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    85

    XI.

    Una fase del Yo.

    Cuando pasamos a examinar la vida del individuo de
    nuestros días, teniendo presentes las diversas descrip-
    ciones, complementarias unas de otras, que los autores
    nos han dado, de la psicología colectiva, vemos surgir
    un cúmulo de complicaciones muy apropiado para des-
    alentar toda tentativa de síntesis. Cada individuo forma
    parte de varias masas, se halla ligado, por identificación,
    en muy diversos sentidos, y ha construído su ideal del
    Yo conforme a los más diferentes modelos. Participa
    así, de muchas almas colectivas, las de su raza, su clase
    social, su comunidad confesional, su estado, etc., y pue-
    de, además, elevarse hasta un cierto grado de originali-
    dad e independencia. Tales formaciones colectivas per-
    manentes y duraderas producen efectos uniformes, que
    no se imponen tan intensamente al observador como las
    manifestaciones de las masas pasajeras, de rápida for-
    mación, que han proporcionado a Le Bon los elementos
    de su brillante característica del alma colectiva, y preci-
    samente en estas multitudes ruidosas y efímeras, super-
    puestas, por decirlo así, a las otras, es en las que se ob-
    serva el milagro de la desaparición completa, aunque
    pasajera, de toda particularidad individual.

    Hemos intentado explicar este milagro, suponiendo
    que el individuo renuncia a su ideal del Yo, trocándolo
    por el ideal de la masa, encarnado en el caudillo. Añadi-
    remos, a título de rectificación, que el milagro no es

  • S.

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    igualmente grande en todos los casos. El divorcio entre
    el Yo y el ideal del Yo, es en muchos individuos, poco
    marcado. Ambas instancias aparecen aún casi confun-
    didas y el Yo conserva todavía su anterior contento
    narcisista de sí mismo. La elección de caudillo queda
    considerablemente facilitada en estas circunstancias.
    Bastará que el mismo posea, con especial relieve, las
    cualidades típicas de tales individuos y que dé la impre-
    sión de una fuerza considerable y una gran libertad libi-
    dinosa, para que la necesidad de un enérgico caudillo le
    salga al encuentro y le revista de una omnipotencia a la
    que quizá no hubiese aspirado jamás. Aquellos otros
    individuos, cuyo ideal del Yo no encuentra en la persona
    del jefe una encarnación por completo satisfactoria, son
    arrastrados luego «sugestivamente», esto es, por identi-
    ficación.

    Reconocemos que nuestra contribución al esclareci-
    miento de la estructura libidinosa de una masa se reduce
    a la distinción entre el Yo y el ideal del Yo y a la doble
    naturaleza consiguiente del ligamen–identificación y
    substitución del ideal del Yo por un objeto exterior–. La
    hipótesis que postula esta fase del Yo y que, como tal,
    constituye el primer paso del análisis del Yo, habrá de
    hallar poco a poco su justificación en los sectores más
    diversos de la psicología. En mi estudio «Introducción
    del narcisismo» he intentado reunir los datos patológicos
    en los que puede apoyarse la distinción mencionada, y
    todo nos lleva a esperar, que un más profundo estudio
    de las psicosis ha de hacer resaltar particularmente su im-
    portancia. Basta reflexionar que el Yo entra, a partir de
    este momento, en la relación de un objeto con el ideal
    del Yo por él desarrollado, y que, probablemente, todos
    los efectos recíprocos desarrollados entre el objeto exte-
    rior y el Yo total, conforme nos los ha revelado la teoría
    de las neurosis, se reproducen ahora dentro del Yo.

  • S.

