por la cual han llegado a ser inaccesibles a
    todos los esfuerzos del enfermo. Y si las despojamos prema-
    turamente de su valor, comunicando, por ejemplo, al sujeto,
    que se tratará tan sólo de fantasías carentes de toda signifi-
    cación real, no lograremos nunca su colaboración para llevar-
    las hasta su conciencia. Así, pues, precediendo correctamen-
    te, la técnica analítica no experimentará modificación alguna
    cualquiera que sea el valor que se conceda a las escenas in-
    fantiles discutidas.

    Hemos dicho que la concepción de estas escenas como
    fantasías regresivas puede alegar en su apoyo ciertos facto-
    res efectivos. Ante todo el siguiente: Estas escenas infantiles
    no son reproducidas en la cura como recuerdos; son resulta-
    dos de la construcción. Seguramente habrá alguien que crea
    ya resuelto el problema con esta sola confesión.

    Pero no quisiera ser mal interpretado. Todo analítico sabe
    muy bien y ha comprobado infinitas veces que, en una cura
    llevada a buen término, el paciente comunica multitud de re-
    cuerdos espontáneos de sus años infantiles, de cuya emer-
    gencia—o mejor quizá: de cuya primera emergencia—el mé-
    dico no se siente en modo alguno responsable, ya que nunca
    ha orientado al enfermo, con ninguna tentativa de recons-
    trucción, hacia tales contenidos. Estos recuerdos antes in-
    conscientes no tienen siquiera que ser verdaderos; pueden
    serlo, pero muchas veces han sido deformados contra la ver-
    dad y entretejidos con elementos fantaseados, como sucede
    con los llamados recuerdos encubridores, los cuales se con-
    servan espontáneamente. Quiero decir tan sólo que estas es-
    cenas como la de nuestro sujeto, pertenecientes a tan tem-
    prana época infantil, con tal contenido y de tan extraordina-
    ria significación en la historia del caso, no son generalmente
    reproducidas como recuerdos, sino que han de ser adivina-
    das—construídas—, paso a paso y muy laboriosamente, de
    una suma de alusiones e indicios.


  • S.

    14

    Ahora bien, no soy de opinión que estas escenas tengan
    que ser necesariamente fantasías porque no sean evocadas
    como recuerdos. Me parece por completo equivo-
    cuerdo el hecho de que sean sustituídas–como en nuestro
    caso–por sueños cuyos análisis nos conducen regularmente
    a la misma escena y que reproducen, transformándolos infa-
    tigablemente, todos y cada uno de los fragmentos del conte-
    nido de la misma. El soñar es también un recordar, aunque
    bajo las condiciones del estado de reposo y de la producción
    onírica. Por este retorno en los sueños me explico que en el
    paciente mismo se forme paulatinamente una firme convicción
    de la realidad de las escenas primordiales, convicción que no
    cede en lo más mínimo a la fundada en el recuerdo.

    Sin embargo, mis adversarios no han de verse obligados
    a abandonar la lucha ante este argumento dándola ya por
    perdida, pues como es sabido, existe la posibilidad de orien-
    tar los sueños de un tercero 1). Y de este modo, la convic-
    ción del analizado puede ser un resultado de la sugestión,
    para la que aún se sigue buscando un papel en el juego de
    fuerzas del tratamiento analítico. El psicoterapeuta de la an-
    tigua escuela sugeriría a su paciente que había recobrado la
    salud, dominado sus inhibiciones, etc. Y, en cambio, el psico-
    analítico le sugeriría haber tenido de niño tal o cual vivencia
    que ahora le era preciso recordar para curarse. Tal sería la
    sola diferencia entre ambos.

