• S.

    231

    VII

    El erotismo anal y el complejo de la
    castración

    He de rogar a mis lectores que recuerden el hecho de
    que esta historia de una neurosis infantil constituye, por de-
    cirlo así, un producto secundario obtenido en el curso del
    análisis de una enfermedad padecida por el sujeto en su edad
    adulta. Hubimos, pues, de reconstruirla con fragmentos aún
    más pequeños de los que, por lo general, se ofrecen a la sín-
    tesis. Esta labor, no excesivamente difícil por lo demás, en-
    cuentra un límite natural al tratarse de concretar en el plano
    de la descripción un producto multidimensional. He de con-
    tentarme, por lo tanto, con presentar fragmentos inconexos
    que luego el lector podrá ajustar, formando con ellos un todo
    unitario y armónico. La neurosis obsesiva descrita nació,
    como ya hemos hecho constar varias veces, en el terreno de
    una constitución sádico-
    anal. Hasta ahora, no hemos tratado
    más que de uno de sus factores principales, el sadismo, y de
    sus transformaciones, dejando a un lado todo lo referente al
    erotismo anal, con la intención, que ahora cumplimos, de
    reunirlo en una exposición de conjunto.

    Los analíticos comparten unánimemente y hace ya mucho
    tiempo la opinión de que los múltiples impulsos instintivos
    reunidos bajo el nombre de erotismo anal integran extrema
    importan-
    cia para la conformación de la vida sexual y de la
    actividad anímica en general. También se hallan igualmente
    de acuerdo en que una de las manifestaciones más importan-
    tes del erotismo transformado procedente de esta fuente se

  • S.

    232

    nos ofrece en la valoración personal del dinero, valiosa ma-
    teria que en el curso de la vida ha atraído a sí el interés psí-
    quico primitivamente orientado hacia el excremento, o sea
    hacia el producto de la zona anal. Nos hemos habituado a re-
    ferir al placer excremental el interés por el dinero en cuanto
    dicho interés es de naturaleza libidinosa y no racional, y a
    exigir del hombre normal que mantenga libre de influencias
    libidinosas su relación con el dinero y se atenga en ella a
    normas deducidas de la realidad.

    Tal relación hubo de mostrar graves trastornos en nues-
    tro paciente durante el período de su enfermedad en la edad
    adulta, constituyendo una de las causas más importantes de
    su incapacidad. Las herencias sucesivas de su padre y su tío
    le habían procurado un capital considerable; concedía gran
    valor a que se le supiera rico y le ofendía que se dudase de
    su fortuna. Pero no sabía a cuánto ascendía ésta ni lo que de
    ella gastaba o ahorraba. Era muy difícil decidirse a calificarle
    de avaro o de pródigo, pues tan pronto se conducía de un
    modo como de otro y nunca en forma que pudiera indicar un
    propósito consecuente. Por ciertos rasgos singulares que más
    adelante expondremos, se le hubiera podido tomar por un
    ricachón vanidoso que veía en su riqueza el mayor mereci-
    miento de su personalidad y anteponía siempre el dinero al
    sentimiento. Pero, en cambio, no estimaba a los demás en
    proporción a su riqueza, y en muchas ocasiones se mostraba
    más bien modesto, generoso y compasivo. Era, pues, evi-
    dente, que el dinero había sido sustraído a su disposición
    consciente y significaba para él algo distinto.

    Ya hicimos constar, en otra ocasión, que nos parecía
    muy extraña la forma en que se había consolado de la pérdi-
    da de su hermana, que en los últimos años había llegado a
    ser su mejor camarada, pensando en que su muerte le evita-
    ba tener que partir con ella la herencia de sus padres. Más
    singular era, quizá, la serenidad con la que así lo reconocía,
    como si no se diese cuenta de la mezquindad que tal confe-
    sión revelaba. El análisis le rehabilitó mostrando que el dolor
    por la muerte de su hermana había sufrido un desplazamien-
    to.

  • S.

    233

    to, pero ello hacía más incomprensible aún que hubiese que-
    rido hallar en el incremento de su fortuna una compensación.
    A él mismo le parecía enigmática su conducta en otro
    caso: A la muerte del padre, la fortuna familiar quedó repar-
    tida entre su madre y él. La madre la administraba, y el pro-
    pio sujeto reconocía que complacía sus peticiones económi-
    cas con irreprochable generosidad. Sin embargo, toda con-
    versación entre ellos sobre cuestiones de dinero terminaba,
    por parte de él, con violentos reproches, en los que acusaba
    a su madre de no quererle, de proponerse ahorrar a costa
    suya y de desearle la muerte para disponer independiente-
    mente de todo el dinero. En estas ocasiones, la madre pro-
    clamaba llorosa su desinterés hasta que su hijo se avergon-
    zaba y afirmaba, con toda razón, no haber pensado jamás
    realmente tales cosas de ella, pero con la seguridad de repe-
    tir la misma escena en la ocasión siguiente.

