• S.

    61

    VIII.

    Enamoramiento e hipnosis.

    El lenguaje usual permanece siempre fiel a una reali-
    dad cualquiera, incluso en sus caprichos. Así, designa
    con el nombre de «amor» muy diversas relaciones afec-
    tivas, que también nosotros reunimos teóricamente bajo
    tal concepto, pero dejando en duda si este amor es el ge-
    nuino y verdadero, señala toda una escala de posibilida-
    des dentro de los fenómenos amorosos, escala que no
    ha de sernos difícil descubrir.

    En un cierto número de casos, el enamoramiento no
    es sino un revestimiento de objeto por parte de los ins-
    tintos sexuales, revestimiento encaminado a lograr una
    satisfacción sexual directa y que desaparece con la con-
    secución de este fin. Esto es lo que conocemos como
    amor corriente o sensual. Pero sabemos muy bien que
    la situación libidinosa no presenta siempre esta carencia
    de complicación. La certidumbre de que la necesidad
    recién satisfecha no había de tardar en resurgir, hubo de
    ser el motivo inmediato de la persistencia del revesti-
    miento del objeto sexual aun en los intervalos en los que
    el sujeto no sentía la necesidad de «amar».

    La singular evolución de la vida erótica humana nos
    ofrece un segundo factor. El niño encontró, durante la
    primera fase de su vida, fase que se extiende hasta los
    cinco años, su primer objeto erótico en su madre (la niña

  • S.

    62

    en su padre), y sobre este primer objeto erótico se con-
    centraron todos sus instintos sexuales que aspiraban a
    hallar satisfacción. La represión ulterior impuso el renun-
    ciamiento a la mayoría de estos fines sexuales infantiles
    y dejó tras de sí una profunda modificación de las rela-
    ciones del niño con sus padres. El niño permanece en
    adelante ligado a sus padres, pero con instintos a los
    que podemos calificar de «coartados en sus fines». Los
    sentimientos que desde este punto experimenta hacia ta-
    les personas amadas, son calificados de «tiernos». Sabi
    do es que las tendencias «sexuales» anteriores quedan
    conservadas con mayor o menor intensidad en lo incons-
    ciente, de manera que la corriente total primitiva perdura
    en un cierto sentido 1).

    Con la pubertad, surgen nuevas tendencias muy in-
    tensas, orientadas hacia los fines sexuales directos. En
    los casos menos favorables perduran separadas de las
    direcciones sentimentales «tiernas», permanentes, en ca-
    lidad de corriente sensual. Obtenemos, entonces, aquel
    cuadro cuyos dos aspectos han sido tan frecuentemente
    idealizados por determinadas orientaciones literarias. El
    hombre muestra apasionada inclinación hacia mujeres
    que le inspiran un alto respeto, pero que no le incitan al
    comercio amoroso, y en cambio, sólo es potente con otras
    mujeres a las que no «ama», estima en poco o incluso
    desprecia. Pero lo más frecuente es que el joven consiga
    realizar, en una cierta medida, la síntesis del amor espi-
    ritual y asexual con el amor sexual y terreno, aparecien-
    do caracterizada su actitud con respecto al objeto sexual,
    por la acción conjunta de instintos libres e instintos coar-
    tados en su fin. Por la parte correspondiente a los ins-
    tintos de ternura coartados en su fin, puede medirse el

    1) Véase «Una teoría sexual», tomo II de estas «Obras com-
    pletas».

  • S.

    65

    P S I C O L O G I A D E L A S M A S A S

    grado del enamoramiento en oposición al del simple
    deseo sensual.

    Dentro de este enamoramiento, nos ha interesado
    desde un principio el fenómeno de la «superestimación
    sexual», esto es, el hecho de que el objeto amado queda
    substraído en cierto modo a la crítica, siendo estimadas
    todas sus cualidades en un más alto valor que cuando
    aún no era amado o que las de personas indiferentes.
    Dada una represión o retención algo eficaz de las tenden-
    cias sensuales, surge la ilusión de que el objeto es ama-
    do también sensualmente a causa de sus excelencias psí-
    quicas, cuando, por lo contrario, es la influencia del pla-
    cer sensual lo que nos ha llevado a atribuirle tales
    excelencias.

    Lo que aquí falsea el juicio es la tendencia a la
    idealización. Pero este mismo hecho contribuye a
    orientarnos. Reconocemos, en efecto, que el objeto es tra-
    tado como el propio Yo del sujeto y que en el enamora-
    miento pasa al objeto una parte considerable de libido
    narcisista. En algunas formas de la elección amorosa,
    llega incluso a evidenciarse que el objeto sirve para sus-
    tituir un ideal propio y no alcanzado del Yo. Amamos al
    objeto a causa de las perfecciones a las que hemos aspi-
    rado para nuestro propio Yo y que quisiéramos ahora
    procurarnos por este rodeo, para satisfacción de nuestro
    narcisismo.