    Habremos de hacer constar que esta última tentativa de
    explicación de nuestros adversarios reduce la significación de
    las escenas infantiles mucho más de lo que en un principio
    parecía su propósito. Dijeron, en efecto, que no eran reali-
    dades, sino fantasías, y ahora resulta que no se trata siquiera
    de fantasías del enfermo, sino del mismo analítico, el cual se
    las impone al analizado por medio de determinados comple-
    jos personales. Claro está que el analítico que se oiga hacer
    este reproche evocará, para su tranquilidad, cuán poco a poco

    1)Sobre el mecanismo del sueño no puede ejercerse influencia
    ninguna, pero sí sobre una parte del material onírico.

    – 209 –

  • S.

    210

    PROF. S. FREUD

    ha ido tomando cuerpo la construcción de aquella fantasía
    supuestamente inspirada por él al enfermo, cuán indepen-
    diente del estímulo médico se ha demostrado en muchos pun-
    tos su conformación, cómo a partir de una cierta fase del tra-
    tamiento pareció converger todo hacia ella, cómo luego, en
    la síntesis, emanaron de ella los más diversos y singulares
    efectos y cómo en aquella única hipótesis hallaron su solu-
    ción los grandes y pequeños problemas y singularidades del
    historial de la enfermedad, y hará constar que no se reconoce
    penetración suficiente para descubrir un suceso que por sí
    solo pueda llenar todas estas condiciones. Pero tampoco este
    alegato hará efecto alguno a los contradictores, que no han
    vivido por sí mismos el análisis. Seguirán diciendo que el
    psicoanalítico se engaña refinadamente a sí mismo, y éste les
    acusará, por su parte, de falta absoluta de penetración, sin
    que sea posible llegar a decisión ninguna.

    Examinaremos ahora otro de los factores favorables a la
    concepción contraria de las escenas infantiles construídas. Es
    el siguiente: Todos los procesos alegados para la explicación
    de tales productos discutidos como fantasías existen realmen-
    te y ha de reconocerse su importancia. El desvío del interés
    de las tareas de la vida real 1), la existencia de fantasías
    como productos sustitutivos de los actos omitidos, la tenden-
    cia regresiva que se manifiesta en tales creaciones–regresiva
    en más de un sentido, en cuanto se inician simultáneamente
    un apartamiento de la vida y un retorno al pasado–; todo
    ello es exacto y puede comprobarse regularmente por medio
    del análisis. En consecuencia, es de esperar que baste tam-
    bién para aclarar las supuestas reminiscencias infantiles dis-
    cutidas; y de acuerdo con los principios económicos de la
    ciencia, tal explicación habría de ser preferida a otra para la
    cual fuesen necesarias nuevas y desconcertantes hipótesis.

    Me permito llamar aquí la atención de mis lectores sobre
    el hecho de que las objeciones formuladas hasta hoy contra la


    1)Por nuestra parte y fundados en excelentes razones, preferi-
    mos decir: El desvío de la libido de los conflictos actuales.

  • S.

    211

    HISTORIALES CLINICOS

    psicoanálisis siguen generalmente la norma de tomar la parte
    por el todo. Se extrae de un conjunto altamente compuesto
    una parte de los factores eficientes, se les proclama verdade-
    ros y se niega luego, en favor suyo, la otra parte y el todo.
    Examinando más de cerca qué grupo ha sido objeto de seme-
    jante preferencia, hallamos que es siempre aquel que integra
    lo ya conocido por otros caminos o lo que más fácilmente
    puede enlazarse a ello. Jung elige, así, la actualidad y la re-
    gresión, y Adler los motivos egoístas. En cambio, es aban-
    donado y rechazado como erróneo cuanto de nuevo y de
    peculiarmente propio integra el análisis. Por este camino es
    por el que resulta más fácil rechazar los progresos revolucio-
    narios de la incómoda psicoanálisis.

