• S.

    77

    X.

    La masa y la horda primitiva.

    En 1912, adopté la hipótesis de Ch. Darwin, según
    la cual, la forma primitiva de la sociedad humana habría
    sido la horda sometida al dominio absoluto de un pode-
    roso macho. Intenté, por entonces, demostrar, que los
    destinos de dicha horda han dejado huellas imborrables
    en la historia hereditaria de la humanidad, y sobre todo,
    que la evolución del totemismo, que engloba los comien-
    zos de la religión, la moral y la diferenciación social, se
    halla relacionada con la muerte violenta del jefe y con la
    transformación de la horda paterna en una comunidad
    fraternal(1). Esto no es sino una nueva hipótesis que
    agregar a las muchas construídas por los historiadores
    de la humanidad primitiva, para intentar esclarecer las
    tinieblas de la prehistoria, una «just so story», como la
    denominó chanceramente un amable crítico inglés (Kroe-
    ger), pero estimo ya muy honroso, para una hipótesis, el
    que, como ésta, se muestre apropiada para relacionar y
    explicar hechos pertenecientes a sectores cada vez más
    lejanos.

    Ahora bien, las masas humanas nos muestran nueva-
    mente el cuadro, ya conocido, del individuo dotado de un
    poder extraordinario y dominando a una multitud de in-
     


    (1) Véase «Totem y tabú», tomo VIII de estas «Obras com-
    pletas».

  • S.

    78

    dividuos iguales entre sí, cuadro que corresponde exac-
    tamente a nuestra representación de la horda primitiva.
    La psicología de dichas masas, según nos es conocida
    por las descripciones repetidamente mencionadas–la
    desaparición de la personalidad individual consciente, la
    orientación de los pensamientos y los sentimientos en un
    mismo sentido, el predominio de la afectividad y de la
    vida psíquica inconsciente, la tendencia a la realización
    inmediata de las intenciones que puedan surgir–, toda
    esta psicología, repetimos, corresponde a un estado de
    regresión a una actividad anímica primitiva, tal y como
    la atribuiríamos a la horda prehistórica (1).

    La masa se nos muestra, pues, como una resurrec-
    ción de la horda primitiva. Así como el hombre primitivo
    sobrevive virtualmente en cada individuo, también toda
    masa humana puede reconstituir la horda primitiva. Ha-
    bremos, pues, de deducir, que la psicología colectiva es
    la psicología humana más antigua. Aquel conjunto de
    elementos que hemos aislado de todo lo referente a la


    (1) Aquello que antes hemos descrito en la característica gene-
    ral de los hombres, se aplica más particularmente a la horda primi-
    tiva. La voluntad del individuo era demasiado débil para decidirle a
    la acción, y de este modo, siendo los impulsos colectivos los únicos
    posibles, sólo existía una voluntad común, nunca una voluntad sin-
    gular. La representación no osaba transformarse en voluntad cuan-
    do no se sentía reforzada por la percepción de su difusión general.
    Esta debilidad de la representación se explica ya por la fuerza del
    lazo afectivo común a todos los individuos, pero también la unifor-
    midad de las condiciones de vida y la ausencia de propiedad priva-
    da hubieron de contribuir a producir un tal conformismo de los ac-
    tos psíquicos. Incluso las necesidades de excreción admiten, como
    puede observarse en los niños y en los soldados, una comunidad.
    La única excepción es el acto sexual, durante el cual, la presencia de
    una tercera persona es, por lo menos, superflua, y en un caso ex-
    tremo, condena a tal persona a una penosa espera. De la reacción
    de la necesidad sexual (de la satisfacción genital) contra el «grega-
    rismo», habremos de ocuparnos próximamente.

  • S.

    79

    PSICOLOGIA DE LAS MASAS

    masa, para constituir la psicología individual, no se ha
    diferenciado de la antigua psicología colectiva sino más
    tarde, muy poco a poco, y aun hoy en día, tan sólo par-
    cialmente. Intentaremos todavía indicar el punto de parti-
    da de esta evolución.

