• S.

    31

    IV.

    Sugestión y libido.

    Hemos partido del hecho fundamental de que el indi-
    viduo integrado en una masa, experimenta, bajo la in-
    fluencia de la misma, una modificación, a veces muy
    profunda, de su actividad anímica. Su afectividad queda
    extraordinariamente intensificada y, en cambio, notable-
    mente limitada su actividad intelectual. Ambos procesos
    tienden a igualar al individuo con los demás de la multi-
    tud, fin que sólo puede ser conseguido por la supresión
    de las inhibiciones peculiares a cada uno y la renuncia a
    las modalidades individuales y personales de las tenden-
    cias.

    Hemos visto que estos efectos, con frecuencia inde-
    seables, pueden quedar neutralizados, al menos en par-
    te, por una «organización» superior de las masas, pero
    esta posibilidad deja en pie el hecho fundamental de la
    psicología colectiva, esto es, la elevación de la afectivi-
    dad y la coerción intelectual en la masa primitiva. Nues-
    tra labor se encaminará, pues, a hallar la explicación
    psicológica de la modificación psíquica que la influencia
    de la masa impone al individuo.

    Evidentemente, la intervención de factores racionales,
    como la intimidación del individuo por la multitud, o sea
    la acción de su instinto de conservación, no basta para
    explicar los fenómenos observados. Aquello que fuera
    de esto nos ofrecen, a título explicativo, las autoridades

  • S.

    52

    en sociología y psicología de las masas, se reduce siem-
    pre, aunque presentado bajo diversos nombres, a la mis-
    ma cosa, resumida en la mágica palabra «suges-
    tión». Uno de estos autores–Tarde–habla de imi-
    tación, mas por nuestra parte suscribimos sin reser-
    vas la opinión de Brugeilles, que considera integrada la
    imitación en el concepto de sugestión, como una conse-
    cuencia de la misma (1). Le Bon reduce todas las singu-
    laridades de los fenómenos sociales, a dos factores: La
    sugestión recíproca de los individuos y el prestigio del
    caudillo. Pero el prestigio no se exterioriza precisa-
    mente sino por la facultad de provocar la sugestión. Le-
    yendo a Mac Dougall, pudimos experimentar, durante
    algunos momentos, la impresión de que su principio
    de la «inducción afectiva primaria» permitía prescindir
    de la hipótesis de la sugestión. Pero reflexionando más
    detenidamente, hemos de reconocer que este principio
    no expresa sino los conocidos fenómenos de la «imi-
    tación» o el «contagio», aunque acentuando decidida-
    mente el factor afectivo. Es indudable que existe en
    nosotros una tal tendencia a experimentar aquellos afec-
    tos cuyos signos observamos en otros, pero, ¿cuántas
    veces no resistimos victoriosamente a ella, rechazando
    el afecto e incluso reaccionando de un modo completa-
    mente, opuesto? Y siendo así, ¿por qué nos entregamos
    siempre, en cambio, al contagio, cuando formamos parte
    integrante de la masa? Habremos de decirnos nueva-
    mente, que es la influencia sugestiva de la masa la que
    nos obliga a obedecer a esta tendencia a la imitación e
    induce en nosotros el afecto. Pero, aun dejando aparte
    todo esto, tampoco nos permite Mac Dougall prescindir
    de la sugestión, pues como otros muchos autores, nos


    (1) Brugeilles. L'essence du phénomène social: la suggestion.
    «Revue philosophique», XXV, 1913.

  • S.

    33

    PSICOLOGIA DE LAS MASAS

    dice que las masas se distinguen por una especial su-
    gestibilidad.