    No será inútil acentuar que ninguno de los factores en los
    que nuestros contrarios apoyan su concepción de las escenas
    infantiles ha tenido que ser enseñado por Jung como una no-
    vedad. El conflicto actual, el apartamiento de la realidad, la
    satisfacción sustitutiva en la fantasía y la regresión al mate-
    rial del pasado; todo ello, ha constituido desde siempre, pre-
    cisamente en el mismo ajuste y quizá con menos modifica-
    ciones terminológicas, una parte integrante de mi propia
    teoría. Pero no la constituye toda, sino tan sólo el fragmento
    que integra aquella parte de la motivación que colabora en
    la producción de las neurosis, actuando desde la realidad
    como punto de partida y en dirección regresiva. Junto a ella
    he dejado lugar suficiente para una segunda influencia pro-
    gresiva que actúa partiendo de las impresiones infantiles,
    muestra el camino a la libido que se retira de la vida y hace
    comprensible la regresión a la infancia, inexplicable de otro
    modo. Así, pues, según mi teoría, los dos factores colaboran
    en la producción de síntomas. Pero existe aún una colabora-
    ción anterior que me parece igualmente importante, pues la
    influencia de la infancia se hace ya sen-
    sible en la situación inicial de la produc-
    ción de las neurosis, en cuanto determi-
    na, de un modo decisivo, si el individuo
    ha de fracasar en la superación de los pro-

  • S.

    212

    blemas reales de la vida y en qué lugar ha-
    de fracasar.

    Se discute, pues, la importancia del factor infantil. Nues-
    tra labor consistirá en hallar un ejemplo práctico que pueda
    demostrar tal importancia sin dejar lugar ninguno a duda. Tal
    ejemplo es precisamente el caso patológico que aquí vamos
    exponiendo tan detalladamente y que se caracteriza por la
    particularidad de que a la neurosis de la edad adulta precedió
    una neurosis padecida en tempranos años infantiles. Precisa-
    mente por esta circunstancia he elegido este caso para su co-
    municación. Si alguien quisiera rechazarlo por el hecho de no
    parecerle suficientemente importante la zoofobia para reco-
    nocerla como una neurosis independiente, habremos de se-
    ñalarle que a tal fobia se enlazaron sin intervalo alguno un
    ceremonial obsesivo y actos e ideas del mismo carácter, de
    los cuales trataremos en los capítulos siguientes del presente
    estudio.

    Una enfermedad neurótica en el cuarto o quinto año de la
    infancia demuestra, ante todo, que las vivencias infantiles
    bastan por sí solas para producir una neurosis, sin que sea
    necesaria la huida ante una labor planteada por la vida. Se
    objetará que también al niño le son planteadas de continuo
    tareas a las que acaso quisiera escapar. Exacto; pero la vida
    de un niño antes de su época escolar es fácil de revisar y
    puede investigarse si existió en ella una “tarea” determinan-
    te de la causación de la neurosis. Pero sólo descubrimos im-
    pulsos instintivos cuya satisfacción es imposible al niño, in-
    capaz también todavía para sojuzgarlos, y las fuentes de las
    cuales manan dichos impulsos.

    La enorme abreviación del intervalo entre la explosión
    de la neurosis y la época de las vivencias infantiles discuti-
    das permite, como era de esperar, reducir a un mínimum la
    parte regresiva de la causación y presenta a la vista, sin velo
    alguno, la parte progresiva de la misma, la influencia de im-
    presiones anteriores. Esperamos que el presente historial
    clínico ilustre claramente tal circunstancia. Y todavía por
    otras razones la neurosis infantil da a la cuestión de la natu-

  • S.

    213

    ralezas de las escenas primordiales, o sea de la
    fantiles más tempranas descubiertas en el análisis, una res-
    puesta decisiva.

    Si suponemos, como premisa indiscutida, que una tal
    escena primordial ha sido irreprochablemente desarrollada
    desde el punto de vista técnico, que es indispensable para la
    solución sintética de todos los enigmas que nos plantea el
    cuadro de síntomas de la enfermedad infantil y que todos los
    efectos emanan de ella como a ella han llevado todos los
    hilos del análisis, tal escena no podrá ser, en cuanto a su
    contenido, más que la reproducción de una realidad vivida
    por el niño. Pues el niño, lo mismo que el adulto, sólo puede
    producir fantasías con material adquirido en alguna parte.
    Ahora bien, los caminos de tal adquisición se hallan en parte
    cerrados al niño (por ejemplo, la lectura) y el tiempo del que
    dispone para ella es corto y puede ser investigado fácilmente
    en busca de las fuentes correspondientes.