    El hecho de que el excremento hubo de tener para él,
    mucho tiempo antes del análisis, la significación de dinero se
    desprende de toda una serie de incidentes, dos de los cuales
    expondremos aquí. En un período en que su intestino perma-
    necía aún totalmente ajeno a sus padecimientos, visitó un
    día, en una gran ciudad, a un primo suyo que vivía estrecha-
    mente. Después de su visita se reprochó no haberse ocupa-
    do hasta entonces de procurar algún dinero a aquel pariente
    suyo, e inmediatamente sufrió «el apretón más grande de su-
    vida». Dos años después comenzó realmente a pasar una
    renta a aquel primo suyo. Otra vez, teniendo diez y ocho
    años y en ocasión de hallarse preparando el examen de ma-
    durez, fué a visitar a uno de sus compañeros de estudio para
    tomar, de acuerdo con él, aquellas precauciones que su mie-
    do al suspenso les aconsejaba. Decidieron, pues, sobornar al
    bedel encargado de la vigilancia de los candidatos, y la parte
    con que nuestro paciente contribuyó a la suma necesaria fué,
    naturalmente, la mayor. De vuelta a su casa pensó que daría
    con gusto aún más dinero con tal de que en el examen no se
    le escapara ningún disparate, y efectivamente, antes de lle-
    gar a la puerta de su casa, se le escapó algo distinto.

  • S.

    234

    No habrá de sorprendernos descubrir que en su enferme-
    dad ulterior padeció trastornos intestinales muy tenaces,
    aunque sujetos a oscilaciones dependientes de variadas cir-
    cunstancias. Cuando acudió a mi consulta se había habituado
    a las irrigaciones, que le eran practicadas por uno de sus
    criados, y pasaba meses enteros sin defecar espontáneamen-
    te ni una sola vez, salvo cuando experimentaba una determi-
    nada excitación que tenía la virtud de restablecer por algu-
    nos días la normalidad de su actividad intestinal. Se quejaba
    principalmente de que el mundo se le mostraba envuelto en
    un velo o de hallarse separado del mundo por un velo. Y
    este velo se rasgaba tan sólo en el momento en que la irri-
    gación le hacía descargar el intestino, después de lo cual se
    sentía de nuevo bueno y sano 1).

    El especialista al cual envié al paciente para que dictami-
    nara sobre el estado de su intestino tuvo la suficiente pene-
    tración para declarar que sus trastornos obedecían a causas
    funcionales o quizá psíquicas y abstenerse de toda medica-
    ción enérgica. Pero ninguna medicación ni régimen ninguno
    provocaron el menor alivio. Durante los años del tratamiento
    analítico el sujeto no logró hacer una sola deposición espon-
    tánea (dejando a un lado las provocadas por aquellas repen-
    tinas influencias antes mencionadas), pero afortunadamente
    se dejó convencer de que toda medicación intensa de aquel
    órgano empeoraría su estado y se contentó con lograr una
    excreción o dos semanales por medio de irrigaciones o la-
    xantes.

    En esta discusión de los trastornos intestinales de nues-
    tro paciente he concedido a su estado patológico en la edad
    adulta un lugar más amplio del que hasta ahora he venido
    otorgándole en la exposición de su neurosis infantil. Y lo he
    hecho así por dos razones: En primer lugar, porque los sín-
    tomas intestinales correspondientes a la neurosis infantil con-
    tinuaron, con escasas modificaciones, en la enfermedad ulte-
    rior.

    1)El efecto era idéntico cuando se ponía él mismo la irrigación en
    lugar de hacérsela poner por otro.

  • S.

    235

    rior; y en segundo, porque tales síntomas intestinales desem-
    peñaron un papel capital al término del tratamiento.

    Sabemos ya la importancia que integra la duda para el
    médico que analiza una neurosis obsesiva. Constituye el
    arma más fuerte del enfermo y el medio preferido por su re-
    sistencia. Merced a esta duda, pudo conseguir nuestro pa-
    ciente, atrincherado en una respetuosa indiferencia, que todos
    los esfuerzos terapéuticos resbalaran durante años enteros
    sobre él. No experimentaba el menor alivio ni había medio
    alguno de convencerle. Por último, descubrí la importancia
    que para mis propósitos entrañaban los trastornos intestina-
    les. Representaban, en efecto, aquella parte de histeria que
    hallamos regularmente en el fondo de toda neurosis obsesiva.
    Prometí al sujeto el total restablecimiento de su actividad in-
    testinal, hice surgir a plena luz, con tal promesa, su incredu-
    lidad, y tuve luego la satisfacción de ver desvanecerse sus
    dudas cuando el intestino comenzó a «intervenir» en nuestra
    labor y acabó por recobrar, en el curso de unas cuantas se-
    manas, su función normal, durante tanto tiempo perdida.