    De este modo, quedamos preparados a admitir que la
    sugestión (o más exactamente, la sugestibilidad) es un
    fenómeno primario irreductible, un hecho fundamental de
    la vida anímica humana. Así opinaba Bernheim, de cuyos
    asombrosos experimentos fuí testigo presencial en 1889.
    Pero recuerdo también haber experimentado por enton-
    ces, una obscura animosidad contra tal tiranía de la su-
    gestión. Cuando oía a Bernheim interpelar a un enfermo
    poco dócil con las palabras: «¿Qué hace usted? ¡Vous
    contresuggestionnez!»–me decía que aquello cons-
    tituía una injusticia y una violencia. El sujeto poseía un
    evidente derecho a «contrasugestionarse» cuando se le
    intentaba dominar por medio de sugestiones. Esta resis-
    tencia mía tomó después la forma de una rebelión contra
    el hecho de que la sugestión, que todo lo explicaba, hu-
    biera de carecer por sí misma de explicación, y me repe-
    tí, refiriéndome a ella, la antigua pregunta chistosa (1):

    Christoph trug Christum,
    Christus trug die ganze Welt,
    Sag', wo hat Christoph
    Damals hin den Fuss gestellt? (2).

    Christophorus Christum, sed Christus sustulit orbem:
    Constiterit pedibus dic ubi Christophorus?

    Ahora, cuando después de treinta años de alejamien-
    to, vuelvo a aproximarme al enigma de la sugestión, en-
    cuentro que nada ha cambiado en él, salvo una única ex-
    cepción, que testimonia precisamente de la influencia de
    la psicoanálisis. Observo, en efecto, en los investigado-
     


    (1) Konrad Richter. Der Deutsche S. Christoph. Berlín, 1896.
    Acta germánica. V. I.

    (2) N. DEL T.–Literalmente: ¡Cristóbal llevaba a Cristo. Cristo
    sustentaba el mundo entero. Decidme entonces: ¿Dónde apoyaba
    sus pies Cristóbal?

  • S.

    54

    P R O F . S . F R E U D

    res, un empeño particular por formular correctamente el
    concepto de la sugestión, esto es, por fijar convencional-
    mente el uso de este término (1). No es esto, desde lue-
    go, nada superfluo, pues la palabra «sugestión» va ad-
    quiriendo con el uso una significación cada vez más im-
    precisa y pronto acabará por designar una influencia
    cualquiera, como ya sucede en inglés, idioma en el que
    las palabras «to suggest» y «suggestion» corresponden
    a las nuestras «nahelegen» (incitar) y «Anregung» (es-
    tímulo). Pero sobre la esencia de la sugestión, esto es,
    sobre las condiciones en las cuales se establecen in-
    fluencias carentes de un fundamento lógico suficien-
    te, no se ha dado aún esclarecimiento ninguno. Podría
    robustecer esta afirmación mediante el análisis de las
    obras publicadas sobre la materia en los últimos treinta
    años, pero prescindo de hacerlo por constarme que en
    sector próximo al de mi actividad, se prepara una minu-
    ciosa investigación sobre este tema.

    En cambio, intentaremos aplicar al esclarecimiento
    de la psicología colectiva, el concepto de la libido,
    que tan buenos servicios nos ha prestado ya en el estu-
    dio de las psiconeurosis.

    Libido es un término perteneciente a la teoría de
    la afectividad. Designamos con él la energía–conside-
    rada como magnitud cuantitativa, aunque por ahora no
    mensurable–de los instintos relacionados con todo aque-
    llo susceptible de ser comprendido bajo el concepto de
    amor. El nódulo de lo que nosotros denominamos
    amor se halla constituído, naturalmente, por lo que en
    general se designa con tal palabra y es cantado por los
    poetas, esto es, por el amor sexual, cuyo último fin es la
    cópula sexual. Pero en cambio, no separamos de tal

    (1) Así, Mc. Dougall en el Journal of Neurology and Psycho-
    pathology», vol. I, n.º 1, May 1920: A note on suggestion.

  • S.

    55

    concepto aquello que participa del nombre de amor, o
    sea, de una parte, el amor del individuo a sí propio,
    y de otra, el amor paterno y el filial, la amistad y el
    amor a la humanidad en general, a objetos concretos o
    a ideas abstractas. Nuestra justificación está en el hecho
    de que la investigación psicoanalítica nos ha ense-
    ñado que todas estas tendencias constituyen la expre-
    sión de los mismos movimientos instintivos que impul-
    san a los sexos a la unión sexual, pero que en cir-
    cunstancias distintas son desviados de este fin sexual
    o detenidos en la consecución del mismo, aunque con-
    servando de su esencia lo bastante para mantener reco-
    nocible su identidad. (Abnegación, tendencia a la apro-
    ximación).

