• S.

    9

    II.

    El alma colectiva, según Le Bon.

    Podríamos comenzar por una definición del alma co-
    lectiva, pero nos parece más racional presentar, en primer
    lugar, al lector, una exposición general de los fenómenos
    correspondientes y escoger entre éstos algunos de los
    más singulares y característicos, que puedan servirnos
    de punto de partida para nuestra investigación. Conse-
    guiremos ambos fines tomando como guía una obra que
    goza de justa celebridad, la «Psicología de las multitu-
    des», de Gustavo Le Bon (1).

    Ante todo, convendrá que nos hagamos presente, con
    máxima claridad, la cuestión planteada. La psicología–
    que persigue los instintos, disposiciones, móviles e in-
    tenciones del individuo, hasta sus actos y en sus relacio-
    nes con sus semejantes–, llegada al final de su labor y
    habiendo hecho la luz sobre todos los objetos de la mis-
    ma, vería alzarse ante ella, de repente, un nuevo proble-
    ma. Habría, en efecto, de explicar el hecho sorprendente
    de que en determinadas circunstancias, nacidas de su in-
    corporación a una multitud humana que ha adquirido el
    carácter de «masa psicológica», aquel mismo individuo
    al que ha logrado hacer inteligible, piense, sienta y obre
    de un modo absolutamente inesperado. Ahora bien ¿qué
    es una masa? ¿Por qué medios adquiere la facultad de


    (1)28.ª edición. F. Alcan, París, 1921.

  • S.

    10

    ejercer una tan decisiva influencia sobre la vida anímica
    individual? ¿Y en qué consiste la modificación psíquica
    que impone al individuo.

    La contestación de estas interrogaciones, labor que
    resultará más fácil comenzando por la tercera y última,
    incumbe a la psicología colectiva, cuyo objeto es, en
    efecto, la observación de las modificaciones impresas a
    las reacciones individuales. Ahora bien, toda tentativa de
    explicación debe ir precedida de la descripción del objeto
    que de explicar se trata.

    Dejaremos, pues, la palabra a Gustavo Le Bon: «El
    más singular de los fenómenos presentados por una
    masa psicológica, es el siguiente: Cualesquiera que sean
    los individuos que la componen y por diversos o seme-
    jantes que puedan ser su género de vida, sus ocupacio-
    nes, su carácter o su inteligencia, el sólo hecho de ha-
    llarse transformados en una multitud les dota de una es-
    pecie de alma colectiva. Este alma les hace sentir, pen-
    sar y obrar de una manera por completo distinta de
    cómo sentiría, pensaría y obraría cada uno de ellos ais-
    ladamente.
    Ciertas ideas y ciertos sentimientos no surgen ni se
    transforman en actos sino en los individuos constituídos
    en multitud. La masa psicológica es un ser provisional
    compuesto de elementos heterogéneos, soldados por un
    instante, exactamente como las células de un cuerpo vivo
    forman por su reunión un nuevo ser, que muestra carac-
    teres muy diferentes de los que cada una de tales células
    posee»(1).

    Permitiéndonos interrumpir la exposición de Le Bon
    con nuestras glosas, intercalaremos aquí la observación
    siguiente: Si los individuos que forman parte de una
    multitud se hallan fundidos en una unidad, tiene que

    (1) l. c., págs. 13-14.

  • S.

    11

    PSICOLOGIA DE LAS MASAS

    existir algo que les enlace unos a otros, y este algo po-
    dría muy bien ser aquello que caracteriza a la masa.
    Pero Le Bon deja en pie esta cuestión, y pasando a las
    modificaciones que el individuo experimenta en la masa,
    las describe en términos muy conformes con los princi-
    pios fundamentales de nuestra psicología de las profun-
    didades.