    Volveremos ahora a la infancia del paciente y, dentro de
    ella, a un período en el que el excremento no podía tener aún
    para él la significación de dinero.

    El sujeto había comenzado a padecer en edad muy tem-
    prana trastornos intestinales y especialmente el más frecuen-
    te y más normal en el niño: la incontinencia. Pero estamos,
    indudablemente, en lo cierto, rechazando, para estos sucesos
    más tempranos, toda explicación patológica y viendo tan
    sólo en ellos una demostración del propósito de no dejar que
    le estorbaran o impidiesen la consecución del placer enlaza-
    do a la función excremental. Hasta mucho después de los co-
    mienzos de su enfermedad ulterior conservó el paciente
    aquella intensa complacencia en los chistes y las imágenes
    anales, que corresponde, en general, a la rudeza natural de
    algunas clases sociales.

    En la época en que estuvo confiado a los cuidados de la
    institutriz inglesa sucedió varias veces que la «chachas» y él
    tuvieron que compartir la alcoba de aquella odiada mujer. La

  • S.

    236

    «chachas» observó entonces, con clara comprensión, que pre-
    cisamente aquellas noches ensuciaba el niño su cama, acci-
    dente que no solía ya sucederle. Y es que en tales ocasiones
    el niño no lo consideraba vergonzoso, sino como una mani-
    festación de rebeldía contra la institutriz.

    Un año después (teniendo cuatro años y medio), o sea du-
    rante el período de miedo, se ensució un día en los pantalo-
    nes, y esta vez sí se avergonzó intensamente, hasta el punto
    de que, mientras le limpiaban, exclamó, con dolorido acento,
    que le era imposible vivir así. Hemos, pues, de deducir que
    en el intervalo había tenido efecto en él un cambio sobre
    cuya pista nos pone su dolorida lamentación. Resultó que
    aquella triste frase la había oído antes a otra persona. En
    una ocasión, su madre le había llevado consigo a la estación
    del ferrocarril acompañando al médico que había venido a re-
    conocerla 1). Durante el camino se había quejado de sus
    dolores y sus hemorragias y había pronunciado aquellas mis-
    mas palabras –«Así me es imposible vivir»– sin la menor
    sospecha de que el niño al que llevaba de la mano había de
    conservarlas en su memoria. Por lo tanto, aquel lamento, que
    el sujeto hubo de repetir luego innumerables veces en su en-
    fermedad ulterior, significaba una identificación con su madre.

    No tardó el paciente en recordar un elemento intermedio
    cuya falta se advertía entre los dos sucesos relatados, tanto
    cronológicamente como en cuanto al contenido. Al principio
    de su período de miedo, su madre había advertido repetida-
    mente a todos los de la casa la necesidad de observar las
    precauciones debidas para que los niños no enfermaran de
    disentería, enfermedad de la que existían muchos casos en
    las cercanías de la finca. El niño preguntó qué enfermedad
    era aquélla, y cuando le dijeron que en la disentería salía san-
    gre con el excremento, se asustó mucho y afirmó que así le
    estaba pasando a él. Tuvo miedo de morir de disentería,
    pero el examen cuidadoso de sus excrementos le convenció

    1)Aunque no fué posible fijar la fecha de este suceso, hemos de
    suponerlo anterior al sueño de angustia.

  • S.

    237

    de que se había equivocado y no tenía nada que temer. En
    tal temor quiso imponerse la identificación con la madre, de
    cuyas hemorragias había sabido el niño por su conversación
    con el médico. En su ulterior tentativa de identificación (a los
    cuatro años y medio) faltó el detalle de la sangre y de este
    modo el sujeto no comprendió ya su intensa reacción al in-
    cidente y la atribuyó a la vergüenza, sin saber que su moti-
    vación verdadera era el miedo a la muerte, el cual se exte-
    riorizó, sin embargo, claramente, en su lamento.

    La madre enferma temía en aquel tiempo tanto por sí
    misma como por sus hijos y es muy probable que el temor
    del niño se apoyase no sólo en sus motivos propios sino
    también en la identificación con su madre.