    La primera reflexión que surge en nuestro espíritu,
    nos muestra en qué punto habremos de rectificar nues-
    tras anteriores afirmaciones. La psicología individual tie-
    ne, en efecto, que ser por lo menos tan antigua como la
    psicología colectiva, pues desde un principio debió de
    haber dos psicologías: la de los individuos componentes
    de la masa y la del padre, jefe o caudillo. Los individuos
    de la masa se hallaban enlazados unos a otros en la mis-
    ma forma que hoy, mas el padre de la horda permanecía
    libre, y aun hallándose aislado, eran enérgicos e inde-
    pendientes sus actos intelectuales. Su voluntad no preci-
    saba ser reforzada por las de otros. Deduciremos, pues,
    que su Yo no se encontraba muy ligado por lazos libidi-
    nosos y que amándose sobre todo a sí mismo, sólo ama-
    ba a los demás en tanto en cuanto le servían para la sa-
    tisfacción de sus necesidades. Su Yo no daba a los obje-
    tos más que lo estrictamente preciso.

    En los albores de la historia humana, fué el padre de la
    horda primitiva el superhombre cuyo adveni-
    miento esperaba Nietzsche en un lejano futuro. Los indi-
    viduos componentes de una masa precisan todavía ac-
    tualmente de la ilusión de que el jefe les ama a todos con
    un amor justo y equitativo, mientras que el jefe mismo
    no necesita amar a nadie, puede erigirse en dueño y se-
    ñor, y aunque absolutamente narcisista, se halla seguro
    de sí mismo y goza de completa independencia. Sabe-
    mos ya, que el narcisismo limita el amor, y podríamos
    demostrar, que actuando así, se ha constituído en un im-
    portantísimo factor de civilización.

    El padre de la horda primitiva no era aún inmortal

  • S.

    80

    como luego ha llegado a serlo por divinización. Cuando
    murió, tuvo que ser reemplazado y lo fué probablemente
    por el menor de sus hijos, que hasta entonces había sido
    un individuo de la masa, como los demás. Debe, pues, de
    existir una posibilidad de transformar la psicología colec-
    tiva en psicología individual y de encontrar las condicio-
    nes en las cuales puede efectuarse tal transformación,
    análogamente a como resulta posible a las abejas hacer
    surgir de una larva, en caso de necesidad, una reina, en
    lugar de una obrera. La única hipótesis que sobre este
    punto podemos edificar, es la siguiente: El padre pri-
    mitivo impedía a sus hijos la satisfacción de sus tenden-
    cias sexuales directas; les imponía la abstinencia, y por
    consiguiente a título de derivación, el establecimiento de
    lazos afectivos que les ligaban a él en primer lugar, y
    luego, los unos a los otros. Puede decirse que les impu-
    so la psicología colectiva y que esta psicología no es, en
    último análisis, sino un producto de sus celos sexuales y
    su intolerancia (1).

    Ante su sucesor, se abría la posibilidad de la satisfac-
    ción sexual, y con ella, su liberación de las condiciones de
    la psicología colectiva. La fijación de la libido a la mujer,
    y la posibilidad de satisfacer inmediatamente y sin apla-
    zamiento las necesidades sexuales, disminuyeron la im-
    portancia de las tendencias sexuales coartadas en su fin
    y elevaron el nivel del narcisismo. En el último capítulo
    de este trabajo, volveremos sobre esta relación del amor
    con la formación del carácter.

    Haremos aún resaltar, como especialmente instructi-
    va, la relación existente entre la constitución de la horda

    (1) Puede admitirse igualmente, que los hijos, expulsados de la
    horda y separados del padre, pasaron de la identificación recíproca
    al amor objetivo homosexual, y conquistaron así la libertad que les
    permitió matar al padre.

  • S.

    81

    PSICOLOGIA DE LAS MASAS

    primitiva y la organización que mantiene y asegura la
    cohesión de una masa artificial. Ya hemos visto que el
    Ejército y la Iglesia reposan en la ilusión de que el jefe
    ama por igual a todos los individuos. Pero esto no es sino
    la transformación idealista de las condiciones de la horda
    primitiva, en la que todos los hijos se saben igualmente
    perseguidos por el padre, que les inspira a todos el mis-
    mo temor. Ya la forma inmediata de la sociedad humana,
    el clan totémico, reposa en esta transformación, que a su
    vez constituye la base de todos los deberes sociales. La
    inquebrantable fortaleza de la familia, como formación
    colectiva natural, resulta de que en ella es una realidad
    efectiva el amor igual del padre hacia todos los hijos.

