• S.

    93

    XII.

    Consideraciones suplementarias.

    En el curso de nuestra investigación, llegada aquí a
    un fin provisional, hemos visto abrirse ante nosotros di
    versas perspectivas muy prometedoras, mas para no
    desviarnos de nuestro camino principal, hemos tenido
    que dejarlas inexploradas. En este último capítulo de
    nuestro estudio, queremos volver sobre ellas y someterlas
    a una rápida investigación.

    A.–La distinción entre la identificación del Yo y la sus
    titución del ideal del Yo por el objeto, halla una interesantí
    sima ilustración en las dos grandes masas artificiales que
    antes hemos estudiado: el Ejército y la Iglesia cristiana.

    Es evidente que el soldado convierte a su superior,
    o sea, en último análisis, al jefe del Ejército, en su ideal,
    mientras que, por otro lado, se identifica con sus iguales
    y deduce de esta comunidad del Yo las obligaciones de
    la camaradería, o sea el auxilio recíproco y la comunidad
    de bienes. Pero si intenta identificarse con el jefe, no
    conseguirá sino ponerse en ridículo. Así, en la primera
    parte del Wallenstein de Schiller, se burla el soldado de
    cazadores del sargento de caballería, diciéndole:

    «Wie er räuspert und wie er spuckt,
    Das habt ihr ihm glücklich abgeguckt!(1)».

    No sucede lo mismo en la Iglesia católica. Cada cris
    tiano ama a Cristo como su ideal y se halla ligado por

    (1) «En el modo de toser y escupir, sí habéis logrado llegar a
    pareceros a él.»

  • S.

    94

    identificación a los demás cristianos. Pero la Iglesia exi-
    ge más de él. Ha de identificarse con Cristo y amar a los
    demás cristianos como Cristo hubo de amarlos. La Igle-
    sia exige, pues, que la disposición libidinosa creada por
    la formación colectiva sea completada en dos sentidos.
    La identificación debe acumularse a la elección de objeto
    y el amor a la identificación. Este doble complemento so-
    brepasa evidentemente la constitución de la masa. Se
    puede ser un buen cristiano sin haber tenido jamás la
    idea de situarse en el lugar de Cristo y extender como él
    su amor, a todos los humanos. El hombre, débil criatura,
    no puede pretender elevarse a la grandeza de alma y a la
    capacidad de amor de Cristo. Pero este desarrollo de la
    distribución de la libido en la masa, es probablemente
    el factor en el cual funda el cristianismo su pretensión de
    haber conseguido una moral superior.

    B.–Dijimos que era posible determinar, en el des-
    arrollo psíquico de la humanidad, el momento en el que
    el individuo pasó desde la psicología colectiva a la psi-
    cología individual (1).

    Para aclarar esta afirmación habremos de volver rápi-
    damente sobre el mito científico relativo al padre de la
    horda primitiva, cual fué elevado más tarde a la ca-
    tegoría de Creador del mundo, elevación plenamente jus-
    tificada, puesto que fué quien engendró a todos los hijos
    que compusieron la primera multitud. Para cada uno de
    estos hijos constituyó el padre el ideal a la vez temido y
    venerado, fuente de la noción ulterior del tabú. Mas un
    día, se asociaron, mataron al padre y le despedazaron.
    Sin embargo, ninguno de ellos pudo ocupar el puesto
    del vencido, y si alguno intentó hacerlo, vió alzarse con-
    tra él, la misma hostilidad, renovándose las luchas, has-

    (1) Las consideraciones que siguen son producto de un cambio
    de ideas con Otto Rank

  • S.

    95

    ta que todos se convencieron de que tenían que renunciar
    a la herencia del padre. Entonces, constituyeron la co-
    munidad fraternal totémica, cuyos miembros gozaban to-
    dos de los mismos derechos y se hallaban sometidos a
    las prohibiciones totémicas, que debían conservar el re-
    cuerdo del crimen e imponer su expiación. Pero este
    nuevo orden de cosas provocó también el descontento
    general, del cual surgió una nueva evolución. Poco a
    poco, los miembros de la masa fraternal, se aproxima-
    ron al restablecimiento del antiguo estado conforme a un
    nuevo plan. El hombre asumió otra vez la jefatura, pero
    sólo la de una familia, y acabó con los privilegios del ré-
    gimen matriarcal, instaurado después de la supresión del
    padre. A título de compensación, reconoció, quizá,
    entonces, las divinidades maternales, servidas por
    sacerdotes que sufrían la castración, para garantía de la
    madre y conforme al ejemplo dado antes por el padre.
    Sin embargo, la nueva familia no fué sino una sombra de
    la antigua, pues siendo muchos los padres, quedaba li-
    mitada la libertad de cada uno por los derechos de los
    demás.