    Ahora bien ¿qué podía significar tal identificación?
    Entre el atrevido empleo de la incontinencia a los tres
    años y medio y el espanto que a los cuatro años y medio le
    produjo, se desarrolló el sueño con el que comenzó su perío-
    do de miedo y que le procuró una comprensión a posteriori
    de la escena vivida al año y medio y la explicación del papel
    correspondiente a la mujer en el acto sexual. No es nada
    aventurado relacionar con esta magna transformación la de
    su conducta en cuanto al acto de defecar. La disentería era,
    seguramente, para él, la enfermedad de la que había oído
    quejarse a su madre y con la que era imposible vivir. Así,
    pues, para él, su madre padecía una dolencia intestinal y no
    genital. Bajo la influencia de la escena primordial dedujo que
    la madre había enfermado por aquello que el padre había
    hecho con ella 1) y su miedo a echar sangre al defecar, o
    sea a estar tan enfermo como su madre, era la repulsa de su
    madre en aquella escena sexual, la
    misma repulsa con la que había despertado de su sueño.
    Pero la angustia era también la prueba de que en la elabora-
    ción ulterior de la escena primordial se había substituido él a
    la madre, envidiándola aquella relación con el padre. El órga-
    no en el cual podía manifestarse la identificación con la mujer


    1)Deducción probablemente acertada.

  • S.

    238

    y, por lo tanto, la actitud pasiva homosexual con respecto al
    hombre era la zona anal. Los trastornos funcionales de esta
    zona habían adquirido así la significación de impulsos eróticos
    femeninos y la conservaron durante la enfermedad ulterior.

    En este punto debemos atender a una objeción cuya discu-
    sión puede contribuir considerablemente a explicarnos la si-
    tuación, aparentemente confusa. Se nos ha impuesto la hipó-
    tesis de que durante su sueño comprendió el sujeto que la
    mujer estaba castrada, teniendo, en lugar del miembro viril,
    una herida que servía para el comercio sexual y siendo así
    la castración condición indispensable de la feminidad, y he-
    mos supuesto también que esta amenaza de perder el pene
    le había llevado a reprimir su actitud femenina con respecto
    al hombre, despertando entonces, con miedo, de sus ensoña-
    ciones homosexuales. ¿Cómo se compadece esta interpreta-
    ción del comercio sexual, este reconocimiento de la existen-
    cia de la vagina, con la elección del intestino para la identi-
    ficación con la mujer? ¿No reposarán acaso los síntomas
    intestinales sobre la concepción, probablemente anterior y
    opuesta por completo al miedo a la castración, de que el final
    del intestino era el lugar del comercio sexual?

    Existe, desde luego, la contradicción señalada y las dos
    teorías expuestas son inconciliables. Pero la cuestión está tan
    sólo en sí realmente es necesario que sean compatibles.
    Nuestra extrañeza procede de que siempre nos inclinamos a
    tratar los procesos anímicos inconscientes en la misma forma
    que los conscientes, olvidando la profunda diversidad de am-
    bos sistemas psíquicos.

    Cuando la agitada expectación del sueño de Nochebuena
    le fingió la imagen observada (o construída) de un coito entre
    sus padres, surgió, seguramente, en primer término, la anti-
    gua interpretación del comercio sexual, según la cual el lugar
    que acogía el pene era el final del intestino. ¿Qué otra cosa
    podía haber creído cuando a la edad de año y medio fué es-
    pectador de aquella escena? 1) Pero luego vinieron los nue-


    1)O en tanto no llegó a comprender el coito de los perros.

  • S.

    239

    HISTORIALES CLINICOS

    vos sucesos acaecidos a los cuatro años. Las vivencias co-
    rrespondientes al intervalo y los indicios sobre la posibi-
    lidad de la castración, despertaron y arrojaron una duda
    sobre la «teoría de la cloaca», aproximándole al descubri-
    miento de la diferencia de los sexos y del papel sexual de la
    mujer. Pero el sujeto se condujo en esto como todos los
    niños cuando se les procura una explicación indeseada, sexual
    o no. Rechazó lo nuevo, en nuestro caso por motivos de-
    pendientes del miedo a la castración, y conservó lo antiguo.
    Se decidió por el intestino y contra la vagina del mismo modo
    y por análogos motivos a como después hubo de tomar par-
    tido en contra de Dios y a favor de su padre. La nueva ex-
    plicación fué rechazada y mantenida la antigua teoría, la cual
    suministró entonces el material de aquella identificación con
    la mujer, surgida luego en forma de miedo a morir de una
    enfermedad intestinal, y de las primeras preocupa-
    giosas sobre si Cristo había tenido un trasero, etc. Por otra
    parte, sería equivocado creer que el nuevo descubrimiento
    permaneció ineficaz; por el contrario, desarrolló un efecto
    extraordinariamente intenso convirtiéndose en un motivo de
    mantener reprimido el proceso onírico y excluirlo de toda ul-
    terior elaboración consciente. Pero con ello se agotó su efi-
    cacia, y no ejerció ya influencia ninguna en la decisión del
    problema sexual. Constituyó, desde luego, una contradic-
    ción, el que después de aquel momento subsistiera aún el
    miedo a la castración al lado de la identificación con la mujer
    por medio del intestino, pero se trata sólo de una contradic-
    ción lógica que no supone gran cosa en este terreno. Todo
    el proceso resulta más bien característico de la forma de la-
    borar de lo inconsciente. Una represión es algo muy distinto
    de una repulsa.