    Pero esta referencia de la masa a la horda primitiva
    ha de ofrecernos enseñanzas aún más interesantes. Ha de
    explicarnos lo que de incomprendido y misterioso queda
    aún en la formación colectiva, aquello que se oculta detrás
    de los enigmáticos conceptos de hipnosis y sugestión. Re-
    cordemos, que la hipnosis lleva en sí algo inquietante y
    que este carácter indica siempre la existencia de una re-
    presión de algo antiguo y familiar. Recordemos igualmen-
    te, que la hipnosis es un estado inducido. El hipnotizador
    pretende poseer un poder misterioso, que despoja de su
    voluntad al sujeto. O lo que es lo mismo: el sujeto atri-
    buye al hipnotizador un tal poder. Esta fuerza misteriosa
    a la que aún se da vulgarmente el nombre de magnetismo
    animal, debe de ser la misma que constituye, para los pri-
    mitivos, la fuente del tabú; aquella misma fuerza que ema-
    na de los reyes y de los jefes y que pone en peligro a
    quienes se les acercan («mana»). El hipnotizador, que
    afirma poseer esta fuerza, la emplea ordenando al sujeto
    que le mire a los ojos. Hipnotiza, de una manera típica,
    por medio de la mirada. Igualmente es la vista del jefe lo
    que resulta peligroso e insostenible para el primitivo,
    como más tarde la de Dios para el creyente. Moisés se ve

  • S.

    82

    obligado a servir de intermediario entre Jehová y su pue-
    blo, porque este último no puede soportar la vista de
    Dios, y cuando vuelve del Sinaí, resplandece su rostro,
    pues como también sucede al intermediario de los primi-
    tivos(1), una parte del «mana» ha pasado a su persona.

    La hipnosis puede ser provocada, así mismo, por
    otros medios–haciendo fijar al sujeto la mirada en un
    objeto brillante o escuchar un ruido monótono–y esta
    circunstancia ha inducido a muchos en error, dando oca-
    sión a teorías fisiológicas insuficientes. En realidad, es-
    tos procedimientos no sirven más que para desviar y fijar
    la atención consciente. Es como si el hipnotizador dijese
    al sujeto: «Ahora se va usted a ocupar exclusivamente
    de mi persona; el resto del mundo carece de todo inte-
    rés». Claro está que este discurso, pronunciado realmen-
    te por el hipnotizador, habría de ser contraproducente
    desde el punto de vista técnico, pues su única consecuen-
    cia sería arrancar al sujeto de su disposición inconscien-
    te y excitarle a la contradicción consciente. Pero mien-
    tras que el hipnotizador evita atraer sobre sus intencio-
    nes el pensamiento consciente del sujeto y cae éste en
    una actividad en la que el mundo tiene que parecerle des-
    provisto de todo interés, sucede que, en realidad, con-
    centra inconscientemente toda su atención sobre el hip-
    notizador, entrando en estado de transferencia con él.
    Los métodos indirectos del hipnotismo producen, pues,
    como algunas técnicas del chiste, el efecto de impedir de-
    terminadas distribuciones de la energía psíquica, que per-
    turbarían la evolución del proceso inconsciente, y con-
    ducen, finalmente, al mismo resultado que las influencias
    directas ejercidas por la mirada o por los «pases»(2).

    (1) Véase «Totem y tabú», tomo VIII de estas «Obras completas».

    (2) Esta situación en la que el sujeto mantiene fija su atención
    consciente en el hipnotizador, mientras se ocupa, conscientemente,
    con percepciones invariables y desprovistas de interés, halla su pa-

  • S.

    83

    PSICOLOGIA DE LAS MASAS

    Ferenczi ha deducido acertadamente, que con la or-
    den de dormir intimada al sujeto al iniciar la hipnosis,
    se coloca el hipnotizador en el lugar de los padres de
    aquél. Cree, además, distinguir dos clases de hipnosis:
    una, acariciadora y apaciguante, y otra, amenazadora. La
    primera sería la hipnosis maternal, la segunda, la hipno-
    sis paternal(1). Ahora bien, la orden de dormir no sig-
    nifica, en la hipnosis, sino la invitación a retraer todo in-
    terés del mundo exterior y concentrarlo en la persona del
    hipnotizador. Así la entiende, en efecto, el sujeto, pues
    esta desviación de la atención del mundo exterior cons-
    tituye la característica psicológica del sueño, y en ella
    reposa el parentesco del sueño con el estado hipnótico.