    El descontento provocado por estas privaciones pudo
    decidir entonces a un individuo a separarse de la masa y
    asumir el papel del padre. El que hizo esto fué el
    primer poeta épico, y el progreso en cuestión no se
    realizó sino en su fantasía. Este poeta transformó la
    realidad en el sentido de sus deseos, e inventó así el mito
    heróico. El héroe era aquel que sin auxilio ninguno, ha-
    bía matado al padre, el cual aparece aún en el mito,
    como un monstruo totémico. Así como el padre había
    sido el primer ideal del adolescente, el poeta creó ahora,
    con el héroe que aspira a suplantar al padre, el primer
    ideal del Yo. La idea del héroe se enlaza probablemente
    a la personalidad del más joven de los hijos, el cual, pre-
    ferido por la madre y protegido por ella contra los celos

  • S.

    96

    paternos, era el que sucedía al padre en la época primiti-
    va. La elaboración poética de las realidades de estas épo-
    cas, transformó probablemente a la mujer, que no había
    sido sino el premio de la lucha y la razón del asesinato,
    en instigadora y cómplice activa del mismo.

    El mito atribuye exclusivamente al héroe la hazaña
    que hubo de ser obra de la horda entera. Pero según ha
    observado Rank, la leyenda conserva huellas muy claras
    de la situación real, poéticamente desfigurada. Sucede
    en ella con frecuencia, efectivamente, que el héroe que
    ha de realizar una magna empresa –generalmente el
    hijo menor, que ante el subrogado del padre se ha fingi-
    do, muchas veces, idiota, esto es, inofensivo – no consi-
    gue llevarla a cabo sino con ayuda de una multitud de
    animalitos (abejas, hormigas). Estos animales no serían
    sino la representación simbólica de los hermanos de la
    horda primitiva, del mismo modo que en el simbolismo
    del sueño, los insectos y los parásitos representan a los
    hermanos y hermanas del sujeto (considerados despecti-
    vamente como niños pequeños). Además, en cada una
    de las empresas de que hablan los mitos y las fábulas
    puede reconocerse fácilmente una sustitución del hecho
    heróico.

    Así, pues, el mito constituye el paso con el que el in-
    dividuo se separa de la psicología colectiva. El primer
    mito fué seguramente de orden psicológico, el mito del
    héroe. El mito explicativo de la Naturaleza no surgió sino
    más tarde. El poeta que dió este paso y se separó así,
    imaginativamente, de la multitud, sabe, sin embargo,
    hallar, en la realidad, según otra observación de Rank,
    el retorno a ella, yendo a relatar a la masa las hazañas
    que su imaginación atribuye a un héroe por él inventado,
    héroe que en el fondo, no es sino él mismo. De este
    modo, retorna el poeta a la realidad elevando a sus
    oyentes a la altura de su imaginación. Pero los oyentes

  • S.

    97

    saben comprender al poeta y pueden identificarse con el
    héroe merced al hecho de compartir su actitud, llena de
    deseos irrealizados, con respecto al padre primitivo (1).

    La mentira del mito heróico culmina en la diviniza-
    ción del héroe. Es muy posible que el héroe divinizado
    sea anterior al dios-padre, y constituya el precursor del
    retorno del padre primitivo como divinidad. Las divinida-
    des se habrían, pues, sucedido en el siguiente orden
    cronológico: diosa madre–héroe–dios padre. Pero
    hasta la elevación del padre primitivo, jamás olvidado,
    no adquirió la divinidad los rasgos que hoy nos mues-
    tra (2).

