• S.

    23

    III.

    Otras concepciones de la vida anímica
    colectiva.

    Hemos utilizado como punto de partida la exposición
    de Gustavo Le Bon por coincidir considerablemente con
    nuestra psicología en la acentuación de la vida anímica
    inconsciente. Mas ahora hemos de añadir, que en reali-
    dad, ninguna de las afirmaciones de este autor nos ofre-
    ce algo nuevo. Su despectiva apreciación de las manifes-
    taciones del alma colectiva ha sido expresada ya en tér-
    minos igualmente precisos y hostiles, por otros autores
    y repetida, desde las épocas más remotas de la literatu-
    ra, por un sinnúmero de pensadores, poetas y hombres
    de Estado (1). Los dos principios que contienen los pun-
    tos de vista más importantes de Le Bon, el de la inhibi-
    ción colectiva de la función intelectual y el de la intensifi-
    cación de la afectividad en la multitud, fueron formulados
    poco tiempo antes por Sighele (2). Así, pues, lo único
    privativo de Le Bon es su concepción de lo inconsciente
    y la comparación con la vida psíquica de los primitivos,

    (1) Cf. el texto y la bibliografía de la obra de B. Kraskovic jun.
    «Die Psychologie der Kollektivitaeten», traducida del croata al ale-
    mán por S. Posavec, Vukovar, 1915.

    (2) Véase Walter Moede, «Die Massen-und Sozialpsychologie
    im kritischen Ueberblick», «Zeitschrift fuer paedagogische Psycho-
    logie und experimentelle Paedagogik», publicada por Meumann y
    Scheibner, XVI., 1915.

  • S.

    24

    aunque tampoco en estos puntos haya carecido de pre-
    cursores.

    Pero aún hay más: la descripción y la apreciación que
    Le Bon y otros hacen del alma colectiva, no han perma-
    necido libres de objeciones. Sin duda, todos los fenóme-
    nos antes descritos del alma colectiva han sido exacta-
    mente observados, pero también es posible oponerles
    otras manifestaciones de las formaciones colectivas, con-
    trarias por completo a ellos y susceptibles de sugerir una
    más alta valoración del alma de las multitudes.

    El mismo Le Bon se nos muestra ya dispuesto a con-
    ceder que en determinadas circunstancias, la moralidad
    de las multitudes puede resultar más elevada que la de los
    individuos que la componen, y que sólo las colectivida-
    des son capaces de un gran desinterés y un alto espíritu
    de sacrificio.

    «El interés personal, que constituye casi el único mó-
    vil de acción del individuo aislado, no se muestra en las
    masas como elemento dominante sino en muy contadas
    ocasiones.»

    Otros autores hacen resaltar el hecho de ser la socie-
    dad la que impone las normas de la moral al individuo,
    incapaz en general de elevarse hasta ellas por sí solo, o
    afirman que en circunstancias excepcionales, surge en la
    colectividad el fenómeno del entusiasmo, el cual ha ca-
    pacitado a las multitudes para los actos más nobles y
    generosos.

    Por lo que respecta a la producción intelectual, está,
    en cambio, demostrado, que las grandes creaciones del
    pensamiento, los descubrimientos capitales y las solucio-
    nes decisivas de grandes problemas, no son posibles
    sino al individuo aislado que labora en la soledad. Sin
    embargo, también el alma colectiva es capaz de dar vida
    a creaciones espirituales de un orden genial, como lo
    prueban, en primer lugar, el idioma, y después, los can-
     

  • S.

    25

    los populares, el folklore, etc. Habría además de preci-
    sarse cuánto deben el pensador y el poeta a los estímu-
    los de la masa y si son realmente algo más que los per-
    feccionadores de una labor anímica en la que los demás
    han colaborado simultáneamente.

    En presencia de estas contradicciones aparentemente
    irreductibles parece que la labor de la psicología colecti-
    va ha de resultar estéril. Sin embargo, no es difícil en-
    contrar un camino lleno de esperanzas. Probablemente
    se ha confundido bajo la denominación genérica de «mul-
    titudes», a formaciones muy diversas, entre las cuales es
    necesario establecer una distinción. Los datos de Sighe-
    le, Le Bon y otros, se refieren a masas de existencia
    pasajera, constituídas rápidamente por la asociación de
    individuos movidos por un interés común, pero muy di-
    ferentes unos de otros. Es innegable que los caracteres
    de las masas revolucionarias, especialmente de las de la
    Revolución francesa, han influído en su descripción. En
    cambio, las afirmaciones opuestas se derivan de la ob-
    servación de aquellas otras masas estables o asociacio-
    nes permanentes, en las cuales pasan los hombres toda
    su vida y que toman cuerpo en las instituciones sociales.
    Las multitudes de la primera categoría son, con respecto
    a las de la segunda, lo que las olas breves, pero altas, a
    la inmensa superficie del mar.