    «Fácilmente se comprueba en qué alta medida difiere
    el individuo integrado en una multitud, del individuo ais-
    lado. Lo que ya resulta más arduo es descubrir las cau-
    sas de tal diferencia.–Para llegar, por lo menos, a en-
    treverlas, es preciso recordar, ante todo, la observación
    realizada por la psicología moderna, de que no sólo en
    la vida orgánica, sino también en el funcionamiento de
    la inteligencia desempeñan los fenómenos inconscientes
    un papel preponderante. La vida consciente del espíritu
    se nos muestra muy limitada al lado de la inconsciente.
    El analítico más sutil, el más penetrante observador, no
    llegan nunca a descubrir sino una mínima parte de los
    móviles inconscientes que les guían. Nuestros actos cons-
    cientes se derivan de un «substratum» inconsciente, for-
    mado, en su mayor parte, por influencias hereditarias.
    Este substratum entraña los innumerables residuos an-
    cestrales que constituyen el alma de la raza. Detrás de
    las causas confesadas de nuestros actos, existen causas
    secretas, ignoradas por todos. La mayor parte de nues-
    tros actos cotidianos son efecto de móviles ocultos que
    escapan a nuestro conocimiento» 1).

    Le Bon piensa, que en una multitud, se borran las ad-
    quisiciones individuales, desapareciendo así la persona-
    lidad de cada uno de los que la integran. Lo inconsciente
    social surge en primer término, y lo heterogéneo se funde
    en lo homogéneo. Diremos, pues, que la superestructura

    1) l. c., págs. 15-16.

  • S.

    12

    psíquica, tan diversamente desarrollada en cada indivi-
    duo, queda destruída, apareciendo desnuda la uniforme
    base inconsciente, común a todos.

    De este modo, se formaría un carácter medio de los
    individuos constituídos en multitud. Pero Le Bon encuen-
    tra que tales individuos muestran también nuevas cuali-
    dades, de las cuales carecían antes, y halla la explicación
    de este fenómeno en tres factores diferentes.

    «La aparición de los caracteres peculiares a las mul-
    titudes se nos muestra determinada por diversas causas.
    La primera de ellas es que el individuo integrado en una
    multitud, adquiere, por el sólo hecho del número, un sen-
    timiento de potencia invencible, merced al cual puede per-
    mitirse ceder a instintos que, antes, como individuo aisla-
    do, hubiera refrenado forzosamente. Y se abandonará
    tanto más gustoso a tales instintos cuanto que por ser la
    multitud anónima, y en consecuencia, irresponsable, des-
    aparecerá para él el sentimiento de la responsabilidad,
    poderoso y constante freno de los impulsos individua-
    les» (1).

    Nuestro punto de vista nos dispensa de conceder un
    gran valor a la aparición de nuevos caracteres. Bástanos
    decir, que el individuo que entra a formar parte de una
    multitud se sitúa en condiciones que le permiten suprimir
    las represiones de sus tendencias inconscientes. Los ca-
    racteres aparentemente nuevos que entonces manifiesta
    son precisamente exteriorizaciones de lo inconsciente in-
    dividual, sistema en el que se halla contenido en germen
    todo lo malo existente en el alma humana. La desapari-
    ción, en estas circunstancias, de la conciencia o del sen-
    timiento de la responsabilidad, es un hecho cuya com-
    prensión no nos ofrece dificultad alguna, pues hace ya
    mucho tiempo, hicimos observar que el nódulo de lo que


    (1) l. c., pág. 17.

  • S.

    13

    PSICOLOGIA DE LAS MASAS

    denominamos conciencia moral era la «angustia so-
    cial»(1).

    «Una segunda causa, el contagio mental, interviene
    igualmente para determinar en las multitudes la manifes-
    tación de caracteres especiales, y al mismo tiempo, su
    orientación. El contagio es un fenómeno fácilmente com-
    probable, pero inexplicado aún y que ha de ser enlazado
    a los fenómenos de orden hipnótico, cuyo estudio em-
    prenderemos en páginas posteriores. Dentro de una
    multitud, todo sentimiento y todo acto son contagio-
    sos, hasta el punto de que el individuo sacrifica muy
    fácilmente su interés personal al interés colectivo, apti-
    tud contraria a su naturaleza y de la que el hombre sólo
    se hace susceptible cuando forma parte de una mul-
    titud»(2).