    C.–Hemos hablado con frecuencia en el curso del
    presente trabajo, de instintos sexuales directos y de ins-
    tintos sexuales coartados en su fin, y esperamos que
    esta distinción no haya hecho surgir en el lector dema-
    siadas objeciones. Sin embargo, creemos conveniente
    volver aquí sobre ella, más detenidamente, aun a riesgo
    de repetir lo ya expuesto en otros lugares.

    El primero y más acabado ejemplo de instintos se-
    xuales coartados en su fin nos ha sido ofrecido por la
    evolución de la libido en el niño. Todos los sentimientos
    que el niño experimenta por sus padres y guardadores,
    perduran sin limitación alguna, en los deseos que exte-
    riorizan sus tendencias sexuales. El niño exige de estas
    personas amadas, todas las ternuras que le son conoci-
    das; quiere besarlas, tocarlas y contemplarlas; abriga la
    curiosidad de ver sus órganos genitales y asistir a la rea-
    lización de sus más íntimas funciones; promete casarse

    (1) Cf. Hans Sachs: Gemeinsame Tagträume. Internationale
    Zeitschrift fuer Psychoanalyse, VI, 1920.

    (2) En esta exposición abreviada, hemos tenido que renunciar
    al apoyo que hubieran podido prestarnos los materiales ofrecidos
    por la leyenda, el mito, la fábula, la historia de las costum-
    bres, etc.

  • S.

    98

    P R O F . S . F R E U D

    con su madre o con su niñera, cualquiera que sea la idea
    que se forme del matrimonio; se propone tener un hijo
    de su padre, etc. Tanto la observación directa como el
    examen analítico ulterior de los restos infantiles no dejan
    lugar a dudas sobre la coexistencia de sentimientos tier-
    nos y celosos e intenciones sexuales y nos muestran
    hasta qué punto hace el niño, de la persona amada, el
    objeto de todas sus tendencias sexuales, aún mal cen-
    tradas (1).

    Esta primera forma que el amor reviste en el niño y
    que se relaciona íntimamente con el complejo de Edipo,
    sucumbe, como ya sabemos, al iniciarse el período de
    latencia, bajo el imperio de la represión, no quedando de
    ella sino un enlace afectivo, puramente tierno, a las mis-
    mas personas, enlace que ya no puede ser calificado de
    «sexual». La psicoanálisis, que ilumina las profundida-
    des de la vida anímica, demuestra sin dificultad, que
    también los enlaces sexuales de los primeros años infan-
    tiles continúan subsistiendo, aunque reprimidos e incons-
    cientes, y nos autoriza a afirmar que todo sentimiento
    tierno, constituye la sucesión de un enlace plenamente
    «sensual» a la persona correspondiente o su representa-
    ción simbólica (imago). Desde luego, es necesaria una
    investigación especial para comprobar si en un caso
    dado subsiste aún esta corriente sexual anterior en estado
    de represión o si ha desaparecido por completo. O pre-
    cisando más: Está demostrado que dicha corriente existe
    aún como forma y posibilidad y es susceptible de ser
    activada en cualquier momento a consecuencia de una
    regresión; trátase únicamente de saber–y no siempre lo
    conseguimos–cuáles son su carga y su eficacia actua-
    les. En esta investigación habremos de evitar por igual,

    (1) Véase «Una teoría sexual», tomo II de estas «Obras com-
    pletas».

  • S.

    99

    dos escollos: la estimación insuficiente de lo inconsciente
    reprimido y la tendencia a aplicar a lo normal el criterio
    que aplicamos a lo patológico.

    Ante la psicología, que no quiere o no puede penetrar
    en las profundidades de lo reprimido, se presentan los
    movimientos afectivos de carácter tierno como expresión
    de tendencias exentas de todo carácter sexual, aunque
    hayan surgido de otras cuyo fin era la sexualidad (1).