    Mc. Dougall, que en su libro «The Group Mind»
    (Cambridge, 1920), parte de la misma contradicción
    antes señalada, la resuelve introduciendo el factor «or-
    ganización». En el caso más sencillo–dice–la masa
    (group) no posee organización ninguna o solo una
    organización rudimentaria. A esta masa desorganiza-
    da la da el nombre de «multitud» (crowd). Sin embar-
    go, confiesa que ningún grupo humano puede llegar
    a formarse sin un cierto comienzo de organización
    y que precisamente en estas masas simples y rudimenta-
     

  • S.

    26

    rias es en las que más fácilmente pueden observarse al-
    gunos de los fenómenos fundamentales de la psicología
    colectiva (1). Para que los miembros accidentalmente
    reunidos de un grupo humano lleguen a formar algo se-
    mejante a una masa, en el sentido psicológico de la pa-
    labra, es condición necesaria que entre los individuos
    exista algo común, que un mismo interés les enlace a un
    mismo objeto, que experimenten los mismos sentimien-
    to en presencia de una situación dada y (por consi-
    guiente—añadiría yo) que posean, en una cierta medida,
    la facultad de influir unos sobre otros («some degree
    of reciprocal influence between the members of the
    group») (2). Cuanto más enérgica es esta homogeneidad
    mental, más fácilmente formarán los individuos una
    masa psicológica y más evidentes serán las manifesta-
    ciones de un alma colectiva.

    El fenómeno más singular y al mismo tiempo más
    importante de la formación de la masa consiste en la
    exaltación o intensificación de la emotividad en los indivi-
    duos que la integran (3). Puede decirse—opina Mc. Dou-
    gall—que no existen otras condiciones en las que los
    afectos humanos alcancen la intensidad a la que llegan
    en la multitud. Además, los individuos de una multitud
    experimentan una voluptuosa sensación al entregarse
    ilimitadamente a sus pasiones y fundirse en la masa per-
    diendo el sentimiento de su delimitación individual. Mac
    Dougall explica esta absorción del individuo por la masa
    atribuyéndola a lo que él denomina «el principio de la
    inducción directa de las emociones por medio de la
    reacción simpática primitiva» (4), esto es, a aquello que
    con el nombre de contagio de los afectos nos es ya cono-
     

    (1) l. c., pág. 22.

    (2) l. c., pág. 25.

    (3) l. c., pág. 25.

    (4) l. c., pág. 39.

  • S.

    27

    cido a nosotros los psicoanalíticos. El hecho es, que la
    percatación de los signos de un estado afectivo es sus-
    ceptible de provocar automáticamente el mismo afecto
    en el observador. Esta obsesión automática es tanto más
    intensa cuanto mayor es el número de las personas en
    las que se observa simultáneamente el mismo afecto.
    Entonces, el individuo llega a ser incapaz de mantener
    una actitud crítica y se deja invadir por la misma emo-
    ción. Pero al compartir la excitación de aquellos cuya
    influencia ha actuado sobre él, aumenta a su vez la de los
    demás, y de este modo, se intensifica por inducción recí-
    proca la carga afectiva de los individuos integrados en
    la masa. Actúa aquí, innegablemente, algo como una
    obsesión, que impulsa al individuo a imitar a los demás
    y a conservarse a tono con ellos. Cuanto más groseras
    y elementales son las emociones, más probabilidades
    presentan de propagarse de este modo en una masa (1).

    Este mecanismo de la intensificación afectiva queda fa-
    vorecido por varias otras influencias emanadas de la
    multitud. La masa da al individuo la impresión de un po-
    der ilimitado y de un peligro invencible. Sustituye, por el
    momento, a la entera sociedad humana, encarnación de
    la autoridad, cuyos castigos se han temido y por la que
    nos imponemos tantas restricciones. Es evidentemente
    peligroso situarse enfrente de ella, y para garantizar la
    propia seguridad, deberá cada uno seguir el ejemplo que
    observa en derredor suyo, e incluso, si es preciso, llegar
    a «aullar con los lobos». Obedientes a la nueva autori-
    dad, habremos de hacer callar a nuestra conciencia ante-
    rior y ceder así a la atracción del placer que seguramen-
    te alcanzaremos por la cesación de nuestras inhibiciones.

    No habrá, pues, de asombrarnos, que el individuo inte-
    grado en una masa realice o apruebe cosas de las que se

    (1) l. c., pág. 39.

  • S.

    28

    hubiera alejado en las condiciones ordinarias de su vida,
    e incluso podemos esperar que este hecho nos permita
    proyectar alguna luz en las tinieblas de aquello que de-
    signamos en la enigmática palabra «sugestión».
     