    En nuestro caso, la escena primordial contiene la imagen
    del comercio sexual entre los padres y en una postura espe-
    cialmente favorable para ciertas observaciones. Nada testimo-
    niaría suficientemente en favor de la realidad de esta escena
    si se tratara de un enfermo cuyos síntomas, o sea los efectos
    de la misma, hubieran emergido en un cualquier momento de
    su vida adulta. Un tal enfermo puede haber adquirido en los
    más distintos momentos del largo intervalo las impresiones,
    representaciones y conocimientos que luego, transformados
    en una imagen fantástica, proyecta regresivamente sobre su
    infancia y adhiere a sus padres. Pero cuando los efectos de
    una tal escena emergen teniendo el sujeto cuatro o cinco
    años, es preciso que el niño la haya presenciado en edad aún
    más temprana. Y entonces quedan en pie todas las conclu-
    siones desconcertantes a las que nos ha llevado el análisis de
    la neurosis infantil. Es como si alguien quisiera suponer que
    el paciente no sólo había fantaseado inconscientemente la
    escena primordial, sino que había confabulado también la al-
    teración de su carácter, su miedo al lobo y su obsesión reli-
    giosa, hipótesis abiertamente contradicha por toda la idiosin-
     

  • S.

    214

    crasia del sujeto y por el testimonio directo de sus familiares.
    Así, pues, no veo posibilidad alguna de llegar a otra conclu-
    sión: O el análisis que tiene en su neurosis infantil su punto
    de partida es, en general, un desatino o todo sucedió exac-
    tamente tal y como lo hemos expuesto.

    Hubo de extrañarnos también la circunstancia equívoca
    de que la preferencia del paciente por las nalgas femeninas y
    por el coito en aquella postura en que las mismas resaltan
    más especialmente, pareciera exigir en este caso una deriva-
    ción de la observación del coito parental, siendo así que se
    trataba de un rasgo general de las constituciones arcaicas
    predispuestas a la neurosis obsesiva. Mas ahora hallamos
    una sencilla explicación que soluciona la contradicción mos-
    trándonosla como una superdeterminación. La persona a
    quien el sujeto vió realizar el coito en tal postura era su pro-
    pio padre, del cual podía muy bien haber heredado tal prefe-
    rencia constitucional. Ni la ulterior enfermedad del padre ni
    la historia de la familia, contradicen tal hipótesis, pues, como
    ya hemos dicho, un hermano del padre murió en un estado
    que había de ser considerado como el desenlace de una gra-
    ve neurosis obsesiva.

    A este respecto recordamos que la hermana del sujeto, al
    seducirle cuando tenía tres años y medio, lanzó contra la
    honrada y anciana niñera la singular calumnia de que ponía
    a los hombres cabeza abajo y les cogía después los genitales.
    En este punto hubo de imponérsenos la idea de que quizá
    también la hermana hubiera presenciado en años igualmente
    tempranos la misma escena que luego su hermano, habiendo
    extraído de ella el estímulo a colocar a los actores cabeza
    abajo en el acto sexual. Esta hipótesis nos señalaría también
    una de las fuentes de su propia precocidad sexual.

    [Primitivamente no abrigaba la intención de continuar más
    allá de este punto la discusión del valor real de las «escenas
    primordiales», pero como en el entretanto he tenido ocasión
    de tratar este tema en mis conferencias de «Introducción a la
    psicoanálisis», en un más amplio contexto y ya sin intención
    polémica, sería muy dado a malas interpretaciones que omi-
    tiera.

  • S.