    A medida que la superestimación sexual y el enamo-
    ramiento se van acentuando, va haciéndose cada vez
    más fácil la interpretación del cuadro. Las tendencias
    que aspiran a la satisfacción sexual directa pueden sufrir
    una represión total, como sucede, por ejemplo, casi siem-
    pre, en el apasionado amor del adolescente; el Yo se hace
    cada vez menos exigente y más modesto, y en cambio,
    el objeto deviene cada vez más magnífico y precioso,
    hasta apoderarse de todo el amor que el Yo sentía por sí

  • S.

    64

    mismo, proceso que lleva, naturalmente, al sacrificio vo-
    luntario y completo del Yo. Puede decirse que el objeto
    ha devorado al Yo. En todo enamoramiento, hallamos
    rasgos de humildad, una limitación del narcisismo y la
    tendencia a la propia minoración, rasgos que se nos
    muestran intensificados en los casos extremos, hasta do-
    minar sin competencia alguna el cuadro entero, por la
    desaparición de las exigencias sensuales.

    Esto se observa más particularmente en el amor des-
    graciado, no correspondido, pues en el amor compartido
    cada satisfacción sexual es seguida de una disminución
    de la superestimación del objeto. Simultáneamente a este
    «abandono» del Yo al objeto, que no se diferencia ya del
    abandono sublimado a una idea abstracta, desaparecen
    por completo las funciones adscritas al ideal del Yo. La
    crítica ejercida por esta instancia enmudece, y todo lo
    que el objeto hace o exige es bueno e irreprochable. La
    conciencia moral cesa de intervenir en cuanto se trata de
    algo que puede ser favorable al objeto, y en la ceguedad
    amorosa, se llega hasta el crimen sin remordimiento.
    Toda la situación puede ser resumida en la siguiente fór-
    mula: El objeto ha ocupado el lugar del
    ideal del Yo.

    La diferencia entre la identificación y el enamoramien-
    to en sus desarrollos más elevados, conocidos con los
    nombres de fascinación y servidumbre amorosa, resulta
    fácil de describir. En el primer caso, el Yo se enriquece
    con las cualidades del objeto, se lo «introyecta» según la
    expresión de Ferenczi; en el segundo, se empobrece,
    dándose por entero al objeto y sustituyendo por él su
    más importante componente. De todos modos, un dete-
    nido examen nos lleva a comprobar que esta descrip-
    ción muestra oposiciones inexistentes en realidad. Desde el
    punto de vista económico no se trata ni de enriqueci-
    miento ni de empobrecimiento, pues incluso el estado

  • S.

    65

    amoroso más extremo puede ser descrito diciendo que
    el Yo se ha «introyectado» el objeto. La distinción si-
    guiente recaerá, quizá, sobre puntos más esenciales: En
    el caso de la identificación, el objeto desaparece o queda
    abandonado, y es reconstruído luego en el Yo, que se
    modifica parcialmente conforme al modelo del objeto per-
    dido. En el otro caso, el objeto subsiste, pero es dotado
    de todas las cualidades por el Yo y a costa del Yo. Mas
    tampoco esta distinción queda libre de objeciones. ¿Es
    acaso indudable que la identificación presupone la cesa-
    ción del revestimiento de objeto? ¿No puede muy bien
    haber identificación conservándose el objeto? Mas antes
    de entrar en la discusión de estas espinosas cuestiones,
    presentimos ya, que la esencia de la situación entraña
    otra alternativa, la de que el objeto sea situa-
    do en el lugar del Yo o en el del ideal
    del Yo.

    Del enamoramiento a la hipnosis no hay gran distan-
    cia, siendo evidentes sus coincidencias. El hipnotizado
    da, con respecto al hipnotizador, las mismas pruebas de
    humilde sumisión, docilidad y ausencia de crítica, que
    el enamorado con respecto al objeto de su amor. Com-
    pruébase así mismo, en ambos, el mismo renunciamiento
    a toda iniciativa personal. Es indudable que el hipnotiza-
    dor se ha situado en el lugar del ideal del Yo. La única
    diferencia es que en la hipnosis, se nos muestran todas
    estas particularidades con mayor claridad y relieve, de
    manera que parecerá más indicado explicar el enamora-
    miento por la hipnosis y no ésta por aquél. El hipnotizador
    es para el hipnotizado el único objeto digno de atención;
    todo lo demás se borra ante él. El hecho de que el Yo
    experimente como en un sueño todo lo que el hipnotiza-
    dor exige y afirma, nos advierte que hemos omitido men-
    cionar, entre las funciones del ideal del Yo, el ejercicio
    de la prueba de la realidad. No es de extrañar que el Yo

  • S.