    Mc. Dougall no niega tampoco el principio de la inhi-
    bición colectiva de la inteligencia en la masa (1). Opina
    que las inteligencias inferiores atraen a su propio nivel a
    las superiores. Estas últimas ven estorbada su actividad
    porque la intensificación de la afectividad crea, en gene-
    ral, condiciones desfavorables para el trabajo intelec-
    tual; en segundo lugar, porque los individuos, intimida-
    dos por la multitud, ven coartado dicho trabajo, y en ter-
    cero, porque en cada uno de los indivíduos integrados
    en la masa queda disminuída la conciencia de la respon-
    sabilidad.
     

    El juicio de conjunto que Mc. Dougall formula sobre la
    función psíquica de las multitudes simples «desorganiza-
    das» no es mucho más favorable que el de Le Bon. Para
    él, una tal masa es sobremanera excitable, impulsiva,
    apasionada, versátil, inconsecuente, indecisa y al mismo
    tiempo inclinada a llegar en su acción a los mayores ex-
    tremos, accesible sólo a las pasiones violentas y a los
    sentimientos elementales, extraordinariamente fácil de su-
    gestionar, superficial en sus reflexiones, violenta en sus
    juicios, capaz de asimilarse tan sólo los argumentos y
    conclusiones más simples e imperfectos, fácil de condu-
    cir y conmover. Carece de todo sentimiento de respon-
    sabilidad y respetabilidad, y se halla siempre pronta a
    dejarse arrastrar por la conciencia de su fuerza hasta vio-
    lencias propias de un poder absoluto e irresponsable.
    Se comporta, pues, como un niño mal educado o como
    un salvaje apasionado y no vigilado en una situación que
    no le es familiar. En los casos más graves, se conduce
     

    (1) l. c. pág. 41.

  • S.

    29

    más bien como un rebaño de animales salvajes que como
    una reunión de seres humanos.

    Dado que Mac Dougall opone a esta actitud la de las
    multitudes que poseen una organización superior, espe-
    raremos con impaciencia averiguar en qué consiste tal
    organización y cuáles son los factores que favorecen su
    establecimiento. El autor enumera cinco de estos facto-
    res capitales, cinco «condiciones principales» necesarias
    para elevar el nivel de la vida psíquica de la multitud.

    La primera condición–y la esencial–consiste en una
    cierta medida de continuidad en la composición de la
    masa. Esta continuidad puede ser material o formal; lo
    primero, cuando las mismas personas forman parte de la
    multitud durante un lapso de tiempo más o menos pro-
    longado; lo segundo, cuando dentro de la masa se des-
    arrollan ciertas situaciones que son ocupadas sucesiva-
    mente por personas distintas.

    En segundo lugar, es necesario que cada uno de los
    individuos de la masa se haya formado una determinada
    idea de la naturaleza, la función, la actividad y las aspi-
    raciones de la misma, idea de la que se derivará para él
    una actitud afectiva con respecto a la totalidad de la masa.

    En tercer lugar, es preciso que la masa se halle en
    relación con otras formaciones colectivas análogas, pero
    diferentes, sin embargo, en diversos aspectos, e incluso
    que rivalicen con ella.

    La cuarta condición es que la masa posea tradiciones,
    usos e instituciones propias, relativas, sobre todo, a las
    relaciones recíprocas de sus miembros.

    Por último, la quinta condición es que la multitud po-
    sea una organización que se manifieste en la especializa-
    ción y diferenciación de las actividades de cada uno de
    sus miembros.

    El cumplimiento de estas condiciones haría desapa-
    recer, según Mc. Dougall, los defectos psíquicos de la

  • S.

    30

    formación colectiva. La disminución colectiva del nivel
    intelectual se evitaría quitando a la multitud la solución
    de los problemas intelectuales, para confiarla a los indi-
    viduos.

    A nuestro juicio, la condición de que Mc. Dougall de-
    signa con el nombre de «organización» de la multitud,
    podría ser descrita, más justificadamente, en una forma
    distinta. Trátase de crear en la masa las facultades pre-
    cisamente características del individuo y que éste ha per-
    dido a consecuencia de su absorción por la multitud. El
    individuo poseía, desde luego, antes de incorporarse a la
    masa primitiva, su continuidad, su conciencia, sus tradi-
    ciones y costumbres, su peculiar campo de acción y su
    modalidad especial de adaptación, y se mantenía separa-
    do de otros con los cuales rivalizaba. Todas estas cuali-
    dades las ha perdido temporalmente por su incorporación
    a la multitud no «organizada». Esta tendencia a dotar a
    la multitud de los atributos del individuo, nos recuerda la
    profunda observación de W. Trotter (1), que ve, en la
    tendencia a la formación de masas una expresión bioló-
    gica de la estructura policelular de los organismos supe-
    riores.


    (1) Instincts of the herd in peace and war, London, 1916.