    Cuando estudiamos la génesis de la fobia al lobo, inves-
    tigamos los efectos de la nueva concepción del acto sexual.
    Ahora que investigamos los trastornos de la actividad intesti-
    nal nos hallamos en el terreno de la antigua teoría de la cloa-
    ca. Los dos puntos de vista permanecen separados por un
    estadio de la represión. La actitud femenina con respecto al

  • S.

    hombre, rechazada por la represión, se refugia en el cuadro
    de síntomas intestinales y se manifiesta en los frecuentes es-
    treñimientos, diarreas y dolores de vientre de los años infan-
    tiles. Las fantasías sexuales ulteriores, basadas ya en cono-
    cimientos sexuales exactos, pueden así manifestarse ya, de
    un modo regresivo, como trastornos intestinales. Pero no las
    comprendemos hasta que descubrimos el cambio de signifi-
    cación experimentado por el excremento después de los pri-
    meros tiempos infantiles.

    En un pasaje anterior silencié un fragmento del contenido
    de la escena primordial, que ahora voy a exponer. El niño
    interrumpió por fin el coito de sus padres con una deposición
    que podía justificar su llanto. En apoyo de esta adición pue-
    den alegarse los mismos argumentos que antes expusimos en
    la discusión del contenido restante de la escena. El paciente
    aceptó este acto final por mí construído y pareció confirmar-
    lo con «síntomas pasajeros». En cambio, hube de retirar otra
    adición consistente en suponer que el padre, molesto por la
    interrupción, había dado libre expresión a su enfado, pues el
    material del análisis no mostró reacción ninguna a ella.
    Aquel detalle últimamente agregado no puede situarse,
    naturalmente, en el mismo plano que el contenido restante de
    la escena. No se trata en él de una impresión externa cuyo
    retorno ha de esperarse en multitud de signos ulteriores, sino
    de una reacción personal del niño. Su ausencia o su inclusión
    ulterior en el proceso de la escena no traerían consigo modi-
    ficación alguna del conjunto. Y su interpretación no ofrece
    lugar ninguno a dudas: significa una excitación de la zona
    anal (en el más amplio sentido). En otros casos análogos,
    una tal observación del comercio sexual hubo de terminar
    con el acto de la micción, y un adulto experimentaría, en
    iguales circunstancias, una erección. El hecho de que nuestro
    infantil sujeto produjera, como signo de su excitación sexual,
    una deposición, debe ser considerado como un carácter de su
    constitución sexual congénita. Toma, en el acto, una actitud
    pasiva, mostrándose más inclinado a una ulterior identifica-
    ción con la mujer que con el hombre.


    240

  • S.

    16

    En esta circunstancia emplea el sujeto el contenido intes-
    tinal, como siempre los niños, en una de sus primeras y más
    primitivas significaciones. El excremento es el primer re-
    galo, la primer prueba de cariño del niño, una parte del
    propio cuerpo de la cual se separa en favor de una persona
    querida 1). Su empleo en calidad de signo de rebeldía, como
    en el caso de nuestro sujeto a los tres años y medio y contra
    la institutriz inglesa, es tan sólo la transformación negativa de
    aquella anterior significación de regalo. El grumus mer-
    dae que los ladrones dejan a veces en el lugar del delito pa-
    rece reunir ambas significaciones: la burla y la indemnización
    expresada en forma regresiva. Siempre que es alcanzado un
    estadio superior, el inferior puede continuar siendo utilizado
    en sentido negativo y rebajado. La represión encuentra su
    expresión en la antítesis 2).

    En un estadio ulterior de la evolución sexual, el excre-
    mento adquiere la significación de «niño». El niño es parido
    por el ano como el excremento. La significación de regalo
    del excremento permite fácilmente esta transformación. En el
    lenguaje corriente, los hijos son considerados también como
    un regalo y las mujeres dicen frecuentemente «haber regala-
    do un niño a su marido», pero los usos de lo inconsciente
    tienen igualmente en cuenta el otro aspecto de esta relación,
    según el cual la mujer ha «recibido» del hombre un hijo como
    regalo.

    1)No es difícil comprobar que los niños de pecho sólo ensucian
    con sus excretas a las personas que les son conocidas y queridas, no
    honrando jamás con tal distinción a un extraño. En mis «Tres ensayos
    para una teoría sexual» hube de mencionar el primer aprovechamiento
    del excremento para la excitación autoerótica de la mucosa intestinal.
    Los progresos de la investigación nos revelaron luego que la defeca-
    ción se halla regida por la relación a un objeto al cual quiere el niño
    mostrar con ella su obediencia y su afecto. Esta relación se prolonga
    luego en el hecho de que el infantil sujeto sólo se deja sentar en el
    orinal o poner a orinar por ciertas personas que le son queridas, elec-
    ción en la que intervienen ya otros propósitos de satisfacción.