    66

    considere como real una percepción cuando la instancia
    psíquica encargada de la prueba de la realidad se pro-
    nuncia por la realidad de la misma. La total ausencia de
    tendencias con fines sexuales no coartados, contribuye a
    garantizar la extrema pureza de los fenómenos. La rela-
    ción hipnótica es un abandono amoroso total con exclu-
    sión de toda satisfacción sexual, mientras que en el ena-
    moramiento, dicha satisfacción no se halla sino tempo-
    ralmente excluída y perdura en segundo término, a título
    de posible fin ulterior.

    Por otra parte, podemos también decir, que la rela-
    ción hipnótica es–si se nos permite la expresión–una
    formación colectiva constituída por dos personas. La
    hipnosis se presta mal a la comparación con la forma-
    ción colectiva, por ser más bien idéntica a ella. Nos pre-
    senta aislado un elemento de la complicada estructura de
    la masa–la actitud del individuo de la misma con res-
    pecto al caudillo. Por tal limitación del número se distin-
    gue la hipnosis de la formación colectiva, como se dis-
    tingue del enamoramiento por la ausencia de tendencias
    sexuales directas. De este modo, viene a ocupar un lugar
    intermedio entre ambos estados.

    Es muy interesante observar, que precisamente las
    tendencias sexuales coartadas en su fin son las que crean
    entre los hombres lazos más duraderos. Pero esto se ex-
    plica fácilmente por el hecho de que no son susceptibles
    de una satisfacción completa, mientras que las tenden-
    cias sexuales libres experimentan una debilitación extra-
    ordinaria por la descarga que tiene efecto cada vez que
    el fin sexual es alcanzado. El amor sensual está destina-
    do a extinguirse en la satisfacción. Para poder durar,
    tiene que hallarse asociado desde un principio a compo-
    nentes puramente tiernos, esto es, coartados en sus fines,
    o experimentar en un momento dado, una transposición
    de este género.

  • S.

    67

    PSICOLOGIA DE LAS MASAS

    La hipnosis nos revelaría fácilmente el enigma de la
    constitución libidinosa de una multitud si no entrañase
    también, por su parte, rasgos que escapan a la explica-
    ción racional intentada hasta aquí, según la cual consti-
    tuiría un enamoramiento carente de tendencias sexuales
    directas. En la hipnosis hay aún, en efecto, mucha parte
    incomprendida y de carácter místico. Una de sus particu-
    laridades consiste en una especie de parálisis resultante
    de la influencia ejercida por una persona omnipotente so-
    bre un sujeto impotente y sin defensa, particularidad que
    nos aproxima a la hipnosis provocada en los animales
    por el terror. El modo de provocar la hipnosis y su
    relación con el sueño no son nada transparentes, y
    la enigmática selección de las personas apropiadas
    para ella, mientras que otras se muestran totalmente
    refractarias, nos permite suponer que en la hipnosis se
    encuentra realizada una condición aún desconocida,
    esencial para la pureza de las actitudes libidinosas. Tam-
    bién es muy atendible el hecho de que la conciencia
    moral de las personas hipnotizadas puede oponer una
    intensa resistencia, simultánea a una completa docili-
    dad sugestiva de la persona hipnotizada. Pero esto pro-
    viene, quizá, de que en la hipnosis, tal y como habitual-
    mente se practica, continúa el sujeto dándose cuenta
    de que no se trata sino de un juego, de una reproduc-
    ción ficticia de otra situación de importancia vital mucho
    mayor.

    Las consideraciones que anteceden nos permiten, de
    todos modos, establecer la fórmula de la constitución li-
    bidinosa de una masa, por lo menos de aquella que has-
    ta ahora venimos examinando, o sea de la masa que po-
    see un caudillo y no ha adquirido aún, por una «organi-
    zación» demasiado perfecta, las cualidades de un indivi-
    duo. Una tal masa primaria es una
    reunión de individuos, que han reem-
     

  • S.

    68

    P R O F . S . F R E U D

    plazado su ideal del Yo por un mismo
    objeto, a consecuencia de lo cual se
    ha establecido entre ellos una gene-
    ral y recíproca identificación del Yo.
    La representación gráfica de este proceso sería la si-
    guiente:

    Ideal del Yo,

    Objeto

    Objeto
    exterior