    215

    tiera la aplicación de los puntos de vista allí determinantes,
    al caso que aquí nos ocupa. Así, pues, continuaré el presente
    estudio complementando y rectificando, cuando necesario sea,
    lo anteriormente expuesto: Es posible todavía una distinta
    concepción de la escena primordial en que el sueño se basa,
    concepción que se aparta mucho de la conclusión antes sen-
    tada y que nos allana algunas dificultades. De todos modos,
    la teoría que quiere dejar reducidas las escenas infantiles a
    símbolos regresivos no habrá de ganar nada con esta modifi-
    cación. Por el contrario, creo que ha de quedar definitiva-
    mente refutada por este análisis de una neurosis infantil,’
    como habría de serlo por cualquier otro.

    Opino, en efecto, que también podemos explicarnos el
    estado de cosas en la forma siguiente: No nos es posible re-
    nunciar a la hipótesis de que el niño hubo de observar un
    coito cuya vista le inspiró la convicción de que la castración
    podía ser algo más que una amenaza desprovista de sentido.
    Y por otro lado, la importancia que luego demostraron entra-
    ñar las actitudes del hombre y de la mujer en cuanto al des-
    arrollo de angustia y como condición erótica, nos impone la
    conclusión de que hubo de tratarse de un coitus ater-
    go, more ferarum. Pero hay, en cambio, otro factor
    que no es tan indispensable y puede ser abandonado. No fué,
    quizá, un coito de los padres sino un coito entre animales el
    que el niño observó y desplazó luego sobre los padres, como
    si hubiera deducido que tampoco los padres lo hacían de otro
    modo.

    En favor de esta hipótesis, testimonia, sobre todo, el
    hecho de que los lobos del sueño fueran, en realidad, perros
    de ganado y aparecieran también como tales en el dibujo del
    paciente. Poco tiempo antes del sueño el niño había sido lle-
    vado varias veces por su padre a visitar les rebaños, donde
    pudo ver tales perros blancos y de gran tamaño y observar-
    los probablemente también en el acto del coito. Con esta cir-
    cunstancia puede relacionarse también la triple repetición que
    el paciente asignó al acto sin motivación ninguna, suponien-
    do conservado en su memoria el hecho de haber sorprendido

  • S.

    216

    en tres distintas ocasiones a los perros del ganado en tal si-
    tuación. Lo que luego se agregó a ello en la excitada expec-
    tación de la noche de su sueño, fué la transferencia de la
    huella mnémica recientemente adquirida, con todos sus
    detalles, sobre los padres, y esta transferencia fué ya lo que
    provocó los intensos afectos que sabemos. Se desarrolló en
    tonces una comprensión a posteriori de aquellas impresiones
    recibidas quizás pocas semanas antes, proceso que todos
    conocemos por haberlo experimentado con nosotros mismos.
    La transferencia de los perros en el acto del coito, sobre los
    padres, no fué llevada a cabo por el sujeto mediante un pro-
    ceso deductivo verbal, sino buscando en su memoria el re-
    cuerdo de una escena real en la cual aparecieran juntos sus
    padres y que pudiera fundirse con la situación del coito. Tal
    escena podía reproducir fielmente todos los detalles descu-
    biertos en el análisis del sueño, pero haber sido totalmente
    inocente, consistiendo tan sólo en que una tarde de verano
    y durante su enfermedad el niño habría despertado y visto a
    sus padres ante sí, vestidos con blancos trajes estivales.
    Todo el resto lo habría añadido, tomándolo de las observacio-
    nes realizadas en las visitas a los rebaños, el ulterior deseo
    del sujeto, poseído por la curiosidad sexual, de sorprender
    también a sus padres en el acto del coito, y entonces, la es-
    cena así fantaseada desplegó todos los efectos reseñados, los
    mismos exactamente que si hubiera sido real y no artificial-
    mente construída con dos elementos, anterior e indiferente
    el uno y ulterior y muy impresionante el otro.