    2)En lo inconsciente no existe el «no». Las antítesis coexisten fun-
    didas. La negación es introducida por el proceso de la represión.

    — 241 —

  • S.

    La significación de dinero del excremento parte también,
    en otra dirección, de su significación de regalo.

    Aquel temprano recuerdo encubridor de nuestro enfermo,
    según el cual había producido un primer acceso de cólera por
    no haber recibido en Nochebuena regalos suficientes, nos
    descubre ahora su más profundo sentido. Lo que echaba de
    menos era la satisfacción sexual, que aún interpretaba en
    sentido anal. Su investigación sexual se hallaba orientada en
    este sentido antes del sueño, y había comprendido, durante
    el proceso del mismo, que el acto sexual resolvía el enigma
    de la procedencia de los niños. Ya antes de su sueño le dis-
    gustaban los niños pequeños. Una vez había encontrado en
    su camino a un pajarillo, implume aún, caído del nido y había
    huído asqueado y temeroso creyéndolo una criatura humana.
    El análisis demostró que todos los animales pequeños, orugas
    e insectos, a los que hacía encarnizada guerra, tenían para él
    la significación de niños pequeños. Su relación con su her-
    mana mayor le había dado ocasión de reflexionar largamente
    sobre las relaciones de los niños mayores con los pequeños,
    y la afirmación de la «chachas» de que su madre le quería
    tanto porque era el más pequeño, le había procurado un mo-
    tivo perfectamente comprensible para desear no ser sucedido
    por otro niño menor. Bajo la influencia del sueño que le pre-
    sentó el coito de los padres experimentó una reviviscencia su-
    miedo a semejante posibilidad.

    Así, pues, habremos de añadir a las corrientes sexuales
    que ya conocemos otra nueva, emanada como las demás, de
    la escena primordial reproducida en el sueño. En la identifi-
    cación con la mujer (con la madre) se halla dispuesto a rega-
    lar a su padre un niño y siente celos de su madre, que ya lo
    ha hecho y volverá quizás a hacerlo.

    Por un rodeo que atraviesa el punto de partida común de
    la significación de regalo puede ahora el dinero incorporarse
    la significación de niño y llegar así a constituirse en expre-
    sión de la satisfacción femenina (homosexual). Este proceso
    se desarrolló en nuestro paciente en ocasión de hallarse con
    su hermana en un sanatorio alemán y ver que el padre la en-

    – 242 –

  • S.

    243

    tregaba dos billetes de Banco. Este hecho despertó los celos
    del sujeto, que en su fantasía había sospechado siempre de
    las relaciones de su padre con su hermana, y en cuanto se
    quedó a solas con ella, le exigió que le entregase su parte de
    aquel dinero, y ello con tal violencia y tales reproches, que
    la hermana se echó a llorar y le entregó la totalidad. Pero no
    había sido únicamente el dinero real lo que le había exci-
    tado, sino más aún el niño que significaba, o sea la satisfac-
    ción sexual anal recibida del padre. En consecuencia, sus
    mezquinos pensamientos a la muerte de su hermana sólo
    significaban, en realidad, lo siguiente: Ahora soy el único
    hijo y mi padre no puede querer a nadie más que a mí. Pero
    el fondo homosexual de esta reflexión, absolutamente capaz
    de conciencia, era tan intolerable, que hubo de ser disfrazada
    de codicia para gran alivio del sujeto.

    Lo mismo sucedía cuando después de muerto su padre
    dirigía el sujeto a su madre aquellos injustos reproches de
    que prefería el dinero a su propio hijo y le engañaba por él.
    Sus antiguos celos de que quisiera a otro niño más que a él
    y la posibilidad de que tuviera otro hijo, le obligaban a diri-
    girla acusaciones cuya injusticia reconocía él mismo.

    Este análisis de la significación del excremento nos explica
    que las ideas obsesivas que enlazaban a Dios con la basura
    significaban algo más que la ofensa blasfema que él veía en
    ellas. Eran más bien resultados auténticos de un proceso de
    transacción, en los que participaba, por un lado, una corriente
    cariñosa y respetuosa, y por otro, una corriente hostil e in-
    sultante. En la asociación obsesiva «Dios-basura» se fundía
    la antigua significación de regalo, negativamente rebajada,
    con la significación de niño, ulteriormente desarrollada de
    ella. En la última queda expresada una ternura femenina, una
    disposición a renunciar a su virilidad a cambio de poder ser
    amado como una mujer. Esto es, precisamente aquel impulso
    hostil a Dios expresado con palabras inequívocas en el siste-
    ma delirante del paranoico Schreber.