    «Una tercera causa, la más importante, determina en
    los individuos integrados en una masa, caracteres espe-
    ciales, a veces muy opuestos a los del individuo aislado.
    Me refiero a la sugestibilidad, de la que el contagio
    antes indicado no es, además, sino un efecto. Para com-
    prender este fenómeno, es necesario tener en cuenta
    ciertos recientes descubrimientos de la fisiología. Sabe-
    mos hoy, que un individuo puede ser transferido a un


    (1) Entre la concepción de Le Bon y la nuestra, hay una cierta
    diferencia, resultante de que su noción de lo inconsciente no coinci-
    de por completo con la adoptada por la psicoanálisis. Para Le Bon,
    lo inconsciente contiene, ante todo, los más profundos caracteres
    del alma de la raza, la cual no es propiamente objeto de la psicoa-
    nálisis. Reconocemos, desde luego, que el nódulo del Yo, al que
    pertenece «la herencia arcaica» del alma humana, es inconsciente,
    pero postulamos, además, la existencia de «lo reprimido inconscien-
    te», surgido de una parte de tal herencia. Este concepto de «lo re-
    primido» falta en la teoría de Le Bon.

    (2) l. c., págs. 17-18. Más adelante utilizaremos esta proposi-
    ción, constituyéndola en punto de partida de una importante hipó-
    tesis.

  • S.

    14

    estado en el que habiendo perdido su personalidad cons-
    ciente, obedezca a todas las sugestiones del operador
    que se la ha hecho perder y cometa los actos más contra-
    rios a su carácter y costumbres. Ahora bien, detenidas
    observaciones parecen demostrar que el individuo sumi-
    do algún tiempo en el seno de una multitud activa cae
    pronto, a consecuencia de los efluvios que de la misma
    emanan o por cualquier otra causa, aún ignorada, en
    un estado particular, muy semejante al estado de fasci-
    nación del hipnotizado entre las manos de su hipnotiza-
    dor. Paralizada la vida cerebral del sujeto hipnotizado,
    se convierte éste en esclavo de todas sus actividades
    inconscientes, que el hipnotizador dirige a su antojo. La
    personalidad consciente desaparece; la voluntad y el
    discernimiento quedan abolidos. Sentimientos y pensa-
    mientos son entonces orientados en el sentido determi-
    nado por el hipnotizador.

    Tal es, aproximadamente el estado del individuo in-
    tegrado en una multitud. No tiene ya conciencia de sus
    actos. En él, como en el hipnotizado, quedan abolidas
    ciertas facultades y pueden ser llevadas otras a un grado
    extremo de exaltación. La influencia de una sugestión le
    lanzará con ímpetu irresistible, a la ejecución de ciertos
    actos. Impetu más irresistible aún en las multitudes que en
    el sujeto hipnotizado, pues siendo la sugestión la misma
    para todos los individuos, se intensificará al hacerse recí-
    proca» (1).

    «...Así, pues, la desaparición de la personalidad cons-
    ciente, el predominio de la personalidad inconsciente, la
    orientación de los sentimientos y de las ideas en igual
    sentido, por sugestión y contagio, y la tendencia a trans-
    formar inmediatamente en actos las ideas sugeridas, son
    los principales caracteres del individuo integrado en una


    (1) l. c., pág. 17-19.

  • S.

    15

    multitud. Perdidos todos sus rasgos personales, pasa a
    convertirse en un autómata sin voluntad» 1).