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    No me propongo examinar aquí sino una sola de las
    consecuencias posibles de este punto de vista, y con ello,
    proseguir la aclaración de un problema que en otro lu-
    gar hube de dejar inexplicado (1). Cada una de las dife-
    renciaciones psíquicas descubiertas representa una difi-
    cultad más para la función anímica, aumenta su inestabi-
    lidad y puede constituir el punto de partida de un fallo de
    la misma, esto es, de una enfermedad. Así, el nacimien-
    to representa el paso desde un narcisismo que se basta
    por completo a sí mismo, a la percepción de un mundo
    exterior variable y al primer descubrimiento de objetos.
    De esta transición, demasiado radical, resulta que no so-
    mos capaces de soportar durante mucho tiempo el nuevo
    estado creado por el nacimiento y nos evadimos periódi-
    camente de él, para hallar de nuevo, en el sueño, nues-
    tro anterior estado de impasibilidad y aislamiento del
    mundo exterior. Este retorno al estado anterior resulta,
    ciertamente, también, de una adaptación al mundo exte-
    rior, el cual, con la sucesión periódica del día y la noche,
    suprime por un tiempo determinado, la mayor parte de
    las excitaciones que sobre nosotros actúan. Un segundo
    caso de este género, más importante para la patología,
    no aparece sometido a ninguna limitación análoga. En
    el curso de nuestro desarrollo, hemos realizado una dife-
    renciación de nuestra composición psíquica en un Yo co-
    herente y un Yo inconsciente, reprimido, exterior a él, y
    sabemos que la estabilidad de esta nueva adquisición se
    halla expuesta a incesantes conmociones. En el sueño y
    en la neurosis, dicho Yo desterrado, intenta, por todos los
    medios, forzar las puertas de la conciencia, protegidas
    por resistencias diversas, y en el estado de salud des-
    pierta, recurrimos a artificios particulares, para acoger

    (1)«Trauer und Melancholie». Internationale Zeitschrift fuer
    Psychoanalyse.

  • S.

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    en nuestro Yo, lo reprimido, eludiendo las resistencias y
    experimentando un incremento de placer. El chiste, el
    humorismo, y en parte, también, lo cómico, deben de ser
    considerados desde este punto de vista. Todo conocedor
    de la psicología de la neurosis recordará fácilmente nu-
    merosos ejemplos análogos, aunque de un menor alcan-
    ce. Pero dejando a un lado esta cuestión, pasaremos a
    la aplicación de nuestros resultados.

    Podemos admitir perfectamente, que la separación
    operada entre el Yo y el ideal del Yo, no puede tampoco
    ser soportada durante mucho tiempo y ha de experimen-
    tar, de cuando en cuando, una regresión. A pesar de to-
    das las privaciones y restricciones impuestas al Yo, la
    violación periódica de las prohibiciones constituye la re-
    gla general, como nos lo demuestra la institución de las
    fiestas, que al principio no fueron sino períodos durante
    los cuales quedaban permitidos por la ley todos los ex-
    cesos, circunstancia que explica su característica ale-
    gría (1). Las saturnales de los romanos y nuestro moder-
    no carnaval coinciden en este rasgo esencial con las fies-
    tas de los primitivos, durante las cuales se entregan los
    individuos a orgías en las que violan los mandamientos
    más sagrados. El ideal del Yo engloba la suma de todas
    las restricciones a las que el Yo debe plegarse, y de este
    modo, el retorno del ideal al Yo tiene que constituir para
    éste, que encuentra de nuevo el contenido de sí mismo,
    una magnífica fiesta (2).

    (1) Vease «Totem y tabú».

    (2) La coincidencia del Yo con el ideal del Yo produce siem-
    pre una sensación de triunfo. El sentimiento de culpabilidad (o de
    inferioridad) puede ser considerado como la expresión de un esta-
    do de tensión entre el Yo y el ideal.
    Trotter deduce la represión, del instinto gregario, concepción
    que en último análisis es idéntica a la desarrollada por mí en la «In-
    troducción del narcisismo», al afirmar que la formación del ideal
    era, por parte del Yo, la condición de la represión.

  • S.

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    Sabido es, que hay individuos cuyo estado afectivo
    general oscila periódicamente, pasando desde una exa-
    gerada depresión a una sensación de extremo bienestar,
    a través de un cierto estado intermedio. Estas oscilacio-
    nes presentan amplitudes muy diversas, desde las más
    imperceptibles hasta las más extremas, como sucede en
    los casos de melancolía y manía, estados que atormentan
    o perturban profundamente la vida del sujeto atacado. En
    los casos típicos de estos estados afectivos cíclicos, no
    parecen desempeñar un papel decisivo las ocasiones ex-
    teriores. Tampoco encontramos en estos enfermos moti-
    vos internos más numerosos que en otros o diferentes de
    ellos. Así, pues, se ha tomado la costumbre de conside-
    rar estos casos como no psicógenos. Más adelante tra-
    taremos de otros casos, totalmente análogos, de estados
    afectivos cíclicos, que pueden ser reducidos con facilidad
    a traumas anímicos.