    Podemos afirmar con todo derecho, que tales tenden-
    cias han sido desviadas de dichos fines sexuales, aun-
    que resulte difícil describir esta desviación del fin confor-
    me a las exigencias de la metapsicología. De todos mo-
    dos, estos instintos coartados en su fin conservan aún
    algunos de sus fines sexuales primitivos. El hombre afec-
    tivo, el amigo y el admirador buscan también la proxi-
    midad corporal y la vista de la persona amada, pero con
    un amor de sentido «pauliniano». Podemos ver en esta
    desviación del fin un principio de «sublimación»
    de los instintos sexuales, o también alejar aún más los
    límites de estos últimos. Los instintos sexuales coarta-
    dos presentan una gran ventaja funcional sobre los no
    coartados. No siendo susceptibles de una satisfacción
    total resultan particularmente apropiados para crear en-
    laces duraderos, mientras que los instintos sexuales di-
    rectos pierden, después de cada satisfacción, una gran
    parte de su energía, y en el intervalo entre esta debilita-
    ción y su renacimiento por una nueva acumulación de li-
    bido, puede ser el objeto reemplazado por otro. Los ins-
    tintos coartados pueden mezclarse en cualquier medida
    con los no coartados y retornar a éstos después de ha-
    ber surgido de ellos. Sabido es con cuánta facilidad las
    relaciones afectivas de carácter amistoso fundadas en el


    (1) Los sentimientos hostiles, más complicados, no constituyen
    una excepción de esta regla.

  • S.

    100

    reconocimiento y la admiración–así las que se estable-
    cen entre el maestro y las discípulas o entre el artista y
    sus admiradoras–se transforman, sobre todo en la mujer,
    en deseos eróticos (recuérdese el «Embrassez moi pour
    l'amour du grec» de Molière). El nacimiento mismo de
    estos enlaces afectivos, nada intencionados al princi-
    pio, abre un camino muy frecuentado a la elección se-
    xual de objeto. En la «Piedad del conde de Zinzendorf»,
    ha mostrado Pfister con un ejemplo impresionante y que
    no es seguramente el único, la facilidad con que un in-
    tenso ligamen religioso se transforma en ardiente deseo
    sexual. Por otro lado, la transformación de tendencias
    sexuales directas, efímeras de por sí, en lazos duraderos
    simplemente tiernos, es un hecho corriente, y la consoli-
    dación de los matrimonios contraídos bajo los auspicios
    de un apasionado amor reposa casi por completo en esta
    transformación.

    No extrañaremos averiguar que las tendencias sexua-
    les coartadas en su fin surgen de las directamente sexua-
    les cuando obstáculos interiores o exteriores se oponen
    a la consecución de los fines sexuales. La represión que
    tiene efecto en el período de latencia es uno de tales obs-
    táculos interiores. Dijimos antes, que el padre de la horda
    primitiva, con su intolerancia sexual, condenaba a todos
    sus hijos a la abstinencia, imponiéndoles, así, enlaces
    coartados en su fin, mientras que, por su parte, se reser-
    vaba el libre placer sexual y permanecía, de este modo,
    independiente de todo ligamen. Todos los enlaces en los
    que reposa la masa, son de la naturaleza de los instintos
    coartados en su fin. Pero con esto nos hemos aproxima-
    do a la discusión de un nuevo tema; a la relación de los
    instintos sexuales directos con la formación colectiva.

    D.–Las dos últimas observaciones nos dejan ya
    entrever, que las tendencias sexuales directas son des-
    favorables para la formación colectiva. En el curso de la

  • S.

    101

    evolución de la familia, ha habido ciertamente relaciones
    sexuales colectivas (el matrimonio de grupo), pero cuan-
    to más importante se fué haciendo para el Yo el amor
    sexual y más capaz de amor el individuo, más tendió
    éste a la limitación del amor a dos personas–una cum
    uno–, limitación que parece prescrita por la modalidad
    del fin genital. Las inclinaciones poligámicas hubieron de
    contentarse con la sucesiva sustitución de un objeto por
    otro.

    La dos personas reunidas para lograr la satisfacción
    sexual constituyen, por su deseo de soledad, un argu-
    mento viviente contra el instinto gregario y el senti-
    miento colectivo. Cuanto más enamoradas están, más
    completamente se bastan. La repulsa de la influencia de
    la masa se exterioriza como sentimiento de pudor. Las
    violentas emociones suscitadas por los celos sirven para
    proteger la elección sexual de objeto contra la influen-
    cia que sobre ella pudiera ejercer un ligamen colectivo.
    Sólo cuando el factor tierno y por lo tanto, personal, de
    la relación amorosa, desaparece por completo ante el
    factor sexual, es cuando se hace posible el público co-
    mercio amoroso de una pareja o la realización de actos
    sexuales simultáneos dentro de un grupo, como sucede
    en la orgía. Pero con ello se efectúa una regresión a un
    estado anterior de las relaciones sexuales, en el cual no
    desempeñaba aún papel ninguno el amor propiamente di-
    cho y se daba igual valor a todos los objetos sexuales,
    aproximadamente en el sentido de la maligna frase de
    Bernard Shaw: «Estar enamorado significa exagerar des-
    mesuradamente la diferencia entre una mujer y otra».