    Hemos citado íntegros estos pasajes, para demos-
    trar que Le Bon no se limita a comparar el estado del in-
    dividuo integrado en una multitud con el estado hipnóti-
    co, sino que establece una verdadera identidad entre am-
    bos. No nos proponemos contradecir aquí tal teoría, pero
    sí queremos señalar que las dos últimas causas mencio-
    nadas de la transformación del individuo en la masa, el
    contagio y la mayor sugestibilidad, no pueden ser consi-
    deradas como de igual naturaleza, puesto que, a juicio de
    nuestro autor, el contagio no es, a su vez, sino una ma-
    nifestación de la sugestibilidad. Así, pues, ha de parecer-
    nos que Le Bon no establece una diferenciación suficien-
    temente precisa entre los efectos de tales dos causas.
    Como mejor interpretaremos su pensamiento será, quizá,
    atribuyendo el contagio a la acción recíproca ejercida por
    los miembros de una multitud unos sobre otros y deri-
    vando los fenómenos de sugestión identificados por Le
    Bon con los de la influencia hipnótica, de una distinta
    fuente. ¿Pero de cuál? Hemos de reconocer como una
    evidente laguna el hecho de que uno de los principales
    términos de esta identificación, a saber, la persona que
    para la multitud sustituye al hipnotizador, no aparezca
    mencionada en la exposición de Le Bon. De todos mo-
    dos, el autor distingue de esta influencia fascinadora, que
    deja en la sombra, la acción contagiosa que los indivi-
    duos ejercen unos sobre otros y que viene a reforzar la
    sugestión primitiva.

    Citaremos todavía otro punto de vista muy importan-
    te para el juicio del individuo integrado en una multitud:
    «Por el sólo hecho de formar parte de una multitud, des-
    ciende, pues, el hombre varios escalones en la escala de

    1) l. c. pág. 19.

  • S.

    16

    la civilización. Aislado, era quizás un individuo culto; en
    multitud, es un instintivo, y por consiguiente, un bárbaro.
    Tiene la espontaneidad, la violencia, la ferocidad y tam-
    bién los entusiasmos y los heroísmos de los seres pri-
    mitivos» (1).

    El autor insiste luego particularmente en la disminu-
    ción de la actividad intelectual que el individuo experi-
    menta por el hecho de su disolución en la masa (2).

    Dejemos ahora al individuo y pasemos a la descrip-
    ción del alma colectiva, llevada a cabo por Le Bon. No
    hay en esta descripcion un solo punto cuyo origen y cla-
    sificación puedan ofrecer dificultades al psicoanalítico.
    Le Bon nos indica además, por sí mismo, el camino, ha-
    ciendo resaltar las coincidencias del alma de la multitud
    con la vida anímica de los primitivos y de los niños (3).

    La multitud es impulsiva, versátil e irritable y se deja
    guiar casi exclusivamente, por lo inconsciente (4). Los
    impulsos a los que obedece pueden ser, según las cir-
    cunstancias, nobles o crueles, heroicos o cobardes, pero
    son siempre tan imperiosos, que la personalidad e inclu-
    so el instinto de conservación desaparecen ante ellos (5).
    Nada, en ella, es premeditado. Aun cuando desea apa-
    sionadamente algo, nunca lo desea mucho tiempo, pues
    es incapaz de una voluntad perseverante. No tolera apla-
    zamiento alguno entre el deseo y la realización. Abriga

    (1) l. c., pág. 19.

    (2) Cf. el dístico de Schiller:

    Jeder sieht man ihn einzeln, ist leidlich klug und verstaendig;
    Sind sie in corpore, gleich wird euch ein Dummkopf daraus.

    (Cada uno, tomado aparte, es pasablemente inteligente y razo-
    nable; reunidos, no forman ya entre todos, sino un solo imbécil.)

     

    (3) l. c., pág. 23.

    (4) El término <inconsciente> es empleado correctamente por
    Le Bon, en el sentido de su descripción, cuando no significa tan
    sólo lo <reprimido>.

    (5) l. c., pág. 24.

  • S.

    17

    PSICOLOGIA DE LAS MASAS

    un sentimiento de omnipotencia. La noción de lo imposi-
    ble no existe para el individuo que forma parte de una
    multitud (1).