    Las razones que determinan estas oscilaciones espon-
    táneas de los estados afectivos son, pues, desconocidas.
    También ignoramos el mecanismo por el que una manía
    se sustituye a una melancolía. Así, serían éstos, los en-
    fermos a los cuales podrían aplicarse nuestra hipótesis
    de que su ideal del Yo se confunde periódicamente con
    su Yo, después de haber ejercido sobre él un riguroso
    dominio.

    Con el fin de evitar toda obscuridad habremos de re-
    tener lo siguiente: Desde el punto de vista de nuestro
    análisis del Yo, es indudable que en el maniaco, el Yo y
    el ideal del Yo se hallan confundidos, de manera que el
    sujeto, dominado por un sentimiento de triunfo y de sa-
    tisfacción, no perturbado por crítica alguna, se siente
    libre de toda inhibición y al abrigo de todo reproche o re-
    mordimiento. Menos evidente, pero también verosímil, es
    que la miseria del melancólico constituya la expresión de
    una oposición muy aguda entre ambas instancias del Yo,

  • S.

    90

    oposición en la que el ideal, sensible en exceso, mani-
    fiesta implacablemente su condena del Yo, con la manía
    del empequeñecimiento y de la auto-humillación. Trátase
    únicamente de saber si la causa de estas relaciones
    modificadas entre el Yo y el ideal del Yo debe ser bus-
    cada en las rebeldías periódicas de que antes nos ocu-
    pamos, contra la nueva institución, o en otras circuns-
    tancias.

    La transformación en manía no constituye un rasgo
    indispensable del cuadro patológico de la depresión me-
    lancólica. Existen melancolías simples, de un acceso
    único, y melancolías periódicas, que no corren jamás tal
    suerte. Mas por otro lado, hay melancolías en las que las
    ocasiones exteriores desempeñan un evidente papel etio-
    lógico; así, aquellas que sobrevienen a la pérdida de un
    ser amado, sea por muerte, sea a consecuencia de cir-
    cunstancias que han obligado a la libido a desligarse
    de un objeto. Del mismo modo que las melancolías
    espontáneas, estas melancolías psicógenas pueden trans-
    formarse en manía y retornar luego de nuevo a la me-
    lancolía, repitiéndose este ciclo varias veces. La situa-
    ción resulta, pues, harto obscura, tanto más, cuanto que
    hasta ahora, sólo muy pocos casos y formas de la me-
    lancolía han sido sometidos a la investigación psicoana-
    lítica1). Los únicos casos a cuya comprensión hemos
    llegado ya, son aquellos en los que el objeto queda aban-
    donado por haberse demostrado indigno de amor. En
    ellos, el objeto queda luego reconstituído en el Yo, por
    identificación, y es severamente juzgado por el ideal del
    Yo. Los reproches y ataques dirigidos contra el objeto se

    1)Cf. Abraham: Ansaetze zur psychoanalytischen Erfor-
    schung und Behandlung des manisch-depressiven Irreseins, etcéte-
    ra, 1912, en la publicación «Klinische Beitraege zur Psychoanaly-
    se», 1921.

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    manifiestan entonces bajo la forma de reproches melan-
    cólicos contra la propia persona (1).

    También una melancolía de este último género puede
    transformarse en manía, de manera, que esta posibilidad
    representa una particularidad independiente de los demás
    caracteres del cuadro patológico.

    No veo ninguna dificultad en introducir en la explica-
    ción de las dos clases de melancolía, las psicógenas y
    las espontáneas, el factor de la rebelión periódica del Yo
    contra el ideal del Yo. En las espontáneas, puede admi-
    tirse que el ideal del Yo manifiesta una tendencia a des-
    arrollar una particular severidad, que tiene luego, auto-
    máticamente, por consecuencia, su supresión temporal.
    En las melancolías psicógenas, el Yo sería incitado a la
    rebelión por el maltrato de que le hace objeto su ideal en
    los casos de identificación con un objeto rechazado.

    (1) O más exactamente: Tales reproches se disimulan detrás de
    otros, dirigidos contra el propio Yo, imprimiéndoles la firmeza, la
    tenacidad y el carácter imperioso que distingue a aquellos con los
    que se abruman a sí mismos los melancólicos.