    Existen numerosos hechos que testimonian que el
    enamoramiento no apareció sino bastante tarde en las
    relaciones sexuales entre el hombre y la mujer, resultan-
    do así, que también la oposición entre el amor sexual y
    el ligamen colectivo se habría desarrollado tardíamente.

  • S.

    102

    Esta hipótesis puede parecer a primera vista, incompati-
    ble con nuestro mito de la familia primitiva. Según él, la
    horda fraternal hubo de ser incitada al parricidio por el
    amor hacia las madres y las hermanas, y es difícil repre-
    sentarse este amor de otro modo que como un amor pri-
    mitivo y completo, esto es, como una íntima unión de
    amor tierno y amor sexual. Pero reflexionando más dete-
    nidamente, hallamos que esta objeción no es en el fondo
    sino una confirmación. Una de las reacciones provoca-
    das por el parricidio fué la institución de la exogamia to-
    témica, la prohibición de todo contacto sexual con las
    mujeres de la familia, amadas desde la niñez. De este
    modo, se operó una escisión entre los sentimientos tier-
    nos y los sentimientos sensuales del hombre, escisión
    cuyos efectos se hacen sentir aún en nuestros días. A
    consecuencia de esta exogamia se vió obligado el hom-
    bre a satisfacer sus necesidades sexuales con mujeres ex-
    trañas a él y que no le inspiraban amor ninguno.

    En las grandes masas artificiales, la Iglesia y el Ejér-
    cito, no existe lugar ninguno para la mujer como objeto
    sexual. La relación amorosa entre el hombre y la mujer
    queda fuera de estas organizaciones. Incluso en las mul-
    titudes integradas por hombres y mujeres, no desempe-
    ñan papel ninguno las diferencias sexuales. Carece de
    todo sentido preguntar si la libido que mantiene la cohe-
    sión de las multitudes es de naturaleza homosexual o he-
    terosexual, pues la masa no se halla diferenciada según
    los sexos y hace abstracción, particularmente, de los fines
    de la organización genital de la libido.

    Las tendencias sexuales directas conservan un cierto
    carácter de individualidad aun en el individuo absorbido
    por la masa. Cuando esta individualidad sobrepasa un
    cierto grado, la formación colectiva queda disgregada.
    La Iglesia católica tuvo los mejores motivos para reco-
    mendar a sus fieles el celibato e imponerlo a sus sacerdo-

  • S.

    103

    tes, pero también el amor ha inducido a muchos ecle-
    siásticos a salir de la Iglesia. Del mismo modo, el amor
    a la mujer rompe los lazos colectivos de la raza, la nacio-
    nalidad y la clase social y lleva así a cabo una importan-
    tísima labor de civilización. Parece indiscutible que el
    amor homosexual se adapta mejor a los lazos colectivos
    incluso allí donde aparece como una tendencia sexual no
    coartada, hecho singular cuya explicación nos llevaría
    muy lejos.