    La multitud es extraordinariamente influenciable y cré-
    dula. Carece de sentido crítico y lo inverosímil no existe
    para ella. Piensa en imágenes que se enlazan unas a
    otras asociativamente, como en aquellos estados en los
    que el individuo da libre curso a su imaginación sin que
    ninguna instancia racional intervenga para juzgar hasta
    qué punto se adaptan a la realidad sus fantasías. Los sen-
    timientos de la multitud son siempre simples y exaltados.
    De este modo, no conoce dudas ni incertidumbres (2).

    Las multitudes llegan rápidamente a lo extremo.
    La sospecha enunciada se transforma ipso facto en indis-
    cutible evidencia. Un principio de antipatía pasa a cons-
    tituir, en segundos, un odio feroz (3).


    (1) Véase «Tótem y tabú», cap. III: Animismo, magia y omni-
    potencia de las ideas. (Tomo VIII de estas «Obras completas»).

    (2) En la interpretación de los sueños, a los que debemos nues-
    tro mejor conocimiento de la vida psíquica inconsciente, segui-
    mos la regla técnica de hacer abstracción de todas las dudas e in-
    certidumbres que se manifiestan en el curso del relato del sueño y
    considerar como igualmente ciertas todos los elementos del conte-
    nido manifiesto. Atribuímos tales dudas e incertidumbres a la acción
    de la censura que actúa sobre la elaboración onírica y admitimos
    que las ideas primarias del sueño no conocen la duda ni la incerti-
    dumbre como función crítica. Pero, como contenido, pueden ambas
    aparecer, naturalmente, del mismo modo que otro elemento cual-
    quiera, en los restos diurnos provocadores del sueño. («La interpre-
    tación de los sueños». Tomos VI y VII de estas «Obras completas»).

    (3) l. c., pág. 36.–Esta misma intensificación de todos los
    afectos hasta lo extremo y desmesurado, es también característica
    de la afectividad del niño y reaparece en la vida onírica, donde, mer-
    ced a la separación que existe en lo inconsciente entre los diversos
    sentimientos, una ligera contrariedad experimentada durante el día
    se exterioriza en el deseo de que muera la persona culpable de ella o
    una ligera tentación se transforma en el impulso de cometer un acto

  • S.

    18

    PROF. S. FREUD

    Naturalmente inclinada a todos los excesos, la multi-
    tud no reacciona sino a estímulos muy intensos. Para in-
    fluir sobre ella, es inútil argumentar lógicamente. En
    cambio, será preciso presentar imágenes de vivos co-
    lores y repetir una y otra vez las mismas cosas.

    «No abrigando la menor duda sobre lo que cree la
    verdad o el error y poseyendo, además, clara conciencia
    de su poderío, la multitud es tan autoritaria como intole-
    rante… Respeta la fuerza y no ve en la bondad sino una
    especie de debilidad que le impresiona muy poco. Lo que
    la multitud exige de sus héroes es la fuerza e incluso la
    violencia. Quiere ser dominada, subyugada y temer a su
    amo… Las multitudes abrigan, en el fondo, irreductibles
    instintos conservadores, y como todos los primitivos, un
    respeto fetichista a las tradiciones y un horror incons-
    ciente a las novedades susceptibles de modificar sus
    condiciones de existencia» (1).

    Si queremos formarnos una idea exacta de la morali-
    dad de las multitudes, habremos de tener en cuenta, que
    en la reunión de los individuos integrados en una masa,
    desaparecen todas las inhibiciones individuales, mientras
    que todos los instintos crueles, brutales y destructores,
    residuos de épocas primitivas, latentes en el individuo,
    despiertan y buscan su libre satisfacción. Pero bajo la
    influencia de la sugestión, las masas son también capa-
    ces de desinterés y del sacrificio por un ideal. El interés


    criminal, representado en el sueño. A este propósito ha hecho el
    Dr. H. Sachs la siguiente ingeniosa observación: «Aquello que el
    sueño nos ha revelado sobre nuestras relaciones con el presente (la
    realidad) habremos de buscarlo luego en la conciencia y no debere-
    mos asombrarnos si los monstruos que hemos visto a través del
    cristal de aumento del análisis nos aparecen como minúsculos infu-
    sorios». («La interpretación de los sueños». Tomos VI y VII de es-
    tas «Obras completas»).