    Por medio de estos procedimientos, despierta, pues,
    el hipnotizador, una parte de la herencia arcaica del su-
    jeto, herencia que se manifestó ya en su actitud con res-
    pecto a sus progenitores y especialmente en su idea del
    padre, al que hubo de representarse como una personali-
    dad omnipotente y peligrosa, con respecto a la cual no
    cabía observar sino una actitud pasiva, masoquista, re-
    nunciando a toda voluntad propia y considerando como
    una arriesgada audacia el hecho de arrostrar su presen-
    cia. Tal hubo de ser, indudablemente, la actitud del indi

    reja en determinados fenómenos del tratamiento psicoanalítico. Por
    lo menos una vez, en todo análisis, llega el sujeto a afirmar tenaz-
    mente, que ninguna idea acude ya a su imaginación. Sus asocia-
    ciones libres quedan detenidas, y los estímulos que de costumbre
    las provocan, permanecen ineficaces. Pero a fuerza de insistir, se
    acaba por hacer confesar al paciente, que piensa en el paisaje que
    descubre a través de las ventanas del gabinete de consulta, en el ta-
    piz que adorna el muro o en la lámpara que pende del techo. Dedu-
    cimos, entonces, que comienza a experimentar la transferencia, que
    es absorbido por ideas aun inconscientes que se refieren al mé-
    dico,
    y vemos desaparecer la detención de sus asociaciones en cuanto le
    explicamos su estado.

    (1) Ferenczi, Introjektion und Uebertragung. Jahrbuch der Psy-
    choanalyse, I, 1909.

  • S.

    84

    viduo de la horda primitiva con respecto al padre. Como
    ya nos lo han mostrado otras reacciones, la aptitud per-
    sonal para la resurrección de tales situaciones arcaicas
    varía mucho de unos individuos a otros. De todos mo-
    dos, el individuo puede conservar un conocimiento de
    que en el fondo, la hipnosis no es sino un juego, una re-
    viviscencia ilusoria de aquellas impresiones antiguas, co-
    nocimiento que basta para hacer surgir una resistencia
    contra las consecuencias demasiado graves de la supre-
    sión hipnótica de la voluntad.

    El carácter inquietante y coercitivo de las formaciones
    colectivas, que se manifiesta en sus fenómenos de su-
    gestión, puede ser atribuído, por lo tanto, a la afinidad
    de la masa con la horda primitiva, de la cual desciende.
    El caudillo es aún el temido padre primitivo. La masa
    quiere siempre ser dominada por un poder ilimitado.
    Avida de autoridad, tiene, según las palabras de Gusta-
    vo Le Bon, una inagotable sed de sometimiento. El pa-
    dre primitivo es el ideal de la masa, y este ideal domina
    al individuo, sustituyéndose a su ideal del Yo. La hipno-
    sis puede ser designada como una formación colectiva
    de sólo dos personas. Para poder aplicar esta definición
    a la sugestión habremos de completarla, añadiendo que
    en dicha colectividad de dos personas, es necesario que
    el sujeto que experimenta la sugestión posea un conven-
    cimiento no basado en la percepción ni en el razona-
    miento, sino en un lazo erótico (1).

    (1) Creemos poder llamar la atención sobre el hecho de que las
    consideraciones desarrolladas en este capítulo nos autorizan a re-
    montarnos desde la concepción de la hipnosis formulada por Bern-
    heim a la concepción antigua, más ingenua. Bernheim creía poder
    deducir todos los fenómenos hipnóticos, de la sugestión, irreducti-
    ble por sí misma. A nuestro juicio, la sugestión no sería sino una
    de las manifestaciones del estado hipnótico, el cual se basaría en
    una disposición inconscientemente conservada, cuyos orígenes se
    remontarían a la historia primitiva de la familia humana.