    El examen psicoanalítico de las psiconeurosis nos ha
    enseñado que sus síntomas se derivan de tendencias se-
    xuales reprimidas, pero que permanecen en actividad.
    Podemos completar esta fórmula, añadiendo: Estos sín-
    tomas pueden también derivarse de tendencias sexuales
    coartadas en su fin, pero coartadas de un modo incom-
    pleto o que hace posible un retorno al fin sexual reprimi-
    do. Esta circunstancia explica el que la neurosis haga
    asocial al individuo, extrayéndole de las formaciones co-
    lectivas habituales. Puede decirse que la neurosis es,
    para las multitudes, un factor de disgregación en el mis-
    mo grado que el amor. Así, observamos inversamente
    que siempre que se manifiesta una enérgica tendencia a
    la formación colectiva se atenúan las neurosis e incluso
    llegan a desaparecer, por lo menos durante algún tiem-
    po. Se ha intentado, pues, justificadamente, utilizar con
    un fin terapéutico esta oposición entre la neurosis y la
    formación colectiva. Incluso aquellos que no lamentan
    la desaparición de las ilusiones religiosas en el mundo ci-
    vilizado moderno convendrán en que mientras tales ilu-
    siones conservaron su fuerza, constituyeron, para los que
    vivían bajo su dominio, la más enérgica protección con-
    tra el peligro de la neurosis. No es tampoco difícil reco-
    nocer en todas las adhesiones a sectas o comunidades
    místico-religiosas o filosófico-místicas, la manifestación
    del deseo de hallar un remedio indirecto contra diversas

  • S.

    104

    neurosis. Todo esto se relaciona con la oposición entre
    tendencias sexuales directas y tendencias sexuales coar-
    tadas en su fin.

    Abandonado a sí mismo, el neurótico se ve obligado
    a sustituir las grandes formaciones colectivas, de las que
    se halla excluído, por sus propias formaciones sintomáti-
    cas. Se crea su propio mundo imaginario, su religión y
    su sistema de delirio y reproduce así las instituciones de
    la humanidad en un aspecto desfigurado, que delata la
    poderosa contribución aportada por las tendencias sexua-
    les directas (1).

    E.–Antes de terminar, esbozaremos, situándonos en
    el punto de vista de la libido, un cuadro comparativo de
    los diversos estados de que nos hemos ocupado: el ena-
    moramiento, la hipnosis, la formación colectiva y la neu-
    rosis.

    El enamoramiento reposa en la coexistencia
    de tendencias sexuales directas y tendencias sexuales
    coartadas en su fin, atrayendo a sí el objeto una parte de
    la libido narcisista del Yo. En este estado no caben
    sino el Yo y el objeto.

    La hipnosis comparte con el enamoramiento la
    limitación a tales dos personas–el objeto y el Yo–pero
    reposa totalmente en tendencias sexuales coartadas en su
    fin y coloca el objeto en el lugar del ideal del Yo.

    La masa multiplica este proceso, coincide con la
    hipnosis en la naturaleza de los instintos que mantienen
    su cohesión y en la sustitución del ideal del Yo por el ob-
    jeto, pero agrega a ello la identificación con otros indivi-
    duos, facilitada, quizá, primitivamente, por la igualdad de
    la actitud con respecto al objeto.

    Estos dos últimos estados, la hipnosis y la formación

    (1) Véase «Totem y tabú», capítulo II (final): El tabú y la ambivalencia.

  • S.

    105

    colectiva son resíduos hereditarios de la filogénesis de la
    libido humana; la hipnosis habría subsistido como dispo-
    sición, y la masa, además, como supervivencia directa.
    La sustitución de las tendencies sexuales directas por las
    coartadas favorece en estos dos estados, la separación
    entre el Yo y el ideal del Yo, separación que se inició
    ya en el enamoramiento.

    La neurosis se separa de esta serie. También
    ella reposa en una particularidad de la evolución de la li-
    bido humana: en la doble articulación de la función se-
    xual directa, interrumpida por el período de latencia. En
    este aspecto, comparte con la hipnosis y la formación co-
    lectiva el carácter regresivo, del que carece el enamora-
    miento. Se produce siempre que el paso de los instintos
    sexuales directos a los instintos sexuales coartados no ha
    podido efectuarse totalmente, y corresponde a un con-
    flicto entre los instintos acogidos en el Yo que han
    efectuado tal evolución y las fracciones de dichos mis-
    mos instintos que desde lo inconsciente reprimido–y al
    igual de otros movimientos instintivos totalmente repri-
    midos–tienden a su satisfacción directa. La neurosis po-
    see un contenido muy rico, pues entraña todas las rela-
    ciones posibles entre el Yo y el objeto, tanto aquéllas en
    las que el objeto es conservado como aquéllas en las que
    es abandonado o erigido en el Yo, y por otro lado, las
    relaciones emanadas de conflictos entre el Yo y el ideal
    del Yo.