    Cuando más adelante expongamos las últimas soluciones
    de los síntomas de nuestro paciente, quedará demostrado

  • S.

    244

    nuevamente cómo sus trastornos intestinales se habían puesto
    al servicio de la corriente homosexual y habían expresado su
    actitud femenina con respecto al padre. Una nueva significa-
    ción del excremento nos abrirá ahora camino hacia la investi-
    gación del complejo de la castración.

    Al excitar la mucosa intestinal erógena, la masa fecal des-
    empeña el papel de un órgano activo, conduciéndose como
    el pene con respecto a la mucosa vaginal, y constituye como
    un antecedente del mismo en la época de la cloaca. Por su
    parte, la excreción del contenido intestinal en favor de otra
    persona (por cariño a ella) constituye el prototipo de la cas-
    tración, siendo el primer caso de renuncia a una parte del
    propio cuerpo con el fin de conquistar el favor de una persona
    querida. El amor narcisista al propio pene no carece, pues,
    de una aportación del erotismo anal. El excremento, el niño
    y el pene forman, así, una unidad, un concepto inconsciente
    –sit venia verbo–: el del niño separable del cuerpo.
    Por estos caminos de enlace pueden desarrollarse desplaza-
    mientos e intensificaciones de la carga de libido muy impor-
    tantes para la patología y que el análisis descubre.

    La posición inicial de nuestro paciente ante el problema
    de la castración nos es ya conocida. La rechazó y permane-
    ció en el punto de vista del comercio por el ano. Al decir que
    la rechazó nos referimos a que no quiso saber nada de ella
    en el sentido de la represión. Tal actitud no suponía juicio
    alguno sobre su existencia, pero equivalía a hacerla inexis-
    tente. Ahora bien, esta posición no pudo ser la definitiva, ni
    siquiera durante los años de su neurosis infantil. Más tarde
    hallamos, en efecto, pruebas de que el sujeto llegó a recono-
    cer la castración como un hecho. También en este punto hubo
    de conducirse conforme a aquel rasgo característico de su
    personalidad que tan difícil nos hace la exposición de su caso.
    Se había resistido al principio y había cedido luego, pero
    ninguna de estas reacciones había suprimido la otra, y al
    final coexistían en él dos corrientes antitéticas, una de las
    cuales rechazaba la castración en tanto que la otra estaba
    dispuesta a admitirla, consolándose con la feminidad como

  • S.

    245

    compensación. Y también la tercera, la más antigua y pro-
    funda, que se había limitado a rechazar la castración sin emi-
    tir juicio alguno sobre su realidad, podía ser activada toda-
    vía. De este mismo paciente he relatado en otro lugar una
    alucinación que tuvo a los cinco años y a la que añadiré aquí
    un breve comentario:

    «Teniendo cinco años jugaba en el jardín al lado de mi
    niñera hundiendo una navajita en la corteza de uno de aque-
    llos nogales que desempeñan también un papel en mi sue-
    ño 1). De pronto, observé, con terrible sobresalto, que me
    había cortado el dedo meñique de la mano (¿derecha o iz-
    quierda?), de tal manera que sólo permanecía sujeto por la
    piel. No sentía dolor ninguno, pero sí un miedo terrible. No
    me atreví a decir nada a la niñera que estaba a pocos pasos
    de mí, me desplomé en el banco más próximo y permanecí
    sentado, incapaz de mirarme el dedo. Por último me tranqui-
    licé, me miré el dedo y vi que no tenía en él herida nin-
    guna.»

    Sabemos que a los cuatro años y medio y después de
    trabar conocimiento con la Historia sagrada se inició en él
    aquella intensa labor mental que culminó en su devoción ob-
    sesiva. Podemos, pues, suponer que la alucinación expuesta
    se desarrolló en el período en que el sujeto se decidió a re-
    conocer la realidad de la castración, constituyendo quizá la
    exteriorización de aquel paso decisivo. También la pequeña
    rectificación del paciente tiene cierto interés. El hecho de que
    alucinase el mismo suceso temeroso que el Tasso hace vivir
    a su héroe Tancredo en la «Jerusalem Libertada», justifica la
    interpretación de que también para el pequeño paciente era
    el árbol una mujer. Desempeñaba, pues, el papel del padre y
    relacionaba las hemorragias de su madre con la castración de
    las mujeres, con «la herida» por él comprobada.


    El estímulo de esta alucinación partió de un relato según

    1)Rectificación en un relato ulterior: «No; no hundía la navajita
    en el árbol. Este detalle pertenece a otro recuerdo, falseado también
    por una alucinación, y según el cual, una vez que hundí un cortaplumas
    en un árbol, brotó sangre de la hendidura».