    (1) l. c., pág. 37.

  • S.

    19

    PSICOLOGIA DE LAS MASAS

    personal, que constituye casi el único móvil de acción
    del individuo aislado, no se muestra en las masas como
    elemento dominante, sino en muy contadas ocasiones.
    Puede incluso hablarse de una moralización del indivi-
    duo por la masa (1). Mientras que el nivel intelectual de
    la multitud aparece siempre muy inferior al del individuo,
    su conducta moral puede tanto sobrepasar el nivel ético
    individual como descender muy por debajo de él.

    Algunos rasgos de la característica de las masas, tal
    y como la expone Le Bon, muestran hasta qué punto
    está justificada la identificación del alma de la multitud
    con el alma de los primitivos. En las masas, las ideas
    más opuestas pueden coexistir sin estorbarse unas a
    otras y sin que surja de su contradicción lógica conflicto
    alguno. Ahora bien, la psicoanálisis ha demostrado que
    este mismo fenómeno se da también en la vida anímica
    individual; así, en el niño y en el neurótico (2).


    (1) 1. c., pág. 45.

    (2) En el niño coexisten, por ejemplo, durante mucho tiempo,
    actitudes afectivas ambivalentes con respecto a las personas que le
    son más próximas, sin que ninguna de tales actitudes perturbe a la
    opuesta en su manifestación. Y si por fin, surge el conflicto, queda
    resuelto muchas veces, cambiando el niño de objeto y desplazando
    uno de los sentimientos de su ambivalencia sobre un objeto sustitu-
    tivo. El estudio de la evolución de una neurosis de un individuo
    adulto suele mostrarnos también, que un sentimiento reprimido
    puede persistir durante mucho tiempo en fantasías inconscientes e
    incluso conscientes, cuyo contenido es, naturalmente, opuesto a
    una corriente dominante, sin que de esta contradicción resulte una
    rebelión del Yo contra lo reprimido. La fantasía es tolerada durante
    un largo lapso de tiempo, hasta que de pronto, y la mayor parte de
    las veces, a consecuencia de una intensificación de su carga afectiva,
    surge el conflicto entre ella y el Yo, con todas sus consecuencias.
    En el curso progresivo de la evolución del niño hacia la edad
    adulta, se va constituyendo una integración cada vez más
    amplia, de su personalidad, esto es, una reunión y una síntesis de
    las diversas tendencias y aspiraciones desarrolladas en dicha per-
     

  • S.

    20

    Además, la multitud se muestra muy accesible al po-
    der verdaderamente mágico de las palabras, las cuales
    son susceptibles tanto de provocar en el alma colectiva,
    las más violentas tempestades, como de apaciguarla y
    devolverle la calma. «La razón y los argumentos no pue-
    den nada contra ciertas palabras y fórmulas. Pronuncia-
    das éstas con recogimiento ante las multitudes, hacen
    pintarse el respeto en todos los rostros e inclinarse to-
    das las frentes. Muchos las consideran como fuerzas de
    la naturaleza o como potencias sobrenaturales» (1). A
    este propósito basta con recordar el tabú de los nombres
    entre los primitivos y las fuerzas mágicas que para ellos
    se enlazan a los nombres y las palabras (2).

    Por último: Las multitudes no han conocido jamás la
    sed de la verdad. Demandan ilusiones, a las cuales no
    pueden renunciar. Dan siempre la preferencia a lo irreal
    sobre lo real, y lo irreal actúa sobre ellas con la misma
    fuerza que lo real. Tienen una visible tendencia a no ha-
    cer distinción entre ambos.