    Creemos, pues, que con la palabra «amor», en sus
    múltiples acepciones, ha creado el lenguaje una síntesis
    perfectamente justificada y que no podemos hacer nada
    mejor que tomarla como base de nuestras discusiones y
    exposiciones científicas. Con este acuerdo ha desenca-
    denado la psicoanálisis una tempestad de indignación,
    como si se hubiera hecho culpable de una innovación sa-
    crílega. Y sin embargo, con esta concepción «amplifica-
    da» del amor, no ha creado la psicoanálisis nada nuevo.
    El «Eros» de Platón presenta, por lo que respecta a sus
    orígenes, a sus manifestaciones y a su relación con el
    amor sexual, una perfecta analogía con la energía amo-
    rosa, esto es, con la libido, de la psicoanálisis, coinciden-
    cia cumplidamente demostrada por Nachmanson y Pfis-
    ter en interesantes trabajos1), y cuando el apóstol Pa-
    blo alaba el amor en su famosa «Epístola a los corintios»
    y lo sitúa sobre todas las cosas, lo concibe seguramente


    1) Nachmansohn, Freuds Libidotheorie verglichen mit der
    Eroslehre Platos. Intern Zeitschrift f. Psychoanalyse, III, 1915; Pfis-
    ter, d., VII, 1921.

  • S.

    56

    en el mismo sentido «amplificado» (2), de donde resulta
    que los hombres no siempre toman en serio a sus gran-
    des pensadores, aunque aparentemente los admiren
    mucho.

    Estos instintos eróticos son denominados en psico-
    análisis, a potiori y en razón a su origen, instintos sexua-
    les. La mayoría de los hombres «cultos» ha visto en esta
    denominación una ofensa y ha tomado venganza de ella
    lanzando contra la psicoanálisis la acusación de «panse-
    xualismo». Aquellos que consideran la sexualidad como
    algo vergonzoso y humillante para la naturaleza humana
    pueden servirse de los términos «Eros» y «Erotismo»,
    más distinguidos. Así lo hubiera podido hacer también yo
    desde un principio, cosa que me hubiera ahorrado nume-
    rosas objeciones. Pero no lo he hecho porque no me gus-
    ta ceder a la pusilanimidad. Nunca se sabe adonde pue-
    de llevarle a uno tal camino; se empieza por ceder en las
    palabras y se acaba a veces por ceder en las cosas. No
    encuentro mérito ninguno en avergonzarse de la sexuali-
    dad. La palabra griega Eros, con la que se quiere velar
    lo vergonzoso, no es en fin de cuentas, sino la traducción
    de nuestra palabra Amor. Además, aquel que sabe espe-
    rar no tiene necesidad de hacer concesiones.

    Intentaremos, pues, admitir la hipótesis de que en la
    esencia del alma colectiva existen también relaciones
    amorosas (o para emplear una expresión neutra, lazos
    afectivos). Recordemos que los autores hasta ahora cita-
    dos no hablan ni una sola palabra de esta cuestión. Aque-
    llo que corresponde a estas relaciones amorosas aparece
    oculto en ellos detrás de la sugestión. Nuestra esperanza
    se apoya en dos ideas. Primeramente, la de que la masa
    tiene que hallarse mantenida en cohesión por algún po-

    (1) «Si yo hablare lenguas humanas y angélicas y no tengo
    amor, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe.»

  • S.

    37

    der. ¿Y a qué poder resulta factible atribuir tal función si
    no es al Eros que mantiene la cohesión de todo lo exis-
    tente? En segundo lugar, la de que cuando el individuo
    englobado en la masa renuncia a lo que le es personal y
    se deja sugestionar por los otros, experimentamos la im-
    presión de que lo hace por sentir en él la necesidad de
    hallarse de acuerdo con ellos y no en oposición a ellos,
    esto es, por «amor a los demás».