  • S.

    el cual un pariente suyo había nacido con seis dedos en los
    pies y sus padres le habían cortado en el acto los dedos so-
    brantes con un hacha. Así, pues, las mujeres no tenían pene
    porque se lo cortaban al nacer. Por este camino aceptó el
    sujeto, en la época de la neurosis obsesiva, lo que ya había
    averiguado durante el proceso del sueño y rechazado enton-
    ces por medio de la represión. Tampoco la circuncisión ritual
    de Cristo, como en general de todos los judíos, podía serle
    desconocida después de la lectura de la Historia sagrada y
    de sus conversaciones sobre ella.

    Es indudable que el padre se convirtió para él, en esta
    época, en aquella persona temida que amenaza llevar a cabo
    la castración. El Dios cruel con el que por entonces luchaba
    el niño, que hacía caer en pecado a los hombres para casti-
    garlos luego y sacrificaba a su hijo y a los hijos de los hom-
    bres, proyectaba su carácter sobre el padre, a quien por otra
    parte, intentaba el sujeto defender contra aquel Dios. El niño
    tenía que llenar aquí un esquema filogénico y lo consiguió,
    aunque sus vivencias personales no parezcan demostrarlo.
    Las amenazas de castración por él experimentadas habían
    partido más bien de personas femeninas 1), pero esta cir-
    cunstancia no pudo demorar por mucho tiempo el resultado
    final. Al fin y al cabo, fué del padre de quien temió la castra-
    ción, venciendo así, en este punto, la herencia filogénica a la
    vivencia accidental. En la prehistoria de la humanidad hubo
    de ser seguramente el padre el que aplicó la castración como
    castigo, mitigándola después hasta dejarla reducida a la cir-
    cuncisión. Cuanto más amplia se hacía, en el curso del pro-
    ceso de la neurosis obsesiva, la represión de su sexualidad,
    tanto más natural había de serle atribuir al padre, el verdade-
    ro representante de la actividad sexual, tales propósitos ma-
    lignos.

    La identificación del padre con el castrador adquirió con
    siderable importancia como fuente de una hostilidad incons-
    ciente.


    1)De la «chacha», como ya sabemos, y de otra criada, según ve-
    remos más adelante.

    246

  • S.

    247

    ciente, llevada hasta el deseo de su muerte, y de los senti-
    mientos de culpabilidad surgidos como reacción a la misma.
    En todo esto su conducta era normal, esto es, idéntica a la
    de todo neurótico poseído por un complejo de Edipo positivo.
    Lo singular fué luego la coexistencia de una corriente antitéti-
    ca en la cual era más bien el padre el castrado y le inspira-
    ba, como tal, profunda compasión.

    En el análisis del ceremonial respiratorio que se le impo-
    nía a la vista de personas inválidas o miserables hemos po-
    dido demostrar que también este síntoma se refería al padre,
    el cual le había inspirado lástima cuando fué a visitarle al
    sanatorio. El análisis permitió perseguir aún más atrás este
    proceso. En época muy temprana, probablemente anterior a
    la seducción, había en la finca un pobre jornalero encargado
    de subir el agua a la casa. Este individuo no podía hablar y
    se decía que era porque le habían cortado la lengua, aun-
    que lo probable es que se tratase de un sordomudo. El pe-
    queño le quería mucho y le compadecía de todo corazón
    y cuando aquel pobre jornalero murió le buscaba en el cie-
    lo 1). Este fué, pues, el primer inválido que le inspiró lásti-
    ma; pero además, según el contexto en el que apareció in-
    cluído y el momento de su emergencia en el análisis, hubo
    de ser también una sustitución del padre.

    El análisis enlazó a él el recuerdo de otros criados que le
    habían sido simpáticos y de los que recordaba que estaban
    enfermos o eran judíos (circuncisión). También el criado que
    ayudó a limpiarle, cuando a los cuatro años y medio se en-
    sució en los pantalones, era un judío que estaba tísico y por
    el que sentía gran compasión. Todos estos individuos perte-
    necen al período anterior a su visita al padre en el sanatorio,
    esto es, anterior a la producción de síntomas, o sea al cere-
    monial respiratorio destinado más bien a evitar una identifi-
    cación con las personas compadecidas. El análisis se orientó

    1)Posteriormente al sueño de angustia, pero hallándose aún en
    la primera finca, tuvo el sujeto varios sueños relacionados con estos
    sucesos y en los que la escena del coito se le aparecía como un proce-
    so entre cuerpos celestes.

  • S.

    248

    luego, de repente, con motivo de un sueño, hacia la época
    prehistórica, haciéndole sentar la afirmación de que en el
    coito de la escena primordial había observado la desaparición
    del pene, compadeciéndose por ello del padre y alegrándose
    al verlo reaparecer. Así, pues, un nuevo impulso afectivo
    nacido de esta escena. El origen narcisista de la compasión
    se nos muestra aquí con toda evidencia.