    Vemos en el acto cuán disminuído queda así el margen de
    credulidad que se nos achaca. No necesitamos ya suponer
    que los padres realizaran el coito en presencia de un hijo
    suyo, aunque fuera muy pequeño, cosa que para muchos de
    nosotros constituía una imagen displaciente, y el intervalo
    entre la escena primordial y sus efectos queda también muy
    abreviado, comprendiendo tan sólo unos cuantos meses del
    cuarto año del sujeto, sin llegar ya a los primeros oscuros
    años de la infancia. En la conducta del niño que transfiere a
    sus padres lo observado en los perros y se asusta del lobo

  • S.

    217

    en lugar de asustarse de su padre no queda ya apenas nada
    desconcertante. Se encuentra, en efecto, en aquella fase de
    su concepción del universo a la que en nuestra obra «Totem
    y Tabú» hemos calificado de retorno al totemismo. La teoría
    que intenta explicar las escenas primordiales de la neurosis
    como fantasías regresivas de épocas ulteriores nos parece
    hallar un firme apoyo en nuestra observación, no obstante la
    temprana edad de nuestro neurótico (cuatro años). A pesar
    de ella, ha conseguido sustituir una impresión recibida a los
    cuatro años por un trauma imaginario supuestamente experi-
    mentado cuando tenía año y medio. Pero esta regresión no
    nos parece enigmática ni tendenciosa. La escena que se tra-
    taba de construir había de llenar ciertas condiciones que,
    dadas las circunstancias de la vida del sujeto, sólo podían
    haberse cumplido en aquella temprana edad, por ejemplo, la
    de hallarse durmiendo en la alcoba de sus padres.

    Las observaciones que siguen, extraídas de los resulta-
    dos analíticos de otros casos, habrán de constituir, para la
    mayoría de nuestros lectores, la prueba decisiva de la exac-
    titud de esta nueva concepción. La emergencia, en el análi-
    sis de enfermos neuróticos, de una tal escena–sea recuerdo
    real o fantasía–en la que el sujeto sorprende un coito entre
    sus padres, no es verdaderamente nada insólito. Es muy po-
    sible que el análisis de sujetos no neuróticos nos la descu-
    briera con igual frecuencia, y acaso forma parte del acervo
    mnémico general, consciente o inconsciente. Pero siempre
    que el análisis me ha conducido hasta una tal escena ha in-
    tegrado ésta la misma peculiaridad que tanto nos extrañó en
    el caso de nuestro paciente: la de referirse a un coitus a
    tergo, único que permite al espectador la inspección de
    los genitales. En estos casos, no dudamos ni un solo momen-
    to de que se trata de una fantasía, estimulada, quizá regular-
    mente, por la observación del comercio sexual entre los ani-
    males. Y aún hay más: He hecho constar que mi exposición
    de la escena primordial permanecía incompleta, pues me re-
    servaba para más adelante comunicar en qué forma perturbó
    el niño el coito de los padres. Añadiré, ahora, que también


  • S.

    218

    la forma de tal perturbación es en todos los casos la misma.
    Supongo que en todo esto me habré expuesto a graves
    sospechas por parte de los lectores de este historial clínico.
    Si poseía tales argumentos favorables a una semejante inter-
    pretación de la «escena primordial» ¿cómo pude echar sobre
    mí la responsabilidad de aceptar otra de aspecto tan absur-
    do? ¿O acaso es que sólo en el intervalo entre la primera
    redacción del historial clínico y este complemento es cuando
    he descubierto aquellos nuevos datos que me han obliga-
    do a esta rectificación de mi interpretación inicial y no quería
    confesarlo por algún motivo? Confesaré, en cambio, otra
    cosa, y es que me propongo cerrar por ahora la discusión
    sobre el valor real de la escena primordial con un nonli-
    quet. No hemos llegado aún al término de este historial,
    y en su curso ulterior habrá de surgir un factor que perturba-
    rá la seguridad de lo que ahora creemos poder regocijarnos.
    Entonces, sólo me quedará remitir a los lectores a aquellos
    pasajes de mi «Introducción a la psicoanálisis» en los cuales
    he estudiado el problema de las fantasías o escenas primor-
    diales.]