    Este predominio de la vida imaginativa y de la ilusión
    sustentada por el deseo insatisfecho ha sido ya señalado
    por nosotros como fenómeno característico de la psico-
    logía de las neurosis. Hallamos, en efecto, que para el
    neurótico no presenta valor alguno la general realidad
    objetiva y sí, únicamente, la realidad psíquica. Un sínto-

    sonalidad independientemente unas de otras. Conocemos ya un
    proceso análogo en los dominios de la vida sexual, en la que todas
    las tendencias sexuales acaban por converger, formando la organi-
    zación genital definitiva. (Cf. «Una teoría sexual», tomo II de estas
    «Obras completas»). Numerosos ejemplos muy conocidos, como el
    de los investigadores científicos que permanecen creyentes, mues-
    tran que la unificación del Yo se halla sujeta a las mismas perturba-
    ciones que la de la libido.

    (1) l. c., pág. 85.

    (2) Véase «Totem y tabú», tomo VIII de estas «Obras com-
    pletas».

  • S.

    21

    ma histérico se funda en una fantasía y no en la repro-
    ducción de algo verdaderamente vivido. Un sentimiento
    obsesivo de culpabilidad reposa en el hecho real de un
    mal propósito jamás llevado a cabo. Como sucede en el
    sueño y en la hipnosis, la prueba por la realidad sucum-
    be, en la actividad anímica de la masa, a la energía de
    los deseos cargados de afectividad.

    Lo que Le Bon dice sobre los directores de multitudes
    es menos satisfactorio y no deja transparentar tan clara-
    mente lo normativo. Opina nuestro autor, que en cuan-
    to un cierto número de seres vivos se reune, trátese de
    un rebaño o de una multitud humana, los elementos in-
    dividuales se colocan instintivamente bajo la autoridad
    de un jefe. La multitud es un dócil rebaño incapaz de vi-
    vir sin amo. Tiene una tal sed de obedecer, que se so-
    mete instintivamente a aquel que se erige en su jefe.

    Pero si la multitud necesita un jefe, es preciso que el
    mismo posea determinadas aptitudes personales. Deberá
    hallarse también fascinado por una intensa fe (en una
    idea), para poder hacer surgir la fe en la multitud. Así
    mismo, deberá poseer una voluntad potente e imperiosa,
    susceptible de animar a la multitud, carente por sí mis-
    ma de voluntad. Le Bon habla, después, de las diversas
    clases de directores de multitudes y de los medios con
    los que actúan sobre ellas. En último análisis, ve la
    causa de su influencia, en las ideas por las que ellos mis-
    mos se hallan fascinados.

    Pero además, tanto a estas ideas como a los directo-
    res de multitudes, les atribuye Le Bon un poder miste-
    rioso e irresistible, el que da el nombre de «prestigio»:
    «El prestigio es una especie de fascinación que un indi-
    viduo, una obra o una idea, ejercen sobre nuestro espí-
    ritu. Esta fascinación paraliza todas nuestras faculta-
    des críticas y llena nuestra alma de asombro y de respeto.
    Los sentimiento entonces provocados son inexplicables,

  • S.

    22

    como todos los sentimientos, pero probablemente del
    mismo orden que la sugestión experimentada por un su-
    eto magnetizado» (1).

    Le Bon distingue un prestigio adquirido o artificial y
    un prestigio personal. El primero queda conferido a las
    personas, por su nombre, sus riquezas o su honorabili-
    dad, y a las doctrinas y a las obras de arte, por la tra-
    dición. Dado que posee siempre su origen en el pasado,
    no nos facilita lo más mínimo la comprensión de esta
    misteriosa influencia. El prestigio personal es adorno de
    que muy pocos gozan, pero estos pocos se imponen por
    el mismo hecho de poseerlo, como jefes, y se hacen
    obedecer cual si poseyeran un mágico talismán. De to-
    dos modos y cualquiera que sea su naturaleza, el pres-
    tigio depende siempre del éxito y desaparece ante el
    fracaso.

    No puede por menos de observarse que las considera-
    ciones de Le Bon sobre los directores de multitudes y la
    naturaleza del prestigio no se hallan a la altura de su bri-
    llante descripción del alma colectiva.

    (1) l. c., pág. 109.